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Cristianos, burgueses y proletarios

 

 

TERCERA PARTE

BURGUESES Y PROLETARIOS

 

I. EL DETERMINISMO ECONÓMICO ¿CIENCIA O DOCTRINA?

            CON CARÁCTER general, se acepta a Inglaterra como principal promotora de lo que se llama “Ciencia Económica”. Y, ciertamente, ahí más que en cualquier otra potencia europea se trató de prestar “raíz metafísica” al simple, puro y duro afán de lucro lo que, sin duda, encontrará buen caldo de cultivo en su peculiar trayectoria colonial.

            Con su pretensión de presentar como Ciencia los análisis y supuestos de las relaciones humanas en torno a la propiedad, fabricación, distribución o uso de los bienes materiales, los considerados “economistas clásicos” se esforzaron en sistematizar buena parte de lo que se acepta como primeros pasos de Teoría Económica moderna: Los “mercantilistas” primero y los “fisiócratas” después.

LOS MERCANTILISTAS

            Los grandes descubrimientos y colonizaciones de los siglos XVI y XVII “globalizaron” el horizonte comercial de Europa, de cuyos puertos partían hacia los cuatro puntos cardinales grandes barcos en busca de oro, plata, especias, esclavos...

            Y surgen teorizantes que presentan como principal valor social el afán de enriquecimiento, pese a quien pese: son los llamados “mercantilistas” que forman escuelas al gusto de los poderosos de sus respectivos países: la “metalista” o española (Ortiz, Olivares, Mariana), la “industrialista” o francesa (Bodin, Montchrestien, Colbert), la “comercial” o británica (Mun, Child, Donevant, Petty)... Todas ellas gozan de protección oficial en cuanto buscan la riqueza y el poder expensas de las colonias y de los competidores más débiles.

            Fue una doctrina que aportó más inconvenientes que ventajas: “No hay exageración al afirmar, dice al respecto Storch (1766-1835) que, en política se cuentan pocos errores que hayan causado mayor número de males que el sistema mercantilista: armado del poder soberano, ordenó y prohibió cuando no debía hacer más que auxiliar y proteger. La manía reglamentaria que inspiraba, atormentó de mil maneras a la industria hasta desviarla de sus cauces naturales y convertirla en causa de que unas naciones mirasen la prosperidad de las otras como incompatible con la suya: de ahí un irreconciliable espíritu de rivalidad, causa de tantas y tantas sangrientas guerras entre europeos. Es un sistema que impulsó a las naciones a emplear la fuerza y la intriga a fin de efectuar tratados de comercio que, si ninguna ventaja real les habían de producir, patentizarían, al menos, el grado de debilidad o ignorancia de las naciones rivales”.

LOS FISIÓCRATAS

            Es en Francia en donde, primeramente, se acusa la reacción contra la corriente mercantilista la cual, en su modalidad “industrialista”, goza de todas las protecciones oficiales en detrimento del cuidado de la Tierra: la encabezan los llamados “fisiócratas”. Al hilo del “Espíritu de las Leyes” de Montesquieu, apelan a una especie de _determinismo natural que diluiría en puro formulismo las voluntades de poderosos y súbditos: es una actitud reflejada en la famosa frase “laissez faire, laissez paser” (Gournay).

            Montesquieu, educado en Inglaterra, había expresado ferviente oposición a los excesos centralistas del Rey Sol (el Estado soy yo) para cifrar en la liberal gestión de los asuntos públicos una de las condiciones para la emancipación individual al tiempo que señalaba que “el espíritu de las leyes” dependía, esencialmente, de la constitución geográfica y climatológica de cada país y de las costumbres de sus habitantes condicionadas, a su vez, por el entorno físico.

            El “Espíritu de las Leyes” había sido publicado en 1748; en 1758, diez años más tarde, apareció lo que se considera el primer tratado de Economía Política y fue la referencia principal de los fisiócratas: el “Tableau économique” de Francisco Quesnay. En él se afirma que, en el substratum de toda relación económica, existen y se desarrollan ineludibles “leyes naturales”; que la fuente de todas las riquezas es la Agricultura; que las “sociedades evolucionan según uniformidades generales”, que constituyen “el orden natural” que ha sido establecido por Dios para la felicidad de los hombres; que el interés personal de cada individuo no puede ser contrario a ese “orden providencial”, lo que significa que, buscando el propio interés, cada uno obra en el sentido del interés general; será, pues, suficiente dar rienda suelta a todas las iniciativas individuales, vengan de donde vengan y vayan a donde vayan, para que el mundo camine hacia el orden y la armonía: es cuando se desarrollan a plenitud “las leyes naturales que rigen la repartición de las riquezas en armonía con los sabios designios de la Providencia”.

EL INDIVIDUALISMO INSOLIDARIO DE ADAM SMITH

            Esa conclusión de los fisiócratas sirvió a Adam Smith (1723-90) como punto de partida para su “Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones” (publicada en 1776).

            Adam Smith había abandonado de la carrera eclesiástica y ejercía de profesor de Lógica cuando, en Francia, trabó amistad con los fisiócratas Quesnay y Turgot. A raíz de ello se siente ganado a la causa de la Economía Política.

            A diferencia de sus precursores, quienes todo lo hacían depender de un determinismo natural cuya más elocuente expresión estaba en la fecundidad de la Tierra, Smith presenta al interés personal como principio de toda actividad económica: bastará que se deje en plena libertad a los hombres para que, guiados exclusivamente por el móvil egoísta, el mundo económico y social se desenvuelva en plena armonía. Hace suyo el “laissez faire, laissez paser” de los fisiócratas; pero si éstos otorgaban a los príncipes la facultad de “declarar leyes” (en Francia, eran los tiempos de la monarquía absoluta y de “rey por la gracia de Dios”), Adam Smith puede escribir con mayor libertad y no hace uso de ninguna figura retórica para sostener que la verdadera “Ciencia Económica” no precisa de ninguna coacción o cauce: es elemental, sostiene Smith, que los factores de producción y riqueza gocen de absoluta libertad para desplazarse de un sector a otro según el barómetro de precios y del libre juego de intereses particulares, lo que “necesariamente” alimentará á el interés general.

            Según ello (Smith dixit), el Estado no debe intervenir ni siquiera para establecer un mínimo control en el mercado internacional puesto que lo cierto y bueno para un país lo es para todos y, consecuentemente, para las mutuas relaciones comerciales.

            Poco cuentan las voluntades personales en el toma y daca providencialista y universal: aunque Adam Smith proclama una “inmensa simpatía” por los más débiles, los condena a los vaivenes de lo que será rabioso “individualismo manchesteriano” aunque intenta consolarles, eso sí con la esperanza de que, en un futuro próximo y merced a las “providenciales leyes del Mercado”, todo irá de mejor en mejor.

EL CATASTROFISMO DE MALTHUS

            No es así de optimista Tomás Roberto Malthus (1766- 1834), pastor anglicano y reconocido como otro de los teorizantes de la Economía Política Inglesa (inspiradora del colectivismo marxista, recordemos a Lenín). No cree Malthus en la prédica de los fisiócratas sobre el “orden espontáneo debido a la bondad de la Naturaleza” ni, tampoco, con Smith, de que el juego de las libertades individuales conduzca necesariamente hacia la armonía universal. Pero sí que reconoce como inexorables a las “leyes económicas” y, en consecuencia, no admite otro posicionamiento que el ya clásico “laissez faire, laissez passer”. Desde esa predisposición, Malthus presenta los dos supuestos de su célebre “teoría de la población” cuyo corolario final es la extinción de la Humanidad por hambre:

            1º Cada veinticinco años, se dobla la población del mundo lo que significa que, de período en período, crece en “progresión geométrica”.

