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Cristianos, burgueses y proletarios

 

 

ÍNDICE

Introducción

PRIMERA PARTE. EL REALISMO CRISTIANO

I. El amor como unión que diferencia

II. La Madre Tierra

III. El Hombre

IV. Reflexión y libertad

V. Razón y religión

VI. Raíces de la cultura occidental

VII. Cristo y los cristianos

VIII. Los cristianos y el derecho de propiedad

IX. El amor, la guerra y la historia

X. La ciencia, las ideas y la doctrina

XI. La religión y el poder

XII. Vivir, ser y poseer

SEGUNDA PARTE. CRISTIANOS Y BURGUESES

I. Lo feudal y el dinero

II. La revolución burguesa

III. El fin y los medios

IV. El humanismo de los príncipes mercaderes

V. ¿“Libertad esclava” o libertad responsabilizante?

VI. Los desvaríos de la “razón” abstracta

VII. Derecho natural y conciencia colectiva

VIII. ¿Liberté, egalité, fraternité…?

IX. Raíces burguesas de la lucha de clases

X. Res sunt, ergo cogito

TERCERA PARTE. BURGUESES Y PROLETARIOS

I. El determinismo económico ¿ciencia o doctrina?

II. La crítica, el absoluto y la razón obscura

III. Los mercaderes de ideas

IV. El socialismo utópico-burgués

V. Carlos Marx y su circunstancia

VI. La materia y la especie

VII. Fieles, revisionistas y renegados marxistas

VIII. El todo en todos desde la reflexión cristiana

CUARTA PARTE. DOCTRINAS Y PRÁCTICAS COLECTIVISTAS

I. Celebrados teóricos de la despersonalización

II. El mito del superhombre frente al opio del hombre especie

III. Desde Marx al “deutsland über alles”

IV. Rusia, marxismo y poder soviético

V. El despertar de China

VI. El colectivismo en los países ricos

VII. Desde la ética a la perestroika

VIII. Colectivismos y particularismos españoles

IX. El fracasado invento de nuevos valores

QUINTA PARTE. PERSONA, COMUNIDAD Y PROGRESO SOCIAL

I. Los españoles y su circunstancia

II. Olvidados campos de expansión económica

III. Trabajo para todos, objetivo universal

IV. La deuda exterior de los países proletarios

V. Empresarios, especuladores y burócratas

VI. El compromiso personal y la democracia

VII. Entre rentistas, especuladores y empresarios

VIII. El dinero como herramienta (Carta a un joven empresario)

IX. Proceso al determinismo económico

X. Agobiante retórica frente al desempleo

XI. La libertad y el desarrollo económico

XII. Hacia una economía de las motivaciones

XIII. Nuevas perspectivas de empleo

XIV. Posibles reformas sin traumas

Conclusión

ANEXOS. ECONOMÍA DE MERCADO Y DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

I. Capitalismo y ética, según Rafael Termes

II. La economía de mercado, según Juan Pablo II

 

INTRODUCCIÓN

            SE NOTARÁ que sois discípulos míos en que os amaréis unos a otros, dijo Cristo de forma absolutamente inequívoca. Cristiano será, pues, el generoso sin condiciones previas, el que se siente en radical igualdad al lado del otro, el que usa su capacidad de trabajo para “amorizar” la tierra, el que intenta vivir y vive en el calor del Amor... que eso fue lo que hizo Cristo cuando estuvo entre nosotros...

            Proletario, el de la numerosa “prole”, es el situado en el nivel más bajo de la Sociedad, el que sufre el frío de la miseria, el que, según Carlos Marx, “no tiene otra cosa que perder que sus cadenas”: los parados, los millones y millones de cualquier latitud acosados por el hambre y la miseria...

            Y burgués, ¿qué es burgués? ¿El que se empeña en vivir del trabajo del otro con la mínima contrapartida por su parte? Parece ser que eso es lo que significa ser burgués en la terminología al uso... pero, permítasenos una licencia semántica: hablando de posicionamiento social, diremos que es burgués aquel que no siempre obra como cristiano ni es proletario (tú y yo somos más o menos burgueses, menos o más cristianos).

            Así de simple para ir al meollo de la cuestión: a falta sólo de la adecuada política de gestión y de una elemental predisposición de los que se llaman (nos llamamos) cristianos a compartir bienes y servicios, nunca fue tan fácil lograr la producción y distribución de los recursos suficientes para cubrir las necesidades de cuantos poblamos el ancho mundo.

            Como un insultante desafío o como el más elocuente recordatorio de nuestra vocación cristiana, sigue habiendo miles de millones de personas que, a pocos metros o a miles de kilómetros, carecen de lo imprescindible para una vida medianamente humana y que, no se sabe en qué volumen, no tienen otra cosa que perder que sus cadenas.

            ¿La solución? Larga, difícil, improbable... pero comprometedora, principalmente para los cristianos: el pan, que no comes, pertenece a los que tienen hambre, el vestido, que no usas, a los que pasan frío... el dinero, que malgastas, a los que carecen de la elemental herramienta para desarrollar el propio e intransferible sentido de su vida...

            Grandes principios que deben apoyarse en hechos concretos engarzados entre sí dentro de la ineludible trama de la Realidad. Algunos de esos hechos concretos esperan el protagonismo de ti y de mí, ciudadanos que, bien situados en los países ricos, nos debatimos en el día a día entre nuestra vocación cristiana y la tentación burguesa y que, ante la palmaria evidencia de los desequilibrios entre personas y pueblos, nos preguntamos, nos debemos preguntar: ¿Por qué y para qué?

            Quisiera el autor acertar a responder a través de las premisas, reflexiones y propuestas siguientes.

PRIMERA PARTE

EL REALISMO CRISTIANO

I. EL AMOR COMO UNIÓN QUE DIFERENCIA

            AUNQUE la certera respuesta escapa a nuestra capacidad de entendimiento, es razonable aceptar al Átomo como resultado de una de las primeras etapas de la Evolución. Anteriormente al Átomo, en prodigiosa multiplicidad, pudo existir una sustancia que los científicos no aciertan a definir como genuinamente material pero que, sin duda alguna, hubo de serlo en alguna proporción: es lo que se define como “polvo cósmico” o, más propiamente, “energía granulada” o “trama del Universo”. El micromundo que representa el Átomo hubo de ser el resultado de la unión de ínfimas partículas elementales ensambladas por la Energía Exterior según un preciso Plan de Cosmogénesis o de Arquitectura Cósmica concebida y “diseñada” con inigualable precisión. Pudo suceder que, en un momento del Proceso, esa Energía Exterior, manifestación de una Voluntad Creadora, empujara a las miríadas de átomos a la Condensación hasta formar el núcleo o huevo del Universo que sirve de base a la teoría del Big-Bang. Vendría luego la irrefrenable marcha hacia el ser de innumerables cosas, de más en más complejas, de más en más artísticamente conjuntadas y con clara vocación de allanar el camino a la Vida, al Pensamiento de las más privilegiadas criaturas, a la Libertad...

