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Pasado y presente de los Negros en Buenos Aires Buenos Aires, octubre de 1997 JUAN CARLOS CORIA
APORTES DE LOS NEGROS A LA RELIGIÓN En las páginas anteriores se ha hecho referencias a la actitud adoptada por la sociedad negra, ante el predominio de la sociedad blanca en materia de religión. Por la diversidad de sus orígenes, ya que los negros traídos como esclavos provenían de distintas regiones africanas, traían como herencia cultural diversos comportamientos sociales y distintas creencias religiosas. No es aventurado decir que en general los hombres y mujeres llegados al Plata como esclavos eran politeístas, de la misma manera que algunas de sus parcialidades traían también como herencia cultural, el culto a los muertos, o sea, los antepasados familiares. Por sobre esa diversidad de creencias religiosas politeístas, también existe en África la creencia de un dios único, incorpóreo, etéreo, distante, dueño del cielo, la tierra y de las cosas materiales. Estas características hacen que ese dios no tenga morada material, o sea, no tenga templo específico. Entre él y los seres humanos, existen infinidad de intermediarios, que reciben distintos nombres, de acuerdo a las parcialidades y a las especificaciones que dominan. A estos intermediarios se recurre, al mismo tiempo que se los venera dentro de determinados ritos, propios característicos de cada uno de ellos, que se manifiestan materialmente con íconos, músicas, ofrendas, colores, plegarias, etc., de manera que conformen un mundo cerrado y aparte. A diferencia del dios monoteico antes indicado, estos intermediarios o dioses menores, están cerca de las criaturas humanas y acuden a ellas cuando son convocados de manera correcta por medio de la música, el canto y el baile, que forman en conjunto, el rito convocatorio. Además, para mejor servir a los convocantes, tiene la particularidad de poder encarnarse en personas vivas, para, por su intermedio, dar a conocer su voluntad o la respuesta para la que fueron convocados. Este mundo que era parte esencial de la cultura negra, debió someterse y convivir en la cultura blanca a la que fue incrustado. No debe extrañar entonces que los negros intentaran obtener de las autoridades civiles y religiosas, autorizaciones para realizar sus ritos religiosos que aparecían a los ojos y oídos de los blancos, como bailes, músicas y cantos que no tenían más objeto que la distracción y esparcimiento de esa población negra esclavizada. En realidad eran ritos religiosos en los que se convocaba a los distintos dioses, como se ha indicado antes. Paralelamente, la esclavatura estaba obligada a observar y practicar la religión cristiana de los blancos. Es entonces que vuelve a parecer el fenómeno de la transculturación entre ambos mundos religiosos. Es pues que aparecieron en la sociedad española en tierra americana, las agrupaciones negras que afloraron bajo la forma de cofradías. En ellas, muchas prácticas rituales católicas, se usaron para disimular ritos africanos, y bajo el signo de la cruz se ampararon dioses africanos, que por estar ocultos a los ojos vigilantes de los sacerdotes, pudieron sobrevivir y recibir el culto que sus seguidores les ofrecían. Como se ha indicado en páginas anteriores, la primera cofradía, de la que se tiene probanza documental data de 1772, organizada en la iglesia de La Piedad. Los objetivos de las cofradías fueron varios, como por ejemplo, la reunión de dinero, para la compra de materiales necesarios para la confección de tambores. Posteriormente esta recolección de dinero fue derivada para la adquisición de propiedades inmuebles donde tuvieron su sede esas cofradías, o la ayuda solidaria, para los miembros más menesterosos, como se ha de ver más adelante. Esas cofradías estuvieron siempre bajo la supervisión de las autoridades eclesiásticas que mantuvieron una celosa desconfianza respecto a los verdaderos fines de ellas, pues desconfiaron sobre la posibilidad de coronar un rey, de acuerdo a las tradiciones africanas que sabían latentes, o a la posible compra de armas para un levantamiento. Por esto último, se asociaron al control eclesiástico, las autoridades policiales, manifestadas de manera muy clara, en las disposiciones sancionadas en la época rivadaviana y de las que ya se han dado cuenta en páginas anteriores. De todas maneras estas cofradías sirvieron para que la población negra pudiera luchar por algunos de los derechos reconocidos por la Iglesia, como fueron las misas por el alma de los difuntos, no siempre celebradas por los sacerdotes que habían cobrado de manera previa, o el entierro en lugares consagrados y por los que ya se había pagado. De todas maneras, bajo el control eclesiástico o el policial, las cofradías no podían hacer uso de sus bienes por motus propio, ya que necesitaban la aprobación previa de esas autoridades. Estas autoridades debían ser y fueron siempre personas de piel y convicciones de blancos. Además, posteriormente, entre los propios