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EL JARDIN DEL EDEN
En el segundo capítulo del Génesis, el primer libro de la Biblia, Dios crea el jardín que se ha convertido en el más famoso del mundo: un lugar idílico, bien irrigado, abundante en alimentos y cuidado por el primer hombre, Adán. Según el Génesis, a través del jardín fluye un río, que al alejarse de éste se divide en cuatro corrientes: el Pisón, el Guijón, el Tigris y el Éufrates. En honor a Adán, Dios crea "todos los animales del campo y todas las aves del cielo", y lugo a una mujer, llamada Eva, para que sea su compañera. Pero la existencia apacible de los padres de la humanidad se interrumpe bruscamente cuando Eva, tentada por la serpiente, desobedece las órdenes de Dios y come del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Convence también a Adán para que coma del fruto. Por su desobediencia, y también para evitar que sigan comiendo del árbol de la vida, Dios expulsa a Adán y a Eva del jardín. En su exilio, ya no pueden pasear bajo la sombra de los árboles, recoger frutos y contemplar el río que destella entre sus orillas. Ahora deben arrancarle su alimento a una tierra cubierta de espinos y cardos.
El paraíso perdido
El jardín que Adán y Eva fueron obligados a abandonar ha fascinado a judíos y cristianos, teólogos, escritores y artistas a través de los tiempos. Sin embargo, el Génesis ofrece pocos detalles respecto a su verdadero aspecto. Su forma, su tamaño y su ubicación exacta quedan abiertos a la interpretación. El único tipo de árbol que puede inferirse de la narración del Génesis es la higuera, aun cuando una tradición posterior identificó el árbol de la vida con la palmera, y el árbol de la ciencia del bien y del mal con el bananero. El jardín se describe frecuentemente como un jardín cerrado, tal vez porque el griego paradeisos, utilizado para traducir "Jardín del Edén", deriva de una palabra persa que describe "un trozo de terreno cerrado". También la imagen de un jardín cerrado aparece en el Cantar de los Cantares (4:12), de Salomón, aplicada a la amada a quien va dirigido el cántico: "Huerto eres cerrado,/ hermana mía, novia,/ huerto cerrado,/ fuente sellada." Pero a pesar de la falta de detalles en las descripciones bíblicas, los estudiosos, comentaristas, poetas y pintores de todos los tiempos han interpretado y ampliado el relato sobre el jardín del Génesis, a menudo inspirándose en otras tradiciones de paraísos terrenales. Una de las más antiguas relaciones sobre uno de esos lugares es la de Dilmun, el paraíso de los sumerios de Mesopotamia, cuya cultura floreció durante el tercer milenio a.C. Situado donde nace el sol, Dilmun era morada de los dioses, "donde no se oía el croar de los cuervos", y donde no existían la enfermedad, la aflicción ni la vejez.
Existe también una referencia más específica a un jardín mágico en el Poema de Gilgamesh de los sumerios. En esta leyenda, el héroe Gilgamesh viaja hasta un "jardín de los dioses" en la cima de una montaña, un lugar en el que los arbustos relucen con gemas, con frutos de cornalina y hojas de lapislázuli. Aunque ese jardín, con sus refulgentes joyas en su marco montañoso, difiere del Jardín del Edén del Génesis, es una reminiscencia del "jardín de Dios" del libro de Ezequiel. Al igual que el jardín sumerio, el de Ezequiel resplandece de gemas: diamantes, zafiros y esmeraldas.
El lugar del "fin del mundo"
De todas las fuentes no bíblicas que han influído en las descripciones del paraíso terrenal de los ulteriores estudiosos y escritores cristianos, la más importante es la de los poetas clásicos. El gran poeta épico griego Homero (siglo VIII a.C.) describió un lugar llamado el Elíseo (o los Campos Elíseos) del que se decía que se hallaba en el "fin del mundo", donde no nieva ni soplan recios vientos, sólo una "suave y refrescante brisa del océano". Hesíodo, probablemente contemporáneo de Homero, introdujo en su poema Los trabajos y los días la de la Edad de Oro: un tiempo del remoto pasado en el que los hombres vivían felices y en paz, sin jamás envejecer, y libres de toda pena, ya que, al igual que Adán y Eva, podían vivir de los frutos de la tierra. En el mismo poema, Hesíodo menciona las Islas de los Bienaventurados, morada de los héroes que gozan de una existencia libre de toda preocupación, con sus necesidades satisfechas por la tierra fértil. Dichas islas, al igual que el Elíseo de Homero, estaban situadas en el "fin del mundo"; por ello se identificaron ambos lugares en las obras de otros poetas posteriores. Homero y Hesíodo, y otros escritores clásicos ulteriores, tales como los poetas romanos Virgilio y Ovidio, influyeron en la cocepción cristiana del Jardín del Edén desde los primeros siglos después de Cristo hasta el Renacimiento. Esto es particularmente patente en el gran poeta del siglo XVII John Milton (1608 - 1674), cuyo poema épico El paraíso perdido describe el Jardín del Edén con vívidos detalles.