            En cualquiera de las suposiciones, es razonable admitir que fue la certera aplicación de unas específicas corrientes de Energía lo que, a escala cósmica, produjo la necesidad de asociación entre los gránulos de la trama del Universo.

            También es razonable admitir que, desde su propio nacimiento y siguiendo específicas afinidades latentes en su misma razón de ser, los átomos cubrieron un superior estadio de evolución que fue la molécula, la cual, a su vez y siguiendo el impulso de secretas afinidades, se asoció a otras entidades materiales para formar la megamolécula, paso previo a los “complejos orgánicos”, que resultarán ser el soporte material de la Vida. Este fantástico misterio de la Vida, presente en una simple Célula, aun no está suficientemente clarificado por la Ciencia; tampoco es explicable la aparición del Pensamiento, culminación de un largo proceso en que las virtualidades de los complejos orgánicos hubieron de conectar, adecuadamente y en el momento preciso, con un Plan General de Cosmogénesis.

            Es obvio reconocer que en ese largo camino de la Evolución no todas las entidades materiales alcanzan un superior estadio de realidad; muchas de ellas pierden el tren del Progreso tal como si se volatilizaran en lo que los científicos conocen como Entropía o pérdida de entidad. Solamente se hacen progresivamente diferentes cuando encuentran la adecuada complementariedad en la “unión que diferencia”. De esta “unión que diferencia” (o unión que mantiene las diversas individualidades) podría decirse que es una embrionaria forma de amor.

            Diríase, pues, que ya se da ya un remedo de amor en la partícula más elemental que “se adapta” el Plan General de Cosmogénesis y “participa” en la formación de una realidad material superior; esta “participación” ha requerido la superación de un aislamiento minimizador, algo así como volcar hacia lo otro la propia energía interior.

            Sabemos que la partícula más elemental es una entidad material animada por una energía interna que, según y cómo, puede responder a una dirección precisa de la Energía Exterior: la positiva respuesta obedece a la universal tendencia hacia lo más perfecto por caminos de “unión que diferencia”.

            Es una UNIÓN que no implica confusión ni tampoco difuminación de las virtualidades de cada entidad material: cuando se observa en detalle a un átomo se descubre que, en la unión, siguen individualizados los elementos que lo integran: diferentes y necesitados los unos de los otros, demuestran que, solamente unidos, realizan la función que les es propia: diferentes y asociados para constituir una realidad superior.

            Entendemos que algo así, pero todavía más fecundo, es un amor con reflejos a escala cósmica y con capacidad y voluntad para transformar la Tierra en una progresiva conquista de parcelas de una libertad tanto más efectiva cuanto más acierta con los caminos que le abre el Plan General de Cosmogénesis..

            Hasta el Hombre, es de forma involuntaria como las distintas realidades materiales participan en el Plan General de Cosmogénesis. Es el Hombre el primer ser del reino animal capaz de alterarlo. Lo hace en la medida y en el modo con que utiliza su capacidad de amor.

            Si se nos pide que, en una sola frase, definamos al Amor, responderemos: Es la ofrenda voluntaria de lo mejor de uno mismo al Otro. Fuera del marco familiar, el amor ha de traducirse en “vuelco de lo personal a lo social”.

            Este vuelco de lo personal a lo social es una de las condiciones que ha de respetar la especie humana para avanzar en el dominio o amaestramiento (humanización) de la Naturaleza. Ha de ser un avance en equipo y tanto más eficaz cuanto las respectivas funciones respondan a las específicas facultades de cada uno.

            Puede que parte de los miembros del equipo participe de manera egoísta y que ello abra una brecha en el camino hacia el progreso... Sucede esto porque, en uso de su libertad, juega el hombre a situar a su conciencia como árbitro absoluto de lo real, “se toma a sí mismo como principio” (San Agustín) y aplica sus capacidades a la satisfacción de un capricho o aspiración egoísta. Aun en estos casos, la obra de ese hombre o grupo de hombres puede traducirse en humanización de la naturaleza y subsiguiente bien social si no falta quien ejerza un mayor vuelco de lo personal a lo social: de ello hay sobradas pruebas en el desarrollo de cualquier cultura, muy particularmente, de la llamada cultura capitalista.

            La Historia nos ha dejado infinitos ejemplos de la regresión que significa la práctica del desamor: no otro origen tienen tantas tropelías, baños de sangre, inhibiciones egocentristas, caprichosas destrucciones de bienes sociales, ignorancia de los derechos elementales del Otro, descaradas prácticas de la ley del embudo...: Refiriéndose a este rosario de hechos y de comportamientos, no falta quien simplifique la visión de la historia presentándola como un campo en que, sin tregua ni cuartel, el “hombre obra como lobo para el hombre” (es el famoso homo homini lupus de Hobbes). Otros dirán que la “guerra es la madre de la historia” (Heráclito), que “la oposición late en el substratum de toda realidad material o social” (Hegel) o que “la podredumbre es el laboratorio de la vida” (Engels), lo que sería tanto como asegurar que LA EVOLUCIÓN SE DETIENE EN EL HOMBRE. Cuando las apariencias nos llevan a esa creencia es porque, en tal o cual época o lugar, ha habido determinados responsables que, en uso de su libertad, han respondido negativamente a las potencias del Amor. Y, aparentemente al menos, se ha producido una regresión a inferiores niveles de humanidad.

            Aun en tales casos, es posible reemprender la marcha del Progreso si unos pocos héroes de la acción aplican todas sus facultades personales a desarrollar en su ámbito la práctica del Trabajo Solidario, exclusiva forma de proseguir la propia realización personal y, por ende, el progreso social.

            Fueron muchos los siglos en que esos héroes de la acción estaban obligados a seguir su camino por simple intuición: no contaban con indiscutible patrón de conducta o clara referencia que les permitiera comprobar cómo esa su vocación social coincidía plenamente con el grito de la Ley Natural y la invitación del Ser que todo lo hizo bien y que es Principio y Fin de Todas las Cosas.