miembros de la cofradía (algunas no todas), surgieron rivalidades por la propiedad de los locales adquiridos con los fondos comunitarios, como ha quedado documentado en largos y turbios procesos judiciales de la segunda mitad del siglo pasado. A todo ello hay que agregar que la Iglesia, ha sido en la época de la dominación hispana, parte insoslayable del aparato dominante de todas las partes integrantes del Estado. Por ello, la importancia de la Iglesia en el sometimiento social de los negros, al inculcarles obediencia, pasividad y acatamiento a las órdenes de los amos, ya que en el Cielo estaba la verdadera recompensa por las miserias soportadas en la vida terrenal. La transculturación a que se ha hecho reiterada referencia en esta páginas, conspiró en numerosas ocasiones para impedir el mantenimiento de la pureza tradicional de la cultura africana, en parte por la inferioridad de la raza negra respecto a la blanca en lo político y social y en parte, a que los ritos cristianos permitían, con ciertas modificaciones superficiales, continuar con el culto ancestral adaptado a las nuevas circunstancias que rodeaban a la esclavatura. Lo anterior no niega la sinceridad de muchos negros y negras respecto a la creencia católica impuesta al principio por compulsión, y posteriormente practicada por convicción. Pero entre los negros que seguían fieles a la herencia ancestral y los católicos sinceros, quedó un amplio margen para la vida de los brujos, doctores, manos santas, santones, curadores, poseídos e intermediarios, que vivieron protegidos por los negros, que hicieron de ello un culto laico, como una burla a las autoridades, para seguir favoreciendo las prácticas intermedias entre el diablismo y la transmisión de energía que es natural entre los humanos. Por ello es que siempre o casi siempre, existieron entre los negros, desde tiradora/es de cartas hasta sanadores de males de amores. San Telmo, fue el barrio que concentró el mayor número de ellos y sus figuras oscilaron entre canciones provectos hasta jóvenes núbiles a quienes se les atribuía el raro privilegio de dar en su cuerpo, alojamiento del espíritu de determinados dioses capaces de bendecir o maldecir, curar, enfermar o hasta matar físicamente, de acuerdo a las circunstancias del recurrente o del estado del espíritu anidado. En nuestros días, esos agentes se han difundido y han dejado de ser patrimonio de los negros, pues la, adivinación, imposición de manos, etc., ha dejado de ser restringido a ciertos espíritus para convertirse en pingüe negocio y por ello, cualquiera puede aducir que está en condiciones de adivinar, sanar, aconsejar u orientar. Es posible citar, siguiendo la tradición de algunos viejos conocedores a la negra Mercedes, moradora de San Telmo; a Teresa, otra negra mágica, de Monserrat, como ejemplos del pasado y a Julia o Marga, en nuestro presente. Entre la superficie que indicaba un sumiso acatamiento a las directivas de la religión católica, y la masa de la esclavatura, que era la realidad cotidiana, mediaron estados intermedios que permitieron dos resultados disímiles, cuando no opuestos entre sí. Por un lado la aceptación de los bailes que las agrupaciones de negros celebraban, con el pretexto de distracción y sociabilidad. En muchos de ellos se mantenían imágenes cristianas, rodeadas de velas, mientras a pocos pasos se desarrollaban ritos africanos, celebrados con tambores, bailes y canciones. Eran estos tambores tocados sin cesar hasta altas horas de la madrugada lo que molestaba a los vecinos blancos e inquietaban a las autoridades, pues estaban marginadas en la comprensión de las danzas y de los cantos, ya que ignoraban el significado de las figuras coreográficas y el sentido de las palabras, pues no conocían los lenguajes respectivos. No debe olvidarse que en Buenos Aires existieron cerca de medio centenar de naciones africanas. Cada una de ellas con su tradición o herencia cultural. En la documentación posible de consultar -como se ha indicado en páginas anteriores- las intervenciones represivas o suspensiones de los permisos para celebrar los bailes (candombes), estaban basadas mayoritariamente en el ruido monocorde y molesto de los tambores, a los que se agregaban los gritos de los danzarines y concurrentes. Estas manifestaciones fueron tomadas como expresiones de reyertas (que las hubo, a no dudarlo), pero que distaban de serlo en la realidad fáctica, pues eran cantos religiosos en la mayoría de los casos. La ignorancia de las autoridades hizo que los negros pudieran practicar su religión bajo la cobertura de bailes sociales. Esta situación se prolongó hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, en que el poder de convocatoria de los negros declinó, de la misma manera que declinó su importancia demográfica. Un buen ejemplo de esta ignorancia es que todos los relatos de los bailes de negros están referidos a lo externo de los mismo, como lo hacen López, Wilde, García, de María y muchos otros de larga enumeración. Mencionan de manera