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Cristianos, burgueses y proletarios

 

 

QUINTA PARTE

PERSONA, COMUNIDAD Y PROGRESO SOCIAL

 

I. LOS ESPAÑOLES Y SU CIRCUNSTANCIA

            LA TRAYECTORIA histórica de cualquier nación, región, pueblo o tribu, obvio es reconocerlo, está entroncada en la propia historia de la Humanidad; hoy más que en tiempos pasados, la opulencia o miseria de éste o de aquel pueblo adquiere resonancia mundial; “a caballo de las ondas”, la noticia tanto de un memorable evento como de una agobiante calamidad, ocurridos en el más remoto rincón del Globo, incide en conciencias y formas de sentir o soslayar...: llegados a lo de la “Aldea Global”, es de rigor reconocer que todos y cada uno de nosotros, por acción u omisión, tiene su parte de RESPONSABILIDAD en el desarrollo de lo bueno y también en la persistencia de lo malo que ocurre a otras personas y pueblos. “Puesto que pertenecen a la raza de los ambiciosos, sus amigos piensan que, logradas razonables cotas de prosperidad, los españoles se sentirán ni pobres ni ricos y sí liberados”. Eso ha dicho Perroux de los españoles. Literatura aparte ¿son tales bendiciones rasgos de nuestra personalidad comunitaria?

            ¿Significará esa libertad disponibilidad de voluntad y de energías? ¿Tal vez el COMPROMISO de poner en juego ALGO MÁS que lo practicado y obtenido por otros países situados en el privilegio y BASTANTE MÁS que la teoría y la Praxis de aquellos otros países a los que su circunstancia impide superar una ancestral miseria o una persistente ofuscación sobre el desarrollo de sus posibilidades?

            Ese ALGO MÁS, que, desde las carencias de los países pobres, DESAFÍA A LOS ESPAÑOLES, habría de expresarse en una amalgama de generosidad, inventiva y realismo. Tal vez ocurre así y el problema consiste en que el “señor de turno” (“¡Qué buen vasallo si hobiese buen señor!”, se lee en Mío Cid) es esclavo de “otros compromisos” o pasa el tiempo que nos debe en la deleitosa contemplación de su ombligo.

            En cualquiera de los casos, falta a los españoles un NORTE para el ejercicio de un elemental compromiso de continua solidaridad. Se hace poco, prácticamente nada, por llevar el PAN, “que no comemos”, al que más lo necesita y que, probablemente, (sobre todo, si “con el pez le ayudamos y enseñamos a pescar”) resulte mejor pagador que nuestros más opulentos clientes. He ahí un campo en el que cultivar millones de oportunidades de trabajo para tantos españoles que acuciantemente lo necesitan.

            “Trabajo para nosotros contra el hambre de millones de posibles buenos clientes”, podría ser el revulsivo de nuestra España Invertebrada.

            Sin duda que, salvado el actual anquilosamiento de una adocenada y corrupta Administración, con todo su bagaje histórico de pensamiento y cultura, con la herramienta de su capacidad humana, material y técnica... tiene ahora España un papel importante que jugar.

            Para ello no es necesario “plantarle cara” a la Unión Europea pero sí “humanizar” una buena parte de sus “burocráticos caprichos” o disposiciones que marginan la elemental solidaridad entre los pueblos, lo que implica desestimar abiertamente cuanto representa el sacrificio de una res, el saqueo de nuestras costas o el desaprovechamiento de una sola hectárea de terreno. Solidaridad que, repetimos, puede y debe tener “compensación crematística”, aunque ello sea a largo plazo.

            Los pueblos, al igual que los seres humanos, se hacen “personas” en tanto en cuanto aciertan a poner de relieve (se podría decir universalizar) su originalidad o trazos especiales, lo que, si se toma como complemento de otras particularidades y no como punto o referencia de confrontación, es semilla de libertad y prosperidad para los otros pueblos.

            Si España es la Europa que se acerca al Continente Africano es, además, toda una historia que, en base a su peculiaridad cultural y económica, se hace experiencia nueva en América y en remotos puntos estratégicos de Asia o África. Por todo ello y cuando la Técnica se muestra capaz de garantizar la Suficiencia para todos y cada uno de los Compañeros del Mundo es primordial superar las barreras retóricas para asumir una clarísima responsabilidad: del pleno y disciplinado uso de nuestras energías depende una buena parte de la solución al problema del Hambre en tantos y tantos países que se merecen mejor suerte.

            Se trata, simplemente, de que nuestros gobernantes y hombres de iniciativa tomen la potencialidad de España (oportunidades, recursos y energías) como necesario cauce de sus decisiones. Con un objetivo de tan amplios horizontes no habrá entonces lugar para el pasotismo de los responsables políticos ni, consecuentemente, para la falta de oportunidades de empleo; en paralelo y ante un objetivo de tan amplios horizontes, seguro que perderán fuerza los anquilosantes e irracionales particularismos “nacionalistas”:

            “Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre”, decía Ortega y Gasset en 1922. Tampoco se funda en la unidad de idioma, ni siquiera en la geográfica definición de fronteras.

            La unidad nacional es el resultado de un largo y a veces dramático proceso de “totalización” personalizante: cada parte de eso que se va haciendo todo es más ella misma cuanto más ha participado en la consolidación de lo comunitario, un mosaico de variadas formas y colores, cada cual con su particular resalte, ubicación y complementariedad.

            Desde la perspectiva de lo obvio, sigue diciendo Ortega: “Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”.

            Ese algo que hacer no es, por supuesto, servir de simple caja de resonancia al Poder público:

            “Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para él se dé el gusto de existir”, se lamenta el propio Ortega.

            “Como el pretexto, sigue diciendo, es excesivamente menguado, España se va deshaciendo, deshaciendo...”

            En esa agonía de la España, que sigue teniendo voz propia en el concierto de naciones, no es lo más disgregador el particularismo por cuestión de idioma, “Rh” o “barreras naturales”: es, con mucho, la falta de un “sugestivo proyecto en común” que debiera ser perfilado y desarrollado por el Poder Público “Central”. Es el particularismo de éste el que, a la par que alimenta los particularismos centrífugos, es incapaz de señalar norte alguno mientras se regodea en el descomprometido disfrute del momento, a costa de todos los españoles, claro está.

            Hubo un tiempo en que la forja de la Democracia unió voluntades y esfuerzos: se rompió con lo “atado y bien atado” y se rindió un justo tributo a la Solidaridad. Ello no era más que el principio o punto de partida para lo que debía de ser un Progreso continuado por caminos de Libertad.

