|
|
||||||
|
|
||||||
|
Industria: de la colonia al año 1967
A diferencia de los imperios azteca e inca, en el Río de la Plata, para poder encontrar algún vestigio de industrialización y artesanía era necesario alejarse de la pampa. Esa fue la primera impresión que recogieron los españoles al llegar a estas tierras. Mientras que en el norte se desarrolla la industria del tejido, del teñido de telas, de la alfarería y especialmente de la minería, en el Rió de la Plata sólo hay tribus nómadas cuyo único rasgo técnico es la creación de armas para defenderse. Por falta de un criterio científico los cronistas de la época no supieron dejar datos coherentes sobre la organización social de los indígenas y sobre la base económico-social de la vida prehispánica en América. Los únicos pueblos pastores fueron los peruanos quienes domesticaron rebaños de llamas y alpacas sobre la meseta andina. En cambio casi todos los pueblos eran agricultores. En la pampa, Sarmiento considera al maíz como factor preponderante del desarrollo de la sociedad indígena al entablar éste una relación de dominio del hombre sobre la tierra, como base del trabajo e impulso de progreso. Luego llega la colonización. A través de ella -religiosa y política en su forma pero feudal por su contenido- se completó y aseguró la conquista del actual territorio argentino. En los primeros tiempos -siglo XVI- no se conocían artesanos ni trabajadores libres. En las tierras se plantaban viñas y árboles y se cosechaban trigo, maíz, cebada, ajos, cebollas y otras legumbres. Se criaban mulas, vacas, caballos, ovejas, cabras, cerdos y aves de corral. Con el algodón y la lana se elaboraban telas y ya se autoabastecían de aceite, harina y vino. Prácticamente no circulaba la moneda metálica; "el algodón es la plata de esta tierra" decía Ramírez de Velazco, y el valor de los productos se calculaba en varas de lienzo de algodón, que costaban treinta pesos cada una. Una india debía trabajar un año entero para producir setentas varas de ese tejido. El encomendero era el alma mater de la vida social y económica. A través de él se enviaban al Perú, carretas cargadas de productos que volvían con efectos de Castilla para uso de encomenderos, frailes y funcionarios. Los productos "importados" eran carísimos. Tucumán tenía fama de ser el país más caro del mundo debido a que realizaba sus compras en Potosí donde los artículos valían casi cuatro veces más que en Lima. Esa fue la razón por la cual los pobladores tucumanos trataron de abrirse paso por Buenos Aires para comerciar directamente con España o a través del contrabando de las costas del Brasil. Y en 1587 fue el obispo tucumano Francisco de Vitoria quien prácticamente inauguró el puerto de Buenos Aires. El que los europeos hayan tenido que iniciar la actividad industrial en esta parte del continente es la razón por la cual nuestra industria tiene sus características. Sin embargo debe destacarse el hecho de que en el norte y Cuyo y en Córdoba, existía la alfarería, el teñido, el tejido y la minería provenientes de la civilización incaica, pero que en ningún momento llegó hasta las orillas del Plata. A cincuenta años de iniciada la conquista aún nadie podía proveerse de un par de zapatos sin antes tener que conseguir el cuero, y luego buscar un artesano que utilizaba técnicas muy primitivas. Y mientras Buenos Aires observaba asombrada la multiplicación de su ganado, en Cuyo se inicia el cultivo de la viña y del algodón. El que no existiera materia prima que pudiera ser explotada por los artesanos inmigrantes, hizo que Buenos Aires abriera su comercio de cuero con el exterior. La primer exportación de productos manufacturados que se realizó en el país, ocurrió en 1587 cuando partió con destino a Brasil un buque fletado por el obispo Vitoria. Los tejidos -frazadas, lienzos- y los sombreros que constituían la carga provenían de Tucumán. Al volver, traían ropa por valor de 100.000 ducados, 80 o 90 esclavos negros y los primeros jesuitas que entraron al país. En el camino fueron asaltados por un pirata inglés que se apoderó de toda la mercancía y la mitad de los esclavos: una manera no muy feliz de premiar la reciente empresa. Poco tiempo después se inició el cultivo de la caña de azúcar en Paraguay y se instaló el primer molino de trigo en Córdoba. Buenos Aires tendría que esperar hasta 1595 para tener el suyo. En 1620 los jesuitas comienzan a cultivar la caña de azúcar en el territorio nacional hasta que en 1700, el obispo Colonbres instaló en Tucumán el primer trapiche destinado a la molienda de caña. En ese mismo año, Mendoza y San Juan envían a Buenos Aires diez mil barriles de vino y de aguardiente. Pero dos hechos habrían de trastornar ese lento aunque evidente progreso industrial. La expulsión de los jesuitas en 1767 y la prohibición de cultivar algodón o cualquier otra planta cuyo fruto pudiera ser industrializado por parte de España. A pesar de estos problemas, la industria regional avanza a grandes pasos. En 1785 se inició la industria saladeril. Y mientras se enviaba por primera vez carne salada a La Habana, apareció en Buenos Aires la curtiduría, una verdadera revolución en la economía colonial. Era el año 1793. Parece increíble que en 1800 los astilleros correntinos intercambiaran fragatas y bergantines, construidos por ellos mismos, en su comercio con Europa y que sólo entonces, un año más tarde, se instalara en las orillas del Plata, la primer fábrica de suela. Su dueño, Alejandro Durán, posiblemente creyó poder salir adelante en su negocio, a pesar de la falta de una política proteccionista. Era la única manera de que la naciente industria del calzado no fracasara. En el siglo XIX la Argentina es un típico país ganadero con vida agraria pobre y productor sólo de aquellos productos que no llegan desde Europa. La decadencia comercial del país se inicia paradójicamente, luego de la Revolución de Mayo. Hasta 1810 los productos manufacturados provienen de España y en pocas cantidades; Buenos Aires se abastece de su mercado interior y el costo elevado de los fletes no importa realmente; los puertos americanos están cerrados a cualquier barco que no sea español, lo que limita totalmente la competencia. La situación hubiera prosperado si el Virrey Cisneros, por pedido de un grupo de hacendados, no hubiera abierto el puerto de Buenos Aires a "cualquier buque amigo, neutral o nacional procedente de puertos extranjeros". Medida que más tarde se agrava al disminuir en un cincuenta por ciento el impuesto a la introducción de los tejidos europeos. ¡La naciente industria es destruida al mismo tiempo que emerge la soberanía nacional! De 1810 a 1853, año en que se inicia la organización nacional, la industria argentina está prácticamente estancada. El gobierno de la revolución toma muy pocas medidas proteccionistas; la política librecambista, apoyada por los ganaderos, perjudica a la industria nacional. Inglaterra invade con sus manufacturas todos los puertos de América, desarrollando un comercio de especulación que arrasa con todos los intereses de la manufactura regional. Sólo se pueden destacar en esa época algunos acontecimientos de importancia. En 1812 se libera de impuesto aduanero a los materiales que se importen y que sirvan para impulsar el desarrollo de la industria saladeril mientras que al mismo tiempo se registra el primer intento legislativo de favorecer la inmigración por considerar -el entonces Triunvirato integrado por Chiclana, Pueyrredón y Rivadavia- que "la población es el principio de la