II. LA MADRE TIERRA

            LOS SABIOS han buceado en el magma de la Tierra y han adelantado la hipótesis de que “ya por su propia composición química inicial era, por sí misma y en su totalidad, el germen increíblemente complejo de cuanto necesitamos”. Tal como si todo estuviera dentro de un Plan en el que entrara la plena suficiencia de recursos materiales para el desarrollo de millones y millones de “aventuras” personales.

            Con todo el tiempo necesario por delante, esa composición química inicial se tradujo en materia orgánica como soporte de la Vida, multimillonaria en sus manifestaciones, unas con otras entrelazadas hasta constituir una comunidad de intereses.

            La Vida resultó como una sinfonía magistralmente orquestada pero necesitada de una cierta sublime nota: la Libertad, tesoro inconcebible fuera del ámbito de la Inteligencia, a su vez, suprema expresión de Vida.

            La Tierra se ha hecho (¿era ya?) moldeable por la Inteligencia, que, incluso, puede llegar a destruirla. Pero la Tierra, la Madre Tierra, es fuerte y previsora tanto que, con el necesario tiempo por delante y con el indudable concurso de la “Energía Exterior”, es capaz de enderezar los renglones que tuercen sus inquilinos y demostrar ser la suficiente despensa en recursos materiales: no entran en sus planes ni las hambres ni las catástrofes artificiales (las épocas de penuria pudieron haber sido y pueden ser resueltas si el afán de acaparamiento, torcido hijo de la Libertad, no se hubiere enseñoreado de tal o cual época o región hasta resultar el disparate de que menos de una décima parte de la Humanidad acapare el ochenta por ciento de alimentos y otros recursos materiales).

            Pudiera pensarse que, paralela a la historia de la Tierra, se acusa el efecto de una Voluntad empeñada en que los hijos de la misma Tierra aprendan a valerse por sí mismos en un irreversible camino de autorrealización. Los sabios aseguran que tal proceso de autorrealización se hace ya evidente en los diversos estadios de la evolución química, resultado de tal particular y constructiva reacción entre éste y aquel otro elemento. Tanto más en la tendencia que a cumplir un preciso destino manifiestan los seres vivos a los que, ya sin rebozo, se les puede aceptar como protagonistas de una fantástica y coherente intercomunicación planetaria.

III. EL HOMBRE

            MILES de millones de años atrás, una ínfima parte de polvo cósmico (?) ya tenía vocación de excepcionalidad: contaba para ello con una misteriosísima potencialidad, con una secreta e irrenunciable tendencia a la unión y con todo el tiempo necesario.

            ¿La meta? ocupar un lugar de responsabilidad en la armonía del Universo. ¿La tal ínfima parte de polvo cósmico respondía así a los requerimientos de un evidente “Plan de Cosmogénesis” con la buscada participación de sucesivos colaboradores inteligentes? ¿Por qué no?

            Créelo, si quieres; pero, si no es así, acepta, al menos, que la realidad actual no sería tal cual sin un complejo proceso de progresiva unión entre lo afín, sin un empeño por ser más desde la solidaridad. Esto de la solidaridad es un fenómeno que sufre infinitos altibajos en la marcha de la historia y tal vez en el probado autoperfeccionamiento de la Madre Tierra: Las partículas elementales cobran realidad más compleja en cuanto casan sus respectivas afinidades: es un camino que, con progresiva autonomía, siguen los seres más evolucionados.

            Los peligros de la Entropía o de ahogarse en la Nada llegan incluso a formar parte constructiva del Proceso: hoy nadie duda que fue la desaparición de los dinosaurios lo que dio paso al desarrollo de especies más modernas y más nuestras.

            Lógico capítulo de ese proceso parece ser el que nada de lo necesario falte a los seres inteligentes de más en más numerosos todo ello dentro de la previsora armonía por que parece regirse la Madre Tierra, cuyos hijos, hasta cierto momento, eran lo que tenían que ser en una extensión solidaria: unos para otros y todos como elementos de un complejo organismo, que vive y desarrolla la función de superarse cada día a sí mismo.

            De ser así, podría pensarse que cataclismos como los glaciares eran especie de palpitaciones de vida que se renueva en el propósito de construir el escenario propicio a un acontecimiento magnífico y sin precedentes: la manifestación natural de la Inteligencia personificada en el Hombre.

            Y resultó que en uso de su Libertad, hija natural de la Inteligencia, el Hombre se mostró capaz de acelerar e incluso mejorar el proceso de autoperfeccionamiento que parece seguir el mundo material; pero también se ha mostrado capaz de, justamente, lo contrario: de terribles regresiones o palmarios procederes contra natura.

            Destino comprometedor el del Hombre: abriendo baches de degradación natural y en línea de infra-animalidad, el hombre ha matado y mata por matar, come sin hambre, derrocha por que sí, acapara o destruye al hilo de su capricho u obliga a la Tierra a abortar monstruosos cataclismos.

            Claro que también puede mirar más allá de su inmediata circunstancia, embridar el instinto, elaborar y materializar proyectos para un mayor rendimiento de sus propias energías, amaestrar a casi todas las fuerzas naturales, deliberar en comunidad, dominar a cualquier otro animal, sacrificarse por igual, extraer consecuencias de la propia y de la ajena experiencia, educar a sus manos para que sean capaces de convertirse en cerebro de su herramienta: Puede TRABAJAR Y AMAR o trabajar por que ama.

            En el campo del Amor y del Trabajo es en donde debía encontrar su alimento el destino comprometedor del Hombre. Amor simple y directo y trabajo de variadísimas facetas, con la cabeza o con las manos, a pleno sol o desde la mesa de un despacho, pariendo ideas o desarrollándolas. Gran cosa para el Hombre la de vivir en TRABAJO SOLIDARIO.

            Una posibilidad al alcance de cualquiera: hombre o mujer, negro o blanco, pobre o rico... empresario o trabajador por cuenta ajena, sea en el Campo, en la Industria o en los Servicios, canales necesarios para amigarse con la Tierra y facilitar el desarrollo físico y espiritual de toda la Comunidad Humana.

