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Cristianos, burgueses y proletarios
SEGUNDA PARTE CRISTIANOS Y BURGUESES I. LO FEUDAL Y EL DINERO
ENTRE
los siglos X
y XIII,
la sociedad europea medieval es testigo de la revitalización del afán de
lucro, principio inspirador del comercio clásico.
Llamamos comercio clásico al que, sin duda, ya existió en los primeros
grandes núcleos urbanos (Babilonia, Nínive, Tiro, Sidón, Alejandría...) que
implicaba una cierta institucionalización del beneficio en la actividad económica
cuyos factores esenciales eran una elemental libertad de iniciativa, la
profesionalización, la oficialización de las unidades de valor, las cargas
fiscales...
Se han encontrado monedas en yacimientos arqueológicos con más de
treinta siglos de antigüedad; pero, desde mucho antes y tal como se observa en
las sociedades más primitivas, ya existían convencionales valores de cambio o
trueque (cabezas de ganado, medidas de cereales, piedras o conchas raras,
minerales, sal...).
Se sabe que asirios y fenicios empleaban documentos similares a los
actuales pagarés o letras de cambio, que los templos griegos tenían el carácter
adicional de depósitos de valores, que los romanos, a medida que impusieron su
hegemonía a la mayor parte del mundo antiguo, establecieron un sistema bancario
muy similar al de los tiempos modernos...
Ese, llamémosle comercio clásico, fue herido de muerte en Europa a raíz
de los radicales cambios sociales producidos por las invasiones bárbaras. Tras
la “feudalización” de territorios y el forzado repliegue sobre sí mismas,
las sociedades hubieron de atenerse a la explotación y distribución de sus
propios recursos según la pauta que marcaba la implacable jerarquía de
fuerzas.
Era aquella una economía fundamentalmente agraria que se apoyaba en la
“necesidad de compensación” entre lo que falta o sobra a cada familia, clan
o grupo social en un clima de mutuo entendimiento más o menos forzado por un
lado u otro y a merced de los fenómenos naturales.
Cobra allí cierto arraigo una doctrina que se llamó de la “justicia
conmutativa” que decía apoyarse en la obligación de dar el equivalente
exacto de lo que se recibe (lo que, obviamente, requería una previa y difícil
evaluación de uno y otro bien). En tal situación se comprende la fuerza que
había de tener la doctrina católica como “único experimentado criterio de
referencia”. Gracias a ello, cobraban consideración social conceptos como
“justo precio”, “justo salario”, “protección”, “vasallaje”,
“trabajo”, “compensación”...
La continua predicación y el buen corazón, moneda no muy abundante,
eran los principales factores de equilibrio. Por eso, en los frecuentes periodos
de extrema escasez, los pobres se hacían más pobres mientras que los poderosos
podían impunemente ejercer el acaparamiento y, por lo mismo, hacerse aun más
ricos.
Moralistas había que preconizaban como primer valor el equilibrio social
lo que, obviamente y con harta frecuencia, era utilizado por los situados en los
resortes del poder como medio de consagrar privilegios.
En situaciones como la feudal, en que las mutuas dependencias están rígidamente
reglamentadas, la libertad de iniciativa no puede discurrir más que por caminos
de magnanimidad, devoción, paciencia..., virtudes, por desgracia, harto
escasas.
Aunque decían bien los maestros de entonces que condicionaban la
“realización personal” al ejerció de la responsabilidad social (“la
libertad de un hombre se mide por su grado de participación en el bien común”,
dejó escrito Santo Tomás de Aquino), había de ser ésta una responsabilidad
social en todas las direcciones y a partir de la superación de multitud de egoísmos.
Por el contrario, era una responsabilidad social canalizada por los poderosos de
abajo arriba, con soporte principal en la sumisión. Lógicamente, ello
neutralizaba el potencial personal de sus súbditos a la par que hacía
imposible otra libertad de iniciativa que no fuese la suya propia.
El nunca muerto afán de lucro, que, no nos engañemos y ante la escasa
positiva solidaridad entre los hombres, resulta respetable como “revulsivo
social” se expresaba en un comercio semiclandestino y ramplón, de vecino a
vecino, sin apreciable proyección exterior y siempre traumatizado por la
inseguridad ambiental.
En tales circunstancias era lógico que las mentes más “a la page”,
en función de la llamada de las respectivas conciencias, se dedicaran a la
doctrina o a la guerra: no había grandes oportunidades para buscar el realce
personal en el industrioso tratamiento de los problemas de abundancia y escasez.
Para la reactualización del comercio clásico era preciso, a la par que una
mayor liberalización de actitudes, una real “destraumatización” de la vida
de cada día. En la sociedad feudal europea tal empezó a ser posible en la
segunda mitad del siglo X.
Ya los sarracenos habían sido empujados hacia más acá del Ebro, los
normandos se habían estabilizado en el noroeste de Francia, los húngaros, ya
medianamente civilizados, habían dejado de hostigar la frontera oriental del
Imperio...: gracias a tales substanciales cambios, se vivía una especie de tímida
“pax europea” tutelada por los otónidas, en la ocasión titulares del
Imperio.
Ya es posible romper el estricto marco de un feudo y recorrer
considerables distancias sin tropezar con el invasor de turno o con hordas de
criminales.
Es cuando aparece en Europa central un tipo de hombre que, en principio,
despierta la conmiseración pública: en contraposición a la segura comodidad
que ofrece la rutina diaria, este trotamundos, cargado como una tortuga, está
obligado a circular de un dominio a otro, sorteando dificultades de
entendimiento, sufriendo al raso las inclemencias del tiempo, los eventuales
asaltos en los caminos, las arbitrariedades de los poderosos... las ingratitudes
de todos.
Pero, pronto, ese trotamundos, que es el primitivo mercader medieval,
sabe hacer imprescindibles sus servicios y, en contrapartida, exige mayor
libertad y seguridad en sus desplazamientos, construir en lugares convenientes a
su negocio reductos fortificados (“burgos”), expeditivos medios legales para
resolver los posibles litigios resultantes de sus operaciones, acceso a la
administración pública...
Fueron principales centros comerciales de la Europa medieval las ciudades
flamencas que bordeaban los grandes ríos. Y, también, Venecia, Milán, Pisa o
Génova en Italia; Marsella, Nantes, Orleáns o París en Francia; Barcelona en
España...
Este tal comercio no era propiamente capitalista: seguía aun privando
oficialmente la consigna escolástica de que “las restricciones impuestas a la
libertad de cada uno constituyan la garantía de la independencia económica de
todos”. Al tiempo que se permitían plus-valías, “se perseguía
implacablemente el fraude, se protegía al trabajador reglamentando su trabajo y
su salario, velando por su higiene y seguridad, facilitando su especialización
y persiguiendo la explotación de la mujer y del niño” (Pirenne).
Parece evidente que, en aquel entonces, el pragmatismo de los mentores de
la legalidad (eclesiásticos, en su mayoría), iba orientado a “proyectar
socialmente” las iniciativas personales que despierta el afán de lucro.
La historiadora francesa Regine Pernoud ve en tal época “el esfuerzo
de adaptación más notable y mejor coronado por el éxito de que la Historia
puede darnos ejemplo”.
Por nuestra parte, nos gusta creer que, en un ambiente de renacida
libertad y con la mira puesta en los dictados de la conciencia, aquello fue un
positivo ejercicio de responsabilidad social por parte de unos profesionales que
supieron domesticar al afán de lucro con la doble consecuencia de optimizar sus
específicas facultades y aportar nuevos canales para el Progreso Social. II. LA REVOLUCIÓN BURGUESA
PRONTO
el comercio interfeudal amplió horizontes y se hizo internacional: organizadas
caravanas cruzaban Europa de Norte a Sur y de Este a Oeste; barcos a remo o a
vela seguían el curso de los ríos o abrían nuevas rutas marítimas, en muchos
casos coincidentes con expediciones de guerra.
