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AVALÓN

«... El valle insular de Avalón.

Donde ni granizo, ni lluvia, ni nieve caía...»

Lord Tennyson, de su poema The passing of Arthur.

 

            Un paraíso de eterna primavera en el que nadie envejecía, donde la paz era perpetua y donde no existía la fatiga, pues la tierra era pródiga en frutos: era Avalón. Era también semejante a otros reinos míticos como la Atlántida, cuyos habitantes gozaban de una Edad de Oro. Avalón era conocido como el lugar donde fue llevado el rey Arturo para ser curado de sus heridas tras su última batalla en Camlann.

            Un escritor del siglo XII, Geoffrey de Monmouth, fue el hombre que popularizó el vínculo de Arturo con Avalón en su imaginaria Historia regum Britanniae. El libro se convirtió en un éxito medieval, dejando establecido el nombre de Avalón como el último destino conocido de Arturo. En un libro posterior, Vita Merlini, Geoffrey describe Avalón como una isla: «Se llama Isla Afortunada... el grano y la uva se dan sin cuidado alguno, y en los bosques crecen los manzanos sobre la hierba bien cortada. La tierra ofrece espontáneamente... todos los frutos en abundancia.» La isla estaba habitada por nueve hechiceras, siendo gobernada por la principal de ellas, Morgana (el hada Morgana), que se comprometió a curar a Arturo si él permanecía allí.

            En 1191, época en que las leyendas del rey Arturo cobraron gran popularidad, la cuestión de lo que le había ocurrido después tomó un nuevo giro. Los monjes de Glastonbury, una ciudad del oeste de Inglaterra, anunciaron que habían exhumado sus restos del camposanto de su antigua abadía, junto con una cruz de plomo que proclamaba en latín: «Aquí yace sepultado el renombrado rey Arturo con Ginebra, su segunda esposa, en la isla de Avalón.»

 

La isla de Avalón, donde fue transportado herido el rey Arturo, ha sido identificada con Glastonbury, Somerset, desde el descubrimiento de la supuesta tumba de Arturo en la abadía de Glastonbury en 1191. La colina de Glastonbury, que dominaba unas tierras pantanosas, daba la impresión de ser una isla. 

¿La tumba del rey Arturo? 

            Aunque los monjes desenterraron probablemente ciertos restos (los arqueólogos han encontrado indicios de excavaciones), ¿podía tratarse del rey Arturo? Lo que arroja ciertas dudas sobre el «descubrimiento» de los monjes es que ocurrió poco después de que un incendio destruyera la más antigua y sagrada parte de la abadía de Glastonbury. Se trataba de una pequeña iglesia de adobe de gran antigüedad, conocida simplemente como la «iglesia vieja». Junto con la vieja iglesia se perdieron los tesoros de la abadía, incluidas reliquias sagradas, que le proporcionaban prestigio y una fuente de recursos. La necesidad de recobrar su renombre y atraer a los peregrinos era acuciante.

 

En la Edad Media, Glastonbury dio origen a cierto número de leyendas y de cuentos de hadas. Era probablemente debido a su misteriosa colina, posiblemente un antiguo emplazamiento pagano, y a su abadía, cuyo origen es tan antiguo que ha sido olvidado. Rodeada de misterio, pero de una sacralidad palpable, la abadía adquirió ciertas connotaciones ligadas al más allá por su antiguo camposanto, que se remonta a los primeros tiempos de la cristiandad en Gran Bretaña. Contenía los restos de numerosos reyes y santos de la antigüedad, y parecía un lugar muy indicado para sepultar a Arturo.

            El descubrimiento era también sospechosa mente favorable a los gobernantes anglonormandos de Inglaterra. Dos o tres años más tarde, el cronista Gerardo de Gales escribió que Enrique II había alentado a los monjes de Glastonbury a que investigaran sobre la tumba de Arturo: «Se cuentan muchos cuentos... sobre el rey Arturo y su misterioso fin... Han terminado con los cuentos de hadas...» Ésa debió ser, precisamente, la intención de Enrique.

            Las más antiguas referencias a la muerte de Arturo afirman que su tumba era desconocida. El historiador Guillermo de Malmesbury había señalado el problema en 1125, cuando escribió que «la tumba de Arturo no puede verse en ninguna parte, por lo cual los antiguos versos proclaman que aún está por llegar». Ya que no existía prueba de que hubiera muerto, los bretones celtas, de Cornualles y de Gales, esperaban su retorno para ser liberados del yugo de los reyes normandos.

 

Una cruz de plomo, ahora perdida, fue supuestamente hallada en la tumba de Arturo, presuntamente exhumada en Glastonbury en 1191. Una ilustración de la obra de Britannia (edición de 1607) de William Camden, muestra claramente su inscripción latina, que reza: «Aquí yace sepulto el ínclito rey Arturo en la isla de Avalón.»

 

            Enrique, que gobernó a ambos lados del canal de la Mancha, había tenido problemas con los bretones y los galeses, y por tanto tenía interés en demostrar de una vez por todas que Arturo había muerto. De haberse establecido su tumba en suelo inglés, hubiera representado un triunfo político.

            Los intereses de la Iglesia y del Estado coincidían. La «tumba» de Arturo fue objeto de una extensa publicidad, y para que coincidiera con la historia de Arturo en la Historia de Geoffrey, Glastonbury fue identificado como Avalón.