            Claro que ha habido Libertad; y, también, Solidaridad en los momentos difíciles... pero el acechante particularismo copó las esferas de poder y ya se marcó como objetivo principal el “mantenerlo y no enmendarlo”: desde entonces, el “templar gaitas” es su ocupación principal. Y se descuidan cosas tan perentorias como las de abrir mercados, compenetrarse con las exigencias de la Realidad diaria, incentivar la creación de empresas, actualizar medios y modos de producción, cortar de forma efectiva la sangría del desempleo, situar a la valiosa pluralidad lingüista en su justa dimensión (sin incurrir, por supuesto, en la discriminación del idioma común o en la “jilipollez” de establecer traducción simultánea para el diálogo entre españoles).

            La “vertebración” resulta tanto más fácil cuanto más las energías nacionales encuentren proyección universal:

            Si “la idea de grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional”, otra vez Ortega, “sólo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda política interior”.

            “Juntos para hacer algo”, pero ¿QUÉ? ¿No podría ser romper de alguna manera la barrera de privilegios con que intenta protegerse la “Sociedad Opulenta”? ¿Acaso no se ha evidenciado ya que ese cerril posicionamiento de los ricos constituye un serio peligro para la continuidad de su riqueza? ¿Es tan difícil reconocer que un “progreso económico continuado” depende en gran medida de la preocupación por ampliar el círculo de potenciales clientes, tanto más solventes cuanto más participen en la tarea común de humanizar recursos y energías?

            ¿Por qué nuestra política internacional es tan corta de miras y tan supeditada a lo que se cuece en los más elitistas y centrípetos foros? ¿Dónde está un perentorio afán de personalización (ser lo que podemos ser) a base de proyectar hacia el exterior lo mejor de nosotros mismos?

            No es tiempo de confrontaciones o retóricas sobre elitismo o avasallamiento: es tiempo de mirar hacia fuera para ver lo que podemos hacer dentro. A todos los niveles, claro está: desde la propia casa a la aldea, de ésta a la Comunidad en que nos toca vivir, de aquí hacia todos los rincones de España y, desde España y con todo lo bueno que podamos obtener de la Unión Europea, hacia cualquier lugar en que encuentre positivo eco lo que tenemos, hacemos o proyectamos.

            Desde lo concreto y siempre con la mira puesta en la proyección universal de bienes y energías, hemos de reconocerlo, se puede encontrar remedio a la agonía de esta España acosada por los particularismos: ya no será signo de distinción tal o cual acento o una paparruchera interpretación de un trasnochado incidente histórico: será, como en cualquier comunidad realmente progresista, el afán por descollar en generosidad o en “inteligente” proyección social y universal de lo que a cada uno distingue.

            Recordemos ahora cómo, en España, las exageradas muestras de particularismo regionalista no son más que “la manifestación más acusada del estado de descomposición en que ha caído nuestro pueblo” (esto lo dijo Ortega en 1921).

            Si la “historia de la decadencia de una Nación es la historia de una vasta desintegración”, las razones y medios para superar tal decadencia han de ser buscadas en una progresiva integración. Claro que, para que esa integración pase de las palabras a los hechos, al poder político le corresponde la iniciativa en roturar caminos de ORIENTACIÓN UNIVERSAL para, luego delegar, descentralizar, coordinar en respeto a las respectivas libertades de iniciativa.

            Quiere ello decir que, para romper la tendencia particularista tan esencial es dosificar la fuerza central como encauzar la fuerza de dispersión.

            Castilla, también dijo Ortega, ha hecho a España y Castilla la ha deshecho: NO HACER NADA NUEVO y situarse en el particularismo (Carlos III, educado en el racionalismo burgués, sátrapa ilustrado y obseso por la “originalidad”: el conjunto de su obra, nos recuerda Ortega, es acaso el más particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía.

            Ante el palmario hecho de usar la fuerza nacional para fines privados no basta la resonancia del pasado: es elemental una continua exigencia de compromiso personal hacia el resto de personas y pueblos más allá de barreras físicas y fronteras..

            Si es respetable todo lo que distingue o personaliza (idioma, costumbres, historia, modos de pensar y obrar…) no lo es lo ramplonamente particularista como es la pedantesca ilusión de poseer mayor capacidad craneana o una más brillante disposición para los negocios.

            “La actualidad pública de España se caracteriza por un imperio casi exclusivo del particularismo: lo negativo de los nacionalismos más acusados no es su fervorosa preocupación por la diferencia, es el poso que les llega del particularismo central, éste, a su vez, alimentado por el terror a perder el poder, que se toma como privilegio y no como posicionamiento para hacer y proyectar”. Pero el particularismo de los pueblos, al igual que el cerrado egoísmo de las personas, pierde razón y fuerza cuando la Invitación Comunitaria presenta argumentos los suficientemente gratificantes para romper las cerriles fronteras de la autocomplacencia.

            Falta, pues presentar a los españoles, prometedores campos de acción que pueden ser seguros caminos para una COMUNITARIA INTEGRACIÓN.

            Ya entonces estaríamos los españoles, todos los españoles, comprometidos en una Acción Solidaria, no retórica y sí volcada hacia la solución de tantos y tantos problemas de elemental supervivencia de otras personas y de otros pueblos con iguales derechos que nosotros al disfrute de bienes y servicios.

            Y, desarrollada la potencialidad de nuestra Economía, alcanzaríamos nuevas cotas de Progreso por caminos de estricta racionalidad al tiempo que nuestra agónica Democracia recibe la sacudida de un nuevo impulso vital.

            Aunque ya extraordinariamente grave, la de los exacerbados particularismos (central y periféricos) es una remediable forma de agonía de nuestra España y de nuestra Democracia: una y otra cuentan suficientes reservas de vida y de constructiva ilusión. Son los cauces de desarrollo los que han de ser desbrozados por la capacidad de juicio de los españoles más generosos: de éstos (con su voto) depende que la adecuada FORMA DE GOBERNAR debilite los particularismos (el anquilosante y perverso particularismo centralista, en primer lugar) y sea capaz de presentar con arrolladora claridad un sugestivo PROYECTO DE VIDA Y DE ACCIÓN EN COMÚN. España es nuestra inmediata circunstancia de carácter comunitario con indudable vocación de proyectar sus capacidades y energías hacia el bien universal: acuciante (y sugestivo) PROYECTO DE VIDA Y DE ACCIÓN EN COMÚN es el de asumir como propios los problemas de desarrollo (o supervivencia) de las personas y pueblos proletarios (los que no tienen nada material que perder). Ello puede encajar perfectamente en la Economía de Mercado y, por lo tanto, no implica peligro alguno de recesión económica en cuanto abre nuevos canales para la industria y los servicios.