La organización y equipamiento de caravanas, el fletaje de barcos, la
creación y mantenimiento de centros de aprovisionamiento y distribución...
requería más amplios recursos que los del mercader itinerante particular.
Surge la necesidad de operaciones de crédito a que se aplican los primeros
“banqueros”, judíos en principio; florentinos, lombardos, venecianos o
flamencos más tarde...
No hay crédito sin interés. Por eso y a tenor de los nuevos requerimientos
sociales, la Iglesia revisó un viejo criterio suyo que podía apoyarse en la lógica
de la “economía de circuito cerrado” en que es imperativo moral el no
capitalizar la miseria ajena pero que ya le venía estrecho a la nueva situación
de amplios horizontes comerciales: el tal viejo criterio consistía en
identificar a la usura con el interés.
Ya admite la Doctrina la posibilidad de una garantía de continuidad para
el dinero prestado de forma que se asegure el concurso de los capitales
necesarios al mantenimiento de las empresas comerciales, cuya conveniencia
social queda patente en cuanto favorecen la agilidad y oportunidad en la
distribución de los bienes materiales.
Claro que, con harta frecuencia, faltó disciplina en la previsión de
forma que no pocos “moralistas” iban a remolque de los acontecimientos. De
ahí el que, en múltiples casos, la interesada iniciativa de los comerciantes y
banqueros colmara el vacío doctrinal que, ya tarde o inoportunamente, algunos
obispos se creían obligados a condenar.
Obviamente, ello llevaba a despertar rebeldías o exacerbar voluntades
con eco social tanto más amplio cuanto más acusada era la incidencia del
problema o de la traumática solución. Así se daba pie para los desvíos y
exageraciones, de que es un ejemplo el fenómeno cátaro: los cátaros (o puros)
sacralizaban hasta lo inverosímil la continencia mientras que en el
incontrolado afán de lucro veían el más noble de los impulsos humanos.
Son los ricos comerciantes y nuevos banqueros los más preocupados porque
la letra de la Doctrina no sea interpretada de forma contraria a sus intereses.
Para canalizarla según sus afanes, adulan a señores y alto clero, promueven la
pompa y vistosidad en las ceremonias religiosas, edifican templos, dicen velar
por la “educación moral” de sus hijos, se aficionan a la Teología... al
tiempo que confunden a la Providencia con una especie de ángel tutelar de su
fortuna, que distraen con limosnas las exigencias de justicia, que someten a la
medida de su conveniencia respetabilísimos preceptos. Pero, sobre
todo, aspiran a identificarse con los poderes establecidos.
Paso a paso, persistente y pacientemente, los burgos en que se asientan
comerciantes y banqueros (unos y otros reconocidos como burgueses) se convierten
en centros de poder político, tanto por su privilegiada situación de
proveedores de nuevos lujos y comodidades para reyes y nobles como por su
natural tendencia a comercializar todo lo imaginable pasando por la “categoría
mercantil” más apreciada en aquel tiempo: puestos de relieve en la
Administración Pública.
En los primeros tiempos del desarrollo del comercio, privaba el criterio
de que, por encima de las “artes pecuniativae”, u oficios de comercio y
banca, debían estar situadas las “artes posesivae”, o trabajos y oficios
directamente relacionados con la producción (responsabilidad de labradores y
artesanos). Fue obsesión de la Burguesía alterar tal orden de apreciación
hasta lograr que el comerciante o banquero sea aceptado como lo que se llamó un
“príncipe mercader”. Para llegar a ello se empeñan en monopolizar la función
fiscal y, a partir de ahí, ajustar las leyes económicas a su medida.
En algunas ciudades e, incluso, estados para los nuevos príncipes mercaderes
fue relativamente fácil responsabilizarse de la fiscalidad: para cubrir los créditos
que han otorgado a los titulares del poder político solicitan y, en ocasiones,
obtienen la patente en el establecimiento y recaudación de impuestos. Hay
ejemplos de descarada aplicación del “espíritu de clase” como la que
impuso en París el preboste de los mercaderes, Etien Marcel: la base de su
fiscalidad fue un impuesto sobre la renta en razón inversa al grado de fortuna
(justo lo contrario de lo que es actualmente y que, lógicamente, debería haber
sido entonces): “aquellos cuya renta no llegue a 10 libras anuales pagarán el
10 por ciento; los que gocen de una renta superior a diez libras pero no lleguen
a las mil solamente pagarán el 2,2 por ciento; no pagarán nada los que superen
las mil libras en renta anual siempre que no sean miembros de la nobleza, en
cuyo caso habrán de superar las cinco mil libras para estar exentos de
cualquier fiscalidad” (Citado por R. Pernoud).
Es justamente en Francia en donde fructificarán los primeros juristas
burgueses. Encontrarán la más propicia de las ocasiones bajo el reinado de
Felipe IV
que
otorgó a los abogados burgueses el título de “caballero
en leyes”.
A la recíproca, los “caballeros en leyes” consagran como categoría suprema
en la escala de valores el culto al Estado, al tiempo que formulan la necesidad
de que todo precepto moral esté supeditado a la razón de estado o ley del más
fuerte. No hay para ellos poder espiritual distinto del que emana de la nueva
concepción del Estado, el cual está facultado, incluso, para reglamentar los
actos de culto, considerar a los clérigos de distintas categorías como
funcionarios propios, imponerles el contenido de sus homilías... Tal se expresa
en documentos de la época como el titulado “Diálogo entre un clérigo y un
caballero” cuyo es el siguiente pasaje: “Poned freno a vuestra lengua, señor
clérigo, y reconoced que el Rey está por encima de todas vuestras leyes,
costumbres y libertades. Reconoced que tiene derecho a añadir y quitar cuanto
le plazca en el momento que lo considere justo y razonable. Cuando constatéis
que una parte de vuestra doctrina ha sido modificada porque así lo exige la
protección del Reino, aceptadlo como así os lo ordena el Apóstol San Pablo en
su epístola a los Romanos: cualquiera que resiste a la autoridad resiste a la
voluntad divina”
Ese Felipe IV
de Francia, que había logrado del acomodaticio Clemente V que trasladara la
corte papal a Avignon, se jactaba de tener como vasallo al propio Vicario de
Jesucristo y sucesor de Pedro. Por demás, encuentra el respaldo de sus
“soberanas arbitrariedades” en el término “rey por la gracia de Dios”
con que le honran sus zalameros juristas. Uno de sus sucesores, Luis XI, luego de hacerse admitir como “hermano y compañero” en
la “Gran Cofradía” de los burgueses de París, les concede la exclusiva de
los cargos administrativos, en ocasiones, objeto de pública subasta, y pone
bajos sus órdenes a la Guardia Nacional cuyo cometido principal habrá de ser
el apoyo en la recaudación de impuestos. Ya será fácil que prenda en alguno
de los burgueses la idea de que son el epicentro de la historia tanto que pueden
considerarse “ricos y fuertes por la gracia de Dios”.
