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Capitalismo,
Liberalismo, Socialismo y Neoliberalismo Capitalismo
Sistema económico en el que los individuos privados y las empresas de negocios
llevan a cabo la producción y el intercambio de bienes y servicios mediante
complejas transacciones en las que intervienen los precios y los mercados.
Aunque tiene sus orígenes en la antigüedad, el desarrollo del capitalismo es
un fenómeno europeo; fue evolucionando en distintas etapas, hasta considerarse
establecido en la segunda mitad del siglo XIX. Desde Europa, y en concreto desde
Inglaterra, el sistema capitalista se fue extendiendo a todo el mundo,
siendo el sistema socioeconómico casi exclusivo en el ámbito mundial hasta el
estallido de la I
El término kapitalism fue acuñado a mediados del siglo XIX por el economista
alemán Karl Marx. Otras expresiones sinónimas de capitalismo son sistema de
libre empresa y economía de mercado, que se utilizan para referirse a aquellos
sistemas socioeconómicos no comunistas. Algunas veces se utiliza el término
economía mixta para describir el sistema capitalista con intervención del
sector público que predomina en casi todas las economías de los países
industrializados.
Se puede decir que, de existir un fundador del sistema capitalista, éste es el
filósofo escocés Adam Smith, que fue el primero en describir los principios
económicos básicos que definen al capitalismo. En su obra clásica Investigación
sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), Smith intentó
Características
del capitalismo
A lo largo de su historia, pero sobre todo durante su auge en la segunda mitad
del siglo XIX, el capitalismo tuvo una serie de características básicas. En
primer lugar, los medios de producción —tierra y capital— son de propiedad
privada. En este contexto el capital se refiere a los edificios, la maquinaria y
otras herramientas utilizadas para producir bienes y servicios destinados al
consumo. En segundo lugar, la actividad económica aparece organizada y
coordinada por la interacción entre compradores y vendedores (o productores)
que se produce en los mercados. En tercer lugar, tanto los propietarios de la
tierra y el capital como los trabajadores, son libres y buscan maximizar su
bienestar, por lo que intentan sacar el mayor partido posible de sus recursos y
del trabajo que utilizan para producir; los consumidores pueden gastar como y
cuando quieran sus ingresos para obtener la mayor satisfacción posible. Este
principio, que se denomina soberanía del consumidor, refleja que, en un sistema
capitalista, los productores se verán obligados, debido a la competencia, a
utilizar sus Orígenes
Tanto los mercaderes como el comercio existen desde que existe la civilización,
pero el capitalismo como sistema económico
no apareció hasta el siglo XIII en Europa sustituyendo al feudalismo. Según
Adam Smith, los seres humanos siempre han tenido una fuerte tendencia a
"realizar trueques, cambios e intercambios de unas cosas por otras".
Este impulso natural hacia el comercio y el intercambio fue acentuado y
fomentado por las Cruzadas que se organizaron en Europa occidental desde el
siglo XI hasta el siglo XIII. Las grandes
Sin embargo, ya antes del inicio de la industrialización había aparecido una
de las figuras más características del capitalismo, el empresario, que es, según
Schumpeter, el individuo que asume riesgos económicos. Un
El camino hacia el capitalismo a partir del siglo XIII fue allanado gracias a la
filosofía del renacimiento y de la Reforma. Estos movimientos cambiaron de
forma drástica la sociedad, facilitando la aparición de los modernos Estados
nacionales que proporcionaron las condiciones necesarias para el crecimiento y
desarrollo Mercantilismo
Desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, cuando aparecieron los modernos Estados
nacionales, el capitalismo no sólo tenía una faceta comercial, sino que también
dio lugar a una nueva forma de comerciar, denominada mercantilismo. Esta línea
de pensamiento económico, este nuevo capitalismo, alcanzó su máximo
desarrollo en Inglaterra y Francia.
El sistema mercantilista se basaba en la propiedad privada y en la utilización
de los mercados como forma de organizar la actividad económica. A diferencia
del capitalismo de Adam Smith, el objetivo fundamental del mercantilismo consistía
en maximizar el interés del Estado soberano, y no el de los propietarios de los
recursos económicos fortaleciendo así la estructura del naciente Estado
nacional. Con este fin, el gobierno ejercía un control de la producción, del
comercio y del consumo.
La principal característica del mercantilismo era la preocupación por acumular
riqueza nacional, materializándose ésta en las reservas de oro y plata que
tuviera un Estado. Dado que los países no tenían grandes reservas naturales de
estos metales preciosos, la única forma de acumularlos era a través del
Más tarde, algunos teóricos de la economía como David Hume comprendieron que
la riqueza de una nación no se asentaba en la cantidad de metales preciosos que
tuviese almacenada, sino en su capacidad productiva. Se dieron cuenta que la
entrada de oro y plata elevaría el nivel de actividad económica, lo que
permitiría a los Estados aumentar su recaudación impositiva, pero también
supondría un aumento del dinero en circulación, y por tanto mayor inflación,
lo que reduciría su capacidad exportadora y haría más baratas las
importaciones por lo que, al final del proceso, saldrían metales preciosos del
país.
Sin embargo, pocos gobiernos mercantilistas comprendieron la importancia de este
mecanismo. Inicios del capitalismo moderno.
Dos acontecimientos propiciaron la aparición del capitalismo moderno; los dos
se produjeron durante la segunda mitad del siglo XVIII. El primero fue la
aparición en Francia de los fisiócratas desde mediados de este siglo; el
segundo fue la publicación de las ideas de Adam Smith sobre la teoría y práctica
del Los fisiócratas
El término
fisiocracia se aplica a una escuela de pensamiento económico que sugería que
en economía existía un orden natural que no requiere la intervención del
Estado para mejorar las condiciones de vida de las
Simplificando, los fisiócratas pensaban que estos flujos eran circulares y se
retroalimentaban. Sin embargo la idea más importante de los fisiócratas era su
división de la sociedad en tres clases: una clase productiva
La importancia del Tableau de Quesnay radicaba en su idea de que sólo la clase
agrícola era capaz de producir un excedente económico, o producto neto. El
Estado podía utilizar este excedente para aumentar el flujo de bienes y de
dinero o podía cobrar impuestos para financiar sus gastos. El resto de las
actividades, como las manufacturas, eran consideradas estériles porque no
creaban riqueza sino que sólo transformaban los productos de la clase
productiva. (El confucionismo ortodoxo chino tenía principios parecidos a estas
ideas). Este principio fisiocrático era contrario a las ideas mercantilistas.