            2º En las más favorables circunstancias, los medios de subsistencia no aumentan más que en progresión aritmética.

            Como “consuelo” y “propuesta para restablecer el equilibrio” Malthus no ofrece otra solución que una “coacción moral” que favorezca el celibato y la restricción de la natalidad. Discreta, tímida y cínicamente, también apunta que “solución más eficaz, aunque no deseable”, es provocar guerras o masacres de algunos pueblos.

RICCARDO, TEÓRICO BURGUÉS DEL CAPITALISMO SALVAJE

            Sobre David Riccardo (1772-1823), de familia judía y otro de los seguidores “pesimistas” de Adam Smith dice Marx (“Miseria de la Filosofía”): “Es el jefe de una escuela que reina en Inglaterra desde la Restauración; la doctrina riccardiana resume, rigurosa e implacablemente, todas las aspiraciones de la burguesía inglesa, ejemplo consumado de la burguesía moderna”.

            Es particularidad de Riccardo el haber desarrollado teorías que Adam Smith se contentó con esbozar:

            Teoría del “valor trabajo” en que se dice que “el valor de los bienes está á determinado por su costo de producción”.

            Teoría de la “renta agraria diferencial”, según la cual “el aumento de la población favorece a los grandes terratenientes en detrimento de los pequeños propietarios y consumidores”.

            Teoría de los “costos comparados” (a cada país corresponde especializarse en los productos para los cuales está especialmente dotado).

            Teoría del “salario natural” (reconocida como Ley de Bronce de los Salarios): “el salario se fija al mínimo necesario para que viva el obrero y perpetúe su raza”.

            Este último “descubrimiento” de la pretendida “ciencia económica” ya había sido apuntado por el “fisiócrata” Turgot, será base de todo un “darwinismo social” y pasará á a la historia con el nombre de “ley de bronce de los salarios”.

            Por demás, Riccardo no tolera la intervención del Estado sino es para eliminar las últimas trabas a la total libertad de Intercambio.

REFLEXIÓN CRÍTICA SOBRE LA ECONOMÍA CLÁSICA

            A estas alturas del siglo XXI, ya plenamente conscientes de las posibilidades y perspectivas que brinda la Aldea Global, reconozcamos que la Realidad ha desprestigiado lo que fue visceral pretensión de la llamada Economía Clásica: ser aceptada como ciencia exacta al mismo nivel que la Geometría o la Astrofísica. Ello estaba y está en la línea ideológica de quienes se empeñan en eximir a cada persona de la responsabilidad que le toca según la vocación social que venimos defendiendo desde el principio y que con cierta ligereza semántica por nuestra parte, calificamos de burguesa (es decir, no cristiana).

            Lo de Economía como ciencia exacta es una pretensión a la que, repetimos, aún siguen apuntados no pocos modernos teorizantes y cuantos hacen el juego a los gurús de la Economía Mundial: “todo lo que se relaciona con Oferta y Demanda, absolutamente todo, depende de las Leyes del Mercado”, siguen diciendo a la par que exigen fe ciega en el determinismo económico.

            Pero, afortunadamente, no es así: si J.B. Say, uno de los más citados precursores de la “Economía Clásica” dogmatizó “la fisiología social es una ciencia tan positiva como la propia fisiología del cuerpo humano” vemos que los comportamientos de las personas, factores básicos de la Economía, responden a más o menos fuertes estímulos, a más o menos evidentes corrientes de Libertad nacidas estrictamente de su particular ego; se resisten, pues, a las reglas matemáticas.

            Incluso marginando el papel determinante de la voluntad humana y admitiendo la pretendida “inexorabilidad del Mercado”, a la Teoría Económica le falta precedente histórico. Recordemos con Morgenstern cómo “el avance decisivo de la física en el siglo XVII, específica

            mente, en el campo de la Mecánica, sólo fue posible por los desarrollos previos en la astronomía. Estaba apoyada por varios milenios de observación sistemática y científica. Nada comparable a esto ha ocurrido en la ciencia económica, en la que, al igual que las teorías de Kepler o Newton nacieron de los trabajos de un Tycho Brahe, se necesitan precursores con la adecuada base matemática”.

            Nada exacto espera a mitad ni al final del camino siempre que, tal como ha sucedido desde que el hombre es hombre, éste pueda aplicar su voluntad a modificar el curso de la historia: una preocupación o un capricho, un fortuito viaje o el encuentro con una necesidad, un inesperado invento o la oportuna aplicación de un fertilizante... le sirven al hombre para romper en mayor o menor medida las “previsiones de producción” dictadas por la Estadística.

            Las llamadas tendencias del mercado, aun rigurosamente analizadas, son un supuesto válido como hipótesis de trabajo, nunca un exacto valor de referencia.

            Si que pueden y deben ser objeto de apreciación rigurosa factores como la disponibilidad de bienes y servicios, las virtualidades y posibilidades de desarrollo de la Técnica, la viabilidad comercial de todo el aparato productivo, las limitaciones de los mecanismos de poder, el carácter y desarrollo de los factores de estímulo, de compensación y de control, los niveles de formación, el grado de consistencia de los compromisos adquiridos... todos ellos condicionantes de la marcha de la Economía y, consecuentemente, con positiva o negativa incidencia en la creación de puestos de trabajo.

            También todos ellos susceptibles de encauzamiento por parte de la voluntad de los hombres y mujeres, que los “sienten y padecen”.

            Reconocido esto, faltan razones para enclaustrar a la voluntad de cada hombre y de cada mujer en cualquier forma de fatalismo histórico: es mentira que se pueda escribir la historia sin el trabajo consciente y comprometido de las personas; también lo es que el lucrativo resultado de una operación especulativa sea muestra de predestinación divina o de “inteligente” ajuste a lo que determina una especie de infalible gran Gurú (Digitus Dei, que diría Bastiat, o lo que hoy se propone como “Cultura del Pelotazo”).

            Y, por supuesto, según el inapelable testimonio de tan recientes y elocuentes hechos, es radicalmente falsa esa concepción del mundo y de la historia que con el nombre de “Materialismo Histórico” (también “Materialismo Dialéctico”) ha servido de instrumento a una Burocracia empeñada en masificar conciencias y voluntades.

            La Realidad nos muestra implicaciones mutuas entre condicionamientos objetivos y voluntades: ni la voluntad de cualquier hombre o mujer resulta tan poderosa que hayan de estar a su merced las interrelacionadas oscilaciones del Mercado, ni éstas se encuentran rigurosamente protegidas por la coraza de un supuesto determinismo.

            La pretensión de aplicar a la Economía el carácter de ciencia exacta nos parece aun más arbitraria cuando discurrimos sobre la obviedad de que no existe ni una conciencia ni una voluntad colectiva (esa roussoniana invención de la “conciencia social superior”): existen millones de conciencias y de voluntades particulares en más que probable desacuerdo sobre la percepción y resolución de los pequeños y grandes problemas que genera cada momento de la historia de los hombres y de las mujeres que pueblan el ancho mundo.

            Esos millones de conciencias y de voluntades son sensibles a muy precisos estímulos y también al poder de convicción o de coacción tanto de elocuentes experiencias como de maestros, líderes y demagogos.

            Pero, ello no obstante, los principales teorizantes de la llamada Economía Política Clásica (Adam Smith, Riccardo, Malthus) apuntaron hacia el determinismo económico o fenómeno que regula la marcha de la economía al margen de las voluntades humanas.

            Este último, el pobre y, posiblemente, mal intencionado Malthus, se precipitó al sacar consecuencias de lo que le parecía ver y, sin duda que exageró cuando se atrevió augurar un futuro de penuria absoluta para la especie humana de las próximas generaciones.