industria". En 1813 se prohíbe la introducción de esclavos, y siguiendo una política de apoyo hacia el trabajo en las minas, se concede el privilegio de poner en funcionamiento una fábrica que elabora ladrillos con una máquina prensadora. Pero el evento más importante de la segunda década del siglo XIX es la instalación de una fábrica de armas de repetición que aparece en 1818. Aún cuando dos años antes se había instalado la primer fábrica de aceite del país, la industria de los armamentos adquiere gran importancia hasta el punto de que en Cuyo se llega a abastecer el ejército que cruzó los Andes con manufactura nacional. La minería tiene también ciertos alcances una vez finalizada las guerras de la independencia ya que que en 1822 las provincias andinas producen un millón trescientos cincuenta mil pesos en metales, oro, plata y cobre. La más grande compañía minera se establece en 1824 en Famatina y cuenta con un capital de un millón de pesos. Buenos Aires conoce por primera vez el alumbrado a gas, comienza a exportar lana y en 1830 se proyecta la instalación de obras sanitarias y la pavimentación de sus calles. Quizás lo más importante es que el país tiene su primer técnico industrial -Don Antonio Cambaceres- quien perfecciona el sistema de salazón de la carne e inicia el aprovechamiento de los subproductos que hasta entonces se desperdiciaban. Es indudable que la guerra de la Independencia y la Guerra Civil ocasionan serios trastornos a la industria nacional, pero no puede dejar de tenerse en cuenta que en escasos veinte años de vida independiente, el país alcanza grados de adelanto técnico que no logró en los siglos de la conquista y la colonización. Durante la Guerra Civil -1828-1850- se aumenta la exportación de lanas y se establece la primer fábrica de cocinas de hierro. En 1845 aparece el primer molino de vapor en la ciudad de Buenos Aires, en la calle Balcarce entre Alsina y Moreno. Los Noel y Lasalle instalan su fábrica de dulces en 1847 y un año más tarde comienzan a funcionar los astilleros de la firma J. Baradacco e hijos. En esa época llegaban a Buenos Aires tres mil carretas que, provenientes del interior, comerciaban frutos y manufacturas, aunque éstas conservaran todavía las características de artesanía doméstica. En un censo realizado en 1853, consta que Buenos Aires posee 746 talleres y 106 fábricas, en las que trabajan 2.000 obreros, cifras que dan la pauta del crecimiento del país en cuarenta años. Sin embargo, los industriales resultan impopulares. Tanto es así que en ese mismo año cuando llega a Buenos Aires la primer máquina de coser, las alarmadas costureras, fieles a la consigna de que el maquinismo perjudica a todos, se sublevan indignadas. Resultó bastante difícil explicarles que la máquina inofensiva aliviaría sus tareas, en vez de perjudicarlas. Entre 1855 y 1860 comienzan a fabricarse ladrillos refractarios en La Rioja, se establece una de las más importantes fábricas de calzado de Buenos Aires -Muzio y Cía.-; se inician los preparativos para instalar una fundición en Rosario, el ingeniero Menara Rolland inventa la máquina para fabricar pan, y a Tucumán llega la primer instalación completa de hierro para fabricar azúcar. Pese a ello, lo más importante de ese quinqueño es la colocación del primer riel en la Argentina y la fundación de la cervecería Bieckert. Con las corrientes inmigratorias, integradas en su mayoría por familias europeas comienza la etapa agrícola en el Río de la Plata. PROTECCIONISMO: LOS PRIMEROS BERRIDOS Hacia 1862 es cuando coincide una serie de factores destinados a dar un impulso decisivo a la industria nacional. No sólo se cuenta ya con la ley de libre navegación de los ríos -famoso punto de enfrentamiento entre Urquiza y Rosas-, sino que el establecimiento de una línea regular de navegación con los puertos de Europa, la firma de los primeros contratos de colonización con Brouges, Lelong y Castellanos, la construcción de puentes y caminos, la sanción de la ley de patentes de inventos y el mejoramiento general de la ganadería confluyen para producir una cifra significativa: para 1865, sobre el total de 1.600.000 habitantes con que cuenta el país, casi trescientos mil se encuentran relacionados con las actividades industriales. Muchos de ellos trabajaban entonces en la elaboración de chocolate, actividad que venía incrementándose desde cuatro años antes, cuando hubo una explosión de establecimientos de este tipo, y entre ellos la aparición de la fábrica Godet. Al mismo tiempo, no ocurría lo mismo en todas las ramas de la industria. Es el caso de la fabricación de telas, la cual, seriamente afectada por la competencia europea, encuentra sin embargo un tozudo defensor en el diputado Montes de Oca. En la misma época en que éste presenta un proyecto proteccionista para fomentar la industria del lavado e hilado de lana, se sanciona la ley de explotación de las minas carboníferas y se acuerdan premios a quienes descubran nuevas. En 1871, pese a la escasez de grandes capitales para la realización de empresas de envergadura y aún teniendo en cuenta que el crédito industrial existe mucho más en la teoría que en la práctica, la Primera Exposición Industrial realizada en Córdoba, se presenta como un índice revelador de los avances logrados hasta ese momento. Y el panorama de los productos propios que exponen las 13 provincias asistentes a la muestra no es desdeñable. Buenos Aires: muelles, guitarras, gorras, ebanistería, artes gráficas, cueros y lanas trabajadas, carnes preparadas, calzado y piedra artificial. Santa Fe: Dulces y confituras, tejas y ladrillos, capullos de seda, cera, fideos, quesos, peletería, maderas del Paraná, cerveza, cemento portland, herrería y fundición. Entre Ríos: carnes preparadas de Liebig y lanas. Corrientes: Fibras textiles, jergones, cerámica, almidón, tintes indígenas, tabacos, mármoles pulidos, tejidos de algodón y yerba mate. Córdoba: Harinas, frutas en aguardiente, yerbas tintóreas y medicinales, colección de minerales, arcillas y mármoles; suelas y pieles, talabartería, alfombras, ladrillos. Salta: cueros trabajados de vicuña, cabra, oveja y guanaco, platería, hulla, azúcar, petróleo crudo, potasa, tabacos. La Rioja: Vinos, cueros tejidos de lana y algodón, colección de minerales. Catamarca: Aguas minerales, aguardiente, cueros de chinchilla, crisoles y ladrillos refractarios. San Juan: Pasas de uva e higo; especies, vinos finos y comunes, carbón de piedra, metales en lingotes, cal y mármoles. Jujuy: Colecciones de cueros, ponchos, frazadas, casimires, sal de roca, petróleo crudo, arenas auríferas, vinos y azúcar. Santiago del Estero: Yerbas medicinales, cueros y derivados, tejidos. San Luis: Sal, arenas auríferas, cobre, muestra de minerales, tejidos diversos. Mendoza: vinos, capullos de seda, frutas preparadas, filtros de piedra, petróleo natural, aceite de oliva y de nuez. La exposición, de cualquier modo, no ocultaba un mal del momento: el país vive en plena europeización y esto se manifiesta en la predilección general hacia las manufacturas europeas. La muestra es un intento aislado por parte de los industriales argentinos, de combatir la "falta de ambiente", agravada por una política tarifaria desconocedora de sus intereses. No obstante, en la tenacidad de estos industriales, especialmente los extranjeros afincados en el país, radica la causa de un adelanto lento pero inexorable. Cada año aparecen manufacturas de nuevos productos: la fabricación de caños de plomo en 1871, la de caños de piedra artificial en 