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Cristianos, burgueses y proletarios

 

 

CUARTA PARTE

DOCTRINAS Y PRÁCTICAS COLECTIVISTAS 

I. CELEBRADOS TEÓRICOS DE LA DESPERSONALIZACIÓN

            DURANTE los tres primeros cuartos del siglo XX, la fuerza de la estadística (en la época, se habla de que más de la mitad de la Humanidad es marxista) impuso en los medios académicos más influyentes de Europa una abierta devoción por la herencia intelectual de Marx (a su vez, heredero del racionalismo cartesiano a través de Hegel). Los más desatacados siguen muy dentro de lo que, en contraposición de la REFLEXIÓN REALISTA, podemos llamar subjetivismo idealista, cuyo precedente principal, lo sabemos muy bien, es el egocentrismo racionalista que predicara el burgués Descartes (burgués porque se veía a sí mismo como principio).

            Son muchos los celebrados pensadores marxistas de estos primeros tres cuartos de siglo. De entre todos ellos, elegimos a tres (Sartre, Garaudy y Marcuse) que representan otras tantas corrientes académicas. Estas corrientes, aunque irreconciliables entre sí, estaban y siguen animadas (el marxismo intelectual será el último en desaparecer) por la común obsesión de desligar al hombre de responsabilidad personal frente a su propia historia. Con ello se propone una palmaria regresión a niveles de irracionalidad (la razón es un lujo estéril si no promueve la personalización) a la par que se incurre en una falta de respeto a la más elemental realidad: he nacido como ser con una precisa e intransferible responsabilidad.

            Pasemos, pues, al somero recuerdo de estos influyentes pensadores cuales son reconocidos Sartre, Garaudy y Marcuse.

SARTRE

            Según propia confesión, la introducción de Juan Pablo Sartre en el mundo de la intelectualidad obedeció a una abierta inclinación por el subjetivismo idealista: “el acto de la imaginación, dice, es un acto mágico: es un conjuro destinado a hacer aparecer las cosas que se desea”. Ya sé que es ahí en donde radica la vena poética; pero es que, en la obra de Sartre poesía y reflexión sistematizada (lo que hoy se entiende por filosofía) vienen indisolublemente unidas. En Sartre, como en ningún otro, toma cuerpo aquello de “sic volo, sic iubeo”.

            Se acerca a Marx en la valoración de la dialéctica de Hegel. Hilvana con Hegel a través de Heidegger y Husserl, quienes aplican la dialéctica a una pretendida confluencia del Ser y de la Nada en el campo de la Fenomenología y según “la pura intuición del yo” (es decir, según un apasionado idealismo subjetivo). Para un estudioso de Sartre como Stumpf tal significa: “El yo puro, contemplado en la pura intuición del yo, evoca con demasiada fuerza el nirvana de los ascetas indios, quienes, absortos e inmóviles, contemplan su ombligo... Nuestra mirada se hunde en lo oscuro, en la absoluta nada”.

            Es, como vemos, la continuación del afán que provocara Hegel: edificar la ciencia del saber partiendo de cero en el sentido más literal es decir, dando poder creador a la Nada, lo que, según ello y en magistral disparate del idealismo subjetivo, resultará infinitamente más consistente que el Ser.

            Sartre es más discurseador que sistematizador. Es el divulgador principal del existencialismo ateo al que presenta como reacción materialista contra la “metafísica del Ser”, que arrancara en Aristóteles y fuera defendida por el Realismo tomista.

            “La existencia precede a la esencia” o, lo que es igual, existiendo es como uno se encuentra con el propio ser; pero si, al menos, una parte del ser ya estaba allí... ¿qué sentido tiene eso de “primero existir y luego ser”, algo que nos aproxima a la invención hegeliana de que lo racional se impone sobre lo real?

            Sartre sale al paso de esta seria objeción con un cúmulo de teorías sobre el “en sí” y del “para sí, del “yo que se intuye a sí mismo” y “del infierno de los otros”: el “en sí” será el “ente”, lo más sólido e inmutable del Yo; el “para sí” aunque sea, de hecho, una pura indeterminación, habrá de ser aceptado como la expresión de la libertad, una facultad que se siente, pero que no se razona. El “para sí” es, según Sartre, una extraña fuerza que coincide con la Nada tomada como absoluto y en su sentido más literal (le Neant), fenómeno que, repitiendo a Hegel, “se expresa” como oposición a “lo que existe” y abre la única posibilidad de “definir al ser”.

            A tenor de ello, Sartre proclama que la Nada anida en el hombre como “un gusano” o “un pequeño mar”. “Invadido por la Nada”, el hombre encuentra en ella no una figura sino la fuerza creadora.

            Tales conclusiones, que ignoran los más elementales principios del razonamiento (lo que no es no puede ser por el simple efecto de una figura literaria) serían inadmisibles en cualquier reflexión mínimamente rigurosa; ello no obstante, tuvieron y tienen su audiencia merced a la soberbia retórica academicista en que vienen envueltos. La observación que dicta el sentido común sobre la perogrullada de que ALGO INVADIDO POR LA NADA ES NADA no arredra a Sartre, quien porfiará sobre el hecho de que es ahí precisamente adonde quiere llegar como referencia incuestionable para demostrar que la vida humana, cualquier vida humana, es radicalmente inútil.

            En Heidegger, el supuesto de la inutilidad de la propia vida se tradujo en “Angustia”; para Sartre la angustia del “ser que sabe que no es” se llama “Náusea”. Con eso de la “Náusea” pretende abrir nuevos caminos de inspiración a la juventud “contestataria” de la posguerra.

            Reconozcamos que la producción intelectual de Sartre es coherente con la corriente en que imaginación se confunde con razón, ambas se dejan guiar por el capricho o deseo de redefinir el Absoluto, para, al fin, chocar irremisiblemente contra la insobornable realidad: si para un impenitente idealista como Hegel, lo real encuentra su justificación únicamente como “oposición” a lo ideal (probablemente irreal, en cuanto pensado o imaginado), similar fundamentación asume Sartre para sus teorías: es la “nihilización” o reducción a la Nada lo que da significación a la vida e historia del hombre.

            Pero, cuando conviene a su propósito, Sartre se distancia de Hegel: desde muy distinta óptica que Kierkegard, Sartre coincide con Marx (y, esta vez, con el sentido común) cuando, refiriéndose a Hegel, afirma: “no es posible reducir el Ser al puro y simple saber”.

            Sartre abraza el “materialismo histórico” marxista desde lo que él llama un “racionalismo dialéctico y riguroso”. A ello se refiere en una carta a Garaudy: “El marxismo, dice, me fue ganando poco a poco al modo de pensar riguroso y dialéctico, cuando hace ya veinte años (en torno a 1940) me estaba extraviando en el oscurantismo del no-saber”. Lo acepta “por la fuerza de sus resortes internos y no por la excelencia de su filosofía”.

            Pero no es el de Sartre un marxismo “ortodoxo”. Tal como nos explica. “entiende por marxismo al Materialismo Histórico, que supone una dialéctica interna de la Historia y no al Materialismo Dialéctico, si es esto esa ensoñación metafísica que creará descubrir una dialéctica de la Naturaleza: aunque esta dialéctica de la naturaleza pudiera existir, aun no nos ha ofrecido el mínimo indicio de prueba”

            “Si el materialismo dialéctico, dice también Sartre, se reduce a una simple composición literaria, producto del artificio y de la pereza sobre las ciencias físico-químicas y biológicas, el materialismo histórico, en cambio, es el método constructivo y reconstructivo, que permite concebir a la historia humana como una totalización en curso”.