            Cierto que el paso del hombre por la Tierra, en múltiples ocasiones, ha dañado la capacidad previsora de la Naturaleza. Pero también es cierto que al alcance del hombre emprendedor ya está la solución a cualquier carencia.

            Es cierto que la Tierra no sería la misma sin la presencia del Hombre: es tanto más pródiga o más tiránica cuanto más o menos el hombre aplica su innata libertad a discurrir sobre su utilidad social y, consecuentemente, aplica sus facultades personales a desarrollar tal o cual tarea que requiere el bien de sus semejantes. Ello nos invita a reconocer que la Tierra es COMO ES para que el hombre desarrolle su capacidad de Trabajo Solidario, es decir, de Amor proyectado hacia las cosas útiles para el prójimo.

            Eso mismo nos enseña la Historia. Por ella vemos que es incontrovertible el hecho del Progreso hacia mayor libertad y bienestar, a pesar mismo del afán de acaparamiento de unos pocos que entorpecen el camino hacia un más rápido y equitativo reparto de bienes y oportunidades.

            Obviamente, ese camino estará entorpecido con más o menos profundos baches y será tanto más lento cuanto menor libertad responsabilizante rija las relaciones entre personas y pueblos.

            Esa libertad responsabilizante, lo sabemos bien, nace y se alimenta de un reflexivo entronque con la Realidad en todas sus dimensiones.

            Nunca, como ahora, se vislumbra la viabilidad de solución a los grandes problemas; ya se ven tan al alcance de la mano los medios para resolver las carencias más acuciantes: sea para erradicar enfermedades endémicas en ciertas latitudes, para colonizar una buena parte del litoral marítimo, fecundizar amplias superficies de desierto o multiplicar por diez la producción ganadera...

            Demostrado está que, a medio plazo, una sociedad se condena a sí misma si frena o estrangula sus posibilidades de expansión. Son posibilidades de expansión a desarrollar ¿quién lo duda? allí donde sea posible, es decir, en cualquier lugar del mundo en que vivan potenciales consumidores o clientes.

            Mal negocio es, pues, cortar vuelos a la máquina productiva. Otra cosa es que, al amparo de la más progresiva ciencia, proyectos y voluntades se orienten hacia donde las carencias resulten más evidentes. Se abren así nuevos campos en que desarrollar las conquistas del Trabajo y de la Técnica, lo que, sin duda, pronto arrastrará motivasteis beneficios para inversores y protagonistas.

            Para que se multipliquen en la medida de lo necesario tales soluciones bueno será que cuantos tienen poder para ello se apliquen a establecer las bases de una mayor “sincronización” (acuerdo en el tiempo y en el espacio) entre las virtualidades de la Tierra y la capacidad de iniciativa y de acción del Hombre.

            La Tierra y su puente con lo Universal, el Hombre. La Tierra madre, despensa y desafío. El Hombre, sujeto del Trabajo Solidario y creador y, como tal, padre y usuario de una Técnica al servicio de la Suficiencia.

II. LA CRÍTICA, EL ABSOLUTO Y LA RAZÓN OBSCURA

            EN EL LLAMADO Idealismo (culminación del racionalismo cartesiano) se confunde a la razón con una proyección del hombre hacia atrás y hacia adelante de su propia historia. Será la “razón” una especie de savia natural del Absoluto: se desarrolla por sí misma y llega a ser más poderosa que su propia fuente.

            Ya Nicolás de Cusa había esbozado la teoría de la razón infusa en el acontecer cósmico; en tal fenómeno correspondería al Hombre una participación de que iría tomando conciencia a través del Tiempo para, por la gracia del Creador, tomar parte activa en el perfeccionamiento de lo Real.

            Cierto que el hombre ha de aplicar su razón y específicas virtualidades a la irrenunciable tarea de amorizar la tierra; pero lo hace en uso de su libertad y desde su genuina personalidad; no como célula de un ente o magma inmaterial que animara todo lo existente. Este animal racional que es el hombre no es parte de Dios, si es eso lo que se quiere dar a entender en lenguaje más o menos cabalístico.

            Desde parecida óptica que Nicolás de Cusa y usando un lenguaje aun más cabalístico y ambiguo, Giordano Bruno habla de un micro-cosmos como quinta esencia del macro-cosmos, algo parecido a lo ya sugerido por el esotérico alquimista Paracelso: la materialidad del hombre es la síntesis de la materialidad del Universo.

            Tal concepto alimenta la “mística” de los “alumbrados protestantes”, que inspiran a Jacob Böhme fantasías como la de que, como hombre, “posee la esencia del saber y el íntimo fundamento de las cosas”: “No soy yo, dice, el que ha subido al cielo para conocer el secreto de las obras y de las criaturas de Dios. Es el propio cielo el que se revela en mi espíritu, por sí mismo, capaz de conocer el secreto de las obras y de las criaturas de Dios”.

            Tales supuestos tuvieron el efecto de desorientar a no pocos intelectuales de la época, entre ellos Immanuel Kant (1724-1804), “viejo solterón de costumbres arregladas mecánicamente” (Heine).

            Kant vivió prisionero de su educación racionalista expresada entonces en la abundancia de sistemas que permiten los gratuitos vuelos de la imaginación de mil reputados maestros de quienes no se espera otra cosa que geniales edificios de palabras al hilo de tal o cual novedosa fantasía.

            Sincero buceador de la Realidad pero incapaz de desprenderse de la herencia cartesiana, Kant busca su propio camino a través de la Crítica. Tiene el valor de desconfiar de las “ideas innatas” y de “todos los dictados de la Razón Pura” para tratar de encontrar la luz a través del “imperativo categórico” que nace de la Razón Práctica. Esto del imperativo categórico es una genial ambigüedad que salva a Kant del más angustioso escepticismo y le brinda una fe roussoniana en la propia conciencia y en la certeza de juicio de la mayoría.

            El imperativo categórico parece una clara manifestación de la savia natural de absoluto, que, en Kant, es patrimonio comunitario, no propiedad exclusiva de una élite: “obra de tal suerte que los dictados de tu conciencia puedan convertirse en máxima de conducta universal”.

            Sin salir del mundo de las ideas y para contar con firmes asideros a que sujetarse en el mar de la especulación, Kant presenta como inequívoca referencia “los juicios sintéticos y a priori” (juicios concluyentes desde el principio y sin análisis racional previo), ingenioso contra-sentido que hará escuela y permitirá admitir el supuesto de que la verdad circula por ocultos pasadizos de privilegiados cerebros, como el de su discípulo Fichte (1762-1814)

            Siguiendo a Kant en eso del imperativo categórico y por virtud de un papirotazo académico, el pastor luterano Juan Fichte afirmaba que la “Razón es omnipotente aunque desconozca el fondo de las cosas”.

            Desde su juventud, Fichte ya se consideró muy capaz de anular a su maestro. En 1790 escribe a su novia: “Kant no manifiesta más que el final de la verdadera filosofía: su genio le descubre la verdad sin mostrarle el principio”.

            “Es ése un principio, dice Fichte, que no cabe probarlo ni determinarlo; se ha de aceptar como esencial punto de partida”. Es algo que, siguiendo al precursor Descartes, dice Fichte haberlo encontrado en sí mismo y en su peculiaridad de ser pensante. Pero si para Descartes el “cogito” era el punto de partida de su sistema para Fichte la “cúspide de la certeza absoluta” (Hegel) está en el primer término de la traducción alemana: el “Ich” (Yo) del “Ich denke” (Yo pienso = cogito). Lo más importante de la fórmula “yo pienso”, dice este tal Fichte, no es el hecho de pensar sino la presencia de un “Yo”, que se sabe a sí mismo, es decir, que “tiene la conciencia absoluta de sí”. Por demás, ya sin rebozo, defenderá Fichte el postulado de que “emitir juicio sobre una cosa es tanto como crearla”.