IV. REFLEXIÓN Y LIBERTAD

            LA REFLEXIÓN, peculiaridad genuinamente humana, representa una clara superación del instinto. Por la reflexión, el ser evolucionado reacciona de forma única frente a situaciones o acosos de la realidad dirigidos en la misma medida a distintos individuos de su especie. Cuando, por virtud de la Evolución, la presión de la circunstancia motiva una respuesta personal, el individuo ha dejado de ser elemento-masa para convertirse en alguien.

            La comunidad humana se diferencia de las otras sociedades animales, fundamentalmente, por la capacidad de reflexión de todos y de cada uno de cuantos la integran. Por este hecho es posible la Historia como fenómeno que singulariza cada época, cada grupo social y cada proyección pública de las facultades individuales.

            En el acto reflexivo, algo de uno mismo se proyecta hacia el exterior de forma absolutamente inmaterial y con la intención de captar cosas y fenómenos en su justa medida para luego, en acto también absolutamente inmaterial, analizar y decidir.

            Para el hombre, ello es tanto como manifestarse “ser que reflexiona” o ser que, sin dejar de ser él mismo, posee la virtud de sobrepasar el estricto ámbito del propio ser para reflejar en sí mismo lo otro, fenómeno que, en idea de Aristóteles, “es una forma de incluir en sí mismo todas las cosas”.

            Puesto que tal inclusión es de carácter absolutamente inmaterial, las cosas nada pierden de su propio ser en el acto de ser vistas o consideradas.

            Contrariamente a lo que sostienen algunos llamados materialistas, el conocimiento o “inclusión en sí mismo de todas las cosas” no es del carácter de la imagen proyectada por un espejo: presionan la conciencia del ser que reflexiona el cual, en razón de tal reflexión, posee la facultad de obrar de una u otra forma sobre las mismas cosas o no obrar en absoluto si así lo ha recomendado la consideración que implica el acto reflexivo o las propias cosas resultan inasequibles a la capacidad de acción del sujeto.

            Ello se explica porque, a continuación de incluir en sí mismo todo aquello que se presenta a su consideración, el homínido evolucionado ejercita la capacidad de optar por una de entre varias alternativas.

            Vemos cómo, acuciado por el hambre, el animal no racional percibe y ataca a su víctima, corteja y posee a su hembra, se defiende de las inclemencias de su entorno... de un modo general y de acuerdo con el orden natural de las especies.

            No sucede lo mismo en el caso del homínido evolucionado: éste es capaz de superar cualquier llamada del instinto merced al acto reflexivo: la realidad inmediata, el análisis de anteriores experiencias, el recuerdo de un ser querido, la percepción de la debilidad o fuerza del enemigo, el conocimiento analítico de los propios recursos... le permiten la elección entre varias alternativas o, lo que es lo mismo, trazar un plan susceptible de reducir riesgos e incrementar ventajas.

            Gracias, pues, a su poder de reflexión el hombre usa de libertad para elegir entre varias alternativas de actuación concreta. Por supuesto que la elección más adecuada a su condición de hombre será aquella que mejor responda a las exigencias de la Realidad. Y la más positiva historia de los hombres será aquella jalonada por capítulos que hayan respondido más cumplidamente a la genuina vocación del Hombre: la humanización de su entorno por medio del Trabajo solidario con la suerte de los demás.

V. RAZÓN Y RELIGIÓN

            PARA algunos ilustrados de diversas familias el hecho de sentirse religioso ha sido presentado como una forma de servidumbre tontorrona y fuera de época: se ha hablado mucho y aun se habla de la “alienación religiosa”. El término “alienación” es aceptado como contrario a la Libertad: una especie de encadenamiento de la razón soberana. Referida a la Religión, la alienación expresa el fenómeno por el cual la vida y los actos de los hombres siguen las directrices de una indemostrada idea de trascendencia o de voluntaria servidumbre hacia un ser “imaginado” por el propio hombre.

            Claro que el carácter de la propia reflexión, que sitúa al hombre muy por encima de cualquiera entidad simplemente material y le infiltra hambre de sintonizar con el Principio y Fin del Universo presta sólidos argumentos a la creencia de que esa irrenunciable aspiración a la trascendencia, que late en el ser de todos los hombres es una exigencia de la Realidad.

            El hambre por sintonizar con el principio y fin del Universo es una de las posibles definiciones de la Religión. Hambre existencial que, para muchos de nosotros, es promesa de libertad y responde a los dictados de la Realidad. Desde esa perspectiva, la religión libera, no esclaviza. No es eso lo que proclama y decía pensar Nietzsche, genuino representante del llamado humanismo ateo:

            Nietzsche, rebelde e impotente, soñaba con redefinir la Libertad. Como otros muchos genios del egocentrismo (Voltaire, Hegel, Stirner, Spengler...) aplicaba a la Realidad las paridas de su vanidad y, entre otras cosas, no aceptaba personalidad histórica más excelsa que la suya. Admirador y amigo de Wagner, no le perdona el reconocimiento que éste hace a la Figura y Doctrina del Crucificado: “¡Ah! ¡También tú te has derribado ante la Cruz! También tú, también tú... ¡un vencido!”. Más que como el descubrimiento y optimización de las fantásticas virtualidades de lo que existe, ve a la Progreso como una exclusiva creación del Anticristo (la Técnica, que llamará Spengler más tarde) al que identifica con Dionisos o Baco, voluntad de dominio desde las fuerzas del puro instinto. El profeta y sumo sacerdote de este nuevo eje del universo será Zaratustra, el superhombre, al que presenta como un reflejo de sí mismo: “Me he presentado a mí mismo (confiesa en ECCE HOMO) con un cinismo que hará época y atacando sin miramiento alguno al Crucificado; mi obra, rayos y truenos contra todo lo cristiano o inficionado de cristiano, dejará sin habla ni oído al que lo lea...”

            Zaratustra, Nietzsche, traza el camino para desatar el instinto, sublimizar el Arte y dominar a la Naturaleza. En razón de ello ¿por qué el Hombre no ha de romper con la vieja Moral tan estrechamente ligada al respeto del Absoluto inasequible?

            Imagina Nietzsche al espíritu del hombre como un sufrido camello, que, durante muchos siglos, soporta sobre sí mismo las pesadas cargas de la Religión y de la Moral, creadas, según él, por el entorno social y por los caprichos de la historia.

            Convertido por Zaratustra, el hombre medio acepta la muerte de Dios y la entronización del superhombre como rey del Universo. Es entonces cuando el espíritu del hombre se hace “león”, voluntad ciega capaz de destruir el edificio de todos los viejos principios.