1872, la importación en gran escala de maquinaria para la industria azucarera en 1875, y en el mismo año, la fabricación de ácido sulfúrico y carbónico. No faltan, además, verdaderos quijotes, como el precursor Stuar, que intenta en esta época explotaciones petrolíferas en Salta y Jujuy. Como las buenas intenciones no bastan, y menos los esfuerzos desperdigados, una idea, la de organizar institucionalmente a los industriales argentinos, cristaliza en 1875. Y el 29 de agosto, un grupo de ellos funda el "Club Industrial Argentino", para conseguir con un trabajo constante, la adopción, por los poderes públicos, de varias reformas económicas, sin las cuales el país habría de caer a poco en la miseria (sic). No era sólo una declaración de principios, ya que así organizados, los miembros del club dan su primer paso: enfrentarse a una comisión de importadores -nombrada por el gobierno- para estudiar los evalúos aduaneros. Y la victoria de los industriales argentinos -pequeña en comparación a los problemas que los rodean- se evidencia de cualquier modo, en la reforma aduanera de 1877, mediante la cual se recargan los derechos de ciertos artículos extranjeros similares a los que ya se fabrican en el país. Particular en la legislación y en la fijación de tarifas aduaneras, es sin embargo, solo uno de los problemas que el Club Industrial decide enfrentar. El país vive el período que va de la crisis de 1874 a la expansión de 1880, y tanto o más importante es la cuestión de crear la conciencia de que la Argentina no puede ser siempre un país agrícola-ganadero, un pueblo pastoril que entregue sus materias primas para que otros la transformen, pues cerraría sus fronteras a la técnica. El debate parlamentario de 1876 demuestra hasta qué punto los industriales argentinos deben apelar a todos sus recursos para dar por tierra con la tesis del libre cambio. El ministro de Hacienda de Avellaneda, Norberto de Riestra, defendiendo esta última postura, llega a decir: "No debemos poner un derecho exagerado que haga imposible la introducción del calzado de una manera que mientras cuatro remendones aquí florecen, mil fabricantes de calzado extranjero no pueden vender un solo par de zapatos". La respuesta de Vicente Fidel López no se hace esperar: "Yo quisiera que el Congreso vea que estamos en un país pobre que tiene que mandar sus materias primas sin límites a los manufactureros extranjeros; que ellos son los que imponen el precio a nuestros productos; que nosotros no comos dueños de nuestra producción y que, como ha dicho el señor Pellegrini, somos una granja del extranjero, un pedazo de territorio extranjero; que es imposible tener independencia cuando un pueblo no se basta a sí mismo, cuando no tiene para consumir todo aquello que necesita, cuando dependemos de los trigos de Chile, cuando dependemos aún, en el caso de guerra, de los fusiles extranjeros. ¿Qué independencia vamos a tener, señor presidente, el día que nos ponga un bloqueo una nación extranjera, que nos quite el carbón y nos ponga hasta en la imposibilidad de cocinar nuestra comida?". En el mismo debate, Carlos Pelligrini, insiste: "¿Es que la República Argentina está condenada a ser una granja atrasada de un imperio fabril? Solo la industria y el trabajo pueden aumentar las fuentes de riqueza de un país. ¿Cuál es la posición de las grandes naciones industriales con relación a las naciones manufacturadoras el día que no le diéramos la materia prima con que alimentan sus fábricas, irán a buscarla a otra parte. Todo esto demuestra que tenemos el deber de procurar por todos los medios posibles hacer que en el porvenir no seamos solamente una nación de pastores, que seamos también una nación de obreros". La lucha por convencer al pueblo y al gobierno que la aptitud industrial del país era grande, pero exigía medidas proteccionistas, era ardua. Toda esta época está signada por el esfuerzo sostenido de los industriales en este sentido. Desde su órgano de expresión, el periódico El Industrial, éstos llegan a atacar la posición contraria en forma virulenta: "La República Argentina -se afirma en el periódico en 1879- no puede ser condenada a la vida vegetativa y semibárbara del pastor. La tiranía universal que se pretende establecer por el libre cambio en absoluto, es la conquista económica enemiga nata de la organización económica de las nacionalidades". Indudablemente, había motivos para la protesta. La deficitaria legislación con respecto a las materias primas producía situaciones inaceptables y pocos ejemplos bastan para demostrarlo. Mientras el hierro de elaboración pagaba un fuerte derecho, las máquinas hechas con él en el extranjero tenían entrada libre; la lana hilada pagaba el mismo derecho que el tejido de lana, etc. La protesta sigue, y en una edición de 1881, El Industrial reacciona violentamente: "El libre cambio ha sido organizado por Inglaterra para explotar el mundo en su provecho propio". Estas controversias ya habían hecho crisis un tiempo atrás. La etapa crítica por la que atravesaba el país y el partidismo político que tomaron algunos integrantes del Club, hizo que éste perdiera su unidad. Un grupo de quince socios ante las declaraciones formuladas en El Industrial, renuncia a sus cargos y el 8 de diciembre de 1878 funda el Centro Industrial Argentino. El grupo recibió constantemente el apoyo de Agustín Silveyra, a quien nombraron presidente de la institución en 1880. Sin embargo las diferencias entre ambos organismos, que pueden calificarse de circunstanciales y de origen político, no afectan el verdadero sentido que en un momento los mantuvo unidos. Paralelamente continúan trabajando en defensa de los intereses industriales, hasta el punto que el Club Industrial, arremetiendo contra todo tipo de contratiempos, inaugura en 1882. La Primera Exposición Continental de Buenos Aires. En 27.370 metros cuadrados se exhiben alrededor de 2.038 productos nacionales y 1.194 extranjeros. Participan de la muestra: Méjico, Venezuela, Centro América, Ecuador, Chile, Paraguay, Brasil, Inglaterra, Alemania, Suiza, Estados Unidos y Francia. Además de iniciar exposiciones y muestras en el país, los industriales participan de las que se realizan en el exterior, ya sea en Estados Unidos, Francia o Alemania. LOS HERMANOS SEAN UNIDOS Es en la década del 80 cuando en el país se producen las primeras huelgas como elemento de presión, cuando comienza ha hablarse de la subdivisión de la propiedad territorial -apoyada por el Club Industrial-, cuando crece y se estructura la figura del self-mademan, aquél inmigrante pobre que se transforma en rico industrial. Y es en esa misma década cuando un grupo de industriales prevé la unión de las dos agrupaciones. La dificultad de obtener créditos, o crear entes bancarios propios en el país o el exterior, fue una de las causas que determinaron la creación de la Unión Industrial Argentina el 7 de febrero de 1887. Su primer presidente es Antonio Cambaceres, hijo del primer técnico organizador de la industria de la carne en la Argentina. Muy pronto, la recién nacida institución, inicia su labor. En el primer año señala la incongruencia del sistema de gravámenes aduaneros existente: por un lado tiende a que los metales -cinc, bronce, acero, hojalata- no pueden utilizarse como materia prima industrial dado el alto gravamen aduanero, y por el otro apoya el inexplicable hecho de que los productos manufacturados con esos materiales no posean gravamen alguno. El reclamo se exige no sólo abogados, sino también industriales con poderes para