            Desde esa ciega “reafirmación” en el poder omnímodo y trascendente del yo, Fichte proclama estar en posesión del núcleo de la auténtica sabiduría y, ya sin titubeos, elabora su Teoría de la Ciencia, que expone desde su cátedra de la universidad de Jena con giros rebuscados y grandilocuentes entonaciones muy del gusto de sus discípulos, uno de los cuales, Schelling, no se recata de afirmar: “Fichte eleva la filosofía a una altura tal que los más celebrados kantianos nos aparecen como simples colegiales”.

            En paralelo con la difusión de ese “laberinto de egoísmo especulativo” cual, según expresión de Jacobi, resulta la doctrina de Fichte, ha tenido lugar la Revolución Francesa y su aparente apoteosis de la libertad, supuesto que no pocos fantasiosos profesores de la época toman como la más genial, racional y espontánea parida de la historia. En la misma línea de “providente producto histórico” es situado ese tiránico engendro de la Revolución Francesa que fue Napoleón Bonaparte.

            De entre los discípulos de Fichte el más aventajado, sin duda, resulta ser Hegel, el mismo que se atreve a proclamar que “en Napoleón Bonaparte ha cobrado realidad concreta el alma del mundo”.

            Desde que tropezamos con Descartes, hemos topado con racionalistas más o menos influyentes en la historia de su tiempo... hasta Hegel cuyos corifeos le proclaman el “Aristóteles de los tiempos modernos”.

            Guillermo Federico Hegel (1770-1831), sintiéndose émulo de los “privilegiados hacedores de Historia”, afirma que Napoleón y “otros grandes hombres, siguiendo sus fines particulares, realizan el contenido substancial que expresa la voluntad del Espíritu Universal”. Para Hegel tales hombres son instrumentos inconscientes del Espíritu Universal, cuyo “saberse a sí mismo” estará encarnado en el más ilustre cerebro de cada época; es decir, en el mismo que se atreve a defender tan estúpida y peregrina pretensión: en la ocasión y por virtud de sí mismo, el más celebrado profesor de la Universidad de Berlín: Guillermo Federico Hegel, no faltaba más. Si Napoleón, enseña Hegel, es el alma inconsciente del mundo (la encarnación del movimiento inconsciente hacia el progreso), yo Hegel, en cuanto descubridor de tal acontecimiento, personifico al “espíritu del mundo” y, por lo mismo, a la certera conciencia del Absoluto.

            Es desde esa pretensión como hay que entender el enunciado que, en 1806, hace a sus alumnos: “Sois testigos del advenimiento de una nueva era: el espíritu del mundo ha logrado, al fin, alzarse como Espíritu Absoluto... La conciencia de sí, particular y contingente, ha dejado de ser contingente; la conciencia de sí absoluta ha adquirido la realidad que le ha faltado hasta ahora”.

            Kant reconocía que la capacidad cognoscitiva del hombre está encerrada en una especie de torre que le aísla de la verdadera esencia de las cosas sin otra salida que el detallado y objetivo estudio de los fenómenos. Hegel, en cambio, se considera capaz de romper por sí mismo tal “alienación”: desprecia el análisis de las “categorías del conocimiento” para, sin más armas que la propia intuición, adentrarse en el meollo de la Realidad. Se apoya en la autoridad de Spinoza, uno de sus pocos reconocidos maestros para afirmar que “se da una identidad absoluta entre el pensar y el ser; en consecuencia, el que tiene una idea verdadera lo sabe y no puede dudar de ello”.

            Y, ya sin recato alguno, presenta como postulado básico de todo su sistema lo que puede considerarse una “idealista ecuación”: LO RACIONAL ES REAL o, lo que es igual y por el trueque de los términos que se usa en las ciencias exactas (si A=B, B=A), LO REAL ES RACIONAL.

            Claro que no siempre fue así porque, a lo largo de la Historia, lo “racional ha sido prisionero de la contingencia”. Tal quiere demostrar Hegel en su Fenomenología del Espíritu: el conocimiento humano, primitivamente identificado con el conjunto de leyes que rigen su evolución natural, se eleva desde las formas más rudimentarias de la sensibilidad hasta el “saber absoluto”. De hecho, para Hegel, el pasado es como un gigantesco espejo en el que se refleja su propio presente y en el que, gradualmente, se desarrolla el embrión de un ser cuya plenitud culminará en sí mismo. La demostración que requiere tan atrevida (y estúpida) suposición dice haberla encontrado en el descubrimiento de las leyes porque se rige la totalidad de lo concebible que es, a un tiempo (no olvidemos la famosa “idealista ecuación”), la totalidad de lo existente.

            Si Kant había señalado que “se conoce de las cosas aquello que se ha puesto en ellas”, Hegel llama “figuras de la conciencia” a lo que “la razón pone en las cosas”, lo que significa que, en último término, todo es reducible a la idea.

            La tal IDEA de Hegel ya no significa uno de esos elementos que vagaban por “la llanura de la verdad” de que habló Platón: el carácter de la idea hegeliana está determinado por el carácter del cerebro que la alberga y es, al mismo tiempo, determinante de la estructura de ese mismo cerebro, el cual, puesto que es lo más excelente del universo, es el árbitro (o dictador) de cuanto se mueve en el ancho universo.

            Volviendo a las “figuras de la conciencia” de que nos habla Hegel, según la mal disimulada intencionalidad de éste, habremos de tomarlas tanto como previas reproducciones de sus propios pensamientos como factores determinantes de todas las imaginables realidades.

            Para desvanecer cualquier reticencia “escolástica”, Hegel aporta su particular “lógica”, la tan traída y llevada Dialéctica.

            Es la Dialéctica de Hegel el “descubrimiento” más apreciado por no pocos de nuestros teorizantes.

            Por virtud de la Dialéctica, el Absoluto (lo que fue, es y será) es un Sujeto que cambia de sustancia en el orden y medida que determinan las leyes de su evolución.

            Si tenemos en cuenta que la expresión última del Absoluto descansa en el cerebro de un pensador de la categoría de Guillermo Federico Hegel, el cual, por virtud de sí mismo, es capaz de conocer y sistematizar las leyes o canales por donde discurre y evoluciona su propio pensamiento, estamos obligados a reconocer que ese tal pensador es capaz de interpretar las leyes a las que ha estado sujeto el Absoluto en todos los momentos de su historia.

            El meollo de la dialéctica hegeliana gira en torno a una peculiarísima interpretación del clásico silogismo “dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí” (si A=C y B=C, A=B). Luego de interpretar a su manera los tradicionales principios de identidad y de contradicción, Hegel introduce la “síntesis” como elemento resolutivo y, también, como principio de una nueva proposición.

            Hegel considera inequívocamente probado el carácter triconómico de su peculiar forma de razonar, la presenta como única válida para desentrañar el meollo de cuanto fue, es o puede ser y dogmatiza: la explicación del todo y de cada una de sus partes es certera si se ajusta a tres momentos: tesis, antítesis y síntesis. La operatividad de tales tres momentos resulta de que la “tesis” tiene la fuerza de una afirmación, la “antítesis” el papel de negación (o depuración) de esa previa afirmación y la “síntesis” la provisionalmente definitiva fuerza de “negación de la negación”, lo que es tanto como una reafirmación que habrá de ser aceptada como una nueva “tesis” “más real porque es más racional”. Según esa pauta, seguirá el ciclo...