puntual el grupo musical, la ropa de los músicos, de los bailarines, de los que dirigían los bailes, de la coreografía, de la sencillez o complicación de la misma deteniéndose en detalles de los colores utilizados, si los bailarines portaban o no instrumentos musicales, etc., pero no entran a detallar y mucho menos a estudiar y especificar la significación ritual de los tambores usados, lo mismo que las ropas y la coreografía, pues el todo de cada baile es una actitud ritual que correspondía a cada Dios intermediario invocado u homenajeado. La culminación de esta cobertura seudo católica se tiene en la época de Rosas, donde ante la presencia del gobernador de Buenos Aires, de su hija, de la parte más importante de la sociedad porteña, los negros bailaban sus candombes. Esos bailes nominalmente eran en honor del poder civil, social y militar encarnado en Rosas, pero en realidad eran invocaciones u honores de algún dios africano. Otra forma de soslayar el control y las cortapisas por parte de las autoridades eclesiásticas y policiales fue la veneración de determinados santos cristianos como San Benito, San Baltasar, o las distintas vírgenes morenas o negras. La celebración o veneración de San Benito, a quien popularmente se le llamó el Moro o el Negro, por lo oscuro de su piel. Había nacido en Sanfratello, Sicilia, Italia, en 1526. Falleció en la ciudad de Palermo, Italia, en 1589. Provenía de una familia etíope, convertida en esclava y llevada a ese país. Este santo de la esclavatura es honrado y venerado en la Capilla de San Roque y para mediados del siglo XIX, funcionaba una sociedad de negros que se llamaba San Benito. Organizaba desfiles por las calles porteñas, luciendo sus integrantes fastuosos y curiosos trajes. La misma sociedad, u otras, se presentaban en los carnavales, desfilando con imágenes alusivas y cantando letras donde el nombre del santo era el centro de las rimas. Esta devoción porteña se extendió al Paraguay y al Brasil. En este último país se lo considera como sanador de varias enfermedades, especialmente la viruela. San Baltasar, el otro santo venerado por los negros de Buenos Aires. Es uno de los famosos Reyes Magos que guiados por la estrella encontraron el camino a Belén, donde homenajearon a Cristo recién nacido en el pesebre. Además de los citados santos, se venera la imagen de la Virgen de Monserrat, la de Polonia, llamada Reina o Inmaculada de África. En Los Toldos, provincia de Buenos Aires, se venera una virgen morena, que se halla en el Monasterio de los Benedictinos. Las fiestas católicas de Navidad y Reyes, dio oportunidad para que las comunidades negras se manifestaran como fervientes devotos y creyentes. Para ambas ocasiones elegían a un negro, para que actuara como rey por un día, rodeado de un fastuoso cortejo, que lo acompañaba el Pesebre, para allí rendir culto y homenaje, dentro del rito cristiano. Pero esas manifestaciones estaban rodeadas de música, canto y baile, para ayudar y reglar la marcha de los feligreses, contoneando las imágenes engalanadas con flores y velas encendidas. Todo el conjunto estaba enmarcado en la música que provenía de los tambores y de los otros instrumentos musicales que eran parte de la tradición cultural africana. Las ropas para estas ocasiones eran un dechado de policromía y de ingenio por la combinación de colores, que a pesar de los contrastes, resultaba singularmente atrayente y grato a la vista y al gusto de los blancos espectadores. También se aprovechaban esas ocasiones para tener una fiesta gastronómica con pasteles, empanadas y platos típicos de cada nación africana. La fiesta de Reyes, se realizaba, como se ha dicho, con la invocación de Baltasar, pero el pesebre del Niño Jesús, al que también se veneraba, daba lugar aun verdadero torneo de buen gusto para su presentación con todos los implementos tradicionales que iban desde los animales propios del lugar, hasta la sencillez y pobreza del mismo. Al lugar elegido para su emplazamiento concurrían las distintas naciones con sus instrumentos musicales, sus músicas, bailes y trajes tradicionales y distintivos, para rendir pleitesía al rey recién nacido. Toda la ceremonia, a pesar del protocolo cristiano, se desarrollaba en medio de una desbordante alegría a la que contribuían las donaciones o contribuciones en forma de monedas, que los blancos dejaban en los platillos para dicho propósito. Ambas fiestas no son africanas sino católicas, y fueron aprovechadas por los africanos para manifestar, dentro de los cánones permitidos, sus cantos, bailes y músicas rituales, venerando de manera indirecta a sus dioses, recatando el acerbo cultural heredado de la tierra lejana y perdida. En cuanto a los pesebres en las casas de familia, permitían desarrollar la veta imaginativa y creadora de blancos y de negros, ya que su instalación, de las galerías del segundo patio, permitían agregar una nota de distinción entre las familias más calificadas de la sociedad porteña. Algunas de ellas llegaron a tener una verdadera