Si la industria no crea riqueza, es inútil que el Estado intente aumentar la
riqueza de la sociedad dirigiendo y regulando la actividad económica. La doctrina
de Adam Smith
Las ideas de Adam Smith no sólo fueron un tratado sistemático de economía;
fueron un ataque frontal a la doctrina mercantilista. Al igual que los fisiócratas,
Smith intentaba demostrar la existencia de un orden económico natural, que
funcionaría con más eficacia cuanto menos interviniese el Estado. Sin embargo,
a diferencia de aquéllos, Smith no pensaba que la industria no fuera
productiva, o que el sector agrícola era el único capaz de crear un excedente
económico; por el contrario, consideraba que la división del trabajo y la
ampliación de los mercados abrían posibilidades ilimitadas para que la
sociedad aumentara su riqueza y su bienestar mediante la producción
especializada y el comercio entre las naciones.
Así pues, tanto los fisiócratas como Smith ayudaron a extender las ideas de
que los poderes económicos de los Estados debían ser reducidos y de que existía
un orden natural aplicable a la economía. Sin embargo fue Smith más que los
fisiócratas, quien abrió el camino de la industrialización y de la aparición
del capitalismo moderno en el siglo XIX. La
industrialización
Las ideas de Smith y de los fisiócratas crearon la base ideológica e
intelectual que favoreció el inicio de la Revolución industrial, término que
sintetiza las transformaciones económicas y sociales que se produjeron durante
el siglo XIX. Se considera que el origen de estos cambios se produjo a finales
del siglo XVIII en Gran Bretaña.
La característica fundamental del proceso de industrialización fue la
introducción de la mecánica y de las máquinas de vapor para reemplazar la
tracción animal y humana en la producción de bienes y servicios; esta
mecanización del proceso productivo supuso una serie de cambios fundamentales:
el proceso de producción se fue especializando y concentrando en grandes
centros denominados fábricas; los artesanos y las pequeñas tiendas del siglo
XVIII no desaparecieron pero fueron relegados como actividades marginales; surgió
una nueva clase trabajadora que no era propietaria de los medios de producción
por lo que ofrecían trabajo a cambio de un salario monetario; la aplicación de
máquinas de vapor al proceso productivo provocó un espectacular aumento de la
producción con menos costes. La consecuencia última fue el aumento del nivel
de vida en todos los países en los que se produjo este proceso a lo largo del
siglo XIX.
El desarrollo del capitalismo industrial tuvo importantes costes sociales. Al
principio, la industrialización se caracterizó por las inhumanas condiciones
de trabajo de la clase trabajadora. La explotación infantil, las
Con el capitalismo aparecieron los ciclos económicos: periodos de expansión y
prosperidad seguidos de recesiones y
depresiones económicas que se caracterizan por la discriminación de la
actividad productiva y el aumento del desempleo. Los economistas clásicos que
siguieron las ideas de Adam Smith no podían explicar estos altibajos de la
actividad económica y consideraban que era el precio inevitable que había que
pagar por el progreso que permitía el desarrollo capitalista. Las críticas
marxistas y las frecuentes depresiones
A finales del siglo XIX, sobre todo en Estados Unidos, empezaron a aparecer
grandes corporaciones de responsabilidad limitada que tenían un enorme poder
financiero. La tendencia hacia el control corporativo del proceso productivo
llevó a la creación de acuerdos entre empresas, monopolios o trusts que permitían
el control de toda una industria. Las restricciones al comercio que suponían
estas asociaciones entre grandes corporaciones provocó la aparición, por
primera vez en Estados Unidos, y más tarde en todos los demás países
capitalistas, de una legislación antitrusts, que intentaba impedir la formación
de trusts que
A pesar de estas dificultades iniciales, el capitalismo siguió creciendo y
prosperando casi sin restricciones a lo largo del siglo XIX. Logró hacerlo así
porque demostró una enorme capacidad para crear riqueza y para El
capitalismo en el siglo XX
Durante casi todo el siglo XX, el capitalismo ha tenido que hacer frente a
numerosas guerras, revoluciones y depresiones económicas. La I Guerra Mundial
provocó el estallido de la revolución en Rusia. La guerra
Muchos países en vías de desarrollo, con tendencias marxistas cuando lograron
su independencia, se tornan ahora hacia
sistemas económicos más o menos capitalistas, en búsqueda de soluciones para
sus problemas
En las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos, la mayor prueba
que tuvo que superar el capitalismo se produjo a partir de la década de 1930.
La Gran Depresión fue, sin duda, la más dura crisis a la que se enfrentó el
capitalismo desde sus inicios en el siglo XVIII. Sin embargo, y a pesar de las
predicciones de Marx, los países capitalistas no se vieron envueltos en grandes
revoluciones. Por el contrario, al superar el desafío que representó esta
crisis, el sistema capitalista mostró una enorme capacidad de adaptación y de
supervivencia. No obstante, a partir de ella, los gobiernos democráticos
empezaron a intervenir en sus economías para mitigar los inconvenientes y las
injusticias que crea el capitalismo.
Así, en Estados Unidos el New Deal de Franklin D. Roosevelt reestructuró el
sistema financiero para evitar que se repitiesen los movimientos especulativos
que provocaron el crack de Wall Street en 1929. Se
El acontecimiento más importante de la historia reciente del capitalismo fue la
publicación de la obra de John Maynard Keynes, La teoría general del empleo,
el interés y el dinero (1936). Al igual que las ideas de Adam Smith en el siglo
XVIII, el pensamiento de Keynes modificó en lo más profundo las ideas
capitalistas, creándose una nueva escuela de pensamiento económico denominada
keynesianismo.
Keynes demostró que un gobierno puede utilizar su poder económico, su
capacidad de gasto, sus impuestos y el control de la oferta monetaria para
paliar, e incluso en ocasiones eliminar, el mayor inconveniente del capitalismo:
los ciclos de expansión y depresión. Según Keynes, durante una depresión
económica el gobierno debe aumentar el gasto público, aun a costa de incurrir
en déficits presupuestarios, para compensar la caída del gasto privado. En una
etapa de expansión económica, la reacción debe ser la contraria si la expansión
está provocando movimientos especulativos e inflacionistas. Previsiones
de futuro
Durante los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial, la combinación de las
ideas keynesianas con el capitalismo generaron una enorme expansión económica.
Todos los países capitalistas, también aquéllos que
Es necesario enmarcar esta situación en la perspectiva histórica del
capitalismo, destacando su enorme versatilidad y flexibilidad. Los
acontecimientos ocurridos en este siglo, sobre todo desde la Gran Depresión,
muestran que el capitalismo de economía mixta o del Estado del bienestar ha
logrado afianzarse en la economía, consiguiendo evitar que las grandes
recesiones económicas puedan prolongarse y crear una crisis
La inflación de la década de 1970 se redujo a principios de la década de
1980, gracias a dos hechos importantes. En primer lugar, las políticas
monetarias y fiscales restrictivas de 1981-1982 provocaron una fuerte recesión
en Estados Unidos, Europa Occidental y el Sureste Asiático. El desempleo aumentó,
pero la inflación se redujo. En segundo lugar, los precios de la energía
cayeron al reducirse el consumo mundial de petróleo. Mediada la década, casi
todos las economías occidentales se habían recuperado de la recesión. La
reacción ante el keynesianismo se tradujo en un giro hacia políticas
monetaristas con privatizaciones y otras medidas tendentes a reducir el tamaño
del sector público.