            No se detiene ahí el totalitario carácter de la dialéctica hegeliana: quiere su promotor que sea bastante más que un soporte del conocimiento: es el exacto reflejo del movimiento que late en el interior y en el exterior de todo lo experimentable (sean leyes físicas o entidades materiales): “Todo cuanto nos rodea, dice, ha de ser considerado como expresión de la dialéctica, que se hace ver en todos los dominios y bajo todos los aspectos particulares del mundo de la naturaleza y del Espíritu” (Enciclopedia).

            Lo que Hegel presenta como demostrado en cuanto se refiere a las “figuras de la conciencia” es extrapolado al tratamiento del Absoluto, el cual, por virtud de lo que dice Hegel, pudo, en principio: ser nada que necesita ser algo, que luego es, pero no es; este algo se revela como abstracto que “necesita” ser concreto; lo concreto se siente inconsciente pero con “necesidad” de saberse lo que es... y así hasta la culminación de la sabiduría, cuya expresión no puede alcanzar su realidad más que en el cerebro de un genial pensador.

            Sabemos que para Hegel el Absoluto se sentía “alienado” en cuanto no había alcanzado la “conciencia de sí”, en cuanto no era capaz de “revelarse como concepto que se sabe a sí mismo”. Es un “Calvario” a superar: “La historia y la ciencia del saber que se manifiesta, dice Hegel al final de su Fenomenología del Espíritu, constituyen el recuerdo interiorizante y el calvario del Espíritu absoluto, la verdad y la certidumbre de su trono. Si ese recuerdo interiorizante, sin ese calvario, el Espíritu absoluto no habría pasado de una entidad solitaria y sin vida. Pero, “desde el cáliz de este reino de los espíritus hasta él mismo sube el hálito de su infinitud” (es una frase que Hegel toma de Schiller)”.

            En razón de ello, “la historia, dogmatiza Hegel, no es otra cosa que el proceso del espíritu mismo: en ese proceso el espíritu se revela, en principio, como conciencia obscura y carente de expresión hasta que alcanza el momento en que toma conciencia de sí, es decir, hasta que cumple con el mandamiento absoluto de 'conócete a ti mismo'”.

            En este punto y sin que nadie nos pueda llamar atrevidos por situarnos por encima de tales ideaciones podemos referirnos sin rodeos a la suposición fundamental que anima todo el sistema hegeliano: El espíritu absoluto que podría ser un dios enano producido por el mundo material, precisa de un hombre excepcional para llegar a tener conciencia de sí, para “saberse ser existente”; esa necesidad es el motor de la propia evolución de ese limitado dios que, en un primer momento, fue una abstracción (lo que, con todo el artificio de que es capaz, Hegel confunde con “propósito de llegar a ser”), luego resultó ser naturaleza material en la que “la inteligencia se halla como petrificada” para, por último, alcanzar su plenitud como Idea con pleno conocimiento de sí.

            No se entiende muy bien si, en Hegel, la Idea es un ente con personalidad propia o es, simplemente, un producto dialéctico producido por la forma de ser de la materia. Pero Hegel se defiende de incurrir en tamaño panteísmo con la singular definición que hace de la Naturaleza: ésta sería “la idea bajo la forma de su contraria” o “la idea revestida de alteridad”: algo así como lo abstracto que, en misteriosísima retrospección, se diluye en su contrario, lo concreto, cuyo carácter material será el apoyo del “saber que es”.

            Aun así, para Hegel la Idea es infinitamente superior a lo que no es idea. Según ello, en la naturaleza material, todo lo particular, incluidas las personas, es contingente: todo lo que se mueve cumple su función o vocación cuando se niega a sí mismo o muere, lo que facilita el paso a seres más perfectos hasta lograr la genuina personificación de la Idea o Absoluto (para Hegel ambos conceptos tienen la misma significación) cual es el espíritu.

            Esto del espíritu, en Hegel, es una especie de retorno a la Abstracción (ya Heráclito, con su eterna rueda, había dicho que todo vuelve a ser lo que era o no era): el tal espíritu es “el ser dentro de sí” (“das Sein bei sich”) de la Idea: la idea retornada a sí misma con el valor de una negación de la naturaleza material que ha facilitado su advenimiento. Esta peculiar expresión o manifestación de la idea coincide con la aparición de la inteligencia humana, cuyo desarrollo, según Hegel, se expresarían en tres sucesivas etapas coincidentes con otras tantas “formas” del mismo espíritu: el “espíritu subjetivo”, pura espontaneidad que reacciona en función del clima, la latitud, la raza, el sexo...; el “espíritu objetivo” ya capaz de elaborar elementales “figuras de la conciencia” y, por último, el “espíritu absoluto”, infinitamente más libre que los anteriores y, como tal, capaz de crear el arte, la religión y la filosofía.

            Este espíritu absoluto será, para Hegel, la síntesis en que confluyen todos los “espíritus particulares” y, también, el medio de que se valdrá la Idea para tomar plena conciencia de sí. “Espíritus particulares” serán tanto los que animan a los diversos individuos como los encarnados en las diversas civilizaciones; podrá, pues, hablarse, del “espíritu griego”, del “espíritu romano”, del “espíritu germánico”... todos ellos, pasos previos hasta la culminación del espíritu absoluto el cual “abarcará conceptualmente todo lo universal”, lo que significa el último y más alto nivel de la Ciencia y de la Historia, al que, por especial gracia de sí mismo ha tenido exclusivo y privilegiado acceso el nuevo oráculo de los tiempos modernos cual pretende ser Federico Guillermo Hegel (y así, aunque cueste creerlo, es aceptado por los más significados de la intelectualidad llamada “progresista”).

            Por lo expuesto y, al margen de ese cómico egocentrismo del Gran Idealista, podemos deducir que, según la óptica hegeliana, es “históricamente relativo” todo lo que se refiere a creencias, Religión, Moral, Derecho, Arte... cuyas “actuales” manifestaciones serán siempre “superiores” a su anterior (la dialéctica así lo exige). Por lo mismo, cualquier manifestación de poder “actual” es más real (y, por lo tanto, “más racional”) que su antecesor o poder sobre el que ha triunfado... (es la famosa “dialéctica del amo y del esclavo” que tanto apoyo intelectual y moral prestó a los marxistas para revestir de “suprema redención” a la Revolución Soviética).

            Al repasar lo dicho, no encontramos nada substancial que, en parecidas circunstancias, no hubiera podido decir Maquiavelo o cualquiera de aquellos sofistas (Zenón de Elea, por ejemplo) que, cara a un interesado y bobalicón auditorio, se entretenían en confundir lo negro con lo blanco, el antes con el después, lo bueno con lo malo...

            Claro que Hegel levantó su sistema con herramientas muy al uso de la agitada y agnóstica época: usó y abusó del artificio y de sofisticados giros académicos. Construyó así un soberbio edificio de palabras y de suposiciones (“ideas” a las que, en la más genuina línea cartesiana, concedió valor de “razones irrebatibles”) a las que entrelazó en apabullante y retorcida apariencia según el probable propósito de ser aceptado como el árbitro de su tiempo. Pero, terrible fracaso el suyo, “luego de haber sido capaz de levantar un fantástico palacio, hubo de quedarse a vivir (y a morir) en la choza del portero” (Kierkegard).

            Ese fue el hombre y ése es el sistema ideado (simple y llanamente ideado) que las circunstancias nos colocan frente a nuestra preocupación por aceptar y servir a la Realidad que más directamente nos afecta.

            Sin duda que una elemental aceptación de la Realidad anterior e independiente del pensamiento humano nos obliga a considerar a Hegel un fantasioso, presumido y simple demagogo. Ello aunque no pocos de nuestros contemporáneos le acepten como el “padre de la intelectualidad progresista”. Todos ellos están invitados a reconocer que Hegel no demostró nada nuevo: fueron sus más significativas ideas puras y simples fantasías, cuya proyección a la práctica diaria se ha traducido en obscura esterilidad cuando no en catástrofe (al respecto, recuérdese la reciente historia).