legislar. Pero la Unión Industrial alcanza jornadas memorables, años más tarde. El 26 de julio de 1899 celebra el meeting industrial, respondiendo al que realizaron los comerciantes, un mes antes. Basta transcribir la reseña que publicó La Nación, para comprender la importancia del mismo: "Contrariamente al meeting del comercio, que cerró sus puertas sin excepción, los industriales habían dispuesto que sus fábricas respectivas trabajaran hasta momentos antes de la manifestación. Todas las ramas de la industria, desde las más encumbradas hasta las más humildes, se encontraban por primera vez, quizá unidas y representadas. Era verdaderamente grandiosa, bajo todos los aspectos, la enorme masa de pueblo que desfiló ayer por nuestras calles para entregar una petición a los poderes públicos, encuadrada en pedidos de reformas que el gremio industrial cree en justicia deben ser acordadas. Era en total una columna que puede calcularse, sin exagerar, en 40.000 manifestantes, una cuarta parte de la cual era formada de mujeres y niños, que concurren cotidianamente a las fábricas a ganarse el sustento". Se peticionaba otra vez que las leyes de impuestos y de aduana sean estudiadas en el Congreso, para que la legislación esté de acuerdo con la política económica nacional, y el amparo al trabajo y la producción, facilitando el progreso y desenvolvimiento de las diversas fuerzas que lo impulsan. La demanda fue recibida personalmente por el entonces presidente de la república, general Roca. El primer magistrado responde que en esos momentos el país no está en condiciones de profesar libremente el criterio del libre cambio ni el proteccionismo absolutos. Ya en 1893, mientras el país atraviesa por la llamada crisis del 90, en momentos en que se inaugura la pre-exposición que se llevará a Chicago, el doctor Romero, ministro de hacienda, vierte similares conceptos: "El mejoramiento de las condiciones sociales y el bienestar del mayor número depende de la tendencia de los pueblos a elaborar todos los productos que fabrican las demás naciones. Esa legítima aspiración ha dado origen a las leyes protectoras que todas las naciones civilizadas han dictado para favorecer sus nacientes industrias; y a ella también se debe, en parte, los multiplicados objetos que con íntimo placer vemos aquí reunidos. Es cierto que han pasado felizmente los tiempos en que la protección se basaba en terribles leyes penales, para transformarse hoy en tarifas aduaneras que reservan el mercado argentino para la propia producción. Todos los pueblos han pagado este tributo y antes de llegar al libre intercambio han sido proteccionistas". El país no es en esos momentos -utilizando conceptos de Roca- ni una de las más antiguas y ricas monarquías, en cuya última etapa de evolución económica puede optar por el libre cambio, ni tampoco es una poderosa y opulenta República del mundo cuya desarrollada industria le permite emanciparse de los mercados exteriores y encerrarse en un proteccionismo absoluto. El siglo XIX finaliza con una nueva dificultad que no logra ser subsanada hasta casi medio siglo más tarde: la falta de obreros y técnicos especializados. En todo el país funcionan 23.000 establecimientos industriales que ocupan 170.000 personas y con capital invertido de quinientos millones de pesos, según los datos proporcionados por el censo que se realiza en 1895. Comparado con los anteriores, es, interesante destacar el notable desplazamiento de las zonas de radicación de industrias. De las provincias de Cuyo y del Norte pasan al Litoral y Centro, de manera tal que Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, concentran la mayor parte de la actividad fabril. LA DEFENSA PATRONAL Las huelgas y los impuestos obligan a unirse a los gremios industriales. En junio de 1904 la Unión Industrial aprueba los nuevos estatutos donde se crean las secciones gremiales, mientras los obreros demandan la jornada de ocho horas mediante las huelgas. Para la Unión Industrial es inadmisible el petitorio y concreta sus negativas en una serie de razones. Por un lado alega que la menor cantidad de horas de trabajo disminuye la producción y aumenta el costo de la misma. Por el otro razona que los precios de venta no pueden subir proporcionalmente porque entrarían a competir con los artículos similares extranjeros. Además aclara que ante la escasez de personal obrero -debido al avance progresivo de la actividad fabril- se hará indispensable contratar personal extranjero en los casos de empresas que contraen compromisos de venta a plazo fijo; una vez terminados esos trabajos el contingente quedaría desocupado ya que las fábricas cerrarían sus puertas al no poder competir con la industria del exterior. Mientras se discuten estos problemas, la cámara de Diputados vota en 1904, el descanso dominical. También en esta oportunidad, la Unión Industrial se resiste. No exactamente en lo que al descanso se refiere, sino al hecho de tener que abonar los jornales "porque, en primer lugar, es dudoso que una ley pueda imponer que se abone un salario gratuitamente, y en segundo lugar, porque esa obligación aumentaría de golpe en más de un diecisiete por ciento, el costo de la mano de obra, aumento que las industrias nacionales, aún las más prósperas, no están en condiciones de poder resistir". dice la nota enviada al Senado en 1905. Está convencida de que la ley es una causa más de perturbación en el trabajo nacional. Pero las cosas no terminan ahí. El proyecto de Código de Trabajo inspirado por el ministro Joaquín V. González supone una nueva lucha para la atribulada Unión Industrial. "Los perjuicios que por medio de estos procedimientos causan a la industria y al comercio las tituladas sociedades obreras, aumentan cada día por la impunidad de que disfrutan, y es urgente que los poderes públicos intervengan para exigir la responsabilidad civil y que sean compuestas y dirigidas exclusivamente por obreros, como lo ha solicitado ya esta Asociación" reclama una nota del 1º de diciembre de 1904. Tiene el propósito de no ceder ante ningún cambio en las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores. En este caso el detonante había sido el boicot que la Unión General de Trabajadores había dispuesto contra la Fábrica Argentina de Alpargatas, pero abundan progresivamente otras situaciones a todas las cuales la UIA se enfrentará tenazmente. A sus pronunciamientos de 1904, 1905 y 1906 -en este último se opone a la reglamentación del trabajo entre menores-, se suma, en 1913, su impugnación a un proyecto del senador Del Valle Iberlucea: la jornada máxima de 8 horas. Y su irritación se incrementa ante cada proyecto socialista: "Dentro de semejante criterio, sería más lógico, y en todo caso más sencillo y expeditivo, que nuestros diputados socialistas se decidieran a presentar un proyecto de ley que obligase a los patrones a pagar a los obreros sin hacerlos trabajar. Puesto que por ahí van a concluir, concluyan de una vez", afirman en su boletín de junio de 1914. Paralelamente, la Unión Industrial no puede dedicar todo su tiempo a negar la legislación social; el poderío de los importadores, los intereses movidos para impedir la protección de las industrias nacionales había obligado a la UIA a movilizarse, y en 1906, al lograr que la Tarifa de Avalúo quedara convertida en Ley de la Nación, respiraban aliviados, aunque solo en parte. El problema seguiría latente en muchos de sus aspectos, por varios lustros. De cualquier modo, un hecho servía de base para que los industriales se