            Hecha tabla rasa de todo lo “viejo” el espíritu del hombre se hace “niño” que es tanto como sumergirse en la inocencia y en el olvido. Ya puede empezar, como jugando, a crear valores partiendo de un radical sí a los más espontáneos impulsos.

            No demostró Nietzsche, ni mucho menos, que el progreso del hombre sea posible sin una respuesta positiva a la llamada del compromiso personal, cual es la moral inspirada en el Cristianismo, ese “fardo” que, a pesar de todas las divagaciones de Nietzsche, responde a las exigencias de la propia esencia humana.

            Por lo tanto, la batalla del “león” es un derroche de energías en el vacío. En el vacío también habrá el “niño” de establecer las bases “morales” de su nuevo mundo. Es la de Nietzsche una escalofriante proclama de radical soledad, justo lo que menos necesita ese hombre que, en pensamiento y en obra, se ciñe a las exigencias de la Realidad y, por lo mismo, se hace más hombre a través de la amorización de su entorno.

VI. RAÍCES DE LA CULTURA OCCIDENTAL

            PARA la esfera cultural de Occidente, la historia escrita del pensamiento empieza con los griegos.

            En líneas generales, la forma de pensar de los intelectuales griegos estaba animada por la preocupación de deducir el significado de la vida humana desde el previo conocimiento de su entorno físico y espiritual. Era una actitud realista (percepción y reflexión sobre la propia reflexión) en la cual escasa cabida tenía el fantasismo individualista que, tan cerca de nosotros, han defendido los llamados arquitectos de ideas (los idealistas, con Hegel a la cabeza).

            Algunos de los presocráticos ya se preocuparon por explicar en lógica natural cuanto existe: abogaban por una especie de comunitarismo entre elementos y personas. En esa línea ha de interpretarse el legado de un Tales de Mileto para quien el principio creador era el agua, del que proceden desde el ínfimo animal hasta los propios dioses; para Anaximandro, compatriota de Tales, el principio creador era el “apeirón” o lo infinitamente indeterminado que adopta las diversas formas impuestas por la evolución, desde una elemental partícula hasta la propia inteligencia; en la misma línea, Anaxímenes, discípulo de Anaximandro, identifica a la materia prima con el aire (polvo cósmico, que podría decir Teilhard).

            Sin duda que esos primeros apuntes evolucionistas, desde una óptica que mucho se parece a la de TODO EN TODOS, representan un serio esfuerzo por situar al hombre en el camino que mejor corresponde a su destino: se mira al cielo con los pies en la tierra y teniendo enfrente a un ser (animal político, que dirá Aristóteles), que aprecia progresivamente su libertad.

            Pero también, en la época, tuvieron su propia evasión idealista. Una de las corrientes más destacadas del tal idealismo viene representada por el “divino” Platón que ve en las ideas a las madres de las cosas y, también, por los “pitagóricos”, para quienes los “números son la causa primera y raíz de cuanto existe”.

            Era aquel una especie de “idealismo objetivo”, muy distinto del “idealismo subjetivo” inventado por Fichte y Hegel: para aquellos el cerebro era un simple receptor de imágenes a dilucidar, mientras que, para éstos, la propia conciencia resulta ser el principal proyector de la verdad.

            En su momento, volveremos al tema del “idealismo subjetivo”, tan responsable de múltiples fracasados colectivismos. Por ahora, bástenos reconocer lo poco que tiene que ver con la genuina cultura mediterránea, en la que, desde siglos atrás, la cultura española está entroncada.

            La circunstancia en que se desenvolvía la acción y el discurrir de los llamados filósofos clásicos, admitía a la violencia como factor principal en las relaciones entre estados, no reconocía la igualdad entre los hombres hasta el punto de institucionalizar formas de avasallamiento de por vida sin otro aval que la fuerza física o la derrota en el campo de batalla.

            Ante ello son muchos los tentados a considerar el panorama como realidad definitiva: así parece mostrárnoslo Heráclito, llamado el “Oscuro”, cuya es la afirmación de que “la guerra es la madre de todas las cosas”, que, en fatal, gigantesca y agitada rueda, se ajustan a un ciclo de 10.800 años (nadie ha explicado aun por qué esa cifra): parece como si pretendiera demostrar que, hágase lo que se haga, cuanto existe terminará volviendo a empezar después de haber bañado en sangre un largo período de historia.

            En la historia de los círculos intelectuales siempre han existido posiciones encontradas. No es, pues, de extrañar que el “evolucionismo circular” y extremismo derrotista de un Heráclito (resucitado por Hegel y sus discípulos) encontrara el polo opuesto en un Parménides, para quien la realidad está sumida en una especie de nirvana ocupada por un ser inmutable a cuyo conocimiento solamente pueden acceder privilegiados como Parménides... el resto, sumidos en crasa ignorancia, habrá de contentarse con las simples apariencias. Desde esa posición, resultará que la realidad total será lo que determina el sabio (“Lo mismo es el pensamiento que aquello que pensamos”). Sin duda que es una forma de discurrir exageradamente racionalista, pero de un peculiar matiz que le libera del rígido anclaje al yo cual será el caso de eso que llamamos idealismo subjetivo.

            Al margen de no pocas pedanterías y errores, en que tan fácilmente incurren los intelectuales de profesión, a estos primeros representantes de la cultura mediterránea les cabe el mérito de abrir brecha en lo que podrá ser una fértil reflexión, en que tome carta de naturaleza una más certera aproximación a la realidad.

            Tanto mejor si ello nos viene desde un paciente y desapasionado estudio de las cosas, de los hombres y de cuanto ocurre en ellos y entre ellos.

            Tal fue el caso del maestro Aristóteles quien se empeñó en conciliar experiencia y razón, comprometida ésta en la aproximación a la Realidad desde un NATURAL PRINCIPIO DE INTUICIÓN.

            Con su “Liceo” Aristóteles se esforzó por salir del atasco en que se debatía la “Academia” de su antiguo maestro, Platón. Frente a la cantada autonomía de las Ideas, Aristóteles responderá pero grullescamente: “No se puede pensar sin comer”. Cantó la libertad del hombre frente al gregarismo de su maestro. Simultaneó la reflexión sobre las serias preocupaciones de los hombres con el estudio de las ciencias naturales.