Las crisis bursátiles de 1987 marcaron el principio de un periodo de
inestabilidad financiera. El crecimiento económico se relentizó y muchos países
en los que la deuda pública, la de las empresas y la de los individuos habían
alcanzado niveles sin precedente, entraron en una profunda crisis con grandes
tasas de desempleo a
El principal
objetivo de los países capitalistas consiste en garantizar un alto nivel de
empleo al tiempo que se pretende mantener la estabilidad de los precios. Es, sin
duda, un objetivo muy ambicioso pero, a la vista de la flexibilidad del sistema
capitalista, no sólo resulta razonable sino, también, asequible. Liberalismo
Doctrinario
económico, político y hasta filosófico que aboga como premisa principal por
el desarrollo de la libertad personal individual y, a partir de ésta, por el
progreso de la sociedad. Hoy en día se considera que el objetivo político del
neoliberalismo es la democracia, pero en el pasado muchos liberales consideraban
este sistema de gobierno como algo poco saludable por alentar la participación
de las masas en la vida política. A pesar de ello, el liberalismo acabó por
confundirse con los movimientos que pretendían transformar el orden social existente mediante la profundización de la democracia. Debe distinguirse pues
entre el liberalismo que propugna el cambio social de forma gradual y flexible,
y el radicalismo, que considera el cambio social como algo fundamental que debe
realizarse a través de distintos principios de autoridad.
El desarrollo
del liberalismo en un país concreto, desde una perspectiva general, se halla
condicionado por el tipo de gobierno con que cuente ese país. Por ejemplo, en
los países en que los estamentos políticos y
A veces se hace
una distinción entre el llamado liberalismo negativo y el liberalismo positivo.
Entre los siglos XVII y
XIX, los liberales lucharon en primera línea contra la opresión, la injusticia
y los abusos de poder, al
tiempo que defendían la necesidad de que las personas ejercieran su libertad de
forma práctica, concreta y
material. Hacia mediados del siglo XIX, muchos liberales desarrollaron un
programa más pragmático que
abogaba por una actividad constructiva del Estado en el campo social,
manteniendo la defensa de los
intereses individuales. Los seguidores actuales del liberalismo más antiguo
rechazan este cambio de
actitud y acusan al liberalismo pragmático de autoritarismo camuflado. Los
defensores de este tipo de liberalismo argumentan que la Iglesia y el Estado no
son los únicos obstáculos en el camino hacia la libertad, y que
la pobreza también puede limitar las opciones en la vida de una persona, por lo
que aquélla debe ser
controlada por la autoridad real. Humanismo
Después de la
edad media, el liberalismo se expresó quizá por primera vez en Europa bajo la
forma del humanismo, que
reorientaba el pensamiento del siglo XV para el que el mundo (y el orden
social), emanaba de la voluntad
divina. En su lugar, se tomaron en consideración las condiciones y
potencialidad de los seres humanos. El
humanismo se desarrolló aún más con la invención de la imprenta que
incrementó el acceso de las personas al
conocimiento de los clásicos griegos y romanos. La publicación de versiones en
lenguas vernáculas de
la Biblia favoreció la elección religiosa individual. Durante el renacimiento
el humanismo se impregnó de
los principios que regían las artes y la especulación filosófica y científica.
Durante la Reforma protestante, en
algunos países de Europa, el humanismo luchó con intensidad contra los abusos
de la Iglesia oficial.
Según avanzaba
el proceso de transformación social, los objetivos y preocupaciones del
liberalismo evolucionaron. Pervivió, sin embargo, una filosofía social
humanista que buscaba el desarrollo de las oportunidades de los seres humanos, y
así también las alternativas sociales, políticas y económicas para la
expresión personal a través de la eliminación de los obstáculos a la
libertad individual. El liberalismo
moderno
En el siglo
XVII, durante la Guerra Civil inglesa, algunos miembros del Parlamento empezaron
a debatir ideas liberales
como la ampliación del sufragio, el sistema legislativo, las responsabilidades
del gobierno y la libertad de
pensamiento y opinión. Las polémicas de la época engendraron uno de los clásicos
de las doctrinas
liberales: Areopagitica (1644), un tratado del poeta y prosista John Milton en
el que éste defendía la libertad de pensamiento y de expresión. Uno de los
mayores oponentes al pensamiento liberal, el filósofo Thomas Hobbes, contribuyó sin embargo al desarrollo del liberalismo a pesar de que apoyaba una
intervención
absoluta y sin restricciones del Estado en los asuntos de la vida pública.
Hobbes pensaba que la verdadera prueba para los gobernantes debía ser por su
efectividad y no por su apoyo doctrinal a la religión o a la tradición. Su
pragmático punto de vista sobre el gobierno, que defendía la igualdad de los
ciudadanos, allanó el camino hacia la crítica libre al poder y hacia el derecho a la revolución,
conceptos que el propio Hobbes
repudiaba con virulencia. John Locke
Uno de los
primeros y más influyentes pensadores liberales fue el filósofo inglés John
Locke. En sus escritos políticos defendía la soberanía popular, el derecho a
la rebelión contra la tiranía y la tolerancia hacia las minorías religiosas.
Según el pensamiento de Locke y de sus seguidores, el Estado no existe para la
salvación espiritual de los seres humanos sino para servir a los ciudadanos y
garantizar sus vidas, su libertad y sus propiedades bajo una constitución.
Gran parte de
las ideas de Locke se ven reflejadas en la obra del pensador político y
escritor inglés Thomas Paine, según el cual la autoridad de una generación no
puede transmitirse a sus herederos, que si bien el Estado puede ser necesario
eso no lo hace menos malo, y que la única religión que se puede pedir a las
personas libres es la creencia en un orden divino. Thomas Jefferson también se
adhirió a las ideas de Locke en la Declaración de Independencia y en otros
discursos en defensa de la revolución, en los que atacaba al gobierno paternalista y defendía la libre expresión de las ideas.