            Una consideración final a este ya largo (demasiado largo) capítulo: Si toda la obra de Hegel no obedeció más que a la deliberada pretensión de “redondear” una brillante carrera académica, si el propio Hegel formulaba conceptos sin creer en ellos, solamente porque ése era su oficio... y, a pesar de todo, su nombre y su obra van ligados a los movimientos sociales que más ruido han producido en el último siglo y medio... ¿No será oportuno perderle todo el respeto a su egocentrista e intrincada producción intelectual?

III. LOS MERCADERES DE IDEAS

            SI SE HA de creer a los cronistas de la época, la muerte de Hegel (1831) cubrió de vacío y desesperación a los medios académicos alemanes: nada original se podría escribir ya sobre las inquietudes y esperanzas de los hombres. “Con él, escribió Gans, la filosofía cierra su círculo; a los pensadores de hoy no cabe otra alternativa que el disciplinado estudio sobre temas de segundo orden según la pauta que el recientemente fallecido ha indicado con tanta claridad y precisión”.

            Foörster, el más acreditado editor de la época, comparó la situación con la vivida por el imperio macedonio a la inesperada muerte de Alejandro Magno: no hay posible sucesor en el liderazgo de las ideas; a lo sumo, Caben especializaciones a la manera de las satrapías en que se dividió la herencia de Alejandro, todo ello sin romper los esquemas de lo que se tomaba por una magistral e insuperable armonización de ideas, fueran éstas totalmente ajenas a la propia realidad (Por ventura ¿no había dicho Hegel “si la realidad no está de acuerdo con mi pensamiento ése es problema de la realidad”?).

            Era tal la ambigüedad del hegelianismo que, entre los discípulos, surgieron tendencias para cualquier gusto: hubo una “derecha hegeliana” representada por Gabler, von Henning, Erdman, Göschel, Shaller…; una variopinta “izquierda” en la que destacaban Strauss, Bauer, Feuerbach, Hess, Sirner, Bakunin, Herzen, Marx, Engels... y, también un “centro” con Rosenkranz, Marheineke, Vatke o Michelet.

            Como era de esperar, las distintas creencias o sectas también hicieron objeto al Sistema de muy dispares pero interesadas interpretaciones: unos verán a Hegel como luterano ortodoxo, otros como simplemente deísta al estilo de un desvaído Voltaire, otros como panteísta o ateo.

            En la guerra de las interpretaciones y dada la fuerza que, entre los más influyentes intelectuales, había cobrado el hegelianismo, parecía obligado que poder y oposición tomaran partido: El poder establecido, identificado con el ala más conservadora, veía en Hegel al defensor de la religión oficial; los “intelectuales” de la oposición, por el contrario, optaban por encontrar argumentos hegelianos contra la fe tradicional.

            Fueron estos últimos los que difundieron más ruido académico llegaron éstos a constituir un grupo organizado que se llamó de los “libres” (“Freien”) o “jóvenes hegelianos”.

            El “sistema” era, por tanto, un buen producto de mercado y así habían de entenderlo los avispados de entonces: son los que, en gráfica alusión, Marx considera “mercaderes de ideas”:

            “Si hemos de creer a nuestros ideólogos, dice, Alemania ha sufrido en el curso de los últimos años una revolución de tal calibre que, en su comparación, la Revolución Francesa resulta un juego de niños: con in creíble rapidez, un imperio ha reemplazado a otro; un poderosísimo héroe ha sido vencido por un nuevo héroe, más valiente y aun más poderoso...

            ”Asistimos a un cataclismo sin precedentes en la historia de Alemania: es el inimaginable fenómeno de la descomposición del Espíritu Absoluto. Cuando la última chispa de vida abandonó su cuerpo, las partes componentes constituyeron otros tantos despojos que, pertinentemente reagrupados, formaron nuevos productos. Muchos de los mercaderes de ideas, que antes subsistieron de la explotación del Espíritu Absoluto, se apropiaron las nuevas combinaciones y se aplicaron a lanzarlas al mercado.

            ”Según las propias leyes del Mercado, esta operación comercial debía despertar a la competencia y así sucedió, en efecto. Al principio, esa competencia presentaba un aspecto moderado y respetable; pero, enseguida, cuando ya el mercado alemán estuvo saturado y el producto fue conocido en el último rincón del mundo, la producción masiva, clásica manera de entender los negocios en Alemania, dio al traste con lo más substancial de la operación comercial: para realizar esa operación masiva había sido necesario alterar la calidad del producto, adulterar la materia prima, falsificar las etiquetas, especular y solicitar créditos sobre unas garantías inexistentes.

            ”Es así cómo la competencia se transformó en una lucha implacable que cada uno de los contendientes asegurará coronada por la propia victoria...”

            Es oportuno recordar que fue en ese “Mercado de Ideas” en donde nacieron y se desarrollaron los grandes tópicos que han alimentado el subsiguiente colectivismo despersonalizante y distraído al hombre de nuestros días del único camino en que es posible percibir aquello que nos acerca a la Realidad, fuera de la cual es inútil tratar de encontrar la mínima justificación a la propia existencia: soy un ser libre con capacidad de aportar algo peculiar al buen orden social.

            Por lo que respecta a Carlos Marx y su doctrina, algunos de esos “mercaderes de ideas” (Bauer, Strauss, Feuerbach...) influyeron mucho más de lo que el propio Marx y sus discípulos han querido reconocer. Será ilustrativo tratar de averiguarlo.

UN EVANGELIO A LA MEDIDA, SEGÚN STRAUSS

            Según un claro propósito idealizante, en la obra de Hegel todas las referencias al Evangelio son traspuestas a un vago segundo plano. Ante ello es difícil ver claras alusiones al concreto carácter histórico de la vida y de la obra de Cristo.

            Por la fuerza de los tópicos intelectuales en boga, el sistema hegeliano era considerado el astro que presidía todas las fuentes de cultura en la que bebían cuantos pretendían ajustar su paso al de la historia. En este caso se encontraban no pocos clérigos que, por cuestión de oficio, debían glosar el Evangelio.

            Uno de ellos, pastor luterano, fue David Strauss (1808-1874).

            Este tal Strauss compatibilizaba su ateísmo con encendidos sermones según la más pura ortodoxia oficial; había de hacer esto último ya que, de otra forma, se jugaba el puesto: “Renunciar a nuestra posición, dice a su amigo Cristián Märklin que se encuentra en la misma situación, puede parecer lo indicado ¿pero sería eso lo más razonable, lo más inteligente?”.

            En un momento de su vida, Strauss se cree capaz de compaginar las referencias de su vida intelectual con las de su vida “profesional”. En ello sigue el propio ejemplo de Hegel, el “maestro”, para quien “la religión cristiana y la filosofía tienen el mismo contenido: la primera en forma de imagen y la segunda bajo la forma de idea”. Lo primero será tradición, lo segundo expresión de una individualisíma interpretación.

            Lograse o no su preocupación por canalizar sus juveniles inquietudes espirituales en el cultivo del subjetivismo idealista, lo cierto es que la vida de Strauss estuvo, desde el principio, marcada por el problema religioso. Había sido testigo de las agrias polémicas entre su padre, fanático pietista, y la madre, “cuya fe, según asegura el propio Strauss, era muy ligera y simple. En tanto que mi padre se perdía en sombrías especulaciones sobre la personalidad de Cristo, mi madre veía en El, simplemente, un hombre sabio y bueno”.