            A ello se añade el hecho de que Glastonbury fue -y sigue siendo- poseedor de lo que el experto artúrico Geoffrey Ashe ha denominado «un persistente sentido de la "otredad"». Impregnado por mil años de oración cristiana, y tal vez otros tantos de culto pagano, se ajustaba a la idea que el pueblo tenía de Avalón. Además, al estar totalmente rodeado de pantanos, a menudo anegados por aguas estancadas, Glastonbury, con su alto pico dominando el paisaje, era virtualmente una isla.

 

Los celtas pensaban que los muertos vivían en una isla remota -Avalón forma parte de esa tradición-, lo que les llevó probablemente a la práctica de enterrarlos en islas. Un historiador bizantino del siglo VI refirió que toda Gran Bretaña era uno de esos lugares a donde los muertos eran transportados desde tierra de los francos. Bardsey, frente a la costa norte de Gales, era otro de ellos, y se decía que contenía las tumbas de 20.000 santos. Glastonbury, que era virtualmente una isla y poseía un antiguo cementerio, pudo también haber sido considerada una isla de los muertos.

 

Arturo y «Riothamus» 

            La descripción de Geoffrey de la isla mágica de Avalón, habitada por hechiceras, parece mezclar hechos históricos y fragmentos de tradiciones del más allá. Explica su nombre Como derivado de una arcaica voz inglesa, aval, «manzana», por lo que significaba «isla de las manzanas». Es algo discutido por los estudiosos, pero si Geoffrey estuviese en lo cierto, Avalón estaría dentro de la tradición de las islas míticas relacionadas con manzanas.

            Ashe sugiere que tras la figura de Arturo puede ocultarse un hombre conocido en los anales históricos como «Riothamus», llamado «Rey de los Bretones». En 468 d.C., Riothamus condujo sus tropas a la Galia y dirigió allí una campaña en defensa del Imperio romano. En una batalla final, fue derrotado. Huyó con el resto de su ejército a territorio burgundio, y nunca más se supo de él.

            «Riothamus» al parecer no es un nombre, sino un título britano: Rigotamos, «rey supremo». Su trayectoria muestra ciertas similitudes con la de Arturo, y la fecha se ajusta a un Arturo histórico, que, si existió, fue probablemente un señor de la guerra inglés cronológicamente posterior al período romano. También la retirada de Riothamus fue en dirección a la ciudad burgundia de Avallon. Tal Avallon no era una isla, y esa idea puede derivar de la tradición de un santuario curativo que, según afirmaba el geógrafo clásico Pomponio Mela en el siglo I d.C., se encontraba en la isla de Sein, frente a las costas de Bretaña. Allí, al igual que en la isla de Geoffrey, vivían nueve hechiceras que curaban de enfermedades.

 

La muerte de Arturo por el pintor James Archer (siglo XIX). Según escribió sir Thomas Malory en el siglo XV. Arturo fue conducido a Avalón en una barca misteriosa donde iban unas mujeres con capuchas negras, entre ellas tres reinas.

 

Islas paradisíacas 

            La Avalón de Geoffrey sigue la tradición de las islas paradisíacas, que en la mitología se encuentran en algún lugar hacia el oeste. En ellas se incluye la Atlántida, el Jardín de las Hespérides, con sus manzanas de oro, y las Islas Afortunadas de los griegos; también la isla de San Brandán, descrita en el siglo IX en el Viaje de san Brandán, y que estaba cubierta de manzanos. Al llamar a Avalón la Isla Afortunada, Geoffrey la vinculaba con las islas míticas asociadas con manzanas, probablemente porque éstas eran la fruta de la inmortalidad en la mitología céltica.

 

Avalón pertenece a una larga tradición de islas paradisíacas, «en algún lugar de Occidente». Una de ellas era la isla de San Brandán, supuestamente en el Atlántico, cerca de las Azores, cuya última búsqueda seria tuvo lugar en el siglo XVIII. Está descrita en el Viaje de San Brandán probablemente escrito en el siglo IX. Brandán fue un monje irlandés que realizó un viaje por mar que duró desde 565 hasta 573, y durante el cual al parecer visitó la isla de Jena y el oeste de Escocia. Pero aunque Brandán existió realmente, gran parte de su Viaje es imaginario. Se trata de la versión cristiana de un género literario irlandés conocido como immram, que relataba visitas a las mágicas islas del más allá.

 

            Si Enrique II intentó realmente erradicar la creencia en la supervivencia de Arturo, no lo consiguió. En 1190, el poeta inglés Layamon escribía: «Los bretones creen que él (Arturo) está vivo, y habita en Avalón junto con el más rubio de todos los elfos.» La mencionada creencia de que Arturo dormía en una cueva o bajo una colina, rodeado de sus caballeros, se sabe que persistía en Bretaña todavía en el siglo XIX.

            Como Camelot, Avalón está en todas y en ninguna parte: es contrario a su propio espíritu tratar de fijarlo en algún lugar. Reside en la dimensión del mito, donde la verdad es múltiple. El Arturo histórico pudo haber sido enterrado en Glastonbury; pero el Arturo real espera en aquel lugar donde «la curación no falla nunca», ese lugar que Geoffrey de Monmouth llamó Avalón.

 

 
 

 

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