Iniciada en Francia, es en Italia, tierra de intereses contrapuestos
(ciudades-estado contra ciudades-estado, guelfos y gibelinos, el Papa y el
Emperador), de los “condottieri” que luchan por el dinero del mejor postor,
en donde más fuerza cobra la revolución burguesa con la subsiguiente
generalización de nuevos “valores”. Mientras que angevinos, aragoneses y güelfos
se disputan el dominio teórico del Centro y del Sur de Italia, el efectivo
poder se singulariza en las comunas, cuyos ciudadanos más ricos se hacen
titular señores para transformarse pronto en príncipes que encabezan sus
propias dinastía: de ello son ejemplo los Gonzaga en Mantua, los Este en Módena
y Reggio, los Montefeltro en Urbino. los Visconti en Milán, los Médicis en
Florencia..., todos ellos ejemplo de “príncipes mercaderes”. III. EL FIN Y LOS MEDIOS
YA EN nuestro mundo privan otros convencionalismos que
los propios de una sociedad guerrera y agraria otrora estructurada según una rígida
jerarquía espiritual, social y política.
Se van agotando las justificaciones sociales de aquella Nobleza con el
principal orgullo de su “pureza de sangre”, continuamente en pie de guerra,
con el soporte económico de sus tierras, hijas de su capacidad de rapiña o de
los caprichos de la historia.
Era aquella una Nobleza sentimental y cruel, hacía de su pretendida fe
un medio para que ser reconocida como adalid de su entorno. Cultivaba rencores
estériles; en las estrecheces económicas no concebía la ociosidad de sus
armas que podían proporcionarle apetecibles despojos, pretendía ser el
exclusivo soporte del orden, convertía sus fiestas en campos de batalla. En
materia de Doctrina y Moral, con demasiada frecuencia, RESPETA PERO NO HACE SUYOS
los más elementales principios del Cristianismo.
También se van desvaneciendo los asideros históricos de un Alto Clero
pegado a la aureola de respeto que despiertan el Dogma y la Tradición. Vivía
no muy consciente de los problemas sociales de su entorno; mantenía ancladas
sus inquietudes intelectuales a lo que fueron magistrales soluciones a
desaparecidos problemas, ve con recelo el nuevo diseño de la pirámide
social... para pronto incorporarse a ella sin el previo cuidado de “filtrar
valores”.
Para escándalo de los fieles, personajes muy representativos de la
Iglesia se aferran a la ciudadanía terrena con la pasión de un Julio II,
cuya vida resulta justamente lo contrario de la vida de un siervo de los siervos de
Dios.
Julio II
fue un Papa que, a tenor de su biografía, se dejó llevar por la corriente de
los tiempos: mercantilización del poder político, sed de gloria personal,
tendencia a subjetivar la Verdad...
Hay un vacío de autoridad que va cubriendo la amplia corte de los príncipes
mercaderes con su revolución cultural a cuestas.
Por lógica proyección de los nuevos condicionantes de la Cultura y del
comportamiento de los mentores de la vida social, la sociedad entera asiste a
una revolucionaria alteración de la escala de valores.
En el mundo de los príncipes mercaderes y de los mercenarios
franco-borgoñones (tal vez, más que el dinero) es la “gloria” un valor que
sacraliza el éxito en las empresas comerciales o guerreras al margen de su
escaso o nulo valor moral. Se envidia o añora una fama que ya sitúa al burgués
rico y al victorioso condottiero (sin patria ni ideal reconocido) muy por
delante del héroe que vive o muere en un pretendido generoso sacrificio por el
bien común.
Asistimos al desarrollo de un individualismo cuyo patrón es el “uomo
singulare”, rico y poderoso, en cuya conciencia priva la fuerza sobre el
derecho, la voluntad sobre la razón, los convencionalismos sobre los principios
morales...
A tenor de ello, no es de extrañar que se cultive el deporte de la
especulación abstracta, en que se alimenta la deserción irresponsabilidad
social de no pocos intelectuales.
Sin un claro ejemplo por parte de la jerarquía, para muchos cristianos
oficiales de la época, Política y Moral extienden sus raíces en los oropeles
del triunfo a cualquier precio.
Sistematizador y profeta de los nuevos tiempos es Maquiavelo cuyo ideal
del hombre es aquel que supedita todo, absolutamente todo, al triunfo
apabullante sobre el prójimo. Dice ser preferible hacerse temer que amar puesto
que “el amor, por triste condición humana, se rompe ante la consideración de
lo más útil para sí mismo; el temor, por el contrario, se apoya en el miedo
al castigo, un miedo que no nos abandona nunca”.
Interlocutor preferido de Maquiavelo es el príncipe obsesionado por
asentar su poder a cualquier precio. Para ello habrá de ser diestro en la
utilización de las capacidades de sus súbditos y manipular los vicios y
virtudes a tenor de su conveniencia: “estará siempre dispuesto a seguir el
viento de su fortuna... no se apartará del bien mientras le convenga; pero
deberá saber entrar en el mal de necesitarlo... será, a un tiempo, león y
zorra”.
Puesto que solamente entrará en la Historia si somete a sus enemigos, para
Maquiavelo, la medida de la moralidad del hombre público va en razón directa
con su capacidad para anular a sus enemigos. Todo vale si conquista el poder y
logra mantenerse en él. Los crímenes y bajezas solamente son vilipendiosos en
el derrotado.
“El fin justifica los medios” fue la máxima moral que animó toda la
doctrina política de Maquiavelo. El catecismo del éxito se llama “El Príncipe”,
se dice que libro de cabecera de personajes como Napoleón o Hitler.
Pero reglamentar la vida del ciudadano medio también fue preocupación
de Nicolás Maquiavelo: siendo la vida privada de entonces un reducto en que,
mayoritariamente, se admitía el valor normativo del Evangelio, Maquiavelo se
aplica ridiculizarla: En su otra obra célebre, “La Mandrágora”, virtudes
cristianas como la Castidad, la Fidelidad, la Buena Fe, el Ascetismo... dan paso
al capricho egoísta, al ocio, a la animalidad incondicionada, al sarcasmo, a la
irresponsabilidad... siempre que lo requieran las conveniencias del momento. Si
no es así, muy bien se puede ser virtuoso según la pauta del Evangelio.
Con su descaro, Maquiavelo, figura intelectual representativa de una época
en ebullición cultural, facilita el que sean considerados “fuera de órbita”
no pocos de los leales servidores del bien común, hombres y mujeres que dan
preferente valor al amor trascendente y fecundo, al TRABAJO
SOLIDARIO: “El Príncipe”, por lo que respecta a la política, y “La Mandrágora”, por lo que
respecta a la vida privada, han sido y son referencia de los partidarios del
triunfo y la “buena vida” a cualquier precio.
Gracias a todo ello, se multiplican las invitaciones y argumentos para, a
tenor de las circunstancias, situarnos entre dos aguas seguros de haber logrado
una oportuna conciliación entre la Moral cristiana y las viejas apetencias
paganas. Podremos sistematizar nuestra vida con ostensible respeto pero sin íntimas
fidelidades ni a la conciencia ni a la Doctrina, con disimulada dedicación a lo
animalesco y fácil, procurando siempre evitar el escándalo. Habremos así
encontrado un término medio entre la vida ordenada y el hedonismo, entre el
cultivo de las prácticas religiosas y la ignorancia de los derechos del prójimo,
entre el compromiso en la Fe y la afición a las corrientes demoledoras del
moderno paganismo.