La visión del paraíso de Milton radica en una meseta rodeada de un muro sobre una escarpada y frondosa montaña. Su jardín posee arroyos con cascadas, un empinado sendero que conduce a él, y una puerta custodiada. Trinan los pájaros en el aire impregnando de perfume de rosas y arrayanes, de mirra y bálsamo, de jazmines, violetas y jacintos. Palmeras, cedros y pinos le dan sombra. Elementos tradicionales, tanto de fuentes bíblicas como no bíblicas, inspiran la variedad de detalles que utiliza Milton para evocar el jardín. Las dulces fragancias, las fuentes, la eterna primavera y la tierra fértil, por ejemplo, sugieren el Elíseo clásico. El encanto sensual del jardín de Milton también se encuentra en el paraíso del islam, que difiere del Jardín del Edén en que se trata de un paraíso celeste. Según el Corán, los musulmanes temerosos de Dios y constantes serán recompensados en la otra vida por jardines de borboteantes fuentes y caudalosos torrentes, árboles de sombra (incluídos la palmera y el granado) y mullidos divanes para reclinarse. Luciendo hermosas túnicas de seda verde, los bienaventurados tendrán servidos sus alimentos en bandejas de plata y serán atendidos por vírgenes "tan tersas como los rubíes y los corales". Los jardines islámicos reales, con sus límpidos estanques teñidos por el azul del cielo, sus fuentes centelleantes, sus flores perfumadas y sus árboles de sombra son el reflejo del paraíso del Corán. El jardín típico, ya se hallara en Irán, en India, en la España árabe o en otros lugares, era un jardín cerrado, rectangular, y dividido en cuatro partes mediante canales de agua que convergían en el centro, simbolizando los cuatro ríos de la vida.
En busca del Edén
Mientras los musulmanes construían jardines en la tierra para recrear el paraíso celeste, los cristianos, hasta el siglo XVI, se preocuparon más por la existencia del paraíso terrenal del Edén. Partiendo de interpretaciones literales del Génesis, los eclesiásticos debatieron, desde los primeros siglos de nuestra era hasta la Edad Media, si el jardín podía aún ser encontrado, y en ese caso, dónde. Algunos creían que el jardín de Adán y Eva debió ser destruido por el gran diluvio al que sobrevivió Noé. Otros pensaban que había escapado a la destrucción por estar situado en la cumbre de una montaña. También se sugería que el jardín se hallaba en algún lugar de Oriente, más allá del reino del legendario rey cristiano Preste Juan (cuya ubicación era también desconocida), o bien en una isla, siendo una de las favoritas Sri Lanka. Durante el gran período de los descubrimientos, en los siglos XV y XVI, los exploradores tenían esperanzas de encontrar el Jardín del Edén cruzando los mares hacia el este, o hacia el oeste y el Nuevo Mundo. De hecho, Cristóbal Colón (1451 - 1506), tras su tercer viaje, llegó a concebir el mundo en forma de pera redondeada, o de una esfera con un saliente en forma de pezón. Sugería que en la cima del tallo de la pera o del pezón de la esfera se encontraba el Jardín del Edén, "en el que nadie puede penetrar sino con el concentimiento de Dios". Aun cuando se iban explorando cada vez más partes del mundo, no se encontró ninguna prueba concluyente de la subsistencia de un paraíso terrenal ni de la ubicación de un desaparecido Jardín del Edén. Ya que las únicas referencias específicas en cuanto a la ubicación del jardín estaban en el Génesis, estudiosos y escritores debían conformarse con estudiar sus biblias para encontrar pistas de su paradero. El único lugar evidente de donde partir era Mesopotamia, ya que el Génesis menciona explícitamente los ríos Tigris y Éufrates. Empero, Mesopotamia era una vasta zona, y los estudiosos fueron incapaces de identificar los dos otros ríos bíblicos. Otros comentaristas pensaban que "en el Edén, hacia Oriente" designaba algún lugar al este de Judea, es decir Siria. La propia Jerusalén y el Gólgota, donde Jesucristo fue crucificado, también fueron identificados con el jardín. Como a menudo Jesús fue tipificado como el segundo Adán, parecía lógico vincular la muerte de Jesús con el lugar del destierro de Adán.
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webmaster: Marcelo Adrián Fuentes |
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