            Es así y a pesar de la palmaria ausencia de unos medios imposibles en la época, apuntó la cuasi certeza de la evolución animal, la estrecha relación entre el alma y el cuerpo, la necesidad de una primera Fuente de Energía, capaz de animar el proceso de “humanización” de la Realidad.

            Por otra parte y como no era para menos desde la pagana visión del hombre, Aristóteles consideró a la esclavitud como una imposición de la infraestructura económica y, en razón de ello, llegó a decir que algunos hombres eran “naturalmente” esclavos: si la Naturaleza gusta de facilitar sus frutos a partir de un duro y continuo trabajo, si las necesidades ordinarias requieren una especie de mecánica dedicación... las correspondientes tareas no pueden ser desarrolladas más que por aquellas personas en que predomina el afán de supervivencia sobre el afán de reflexión. Tal situación es inevitable hasta tanto “las lanzaderas y otras herramientas se muevan por sí solas”.

            Legó Aristóteles a su entorno mediterráneo su preocupación por casar hombre y naturaleza, por hacer depender al pensamiento de lo que entra por los sentidos, por apuntar a una Realidad en la que Todos dependen de Todo, por identificar lo sabio con el mayor conocimiento posible de la realidad desde lo natural hasta lo político pasando por lo fisiológico y técnico.

            Es Aristóteles un personaje comprometido con el estudio de las cosas, las cuales, mediante la capacidad reflexiva del ser humano, pueden convertirse en ideas; nunca al revés, como fuera el caso de Parménides o Platón.

            Por demás, dedica especial simpatía a cuanto pueda facilitar la armonía entre los hombres y de éstos con todo el Universo espiritual y material.

            En paralelo con ese afán por encontrar sentido trascendente a todo lo natural y humano, se desarrollan los afanes imperialistas de Alejandro (díscolo discípulo de Aristóteles) y de los Diadocos con la trágica secuela de ruinas, atropellos y muertes.

            Es cuando los más reflexivos de los hombres tratan de encontrar el sentido de la propia vida dentro de sí mismos, lo que les lleva a preocuparse por lo que se llamará ciencia del comportamiento o ética.

            Ahí también se dan posiciones encontradas: la de los epicúreos (de Epicuro de Samos) y la de los estoicos (de la “estoa” o pórtico ateniense decorado por Polignoto).

            Los primeros, desde una concepción del mundo ramplonamente materialista, basan la realización personal en perseguir el placer de los sentidos; sus obligaciones sociales se reducían al buen parecer, según el patrón que marcó el propio Epicuro, personaje cultivado, de suave trato y amigo de sus amigos; incondicional devoto suyo fue Lucrecio Caro (96-55 a.C.), el más celebrado panegirista del buen vivir de la dorada época romana en que seguirían su doctrina y ejemplo la “beautiful people” de la época con Augusto, Virgilio, Horacio, Mecenas... como principales mentores. Es su religión estrictamente formal y las divinidades opulentos rentistas, que viven para sí sin la mínima preocupación por lo que ocurre en el mundo de los humanos en donde el más sabio es aquel que “acierta a vivir como un dios”.

            Para los estoicos, en cambio, que cultivan una serena religiosidad y el dominio de las pasiones, el auténtico saber no es, ni más ni menos, que la ciencia de las cosas divinas y humanas. En sus creencias van más allá de la cosmogonía oficial y adoran a un dios “por el cual tiene el todo su existencia viva; es santo, inabarcable, jamás nacido, jamás muerto...”).

            El moderno evolucionismo encuentra en la estoa un precedente: son las llamadas “rationes seminales”, ínfimas porciones de materia, que están en el principio y origen de todas las cosas para confluir en el Todo puesto que “Zeus crece hasta consumar de nuevo en sí todas las cosas”.

            Según ello, el hombre sería de “linaje divino” y estaría comprometido en la inacabada obra de la Creación. Esta perspectiva de la Estoa es celebrada por el propio San Pablo: “Por que así han dicho algunos de vuestros poetas, que somos de su linaje”, dice el Apóstol en Act. 17,28. Es más, no tiene reparo en identificar al Dios Eterno de los cristianos con el Dios Desconocido al que habían erigido los griegos un altar cave al Areópago.

            Frente al epicureismo dominante, el estoicismo se declaró abiertamente beligerante. Su más cruda batalla tuvo lugar en Roma en que fue recibida calurosamente por los personajes reputados como más ascéticos al estilo de Escipión el Africano y el pontífice Mucio Escévola. Es el estoicismo la doctrina que inspira la trayectoria intelectual del gran Cicerón y de nuestro Séneca.

            Lucio Anneo Séneca pasa por ser el más ilustre representante español de esta escuela y, probablemente, el más grande de los sabios de la Roma Imperial.

            Para Séneca sabio es el que sabe conducir su vida conforme a razón. Su filosofía o forma de pensar es esencialmente práctica: es una forma de vida más que un método de especulación teórica. Crítico de la corrompida corte de los sucesivos emperadores Calígula, Claudio y Nerón, sufrió enconadas represalias hasta ser condenado a abrirse las venas por parte del último, de quien había sido preceptor.

            Para Séneca vivir conforme a razón es tanto una exigencia de la propia naturaleza como la mayor prueba de heroísmo (“El fuego prueba al oro; las vicisitudes de la vida a los hombres fuertes”).

            En el centro de la Naturaleza (“Corazón de la Materia”, dirá Teilhard) coloca a mismo Dios: “¿Qué otra cosa es la naturaleza sino Dios y la razón divina inserta en todo el mundo y en cada una de sus partes? ni se da la naturaleza sin Dios ni Dios sin la naturaleza...”

            Las limitaciones de Séneca son las limitaciones de todo el que percibe en sí mismo el hueco de Dios y no ha percibido aun su cercanía por la gracia de Jesucristo.

            Porque no es verdad que Séneca llegara a conocer a San Pablo, quien, sin duda, le habría hablado de Jesucristo, de Quien no encontramos ninguna referencia en la obra de Séneca, le habría mostrado las diferencias esenciales entre Dios y sus criaturas y, también, nuevas posibilidades de una mayor libertad en un día a día proyectado hacia los demás.

            Pero, a pesar de su carácter de pensador pagano, Séneca fue aceptado como maestro de moral por no pocos ascetas y religiosos, hasta llegar algunos a considerarle algo así como uno de los primeros padres de la Iglesia.

