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Pasado y presente de los Negros en Buenos Aires

Buenos Aires, octubre de 1997

JUAN CARLOS CORIA

 

TRAVESÍA

            En los primeros tiempos del comercio de negros, los barcos de carga utilizados eran de unas doscientas toneladas, pero los adelantos técnicos permitieron aumentar la capacidad de transporte. No corrieron igual suerte las comodidades para la tripulación, así se tratase de oficialidad o marinería. Consecuentemente, las instalaciones para los negros esclavizados siguieron siendo precarias y muy malas. Lo eran al grado de que los barcos dedicados a la trata de negros eran llamados tumbeiros, que significa enterratorios.

            Una vez que estaban reunidos en tierra, cerca del lugar del embarque y después de haber concertado con los vendedores los precios y las cantidades, se los marcaba con un hierro al rojo, para demostrar que eran propiedad del negrero o de la compañía negrera.

            A los hombres se les aplicaba la marca en la espalda a la altura de los omóplatos y a las mujeres en las nalgas. Esas marcas eran confeccionadas con letras que individualizaban claramente al propietario, o medallas. El Duque de York, de la Compañía de Reales Aventureros, dispuso que a los esclavos comprados por su compañía se los marcara con una D y una Y.

            Esta operación causaba terror entre hombres y mujeres, dando lugar a suicidios, huidas, amotinamientos, etc. Era la primera etapa del terror que los acompañará en la travesía, el desembarco y a muchos el resto de su vida.

            Terminado el marcaje se los trasladaba en grupos pequeños hasta el barco, con el uso de botes del mismo u otros que alquilaban. Al subir se los volvía a contar, manteniendo a la tripulación alerta y armada para prevenir motines o huidas.

            Su alojamiento era en las bodegas y el de la tripulación en la cubierta, pero tanto esclavos como tripulantes carecían de baños, duchas u otras instalaciones sanitarias de la misma manera que ambos sectores carecían de privacidad.

            El espacio físico que se les destinaba era de seis pies de largo por dieciséis pulgadas de ancho, el espacio que hoy abarca un cajón para muertos, de condición humilde. La altura entre las distintas bateas donde viajaban los esclavos los esclavos no superaba los dos metros.

            Los esclavos viajaban engrillados en la bodega de los barcos en cuyos pisos superpuestos sólo podían estar acostados o sentados teniendo menos espacio en su encierro que el que tienen en sus tumbas.

            El relato dejado por un franciscano italiano que viajó muchas veces en barcos negreros informa que los hombres eran apilados al fondo de la cala, encadenados para que no se sublevasen y matasen a todos los blancos de a bordo. Se reservaba a las mujeres al segundo entrepuente. Las mujeres encintas eran reunidas en la cabina de popa. A los niños se los amontonaba en el primer entrepuente como sardinas en barril. Si querían dormir caían unos sobre otros. Para satisfacer sus necesidades había sentinas, pero como temían perder su lugar, se aliviaban donde se encontraban, sobre todos los hombres cruelmente amontonados de manera que el hedor y el calor llegaban a ser intolerables.

            La promiscuidad, el hedor, la falta de aire y luz, la mala alimentación, todo esto creaba el ambiente favorable para el estallido de epidemias y la propagación de toda clase de enfermedades, la pero de las cuales fue, sin embargo, la nostalgia.

            El relato anterior indica que para evitar la propagación de la enfermedades se mataba a los enfermos.

            Se los encadenaba o engrillaba a los hombres de a dos. Uno de la muñeca y del tobillo derecho con otro de muñeca y del tobillo izquierdo.

            Las mujeres y los niños quedaban en situación de restringida libertad para recorrer el barco. Las mujeres fueron siempre consideradas como el botín obligado o el premio cotidiano de los hombres blancos, llevados muchas veces por la leyenda de la insaciable capacidad sexual que las animaba.

            Todos, hombres, mujeres y niños eran obligados a permanecer a bordo con la menor cantidad posible de ropa, por el intenso calor de la zona equinoccial que era atravesada antes de llegar al continente americano.

            Esa situación de desnudez para los cuerpos tirados sobre las tablas sin cepillar, movidos por el oleaje, causaba muchas heridas en los codos, dejando los huesos al descubierto.

            Estas condiciones imperaron tanto cuando la carga totalizaba 200 cuerpos, como cuando su número era de 700.

            Las dificultades para realizar la evacuación normal de los detritus humanos, sumadas a los vómitos, sangre, pus y otras sustancias producidas por las heridas en estado de descomposición, más el sudor humano, mal ventilado, daban al ambiente de las distintas plataformas en que se alineaban, una característica de opresión, desánimo y abandono espiritual y material que llevaba a muchos esclavos a enfermarse de tristeza, al mismo tiempo que eran caldo de cultivo para el desarrollo de enfermedades incubadas en los organismos desde antes de su captura, causando la aparición de la viruela.