            Desde tal posición, acusada de atrevidamente revisionista, Sartre dogmatiza: “El existencialismo ateo se mantiene porque el marxismo no es una ciencia exacta” . Ello no quiere decir que se haya de revisar: “El marxismo no es una doctrina a revisar; es una tarea histórica a realizar”. Por eso, sigue dogmatizando Sartre, “el pensamiento existencialista, en tanto que se reconoce marxista, es decir, en tanto que no ignora su enraizamiento en el Materialismo Histórico, resulta el único proyecto marxista a la vez coherente y realizable”.

            Este peculiar e ideal producto marxista-existencialista, propugnado por Sartre, será un ateísmo militante capaz de hacer a la especie humana dueña de su propio destino por los caminos de la “razón dialéctica” o proceso de “nihilización constructiva”.

            De hecho, lo que propugna Sartre es aplicar la autoridad moral de Marx tanto a la gratuita ridiculización de cualquier mínimo rastro de fe en un Dios providente y libertador como a la radicalización de una lucha de clases que, para Sartre, debe sacudir su “progresivo aburguesamiento”.

GARAUDY

            En sus primeros tiempos de intelectual influyente, Garaudy trazaba una línea directa entre Jesús de Nazareth y Carlos Marx, “quien nos ha demostrado cómo se puede cambiar el mundo”.

            Roger Garaudy (nacido en 1913), hasta 1970, era considerado el más destacado intelectual del Partido Comunista Francés.

            Aunque nacido de padres agnósticos, desde muy niño, sintió viva preocupación por el problema religioso: tiene catorce años cuando se hace bautizar y se aficiona a la Teología que estudia en Estrasburgo; dedica especial atención a la obra de Kierkegard, padre del “existencialismo cristiano” y a Barth, inspirador de la “Teología Dialéctica”, según la cual Dios es “El totalmente Otro”.

            Tales influencias se dejaron sentir en la posterior militancia comunista de Garaudy: el punto fuerte de su crítica a la Religión será la acusación de que está desligada del mundo, aunque el halo de sacrificado amor que inspira infunda un remedo de “socialismo” a los cristianos.

            Es a los veinte años cuando Garaudy se afilia al PCF. Pronto destaca por su inteligencia despierta, amplia formación teórica y ambición. Perseguido por los alemanes (sufre dos años de cárcel), logra situarse en Argelia, desde donde dirige el semanario “Liberté” y programas de radio hacia la “Francia Ocupada”. Ya terminada la Guerra, es nombrado miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés, elegido diputado y escuchado como miembro destacado en todos los congresos. Pasa una larga temporada en Moscú, regresa a Francia, es de nuevo elegido diputado y llega a vicepresidente de la Asamblea Francesa (1956-58).

            Su creación del “Centre d'Etudes et de Recherches Marxistes”, su destacada participación en los “Cahiers du Communisme”, sus numerosas publicaciones y, sobre todo, la orientación que imprime a la celebración anual de la “Semaine de la pensée marxiste” hacen de Garaudy uno de los más escuchados pensadores marxistas europeos durante no menos de veinte años. El “mayo francés” de 1968 fue un revulsivo para el PCF el cual, prácticamente y en razón de la influencia de intelectuales como Garaudy, se mantuvo al margen de las revueltas estudiantiles. A raíz de ello, se decantan posiciones y Garaudy es apartado progresivamente de los círculos de influencia del Partido.

            Garaudy ya no acepta la disciplina que proviene de Moscú y se permite criticar la “restauración del stalinismo evidenciado en la intervención criminal contra Checoslovaquia”.

            La definitiva separación de los órganos de decisión del PCF se materializa cuanto su “politburó” reprocha formalmente a Garaudy su “renuncia a la lucha de clases”, su “rechazo a los principios leninistas del PCF”, su “crítica abierta e inadmisible a la Unión Soviética” e. incluso. su “pretendida revisión de los principios del Materialismo Histórico” (Dic. 1969). Sigue una guerra de comunicados según la cual Garaudy es acusado de entrar en connivencia con la Iglesia Católica, de adulterar los principios del “Materialismo Dialéctico”, de “atacar al centralismo democrático del Partido”, de “intentar convertir los órganos decisorios en un club de charlatanes incansables” (Fajon)... Al final, en mayo de 1,970, Garaudy es expulsado del Partido que, hasta el último momento, él se resistía a abandonar.

            A partir de entonces y hasta su conversión a la religión musulmana, Garaudy hace la guerra por su cuenta en el propósito de crear “un nuevo bloque histórico”, que habrán de constituir trabajadores, estudiantes, técnicos, artistas, intelectuales y, sobre todo, “católicos preocupados por la cuestión social”.

            “Hermano cristiano, dice a estos últimos, te hemos aclarado la actitud de los marxistas respecto a la religión. Como materialistas y ateos que somos, te tendemos lealmente la mano, sin ocultarte nada de nuestra doctrina por que todos nosotros, creyentes o ateos, padecemos la misma miseria, somos esclavizados por los mismos tiranos, nos sublevamos contra las mismas injusticias y anhelamos la misma felicidad” (repárese en lo paternalista del mensaje lanzado desde una, pretendidamente, más certera perspectiva intelectual).

            Cuando vienen las magistrales precisiones de la “Pacem in terris” de Juan XXIII, Garuady ve la ocasión de profundizar en su política de la mano tendida y llega a asegurar que el Marxismo sería una pobre doctrina si en él no tuvieran cabida, junto con las obras de Pablo, Agustín, Teresa de Ávila, Pascal, Claudel... valores como “el sentido cristiano de la trascendencia y del amor”. Ello hace pensar que, durante unos años, el secreto deseo de Garaudy es prestar su sello personal a una doctrina que resultaría de la síntesis entre el Cristianismo y el Marxismo, algo así como un humanismo moralmente cristiano y metafísicamente marxista (ateo) sobre la base de que la Materia es autosuficiente de que el Marxismo con su doctrina de la lucha de clases es la panacea de la Ciencia y del Progreso.

            Paro hay algo más en la obsesión revisionista de Garaudy; capitalizar la audiencia que logra entre los jóvenes el existencialismo sartriano, al que reprocha su escasa profundización en el estudio de las “cuatro fundamentales leyes dialécticas” (que actualizara Stalin, no hay que olvidarlo). Porque, tal como ha querido hacer ver, la doctrina de Marx es una especie de cajón de sastre en que cabe lo último del pensamiento: “No consideramos, dice, la doctrina de Marx de ningún modo como algo cerrado e intocable; al contrario, estamos convencidos de que, solamente, ha suministrado los fundamentos de la Ciencia, que los socialistas han de desarrollar en todos los aspectos”.

            Ahora, Garaudy dice haber encontrado su camino en la fidelidad a la doctrina de Mahoma.

MARCUSE

            Heriberto Marcuse, judío alemán, llega al marxismo por similar camino que Sartre: A través de Heidegger, se acerca a Hegel, en cuya estela encuentra a los marxistas radicales de la primitiva social democracia alemana.

            La dictadura de Hitler forzó a Marcuse a emigrar a Estados Unidos, en donde se afincó definitivamente.

            La producción intelectual de Marcuse quiere ser una síntesis de los legados de Hegel, Marx y Freud.

            Marcuse ha ligado a Marx con Freud gracias a las enseñanzas de otro judío alemán, W. Reich, médico psicoanalista empeñado en demostrar el “absoluto paralelismo” entre la lucha de clases y la sublimación sexual: “Aunque es necesario, decía Reich, acabar con la represión sexual de forma que se despliegue todo el potencial biológico del hombre, solamente en la sociedad sin clases, podrá existir el hombre nuevo, libre de cualquier sublimación”.