En Francia la
filosofía de Locke fue rescatada y enriquecida por la Ilustración francesa y
de forma más destacable por
el escritor y filósofo Voltaire, el cual insistía en que el Estado era
superior a la Iglesia y pedía la tolerancia para todas las religiones, la
abolición de la censura, un castigo más humano hacia los criminales y una
organización política sólida que se guiara sólo por leyes dirigidas contra
las fuerzas opuestas al progreso social
y a las libertades individuales. Para Voltaire, al igual que para el filósofo y
dramaturgo francés Denis Diderot, el Estado es un mecanismo para la creación de felicidad y un
instrumento activo diseñado para
controlar a una nobleza y una Iglesia muy poderosas. Ambos consideraban ambas
instituciones como las dedicadas con mayor intemperancia al mantenimiento de las
antiguas formas de poder. En España y Latinoamérica, a comienzos del siglo XIX
se generalizó entre los pensadores y políticos ilustrados una El utilitarismo
En Gran Bretaña
el liberalismo fue elaborado por la escuela utilitarista, principalmente por el
jurista Jeremy Bentham y por
su discípulo, el economista John Stuart Mill. Los utilitaristas reducían todas
las experiencias humanas a
placer y dolor, y sostenían que la única función del Estado consistía en
incrementar el bienestar y reducir el
sufrimiento pues si bien las leyes son un mal, son necesarias para evitar males mayores. El
liberalismo
utilitarista tuvo un efecto benéfico en la reforma del código penal británico.
Bentham demostró que el duro código
del siglo XVIII era antieconómico y que la indulgencia no sólo era inteligente
sino también digna.
Mill defendió el derecho del individuo a actuar en plena libertad, aunque sea
en su propio detrimento. Su
obra Sobre la libertad (1859) es una de las reivindicaciones más elocuentes y
ricas de la libertad de
expresión. El liberalismo
en transición
A mediados del
siglo XIX, el desarrollo del constitucionalismo, la extensión del sufragio, la
tolerancia frente a actitudes políticas diferentes, la disminución de la
arbitrariedad gubernativa y las políticas tendentes a promover la
felicidad hicieron que el pensamiento liberal ganara poderosos defensores en
todo el mundo. A pesar de su tendencia crítica hacia Estados Unidos, para
muchos viajeros europeos era un modelo de liberalismo por
el respeto a la pluralidad cultural, su énfasis en la igualdad de todos los
ciudadanos y por su amplio sentido del sufragio. A pesar de todo, en ese momento
el liberalismo llegó a una crisis respecto a la democracia y al desarrollo económico.
Esta crisis sería importante para su posterior desarrollo. Por un lado, algunos
demócratas como el escritor y filósofo francés Jean-Jacques Rousseau no eran
liberales. Rousseau se oponía a la red de grupos privados voluntaristas que
muchos liberales consideraban esenciales para el movimiento. Por
otro lado, la mayor parte de los primeros liberales no eran demócratas. Ni
Locke ni Voltaire creyeron en el sufragio universal y la mayor parte de los
liberales del siglo XIX temían la participación de las masas en la política
pues opinaban que las llamadas clases más desfavorecidas no estaban interesadas
en los valores fundamentales del liberalismo, es decir que eran indiferentes a
la libertad y hostiles a la expresión del pluralismo social. Muchos liberales
se ocuparon de preservar los valores individuales que se identificaban con una
ordenación política y social aristocrática. Su lugar como críticos de la
sociedad y como reformadores pronto sería retomada por grupos más radicales como los socialistas. Economía
La crisis
respecto al poder económico era aún más profunda. Una parte de la filosofía
liberal era el modo de entender la economía de los llamados economistas clásicos
como los británicos Adam Smith y David Ricardo. En
economía los liberales se oponían a las restricciones sobre el mercado y
apoyaban la libertad de las empresas privadas. Pensadores como el estadista John
Bright se opusieron a legislaciones que fijaban un máximo a las horas de
trabajo basándose en que reducían la libertad y en que la sociedad, y sobre
todo la economía, se desarrollaría más cuanto menos regulada estuviera. Al
desarrollarse el capitalismo industrial durante el siglo XIX, el liberalismo económico siguió caracterizado por una actitud negativa hacia la
autoridad
estatal. Las clases trabajadoras consideraban que estas ideas protegían los
intereses de los grupos económicos más poderosos, en especial de los
fabricantes, y que favorecían una política de indiferencia e incluso de
brutalidad hacia las clases trabajadoras. Estas clases, que habían empezado a
tener conciencia política y un
poder organizado, se orientaron hacia posturas políticas que se preocupaban más
de sus necesidades, en
especial, hacia los partidos socialistas.
El resultado de
esta crisis en el pensamiento económico y social fue la aparición del
liberalismo pragmático. Como se ha dicho, algunos liberales modernos, como el
economista anglo -austriaco Friedrich August von Hayek, consideran la actitud de
los liberales pragmáticos como una traición hacia los ideales liberales.
Otros, como los filósofos británicos Thomas Hill Green y Bernard Bosanquet conocidos como los idealistas de Oxford, desarrollaron el llamado liberalismo
orgánico, en el que defendían la intervención activa del estado como algo
positivo para promover la realización individual, que se conseguiría evitando
los monopolios económicos, acabando con la pobreza y protegiendo a las personas
en la incapacidad por enfermedad, desempleo o vejez. También llegaron a
identificar el liberalismo con la extensión de la democracia.
A pesar de la
transformación en la filosofía liberal a partir de la segunda mitad del siglo
XIX, todos los liberales modernos están de acuerdo en que su objetivo común es
el aumento de las oportunidades de cada individuo para poder llegar a realizar
todo su potencial humano. Socialismo
Término que,
desde principios del siglo XIX, designa aquellas teorías y acciones políticas
que defienden un sistema económico y político basado en la socialización de
los sistemas de producción y en el control estatal (parcial o completo) de los
sectores económicos, lo que se oponía frontalmente a los principios del capitalismo.
Aunque el objetivo final de los socialistas era establecer una sociedad
comunista o sin clases, se han centrado cada vez más en reformas sociales
realizadas en el seno del capitalismo. A medida que el movimiento evolucionó y creció, el concepto de socialismo fue adquiriendo diversos
significados en función del lugar y la época donde arraigara.
Si bien sus
inicios se remontan a la época de la Revolución Francesa y los discursos de
François Nöel Babeuf, el término
comenzó a ser utilizado de forma habitual en la primera mitad del siglo XIX por
los intelectuales
radicales, que se consideraban los verdaderos herederos de la Ilustración tras
comprobar los efectos sociales que trajo consigo la Revolución Industrial.