II. OLVIDADOS CAMPOS DE EXPANSIÓN ECONÓMICA

            EN LA ECONOMÍA de los países desarrollados se echan en falta dos muy asequibles canales de expansión: El primero a partir de la reorientación de los recursos disponibles y potenciales en línea con la actualidad tecnológica; el segundo en base a una muy posible “marshallización” del ámbito comercial: Aplicar las fantásticas virtualidades de los semiconductores a la promoción de las Tecnologías Intermedias (de fácil y económica aplicación a la pequeña industria, a la agricultura, a la ganadería, a las piscifactorías, a los servicios) e iniciar con los países “en vías de desarrollo” una innovadora política comercial con objetivos a medio y largo plazo. (¿Qué habría sido de la moderna economía americana sin aquel “Plan Marshall”, al que los más timoratos (o, groseramente, egoístas) tildaron de arriesgado y que, de hecho, se reveló como oportunísimo para promotores y beneficiarios, estos últimos totalmente arruinados por una devastadora guerra?).

            Tras el estrepitoso fracaso que representa el estrangulamiento del consumo primario y subsiguiente productividad (responsabilidad muy directa para los G7 o Gurús del Mercado) las circunstancias actuales tientan la fecunda iniciativa de países que, como el nuestro, están a medio camino entre la tiranía de los grandes flujos de capital y la economía de la supervivencia. ¿Quién mejor que nosotros para el desarrollo de las energías alternativas, la explotación racional de modernos cultivos o la distribución hacia los activos y potenciales clientes de los cuatro puntos cardinales?

            ¿Acaso falta imaginación para convertir en “rentables consumidores” a esas cuatro quintas partes de la Humanidad que pasan hambre? ¿Puede alguien poner en duda el tirón que ello representaría para una economía a la altura del desafío de los tiempos?

            Una nación como la nuestra, tanto por su estratégica situación y trayectoria histórica como por su capacidad productiva y nivel de desarrollo, puede muy bien servir de puente entre las facilidades que brinda a la Suficiencia la nueva industria y la inmensa multitud de países “en vías de desarrollo”, algunos de ellos buenos vecinos con voluntad de entendimiento y otros muchos hermanados por la sangre, la lengua y la cultura.

            Por lo mismo, España debe resistirse a entrar en esa trama de antinaturales proteccionismos, cuya positiva viabilidad económica es harto discutible. Sorteando con arte las trabas que opone ese imperialismo de la opulencia y en uso de sus derechos soberanos, debe aplicar su capacidad y entendimiento a lo que demanda una buena parte de la humanidad deshereda, lo que, por feliz reversión que demuestra la experiencia, redundará en beneficio de los españoles.

            Nuevas industrias, mayor desarrollo técnico en lo específicamente español, más racionales cultivos (racionales porque se ajustarán al necesario equilibrio entre medios de explotación, recursos naturales y distribución) es lo que parece demandar a gritos nuestra “natural zona de influencia”.

            Para abrir o consolidar nuevos canales de expansión, los principales responsables de nuestra Economía habrán de huir de probados excesos de papanatismo tanto respecto a teorías más que desprestigiadas por la ley natural y la experiencia como a dictados de los opulentos que continúan apurando al máximo las posibilidades que para el acaparamiento les ha brindado su insolidaria trayectoria histórica. Mayor libertad y viabilidad de éxito ofrece el desarrollo de iniciativas consecuentes con la demanda de otros países menos celosos de sus privilegios.

            Por supuesto que, dado el carácter de los grandes grupos de intereses cual el Mercado Común, el libre desarrollo de la INICIATIVA NACIONAL no implica ruptura alguna de nuestros actuales compromisos internacionales pero sí una continua y extremada cautela ante la posibilidad de que nuestra economía siga la línea que marcan las apetencias de los más poderosos. Es un peligro que saben sortear otras naciones en una situación no tan propicia como la nuestra. Los condicionamientos del medio económico en que nos desenvolvemos no son tan rígidos que no permitan canalizar lo más significativo de nuestra producción hacia áreas convergentes con las necesidades de los menos favorecidos por el progreso material, lo que, por venturosa ley natural, presenta para nosotros razonables perspectivas de desarrollo en todos los órdenes.

            El marco del Mercado Común, que aceptan como definitivo algunos de nuestros poderosos economistas, no lo es tanto para países como Inglaterra, Francia, Alemania, Dinamarca...

            Al menos, esa papanatesca tendencia a la homologación, que tanto preocupa a nuestros gobernantes ¿no debería incluir las estratégicas desviaciones que dicte nuestra conveniencia y la acuciante demanda de tantos millones de potenciales clientes?

III. TRABAJO PARA TODOS, OBJETIVO UNIVERSAL

            MUCHO se ha hablado y se ha escrito sobre la “irreversible marcha hacia el Progreso”.

            El Progreso en todas sus dimensiones es difícil de catalogar o definir: se vive y cobra fuerza cuando la libertad de cada uno se expresa en pocas palabras y en un trabajo solidario y consecuente con todas las posibilidades que brinda la Tierra, la necesaria y progresiva continuidad en los niveles de bienestar social y los condicionantes (la “circunstancia”) del momento en que se vive.

            Es una Sociedad gravemente enferma aquella que es incapaz de ofrecer motivaciones al pleno desarrollo de la iniciativa personal de todos y cada uno de sus ciudadanos, sean estos ricos o pobres, empresarios o asalariados.

            Para una Sociedad que aspira al progresivo desarrollo de sus posibilidades el pleno Empleo es una NATURAL EXIGENCIA.

            También es NATURAL EXIGENCIA el asumir responsabilidades en una “equilibrada disponibilidad de estímulos”.

            Acaparar posibilidades y desaprovechar las diversas fuentes de estímulos constituyen un grave atentado a la Libertad y, por lo mismo, actúan como enconados enemigos del Progreso.

            Acaparar o despilfarrar bienes privándoles de su jugo social es un tropelía que se traduce en una traba para la felicidad del propio inductor o protagonista (el poder político o los títulos de propiedad se legitiman y consolidan cuando se proyectan hacia el perfeccionamiento, multiplicación y difusión de los bienes potencialmente asequibles a la mayoría).

