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Pasado y presente de los Negros en Buenos Aires

 

Buenos Aires, octubre de 1997

JUAN CARLOS CORIA

CAPÍTULO 2

ASIMILACIÓN DE LOS NEGROS A LA SOCIEDAD DE LOS BLANCOS

            Se ha visto en las páginas precedentes que el negro africano esclavizado, en general, fue incorporado a la sociedad de los blancos como mano de obra.

            En el Río de la Plata corrió la misma suerte, aun cuando hay que agregar que el trato recibido sin llegar a ser excelente fue mucho más benigno que el existente en otras regiones de América, existiendo testimonios reiterados de la benevolencia con que eran tratados los esclavos (hombres y mujeres) afectados a tareas domésticas.

            Los negros esclavos que desde su lugar de origen fueron trasladados a nuestro continente, incorporaron, por el fenómeno o proceso de transculturación, a sus fiestas, ceremonias religiosas o danzas nativas elementos musicales o coreográficos de la cultura del blanco, influenciando a su vez en muchos bailes, especialmente en el fandango.

            La celebración de bailes públicos en determinadas conmemoraciones dieron lugar en España y América a la repulsa y condena de las autoridades especialmente de la religiosas. Por ello, Felipe V, a poco de subir al trono prohibió los bailes carnavalescos en público, relegándolos al interior de las casas. En Buenos Aires era tal la difusión de los bailes públicos que en 1746 el obispo de Buenos Aires lanzó un edicto prohibiendo la concurrencia a dichas reuniones danzantes, bajo la pena de excomunión. Entre los considerandos de esta disposición obispal, figura el baile mirando un sexo a otro muy de propósito teniendo las doncellas y casadas artificiosos movimientos del cuerpo, encendiendo el ardor de la concupiscencia. Esa disposición fue ratificada por el Cabildo de Buenos Aires en 1753, al tratar de terminar los bailes públicos, velando por la moderación de los particulares, relegando los minuets y contradanzas al interior de las casas particulares. Los que debían desterrarse eran los bailes del fandango, que eran en los que intervenían los negros y las capas más bajas de la sociedad.

            Los bailes criollos practicados en la época hispana como el pericón, el cielito y la media caña, además de tener un origen común, fueron el origen de maneras o variantes de ordenación, ejecución o selección de figuras que se independizaron con posterioridad. La primera mención de la media caña, data de la pieza teatral llamada Las bodas de Chivico y Panchita, en 1823.

            Dentro de la legislación española derivada de la Ley de las Siete Partidas, había algunas disposiciones que permitían la libertad de los esclavos, como eran los casos en que el dueño era padrino de uno o más hijos del esclavo; por casamiento con persona libre, teniendo el permiso del propietario o amo, la negra obligada a ser prostituta por el propietario, adquiría la condición de libre. Pero en Buenos Aires estos casos fueron desconocidos o excepcionales, pues predominó la manumisión sobre la libertad por cualquiera de sus causales.

            En ocasión de los hechos militares de 1806 y 1807, se prometió la libertad a los negros que voluntariamente intervinieron en los hechos de guerra, pero pasados los mismos, nada más que 22 fueron agraciados, insaculados entre 688 esclavos que participaron. Posteriormente otros 48 fueron libertados al haberse aportado dinero por parte de algunos oficiales, para su manumisión. El Cabildo coetáneamente, prometió libertad a los negros que quedaran lisiados o impedidos, pagándoles una pensión mensual, pero eso también quedó en promesa.

            Entre 1776 y 1810 las libertades otorgadas a los negros esclavos, por manumisión, redondean un promedio de 44 por año, lo que hace un total estimado de 1.496. La manumisión en la realidad de los hechos, o por lo menos en la mayoría de ellos, era una compra de la libertad acordada entre el amo y el esclavo, por una suma de dinero. Este era obtenido por el esclavo en las actividades que desarrollaba cuando el patrón lo alquilaba o le permitía el ejercicio de algún oficio o actividad redituada. Del ingreso obtenido trabajando, tenía la obligación de entregar diariamente una suma fija al patrón, pudiendo quedarse con el resto. Ese importe acumulado formaba con el tiempo el monto pactado.

            Para 1810, casi la cuarta parte de la población negra era libre, siendo imposible dar una cifra correcta, por faltar la documentación correspondiente a algunos cuarteles, por haberse perdido durante años.

            Esa resistencia de los amos a dar libertad a sus esclavos, radicaba en el simple hecho de que habían invertido dinero en adquirirlos y por ello se negaban o resistían a perder esa inversión. Se comprueba de manera indirecta esa circunstancia en el hecho de que los menores de edad y los adultos de hasta 40 años eran los que predominaban entre la población negra y las llamadas castas, mientras los liberados eran mayores de 40 años. Esto significa que los amos o patrones intentaban retener la mano de obra en las edades de mayor productividad o rendimiento de las ocupaciones.