            Reich había venido a Estados Unidos por “escapar de una doble incomprensión”: de una parte, el Partido le acusaba de obseso sexual mientras que, en los círculos freudianos, no se entendía muy bien esa relación entre las luchas políticas y el psicoanálisis. Ya en Estados Unidos, Reich sigue cultivando su obsesión por la “síntesis entre la lucha de clases y la sublimación represiva”. Apoya su tesis en el descubrimiento de la “Orgonterapia”, el “descubrimiento científico más importante de los tiempos modernos”, capaz, asegura Reich, de curar el cáncer gracias a la aplicación del “orgón” o “mónada sexual”.

            Los extraños “tratamientos terapéuticos” de Reich llamaron la atención de la policía americana, quien descubrió que las pretendidas clínicas eran auténticos prostíbulos. Reich murió en la cárcel. Había escrito dos libros que hicieron particular mella en Marcuse: “Análisis del Carácter” y “La Función del Orgasmo”.

            La “sociedad industrial avanzada” de Estados Unidos es otro de los fenómenos presentes en la obra de Marcuse, como también lo es un crudo “pesimismo existencial”, posiblemente, hijo del resentimiento.

            Desde ese conglomerado de influencias y vivencias personales nació la doctrina marcusiana de la “Gran Negativa”, del “Hombre Unidimensional” (sometido al instinto como única fuerza determinante de su comportamiento) y de la “Desublimación”, títulos en que se apoya la relevancia que le concede la “New Left” o Nueva Izquierda. Es éste un producto marcusiano presente de los movimientos de protesta de los señoritos insatisfechos, en el “mayo francés del 68”, en las reivindicaciones de algunos grupos de marginados y, también, en muchas de las ligas abortistas o de “liberación sexual”.

            Marcuse es aceptado como una especie de profeta de la “protesta por que sí”, algo que, en cada momento, adoptará la forma que requieran las circunstancias: demagogia de salón, crítica académica, revuelta callejera... o simple afán de destrucción. Con Marcuse se deja atrás el camino de Utopía: se persigue “un más allá de la Utopía”.

            Para Marcuse la solución mágica a los problemas de la época parte de una “sublimación no represiva”, elemental “evidencia de la verdadera civilización la cual, como ya decía Baudelaire, no está ni en el gas ni en el vapor, ni en las mesas que giran: se encuentra en la progresiva desaparición del pecado original”.

            Para Marcuse el camino que ha de llevar a tal civilización se expresa en el enfrentamiento dialéctico entre el Eros freudiano (simplemente deseo y culminación sexual) y Thanatos, el genio griego de la muerte. Eros y Thanatos son fuerzas que llegarán a la “síntesis” o equilibrio en la solución final.

            Es en esa solución final en donde encontrarán su culminación los mitos de Orfeo, pacificador de las fuerzas de la Naturaleza, y de Prometeo, esa marxiana expresión de “odio a los dioses”. En esa solución final, como no era para menos, habrá desaparecido la lucha de clases, la angustia sexual y, gracias a todo ello, se habrá logrado “la transformación del dolor (trabajo) en juego y de la productividad represiva en productividad libre. Es una transformación que habrá venido precedida por la victoria sobre la necesidad gracias al pleno desarrollo de los factores determinantes de la nueva civilización”

            Tal constituye la tesis central de un libro que ha logrado amplísima difusión: “Eros y Civilización”. En tal libro y por la técnica de las antinomias, tan caras a Hegel y a Marx, se hace eco tanto de la corriente más utópica del marxismo como de la euforia erótica de una “juventud liberada”.

            Seis años después de la publicación de “Eros y la Civilización” Marcuse parece estar de vuelta de su rosado optimismo y, coincidiendo con el inicio de su decrepitud (cuenta 63 años), escribe: “Los acontecimientos de los últimos años prohíben todo optimismo. Las posibilidades inmensas de la civilización industrial avanzada se movilizan más y más contra la utilización racional de sus propios recursos, contra la pacificación de la existencia humana”.

            En ese tiempo Marcuse ha estudiado al Marxismo Soviético y “comprobado” que, más que suceder al Capitalismo, “coexiste con él”. Critica el que se haya mutilado la “acción espontánea de las masas” hasta sustituir la antigua dominación burguesa por otra en la que el Proletariado sigue alienado, esta vez por estructuras burocráticas todopoderosas, mientras que la difusión del pensamiento marxista se ha convertido en una especie de palabrería vacía. Protesta de cómo en la Unión soviética se utilizan los mismos trucos publicitarios que en las sociedades industriales avanzadas, éstas para hacer entrar por los ojos productos superfluos y aquellas para obligar a digerir la primacía del poder espiritual del Comité Central, la admiración bobalicona por el poderío bélico, la cerrazón intelectual o el servicio incondicional a los caprichos de la burocracia en el poder.

            Pero lo que Marcuse critica más acerbamente en el Marxismo Soviético es la forzada identificación entre la “fuerza del estado soviético y el progreso del socialismo”, lo que significa el progresivo anonadamiento de los ciudadanos y, también, la muerte del materialismo naturalista y el torpe uso de la Dialéctica, punto de partida de la “filosofía negativa” a la que, desde ahora, dice servir Marcuse.

            La crítica que Marcuse hace al Marxismo Soviético, crítica extensible a cualquier otra aplicación política del marxismo, es una crítica sentimental.

            Es desgarradora su imagen del hombre “Unidimensional”; pero es más la solución que le dicta su borrachera de idealismo subjetivo en que tanta fuerza presta a la “sublimación represiva” y en que tanta confianza pone en el papel providencial de la espontaneidad.

            Ahora el punto de mira de la crítica marcusiana está orientado hacia una sofisticada forma de alienación llamada Neopositivismo o “canonización teórica de la sociedad industrial”. Con su fobia a la socialización de las conquistas materiales del progreso, Marcuse se sitúa en la dirección espiritual de la generación de los señoritos insatisfechos, líderes ocasionales de cualquier posible grupo de marginados. Deliberadamente, Marcuse soslaya la evidencia de que lo trágico no es poseer o soñar con poseer un frigorífico, ni siquiera dos o más frigorífico; es protestar de que ese sea el objetivo fundamental de la vida, lo que no es, ni mucho menos cierto. Una mente discursiva como la de Marcuse, a fuer de sincero, debía reconocer el hecho indiscutible de que SE PUEDE ESTAR EN una sociedad de consumo sin que, por ello, uno limite su vida al estricto papel de consumir cualquier cosa que el mercado ofrezca.

            Marcuse, quien, repetimos, ha logrado una extraordinaria influencia entre las élites de cualquier posible revuelta, nunca fue más allá de la primera apariencia de las cosas ni de una superficial y sentimental apreciación de los fenómenos humanos. Era su preocupación fundamental la de ser reconocido como “maestro de la juventud”: “Me siento hegeliano, dice, y mi más ferviente deseo es ejercer sobre la juventud una influencia similar a la que, en su tiempo, ejerció Guillermo Federico Hegel”.

            Por ello, a tenor de las variadas orientaciones de las apetencias juveniles, ora apoya esto ora aquello otro radicalmente distinto a lo anterior.

            Aunque certero en algunas de sus críticas, la réplica que presenta suele ser un perfecto galimatías cuyo hilo conductor, al menos aparentemente, parece ser su intención de introducir el materialismo marxista y un grosero idealismo de aspecto freudiano en las sociedades industriales más avanzadas. Mezcla agudas observaciones con desorbitadas exageraciones y un evidente resentimiento diluido en propuestas de exclusión, castración de inquietudes y la crítica por la crítica... para que sus admiradores cultivaran una militante rebeldía siempre en guardia y contra todo.

            Huye de la realidad, eso sí, por el mismo laberinto por el que intentaron escapar sus mentores Hegel, Marx y Freud: prestar a lo particular o contingente (una simple experiencia cuando no apreciación histórica) la categoría de universal. Claro que, muy probablemente, incurrió en ello sin fe y por el único afán de “conservar una clientela”.