            Desde ese punto de vista, alecciona el hecho de que, muy al contrario de lo que ha ocurrido con otras viejos sistemas de la antigüedad, la doctrina personificada por Séneca, el estoicismo, se desvaneciese progresivamente ante la crecida presencia del Cristianismo, tal como si el papel histórico que le hubiera correspondido fuera el de precursor y los valores que defendía fueran humilde sucedáneo de los ratificados por Jesucristo.

            Sí que, a pleno derecho, habrá de ser considerado padre de la Iglesia otro español, Isidoro de Sevilla (560- 636), para quien Dios es el eje de toda preocupación científica y la piedra angular del edificio de todo acontecer humano.

            Auténtica enciclopedia viviente, puso de actualidad a Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca... a la par que abrió los caminos del Evangelio a los poderosos de la Época, siempre con directa proyección sobre el acontecer del día a día, la directa realidad que espera la impronta del convertido para resultar más benévola con el hombre. Por lo mismo huye de las zarandajas de la especulación estéril y se centra en las aplicaciones positivas de la ciencia de su tiempo.

            Desde ahí parecen ya definidas las líneas básicas de la llamada Civilización Occidental en la que tanta fuerza ha tenido y tiene el paso por la Historia del Hijo de Dios: Objetiva visión de las cosas, Fe, Tradición y Reflexión.

VII. CRISTO Y LOS CRISTIANOS

            ANTES que sucediera ya estaba escrito: “Serán benditas en Ti todas las familias de la Tierra” (Gen.12-3). “Fue suyo el señorío de la Gloria y del Imperio; todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio es eterno, que no acabará nunca y su Imperio, imperio que nunca desaparecerá” (Dan.7-14).

            “Belén de Efrata, pequeño para ser contado entre las familias de Judá, de ti saldrá quien señoreará de Israel y se afirmará con la fortaleza de Yavé... Habrá seguridad porque su prestigio se extenderá hasta los confines de la Tierra” (Miq. 5,2)

            “Brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago sobre el que reposará el espíritu de Yavé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yavé... No juzgará por vista de ojos ni argüirá por lo que oye, sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la Tierra” (Is. 11,1-5).

            “Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la Paz” (Is. 9-6).

            Son innumerables las citas que, en el Libro, hablan de la “próxima” Venida.

            Nació en Belén, ya nos dice la Historia, durante la llamada Pax Augusta, y “fue condenado a muerte por Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio”. Tácito, historiador romano del siglo II) da fe ello y lo hacen otros escritores de la época, como Luciano,  que se refiere al “sofista crucificado empeñado en demostrar que todos los hombres son iguales y hermanos”. Pero sobre todo... está el testimonio de cuantos lo conocieron, pudieron decir “Todo lo hizo bien” y comprobaron su Resurrección. A muchos de ellos tal testimonio les costó la vida..

            Claro que su prestigio ha llegado ya hasta los confines de la Tierra. Y todo lo hizo bien por que, efectivamente, sobre El reposa el Espíritu de Sabiduría y de Inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Dios. No se guía por las apariencias, sabe leer en el fondo de los corazones y, por lo tanto, juzga en justicia a todos los hombres.

            Y sigue vivo entre nosotros como puente y testigo entre la Eternidad y el Tiempo, como luz que rompe los dominios de la oscuridad absoluta. Algo así han sentido y sienten, sentimos, los creyentes: ante un cuadro de Holbein representando a Cristo yacente, lívido y con signos de próxima descomposición, la sensibilidad de Dostoyeski estalló en rebeldía: si la putrefacción sugerida por el cuadro es prueba de aniquilamiento de la carne, Jesús de Nazareth, pudriéndose, deja de ser Cristo, deja de ser carne, deja de ser hombre... y no puede ser Dios si resultó incapaz de dominar a la muerte (“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra Fe”, diría San Pablo).

            Es conocida la tormentosa crisis espiritual del genial escritor ruso hasta que, en el confinamiento de Siberia y tras la paciente y repetida lectura del Nuevo Testamento, reencontró la genuina Personalidad de Hombre-Dios al que necesitaba como asidero y punto de referencia para su trayectoria vital: ve a Cristo muy próximo, pegado a sí mismo, y, al mismo tiempo, infinitamente por encima de todo lo humanamente concebible. Encuentra en El al Ser capaz de dar total sentido a la vida de sus amigos tanto que, cuando le hablan de que todo puede ser un mito, responde: “Si alguien me demostrase que la historia de Cristo no es verdad, me aferraría a la mentira para estar con Cristo”.

            Son muchos los que, como Dostoyeski, descubren la apabullante lógica de perderse en Cristo para lograr la culminación de la propia personalidad, que ha de ser siempre a través de la proyección social de las propias facultades, a través de la acción en equipo para “amorizar” la Tierra.

            En la vida terrena, Jesús de Nazareth situó al hombre en su real dimensión; mostró y demostró que el hombre, por vocación natural, no es un acaparador o animal que defiende su “espacio vital” en razón de los límites de su imaginación, al amparo de su fuerza o poder y en lucha continua con sus congéneres; tampoco es el hombre un ser obligado a derrochar las energías de su pensamiento perdiéndose por lo insustancial o simplemente imaginado.

            Según el testimonio de Cristo, tiene el Hombre una vocación a la que consagrar todas sus energías, tiene una historia exclusiva que forjar, una trascendencia que asegurar, una específica función social que cumplir en el espacio y en el tiempo... Es decir, la trayectoria vital de cada hombre debe resultar un bien social o, para hablar en el lenguaje de los tiempos, un eslabón de progreso.

            Por que es Dios, Cristo trajo con El a la Historia bastante más que ese apunte de realismo: desde que Cristo vivió, murió y resucitó, los hombres contamos con la PRESENCIA HISTÓRICA DE LA GRACIA. Es la Gracia una real proyección del favor de Dios, un valioso alimento que desvanece angustias y da energías para mantener con tenacidad una actitud de continua laboriosidad, de fortaleza, de Amor y de Fe.

            Por la Presencia Histórica de la Gracia y con el Trabajo Enamorado que nace del COMPROMISO por seguir los pasos de Cristo, se abre el camino a la más fecunda proyección social de las propias facultades.

            Coeterno con el Padre, nació de mujer y, con este natural acto, su normal pertenencia a la sociedad de la época, de cuyos problemas se hizo partícipe, su apasionada práctica del Bien y una Muerte absolutamente inmerecida pero ofrecida al Padre por todos los crímenes y malevolencias de la Humanidad, presentó a todos los hombres el Camino, la Verdad y la Vida en que lograr la culminación del propio ser de cada uno.