            Es gravísima desgracia nacional ignorar o, mucho peor aún, neutralizar el libre desarrollo del caudal de energías que las personas, distintas unas de otras y con capacidades complementarias, están en el derecho de aplicar a la cobertura de las carencias de su entorno. Consecuentemente, Progreso en vías de consolidación, será aquel que, por caminos de libertad, incrementa las responsabilizaciones precisas para la necesaria multiplicación, mejor distribución y máxima proyección de los bienes naturales, lo que, por LEY NATURAL, se traduce en suficientes oportunidades de empleo. Reniega, pues de su principal responsabilidad un Poder público que no se fija como esencial preocupación el total aprovechamiento de bienes y energías disponibles. Cuando ese Poder público asuma a conciencia su principal responsabilidad, el TRABAJO PARA TODOS resultará un ineludible OBJETIVO UNIVERSAL.

            No estar juntos por que así lo determina la inercia de los tiempos: ESTAR JUNTOS PARA HACER JUNTOS ALGO, que ya hemos recordado.

            Algo realizable, un proyecto incitador de voluntades “¿Para qué, con qué fin y bajo qué ideas ondeadas como banderas incitantes?”. La unión se hace para lanzar la energía española a los cuatro vientos, para inundar el planeta de nuevas ideas y de nuevos modos de cubrir ancestrales necesidades.

            En el éxito de las empresas una buena parte depende del sentido de la oportunidad: ¿qué mejor resquicio para el desarrollo que el romper tanta manía de manipulación por parte de los G7 y sus ocasionales portavoces el FMI y el Bundesbank, entre otros?

            La Weltpolitik de los españoles pasa por un “ambicioso afán de personalización” sin atropellos de ningún estilo, con la explotación y puesta sobre el TAPETE UNIVERSAL de las más ricas peculiaridades... dentro de un claro objetivo unitario: esto último es la pieza fundamental del Proyecto de tal forma que, cuando falla, los buenos propósitos se desvanecen en pura retórica cuando no se traducen en retrógrado egocentrismo. Sin duda que el seguimiento de la IDEA DE GRANDES COSAS POR HACER, que el empeño por cubrir las sucesivas etapas de ese más que necesario SUGESTIVO PROYECTO EN COMÚN... darán al traste con no pocos falaces argumentos que alimentan la peligrosa obsesión de ir cada uno por su lado.

            ¿Qué mejor “sugestivo proyecto en común” que el de volcar cuanto tenemos y valemos hacia la cobertura de tantas carencias de millones y millones de potenciales clientes nuestros en respeto a las “Leyes del Mercado” sí, pero no a tantas hipócritas consignas de los países más poderosos cuyo afán de colonialismo universal es tan evidente? Con evidente mayor generosidad ¿no se podría aminorar el cerco torpemente pactado con la Unión Europea y seguir el ejemplo de países cuya actividad económica no le hace remilgo alguno a cualquier posible proyección universal?

            Por lo tanto, la Idea-fuerza de ese SUGESTIVO PROYECTO EN COMÚN puede y debe responder a la simultánea cobertura de dos acuciantes y dramáticas carencias: la de SUFICIENTE TRABAJO en España y la de SUFICIENTES RECURSOS vitales en tantos pueblos (al margen de los avatares políticos y en una línea de reciprocidad que, muy seguramente, no garantizan los G7 y sus más devotos satélites). Siempre, claro está, en progresiva aplicación de LIBERTAD RESPONSABILIZANTE.

IV. LA DEUDA EXTERIOR DE LOS PAÍSES PROLETARIOS

            ENTRE otras cosas, una nación es una entidad económica de superior nivel. Algo así como una gigantesca empresa cuya próspera viabilidad tomará consistencia si se respetan unas específicas reglas del juego.

            Al igual que ocurre con una buena parte de las empresas, son muchos los países que sufren la rémora de anteriores torpes acciones comerciales: pura y dura corrupción en las altas esferas de poder, falta de previsión, escasez de estímulos para su personal, inadecuada organización, parcial aplicación de los propios recursos, ignorancia de nuevas posibilidades de proyección exterior, falta de rigor en balances y cuentas de explotación, torpe descuido en el momento de calibrar la necesaria rentabilidad de su caudal de energías...

            Esas son, diríamos, las cuestiones generales que habrían de debatirse en una hipotética “Junta General” de los ciudadanos.

            Pero a efectos de reducir trabas en el inmediato remonte del actual bache, un conspicuo gerente apelaría al recurso que más a mano tienen las empresas: pasar las deudas a través del filtro de la propia conveniencia de forma que la liquidez con que se cuenta sea preferiblemente aplicada al aprovisionamiento de las más “precisas materias primas” y no, como con harta frecuencia ocurre en no pocas empresas, a “tapar la boca” al “más amigo” o al que más grita, lo que, en situaciones de crisis y por un elemental efecto de rebote, imposibilita el propio aprovisionamiento de lo más necesario y de su consecuente aplicación a la reactivación económica. ¿Consecuencia? En poco tiempo ni siquiera se puede pagar a los más amigos ni a los que más gritan.

            Atenazados por la tiranía de una deuda que fue alimentada por despilfarros, corrupciones y aberrantes errores muchos países sufren de parálisis cuando no de progresiva miseria.

            No se trata de “olvidarse” de los compromisos de pago: se trata, simplemente, de establecer una rigurosa escala de prioridades para que, en un “tiempo prudencial”, todos esos compromisos puedan ser atendidos y de asegurar, en la medida de lo posible, la viabilidad de una Economía a la escala de las necesidades de los pueblos.

V. EMPRESARIOS, ESPECULADORES Y BURÓCRATAS

            EL DESCARADO crecimiento de la burocracia, que premia y alienta fidelidades, es una realidad demasiado evidente en las actuales democracias.

            ¿Estamos en el umbral de la tiránica burocracia del pesebre en que, a modo de pedestal, se apoyan los dictadores de cualquier color incluidos los que, hasta hace muy poco, personificaban las mal llamadas dictaduras del proletariado o democracias populares?

            Cierto que el equipo gobernante debe ser compacto y responder unánimemente a las directrices de un Consejo cuya última palabra debe tener siempre el “Primer Gestor”, a su vez y ésa es una irrenunciable exigencia de la Democracia, responsable ante un Parlamento.

            Por elemental imposición de la necesaria eficacia ese Primer Gestor debe contar con atribuciones para nombrar a sus colaboradores, quienes, a su vez, podrán designar a los suyos dentro de un esquema con rigurosa precisión de número, funciones y nivel de responsabilidad.

            Pero digamos que en el segundo nivel se acaba la política para dar paso a la administración de oficio a la que cabe exigir lo mismo que en otro tipo de empresa: competencia, rigor y productividad.

            Tal línea de acción habría de extenderse a las distintas administraciones públicas.