            Dadas las muy malas  condiciones higiénicas reinantes, cuando aparecía algún enfermo de viruela, para evitar contagios mortales, se procedía a sacarlo del lugar donde estaba encadenado o engrillado y arrojarlo al mar por la borda.

            Estado sanitario de las cargas humanas distaba de ser bueno. Se puede estimar que la cuarta o quinta parte de las mismas ya estaba afectada de alguna enfermedad o presentaba defectos físicos. Por los malos tratos recibidos durante la captura era normal encontrar manos a las que les faltaban uno o dos dedos, y por los castigos anteriores, no era raro los miembros quebrados y mal soldados, como también cicatrices en el cuero cabelludo o el cercenamiento de alguna oreja. Abundaban los tuertos, bizcos, rengos. En las mujeres abundaban las lesiones oculares, golpes lacerantes en todo el cuerpo. Entre las enfermedades más comunes estaban, como se ha dicho, la viruela, la fiebre amarilla, sarna, tiña, dengue, melanuria, amebas, variadas formas de disentería bacilar, los parásitos intestinales de la anquilostomiasis, dermatosis tropical, elefantiasis, fiebres (calenturas) muy diversas, mal gálico o bubas (sífilis), mal de Luanda, escorbuto, tisis, hidropesía, gota, parótidas, lepra, disentería, gota coral, epilepsia, diarrea, oftalmía y sirigonza. La viruela y la disentería fueron las enfermedades que más víctimas causaron.

            Para mantener  el control de la carga humana se apeló al terror, dando castigos excesivos con látigos confeccionados con cueros de elefante o hipopótamo, con nudos en las puntas. Tenían nueve ramales y por ello eran llamados gatos de nueve colas.

            El alimento se distribuía dos veces al día. La primera a media mañana, consistente en arroz, mijo o harina de maíz cocidos y a veces se la acompañaba con pedazos de carne (charqui o tasajo). Se complementaba con ñames, mandioca o plátanos. La bebida era distribuida en cazos, uno por persona. Por la tarde, antes de anochecer, se repetía la operación.

            Para tratar de compensar las horas de quietud forzada que tenían que soportar y que producía calambres en los grandes miembros, y el abandono espiritual y físico llamado banzo, se aprovechaba la salida a cubierta para permitirles bailar y cantar al son de tambores u otros instrumentos africanos, al mismo tiempo que se los incitaba a bailar con grandes saltos, tratando de activar la circulación sanguínea, pero como estaban engrillados o encadenados, esos ejercicios producían heridas de muy difícil cicatrización por la ausencia de medicamentos adecuados.

            Estas acciones diarias eran llamadas las danzas de los esclavos. Si faltaban instrumentos adecuados se utilizaba alguna marmita puesta boca abajo, no faltando el violín o la gaita. Durante el tiempo de canto y danza la marinería debía estar atenta para evitar suicidios, amotinamientos o revueltas que producían pérdidas humanas en la marinería y la esclavatura.

            Mientras los esclavos eran sacados a cubierta para comer y danzar, algunos marineros bajaban a realizar una limpieza ligera, en los lugares donde permanecían encadenados, para dejarlos de nuevo, en condiciones más o menos higiénicas.

            A pesar de las precauciones que se tomaban, todas las mañanas había que arrojar al mar los cuerpos de los muertos acaecidos durante la noche, causado por algunas de las enfermedades mencionadas.

            Durante la travesía los suicidios eran cotidianos, las tentativas de huida muy frecuentes, especialmente en el puerto de embarque. A lo largo del tiempo que duró el comercio y la trata de negros, se produjeron amotinamientos que costaron muchas víctimas. Respecto a la posibilidad de un alzamiento en alta mar las oportunidades disminuían, pues los esclavos no estaban en condiciones de dominar y gobernar una embarcación, pero se registraron estos hechos, que terminaron casi siempre con la muerte de blancos, negros y la pérdida de la nave.

            Si bien los precios variaban de continuo, por múltiples razones, los siguientes pueden servir para dar una idea de las ganancias obtenidas en este tráfico infame: un esclavo comprado en Angola por 22.000 reales se podía vender en Brasil en 80.000. A esa cantidad hay que agregar lo pagado por los importadores del Río de la Plata y lo obtenido finalmente en las ventas realizadas en Buenos Aires, a los particulares.

            Los mencionados padecimientos sufridos durante los viajes de travesía pueden ser ejemplificados con la siguiente información: El buque San José, cargado en Quiloa con 349 negros, llegó a Buenos Aires con 127 vivos. Significa una pérdida del 36%; el María cargado en Mozambique con 267 esclavos, arribó con 89; Nuestra Señora de la Estrella salida con 90 esclavos de un puerto de Brasil, llegó con 66; Joaquín inició su viaje en Mozambique con 301 negros y llegó a Montevideo con 30.

 

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