            Gracias a su Vida, Muerte y Resurrección, proyecta sobre cuanto existe la Personalidad de un Dios que se hizo Hombre.

            Desde entonces, todos podemos incorporarnos a su equipo para responder cumplidamente al apasionante desafío de “amorizar la Tierra”. Habremos de hacerlo en personal y continua expresión de Trabajo Solidario y Enamorado; será nuestra personal forma de colaborar en la divina tarea de culminar la Evolución, de participar en la obra de la Creación en marcha.

            Con sencillez y constancia porque...”Los buenos cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. No habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás..., sino que, habitando ciudades de cualquier punto, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente...

            “Para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo”

            “El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen lo mismo que los buenos cristianos aman también a los que les odian.

            El alma está encerrada en el cuerpo al que mantiene vivo; del mismo modo, los buenos cristianos están detenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo”.

            Son párrafos (tomados del Discurso a Diogneto) redactados por un predicador anónimo del siglo II. Siguen de actualidad ¿verdad? como lo sigue su inspiración fundamental: “Sois la sal de la Tierra, sois la luz del Mundo” y “puesto que sois la luz del Mundo... si no se puede ocultar la ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín sino sobre un candelero para que alumbre a cuantos hay en la casa, vuestra luz ha de iluminar a los hombres” (Mt. 5, 13-16).

VIII. LOS CRISTIANOS Y EL DERECHO DE PROPIEDAD

            MEOLLO de la actividad económica, es el llamado DERECHO DE PROPIEDAD.

            De tal pretendido derecho ya encontramos los españoles una definición “jurídica” en las célebres PARTIDAS del cristiano rey Alfonso X: es el “poder que home ha en su cosa de face della e en ella lo que quisiere segund Dios e segund fuero”.

            Si en el término “segund Dios” se ve una clara referencia a la moral natural o ley de Dios, no así en el código inspirador de toda la jurisprudencia actual; se trata del Código Napoleón cuyo artículo 544 dictamina: “La propiedad es el derecho de gozar y de disponer de las cosas de la manera más absoluta dentro de los límites que marquen las leyes o reglamentos”. Algo así ya se decía en el viejo Código Romano que ve en la Propiedad el “ius utendi atque abutendi re sua quatenus iuris ratio patitur” (es el derecho de usar y de abusar de lo propio hasta el límite que marca la ley).

            Sin el claro matiz recordado oportunamente por el Rey Sabio y dadas las abundantes situaciones no previstas por la ley, es evidente que el Derecho de Propiedad ha resultado y resulta un autorizado sistema de acaparamiento.

            Ello debe preocupar a cuantos creen, creemos, en la necesidad de que cada hombre disponga de lo necesario para cumplir el fin que le es propio: desarrollar sus facultades personales en Libertad, Trabajo y Generosidad. En esa línea se han movido los promotores de la enseñanza cristiana:

            “Si la Naturaleza ha creado el derecho a la propiedad común, es la violencia la que ha creado el derecho a la propiedad privada”. Tal enseñaba San Ambrosio, Arzobispo de Milán.

            “Los propietarios, dice San Agustín, deben tener en cuenta que han sido la iniquidad humana, sucesivos atropellos y miserias... lo que ha privado a los pobres de los bienes que Dios ha concedido a todos. En consecuencia, se han de convertir en proveedores de los menos favorecidos”.

            Estos llamados Padres de la Iglesia, promotores de la enseñanza cristiana, encontraron ilustrativas referencias al tema en el Libro Sagrado, cuyas son las siguientes categóricas precisiones:

            “Yavé vendrá a juicio contra los ancianos y los jefes de su pueblo porque habéis devorado la viña y los despojos del pobre llenan vuestras casas. Porque habéis aplastado a mi Pueblo y habéis machacado el rostro de los pobres, dice el Señor” (Is. 3,14)

            “¡Ay de los que añaden casas a casas, de los que juntan campos y campos hasta acabar el término, siendo los únicos propietarios en medio de la tierra!” (Is. 5,8)

            “Ved como se tienden en marfileños divanes e, indolentes, se tumban en sus lechos. Comen corderos escogidos del rebaño y terneros criados en el establo... Gustan del vino generoso, se ungen con óleo fino y no sienten preocupación alguna por la ruina de José” (Am. 6,4)

            “Codician heredades y las roban, casas y se apoderan de ellas. Y violan el derecho del dueño y el de la casa, el del amo y el de la heredad” (Miq. 2,2).

            Es el propio Jesucristo quien ilustra el tema con la siguiente parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras le dieron una gran cosecha. Comenzó él a pensar dentro de sí diciendo: ¿Qué haré pues no tengo en donde encerrar mis cosechas? Ya sé lo que voy a hacer: demoleré mis graneros y los haré más grandes, almacenaré en ellos todo mi grano y mis bienes y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes almacenados para muchos años: descansa, come, bebe, regálate... Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te pedirán el alma y todo lo que has acaparado ¿para quien será? Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc. 12,16).

            De algunos de los ricos de su época, Jesucristo arrancó el siguiente compromiso: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres. Y, si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc. 19,8). Así se expresó Zaqueo y demostró cómo una privilegiada situación económica puede traducirse en bendición social.

            La función social del derecho de propiedad era una de las principales preocupaciones de San Pablo, quien recomendaba a sus discípulos: “A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios quien, abundantemente, nos provee de todo para que lo disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos en buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando para el futuro con que alcanzar la verdadera vida” (I Tim. 6,14).

            El rico de este mundo puede serlo sin sentirse por ello con especiales derechos sobre las personas que le rodean; por contra, existen muchos marginados por la fortuna material obsesionados por vivir del trabajo ajeno y, envidiosos hasta el paroxismo, no tienen otra preocupación que la de “atropellar a quienes les atropellan” lo que, sin duda, les aproxima a los ricos, radicalmente insolidarios, los mismos que prestan argumentos al apóstol Santiago para fulminar: “Vosotros, ricos, llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan. Vuestra riqueza está podrida. Vuestros vestidos consumidos por la polilla, vuestro oro y vuestra plata comidos por el orín. Y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestra carne como fuego. Habéis atesorado para los últimos días. El jornal de los obreros, defraudados por vosotros, clama y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la tierra, entregados a los placeres: os habéis cebado para el día de la matanza” (Sn. 5,6).