enfervorizaran defendiendo lo suyo. 1919: LA INDUSTRIA EN CIFRAS La Primera Guerra Mundial, al interferir el tráfico desde el exterior de productos manufacturados y combustibles, da la oportunidad para que el país demuestre contundentemente que no tiene por qué ser eternamente proveedor de materia prima sin elaborar, al mismo tiempo que mero consumidor de productos de elaboración ajena. Y el argumento irrebatible se encuentra en el Censo de 1914, en el que por primera vez se procede a la clasificación de las siguientes especialidades industriales: lechera, molinera, vinícola, cervecera, azucarera, destiladora de alcohol, carnes preparadas, gas y electricidad. Según la estadística, funcionan ya 48.779 industrias cuyo capital se eleva a casi 1.800 millones de pesos, con una producción que alcanza a los 1.661.789.810 millones. Estas industrias, por otra parte transforman materia prima nacional por valor de más de 800 millones y extranjera por casi 300 millones. El número de argentinos ocupados en establecimientos fabriles es importante: 410.201 personas, de las cuales 15.600 trabajan en la industria frigorífica, que en esta época está representada por 10 frigoríficos, tres saladeros y fábricas de conservas, ubicados en Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Cruz. Por su parte, la industria azucarera produce anualmente 150.402 toneladas de azúcar refinada y más de 200 mil hectolitros de alcohol, provenientes de los 119 trapiches que funcionan en 43 ingenios, de los cuales 30 posee Tucumán. Las cifras siguen, pero quizás de entre ellas resulte significativo destacar las que apuntan a la nacionalidad de los propietarios de esas industrias: frente a 31.483 extranjeros, los argentinos se reducen a 15.763. ARGENTINA DESPUÉS DE LA GUERRA De cualquier manera, un autor inglés, George Pendle, podía escribir mucho después que "la guerra causó serios inconvenientes al privar a los argentinos de numerosos artículos que normalmente importaban de Gran Bretaña y el continente europeo. Subió de manera alarmante el costo de la vida, pero ascendió espectacularmente el valor de lo exportado, y entre 1916 y 1919 el peso argentino se cotizó sobre la par, más que ninguna otra moneda del mundo. La escasez de las manufacturas importadas estimuló también el desarrollo de la industria local y como resultado de ella, en emergencias futuras no estuvo la Argentina subordinada al suministro extranjero. Hacia el final de la guerra, aún los más enconados enemigos de Yrigoyen admitieron el beneficio económico de la neutralidad; y esta política sirvió de precedente para la segunda guerra mundial". En efecto, no sólo la industria textil recibe gran impulso -duplicando su producción entre 1914 y 1920-, sino que también la industria petrolera se ve beneficiada por el planteo de una política resuelta. Por otra parte, es también en esta época que se apoya la construcción del Trasandino del Norte, que rompía en parte la estranguladora red ferroviaria existente y abría un camino férreo hacia el Pacífico, para la integración económica con Chile y la revitalización de las exangües provincias. Pero así como al vetar una ley que el Congreso había sancionado entregando los ferrocarriles del Estado a una empresa mixta, Yrigoyen expresaba que "el servicio público de la naturaleza del que nos ocupa ha de considerarse principalmente como instrumento de gobierno con fines de fomento y progreso de las regiones que sirve", ya sea por ciertas contradicciones de su gobierno -a las que hay que sumar otro tanto de imprevisión-, ya sea por el poder de las fuerzas antinacionales que agudizaban su estrategia, otras industrias decayeron hacia el final de guerra, e incluso las mismas que habían florecido en el primer período. El caso clave: la industria metalúrgica, surgida durante el conflicto, bajó casi vertiginosamente su producción en la posguerra, un descenso en el que influyó el cierre de los Talleres Metalúrgicos Vasena en 1919, como resultado de los disturbios de la Semana Trágica. Benjamín Villafañe analizaba hacia 1930: "¿cuál era el panorama de las industrias nacionales el día que terminó la guerra europea? habían nacido las más indispensables para la vida de la Nación, fuertes y potentes y hubiera bastado una defensa moderada de aduana para que hubiésemos logrado la emancipación industrial de la Nación. Vale decir, para que fuésemos hombres libres de verdad, porque no lo es un pueblo que para vestirse y cultivar sus campos, necesita que le tejan la lana y le vendan maquinarias indispensables para roturar la tierra y levantar las cosechas". Y no era una metáfora, ya que si durante la guerra se producía maquinaria agrícola y artículos de ferretería por valor de 400 millones de pesos, al finalizar ésta, las máquinas argentinas que antes se vendían a 200 pesos, fueron suplantadas por las importadoras, que el consumidor debíó pagar a 400. Los aceites, las lanas, el vidrio importados entraban libremente. Los industriales argentinos cerraban sus fábricas y se convertían en importadores. Finalmente, la falta de una política orgánica de previsión había malogrado ese estímulo a la industrialización nacional que había sido la crisis mundial. EL PAÍS CRECE, A PESAR DE TODO Luego de la Exposición Industrial Argentina de 1924, la apertura del Segundo Congreso de la Industria Argentina tiene lugar el 21 de noviembre de 1925. Lo preside Luis Colombo, figura representativa de esforzadas luchas proteccionistas y cerrando el acto de apertura, el presidente de la UIA, ing. Luis Palma, afirma: "Nuestra política económica es indefinida. Somos unos, proteccionistas decididamente librecambistas, ya que pretendemos practicar el proteccionismo con bases líricas, con prejuicios teóricos, soñando con esa libertad tan anhelada que escapa hasta el dominio del ser humano. Somos proteccionistas con aforos ridículos de carácter fiscal; con derechos que parecen elevados y que mistifican su finalidad económica ante los absurdos aforos sobre los cuales se aplican. Somos buenos, ingenuos, sin remedio". Cinco años más tarde, lo que sigue aún sin remediar es la política de los industriales sobre las relaciones sociales y las condiciones del trabajo asalariado. Sistemáticamente, la UIA continúa oponiéndose a cualquier medida que tienda a darle alguna cuota de poder al Estado para reglar las relaciones de producción. Se basa en la hipótesis de que los términos de la cuestión social argentina difieren radicalmente de la europea, ya que aquí el asalariado no debe encontrar frenos a su esfuerzo, y cualquier medida protectora de su condición le sería, incluso, perjudicial. Así, el país llega a la década del 30 sin metas empresarias que intenten un desarrollo íntegro y la independencia para su economía y sociedad. Se insiste en mantener una dependencia de tipo colonial al exportar productos agropecuarios e importar productos manufacturados cuya referencia directa es el mercado inglés, hasta tal punto que Ezequiel Ramos Mejía, en un discurso pronunciado ante el embajador de Inglaterra, Sir Robertson, llega a decir que "conviene ganar con tiempo la posición de ser el mejor cliente de la producción inglesa" y entre otras razones aduce ésta: "Es que no resulta para nosotros indiferente la suerte que puedan correr sus industrias. Al contrario; dependerá por muchos años de ella la que hayan de corresponder a nuestras producciones agrícolas y ganaderas. Prósperas aquellas, su poder de consumo crecerá en proporción directa con sus éxitos". Se hablaba de una posición que iba en detrimento