tradición de pesebres destacados no tanto por la riqueza de sus piezas, sino por el buen gusto y la belleza expuesta. En esto contribuían los negros y negras de la familia que en una labor lenta pero sin descansos, hacían del pesebre uno de los objetos de tarea encomendada por los amos. En numerosos documentos correspondientes a ingresos de mercaderías europeas, se encuentran registros de Niños Jesús, estrellas, o pesebres, estos últimos de manufactura alemana. El adorno y la ambientación corría por cuenta de los sirvientes esclavos, controlados por las señoras de la casa, que muchas veces recurrían al consejo de sacerdotes, para lograr un acabado ideal. Las fiestas de Navidad y Reyes, permitían a las familias blancas reunir amistades y realizar saraos, que tenían como centro focal los pesebres preparados de manera muy minuciosa y detallada por las negras y negros que servían en la respectivas familias. El fino observador que fue Alcides d'Orbigny, describe una de estas concentraciones vistas por él en su visita a Montevideo, pero comete el mismo error de otros, ya apuntados: se queda en la superficie de lo visto sin penetrar en la naturaleza de lo realizado por los negros. Así dice que ha visto simulacros guerreros, de trabajos agrícolas y otros muy lascivos. No comprendió que esos mal llamados simulacros eran manifestaciones verdaderas de danzas, músicas y cantos que correspondían a ritos africanos, posiblemente morigerados por efecto de la transculturación. En lo referente a la coreografía lasciva, donde coincide con las referencias ya antes señaladas en este trabajo, es de hacer notar que toda la coreografía negra, es con la pareja separada, donde el hombre y la mujer tienen su propia coreografía, si bien coordinada para integrar la armonía. Mal pueden entonces, si danzan separados sin contactos corporales, dar ideas de lasciva. Posiblemente lo observo por este distinguido viajero, hayan correspondido a danzas de iniciación sexual de varones y mujeres adolescentes, rodeados por los mayores que, además de acompañar a la iniciación , hacían de patrocinadores. Otro santo venerado por los negros y que tenía el mismo origen africano fue San Martín de Porres, descendiente de africanos, nacido en Lima, Perú. Se sabe que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, se conocieron y trataron algunas veces. La única virgen de este origen en la parte sud de América, conocida y venerada por los negros es La Aparecida, en el Brasil, que tiene sus adeptos en Paraguay y Argentina, pero no goza de adhesión masiva. En la mayoría, por no decir en todas las ciudades, donde hubo concentración de mano de obra negra, casi siempre nucleada en las iglesias respectivas, hubo culto a San Benito, a San Baltasar y a las vírgenes negras. Todos esos santos y santas tienen la particularidad de ser parte de los ritos y la fe católica y además tener el color de piel oscuro, prieto, de ébano o sencillamente negra. A pesar de la diversidad de agrupaciones étnicas que se registró en la mano de obra esclava de origen africano, la cantidad de santos o santas católicos no fue demasiado notorio y hasta puede decirse que existió en relación proporcionalmente inversa, ya que al casi medio centenar de naciones africanas, corresponde menos de media docena de santos católicos. Lo anterior no pretende negar la firme y fiel creencia de los negros en la religión Católica, Apostólica y Romana. Muy por el contrario, el mantenimiento de santuarios, capillas, iglesias, ermitas u oratorios por la comunidad negra lo confirman a diario. Claro ejemplo de ello es la acreditada y famosa Capilla de los Negros de Chascomús. Es de construcción muy humilde, casi un rancho, con muy pocos elementos para recibir a los feligreses, pero visitada a diario por la población del lugar y de numerosos peregrinos que acuden a ella en búsqueda de apoyo espiritual y socorro material. Su interior está siempre iluminado por la luz dada por las velas que siempre dejan encendidas los visitantes. A nivel de creencias del pueblo llano, la cultura negra ha dejado su impronta por intermedio de creencias como la del lobizón. Si se tratase de una séptima hija mujer, la transformación será en bruja. Este embrujo o maldición desaparece con las primeras luces del sol. Otra superstición de origen africano es la de los negros del agua. Son seres que desde la profundidad de las aguas nadan, emergen y vuelven a sumergirse. En realidad a esta superstición habría que llamarla los negros del río. Esta creencia tiene su paralelo en el llamado negro de la laguna, que vive y aparece en las lagunas, mientras el anterior es propio de las corrientes de agua. Una tercera superstición es la del negrito del pastoreo. Consiste en la creencia de la aparición de un negrito que ayuda a encontrar a los animales extraviados, pertenecientes a una majada o a un rodeo. La cuarta creencia posible de mencionar es la de la rondacatonga, que en realidad es un juego infantil.
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