            Y al fondo, y como hace ya cuatro siglos viene sucediendo frecuentemente en el tratamiento de los problemas humanos, una hiriente desviación: marginar al hombre-persona con peculiar responsabilidad de humanizar su entorno para reducir todo lo humano al “colectivo humano u hombre especie”.

II. EL MITO DEL SUPERHOMBRE FRENTE AL OPIO DEL HOMBRE ESPECIE

            SON MUCHOS los hombres y mujeres que, refugiados en la colectivización de sus respectivas conciencias, vuelcan su tendencia natural a la adoración arrastrados por una o varias de las numerosas corrientes de paganismo que han recobrado actualidad con preferencia a las más directamente orientadas a la pura y simple satisfacción animal. Puesto que están alimentadas por la harto generalizada fiebre materialista, son corrientes que, con cierta colorista singularización, gozaron y gozan de enorme audiencia. A ese nivel de masificación, la lógica de la convivencia requiere un pastor, un guía, un líder algo así como el super-hombre de Nietzsche, que tantos argumentos prestó a Hitler y sigue prestando a los tiranos que se empeñan en desviar hacia el propio beneficio el sentido de la historia.

            Todavía, aquí y ahora, son muchos los que ven en la soberbia soledad del héroe de Nietzsche, el “super-hombre” Zaratustra, la grandiosidad de un “sí” a todo el poder-ser del Hombre, “al más atrevido encuentro con la íntima verdad del Hombre”.

            Bueno está recordar que Nietzsche situaba su “verdad” “más allá del bien y del mal”, en un mundo que él quiere elemental: de materia y de voluntad, de carne y de sangre, mundo en el que impone su razón el que está en situación de atropellar y de despreciar a cuantos aceptan la moral de la solidaridad o “moral de esclavos”.

            En la voluntad de dominio encuentran los fieles de Nietzsche la razón primordial para renegar de los viejos valores, para situar el ansia u obsesión desesperada de poder por encima de la resignación, preferir la guerra a la paz, la astucia a la prudencia... hasta que “perezcan los débiles y los fracasados ante la voluntad de dominio de los fuertes” (Anticristo).

            No importa que todo ello se debata en el campo de lo irracional, que la voluntad de dominio destruya las raíces anteriores y superiores a uno mismo, enfrentado a la fatalidad o condenado a flotar sobre el vacío de una autosuficiencia simplemente imaginada: a Nietzsche no le importa que el tal super hombre viva y muera como el títere de una absurda tragedia: “solitario, sigues el camino del Creador, quieres hacer un dios de tus siete demonios...” “Yo amo a todo aquel que se propone crear algo superior al hombre y sucumbe en el empeño” (Así hablaba Zaratustra).

            Todo ello no es ateísmo: es deliberada preocupación por introducir en el pensamiento de los hombres la presencia de un ídolo alimentado por las más obscuras corrientes de la historia: la idea de un hombre sin traba moral alguna y, por lo mismo, capaz de alargar hasta el infinito los horizontes de una vida radicalmente insolidaria de la suerte de todos sus congéneres.

            ¡Pobre super hombre, diosecillo con pies de barro! Otra intectualizada forma de paganismo, que si gue cobrando fervor religioso entre no pocos contemporáneos, es la formulada por el padre del llamado positivismo, un tal Augusto Comte, cuya “Ley de los Tres Estados” es una literal coincidencia con una célebre proclama de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, la Razón el segundo y el hombre, mi tercero y último”. También aquí se toma al hombre como especie compartiendo una sola conciencia, sólo que en distintos niveles otorgando la plaza de privilegio a los pro-hombres de los negocios (oligarquía o tribu de super-hombres)

            Según la “ley de los tres estados” de Comte, pasó el hombre de la creencia en lo divino al razonamiento especulativo y de aquí a la directa experiencia sobre lo positivamente dado. En aventuradísima simplificación Comte hacía coincidir el primer estado con la época medieval, el segundo con la herencia de Descartes y el tercero con su propia época y los siglos venideros. Pretende cerrar el círculo haciendo coincidir su pensamiento con las supuestas primitivas inquietudes religiosas del hombre: el Fetichismo o vuelco religioso hacia lo más palpable.

            Punto de apoyo de tal religión es el instinto de simpatía entre los hombres mientras que la pauta para su organización la encuentra en el esquema jerárquico de la Iglesia Católica, cuyo populismo ve animado por la figura de la Virgen María, a la cual sustituirá por el objeto de un amor platónico por el que se obsesionó en una obscura parte de su vida, una tal Clotilde de Vaux.

            Para completar los elementos clave de su revolución religiosa, Comte presenta a toda la Humanidad como Grand Etre, convierte en casta sacerdotal a los prohombres de la industria y de los negocios y, en peculiar remembranza del Catolicismo, inventa nueve sacramentos y ochenta y cuatro fiestas religiosas.

            El meollo de tal revolución religiosa radica en la pretensión de sustituir al Dios del Amor y de la Libertad por la Organización en función del Orden Industrial al servicio de los sumos pontífices de la Economía...(¿No era ésa la principal obsesión burguesa?) ¿Sus adeptos? Cuantos tienen algo que perder si falla el culto al “tanto tienes tanto vales”, lo que requiere una fe incondicional de los simples que muy bien pueden distraer sus inquietudes religiosas con dioses, ritos y devociones pertinentemente alimentadas con una retórica que haya sido útil a lo largo de la historia.

            “Muerto Dios”, convertido en literatura el recuerdo del Crucificado, archivado en la trastienda de la historia el compromiso personal con la Redención, ignorados los derechos del más débil o fuera de la propia órbita, condenado el amor por anacrónico e inmaterial... no debe chocar que la poderosa Superficialidad se empeñe por identificar al Progreso con el culto al Placer, al Desprecio por la Vida, a la Vagancia, a la Envidia, al Animal que goza y no piensa, al Becerro de oro, a la Irresponsabilidad personal, a la Muerte de lo genuinamente humano...

Es impropio hablar de corrientes modernas de ateísmo o de humanismo ateo: Lo que pugna por sustituir a la adoración del Dios del Amor y de la Libertad es estricto paganismo con sus dioses, con sus templos y sus escalas de valores, que, si no descubren nada nuevo, al menos sintonizan con la apatía y el cansancio de una sociedad opulenta y rencorosa.

            Sabemos que la vivencia de tal paganismo, a la par que es un retroceso en la historia, castra a la vida humana de todo sentido, incluido el utilitarista. Pero, puesto que, en principio, es fácilmente asimilable por el animal, ha conquistado millones de voluntades.

            No importa que promocione el aburrimiento existencial, el agudo pasotismo, los afincamientos en la nada o desesperadas búsquedas de paraísos artificiales empedrados de continuas y progresivas frustraciones. Tampoco debe importar mucho que faciliten e inspiren ideologías de segregación racial, cultural, confesional o sobre cuestiones sin entronque alguno con la más palmaria realidad del hombre (animal social y racional)... Representan, y ése es su principal atractivo, una huida hacia abajo en que las fantasías animales, tanto para los señores como para los esclavos, no encontrarán otro freno que el hastío.

            Ese paganismo farfullero y animalizante corta el camino hacia el Trabajo solidario, el indiscutible y más asequible medio que encuentran cada mujer y cada hombre para cumplir su vocación y reconquistar nuevas parcelas de libertad y revalorizar así su genuina condición de colaborador en la inacabada obra de la Creación.

III. DESDE MARX AL “DEUTSLAND ÜBER ALLES”

            LA TOMA del “Palacio de Invierno” despertó FIEBRE DE HOMOLOGACIÓN en los “movimientos proletarios” de todo el Mundo: una buena parte de los núcleos revolucionarios vieron un ejemplo a seguir en la trayectoria bolchevique.