Entre sus primeros teóricos se encontraban el aristócrata francés conde de
Saint-Simon, Charles Fourier y el empresario británico y doctrinario utópico
Robert Owen. Como otros pensadores, se oponían al capitalismo por razones éticas
y prácticas. Según ellos, el capitalismo constituía una injusticia: explotaba
a los trabajadores, los degradaba, transformándolos en máquinas o bestias, y
permitía a los ricos incrementar sus rentas y fortunas aún más mientras los
trabajadores se hundían en la miseria. Mantenían también que el capitalismo
era un sistema ineficaz e irracional para desarrollar las
fuerzas productivas de la sociedad, que atravesaba crisis cíclicas causadas por
periodos de superproducción o escasez de consumo, no proporcionaba trabajo a
toda la población (con lo que permitía que los recursos humanos no fueran
aprovechados o quedaran infrautilizados) y generaba lujos, en vez de satisfacer
necesidades. El socialismo suponía una reacción al extremado valor que el
liberalismo concedía a los logros individuales y a los derechos privados, a
expensas del bienestar colectivo.
Sin embargo,
era también un descendiente directo de los ideales del liberalismo político y
económico. Los socialistas compartían con los liberales el compromiso con la
idea de progreso y la abolición de los privilegios aristocráticos aunque, a
diferencia de ellos, denunciaban al liberalismo por considerarlo una fachada
tras la que la avaricia capitalista podía florecer sin obstáculos. El socialismo
científico
Gracias a Karl
Marx y a Friedrich Engels, el socialismo adquirió un soporte teórico y práctico
a partir de una concepción materialista de la historia. El marxismo sostenía
que el capitalismo era el resultado de un proceso histórico caracterizado por
un conflicto continuo entre clases sociales opuestas. Al crear una gran clase de
trabajadores sin propiedades, el proletariado, el capitalismo estaba sembrando
las semillas de su propia muerte, y, con el tiempo, acabaría siendo sustituido
por una sociedad comunista.
En 1864 se fundó
en Londres la Primera Internacional, asociación que pretendía establecer la
unión de todos los obreros del mundo y se fijaba como último fin la conquista
del poder político por el proletariado. Sin embargo, las
diferencias surgidas entre Marx y Bakunin (defensor del anarquismo y contrario a
la centralización
jerárquica que Marx propugnaba) provocaron su ruptura. Las teorías marxistas
fueron adoptadas por
mayoría; así, a finales del siglo XIX, el marxismo se había convertido en la
ideología de casi todos los partidos que defendían la emancipación de la
clase trabajadora, con la única excepción del movimiento
laborista de los países anglosajones, donde nunca logró establecerse, y de
diversas organizaciones
anarquistas que arraigaron en España e Italia, desde donde se extendieron, a
través de sus emigrantes
principalmente, hacia Sudamérica. También aparecieron partidos socialistas que
fueron ampliando su
capa social (en 1879 fue fundado el Partido Socialista Obrero Español). La
transformación que experimentó el socialismo al pasar de una doctrina
compartida por un reducido número de intelectuales y activistas, a
la ideología de los partidos de masas de las clases trabajadoras coincidió con
la industrialización europea y la formación de un gran proletariado.
Los socialistas
o socialdemócratas (por aquel entonces, los dos términos eran sinónimos) eran
miembros de partidos centralizados o de base nacional organizados de forma
precaria bajo el estandarte de la Segunda Internacional Socialista que defendían
una forma de marxismo popularizada por Engels, August Bebel y Karl Kautsky. De
acuerdo con Marx, los socialistas sostenían que las relaciones capitalistas irían
eliminando a los pequeños productores hasta que sólo quedasen dos clases antagónicas
enfrentadas, los capitalistas y los obreros. Con el tiempo, una grave crisis
económica dejaría paso al socialismo y a la propiedad colectiva de los medios
de producción. Mientras tanto, los partidos socialistas, aliados con los
sindicatos, lucharían por conseguir un programa mínimo de reivindicaciones
laborales. Esto quedó plasmado en el manifiesto de la Segunda Internacional
Socialista y en el programa del más importante partido socialista de la época,
el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD, fundado en 1875). Dicho programa,
aprobado en Erfurt en 1890 y redactado por Karl Kautsky y Eduard Bernstein,
proporcionaba un resumen de las teorías marxistas de cambio histórico y
explotación económica, indicaba el objetivo final (el comunismo), y establecía
una lista de exigencias mínimas que podrían aplicarse dentro del sistema
capitalista. Estas exigencias incluían importantes
reformas políticas, como el sufragio universal y la igualdad de derechos de la
mujer, un sistema de protección social (seguridad social, pensiones y asistencia médica universal), la regulación
del mercado de trabajo con el fin de introducir la jornada de ocho horas
reclamada de forma tradicional por anarquistas y sindicalistas y la plena
legalización y reconocimiento de las asociaciones y sindicatos de trabajadores.
Los socialistas
creían que todas sus demandas podían realizarse en los países democráticos
de forma pacífica, que la violencia revolucionaria podía quizás ser necesaria
cuando prevaleciese el despotismo (como en el caso de Rusia) y descartaban su
participación en los gobiernos burgueses. La mayoría pensaba que su misión
era ir fortaleciendo el movimiento hasta que el futuro derrumbamiento del capitalismo permitiera el
establecimiento
del socialismo. Algunos —como por ejemplo Rosa Luxemburg— impacientes por
esta actitud contemporizadora, abogaron por el recurso de la huelga general de las masas como
arma revolucionaria
si la situación así lo requería.
El SPD
proporcionó a los demás partidos socialistas el principal modelo organizativo
e ideológico, aunque su influencia fue menor en la Europa meridional. En Gran
Bretaña los poderosos sindicatos intentaron que los liberales asumieran sus
demandas antes que formar un partido obrero independiente. Hubo, pues, que
esperar hasta 1900 para que se creara el Partido Laborista, que no adoptó un
programa socialista dirigido hacia la propiedad colectiva hasta 1918. Bolcheviques y
socialdemócratas
La I Guerra
Mundial y la Revolución Rusa provocaron la ruptura de la Segunda Internacional
entre los partidarios del
bolchevismo de Lenin y los socialdemócratas reformistas, que habían respaldado
en su mayoría a los
gobiernos nacionales durante la guerra a pesar de las proclamaciones pacifistas
de la Internacional.
Los primeros fueron conocidos como comunistas y los segundos siguieron siendo,
durante todo el periodo
de entreguerras, la corriente dominante del movimiento socialista europeo,
contando con el apoyo del electorado en general bajo una serie de nombres:
Partido Laborista en Gran Bretaña, Países Bajos y Noruega, Partido Socialdemócrata
en Suecia y Alemania, Partido Socialista en Francia e Italia, Partido Socialista
Obrero en España, y Partido Obrero en Bélgica. En estos años, en el seno de
estos partidos socialistas se
produjo la escisión de grupos proclives al comunismo leninista, apareciendo así
los partidos comunistas en
diferentes países como Francia, Italia o España (el Partido Comunista de España
fue fundado en 1921). En la Unión Soviética y, más tarde, en los países
comunistas surgidos después de 1945, el término socialista hacía referencia a
una fase de transición entre el capitalismo y el comunismo, la etapa correspondiente
a la dictadura del proletariado marxista. En los demás países, los socialistas
aceptaron todas las normas básicas de la democracia liberal: elecciones libres,
derechos fundamentales y libertades públicas, pluralismo político y soberanía
del Parlamento. La rivalidad existente entre socialistas y comunistas sólo se
interrumpió de forma transitoria como ocurrió a mediados de la década de
1930, para unir sus fuerzas contra el fascismo en la política denominada de
‘Frente Popular’.