¿Por ventura es ridículo aceptar nuestra igualdad substancial con el
otro, cuyos derechos se extienden hasta la fecunda aplicación de mis facultades
personales? ¿Es pura retórica el Hecho histórico de la Redención? IV. EL HUMANISMO DE LOS PRÍNCIPES MERCADERES
EL LLAMADO humanismo o corriente humanista ha de ser
entroncado en la paulatina secularización de las costumbres, consecuencia ésta
del desarrollo del urbanismo, de una más rigurosa y segura precisión de las
fronteras, del afianzamiento de las oligarquías, sacralización del poder político,
de la inhibición de parte del clero respecto a la enseñanza... y también de
una mayor difusión de las formas y modos de entender una cultura más pegada a
las vulgaridades del día a día, fenómeno considerablemente facilitado por la
invención de la Imprenta (Gutemberg-1450), que, salvando las distancias,
anticipa el fenómeno desarrollado por cierta televisión actual. Es difícil
situar en el tiempo los comienzos del tal Humanismo. Lo que si resulta evidente
es que cobra decisivo auge en Italia en estrecha concordancia con las
aspiraciones de la poderosa burguesía que ya había asumido el gobierno de la
mayoría de los principados y repúblicas y asume el mecenazgo del
“renacimiento” de lo “clásico”.
Se le llama Humanismo porque presenta lo universal centrado en el Hombre
al que considera “microcosmos o quinta esencia del Universo”. Es éste un
hombre que, progresivamente desligado de las trabas dogmáticas, con prisa y
ostensible frivolidad, convierte sus viejas fidelidades en simples figuras retóricas.
El Humanismo, en su ordinaria acepción, fue más una “aspiración estética”
que una genuina corriente de renovación ideológica: cultivaba apasionadamente
el supuesto de que el hombre se hace tanto más libre y más fuerte cuanto más
se abre al saber decir, al saber estar, al saber apreciar.
Al genuino “humanista” le interesa menos lo que escucha o dice que la
forma de escucharlo o decirlo: remedando a Platón, podría decirse de sus
grandilocuentes discursos sobre lo grande y lo bello no pasan de “atractivos
laberintos vacíos de todo concepto claro y de toda intención ética”. Para
muchos de los “humanistas” vale cualquier idea siempre que sea presentada en
el marco de un impecable estilo.
Personaje representativo de la época es Pico de la Mirandola (muerto en
1494 a los 31 años). Educado en la nueva “Academia” de Florencia, se revela
pronto como un prodigio de erudición con asombrosa capacidad para compaginar
las teorías más encontradas, expresadas en un musical lenguaje muy al gusto de
la época. En 900 tesis presentó su idea del “hombre infinito” al que
otorga la capacidad de renovarse si se sumerge en un fantástico crisol en que,
continuamente, se produce la síntesis de la religión con lo más bello legado
por el espíritu griego y la Roma imperial.
Claramente inclinado por lo más vacío de contenido moral, resalta al tipo
griego como a la más elocuente expresión de lo humano y apenas disimula su
intención de introducir en el martirologio romano a los dioses y héroes de la
antigüedad.
Al amparo del mecenazgo de no pocos oligarcas “ilustrados”, la fiebre
de esteticismo se contagió a los intelectuales más influyentes en las repúblicas
italianas de la época: Ficino, Besarión, Lorenzo Valla, Rodolfo Agrícola...
son ejemplos del llamado humanismo renacentista. Todos ellos conceden a la
religión respeto pero, también, cierto nivel de inferioridad respecto a la
ocasión que se les brinda de aplaudir y cultivar cualquier expresión de
“belleza tangible”, de canalizar los vuelos de la inteligencia humana hacia
el mundo de las ideas en que pierden fuerza los antiguos preceptos morales.
Aparentemente, el hombre resulta ennoblecido... Pero no es ésa la
realidad: si era bueno romper con un orden nacido de la “jerarquía de
sangre” y archivar anquilosados valores de una sociedad cerrada sobre sí
misma y, por ello, sometida a la rutina y a los caprichos de una endiosada
autoridad... ello había de hacerse en una rigurosa línea de respeto a la
Realidad cuyo centro de referencia, lo sabemos bien, es la personal aportación
que corresponde a cada hombre en la tarea común de amorizar la tierra.
Vemos que no era realmente así: que los afanes de los personajes más
celebrados eran regidos por simple afán de ser aplaudido o de responder a los
requerimientos del propio vientre.
De ahí el que encajen diversas expresiones de materialismo en una buena
parte del humanismo renacentista; de ahí el que, frecuentemente, se confunda al
humanismo con el halago la tiranía de príncipes y condottieri, con un
artificial retorno al “clasicismo” abúlico y egoísta...
Hecha tal matización, hemos de reconocer que, en torno al 1500, vive
Europa una fresca reapertura a lo bello y a lo sublime según el impulso de no
desdeñar lo más valioso del Mundo y desde la óptica de abrir nuevos caminos a
la libertad... Ello es evidente aunque sus propios protagonistas no pretendieran
más que servir a sus fines particulares.
Sin la corriente humanista no es fácil imaginarse los subsiguientes
descubrimientos científicos, nuevas herramientas de que podrá disponer el
hombre deseoso de justificar su existencia en eso que hemos llamado AMO
RIZAR LA TIERRA.
De todas las repúblicas italianas es Florencia el principal foco de la
corriente humanista. Era Florencia una “patriarcal” oligarquía que se
presentaba como heredera de la antigua Roma, ahora moderna, próspera y pletórica
de ciudadanos libres y felices según un mismo espíritu, el espíritu de la
burguesía o de una bien sincronizada y epicúrea forma de vivir. Así lo
entienden sus próceres y los profesionales del halago: como ejemplo podemos
sacar a colación a un tal Coluccio Salutati, un apologista de la tiranía que
presume de no perdonar a Cicerón sus “veleidades populistas”.
La etapa más celebrada de la historia de Florencia está representada
por los Medicis, clásico ejemplo de éxito burgués, “príncipes
mercaderes” con fortuna suficiente para permitirse todos los caprichos
personales, entre los cuales colocaron el mecenazgo o promoción de las artes en
torno a su “Academia”.
En la “Academia” había de todo: desde un rebuscado y torpe snobismo en que
cualquier espontáneo, en pésimo latín, podía presentar a Cicerón como
maestro de Aristóteles (nacido cuatro siglos antes) como soberbios artistas tal
que Donatello, Alberti, Piero de la Francesca...
La corriente florentina se hizo enseguida italiana (los papas de la época
ayudarían decisivamente a ello) y, muy pronto, invadió triunfalmente Europa,
cuyas oligarquías se dejaron prendar por “las artes y las ciencias no odias y
nunca vistas”.
En paralelo y, como teoría política progresista, se desarrolla la
devoción al rico y poderoso, se paganizan las costumbres y se acentúa la
explotación de los más débiles, que han de soportar los afanes de gloria de
los mejor situados, cuyo más encendido amor es el de mantener su posición.
Evidentemente que una buena parte de los más ilustres de la época se
hicieron excepcionales más por egoísta afán de apabullar a los demás que por
abrirles nuevos caminos de progreso: aun así y en tanto que encontraron razones
para un progresivo desarrollo de su personalidad dejaron tras de sí algo muy
aprovechable socialmente.
Su obra hizo historia, representó un testimonio de capacidad humana y un
paso decisivo para el progreso material, que irá ampliando su círculo social
en sucesivos siglos. Ello resulta evidente ante la simple consideración de las
etapas que fue cubriendo el desarrollo de la Ciencia, acortamiento de las
distancias, espectaculares descubrimientos de nuevos mundos y una embrionaria
racionalización de la economía... puntos básicos de un progreso social en
cuya consecución estamos comprometidos.