            En buen estratega y con poderosos medios a su alcance, Lenin vio enseguida la ocasión de capitalizar esa fiebre de homologación sobre la base de una infraestructura burocrática y doctrinal promovida y desarrollada desde el Kremlin. Ello implicó una jerarquía de funciones y una ortodoxia que pronto fue aceptada como “marxista-leninista”: inamovible rigidez de los principios del “Materialismo Dialéctico”, del carácter “positivo” de la “lucha de clases”, de la JUSTICIA INMANENTE a la “Dictadura del Proletariado”, de la inmediata y feliz resolución de la Historia en fidelísimo eco de las consignas soviéticas...

            El “Marxismo-leninismo” sirvió de base espiritual al imperialismo que Lenin y su entorno se propusieron impartir: consolidado el poder bolchevique en el antiguo imperio zarista, urgía establecer la “Unión Mundial de Repúblicas Soviéticas”: la fuerza de cohesión estaría representada por la fe universal en una VERDAD ABSOLUTA según la inequívoca presentación del nuevo jerarca de todas las Rusias.

            Esa “verdad absoluta” era doctrina y era estrategia de lucha: como doctrina requería un ejército de exégetas (“obreros del pensamiento”) que, siguiendo la batuta de los oráculos oficiales, interpretara todas las conclusiones de la moderna Ciencia a la luz de las mil veces proclamada autosuficiencia de la Materia y de su incidencia sobre la imparable colectivización del género humano.

            Como estrategia de lucha el “marxismo-leninismo” requería la capitalización de todas las miserias sociales, requería unos objetivos, unos medios y una organización: objetivo principal, universalizar el triunfo bolchevique; medios operativos, cuantos pudieran derivarse del monopolio de los recursos materiales y humanos de la Unión Soviética; soporte de la organización, una monolítica burocracia que canalizara ciegas obediencias, una vez reducidos al mínimo todos los posibles desviacionismos o críticas a las directrices de la “Vanguardia del Proletariado”, “Soviet Supremo” o voluntad del autócrata de turno...

            La tal estrategia se materializó con la fundación y desarrollo de lo que se llamó Tercera Internacional o “Komintern”, cuya operativa incluía 21 puntos a respetar por todos los partidos comunistas del mundo so pena de incurrir en anatema y, por lo mismo, ver cortado el grifo de la financiación.

            Desde la óptica marxista y como réplica a los exclusivismos bolcheviques, difundidos y mantenidos desde la Komintern, surgió un más estrecho entendimiento entre los otros socialismos. De ahí surgió los que se llamó y se llama la “Internacional Socialista” (Mayo-1923, Hamburgo).

            A pesar de las distancias entre una y otra “internacional” los no comunistas reconocían ostensiblemente el carácter socialista de la “revolución bolchevique”: las divergencias no se han referido nunca a la base materialista y atea ni a los objetivos de colectivización, cuestiones que se siguen aceptando como definitorias del socialismo.

            Hoy como ayer, entre comunistas y socialistas hay diferencia de matices en la catalogación de los maestros y, también, en la elección del camino hacia la “Utopía Final”: para los primeros es desde el aparato del Estado y en abierta pugna con el “Gran Capital”, para los segundos desde la “democrática confrontación” política, desde las “reformas culturales” (laicismo radical) y a través de presiones fiscales y agigantamiento de la burocracia pasiva. En el norte de unos y otros siempre ha estado la sustitución de la responsabilidad personal por la colectivización.

            También a unos y a otros les acerca el magisterio de Marx: para los comunistas como autoridad “espiritual” incuestionable, para los socialistas como “pionero” de las “grandes ideas sociales” en cuya definición hacen destacar a los clásicos Saint Simon o Proudhon; por demás, sus fidelidades marxistas, con frecuencia, están sujetas a las interpretaciones o distorsiones de “revisionistas” como Bernstein, “pacifistas” como Jean Jaures o “activistas” como Jorge Sorel.

            Jorge Sorel (1847-1922), reconocido maestro de Mussolini, ha pasado a la historia como un estratega de la violencia organizada al amparo de la “permisividad democrática”. Predicaba Sorel que es en el Proletariado en donde se forman y cobran valor las fuerzas morales de la Sociedad. Son, según él (“Reflexiones sobre la violencia”, 1908), fuerzas morales que habrán de estar continuamente alimentadas por la actitud de lucha contra las otras clases. Será el sindicato el ejército obrero por excelencia y su actitud reivindicativa el soporte de la vida diaria hasta la “huelga general” como idea fuerza capaz de aglutinar a los forjadores de un “nuevo orden social”, algo que, en razón de una mística revolucionaria al estilo de la que predicara Bakunín, surgirá de las cenizas de la actual civilización: “Destruir es una forma de crear”, había dicho Bakunín sin preocuparse por el después; tampoco Sorel explicó cuáles habrían de ser los valores y objetivos de ese nuevo “orden social”.

            Tal laguna fue motivo de reflexión para algunos de sus discípulos, entre los cuales descuella Benito Mussolini (1883-1945), socialista e hijo de militante socialista.

            Desertor del ejército y emigrante en Suiza (1902) Mussolini trabaja en los oficios más dispares al tiempo que devora toda la literatura colectivista que llega a sus manos; tras varias condenas de cárcel, es expulsado de Suiza y regresa a Italia en donde cultiva el activismo revolucionario. Su principal campo de acción son los sindicatos según los presupuestos del citado Sorel, cuya aportación ideológica aliña Mussolini con otros postulados blanquistas, prudonianos y, por supuesto, marxistas. Filtra todo gracias a la aportación de Wilfredo Pareto (1848-1923), a quien el propio Mussolini reconoce como “padre del fascismo”. Propugnaba ese tal Pareto el gobierno de los “mejores” al servicio de un estado convertido en valor absoluto. Llega Mussolini a ser director del diario “Avanti”, órgano oficial del Partido Socialista Italiano.

            Cuando, por su radicalismo, es expulsado del Partido Socialista Italiano, Mussolini crea “Il Popolo d'Italia”, desde donde promociona un furibundo nacionalismo y su peculiar idea sobre el Estado fuerte y providente encarnado en la clase de los “justos y disciplinados” al mando incuestionable de un guía (Duce), muy por encima de la masa general de servidores, convertidos en compacto rebaño.

            Mussolini participa en la guerra y, al regreso, capitaliza el descontento y desarraigo de los “arditi” (excombatientes) y de cuantos reniegan del “sovietismo de importación” o de la “estéril verborrea” de los políticos. En 1919 crea los “fascios italianos de combate” con los que cosecha un triste resultado electoral.

            No se amilana, sigue participando en sucesivas elecciones, radicaliza sus posiciones respecto a los otros partidos y al propio sistema parlamentario, promueve la “acción directa” (terrorismo), predica apasionadamente la resurrección de Italia a costa de los que sea, se hace rodear de aparatoso ritual y, sorpresivamente, organiza un golpe de fuerza y de teatro (más de teatro que de fuerza).

            Es la famosa “marcha sobre Roma” cuyo directo resultado fue la dimisión del gobierno y la cesión del poder al “Duce” por parte del acomodaticio Víctor Manuel (29 de octubre de 1922).

            Fue así como un reducido COLECTIVO (aquí si que cuadra el nombre) de “iluminados” aupó a un singular personaje “sobre el cadáver, más o menos putrefacto, de la diosa libertad”.

            El “nuevo orden” fue presentado como “necesaria condición” para hacer realidad la proclama de Saint Simón que, por aquel entonces y desde no tan diferente ámbito, Lenín repetía hasta la saciedad: “de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”.