            La desvaída fe que heredó Strauss se hizo esotérica con las lecturas del teósofo Jacob Böhme al que prestará muy substanciales afinidades con el propio Hegel ¿Por ventura, no había dicho el tal Böhme que todo, incluso Dios, parte de la “nada esencial”.

            Por virtud de los cabalísticos aforismos de Böhme, “que despiertan en él, tal como el propio Strauss ha dejado escrito, una fe sobrenatural más viva que la de ningún creyente en los profetas y los apóstoles”, este influyente hegeliano distrae su fe del Hecho y Experiencia histórica de la Redención para centrarlo en los recovecos de un ocultismo muy en boga entonces.

            Es ése un profesional del sermón que se cree muy por encima de la sencilla fe del pueblo pero que distrae sus secretas inquietudes por obscuros laberintos de divagaciones esotéricas y mágicas. Obsesionado por contactar con algún “investido de poderes ocultos”, pasa por la “apasionante experiencia” de visitar a la bruja más influyente de la época, la “Vidente de Prevorst”. Virscher, uno de sus acompañantes, nos lo cuenta: “Strauss estaba como electrizado, no aspiraba más que a gozar de las visiones crepusculares de los espíritus; si creía encontrar la más ligera huella de racionalismo en la discusión, la rebatía con vehemencia, tachando de pagano y de turco a cualquiera que rehusara acompañarle a su jardín encantado”.

            Con tal disposición de ánimo y por imperativos de su profesión de pastor, Strauss ha de seguir estudiando Teología. Profundiza en la obra del profesor luterano Schleiermacher, del cual dirá: “Schleiermacher pretendía restituir a un mundo ateo el Dios que se da a conocer a los corazones en una mística unión; desde una perspectiva lejana e indefinida, pero tanto más cautivadora, nos mostraba a los hombres al Cristo que antes habíamos rechazado. En la obra de Schleiermacher no se restaura a Dios más que obligándole a perder su personalidad tradicional; otro tanto hace con Cristo, al que hace subir a un trono luego de haberle obligado a renunciar a toda clase de prerrogativas sobrenaturales”.

            Es cuando descubre en Hegel a un cauto teorizante del panteísmo y, aprovechando una brecha en la censura oficial, ya se considera pertrechado para, en buen mercader de ideas, abordar la réplica del Evangelio que, por cuestión de oficio, se ha visto obligado a predicar. Lo hará con hipócrita desfachatez ya que no está dispuesto a renunciar a las prebendas de un respetado clérigo, a la sazón, profesor del seminario luterano de Maulbrun (1931).

            Escribe su “Vida de Jesús”, que no es Dios hecho hombre, porque “si Dios se encarna específicamente en un hombre, que sería Cristo... ¿cómo puede hacerlo en toda la humanidad tal como enseña Hegel?”.

            Imbuido de que el panteísmo de Hegel era inequívocamente certero en la negación del Hecho preciso de la Encarnación de Dios en Jesús de Nazareth, ese acomodaticio pastor luterano que fue Strauss dice llegado el tiempo de “sustituir la vieja explicación por vía sobrenatural e, incluso, natural por un nuevo modo de presentar la Historia de Jesús: aquí la Figura central ha de ser vista en el campo de la mitología”... porque “el mito, continúa Strauss, se manifiesta en todos los puntos de la Vida de Jesús, lo que no quiere decir que se encuentre en la misma medida en todos los pasajes de ella. Lejos de esto, se puede afirmar anticipadamente que hay un mayor trasfondo histórico en los pasajes de la vida de Jesús transcurrida a la luz pública que en aquellos otros vividos en la oscuridad privada”.

            Usa Strauss en su libro un tono pomposo y didáctico que no abandona ni siquiera cuando se enfrenta con el núcleo central de la Religión Cristiana, la Resurrección de Jesucristo: “Según la creencia de la Iglesia, dice, Jesús volvió milagrosamente a la vida; según opinión de deístas como Raimarus, su cadáver fue robado por los discípulos; según la crítica de los racionalistas, Jesús no murió más que en apariencia y volvió de manera natural a la vida... según nosotros fue la imaginación de los discípulos la que les presentó al Maestro que ellos no se resignaban a considerar muerto. Se convierte así en puro fenómeno psicológico (mito) lo que, durante siglos, ha pasado por un hecho, en principio, inexplicable, más tarde, fraudulento y, por último, natural”.

            Strauss pretende aportar contundentes argumentos con una colosal y probada mentira: Dice haber buceado en la historia cuando no pasó de un viaje a Berlín para escuchar al “oráculo de los tiempos modernos”, el inigualable Hegel, que murió del cólera sin poder recibirle.

            Mintiendo, pues, con el mayor descaro, dice Strauss: “Los resultados de la investigación que hemos llevado a término, han anulado definitivamente la mayor y más importante parte de las creencias del cristiano en torno a Jesús, han desvanecido todo el aliento que de El esperaban, han convertido en áridas todas la consolaciones. Parece irremisiblemente disipado el tesoro de verdad y vida a que, durante dieciocho siglos, acudía la humanidad; toda la antigua grandeza se ha traducido en polvo; Dios ha quedado despojado de su gracia; el hombre, de su dignidad; por fin, está definitivamente roto el vínculo entre el Cielo y la Tierra”.

            Aunque descorazonador, corrosivo e indocumentado, “La Vida de Jesús” del pastor David Strauss fue un libro-revelación en el mundo de los mercaderes de ideas a que iba destinado. Era una especie de evangelio a la medida de los tiempos.

LA OBSESIÓN DE BAUER POR REINVENTAR EL CRISTIANISMO

            Cuando en 1835 apareció la corrosiva “Vida de Jesús” de Strauss le fue encomendado a Bruno Bauer la contundente réplica: había de hacerlo desde la perspectiva del orden establecido y en uso de una interesada interpretación de Hegel.

            También pastor luterano, había sido Bruno Bauer discípulo de Hegel con el que había llegado a una identificación tal que resultaba difícil diferenciar las publicaciones de uno y otro: el mismo estilo “áspero y melodioso” y la misma técnica en el manejo de los conceptos igualmente rebuscados y de igual forma sometidos al “desfile dialéctico”.

            Muerto Hegel, Bruno Bauer pretendió ser el nuevo indiscutido maestro. En alguno de los más influyentes círculos intelectuales alemanes así fue aceptado: “Decir que Bruno Bauer no es un fenómeno filosófico de primera magnitud es como afirmar que la Reforma careció de importancia: ha iluminado el mundo del pensamiento de tal forma que ya es imposible obscurecerlo “ (Cieskowski).

            No tuvo lugar la esperada contundente réplica a los postulados de Strauss; el choque entre ambos fue algo así como una pelea de gallos en que cada uno jugara a superar al otro en novedoso radicalismo, tanto que pronto Bruno Bauer se mereció el título de “Robespierre de la Teología”. Como él mismo confiesa, se había propuesto “practicar el terrorismo de la idea pura cuya misión es limpiar el campo de todas las malas y viejas hierbas” (Carta a C. Marx). En el enrarecido ambiente algo debió de influir la desazón y el desconcierto que en muchos clérigos había producido la llamada “unión de las iglesias” celebrada pocos años atrás (nos referimos a la fusión que en 1817 llevaron a cabo luteranos y calvinistas).

            Si Strauss había declarado la guerra a la Fe, Bauer, sin abandonar el campo de la teología luterana y desde una óptica que asegura genuinamente hegeliana, señala que la Religión es fundamental cuestión de estado y, por lo mismo, escapa a la competencia de la jerarquía eclesiástica, “cuya única razón de ser es proteger el libre examen”.

            Publica en 1841 su “Crítica de los Sinópticos” en que muestra a los Evangelios como una simple expresión de la “conciencia de la época” y, como tal, un anacronismo hecho inútil por la revolución hegeliana.