Los socialistas
pudieron formar gobiernos durante el periodo de entreguerras, por lo general en
coalición o apoyados por otros partidos. De este modo pudieron permanecer en el
poder, aunque de forma intermitente, en Gran Bretaña y Alemania durante la década
de 1920 y en Bélgica, Francia y España durante la década de 1930 (en estos
dos últimos países bajo la fórmula de Frente Popular). En Suecia, donde los
socialdemócratas han tenido más éxito que en ninguna otra parte, gobernaron
sin interrupción desde 1932 hasta 1976.
Después de
1945, los partidos socialistas se convirtieron, en la mayor parte de Europa
occidental, en la principal
alternativa frente a los partidos conservadores y democristianos, siendo Suiza y
la República de Irlanda las principales excepciones. Aun manteniendo su antiguo
compromiso con el socialismo como ‘estado
final’, es decir, una sociedad en la que se anularan las diferencias sociales,
desarrollaron un concepto de socialismo ‘como proceso’ —propuesta que había
sido anticipada por el revisionista alemán Eduard Bernstein a
finales del siglo XIX.
En la práctica,
esto significaba que, mientras sus seguidores más comprometidos se aferraban a
la idea de un objetivo final,
los partidos socialistas, por esta época a menudo en el poder, se concentraban
en reformas socioeconómicas
factibles dentro del sistema capitalista. Aunque variaban según los países,
las reformas socialistas
incluían, en primer lugar, la introducción de un sistema de protección social
(conocido como Estado de
bienestar) que, en la formulación tomada del reformista liberal británico
William Beveridge, protegiera a todos los ciudadanos "desde la cuna hasta la tumba", y en segundo
lugar, la consecución del pleno empleo
mediante técnicas de gestión macroeconómica desarrolladas por otro liberal,
John Maynard Keynes.
En Gran Bretaña
estas reformas fueron llevadas a cabo por los primeros gobiernos laboristas de
la posguerra. En el resto de Europa los socialistas alcanzaron algunos de sus
objetivos, ya fuera en el seno de una coalición gubernamental con otros
partidos (como fue el caso de Bélgica y Países Bajos, y, en la década de 1970
en Alemania) o ejerciendo una presión efectiva sobre los gobiernos no
socialistas. Socialismo y
servicios públicos
Fue sobre todo
después de 1945 cuando se relacionó el socialismo con la gestión de la economía
por parte del Estado y con la expansión del sector público a través de las nacionalizaciones. Aunque los
activistas socialistas
concebían la propiedad estatal como un primer paso hacia la abolición del
capitalismo, las nacionalizaciones
tenían por lo general objetivos más prácticos, como rescatar empresas capitalistas débiles o
ineficaces,
proteger el empleo, mejorar las condiciones de trabajo o controlar las empresas
de servicio público. A
pesar de que las nacionalizaciones han sido relacionadas a menudo con los
partidos socialistas fueron con
frecuencia los gobiernos de partidos no socialistas los que recurrían a ellas,
como ocurrió en Francia
(1945-1947), Austria (1945-1947) e Italia (1945-1947 y en la década de 1960). Por el contrario, un
En el aspecto
internacional, la mayoría de los partidos socialistas se alinearon junto a
Occidente durante la Guerra fría, aunque importantes minorías dentro de cada
partido intentaran hallar una vía intermedia entre la democracia capitalista y
el comunismo soviético, denunciaron la política exterior estadounidense y
expresaron su solidaridad con los países en vías de desarrollo.
En lo
sustancial, el socialismo ha seguido estando limitado a Europa occidental o a países
cuya población es o ha sido de
origen europeo, como Australia, Nueva Zelanda, Israel o varios países
latinoamericanos. La principal
excepción la constituyen los Estados Unidos, donde nunca ha existido un partido
socialista importante,
algo que ha dejado a menudo perplejos a los teóricos socialistas, que se equivocaron al creer que
la
industrialización conlleva siempre el advenimiento del socialismo. En el resto
del mundo se consideró al socialismo como
una variante del comunismo, de ahí las frecuentes referencias que se hacen al
socialismo africano y al
socialismo árabe. En Latinoamérica existen partidos socialistas importantes en
Chile, Ecuador, Venezuela y
Uruguay; en otros países forman frentes políticos con otras organizaciones. El
partido socialista más antiguo de
Latinoamérica es el argentino, fundado en 1896 por socialistas alemanes e italianos. En Brasil
el Partido
Socialista se fundó en 1916. En Chile los movimientos socialistas se
transformaron en partido político en
1915. El primer diputado socialista del Uruguay fue elegido en 1911. En Puerto
Rico, Santiago Iglesias,
hermano de Pablo Iglesias, dirigente socialista español, fue elegido diputado
en 1917. En Cuba, el Partido
Socialista fue fundado en 1910. En México muchos socialistas están incluidos
en el oficialista Partido Revolucionario
Institucional (PRI), así como en partidos de la oposición de izquierdas. En
general, y bajo la denominación
socialista, obrerista, trabalhista (Brasil), los movimientos socialistas tienen
gran importancia en toda la América
de habla hispana. En Asia, más que una doctrina de claro cuño anticapitalista,
el socialismo era
sólo una ideología que defendía la modernización por parte del Estado,
liberado de cualquier presión
colonial o imperialista. Aunque sólo en contadas ocasiones desembocaron en la
formación de partidos
independientes basados en el modelo occidental europeo, las ideas socialistas
tuvieron una gran influencia en
los movimientos independentistas anticoloniales, en especial sobre el Congreso
Nacional Indio de la India, el
Congreso Nacional Africano de Sudáfrica y sobre algunos regímenes
poscoloniales, como fue el caso de
Zambia, Tanzania y Zimbabwe. Las tesis
revisionistas
Hacia el final
de la década de 1950, los partidos socialistas de Europa occidental empezaron a
descartar el marxismo, aceptaron la economía mixta, relajaron sus vínculos con
los sindicatos y abandonaron la idea de un sector nacionalizado en continua
expansión. El notable desarrollo económico desde postulados capitalistas
durante las décadas de 1950 y 1960 puso fin a la creencia que mantenía que la
clase trabajadora sería cada vez más pobre o que la economía sufriría un
colapso que favorecería la revolución social. Ya que un sector considerable de
la clase trabajadora seguía votando a partidos de centro y de derecha, los
partidos socialistas intentaron de forma paulatina captar votantes entre la
clase media y abandonaron los símbolos y la retórica del pasado. Este
revisionismo de finales de la década de 1950 proclamaba que los nuevos
objetivos del socialismo eran
ante todo la redistribución de la riqueza de acuerdo con los principios de
igualdad y justicia social. Los socialdemócratas alemanes dejaron constancia de
estos principios en el Congreso de Bad Godesberg de
1959, principios que habían sido popularizados en Gran Bretaña por Anthony
Crosland (El futuro del socialismo, 1956). Los socialdemócratas creían que un
crecimiento económico continuado serviría de apoyo a un floreciente sector público,
aseguraría el pleno empleo y financiaría un incipiente Estado de bienestar.