            Este “orden nuevo” fue una especie de socialismo vertical, tan materialista y tan promotor del gregarismo como cualquier otro. Tuvo de particular la estética del apabullamiento (vibrantes desfiles y sugerentes formas de vestir) y el desarrollo de un exacerbado nacionalismo empeñado en dar sentido trascendente a la obediencia ciega al guía o jefe y, también, a la expansión incondicionada del imperio.

            Por directa inspiración del Duce, se entronizaron nuevos dioses de esencia etérea como la gloria o más a ras del suelo como la “prosperidad a costa de los pueblos débiles”. Con su bagaje de fuerza y de teatro Mussolini prometía hacer del mundo un campo de recreo para sus fieles “fascistas”.

            El espectacular desenlace de la “marcha sobre Roma” (1922) fue tomado como lección magistral por otro antiguo combatiente de la Gran Guerra; había sido condecorado con la Cruz de Hierro, se llamaba Adolfo Hitler (1889-1945).

 

            Cuando en 1919 se afilia al recientemente creado “Partido Obrero Alemán”, excrescencia de la primitiva Social Democracia, Adolfo Hitler descubre en sí mismo unas extraordinarias dotes para la retórica. De ello hace el soporte de una ambición que le lleva a la cabeza del Partido al que rebatida con el apelativo de Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (National - sozialistiche Deuztsche Arbeiterpartei) o Partido Nazi (1920).

            El programa del Partido Nazi quiere ser un opio de la reciente derrota de los alemanes y habla de bienestar sin límites para los trabajadores (tomados, claro está, como estricto ente colectivo); también habla de exaltación patriótica, de valores de raza y de inexcusable responsabilidad histórica.

            Gana Hitler a su causa al general Ludendorff, con quien organiza en 1923 un fracasado golpe de Estado que le lleva a la cárcel en donde, ayudado por Rodolfo Hess, escribe “Mein Kampf” (Mi Lucha), especie de catecismo nazi.

            Vuelto a la arena política y en un terreno abonado por la decepción, una terrible crisis económica, ensoñación romántica y torpe añoranza por héroes providentes del escaso pan, logra el suficiente respaldo electoral para que el mariscal Hindemburg, presidente de la República, le nombre canciller.

            Muy rápidamente, Hitler logra el poder absoluto desde el cual pretende aplicar la Praxis que le dictara el ideal matrimonio entre Marx y Nietzsche pasado por las sistematizaciones de una tal Rosemberg. En esa Praxis Alemania será el eje del Universo (“Deutztschland über alles”), él mismo, guía o “führer” que requiere absoluta fidelidad como indiscutida e indiscutible expresión del super-hombre y viene respaldado por una moral de conquista y triunfo situada “más allá del bien y del mal”.

            Por debajo, tendrá a un fidelísimo pueblo con una única voluntad (gregarismo absoluto como supremo resultado de una completa colectivización de energías físicas y mentales) y el propósito compartido de lograr la felicidad sobre la opresión y miseria del resto de los mortales.

            La realidad es que Hitler llevó a cabo una de las más criminales experiencias de colectivización de que nos habla la historia.

Había alimentado el arraigo popular con una oportunísima capitalización de algunos éxitos frente a la inflación y al declive de la economía, la cómoda inhibición (manda, Führer, nosotros obedecemos) y la vena romántica con espectaculares desfiles, procesiones de antorchas, la magia de los símbolos, saludo en alto “la mano redentora del espíritu del sol”...

            Para los fieles de Hitler era objetivo principal conquistar un amplio “Lebensraum” (espacio vital) en que desarrollar su colectiva voluntad de dominio.

            En la previa confrontación política había sido la social-democracia su principal víctima: muchos de sus adeptos votaron por el gran demagogo que irradiaba novedad y aparentaba capacidad para hacer llover el maná del bienestar para todo el “colectivo”; el descalabro del socialismo “democrático” y consecuente triunfo de los nazis fue propiciado por la propia actitud del Partido Comunista el cual, siguiendo las orientaciones de Moscú, entendía que el triunfo de Hitler significaba el triunfo del ala más reaccionaria de la burguesía lo que, en virtud de los postulados marxistas, facilitaría una posterior reacción a su favor. Es así como Thälman, un destacado comunista de entonces, llegó a escribir ante la investidura de Hitler: “Los acontecimientos han significado un espectacular giro de las fuerzas de clase en favor de la revolución proletaria”.

            Obvia es cualquier reserva sobre el paso por la Historia de ese consumado colectivismo cual fue la revolución hitleriana: sus devastadoras guerras imperialistas, las inconcebibles persecuciones y holocaustos de pueblos enteros, las exacerbadas vivencias de los más bestiales instintos, el alucinante acoso a la libertad de sus propios ciudadanos... ha mostrado con creces el absoluto y rotundo fracaso de cualquier idealista empeño de colectivización de voluntades.

            La trayectoria de Hitler y sus incondicionales esclavos engendró un trágico ridículo que planeó sobre Europa incluso años después de la espantosa traca final.

            En el pavoroso vacío subsiguiente a la experiencia nacional-socialista cupo la impresión de que habían incurrido en criminal burla todos los que, desde un lado u otro, habían cantado la “muerte de Dios” y consiguiente atrofia de atributos suyos como el Amor y la Libertad.

IV. RUSIA, MARXISMO Y PODER SOVIÉTICO

            “LA DOCTRINA de Marx es omnipotente porque es exacta”, proclamaba Lenín y toda la fuerza publicitaria de que disponía su régimen mostraba cómo, para todos, se abrían las puertas al sol de una verdad absoluta. Efectivamente, porque estaban contratados para hacerlo ver así, los publicistas soviéticos presentaban el producto como habría de hacerse con un objeto de fe sin fisuras y con capacidad para ofrecer aceptables respuestas a todas y a cada una de las humanas inquietudes “hasta llenar la cabeza y el corazón” (Garaudy) de cuantos viven y desarrollan cualquier tipo de actividad bajo su sombra.

            Como verdad absoluta fue presentada una monolítica concepción total de la Naturaleza y de la Historia en que se podrán encontrar cumplidas explicaciones no solamente sobre el origen y destino del universo sino, también, sobre la totalidad de las posibles relaciones entre los hombres y del cauce específico a que ha de ajustar su vida cada uno de ellos.

            Ni más ni menos, la “doctrina de Marx” ha sido, pues, una religión cuyo dogma principal será la autosuficiencia de la materia capaz, por sí misma, de prestar finalidad a cuanto existe y cuyo texto sagrado es el reflejado en la “científica” obra de Carlos Marx.

            La consecuente realidad social es de sobra conocida: una burocracia oligárquica que, durante setenta años, ha frenado toda posibilidad de libre iniciativa y que no ha garantizado más que el “buen vivir” de cuantos han vegetado a la sombra del poder.

            Aquí, con irrebatible elocuencia, ha quedado demostrado el carácter esencial de la doctrina marxista. Ha sido una consecuencia más de la fiebre racionalista, algo así como un producto lanzado al mercado de las ideas “a la descomposición del espíritu absoluto”.

            Socialismo científico o materialismo dialéctico... simples expresiones del subjetivismo idealista hechas hilo conductor de mil ambiciones y de otras tantas bien urdidas estrategias para la conquista y mantenimiento del poder, sea ello a costa de ríos de sangre y del secuestro de la libertad de todos los súbditos incluso de los más allegados a la cabeza visible de la efectiva oligarquía.

            Todo ello ha sido posible en la inmensa y “santa” Rusia, país que ha vivido más de mil años al margen de los avatares de la Europa Occidental y, también, de las culturas genuinamente asiáticas.