            El haber adquirido la libertad, no significó en ningún momento, el admitir igualdad jurídica con el blanco libre. Persistían las restricciones impuestas a los esclavos y las castas, como eran la de portar armas, vestir determinadas ropas confeccionadas con sedas o encajes;  adornarse con perlas o joyas, circular por las calles de la zona urbana después de la puesta del sol, pretender ocupar cargos militares, eclesiásticos o civiles; ingresar a las escuelas y las otras casas de estudios superiores, reservados a los blancos.

            De la misma manera, tenían negado el acceso al grado de maestro en los gremios artesanales. Cuando se permitió el casamiento de hombres blancos con mujeres de las castas, el virrey Sobremonte se opuso a ello y nunca se promulgó ese permiso.

            El precio de los negros esclavos varió de continuo, pues como la arribada era muy irregular, la demanda aumentaba o disminuía de acuerdo a la cantidad de negros existentes en plaza, de la misma manera que aumentaba o no el precio, si la demanda era específica, respecto a alguna especialidad como ser músico, talabartero, lomillero o maestro de pala. Los más solicitados casi siempre fueron los llamados negros ladinos que tenían alguna habilidad artesanal o manufacturera, debiendo reunir también otros requisitos como juventud, salud y haber superado la enfermedad de la viruela.

           El criterio respecto a los negros y su situación en la sociedad de los blancos fue variando con los años. Del concepto de exclusión y sometimiento se pasó al concepto de respetarlos y entregarles algunos derechos hasta que en 1813 se sancionó la libertad de vientres, pero a poco se fue regresando a conceptos restrictivos, no tan severos como los iniciales de la época española, pero lejos de la libertad del ciudadano. Los hijos de las mujeres esclavas eran libertos y debían permanecer en la casa del amo hasta que se casaban o llegaban a los 20 años, los varones y a los 16 años las mujeres, que eran los límites para adquirir la mayoría de edad. En esos años en que permanecían en la casa del amo tenían la obligación de servirle, sin recibir salario hasta los 15 años. A partir de esa edad, debían entregar al amo $ 1 al mes hasta que eran libres. Ese dinero lo obtenían trabajando por su cuenta o alquilados por el amo. Ese pago mensual se depositaba en la policía, quienes tenían la obligación de custodiarla y entregarla al llegar a la mayoría de edad. En el tiempo entre los 15 años y la mayoría de edad, los libertos podían acceder anticipadamente a la libertad, mediante la compra de la misma. Perduró como resabio esclavista, la disposición de que los hijos de las esclavas no podían ser separados de sus madres hasta los dos años de edad. Luego podían ser vendidos como pieza separada. Esa situación de virtual esclavatura perduró después de 1813, como aparece en el análisis del censo de 1827. Para ese año nada más que 16 de los casi 300 hijos de negros y castas eran libres, a pesar de la disposiciones datadas en 1813.

            Las sucesivas legislaciones contradictorias que se fueron sancionando a partir de 1813, dieron como resultado fáctico la persistencia de la esclavitud disimulada con pretextos legales, llegándose en 1824 a prohibir la compra-venta de sirvientes domésticos que eran introducidos y a pesar de que ese acto se consideró legalmente como un acto de piratería por el gobierno de Las Heras.

            Otra forma solapada de vender esclavos consistió en sacar fuera del territorio nacional a negras embarazadas, para poder vender a los hijos que daban a luz, a pesar de esta prohibida esta práctica aberrante.

            Se puede decir que si bien a partir de 1813 se sancionó la terminación de la esclavatura en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, su puesta en práctica fue paulatina y progresiva, con algunos retrocesos agraviantes, como fue la práctica de vender a los esclavos varones aptos para el servicio de las armas, tomados por los buques que operaban durante la guerra contra Brasil, al Estado para que sirvieran en las fuerzas armadas por cuatro años. Luego de ello quedaban libres, si sobrevivían a los combates. Los otros esclavos tomados por esos buques, ingresaban como libertos y podían ser alquilados por un peso mensual por el Estado a sus patrones. Se desvirtuó así la disposición que establecía la libertad de los esclavos que ingresaran al territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, lo que no impedía que fueran comprados y vendidos como esclavos desvirtuando de esta manera todas las disposiciones al respecto, manteniendo el tráfico bajo otros nombres ficticios.