Muchas de las grandezas y miserias de nuestra época tienen su precedente en el
llamado Quattrocento, que pretendió situar al Hombre como medida de todas las
cosas y exclusivo eje espiritual del Universo, pero que, también, puso de
relieve la fuerza de la libre iniciativa personal. Ya en este punto y aunque echemos en falta abundantes ejemplos de generosidad (Trabajo Solidario), habremos de reconocer como más positiva la AMBICIÓN RESPONSABILIZANTE (fuerza destacada del Humanismo Renacentista) que la crasa inhibición de tantos y tantos abúlicos representantes de épocas anteriores respecto a las exigencias del entorno social y de la Historia. V. ¿“LIBERTAD ESCLAVA” O LIBERTAD RESPONSABILIZANTE?
LA
CORRIENTE
humanística y su consecuente sensibilización en torno a los problemas de su
tiempo está formidablemente representada por Erasmo de Rotterdam, testigo y
mentor de su tiempo, crítico implacable, destructor de los viejos esquemas del
academicismo tradicional, paciente estudioso del fenómeno Hombre y del problema
Libertad.
Eran los tiempos en que Roma, con una población aproximada de 100.000
habitantes, contaba con más de 6.000 prostitutas, proporción muy superior a la
de las ciudades modernas más licenciosas.
El soberano civil de Roma era el Papa, cuya corte se distinguía por el
lujo y refinamiento, aliñados con tópicos al uso de la época (“Si grande
fue la Roma de los césares, ésta de los papas es mucho más: aquellos sólo
fueron emperadores, éstos son dioses”, fue una de las proclamas con que
regalaron a Alejandro VI,
el papa Borgia, en el día de su coronación).
El soporte de los lujos, corte, ejércitos y ostentación de poder, además
de tributos, rentas y aportaciones de los poderosos, se basaba en la venta de
cargos, favores y... también sacramentos, levantamiento de anatemas y concesión
de indulgencias. El propio Alejandro VI hacía pagar 10.000 ducados por otorgar el
capelo cardenalicio; algo parecido hizo Julio II para quien los cargos de escribiente, maestro de ceremonias... etc. eran “sinecuras”
que podían ser revendidos con importantes plusvalías.
Era este último papa el que regía los destinos de la Cristiandad cuando
Erasmo visitó Roma. Reflejó así sus impresiones: “He visto con mis propios
ojos al Papa, cabalgando a la cabeza de un ejército como si fuese César o
Pompeyo, olvidado de que Pedro conquistó el mundo sin armas ni ejércitos”.
Para Erasmo de Rotterdam tal estampa es la de una libertad desligada de
su realidad esencial y comunitaria; es el apéndice de una autoridad que vuela
tras sus caprichos, es una libertad hija de la Locura. De esa Locura que, según
Erasmo (“Elogio de la Locura”) es hija de Plutón, dios de la Indolencia y
del Placer, se ha hecho reina del Mundo y, desde su pedestal, desprecia y escupe
a cuantos le rinden culto, incluidos los teólogos de la época: “Debería
evitar a los teólogos, dice la Locura, que forman una casta orgullosa y
susceptible. Tratarán de aplastarme bajo seiscientos dogmas; me llamarán
hereje y sacarán de los arsenales los rayos que guardan para sus peores
enemigos. Sin embargo, están a mi merced; son siervos de la Locura, aunque
renieguen de ella”.
Es cuando las libertades de los hombres siguen caminos demenciales: el
Evangelio es tomado como letra sin sentido práctico, las vidas humanas
transcurren como frutos insípidos y la Muerte, ineludible maestro de ceremonias
de la zarabanda histórica, imprime la pincelada más elocuente en un panorama
aparentemente saturado de inutilidad.
Erasmo y otros muchos fieles de la época se rebelan contra esa torpe
asimilación de la Libertad. Por la Libertad sensata, responsabilizante, dicen,
cobra sentido la racionalidad del Hombre.
Se viven los excesos anejos a la ruptura de viejos corsés; con evidente
inoportunismo histórico, se pierde el sentido de la proporción. Por eso no
resulta tan fecunda como debiera la fe en la capacidad creadora del hombre
libre, cuyos límites de acción han de ceñirse a la frontera que marca el
derecho a la libertad del otro. Sucede que la nueva fe en el hombre no sigue los
cauces que marca su genuina naturaleza, la naturaleza de un ser llamado a
colaborar en la obra de la Redención, amorización de la Tierra desde un
profundo y continuo respeto a la Realidad.
Una de las expresiones de ese DESAJUSTE que, por el momento, no afecta gran cosa al
pueblo sencillo pero que es cultivado “profesionalmente”, ¿cómo no? por
los círculos académicos, tiene como protagonista esa libertad que, de hecho,
parece haber sido asumida como la única meta posible del hombre (la Libertad es
un CAMINO,
no una meta). ¿De dónde nace la Libertad?
La ya pujante ideología burguesa (indiscutible promotora de ese ambiente
de “locura”) querrá hacer ver que la libertad es una consecuencia del
poder, el cual, a su vez, es el más firme aliado de la fortuna. Pero la fortuna
no sería tal si se prodigase indiscriminadamente ni tampoco si estuviera
indefensa ante las apetencias de la mayoría; por ello ha de aliarse con la ley,
cuya función principal es la de servir al Orden establecido.
En la nueva sociedad la Libertad gozará de una clara expresión jurídica
en el reconocimiento del derecho de propiedad privativo en las sociedades
precristianas, el clásico “jus utendi, fruendi et abutendi”.
Más que derecho, será un monopolio que imprimirá pragmatismo a toda la
vida social de una época que, por caminos de utilitarismo, brillante erudición,
sofismas y aspiraciones al éxito incondicionado, juega a encontrarse a sí
misma. El pragmatismo resultante será cínico y egocentrista y con fuerza
suficiente para empañar los más nobles ideales incluido el de la libertad para
todo el mundo.
El torbellino de ideas y atropellantes razonamientos incentiva el
aventurerismo y siembra el desconcierto en no pocos espíritus inquietos de la
época, alguno de los cuales decide desligarse del “sistema” y, con mayor o
menor sinceridad, ofrecer nuevos caminos de realización personal.
Uno de esos espíritus inquietos fue Lutero, fraile agustino que se creía
(o decía creerse) elegido por Dios para descubrir a los hombres el verdadero
sentido del Cristianismo, “víctima de las divagaciones de sofistas y
papas”.
Para Lutero la Libertad es patrimonio exclusivo de un Dios que se parece
muchísimo a un poderosísimo terrateniente, que, desde su inasequible posición,
impone a los hombres su ley, ley que no será buena en sí misma, sino por que
Dios lo quiere. Así has de “creer y no razonar”... “porque la Fe es la señal
por la que conoces que Dios te ha predestinado y, hagas lo que hagas, solamente
te salvará la voluntad de Dios, cuya muestra favorable la encuentras en tu
Fe”.
Y, con referencia expresa a la libertad incondicionada de Dios y a la
radical inoperancia trascendente de la voluntad humana, Lutero establece las líneas
maestras de su propia teología: no es válida la conjunción de Dios y el
Mundo, Escrituras y Tradición, Cristo e Iglesia con Pedro a la cabeza, Fe y
Obras, Libertad y Gracia, Razón y Religión... Se ha de aceptar, proclama
Lutero una definitiva disyunción entre Dios y el Mundo, Cristo y sus
representantes históricos, Fe y Acción cristianizante sobre las cosas, Gracia
Divina y libertad humana, fidelidad a la doctrina y análisis racional...