del propio desarrollo nacional. A pesar de ello el país creció casi sin darse cuenta. Un censo realizado en 1935 da cuenta del espectacular cambio ocurrido. De manera tal que comparado con el censo de 1914 se estima el aumento del 10,3 % en el número de establecimientos, el 41,9 % del personal ocupado, el 253,8 % de los motores primarios, el 756,3 % de los motores eléctricos en toda categoría, el 81,3 % de materia prima, 79,1 % de productos elaborados y el 57 % en la población. Sin llegar a ser una cifra real, la cantidad de establecimientos asciende a 40.613, la mayoría de ellos ubicados en la zona del Litoral, que comprende Capital Federal y Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. El monto de los capitales invertidos asciende a 4.313.553.890 pesos. El paso dado es notorio, las industrias crecen por los propios recursos del país que han sido movilizados. No cuenta el estímulo de una situación mundial determinada, ni cuenta el Estado, ni cuentan las asociaciones gremiales empresarias. Y si en 1914, la mayor cantidad de industrias se dedicaban a los productos alimenticios, en ese año san grandes los progresos en materia textil. En el campo de la mecánica y de la química se producen elocuentes avances: de 140 millones de pesos los capitales de la industria mecánica ascienden a 180 millones, y en química la cifra se cuadruplica -los 80 millones de pesos invertidos en 1914 alcanzan 360 millones en 1935-. Ya había quedado atrás la figura de un país-estancia, sustentador de un orden social patriarcal. Ahora se embarcaba a crear la imagen de un país moderno, dejando atrás su osificante colonialismo. W. W. Rostow, cuando estudia las distintas etapas de desarrollo de un país y se detiene en la del despegue -iniciación de su marcha hacia la madurez-, ubica a la Argentina de 1935. De ahí en más, todos los hechos que converjan en al realidad del país, tendrán el sello de la crisis del desarrollo y cada uno de ellos podrá ser entendido sólo sobre la base de que el país está en marcha. Uno de esos hechos es la posibilidad de que Gran Bretaña limite, a requerimientos de su política hacia sus dominios, las compras tradicionales en Argentina. Por esa razón, en junio de 1933, se realiza la movilización proteccionista más importante de este siglo, cuando se realiza una concentración en el Luna Park, programada por la Unión Industrial, que el gobierno del general Justo hubiera enviado a Londres una misión especial destinada a asegurarse que el Reino Unido siguiera comprando carnes, contrarrestando la posibilidad manifiesta de proveerse entre ellos, fue la razón de que los industriales pasaran por un momento de tensa alarma. Siguiendo la política oficial de comprar a quienes no compraban, la industria argentina se veía sometida a casi su total neutralización. El reconocimiento de una tendencia económica que sólo contemplaba los intereses agropecuarios le permite a Luis Colombo, pronunciar esta palabras durante el acto: "Queremos que cualquier concesión a los países amigos se reduzca estrictamente a materias primas que no producimos o artículos que no se elaboren en el país, sin que ello implique cerrar ilimitadamente las posibilidades de producirlos o fabricarlos". Pero el reclamo de la Unión Industrial fue calificado como reclamo patronal donde se conjugaban exclusivos intereses. De allí que la crisis de este criterio parcial habría de revelarse cuando la Argentina atravesara las etapas de un desarrollo conjunto como el que removió la vida del país en la década del 40. Para interpretar las condiciones y exigencias de ese desarrollo era necesario que la interpretación de los intereses económicos parciales se integraran en el plano más general promovido por ese desarrollo. Y en esa famosa concentración, Luis Colombo sigue desconociéndole significado a los problemas laborales cuando dice que patrones y obreros son la misma cosa. "He dicho patrones y obreros y quizás haya dicho mal, tratándose de nuestro país, porque aquí los patrones de hoy son los obreros de ayer, como los obreros de hoy serán los patrones de mañana". No cree que la ley que establece la indemnización por despido favorezca ni a patrones ni a obreros, y aunque no niega el derecho obrero a una legislación protectora, lo antepone a circunstancias que interpretadas por el viejo criterio hacen las veces de pretextos de oposición. "Es indispensable que el hombre de trabajo tenga asegurada su vejez o invalidez, que lo incapacite prematuramente para ganarse el sustento de él y de los suyos; por ello debe lograrse sin que grave en forma desproporcionada y onerosa el caudal público, creando el parasitismo social a costa de la población que produce", dijo ante los 70.000 obreros reunidos en el Luna Park. LAS DESVENTAJAS DEL OPORTUNISMO La Segunda Guerra Mundial, encuentra al país desprevenido. Institucionalmente no se hizo casi nada para que pudiera asimilar orgánicamente las condiciones creadas por esa guerra. Estaba prácticamente librado a las contingencias. Pero de la misma manera que en la década anterior, logró afrontar la crisis de los tradicionales módulos liberales y afrontar también las condiciones de la pos-guerra. Hasta avanzada la década del 40 las asociaciones gremiales continuaban sumergidas dentro del esquema tradicional del país agro-importador cuya geografía se remitía al puerto y al Litoral. Detrás de ellos estaba el país, rico en recursos de toda índole esperando el instrumento social que lo representara e interpretara como capaz de contener el suficiente impulso para su avance tecnológico. El progreso económico ocurrido entre el 30 y los primeros años del 40 también alcanza al nivel social. La Unión Industrial adopta la política del oportunismo. Los directivos visitan al coronel Perón y Luis Colombo, quizá muy a pesar suyo, en 1943 dice que "la Unión Industrial, desde hace veinte años, viene auspiciando la sanción de un Código de Trabajo; de una ley de seguro social que consulte y contemple todas contingencias a que están expuestos el trabajador y su hogar; ha dado su leal anuncio a la ley de maternidad en lo que se refiere a sus beneficios y aún a su aplicación, oponiendo tan sólo reservas a lo inocuo y a lo burocrático; ha propiciado el salario familiar, la pensión para sus viejos servidores, servicios médicos económicos, la copa de leche gratis, la escuela y el curso de aprendizaje práctico para los hijos de sus obreros, etc., todo lo cual conviene poner de relieve, porque hay quienes pretenden que permanezca oculto el discernimiento justiciero de la opinión pública". Perón, entonces presidente del Departamento Nacional del Trabajo pacta con ellos: "He dicho, y así espero que sea, a vuestro presidente don Luis Colombo, que en las funciones que desempeño en el Departamento Nacional de Trabajo, él será mi brazo derecho y esto se explica. Una repartición como el Departamento Nacional de Trabajo no podría ir a ninguna parte sin que su obra contase con la colaboración y la buena voluntad de ustedes". Sin embargo otra sería su opinión cuando el 20 de julio de 1944, hablando a los trabajadores, dice: "tengo fe en los hombres que trabajan, porque no he sido jamás engañado ni defraudado por los humildes. En cambio no puedo decir lo mismo de los poderosos". El 25 de agosto de ese mismo año, otro es el auditorio y otras las palabras: "Señores capitalistas, no se asusten de mi sindicalismo, nunca mejor que ahora estará el capitalismo, ya que yo también lo soy, porque tengo mi estancia y en ella operarios. Lo que quiero es organizar