Estos supuestos eran a menudo compartidos por los partidos conservadores o
democristianos y se ajustaban de una forma tan estrecha al desarrollo real de
las sociedades europeas que el periodo comprendido entre 1945 y
1973 ha recibido a veces el nombre de ‘era del consenso socialdemócrata’.
Coincidía, de modo ostensible, con la edad de oro del fordismo, supuesta
modalidad pura del capitalismo.
El fuerte
incremento sufrido por los precios del petróleo en 1973 fue el desencadenante
de la crisis económica que puso fin a esta hipotética edad de oro. Durante el
final de la década de 1970 se pensó que, en general, para restaurar el
crecimiento económico, patronos y gobiernos tendrían que alcanzar algún tipo
de entendimiento con los sindicatos. En estas circunstancias, los partidos
socialistas obtuvieron el poder en Portugal, España, Grecia y Francia, países
en los que nunca o rara vez habían gobernado, y que en los tres primeros casos
se produjeron después del fin de sistemas dictatoriales.
El creciente
desempleo, sin embargo, debilitó a los sindicatos y, al hacer aumentar la
pobreza y los problemas con
ella asociados, hizo que la protección social del sistema del bienestar fuera
mucho más costosa de lo
que lo había sido en los días del pleno empleo. Mantener los niveles de
bienestar con una tasa elevada de
desempleo exigía un alto nivel de impuestos, medida que no gozó del favor de
los ciudadanos.
Los partidos
conservadores se distanciaron del consenso político, aduciendo que era
necesario "hacer retroceder al
Estado", reducir el gasto público y privatizar las compañías estatales.
Acusados de estatistas, burocráticos y
derrochadores, los socialistas fueron poniéndose cada vez más a la defensiva.
Hacia 1980 el proletariado
industrial se había convertido en minoritario en toda Europa, y las nuevas
tecnologías agravaban la división
existente en sus filas. Los incrementos de la productividad ya no suponían la
creación de nuevos empleos. Por el contrario, estas nuevas tecnologías hacían posible un mayor volumen de
producción en detrimento del
empleo, mientras que los sectores en proceso de expansión eran incapaces de
absorber a los trabajadores
despedidos por culpa de las reconversiones industriales. La
prosperidad de la
que gozaban los trabajadores
cualificados en las empresas de éxito contrastaba con el número creciente de
trabajadores temporales y no
cualificados, muchos de los cuales eran inmigrantes o mujeres, empleados a
tiempo parcial.
Considerar,
pues, a la clase obrera como una clase universal que prefiguraba un futuro
poscapitalista parecía algo cada vez más anacrónico. La creciente interdependencia económica que se extendió con gran
rapidez durante las décadas
de 1970 y 1980 suponía que las políticas macroeconómicas tradicionales del keynesianismo
ya no eran efectivas y que la relación interna (en cuanto política que activa instrumentos
monetarios y
fiscales destinados a frenar el desempleo) originaba problemas con la balanza de
pagos, así como medidas inflacionarias, tal y como descubrieron, a sus expensas, los gobiernos
socialistas británico y francés en las
décadas de 1970 y 1980.
Aunque supuso
la transformación de muchos de los antiguos partidos comunistas en partidos
socialistas, el derrumbamiento del comunismo en la Unión Soviética y en la
Europa central y oriental no constituyó un consuelo para la izquierda europea
occidental. La crisis de las economías planificadas comunistas fue interpretada en
términos generales como una prueba más de que las decisiones espontáneas de millones de consumidores individuales, gracias a los mecanismos del libre
mercado, distribuían mejor los recursos de lo que pudiera hacerlo cualquier
forma de mediación estatal. Las ideologías neoliberales ganaban, en consecuencia,
terreno en multitud de países. El Estado de
bienestar
Según se
acercaba a su fin el siglo, el socialismo —tal y como se hallaba representado
por los partidos socialistas—
no sólo había perdido su perspectiva anticapitalista original sino que también
empezaba a aceptar, aunque
con dolor por su parte, que el capitalismo no podía ser controlado de un modo
suficiente, y mucho menos abolido.
Debido a su
inmovilidad actual, definir el concepto de socialismo al final del siglo XX
presenta numerosos problemas. La
mayoría de los partidos socialistas ha llevado a cabo un proceso de renovación
programática cuyos contornos
no son aún muy claros. Es posible, sin embargo, catalogar algunas de las
características definitorias
del socialismo europeo según se prepara para hacer cara a los retos del próximo
milenio: 1) reconocer que
la regulación estatal de las actividades capitalistas debe ir pareja al
desarrollo correspondiente de las formas
de regulación supranacionales (la Unión Europea, que contó en un principio
con la oposición mayoritaria de
los socialistas, es considerada como terreno controlador de las nuevas economías
interdependientes);
2) crear un ‘espacio social’ europeo que sirva de precursor a un Estado de
bienestar europeo
armonizado; 3) reforzar el poder del consumidor y del ciudadano para compensar
el poder de las grandes
empresas y del sector público; 4) mejorar el puesto de la mujer en la sociedad
para superar la imagen y prácticas
del socialismo tradicional, en exceso centradas en el hombre, y enriquecer su
antiguo compromiso a favor de la
igualdad entre los sexos; 5) descubrir una estrategia destinada a asegurar el
crecimiento económico y a
aumentar el empleo sin dañar el medio ambiente; y 6) organizar un orden mundial
orientado a reducir el
desequilibrio existente entre las naciones capitalistas desarrolladas y los países
en vías de desarrollo.