            Diríase que la evolución de la historia rusa siguió una pauta diametralmente opuesta a la de nuestro entorno: si aquí el hombre, a través de los siglos, fue cubriendo sucesivas etapas de libertad, en Rusia tuvo lugar justamente lo contrario: desde el individualismo personificado en el héroe se desciende al hombre concebido como simple cifra (hasta poco antes de los soviets el poder de un noble se medía por los miles de esclavos — almas— a su libre disposición).

            Tal proceso a la inversa o evolución social regresiva es la más notoria característica de la historia de Rusia; y sorprende cómo son víctimas todas las capas sociales a excepción del zar, quien, teórica y prácticamente, goza en exclusiva de todos los derechos a que apela en función de su soberano capricho: puede desencadenar guerras por simple diversión, ejercer de verdugo, abofetear en público a sus más directos colaboradores o golpear brutalmente y como prueba de escarmiento a su propio hijo. Es un autócrata que goza de inmunidad absoluta para erigirse, incluso, en intérprete de la esencia de Dios.

            Muy al contrario del primero y más grande de los héroes históricos rusos, Rurik de Jutlandia (m. en 879), jefe de los varegos o vikingos, personaje sin patria ni dios; no eran súbditos sino compañeros cuantos, libremente, le seguían en sus correrías; todos ellos podían disfrutar de sus conquistas sin límites precisos ni acotaciones legales.

            Otro héroe, Sviatoslav (siglo X) tomaba como límites de sus dominios el horizonte que bordeaba las inmensas estepas. Es el guerrero nómada por simple sed de aventura, tanto que sus soldados han de reprocharle “buscas, príncipe tierras extrañas y desprecias la tuya... ¿no significan nada para ti ni tu patrimonio, ni tu vieja madre, ni tus hijos?”.

            Ese correr de acá para allá con el temor a echar raíces parece ser la obsesión principal de la época heroica, todo lo contrario de lo que sucedía entonces en Europa, víctima de la atomización feudal y de la rigidez de una fuerte jerarquización social que pone abismos entre señores y siervos.

            Es, precisamente, en esa época cuando tiene lugar el sentido de “patria rusa” que habrá de pervivir a pesar de las sucesivas y frecuentes invasiones e incisiones de distintas culturas: desde el Asia Central hasta el Báltico, desde el Océano Glacial hasta el Mar Negro, los habitantes de la prodigiosamente uniforme llanura se sentían rusos antes que eslavos, vikingos o tártaros.

            Pronto los hijos de los guerreros imponen a las estepas los límites de su capricho y procuran que arbitrarias y sucesivas leyes empujen a los débiles desde el libre uso de la tierra hasta el colonialismo más opresivo.

            A lo largo del tiempo, la estela del héroe se desvanece en la figura del abúlico, despótico y zalamero “boyardo” a la par que los antiguos compañeros se convierten en colonos a los que, sucesivamente, se les rebaja parcelas de libertad hasta resultar, en el último tercio del siglo XIX, esclavos de no mejor condición que aquellos

            otros que dejan su sangre en las plantaciones americanas. Es, como vemos, un proceso a la inversa de lo que ha sucedido en la Europa Occidental.

            El contrapunto de la opresión lo encuentran las almas sencillas en una religión importada de la rica y artificiosa Bizancio. De esa religión lo más difundido no fue el sentido paulino de la libertad y dignidad humana: es el acatamiento de lo superior lo cual, por retruécano de hábiles políticos, es presentado como una especie de ósmosis entre poder civil y poder divino. Se da en Rusia el más notable ejemplo histórico de poder teocrático, no encarnado en la autoridad religiosa sino en la civil, la cual confunde el pomposo respeto que exige con los ritos y ceremonias eclesiásticas.

A pesar de ese deliberado confusionismo, de la escasa moralidad y nivel cultural del Clero ruso, a pesar de lo que se puede tildar de ampuloso “nacional-cristianismo”... el mensaje evangélico del amor entre hermanos ha cuajado en el pueblo ruso con una notable profundidad a la que, sin duda, no es ajena su proverbial hospitalidad.

            La Historia de Rusia muestra cómo el poder, para lograr el sumiso acatamiento de cada día, utilizó como acicate un fenómeno peculiar de la ortodoxia: desde la caída de Constantinopla en poder de los turcos se estimaba que la propia Rusia era depositaria del legado de los apóstoles. No había otra tierra con más méritos para encarnar la nueva Jerusalén. Y se alimenta la figura de la Santa Rusia y una cuidadosa parafernalia en que se apoya un “nacional-imperialismo teocrático” que, progresivamente, conquista las voluntades y reglamenta la vida de cada día.

            El Zar, que se llama a sí mismo autócrata o señor absoluto de cuanto se mueve dentro de las fronteras del imperio, presume también ser el único autorizado intérprete de la voluntad de Dios. Sus miserias y vilezas serán siempre producto de la fatalidad o de la envidia exterior.

            Entre los menos iletrados crece un evidente complejo de inferioridad frente a los “aires liberadores” que vienen de Europa. En ese ambiente nace y se desarrolla una fuerza intelectual genuinamente rusa, la llamada “Intelligencsia”: es ésta el lago en que se ahogan los propósitos de evolución realista, en que forman torbellino encontradas interpretaciones de los más vistosos sistemas “racionalistas”, en que las corrientes de decepción por el arrollador poder de la prosa a ras de tierra busca desesperadamente una luz que difícilmente encuentra en una religión o moral tan mediatizada por los intereses y caprichos de los poderosos. Aquí el movimiento romántico deriva en el nihilismo o desprecio por lo elemental incluida la propia vida: se incurrirá en terribles extravagancias como el terror, incluso para sí mismo, como medio de realización personal.

            Se palpa la crisis en la miseria de los más débiles, en la cobardía de los situados, en la desesperanzada angustia de teorizantes y pensadores; en el servilismo de la iglesia oficial, en las torpes relaciones internacionales, en los caprichos de la inmensa y omnipresente burocracia, en la ñoña superstición del zar y de la zarina, ésta sometida al capricho de un hipócrita “iluminado” llamado Rasputín... Y, como telón de fondo, una catastrófica situación económica convertida en tragedia universal por la llamada Gran Guerra.

            Desde hace unos años, refugiada en el extranjero, existe una minoría de rusos que presume de “être a la page” en la cuestión de las ideas; cultivan, abiertamente, un “occidentalismo militante” por oposición a los “esvalófilos” que ven en las raíces de la patria rusa la solución a todos los males.

            Uno de lo más destacados del círculo de “occidentalistas” es un profesor cuya formación filosófica provenía del Instituto Minero de San Petersburgo, en donde, sin duda, asistió a algún seminario sobre lo que se consideraba más avanzado entonces, el “idealismo alemán”: Jorge Valentinovich Plekanof (1857-1918), considerado padre del marxismo ruso.

            Primero en Berna, luego en París, Plekanof contactó con algunos marxistas, de los que tomó un radical materialismo, al que, en recuerdo de Hegel, llamó “dialéctico”. “Materialismo Dialéctico” ha sido el término con que los doctrinarios marxistas, incluidos Lenín y Stalin, han definido su sistema durante bastantes años.

            Conocida, a grandes rasgos, la obra de Marx, Plekanof se aplicó a su difusión y popularización en base a tomar al pie de la letra los postulados básicos “sin concesión alguna a la eventual estrategia revolucionaria” (Lenín): si la sociedad sin clases era, según Marx, una consecuencia lógica de la emancipación proletaria, consecuencia, a su vez, de la consumación de la revolución burguesa, en Rusia el primer paso habrá de ser desarrollar la industria capitalista hasta un nivel similar al de las sociedades accidentales más avanzadas. Ello, siempre según los dictados de Marx, implicará la expansión de un proletariado progresivamente consciente de su carácter de motor de la historia, la subsiguiente radicalización de la lucha de clases y la progresiva debilidad del otro antagonista, una burguesía más preocupada del vacío y alienante “poseer” que de interpretar el sentido de la historia.