estatalmente a los trabajadores para que el Estado los dirija y les marque rumbos, y de esta manera ir neutralizando en su seno las corrientes ideológicas y revoluciones que pueden poner en peligro nuestra sociedad capitalista en la posguerra. A los obreros hay que darles algunas mejoras y serán una fuerza fácilmente manejable". Perón había iniciado el uso de su doble lenguaje. En 1941 se realiza un relevamiento industrial donde los aumentos en los porcentajes, comparados al de 1935, son elevados otra vez. El número de establecimientos aumenta en un 42,7%, el número de propietarios o directores gerentes, en un 26,5%, la cantidad de empleados en un 48,7%, el número de obreros en una 54,7%, las materias primas empleadas en el 96,1%, la corriente eléctrica comprada en el 81,2% y el valor agregado a la industria equivalente al 61,2%. El total de establecimientos en todos los grupos industriales del país alcanza a 57.940. La Unión Industrial, por sus limitados criterios industrialistas, no prevé ningún programa para la posguerra, lo que automáticamente ubica a nuestras industrias en el carácter de complementarias de las que proveen del exterior manufactura y combustible. Y en vez de alentar la competencia con las empresas extranjeras les reconoce un importante lugar. "Una industria próspera en Brasil o en la Argentina, dice sir George Nelson, presidente de la Federación de Industrias de Londres, no significa competencia para los productos británicos porque existe campo para una inmensidad de productos, sino que más bien significará un mercado más amplio y un nivel más elevado de prosperidad en esos países y al mismo tiempo en Gran Bretaña. Lo importante del caso es que Luis Colombo coincide con el visitante cuando agrega que "por algunas décadas seremos importadores de las industrias británicas, norteamericanas y de otros países europeos, de maquinaria industrial, de transporte, etc., que cubrirá fácilmente los saldos que por compra de productos ganaderos y agrícolas nos adeuden". A pesar de su prédica proteccionista, su acendrado espíritu liberalista lo hace sostener que "la metalurgia, la química, los astilleros tienen amplísimo campo para la industria británica y, por encima de todo lo tiene la industria ferrocarrilera que es tradicional, llenas de claros que cubrir en el territorio argentino y pueden afrontar las empresas existentes o nuevas empresas particulares mixtas u oficiales". Solo veinticinco años atrás, el presidente de una institución como la Unión Industrial era capaz de desconocer que justamente esas industrias transformarían totalmente al país en alta y técnicamente desarrollado. En 1944, el pacto entablado entre Perón y la Unión Industrial en 1943, se rompe. Pese a que la excusa es la negativa por parte de la segunda, a aceptar el sistema de jubilaciones, lo que en realidad los ubica en planos antagónicos son las características eminentemente sociales que se producen en ese período. A la Unión Industrial le molestan los términos "luchas de clases", que consideran nunca existió en el país, "prepotencia patronal", "conquista social", etc.; "trátase -arguyen de palabras y conceptos mal asimilados, semejantes a los que usaban los viejos organizadores socialistas durante la primera faz del gremialismo obrero". Por su parte Perón, aclarando ante periodistas chilenos, que sólo negociará con auténticos obreros -no agitadores obreros- y patronos de las fábricas, agrega: "no acepto a la Unión Industrial, a testaferros pagados por organismos patronales. Por eso llamo al patrón de la fábrica y no al gerente de la Unión Industrial. No acepto intermediarios en esta situación". A al Unión Industrial se adhieren la Confederación Argentina del Comercio, de la Industria y de la Producción, la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, la Bolsa de Comercio de Rosario, la Cámara Argentina de Comercio y Centro de Importadores. El motivo es el decreto-ley sobre provisión para el personal del comercio y la oposición a éste y a la política iniciada desde la Secretaría de Trabajo. Más tarde la oposición y resistencia se extiende al salario mínimo general, al salario móvil, al aumento general de remuneraciones, a la participación de los trabajadores en las ganancias. La oposición no retrocede ante las medidas de fuerza, como lo fue la creación del Instituto Nacional de Remuneraciones, pago de aguinaldos y aumento de jornales y sueldos. El saldo de este enfrentamiento es la intervención, por parte del gobierno, de la Unión Industrial, y en julio de 1946, el retiro de la personería jurídica con la que contaba desde enero de 1888. Los motivos fueron simples: aportar dinero a las luchas políticas -el sonado caso del cheque que Raúl Lamuraglia, presidente de la Unión suscribió en favor de la Unión Democrática- y no realizar la unión gremial. Desde ese momento todos los establecimientos industriales pueden ser socios activos de la Unión. Luego de un reagrupamiento de los industriales, la junta provisional electa se adhiere al Plan Quincenal. A mediados de 1948, en el Día de la Metalurgia, Carlos Alfredo Tornquist expresa que "únicamente del trabajo de las industrias salen los medios que pueden afianzar el bienestar de los obreros y la población en general. El gobierno del general Perón ha proclamado esta política, dando grandes impulsos al fomento industrial, como lo prueba el hecho de que los industriales no hemos ganado nunca como en estos últimos años". A fines de 1949 la Unión Industrial cuenta con una Comisión Asesora, representativa de las diferentes corrientes de la sociedad. En 1950, Roberto Llauró, miembro de esa comisión dice que Perón es el "primer abanderado de los industriales"; y los hechos se suceden hasta llegar a la adhesión total a la reelección presidencial. Estas posturas opuestas -una Unión Industrial primero antiperonista y luego servil- se explican por el hecho de que en su seno se movían dos corrientes distintas. Por un lado, la de los viejos patrones de industria ya tradicionales -alimentación, por ejemplo- y la de los nuevos empresarios surgidos de las industrias nuevas que reemplazaban a las importaciones en los años de guerra y que incluso llegaron a exportar -la industria textil-. La primera no había madurado por sentirse adscripta a los criterios de la sociedad tradicional que estaba en crisis, y la segunda por haber surgido repentinamente y por conformar parte de una sociedad moderna que no se daba cuenta de ese propio significado. La inmadurez de ambas corrientes les impedía formular e interpretar un desarrollo orgánico de las posibilidades argentinas. En 1949 surge la Confederación Económica Argentina, cuya estructura mantiene a la vieja imagen de un país con un litoral absorbente. Sin embargo se muestra más comprensiva de las causas que determinan la vulnerabilidad de la industria en el país. Su presidente, Alfredo Rosso, pronuncia un discurso en el que dice: "Salta a la atención como uno de los problemas más peligrosos del actual momento en lo que respecta a combustibles y materias primas. La industrialización del país, si ha de ser productiva, debe conducir hacia una independencia de su economía y a la libre determinación del grado de intercambio que más convenga a nuestro futuro". También la CEA se adhiere al peronismo, sobre todo cuando Perón, desde la Bolsa de Comercio, exhorta a mediados de 1950, a la unión empresaria. Luego de seis años de intervención, la Unión Industrial solicita que se le restituya su personería jurídica con miras a apoyar la formación