No es ésa la posición de todos los intelectuales cristianos: Desde los
nuevos horizontes de libertad responsabilizante que, para los católicos, abría
la corriente humanista, Erasmo de Rotterdam descubrió una enorme laguna en la
predicamenta de Lutero: la encendida retórica sobre vicios y abusos del clero,
la apasionada polémica sobre bulas e indulgencias... estaba la preocupación de
servir a los afanes de ciertos príncipes alemanes en conflicto con sus colonos:
las histórica fe de los príncipes era suficiente justificación de sus
privilegios; no cabía imputarles ninguna responsabilidad sobre sus posibles
abusos y desmanes puesto que sería exclusivo de Dios la responsabilidad de lo
bueno y de lo malo en la historia.
En consecuencia, en el meollo de la doctrina de Lutero se reniega de una
“Libertad capaz de transformar las cosas que miran a la Vida Eterna”.
Así lo hace ver Erasmo con su “De libero arbitrio”, escrita en 1526
por recomendación del papa Clemente VII. Ha tomado a la Libertad como tema central de su obra a conciencia de que es ahí en donde se encuentra la más
substancial diferencia entre lo que propugna Lutero y la Doctrina Católica.
Lutero acusa el golpe y responde con su clásico “De servo arbitrio”
(Sobre la libertad esclava): “Tú no me atacas, dice Lutero a Erasmo, con
cuestiones como el Papado, el Purgatorio, las indulgencias o cosas semejantes,
bagatelas sobre las cuales, hasta hoy, todos me han perseguido en vano... Tú
has descubierto el eje central de mi sistema y con él me has aprisionado la
yugular...” Y para defenderse, puesto que ya cuenta con el apoyo de poderosos
príncipes que ven en la Reforma la convalidación de sus intereses, insiste
sobre la crasa irresponsabilidad del hombre sobre las injusticias del entorno:
“La libertad humana, dice, es de tal cariz que incluso cuando intenta obrar el
bien solamente obra el mal”... “la libre voluntad, más que un concepto vacío,
es impía, injusta y digna de la ira de Dios... Tal es así que “nadie tiene
poder para mejorar su vida”... tanto que “los elegidos obran el bien
solamente por la Gracia de Dios y de su Espíritu mientras que los no elegidos
perecerán irremisiblemente”.
¿Es miedo a la responsabilidad moral ese encendido odio de Lutero hacia
la idea de libre voluntad? Apela a la Fe (una fe sin obras, que diría San
Pablo) en auto convencimiento de que Dios no imputa a los hombres su
egocentrismo, rebeldía e insolidaridad; por lo mismo, tampoco premia el bien
que puedan realizar: elige o rechaza al margen de las respectivas historias
humanas.
Según ello, Jesucristo no habría vivido ni muerto por todos los
hombres, si no por los elegidos los cuales, aun practicando el mal, serán
salvos si perseveran en su fe. Para el iletrado del pueblo esa fe habrá de ser
la de su gobernante (tal expresaba el dicho “cuius regio, eius religio”).
La Jerarquía, ocupada en banalidades y cuestiones de forma, tardó en
reaccionar y en presentar una réplica bastante más universal que la crítica
de Erasmo, seguida entonces por el reducido círculo de los intelectuales
(nuestro J. Luis Vives, entre ellos). Tal réplica llegó con el Concilio de
Trento y la llamada Contrarreforma, cuyo principal adalid fue San Ignacio de
Loyola con su Compañía de Jesús: la Doctrina se revitalizó con la propagación
con lo que ha de ser una incuestionable aportación de la Historia: Jesucristo
vivió y murió por todos los hombres que, libremente, están invitado a
participar en esa grandiosa tarea de amor que es la Redención. Se ensanchan los
horizontes de la Libertad, que ya no es loca ni está esclavizada a la
fatalidad. Va proyectada a la acción del hombre, único ser de la Creación
capaz de amar y, como tal, capaz de corresponder al amor del Eterno Enamorado.
Aceptando en Dios un amor que, aun siendo absoluto o, precisamente, por serlo,
se complace en ser correspondido se introduce uno en la progresista lógica de
cuantos, en libertad, han comprometido su vida en hazañas de AMOR o de TRABAJO SOLIDARIO (¿no es lo mismo?).
Es así cómo, para cada persona, la Libertad más fecunda es un ejercicio de la
Razón desde sus personales virtualidades y hacia el mejor servicio al Otro: es
una LIBERTAD RESPONSABILIZANTE.
Esto de la LIBERTAD
RESPONSABILIZANTE es un don divino al que no se puede renunciar por el
palmario y descarado interés de ninguno de los poderosos de este Mundo. VI. LOS DESVARÍOS DE LA “RAZÓN” ABSTRACTA
EN
RENATO
Descartes (1596-1650) se consuma la distorsión entre el monolítico dogmatismo
de una Escolástica que ya no es la de Santo Tomás de Aquino y una nueva (o
vieja pero revitalizada) serie de dogmatismos antropocéntricos en que priva más
la fantasía que la razón.
Repite el cartesianismo el fenómeno ocurrido cuando la aparición y el
desarrollo del Comercio, esta vez en los dominios del pensamiento: si en los
albores del comercio medieval, la redescubierta posibilidad del libre desarrollo
de las facultades personales abrió nuevos caminos al progreso económico, ahora
el pensamiento humano toma vuelo propio y parece poseer la fuerza suficiente
para elevar al hombre hasta los confines del Universo.
Descartes no fue un investigador altruista: fue un pensador profesional,
que supo sacar partido a los nuevos caminos que le dictaba su imaginación.
Rompe el marco de la filosofía tradicional, en que ha sido educado, y se lanza
a la aventura de encontrar nuevos derroteros al pensamiento.
El mundo de Aristóteles, cristianizado por Santo Tomás de Aquino y
vulgarizado por la subsiguiente legión de profesionales del pensamiento,
constituía un universo inamovible y minuciosamente jerarquizado en torno a un
eje que, en ocasiones, no podría decirse si era Dios o la defensa de las
posiciones sociales conquistadas a lo largo de los últimos siglos.
Tal repele a Descartes, que quiere respirar una muy distinta atmósfera:
quiere dejarse ganar por la ilusión de que es posible alcanzar la verdad desde
las propias y exclusivas luces.
Esa era su situación de ánimo cuando, alrededor de sus veinte años,
“resuelve no buscar más ciencia que la que pudiera encontrar en sí mismo y
en el gran libro del mundo. Para ello, empleará el resto de su juventud en
viajar, en visitar cortes y conocer ejércitos, en frecuentar el trato con
gentes de diversos humores y condiciones, en coleccionar diversas
experiencias... siempre con un extraordinario deseo de aprender a distinguir lo
verdadero de lo falso, de ver claro en sus acciones y marchar con seguridad en
la vida”.
En 1619, junto al Danubio, “brilla para mí, dice, la luz de una
admirable revelación”: es el momento del “cogito ergo sum”, padre de
tantos sistemas y contrasistemas. Ante la “admirable revelación”, Descartes
abandona su ajetreada vida de soldado y decide retirarse a saborear el “bene
vixit qui bene latuit”.
A renglón seguido, Descartes reglamenta su vida interior de forma tal
que cree haber logrado desasociar su fe de sus ejercicios de reflexión, su
condición de católico fiel a la Iglesia de la preocupación por encontrar raíces
materiales a la moral. Practica el triple oficio de matemático, pensador y
moralista.
De Dios no ve otra prueba que la “idea de la Perfección” nacida en
la propia mente: lo ve menos Persona que Idea y lo presenta como prácticamente
ajeno a los destinos del mundo material.