            Sabemos que, por virtud de las contraprestaciones a viejas y nuevas fidelidades, entre nosotros ocurre algo muy distinto: nuestras “designaciones a dedo” han superado cualquier nivel de escándalo tolerable en una Democracia.

            No está fuera de lugar el reparar en que no es solamente su prohibitivo costo el mal que nos deparan esos cientos de miles de innecesarios burócratas de ocasión endosados como una cuña en la vieja Administración Pública: es la parasitaria función que alimentan con privilegios, caprichos y torpezas.

            ¿Sería mucho pedir a los profesionales de la Política la elaboración de una “Ley Orgánica” que redujera al mínimo realmente imprescindible la libre designación para los puestos de tercer nivel en cualquiera de las administraciones públicas?

            Por lo que atañe a España, daría mi voto al político que, por ejemplo, fijase en un máximo de diez el número de ministerios, en cinco el de consejerías autónomas y ayuntamientos y que, por demás, se propusiera reducir al 10% todos los nombramientos a dedo. Y no estaría mal que, de paso, se determinara que la fijación de sueldos y otros emolumentos, en ningún caso, dependiera del interesado el cual, por un mínimo de vergüenza y ante la actual precaria situación en que se encuentra el Erario Público, debería acceder a que sus ingresos se situaran incluso por debajo de los límites estrictamente razonables.

            Ello, repetimos, debería afectar a los gestores de cualquier nivel; pero no es así sino, más bien, todo lo contrario. Hasta ahora, los políticos en el Poder no han querido reconocer la fenomenal perogrullada de que el crecimiento del funcionariado, agrava el problema del desempleo en cuanto retrotrae del Presupuesto recursos necesarios para el desarrollo de la ECONOMÍA PRODUCTIVA, acompleja las relaciones entre administrados y administradores a la par que resulta una burla de los poderosísimo y nada caros medios de tratamiento de la información.

            Puede, incluso, llegar a ser un “criminal despilfarro”, que, por demás, no satisface a nadie: el propio funcionario debe reconocer que un presupuesto, por generoso que sea, tiene un límite, lo que quiere decir que cuantos más sean a menos tocan: pensemos en la eficacia de la gestión y que ésta sea remunerada pertinentemente (¿a cuanto tocarían de incremento en su sueldo los funcionarios fieles si se aplicara a ello un diez por ciento del ahorro de quinientos mil puestos de nula utilidad?).

            Bajo un orden democrático el “dirigismo económico” ha de mantenerse reducido a su mínima expresión, pero no menos de lo necesario para que el clásico “laisez faire, laisez passer”, poderoso impulso de la iniciativa privada, genere responsabilidad social a pesar mismo de la habitualmente escasa “buena voluntad” de las personas.

            En el capitalismo de la vieja escuela lo que se llamó “libre cambio” era presentado como una sagrada panacea: sin intervención alguna del Estado, con libre rienda al interés contante y sonante, la sociedad en pleno, en progresiva prosperidad y de la mano de la estricta conveniencia de los “propietarios” conquistaría las “Armonías Económicas” (Bastiat).

            Históricos y dramáticos desequilibrios han sido el resultado de la “cruzada a cualquier precio” que predicaron los teorizantes de la “Economía Clásica”, a pesar mismo de las insospechadas fuentes de riqueza que han cobrado realidad al hilo del progreso técnico y de la iniciativa empresarial.

            Hubiera sido mayor la armonía, si el Estado hubiera cumplido con su “natural papel” de catalizador de energías: factor previsor con medios para mostrar campos en que cultivar complementarias vocaciones, con poder suficiente para garantizar mayores estímulos a las iniciativas empresariales de más positiva proyección social y, también, con la ley en su mano para corregir eventuales desmanes.

            La antinatural situación de desempleo que nos toca sufrir en directa relación con la falta de constructivo interés por los problemas de los “países proletarios” clama perentoriamente por un plan de rigurosa viabilidad.

            Huelga toda retórica o medias tintas; huelga cualquier intento de poner trabas al desarrollo de viables iniciativas empresariales; huelga traspasar responsabilidades al Bundesbank o al Banco Mundial; huelga cualquier atisbo de proteccionismo hacia toda actividad económica que no se traduzca en mantenimiento o creación de empleo.

            Invitar a conocer lo más positivo que, por expresa preocupación de los gobernantes, habrá de ser lo de más amplia proyección social.

            ¿Con qué medios cuentan los gobernantes? Con posibilidades de rigurosa información sobre la demanda internacional, los recursos del territorio, la probable evolución de los medios técnicos; con autoridad sobre la moneda, los acuerdos internacionales, la normativa laboral; con los Presupuestos Generales y la correspondiente maquinaria fiscal; con directa responsabilidad sobre las infraestructuras...

            Son muchos y poderosos medios con que cuenta un Gobierno Democrático.

            Todos ellos han de facilitar la contundente respuesta al desempleo actual, ese aberrante engendro de una economía incapaz de sacarle un natural y cumplido provecho a un inmenso caudal de energías.

            Es al Poder Político al que corresponde elaborar un abanico de SUFICIENTES POSIBILIDADES, facilitar los adecuados estímulos, prevenir desequilibrios, abrir brecha cuando, donde y cómo haga falta, premiar el ejercicio de la LIBERTAD RESPONSABILIZANTE...

VI. EL COMPROMISO PERSONAL Y LA DEMOCRACIA

            OBVIO es reconocer que la Comunidad Humana está compuesta de varios miles de millones de personas. El concepto persona corresponde en exclusiva al Hombre a diferencia del concepto “individuo” que ampara al miembro de cualquier especie animal. Cada hombre es singular, es persona, respecto a los otros hombres: dispone de peculiaridades exclusivas y es en buena parte responsable del uso que haga de ellas.

            Diríase que la Humanidad es como un mosaico en que las diversas piezas gozan de capacidad de maniobra dentro del marco de su “circunstancia”.

            La lucha por la supervivencia de la Especie Humana (ese “afán por encontrar el sitio”) ha producido muy diversos efectos a tenor de los condicionamientos de tiempo y lugar y, sin duda alguna, en razón de los diversos grados de voluntad y poder de las personas.

            Enemigo de la voluntad o rémora del compromiso es lo que se llama pereza mental o instintiva renuncia a ejercer como “animal racional”.

            La pereza mental puede llegar a hacerse crónica: es entonces cuando el hombre llega a renegar de esa personal responsabilidad de “sacarle jugo” a sus peculiaridades. Es un mal que, fácilmente, llega a contagiar al entorno.

            Ciertos hombres aprovechan esa situación para encumbrarse a situaciones de privilegio: es como si trazaran una “línea roja” en torno a sí mismos. Fácilmente, se otorgan la categoría de hombres excepcionales relegando a los otros hombres de su entorno al papel de comparsas, simples individuos o elementos de una indiferencia masa.