            Entre los primeros militantes de lo que, en principio, se llamó Social Democracia figura un joven visceralmente enemigo de la autocracia zarista: Vladimiro Ilych Ulianof, Lenín.

            Para Lenín fue fundamental la obra de divulgación de Plekanof cuyo encuentro en el exilio, celebró como uno de los principales acontecimientos de su vida.

            A sus treinta años Lenín es reconocido como líder por los bolcheviques o rama revolucionaria de la Social Democracia Rusa, escindida en dos en 1903. La Otra rama o de los mencheviques (la de los “social-traidores”, que dirá Lenín) está liderada por el propio Plekanof y cuenta con figuras como León Davidovich Bronstein, más conocido por León Trotsky.

            Tenía Trotsky no menos talento ni menor ambición que el propio Lenín. Se dice que, en principio, optó por los mencheviques porque ahí no encontró quien pudiera hacerle sombra, muy al contrario de lo que ocurría en el partido de los bolcheviques, arrollado por la personalidad de Lenín. Pero pronto, sobre cualquier otra consideración, se le impuso a Trotsky el “pragmatismo revolucionario”, y se pasó a los bolcheviques para convertirse en el alter ego de Lenín y junto con él impulsar una revolución “en nombre de Marx, pero contra Marx” (Plekanof).

            En 1905 cae en Rusia el “Antiguo Régimen”. Ya el zar es una simple figura decorativa que distrae sus frustraciones en un mundo de banalidades y supersticiones. El poder legislativo está encarnado en la Duma o parlamento, al que sobra grandilocuencia y falta sentido de la realidad y cualquier referencia histórica que no sea la de otras latitudes. Las sucesivas “dumas” son juguete de la improvisación y del oportunismo. En la calle, van cobrando progresiva fuerza los “soviets” o consejos de obreros y soldados que organizan y mantienen en orden celular Lenín y Trotsky junto con un plantel de teóricos marxistas entre los que ya descuella un tal José Stalin.

            Mientras tanto, hierven las cosas en Europa hasta la Gran Guerra del 14.

            Es la ocasión que Lenín aprovecha magistralmente para sus fines: a través de sus “soviets”, difunde la idea del carácter capitalista de la guerra lo que hará de la inhibición una “virtud proletaria” y, por todos los medios a su alcance, fomentará el desconcierto en todos los frentes.

            Cuando, siguiendo las consignas de Lenín, grupos de soldados rusos se acercan desarmados a sus “camaradas” alemanes, éstos les reciben a tiros y bayonetazos.

            La desorientación e indisciplina por parte de las bases del ejército ruso es ocasión de no pocas estrepitosas derrotas convertidas en gravísimas catástrofes nacionales por una retaguardia y un poder central que convierte en muñecos una crasa y progresiva anarquía.

            Lenín, que difundía sus consignas desde el exilio, vuelve a Rusia en un tren facilitado, según se dice, por el enemigo alemán.

            Preside el gobierno el teórico e ingenuo Kerensky, que termina siendo suplantado por Lenín (“todo el poder para los soviets”).

            En cuanto se hace dueño del poder central y anula a la oposición dentro de la propia izquierda rusa (anarquistas, social-revolucionarios y mencheviques), Lenín ordena el asesinato de toda la familia imperial y precipita la paz en unas condiciones que desencadenarán una nueva y sangrienta guerra, esta vez entre hermanos.

            Lenín, de apariencia mongoloide, se muestra a sí mismo como un implacable vapuleador de los “explotadores” (“que los explotadores se conviertan en explotados”), como un fidelísimo albacea de la herencia intelectual de Marx (“la doctrina de Marx es omnipotente porque es exacta”) y, también, como un revolucionario sin tregua (“todos los medios son buenos para abatir a la sociedad podrida”).

            Pero, en la práctica, crea un nuevo aparato de explotación. hace de la doctrina de Marx un cúmulo de dogmas defendidos inquisitorialmente y se aplica a estrangular cualquier conato de revuelta que no sea la promovida por sí mismo y sus satélites, llamados a ocupar la cabecera de una oligarquía que, durante setenta años, se ha mostrado capaz de canalizar hacia su propio beneficio los recursos materiales (y “espirituales”) de un inmenso país.

            Pero Lenín vendió muy bien la idea de la TRASCENDENCIA SOVIÉTICA: supo dar carácter de “menor mal”, aunque implacable producto de la necesidad histórica, a todos los sufrimientos y reveses que hubieron de padecer sus conciudadanos a la par que infundía suficiente fe en dos soberbios mitos: el del carácter redentor del Proletariado y el del inminente Paraíso Comunista (un mundo de plena abundancia gracias a la abolición de la propiedad privada). Fantástica posibilidad que, para toda la Humanidad, abría la Unión Soviética.

            Y, gracias a la iniciativa de Lenín, tomó progresivo cuerpo lo que se podrá llamar Escolástica Soviética, a diferentes niveles, impartida en escuelas y universidades: un nueva religión en que el odio y la ciencia son los principales valores hasta que la libertad sea “definitivo bien social”. Es ésta una libertad que, según la “ortodoxia soviética”, nace por la fuerza de las cosas y como un manantial que cobrará progresivo caudal gracias a la bondad intrínseca de la Dictadura del Proletariado.

            Los “fieles” no pasaron del 5% de la población total. Pero, durante muchos años, han sido suficientes para mantener la adhesión de toda la población a esa religión, cuyos dogmas, hasta hace muy poco tiempo, han servido de cobertura a cualquier posible acción de gobierno.

            El éxito de la Revolución de Octubre canalizó una buena parte de las aspiraciones de los partidos revolucionarios de todo el mundo. En buen estratega, Lenín se autoerigió en principal promotor del movimiento reivindicativo mundial, intención que se materializa en la convocatoria de la llamada Tercera Internacional, que, con rublos y consignas, impuso la “línea soviética” como la única capaz de augurar éxito a cualquier “movimiento revolucionario”.

            Durante muchos años, la tríada de Marx-Engels-Lenín tendrá el carácter de una sagrada referencia. Hoy, sus cabezas de piedra ruedan por el suelo de lo que antes fueran sus templos.

            Con un oportunismo, que no podemos negar, nos hacemos fuertes en la reciente historia para proclamar la enorme pérdida de tiempo y de energías que ha significado la fidelidad a ese producto idealista cual es el tan mal llamado “materialismo dialéctico”. Nuevos ricos han surgido gracias a su explotación comercial, mucha sangre ha corrido y muchas ilusiones han confluido en el vacío.

            La soviética ha sido una experiencia histórica que se ha tomado setenta años para demostrar su rotundo fracaso, incluso en lo que parecía más sencillo desde el “nuevo orden social”: el desarrollo económico.

            Cierto que, en el ánimo de muchos ha caído el ídolo y ha perdido su inmenso prestigio la doctrina; pero ¿cómo desbrozar el camino de sofismas, residuos de intereses, malevolencias e ingenuidades? ¿Cómo evitar su tardío reflejo en otras sociedades a las que, en supina ignorancia de sus derechos, se mantiene en el vagón de cola del progreso?

            Para los nuevos cultivos del progreso ¿Qué derroche de generosidad y de realismo no se necesita? ¿Dónde están y quienes son los “obreros” que han de llevarlo a cabo? ¿Seguro que saben cómo hacerlo? ¿Seguro que no depende de ti algún esfuerzo o lucecita, por pequeña que sea?

            En esas inmensas llanuras ¿Cuándo, al margen de proclamadas intenciones, retóricos soflamas y desconcertantes demagogias, cobrará constructiva fuerza el sol de la libertad responsabilizante? ¿Cuándo amanecerá, Tovarich?

V. EL DESPERTAR DE CHINA