El punto de partida de la reflexión cartesiana es la “duda metódica”:
¿no podría ocurrir que “un Dios, que todo lo puede, haya obrado de modo que
no exista ni tierra, ni cielo, ni cuerpo, ni magnitud alguna, ni lugar... y que,
sin embargo, todo esto me parezca existir exactamente como me lo parece
ahora?”... “Ante esa duda sobre la posibilidad de que todo fuera falso era
necesario de que yo, que lo pensaba, fuera algo...” “…la verdad de que
pienso luego existo (“cogito ergo sum”) era tan firme y tan segura que todas
las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de
conmoverla; en consecuencia, juzgué que podía recibirla como el principio de
la filosofía que buscaba”.
Estudiando a Descartes, pronto se verá que el “cogito” es bastante más
que el principio de la filosofía que buscaba: es toda una concepción del mundo
y, si se apura un poco, la razón misma de que las cosas existan.
Por ello, se abre con Descartes un inquietante camino hacia la distorsión
de la Verdad. Es un camino muy distinto del que persigue “la adecuación de la
inteligencia al objeto”. Cartesianos habrá que defenderán la aberración de
que la “verdad es cuestión exclusiva de la mente, sin necesaria vinculación
con el ser”.
El orden “matemático-geométrico” del Universo brinda a Descartes la
guía para no “desvariar por corrientes de pura suposición”. Por tal orden
se desliza el “cogito” desde lo experimentable hasta lo más etéreo e
inasequible, excepción hecha de Dios, Ente que encarna la Idea de la Plenitud y
de la Perfección.
En el resto de seres y fenómenos, el “cogito” desarrolla el papel
del elemento simple que se acompleja hasta abarcar todas las realidades, a su
vez, susceptibles de reducción a sus más simples elementos no de distinta
forma a como sucede con cualquier proposición de la geometría analítica:
“estas largas series de razones, dice, de que los geómetras acostumbran a
servirse para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión
de imaginar que se entrelazan de la misma manera todas las cosas que entran en
el conocimiento de los hombres”.
El sistema de Descartes abarca o pretende abarcar todo el humano saber y
discurrir que, para él, tiene carácter unitario bajo el factor común del
orden geométrico-matemático: la Ciencia será como “un árbol cuyas raíces
están formadas por la Metafísica, el tronco por la Física y sus tres ramas
por la Mecánica, la Medicina y la Moral”.
Anteriormente a Descartes, hubo sistemas no menos elaborados y, también,
no menos ingeniosos. Una de las particularidades del método cartesiano es su
facilidad de popularización: ayudó a que el llamado razonamiento filosófico,
aunque, incubado en las academias, se proyectara a todos los niveles de la
sociedad. Podrá, por ello, pensarse que fue Descartes un gran publicista que
“trabajó” adecuadamente una serie de ideas aptas para el consumo masivo.
Fueron ideas convertibles en materia de laboratorio por parte de
numerosos teorizantes que, a su vez, las tradujeron en piedras angulares de
proposiciones, con frecuencia, contradictorias entre sí.
Cartesiano habrá que cargará las tintas en el carácter abstracto de Dios con
el apunte de que la máquina del universo lo hace innecesario; otro defenderá
la radical autosuficiencia de la razón desligada de toda contingencia material;
otro se hará fuerte en el carácter mecánico de los cuerpos animales
(“animal machina”), de entre los cuales no cabe excluir al hombre; otro se
centrará en el supuesto de las ideas innatas que pueden, incluso, llegar a ser
madres de las cosas; no faltará quien, con Descartes, verá en la medicina una
más fuerte relación con la moral que en el propio compromiso cristiano.
El cartesianismo es tan audaz y tan ambiguo que puede cubrir infinidad de
inquietudes intelectuales más o menos divergentes. En razón de ello, no es de
extrañar que, a la sombra del “cogito” se hayan prodigado los sistemas con
la pretensión de ser la más palmaria muestra de la “razón suficiente”:
sean ellas clasificables en subjetivismos o pragmatismos, en materialismos o
idealismos... ven en la herencia de Descartes cumplido alimento. Si Descartes
aportó algo nuevo a la capacidad reflexiva del hombre también alejó a ésta
de su función principal: la de poner las cosas más elementales al alcance de
quien más lo necesita.
Por demás, con Descartes el oficio de pensador, que, por el simple vuelo de su
fantasía, podrá erigirse en dictador de la Realidad, queda situado por encima
de los oficios que se enfrentan a la solución de lo cotidiano: Si San Agustín
se hizo fuerte en aquello socialmente tan positivo del “Dillige et fac quod
vis” una consigna coherente con la aportación histórica de Descartes podía
haber sido: “Cogita et fac quod vis”, lo que, evidentemente, abre el camino
a los caprichos de la especulación. VII. DERECHO NATURAL Y CONCIENCIA COLECTIVA
EL
“DERECHO
Natural” fue definido por Spinoza como “las reglas que apoyan lo que
acontece por la fuerza de la Naturaleza”.
La fuerza de la Naturaleza o Ley Natural, en Aristóteles, es respetada
cuando cada hombre particular es y obra conforme a la idea y esencia de hombre,
único animal dotado de razón.
Sobre cual sea el más adecuado uso de la razón, que, lógicamente, habría
de corresponder con su “natural finalidad”, se han elaborado multitud de
suposiciones. Para los cristianos la “ratio recta” es la conciencia moral o
“participación de la ley divina en la criatura racional” (S. Tomás, S. Th.
I-II,
91,2).
No pocos cartesianos han discrepado ostensiblemente sobre la acepción del
Derecho Natural o “fuerza de la Naturaleza”: Un Hobbes (antecesor de
Spengler) dirá que la Naturaleza “ha dado a cada uno derecho a todo, lo que
significa que, en el más puro estado natural, antes que los hombres concertaron
unos con otros cualquier clase de tratados, le era a cada uno permitido hacer
cuanto quisiera y contra quien quisiera, acaparar, usar y gozar lo que quisiera
y pudiera... de donde se deduce que, en el estado primitivo natural, la utilidad
es la medida de todo derecho.”
Se observa cómo en tal definición del “Derecho Natural” no tiene
cabida Dios ni su sello sobre la conciencia humana: es, simplemente, lo que se
puede calificar como “brutalidad consciente” en que el hombre incurre
ejerciendo el papel de fiera al acecho (“homo homini lupus”, dirá el propio
Hobbes).
Los evidentes desmanes de tal “brutalidad consciente” llevan a Hobbes
a considerar que “el puro ejercicio del Derecho Natural” puede conducir al
aniquilamiento de la especie. Es en razón de la necesidad de supervivencia que
se ha de establecer y, de hecho, se ha establecido con mejor o peor fortuna, un
“Contrato social y político”, que implica la cesión irreversible al Estado
de una parte de los derechos individuales.
Por esa “cesión irreversible”, para Hobbes, el Estado se convierte
en la única fuente de Derecho, de Moral y de Religión, cuestiones que ya no
serán valores por su propia razón de ser sino porque la sociedad civil ha
hecho de ellas “razón de estado”: “Otorgo al poder supremo del Estado,
dice Hobbes, el derecho a decidir si determinadas doctrinas son incompatibles
con la obligada obediencia de los ciudadanos, en cuyo caso el propio Estado habrá
de prohibir su difusión”.
Es así como, para los seguidores de Hobbes, el Estado es cabeza y corazón de
un hombre nuevo, el hombre especie, cuyo derecho sigue la medida de su astucia y
fortaleza y solamente es frenado por la fuerza de una ley que regula su
supervivencia. Según ello, prototipo de buen estado será aquel que ejerza su
papel como un indiscutido patriarca que proporciona seguridad y oportunidad para
la práctica de la especulación y de los “placeres naturales”.