de la Confederación de la Industria que más tarde se transformaría en la Confederación General Económica. Según propias declaraciones son los mismos industriales que cursaron el petitorio del 6 de agosto de 1946 y los que acompañaron a Perón en el incremento sin precedentes impuesto a la industria. Las adhesiones públicas al Presidente de parte de los industriales provienen de un deseo de cubrir todos los riesgos, sobre todo por el hecho de que Perón no intentara renunciar a su segunda candidatura. LA VIEJA DUDA De cualquier manera, adhesiones políticas aparte, ese rompimiento del esquema de desarrollo "hacia afuera" que se produce con la crisis del 30, crea las condiciones internas que permitirán encarar la producción local de bienes adquiridos hasta ese momento en el exterior, iniciando el período de sustitución de importaciones. Las dificultades que surgen para el abastecimiento normal de bienes manufacturados terminados y semielaborados durante la Segunda Guerra Mundial, provocan inmediatamente ese acelerado proceso de industrialización que se vive a partir de la década del 40. La guerra pone al desnudo las debilidades estructurales que sufre el país: Buenos Aires estuvo a punto de quedar sin luz, dependiendo de la llegada de barcos con combustible. Por otra parte, se evidencia también la dependencia del exterior en cuanto a acero, que llega a sustituir totalmente la importación de bienes de consumo. Paralelamente, la década del 30 al 40 había sido testigo del ciclo expansivo de la industria liviana nacional en forma sostenida. Hacia la década siguiente, la actividades industriales que más evolucionan son las relacionadas con productos textiles, vehículos y maquinarias, y las vinculadas a la elaboración de productos químicos. Este proceso sustitutivo adquiere su real dimensión en las cifras: ya en 1940 la importación de bienes de consumo era de sólo el 13,2% del total, pero en el quinquenio 1955-59 es de 5,2% y se reduce al 4,6% entre 1960 y 1964. Sin embargo, el crecimiento sostenido de la actividad manufacturera -que hace que de 37.362 establecimientos que hay en 1935, la suma se eleve a 81.599 en 1950, con más de un millón de personal ocupado en este sector- comienza a decrecer a partir del año 1950. Es la época del desequilibrio, cuando se pone de manifiesto otro de los males casi atávicos en el país: la falta de tecnología adecuada para mantener la productividad . Se encuentra completada ya la etapa de producción en el país de los bienes manufacturados de fácil sustitución. Y el esquema se complica, porque los bienes que no son aún la fabricación nacional requieren un gran volumen de capitales -de disponibilidad escasa- y aún más: presentan elevada complejidad tecnológica. Finalmente, una necesidad se impostergable: la de importar maquinarias y equipos como bienes de capital para mantener el alto nivel de actividad industrial logrado. El proyecto de dotar al país de una plataforma de industria de base, trató, en la década del 50, de eliminar de la balanza comercial la carga que significaba la importación de combustibles (300 millones de dólares en 1957), acero, maquinarias, celulosa y productos químicos. El medio: recurrir a las inversiones procedentes del exterior para incrementar en forma acelerada la producción en estos rubros. De esta forma, la filosofía desarrollista propugnó la necesidad de invertir primero en aquellos sectores que más convienen al desarrollo nacional, que precisamente son los que contribuyen al equilibrio de la balanza de pagos: siderurgia, minería, química pesada y otros sectores básicos. Así es como durante el trienio 1960-62 aparece el primer cuerpo legal con que contó el país para promocionar la inversión extranjera. Mientras casi el 80% de los grandes volúmenes de inversiones anuales se canaliza hacia la industria manufacturera, la producción de automotores crece a una tasa anual acumulativa del 13% hasta 1966, abasteciendo totalmente la demanda interna, con excepción de grandes camiones pesados. La concentración fabril se aglutinó en torno al corredor LASAFE, especialmente en el Gran Buenos Aires, zona litoral del río Paraná, Rosario y áreas linderas, y es en ese momento cuando en el esfuerzo por descentralizar la industria, Córdoba se ve convertida en un polo de desarrollo. La instalación de dos gigantes del automotor, FIAT e IKA contribuye a crear el alto índice de producción automotor citado antes. Por otra parte, el plan energético que se venía desarrollando en la provincia, convertía ya a Córdoba en una zona con energía abundante y barata. Pero Córdoba no tenía la exclusividad en cuanto a automotores; más tarde alrededor de Buenos Aires se instalaron más de 20 empresas automotrices dedicadas fundamentalmente al armado de automotores. Por otra parte, como sectores proveedores de partes, también presentaron un fuerte incremento las actividades referidas al rubro metales y sus productos (8,5%) y los bienes obtenidos del sector caucho (11,4%). En medio de los crecimientos sustanciales de otras ramas de la industria, como la química, la petroquímica, máquinas y herramientas, que se producen a partir de 1960, un acontecimiento sobresale en especial, la aparición de SOMISA (Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina) en 1961, enriquece el panorama al iniciarse en su planta la producción de acero. Sin embargo, la paulatina disminución de la corriente de inversiones extranjeras que comienza a producirse más tarde, provoca numerosos altibajos en el volumen de producción. En marzo de 1967, la situación se agrava; la medida tendiente a una fuerte rebaja en los recargos a la importación de bienes industriales que se producían en el país desprotegió en gran medida muchos establecimientos fabriles argentinos. A partir de ese momento, parecería mantenerse hasta el presente el proteccionismo bien entendido, que propugna la expansión nacional en base a una Argentina integrada, vencerá a los poderosos intereses que siguen luchando por encerrar al país en el marco del colonialismo y la dependencia. Pues la historia de la industria argentina es, en suma, la historia de una voluntad de ser potencia. Un país que solo produce materias primas no pasa de la condición colonial; está sometido a alternativas de precios que no controla, su población trabajadora no tiene contacto con la tecnología moderna y todo su armazón económico depende de hechos que le son ajenos. Un país industrializado, en cambio, elabora y produce aquello que la vida moderna obliga a consumir; crea una suerte de "colchón de seguridad" para las crisis internacionales, promueve en sus sectores del trabajo un estrecho contacto con los medios tecnológicos y estimula su agrupación en sindicatos. La Argentina tiene prácticamente todo lo que se necesita en elementos materiales para mantener una gran industria, en todos los niveles: hierro, carbón, fuentes hidroeléctricas, petróleo. Le ha faltado, durante muchas décadas, una clara conciencia de la necesidad de industrializarse y le ha sobrado la falsa sensación -hábilmente estimulada desde el exterior- que su adscripción a la división internacional del trabajo bastaría para mantener sus altos niveles de vida. Este último esquema se ha derrumbado y el país sabe que su bienestar y su grandeza sólo depende de su esfuerzo, de su capacidad y su imaginación para hacer frente a la creciente competencia de un mundo que cree y se desarrolla a fantástica velocidad. Y en este desafío está su triunfo...
|
||||||
|
webmaster: Marcelo Adrián Fuentes |
||||||