            Para afianzar su posición y no ser aplastados por el número de potenciales oponentes, esos hombres, pretendidamente excepcionales, se afanan por canalizar hacia el propio interés el “orden establecido”, institucionalizar sus privilegios, alterar la escala de valores en uso, monopolizar la fuerza, alimentar el espíritu corporativo.

            Logrado, al menos en parte, su propósito, muchos de ellos se apoltronan en la ociosidad y se resisten a reconocer su crasa indiferencia ante la siempre presente posibilidad de desarrollar sus específicas facultades.

            A lo largo de la Historia, tal situación se ha repetido con distintos colores: castas, razas, clases, culturas... ropajes ocasionales que se han tomado como soporte de privilegios y, con harta frecuencia, cómodo disfraz de incompetencias.

            Y resulta que el posicionamiento social está por encima del esfuerzo personal. Consecuentemente, pesa más el “espíritu” corporativo, de clase o casta que el esfuerzo personal: se prefiere el ESTAR al SER (bendito idioma el nuestro que lo diferencia tan claramente).

            No faltarán las justificaciones ideológicas al estilo de “la esclavitud ha sido impuesta por la economía doméstica”, “la salvación está en la guerra santa contra el infiel”, “un kilo de algodón bien vale la sangre de un pobre diablo”, “los favores en este mundo son prueba de predestinación”... etc., etc...

            Tras ríos y ríos de palabras, el afán de prestar raíz natural al privilegio de casta o situación “liberó” de responsabilidad personal el propio comportamiento: es la conciencia colectiva, se dijo y, en consecuencia, cada ser en particular era inocente de las tropelías realizadas en uso de sus privilegios.

            Durante los últimos doscientos años, de arriba a abajo, de abajo arriba, de izquierda a derecha y viceversa, se ha extendido por el ancho mundo el contagio de la colectivización de conciencias.

            Ya, para hacer frente a los problemas del día a día, solamente se habla de conciencia colectiva y no de responsabilidad personal. Claro que no todos se resignan a tan deprimente simplificación: desde cualquier posicionamiento social, siempre hubo personas que bucearon con prioridad en la propia conciencia para traducir en factor de progreso sus personales virtualidades (dinero, capacidad de gestión, afán de saber, habilidad manual...)

            Habrá quien diga que la conciencia colectiva es producto de los “modos de producción” de la época. Esto, obviamente, es una evidente exageración.

            Ello no obstante, la prédica ha surtido efecto tanto en los que cultivan la ociosidad insolidaria como en los que se han dejado dominar por afanes de revancha o por simple pereza mental: entre éstos, no pocos que no cuentan con otro capital que el de su capacidad de trabajo. Obviamente, son los que han pagado un más alto precio por su poltronería o por su ingenua fe.

            Preciso es reconocer que frente al AFÁN DE COMPROMISO PERSONAL se alza la gigantesca corriente de COLECTIVIZACIÓN DE RESPONSABILIDADES cuya más directa consecuencia ha sido el desperdicio de valiosísimas energías necesarias para mejorar la circunstancia en que nos ha tocado vivir.

            Tiempo es ya de volver al íntimo reducto en que se forja la personalidad para descubrir todo lo que cada uno de nosotros puede hacer en uso de las propias facultades, en libertad de juicio y con voluntad de corresponder al hecho de vivir y de tener la ocasión de cumplir un irrepetible destino.

            Previamente, habremos de renegar de anquilosantes tópicos y responder a una apasionante invitación: la de asentarnos firme y generosamente en la Realidad, algo que implica asumir una específica responsabilidad sin rodeos ni borreguiles recursos.

            Obviamente, lo positivo de ese compromiso precisa el aliño de una Libertad Responsabilizante, que habrá de ser alimentada por el Poder Político, éste, a su vez, nacido de la suma de votos, tanto más certeros cuanto más vengan inspirados por la conciencia personal de lo que realmente conviene a España.

            Todo ello resulta imposible desde una antinatural “socialización de responsabilidades”, la más clara consecuencia de no reconocer a cada ciudadano la categoría de persona con capacidades e intenciones irrepetibles o, lo que es igual, de situarle en el pobrísimo nivel de simple elemento de una masa moldeable por una bien urdida retórica.

            La estudiada despersonalización de millones de ciudadanos no requiere más que el aliño de una demagogia pertinentemente institucionalizada para resultar el ideal caldo de cultivo para lo que puede convertirse en un eterno soporte de un poder sin responsabilidad social: a ese soporte se le puede considerar DEMOCRACIA INORGÁNICA, es decir, simplemente formal y sin “músculo” de abajo arriba.

            Obviamente, la réplica de lo que llamamos DEMOCRACIA INORGÁNICA no es lo que se llamó “democracia orgánica”: es, simplemente, una Democracia que, por que está viva, alimenta los soportes de la responsabilidad pública (la independencia de poderes, entre otros) y despierta libertad de juicio y compromisos personales, es capaz de eliminar o neutralizar los “instintos salvajes” de la propia DEMOCRACIA.

            Es la Política el imprescindible marco para el desarrollo de cualquier actividad humana.

            Siendo además, soporte de múltiples ambiciones cuyo ejercicio siembra atropellos y desigualdades, se hace perentorio situar a la Política en su justa dimensión: sirve, fundamentalmente, para garantizar el libre desarrollo de las diversas personalidades y, también, para velar por la correcta administración, adecuado uso y adaptación de los bienes que constituyen el patrimonio histórico y natural de los pueblos.

            Los representantes del Poder Político no son “vox populi” ni, mucho menos, “vox Dei”: Son, y ya es bastante, celadores de libertades y administradores de bienes y servicios.

            Frecuente tentación a la que sucumben no pocos de los encumbrados por las urnas es la de creerse amparados por una investidura que les inmuniza contra la vulgaridad. Desde ahí ya pueden abrir el camino a muchos de sus caprichos.

            Hace ya más de ciento cincuenta años, Tocqueville criticaba el hecho de “abandonar la Democracia a sus instintos salvajes”. Cuando esto sucede, las leyes suelen ser pisoteadas por los privilegios, los acaparadores se afanan por monopolizar las libertades públicas, el ahorro se agazapa en el pobrísimo refugio que le ofrecen los malos administradores, la demagogia engendra fantasiosos dogmatismos, los liberticidas se erigen en redentores, el pueblo llano sufre de una u otra forma de tiranía o de su natural engendro, la anarquía...