Esta relación
no pretende en absoluto ser exhaustiva. Sin embargo, subraya algunos elementos
de continuidad con
el socialismo tradicional: una visión pesimista de lo que la economía podría
lograr si se le permitiera seguir creciendo sin restricciones, y el optimismo en
lo que se refiere a la posibilidad de que una sociedad organizada en el orden
político pudiera progresar de forma consciente hacia un estado de cosas que
podría aliviar el sufrimiento humano. Neoliberalismo
En general, en
la actualidad no se habla de neoliberalismo, ya que los descendientes ideológicos
de Adam Smith han vuelto a adoptar la denominación de libérales, sin
aditamentos. Este ultimo termino había caído en un progresivo desprestigio
entré economistas políticos, escritores y en medios influyentes de la opinión
pública, debido a la creciente ineficacia que fue demostrando el sistema del
laissez faire, desde fines del Siglo XIX hasta su gran derrumbe, como
consecuencia de la Gran Depresión de los años '30. La realidad económica de
la época con la aparición de grandes monopolio y trusts que dominaban la
oferta, hizo comprender a la
mayoría de los economistas que el modelo competencia era sólo una hipótesis
de escuela. Habían comenzado a dejar de identificar competencia con laissez
faire.
En los EE.UU.,
la iniciación del institucionalismo, en los primeros años de la década de
1920 influyo y atrajo a numerosos economistas adscriptos al marginalismo que
fueron descartando paulatinamente sus viejos dogmas. En
Inglaterra, la publicación en The Eçonomic Journal, en 1926, de un influyente
artículo del economista dé
la Universidad de Sambridge, de origen Italiano, Pieró Sraffa, quien afirmaba
que la realidad de los mercados de ese momento, distaba mucho de ser de
competencia perfecta y que había que distinguir, en el plano práctico, muchas
formas de mercado, marca el inicio de una revisión profunda de la teoría predominante
hasta el momento. Al artículo de este economista, le siguieron los libro,
publicados por Joan Robinson y Edoard Chamberlin, quienes calificaron a la
realidad de los mercados de competencia imperfecta y de competencia monopolística
respectivamente. En la misma época, el pensamiento el pensamiento de John M.
Keynes, antes y después de la publicación de su Teoría General... se había
divulgado por los principales países del mundo. y sus premisas, junto con la de
los institucionalistas, habían sido aplicadas por el presidente
Roosevelt en el New Deal. Las teorías keynesianas no sólo influyeron en
el período de entre guerra sino que lo hicieron después de la Segunda Guerra
Mundial, y aun hoy, pese al éxito de la reacción liberal de los años '60,
conservan su vigor. Todas las precisiones teóricas que descalificaban al
Laissez Faire como un sistema apto para aplicar en la vida económica,
parecieron confirmarse con la Gran Depresión.
Teoría y
realidad eran las dos caras de una misma moneda que demostraba él fracaso del
liberalismo económico, al
menos, como ideología eficaz para mantener la creencia en el sistema
capitalista. Ese lugar vacante lo vino a ocupar el keynesianismo, con sus
propuestas que, en la realidad, operaron como un salvavidas del sistema.
Los economistas
liberales de la época de entre guerras, tanto en los USA como de Europa,
reformaron sus teorías frente al nuevo panorama vigente. Ya no era posible
preconizar un retornó a Laissez faire absoluto, resguardado de toda intervención
estatal. En 1938 los neoliberales de Europa occidental, se reunieron en lo que
se denominó el coloquio de Wafter Lippmann por el escrito liberal que critico a
las grandes sociedades anónimas, identificándolas como monopolios que
obstaculizaban el mecanismo de precios en un mercado libre. A este coloquio asistieron los economistas liberales más destacados de Europa, entre
los que se puede mencionar a R Aron, L. Rouçier y J. Rueff de Francia, J.B.
Condilifte de Gran Bretafla y L. yon Mises, E. von Hayek y W. Ropke de la
escuela de Viena . En este coloquio se reafirmaron las posiciones antidirigistasde
los neoliberales y se sostuvo la necesidad de una vuelta a la economía de
mercado, aunque, con esta denominación genérica no precisaron a cual de las
estas formas de economía de mercado se referían. En el coloquio Lippmann no se
produjeron definiciones que permitan hablar de un neoliberalismo muy diferente al
decimonónico del Laissez Fairg . Solamente, en lo qué se refiere a este
principio, no afirmaron que se debía adoptar en forma absoluta, y en lo que se
vincula con el estado, no descartaron en forma total su intervención. Walter
Lipmann ha sido el neoliberal que con más énfasis solicito medidas contra las
grandes sociedades anónimas para impedir que los monopolios dominaran los
mercados y en contra de los acuerdos que anulan la competencia. Se pronuncio,
también, en contra de la autofinanciación de las poderosas sociedades anónimas
con el fin de establecer la competencia en el mercado de capitales.
En el
neoliberalismo han existido opiniones muy contradictorias. Desde Ludwing von
Mises, cuya preocupación fundamental era el restablecimiento del mercado sin el
cual no puede haber equilibrio ni cálculo económico; Wilhelm Ropke, para quien
la intervención del Estado solo debe ser admitida para garantizar la existencia
de un mundo de Pequeñas empresas y de competencia y que, al mismo tiempo, se
opone a toda forma de redistribución de ingresos y de política ocupacional;
Friedrich von Hayek,quien en los años '40 no se mostró partidario de una
economía dirigida propiciando una "estructuración racional de la competencia",
sin definir con mucha precisión el concepto (este autor en los años '60 adhirió
al monetarismo y denunció la acción de los sindicatos como perjudicial para la
actividad económica); Jacques Rueff, que admite la intervención del Estado en
tiempos de guerra para repartir artículos de consumo y materias primas y, en
alguna medida, acepta que se intervenga, no sobre la formación de los precios,
pero sí sobre la oferta y la demanda; hasta James E. Meade y Roy F. Harrod, que
introdujeron en el pensamiento liberal importantes conceptos keynesianos como el
de preconizar la intervención del Estado para evitar las oscilaciones que
llevan al sistema capitalista de la prosperidad a la depresión.
Los
neoliberales más ortodoxos con el liberalismo económico tradicional fundaron
en 1950 la llamada sociedad Mont-Pélérin, cuyo principal inspirador ha sido F.
von Hayçk, y donde proviene la denominación de la economía Social de mercado
utilizada para identificar a las propuestas de los liberales de la actualidad.
En épocas
recientes ha sido formulada la teoría monetarista que ha adquirido una gran
influencia en el pensamiento
liberal, y de cuyas premisas se hicieron eco algunos gobiernos como el de Ronal
Reagan en los Estados Unidos
y otros que configuraron dictaduras en países latinoamericanos (Argentina,
Chile y Uruguay). Las
gravitaciones qué estas teorías han teñido sobre hombres de Estado y sobre la
marcha de las actividad económica
en el mundo en general en donde se observa una creciente oligopolización en los
sectores
productivos principales, convierte en poco menos qué imposible utilizar con
propiedad el término neoliberalismo,
si es que con él se pretende designar a una teoría económica eficaz para
limitar el poder que los monopolios
y para asegurar que los precios se formen en un mercado libre de interferencias privadas o
estatales. titoquin@neuquen-online.com.ar
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webmaster: Marcelo Adrián Fuentes |
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