            Dice Bauer ser portavoz de la auténtica intencionalidad del siempre presente “maestro”, Hegel: “Se ha hecho preciso rasgar el manto con que el maestro cubría sus vergüenzas para presentar el sistema en toda su desnudez” y que resulte como lo que, en la interpretación de Bauer, era propiamente: una implacable andanada contra el Cristianismo, “conciencia desgraciada” a superar inexorablemente gracias a la fuerza revolucionaria del propio sistema.

            La idea que vende Bauer que, repetimos, dice haberla heredado del “oráculo de los tiempos modernos”, es la radical quiebra del Cristianismo: “Será una catástrofe pavorosa y necesariamente inmensa: mayor y más monstruosa que la que acompañó su entrada en el escenario del mundo” (Carta a C. Marx).

            Para el resentido pastor luterano cual resulta ser Bruno Bauer es inminente la batalla final que representará la definitiva derrota del “último enemigo del género humano... lo inhumano, la ironía espiritual del género humano, la inhumanidad que el hombre ha cometido contra sí mismo, el pecado más difícil de confesar” (Bauer, Las buenas cosas de la libertad). Personifica esa batalla última en su versión panteísta y atea del hegelianismo hasta que, como adalid que presume ser de la vanguardia crítica, Bauer da por muerto al Cristianismo. Con pasmosa ingenuidad asegura que únicamente falta darle al hecho la suficiente difusión.

            Esto sucede en el mundo de los “jóvenes hegelianos”, un revuelto zoco en que, tal como venimos señalando y en abierto proceder “burgués”, se subastan las ideas de la época.

DESDE EL HOMO HOMINI DEUS (FEUERBACH) AL EGO MIHI DEUS (STIRNER)

            Son muchos hombres y mujeres los que vuelcan su tendencia natural a la adoración arrastrados por una o varias de las numerosas corrientes de paganismo que aún perviven entre nosotros. Corrientes que sublimizan lo acomodaticio y cuyos profetas gozaron y gozan de enorme audiencia. Bueno será detenernos unos minutos en repasar tales corrientes de claro paganismo o religiosidad volcada hacia otros objetos o personas distintos del Dios Único.

            Para cuantos mantienen su pensamiento al pairo, la vida moderna brinda un nutrido catálogo de dioses: desde un inocente vicio hasta la deslumbrante (o patética) figura de un sex-simbol pasando por el Becerro de oro, el Lujo o la Envidia, la Aberración en cualquiera de sus formas... etc., etc... todos ellos presentados y admitidos como objetos de fervoroso culto a los que, con nombres de fugacísima moda, se dedican numerosos y concurridos templos... para la gloria de hombrecillos convertidos en dioses.

            Uno de los más aventajados discípulos de Hegel ha prestado argumentos de fe para todos los que sueñan con ser dioses desde una simple vulgaridad aliñada con los oropeles del marketing: Se trata de Luis Feuerbach (1804-72), cuya obra fue considerada por Marx “purgatorio de nuestro tiempo”.

            Recordemos una vez más cómo Hegel aseguró que la Idea fue el principio del Ser, quien habría de tomar conciencia de Sí superando las alienaciones de lo contingente histórico. Para los hombres nada de compromiso moral o de libertad responsabilizante.

            Feuerbach dice ver el “secreto de la Teología en la ciencia del Hombre”, entendido éste no como persona con específica responsabilidad sino como elemento masa de una de las familias del mundo animal (“der Mensch ist was er isst”, decía, al parecer, divertido por lo que en alemán es un juego de palabras —el hombre es lo que come—).

            Porfía que, al contrario de las formuladas por sus condiscípulos David Strauss y Bruno Bauer, su doctrina es absolutamente laica, no una antiteología. Todo lo que el hombre refleja en adoración es directa consecuencia de su especial situación en el reino animal en el que, a lo largo de los siglos, ha desarrollado particulares instintos animales como la razón, el amor y la fuerza de voluntad, las cuales, aunque derivadas del medio material en que se ha desarrollado la especie, se convierten en lo genuinamente humano: “Razón, amor y fuerza de voluntad, dice Feuerbach, son perfecciones o fuerza suprema, son la esencia misma del hombre... El hombre existe para conocer, para amar, para ejercer su voluntad”.

            Son cualidades que, en la ignorancia de que proceden de su propia esencia que no es más que una particular forma de ser de la materia, el hombre proyecta fuera de sí hasta personificarla en un ser extrahumano e imaginario al que llama Dios: “El misterio de la Religión es explicado por el hecho de que el hombre objetiva su ser para hacerse al punto siervo de ese ser objetivado al que convierte en persona... Es cuando el hombre se despoja de todo lo valioso de su personalidad para volcarlo en Dios; el hombre se empobrece para enriquecer a lo que no es más que un producto de su imaginación”.

            Según él mismo la define, la trayectoria intelectual de Feuerbach podría expresarse así: “Dios fue mi primer pensamiento, la Razón el segundo y el hombre mi tercero y último... Mi tercer y último pensamiento culminará una revolución sin precedentes iniciada por la toma de conciencia de que no hay otro dios del hombre que el hombre mismo: homo homini deus”: Es Prometeo que se rebela contra toda divinidad ajena al hombre.

            Presume Feuerbach de situar a la religiosidad en su justa dimensión: alimentada por las ideas de la Perfección y del Amor es una virtualidad de la verdadera esencia del hombre que habrá de proyectarse hacia el propio hombre como realidad suprema.

            A diferencia de Nietzsche para quien el superhombre es un ser en los antípodas de lo vulgar, para Feuerbach el hombre-dios es una abstracción de la especie, es el tipo medio que ha dejado de ser estrictamente animal en cuanto parte de lo que ha comido a lo largo de los siglos se ha convertido en producto de conciencia. Este dios de carne y fantasía, Prometeo atormentado por su propia impotencia, resultó genial descubrimiento para algunos (Carlos Marx, entre ellos) y para otros un bodrio vergonzante: Entre estos últimos cabe situar a Max Stirner que se presenta como materialista consecuente y ve en Feuerbach a alguien que “con la energía de la desesperanza, desmenuza todo el contenido del Cristianismo y no precisamente para desecharlo sino para entrar en él, arrancarle su divino contenido y encarnarlo en la especie”.

            Para este mismo Max Stirner no es materialismo lo de Feuerbach: desde el estricto punto de vista materialista, libre del mínimo retazo de generosidad, “yo no soy Dios ni el hombre especie: soy simplemente yo; nada, pues, de homo homini deus; para el materialista se impone un crudo y sincero ego mihi deus”... porque “¿cómo podéis ser libres, verdaderamente únicos, si alimentáis la continua conexión entre vosotros y los otros hombres?”. “Mi interés, dogmatiza Stirner, no radica en lo divino ni en lo humano, ni tampoco en lo bueno, verdadero, justo, libre, etc... radica en lo que es mío; no es un interés general: es un interés único como único soy yo”.

            Observareis que, aun desde la más cruda óptica materialista, se mantiene el carácter religioso, de indestructibles raíces naturales en el Hombre: lo más que logra es enfrentar al Único un diosecillo de su propia invención. Si cual pretenden los autoproclamados materialistas, desaparece Dios, lógico es que se desvanezca la sombra de todo lo divino. Y resultará que atributos divinos como la Perfección y el Amor se convierten en pura filfa y no sirven para prestar carácter social a la pretendida divinización tanto del hombre-especie, lo que se acepta como principio fundamental de cualquier forma de colectivismo, como del hombre que se eleva pisando la cabeza de sus congéneres, idea fuerza de cualquier forma de un individualismo insolidario muy cercano al colectivismo despersonalizante (de cuya síntesis, se ha ocupado Nietzsche).