            Es algo que sucedía entonces y sucede ahora cuando los políticos no quieren o no aciertan a prevenir la acechante degradación de todo lo humano, que no se alimenta de preocupante reflexión, de trabajo y de generosidad.

            Crece la Libertad y, por lo mismo, consolida la Democracia cuando aliña el resultado de unas elecciones con inmediatas enmiendas a los vacíos legales, con transparencia en la actuación de los poderosos, con efectiva preocupación por avanzar en la igualdad de oportunidades, con escrupuloso respeto a los dictados de la Realidad, en especial el cultivo de los valores necesarios para realzar la condición humana.

            Las libertades públicas anejas a la Democracia han de ser capaces de despertar el ansia de responsabilidad que late en la conciencia de una buena parte de los ciudadanos, probablemente, esos mismos que se dejan arrastrar por la preocupación de llenar su existencia con positivos servicios a la comunidad.

            Naturalmente que ello ha de ser resultado de valentía, generosidad e incondicional respeto a la realidad, justo lo contrario de perderse en estériles fantasías y ocios insolidarios.

            Gran cosa de la Democracia es abrir el camino de la participación política a todos los ciudadanos revestidos de un equitativo poder: en buena democracia, se otorga el mismo valor al voto del pobre que al voto del rico, al del iletrado que al del intelectual...

            Pero ese voto no puede ser un reflejo o determinación de los “salvajes instintos” de la Democracia. Fundamentalmente, habrá de seguir la orientación que más conviene al momento histórico de la Patria.

            La Democracia, por sí sola, no consolida las libertades que previamente ha introducido en la vida pública; lo que sí hace es presentar un específico trampolín para el desarrollo de la libertad responsabilizante, poderoso factor de progreso en todos los órdenes.

            En épocas de tiranía o de dictadura paternalista el organigrama social es una inamovible pirámide en que las decisiones vienen de arriba abajo por la gracia del tirano, dictador, patriarca o caudillo.

            Otro tanto sucede en una democracia en la que los poderosos propicien sus instintos salvajes. Ese pobre remedo de participación popular termina siendo juguete de la propaganda interesada y de la demagogia, recibida por la masa como el menos trabajoso alimento intelectual.

            Pero hay una diferencia substancial entre una y otra situación: en Democracia, a cada ciudadano cabe la responsabilidad de alterar con su voto el orden de las cosas, cabe la responsabilidad de introducir en la vida pública a la libertad responsabilizante, “herramienta” democrática muy capaz de amaestrar a la propia Democracia, cuyos instintos salvajes podrán convertirse en otros tantos canales de positivo desarrollo de tantas y tantas fecundas personalidades.

            Ello será tanto más fácil cuanto la función política se aparte menos de sus justos términos: velar por las libertades ciudadanos y por el “buen orden” de los diversos factores económicos.

            No cabe buscar otras razones al poder político. Sobran los redentorismos y las escapadas por fantasismos idealistas (sabemos muy bien que en la tierra no hay otro posible paraíso que el derivado del trabajo solidario; estúpida renuncia a la propia inteligencia es confiar en una utopía nacida gracias a los automatismos de la historia o a baños de sangre).

            El político profesional ni es el gurú de una secta, ni es un dechado de virtudes, ni es un profeta: es un funcionario por vocación o por interés; es un hombre sin grandes diferencias respecto a los otros hombres pero que aspira a un puesto desde el cual incidirá sobre nuestros bienes y sobre nuestra libertad: ni más ni menos que eso.

            Desde su posicionamiento, usará o abusará de las leyes cuya principal razón de ser es el Bien Común Deseaba Tocqueville que a los caprichos del tirano y a las veleidades de los políticos corruptos sucediera “la majestad de las leyes”. Es un deseo que la “razón democrática” nos obliga a compartir pero que cobrará efectividad en cuanto electores y elegidos comprendan y acepten que el poder de los unos sobre los otros es un servicio o PODER POR DELEGACIÓN de los últimos sobre los primeros.

VII. ENTRE RENTISTAS, ESPECULADORES Y EMPRESARIOS

            “AL RENUNCIAR al Mundo, dice Max Weber, el ascetismo cristiano, que, al principio, huía del mundo y se refugiaba en la soledad, había logrado dominar al mundo desde los claustros; pero quedaba intacto su carácter naturalmente despreocupado de la vida en el mundo. Ahora se produce el fenómeno contrario: se lanza al mercado de la vida, cierra las puertas de los claustros y se dedica a impregnar con su método esa vida, a la que transforma en vida racional en el mundo, pero no de este mundo ni para este mundo”.

            De ser ello cierto, el “espíritu del capitalismo” tendría un origen ascético, como de sed de trascendencia. Algo así sistematizó Calvino con su teoría de la predestinación. Sus fieles, ya imbuidos de lo que se llamará darwinismo social, se lanzarán a la “cruzada” del acaparamiento, exageración cuya trágica trayectoria conocemos muy bien.

            Desde la óptica puritano-capitalista se forja una buena parte de un “código moral” en el cual el éxito en los negocios constituirá el primero y principal valor.

            Claro que el trabajo disciplinado y concordante con los “modos y medios de producción disponibles” es una condición esencial no ya para el progreso social, sino para la simple supervivencia de la especie humana; pero ello habrá de realizarse dentro de un esquema de múltiples funciones y objetivos, lo que, a su vez, determina lo que se llama un orden social.

            En la cúpula de ese orden social existen y han existido siempre hombres y mujeres con las mismas virtudes y defectos que el resto de los hombres y mujeres, pero particularmente influenciables por los “vaivenes de la fortuna” y, por que detentan mayores ocasiones para el uso y el abuso de bienes y servicios, propensos a la progresiva corrupción.

            Es humano que pretendan “lavar su imagen” y que se afanen y paguen por encontrar “razones” que les acrediten como “seres excepcionales por ley natural”. Y, puesto que cuentan con medios para lograrlo... se afanan por conquistar y mantener el oropel de una colectivista, efímera y ocasional posición de “clase”.

            Tales personas se comportan como simples capitalistas (o burgueses que hemos llamado por afán de “homologación”) y, de hecho, están fracasando en la natural vocación a perseguir un más ser con una vida de específico y realista significado (el de “amorizar” la tierra desde las propias virtualidades).

            En este punto hemos de recordar que el ser humano, “animal que piensa”, “animal político”, “animal social”... es excepcional en el mundo de la animalidad: es algo más que individuo y, en su conjunto, algo más que especie: es Persona y es Comunidad. Por que es PERSONA expresa sus peculiaridades según el grado en que racionaliza su acción. Porque es miembro de una COMUNIDAD, él mismo y ella progresan en función de una solidaria sintonía.