Ya están asentadas las bases de dos fuentes de “desequilibrio
social”: El “Derecho Natural” y el “Despotismo Ilustrado” o punto de
encuentro entre el poder absoluto y las nuevas corrientes contestatarias.
Es este Hobbes el autor del famosísimo Leviatán, escrito en homenaje al
“protector” Cronwell y como medio para acabar con el propio destierro y
regresar a Inglaterra. El “Leviatán”, descarnada reedición de “El Príncipe”,
fue ampliamente celebrado en todos los círculos de poder de la época: En él
encontraron inspiración desde el propio Cronwell hasta Catalina I
de Rusia, pasando por Luis XIV.
A pesar de apoyarse en tan despiadados esquemas o, precisamente, por
ello, las teorías de Hobbes no chocaron demasiado con los círculos
intelectuales de la época ni, mucho menos, con las inquietudes de los situados.
Por demás, ya en Inglaterra se reconocía amplia libertad de expresión en el
terreno de las ideas y puesto que el autor no atacaba frontalmente a la Religión,
“simple cuestión de fe”...
Frente a Hobbes se situó J. Locke (1632-1704), aceptado como el padre
del “empirismo inglés”.
Para Locke el “Derecho Natural” es el factor de la “bondad
natural” y de la solidaridad : “los hombres, sociables y generosos por Ley
Natural, aspiran a la felicidad guiados por las elementales sensaciones del
dolor y del placer; pero la meta de tal felicidad está ahora alejada por la
artificial introducción de la propiedad privada y del lujo”.
También Locke apela al “contrato social”: aunque naturalmente buenos, los
hombres no proceden como tal porque han sido víctimas de las torpes fuerzas de
la historia; la nueva vía será consecuencia de un “contrato” que implica
la renuncia de una parte de la libertad de cada uno para que sea posible un
Estado que vele por la libertad de la mayoría. A diferencia del de Hobbes, éste
no será un estado coactivo: su inspiración fundamental será la moral natural
y sus dos puntos de apoyo los poderes legislativo y ejecutivo.
Hobbes y Locke, desde dos apreciaciones extremas, se presentan como
cartesianos atentos a las determinaciones de la propia Naturaleza y del momento
histórico: de hecho, someten a la doctrina de Descartes a una profunda
remodelación según una óptica que pretende ser posibilista. Para muchos, ya
el cartesianismo aparecerá como una ciencia natural proyectada,
fundamentalmente, hacia la gestión política. La reflexión se vuelca hacia los
problemas de relación entre los hombres, se hace pragmática. Ello había sido
facilitado por la corriente llamada empirista cultivada, fundamentalmente, por
una parte influyente de la intelectualidad inglesa.
La referencia principal seguía siendo Descartes, pero un Descartes
considerablemente menos especulativo que el original.
Este nuevo Descartes es reintroducido en Francia por dos teorizantes que,
desde apreciaciones extremas, marcarán una larga época: Voltaire y Rousseau.
En la Francia de entonces el Rey, “por la gracia de Dios”, encarna al
poder absoluto; respeta a los intelectuales en tanto que no pongan en tela de
juicio su incondicionada facultad de dirigir, controlar e interpretar. Para
encontrarle un igual habrá que remontar hasta el propio Dios. Por el momento el
Rey ve muy bien que los profesionales del pensamiento no salgan del terreno de
la pura especulación.
No sucede lo mismo en Inglaterra en donde la teoría política parece ser
el punto de partida de la Filosofía, de la Moral e, incluso, de la propia
Religión (no olvidemos que allí es el Rey el cabeza de la Iglesia).
En Francia los servidores del Régimen pretenden que sea al revés: una
religión a la altura de los tiempos inspirará todo lo demás. Ello cuando la
propia religión, a nivel de poder, apenas excede lo estrictamente ritual, las
costumbres de la aristocracia y alta burguesía son desaforadamente licenciosas
(son los tiempos de la “nobleza de alcoba”) y, apoyándose en un fuerte y
bien pagado ejército, se hacen guerras por puro “diverttimento”. La
aparente mayor tolerancia respecto a la libertad de pensamiento se torna en
agresión cuando el censor de turno estima que se entra inoportunamente “en el
fondo de la cuestión”
Este fondo de la cuestión era la meta apetecida de algunos intelectuales
franceses para quienes “el sol nacía en Inglaterra”. A este grupo
pertenecieron los citados Rousseau, Voltaire y, también, Montesquieu (este último,
sin duda, el más realista, sincero y, tal vez también, el más generoso de los
tres).
Del maridaje entre el cartesianismo y el empirismo inglés nació un
movimiento que hacía ostentación de la llamada ilustración, cuyo
sistematizador más celebrado fue Voltaire.
Francisco María Arouet, Voltaire, en sus “Cartas sobre los ingleses”
(1734) abre el camino a la crítica metódica contra el Trono y el Altar, las
dos columnas en que se apoyaba el que, más tarde, se llamó Antiguo Régimen.
Brilla Voltaire en unos tiempos en que pululan los “filósofos de salón”,
personajes y personajillos, que no escriben propiamente libros: son panfletos,
proclamas y recortes sobre lo superficial en Religión, Ciencias, Política,
Economía...
Tales escarceos especulativo-literarios encuentran eco entre los “parvenus”,
burgueses de segunda o enésima generación que distraen sus ocios en el juego
de las ideas. Algunos de ellos ya controlan los resortes del vivir diario, pero
no dejan de pertenecer al llamado Tercer Estado cuya frontera es la corte del
Capeto.
Ese Tercer Estado no es el Pueblo. Tampoco Voltaire se siente
perteneciente al Pueblo (vil canalla, que gustaba de considerar). Soberbia
aberración es pues incluir a Voltaire entre los “clásicos populares”.
Cínico con sus amigos, implacable y frío con sus enemigos, Voltaire
nunca disimuló su desmedido afán por erigirse en dueño de la situación.
Zarandeador de su tiempo, hace ostentación de su filiación burguesa: hace ver
Voltaire que en el saber hacer de su clase están las raíces del futuro.
No se retrae de reconocer que cuenta con un rival a abatir: Aquel a quien
cataloga de “Infame”, el propio Jesucristo que predicaba aquello de que
“los últimos serán los primeros”. Para Voltaire los últimos serán
siempre los últimos mientras que los primeros pueden ser los segundos de ahora
por gentileza del poderoso entre los poderosos de este mundo.
Sucede que los poderosos de la época se entusiasman por el “alimento
espiritual” que les brinda Voltaire.
Ejemplo de ello nos dan “déspotas ilustrados” como Catalina de
Rusia, Federico II
de Prusia o satélites ministros ilustrados como Choiseul en Francia, Aranda en España,
Pombal en Portugal, Tanucci en Nápoles...
Es, pues, Voltaire el principal promotor del “Despotismo ilustrado”,
“gente guapa” de la época que pueden y deben ejercer la autoridad por
imperativo de la estética que rodea al poder no por hacer más llevadera la
vida a los súbditos que, cuanto más anclados estén en sus limitaciones, más
serviciales habrán de resultar.
Meta de la predicamenta volteriana es el utilitarismo individualista, que
servirá de pedestal a una élite “ilustrada” movida por la colectiva
conciencia mantener los privilegios de la propia “clase”.
Desde una óptica también utilitarista, Rousseau apela a otra conciencia
colectiva, la de la mayoría.
Juan Jacobo Rousseau, durante su estancia en Inglaterra, bebió en Locke
una socializante, optimista e impersonal acepción sobre el “Derecho
Natural”. | ||||||