            La continua demanda de mano de obra barata hizo que en 1831, Rosas admitiera la venta de los servidores domésticos traídos por los viajeros, pero dos años más tarde derogó esta disposición, siendo reemplazada por una ley que cubría el comercio de esclavos con ropajes legales. Además Rosas tenía esclavos de su propiedad ocupados en varios de sus campos.

            La firma del tratado con Inglaterra acentuó nominalmente la terminación del comercio esclavista, pero fue necesario firmar en 1840, con la misma nación, un tratado antiesclavista, que quedó como un meritorio propósito y no como una realidad, ya que en 1853 se vendieron esclavos tomados por un corsario en la zona patagónica. Al ingresar al territorio de la Confederación fueron declarados libertos e incorporados al ejército.

            La Constitución de 1853 abolió la condición de esclavos al manifestar que los pocos que había quedaban libres desde el momento de su jura. Como el Estado de Buenos Aires no lo hizo hasta 1861, continuó la esclavitud, a pesar de que la Constitución del Estado de Buenos Aires prohibió el comercio de esclavos.

            El llamado auge en cuanto el número y la respetabilidad social de la raza africana en Buenos Aires, corresponde al período rosista que los amparó y les fomentó las reuniones bailables, al mismo tiempo que los utilizó en maniobras políticas. Es a partir de la batalla de Caseros que se inicia el declinar numérico y social de los hombres y mujeres de color, ya que para 1850 se estimaba que el 40% de la población porteña era negra o derivada de ella.

            Sin embargo las cifras censales de 1887 señalan una violenta y acentuada merma en la población africana, al grado de no significar ni siquiera el 2%.

            Esa declinación en general, desde la época hispana hasta principios del siglo presente, respondió a una suma de factores entre los que es posible destacar como las más importantes a la terminación de la introducción masiva de negritud; alta tasa de mortalidad en ella, por razones de higiene, alimentación, etc.; la incidencia de las guerras de la Independencia, civiles y contra Brasil y Francisco Solano López; un progresivo aumento de la inmigración blanca europea y, finalmente la tendencia a blanquear a los hijos que manifestaron las mujeres de color al aceptar formar pareja estable o no, con hombres blancos y de esta manera lograr la equiparación social de los hijos permitiendo su acceso a sectores que estaban vedados a las personas de origen africano o indio, por ser provenientes de la esclavatura o las castas.

            Esta suma de factores están corroborados en la comparación de las cifras correspondientes a la población blanca y negra o de color, entre 1856-60 y 1871-1875, en la provincia de Buenos Aires, pues mientras los blancos se multiplicaron por 2,22%, los negros o de color se redujeron en proporción de 448 a 155, o sea, 2,9%, que es casi la relación inversa.

            A lo anterior hay que agregar la agravación de la situación laboral, alimentaria, sanitaria y social del negro, mulato o pardo que quedaba en condición de libre, acompañando de manera paralela a la situación de la población aborigen, también en disminución y de relegación social, en una sociedad regida por el blanco.

            Perdía la protección de la casa patronal y quedaba liberado a las inseguridades de la sociedad liberal, que si bien le daba una libertad nominal, no la compensaba con protección sanitaria, educacional ni le proporcionaba trabajo con una remuneración que le permitiera solventar las necesidades mínimas del vivir cotidiano.

            Por ello no es aventurado decir que la libertad del negro esclavo y de sus descendientes, no le otorgó el pleno goce de los derechos civiles, sino muy por el contrario adentrarse en los vericuetos del nominal sometimiento social. Si antes estaba vendido, en libertad debía someterse a las contingencias y rigores de la pobreza.

            Después de la mal llamada guerra del Paraguay, que en realidad fue contra su gobernante, Solano López, aparecieron en las calles de Buenos Aires lisiados de los combates pidiendo limosna y amparo en los asilos para menesterosos, entre los que se encontraban algunos negros que se dedicaban a vender mazamorra, cuyos nombres no han trascendido o que por el contrario han sido rescatados del olvido al retratarlos la revista Caras y Caretas.

            Para principios del siglo actual, la comunidad de gente de color, o sea, descendientes de esclavos africanos dio lugar a que el periodista Juan José Soiza Reilly, publicara una nota llamada Gente de Color, donde llama a los pocos sobrevivientes Sol que se apaga, en parte por la reducida cantidad de personas que aún subsisten en la sociedad de aquellos momentos. Destaca la publicación de un periódico literario llamado La Ortiga, dirigido por el señor Terreros que circula con profusión en los hogares de la raza etíope, al mismo tiempo destaca el funcionamiento de una antigua sociedad mutual llamada La Protectora, que protege ampliamente a todos sus asociados.

 

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