            Para cumplir sus funciones biológicas al hombre le bastaba el instinto. Son otras funciones las que, necesariamente, corresponden a su facultad de pensar; en el ejercicio de tales funciones el “animal que piensa” (“que reflexiona sobre su propia reflexión”, dirá Theilard) se humaniza progresivamente, va, paso a paso, conquistando su potencial ser.

            Esto de la “conquista del ser”, de avanzar en el desarrollo de la propia potencialidad, es algo que, por una probable ley natural, sirve a un previa Finalidad: la de humanizar la tierra uniendo los esfuerzos de complementarias personalidades.

            El grado de unión de esos esfuerzos depende de la función social en sintonía con la libertad personal: nacido entre millones de congéneres, el hombre no puede ignorar a los otros: seres inteligentes que, al igual que él, están sujetos a las mismas necesidades elementales.

            Porque es libre podrá sucumbir a la tentación que Hobbes presentó como ley de vida: “homo homini lupus”. Ello sería si el hombre únicamente pudiera responder al instinto animal... pero cuenta con la razón y cuenta con la libertad de amar (de volcar hacia los demás lo más noble de sí mismo).

            Y sucede que, si bien el hombre, cuando satisface sus propias necesidades materiales, obra como cualquier otro animal, cuando se preocupa de satisfacer las necesidades del prójimo lo hace guiado por su espiritualidad (Berdiaeff).

            En consecuencia, el óptimo desarrollo de las facultades espirituales del hombre depende de su entrega al bien común.

            Pero hay algo más que nos impulsa a creer que la “razón humana”, que libera y personaliza, es una condición de la armonía universal:

            Tómese a un grupo de hombres y obsérvese a cada uno en particular: sin razón “matemática” que lo demuestre, descubriremos que cada hombre goza de una especial disposición de tal forma que, si éste siente preferencia por un oficio manual, con el carácter de aquel otro cuadra una función intelectual, de organización, de riesgo...

            Si nos entretenemos en “clasificar” las respectivas vocaciones de un grupo de personas suficientemente numeroso, fácilmente llegaremos a la conclusión de que en ese grupo se da potencialmente una “sociedad armoniosa”.

            Pero si resulta que cada ciudadano “se siente” más de acuerdo consigo mismo, también resultará una progresiva armonía general (lo contrario de una sociedad de “lobos”).

            Habrá sido ello posible por el hecho de que una buena parte de los ciudadanos (cada uno desde su particular esfera de influencia) ha ejercitado su voluntad en desarrollar sus peculiaridades en sintonía con el bien común.

            Ese ejercicio de la voluntad colma un vacío interior (HUECO) y cobra el sentido de LIBERTAD RESPONSABILIZANTE.

VIII. EL DINERO COMO HERRAMIENTA (CARTA A UN JOVEN EMPRESARIO)

            SIENTES necesidad de ir a algún sitio con un dinero que te han dejado tus padres a Plazo Fijo. No te acaba de llenar lo de ese X% y, muy probablemente, ni siquiera un hipotético 2X%.

            Para ti el dinero es hacer cosas y, también, PODER. En tu equipaje entran también las ideas. Las ideas han de ser muy claras y aplicables a una evidente demanda del Mercado. El dinero (o el Crédito) ha de ser suficiente hasta tanto las ideas no se “materialicen” en mercancías capaces de proporcionarte algo más que la autosuficiencia. Esa materialización de las ideas ha requerido el soporte de una infraestructura: locales, organización, red comercial, producto...

            La meta es lo que se llama objeto social de la empresa, algo destinado a cubrir una parcela de las necesidades o apetencias de tu entorno: debe sintonizar con una inequívoca aspiración tuya e ir respaldada por lo que se llama viabilidad económico financiera.

            Son los compañeros de viaje, el factor humano, lo más importante con que cuentas. Todo lo demás, debes reconocerlo, son medios o instrumentos

            El factor humano debe ser reconocido por ti algo en paralelo con tu propia realización personal y, por lo mismo, condición primordial de tu éxito. El factor humano no es, pues, un medio sino un fin.

            El factor humano es variopinto, inestable y complejo; pero es también susceptible de certera motivación. En gran parte, de pende de ti su grado de colaboración. Sin duda que tus empleados te obedecerán puesto que eres tú el que firma los cheques; pero ¿estás seguro de que sintonizan con tus proyectos, de que hacen suyos los objetivos de tu empresa? Esto de la plena integración de tu gente, más que como el principal problema, tómatelo como un apasionante desafío.

            Si tienes las ideas claras, un proyecto que responde a una necesidad social, una capital que facilite el despegue y has acertado a despertar la voluntad de colaboración en tus compañeros de viaje, estás ya en el camino del Éxito,

            Deberás, eso sí, ejercer el arte de dirigir, aplicar las técnicas de la Organización, mantener los gastos en su justa proporción y acertar a sacarle partido a las modernas herramientas de gestión: Podrás promover y desarrollar una Comunidad de Trabajo.

            Por Comunidad de Trabajo se entiende, claro está, a la Empresa, esa importante unidad social compuesta de materia gris, brazos, dinero y herramientas.

            Si eres empresario, cabe que pienses otra cosa: ¿qué sé yo? que la Empresa es algo así como una generosísima vaca lechera con sus ubres siempre dispuestas o una escalera por donde tú, solito, puedes alcanzar la luna...

            Desde esas imaginadas cimas ¿serás capaz de pensar que puedes hacer lo que te venga en gana con las posibilidades de la obra que administras (lo que llamas “mi empresa”), que el manejo del dinero te coloca en una privilegiada posición para jugar a rey Midas o que el mejor obrero es un mono amaestrado? Cuidado, Taylor no lo quiso reconocer; pero te aseguro que un mono amaestrado sale carísimo. Y, a nada que discurras, habrás de compadecer al pobre rey Midas que murió por hambre.

            Como la de cualquier otro hombre, la principal obligación de un empresario es la de ser realista; obviamente, la primera realidad con que tropiezas eres tú mismo: lo de quien eres, qué puedes y hacia donde vas está y estará siempre pegado a ti. No puedes pensar, como aquel famoso Hegel, eso tan bobo de que “si la realidad no es como yo pienso, es problema de la Realidad”.

            Para muchos empresarios eso tan bobo de que la realidad ha de ser estrictamente como yo pienso no es tan raro como, a primera vista, pudiera parecer: son muchos los hombres de negocio que niegan lo que no quieren ver, que se hacen particulares ideas sobre la organización, las relaciones humanas o el poder del dinero... <