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Cristianos, burgueses y proletarios
QUINTA PARTE PERSONA, COMUNIDAD Y PROGRESO SOCIAL
I. LOS ESPAÑOLES Y SU CIRCUNSTANCIA
LA
TRAYECTORIA
histórica de cualquier nación, región, pueblo o tribu, obvio es reconocerlo,
está entroncada en la propia historia de la Humanidad; hoy más que en tiempos
pasados, la opulencia o miseria de éste o de aquel pueblo adquiere resonancia
mundial; “a caballo de las ondas”, la noticia tanto de un memorable evento
como de una agobiante calamidad, ocurridos en el más remoto rincón del Globo,
incide en conciencias y formas de sentir o soslayar...: llegados a lo de la
“Aldea Global”, es de rigor reconocer que todos y cada uno de nosotros, por
acción u omisión, tiene su parte de RESPONSABILIDAD en el desarrollo de lo bueno y también en la persistencia de lo malo que ocurre a otras personas y pueblos. “Puesto que
pertenecen a la raza de los ambiciosos, sus amigos piensan que, logradas
razonables cotas de prosperidad, los españoles se sentirán ni pobres ni ricos
y sí liberados”. Eso ha dicho Perroux de los españoles. Literatura aparte ¿son
tales bendiciones rasgos de nuestra personalidad comunitaria?
¿Significará esa libertad disponibilidad de voluntad y de energías? ¿Tal
vez el COMPROMISO
de poner en juego ALGO MÁS que lo practicado y obtenido por otros países situados en
el privilegio y BASTANTE MÁS que la teoría y la Praxis de aquellos otros países a los que su
circunstancia impide superar una ancestral miseria o una persistente ofuscación
sobre el desarrollo de sus posibilidades?
Ese ALGO
MÁS,
que, desde las carencias de los países pobres, DESAFÍA A LOS ESPAÑOLES,
habría de expresarse en una amalgama de generosidad, inventiva y realismo. Tal vez ocurre así
y el problema consiste en que el “señor de turno” (“¡Qué buen vasallo
si hobiese buen señor!”, se lee en Mío Cid) es esclavo de “otros
compromisos” o pasa el tiempo que nos debe en la deleitosa contemplación de
su ombligo.
En cualquiera de los casos, falta a los españoles un NORTE
para el ejercicio de un elemental compromiso de continua solidaridad. Se hace poco, prácticamente nada, por llevar el PAN,
“que no comemos”, al que más lo necesita y que, probablemente, (sobre todo,
si “con el pez le ayudamos y enseñamos a pescar”) resulte mejor pagador que
nuestros más opulentos clientes. He ahí un campo en el que cultivar millones
de oportunidades de trabajo para tantos españoles que acuciantemente lo
necesitan.
“Trabajo para nosotros contra el hambre de millones de posibles buenos
clientes”, podría ser el revulsivo de nuestra España Invertebrada.
Sin duda que, salvado el actual anquilosamiento de una
adocenada y corrupta Administración, con todo su bagaje histórico de
pensamiento y cultura, con la herramienta de su capacidad humana, material y técnica...
tiene ahora España un papel importante que jugar.
Para ello no es necesario “plantarle cara” a la Unión
Europea pero sí “humanizar” una buena parte de sus “burocráticos
caprichos” o disposiciones que marginan la elemental solidaridad entre los
pueblos, lo que implica desestimar abiertamente cuanto representa el sacrificio
de una res, el saqueo de nuestras costas o el desaprovechamiento de una sola
hectárea de terreno. Solidaridad que, repetimos, puede y debe tener
“compensación crematística”, aunque ello sea a largo plazo.
Los pueblos, al igual que los seres humanos, se hacen “personas” en
tanto en cuanto aciertan a poner de relieve (se podría decir universalizar) su
originalidad o trazos especiales, lo que, si se toma como complemento de otras
particularidades y no como punto o referencia de confrontación, es semilla de
libertad y prosperidad para los otros pueblos.
Si España es la Europa que se acerca al Continente Africano es, además,
toda una historia que, en base a su peculiaridad cultural y económica, se hace
experiencia nueva en América y en remotos puntos estratégicos de Asia o África.
Por todo ello y cuando la Técnica se muestra capaz de garantizar la Suficiencia
para todos y cada uno de los Compañeros del Mundo es primordial superar las
barreras retóricas para asumir una clarísima responsabilidad: del pleno y
disciplinado uso de nuestras energías depende una buena parte de la solución
al problema del Hambre en tantos y tantos países que se merecen mejor suerte.
Se trata, simplemente, de que nuestros gobernantes y hombres
de iniciativa tomen la potencialidad de España (oportunidades, recursos y energías)
como necesario cauce de sus decisiones. Con un objetivo de tan amplios
horizontes no habrá entonces lugar para el pasotismo de los responsables políticos
ni, consecuentemente, para la falta de oportunidades de empleo; en paralelo y ante un
objetivo de tan amplios horizontes, seguro que perderán fuerza los
anquilosantes e irracionales particularismos “nacionalistas”:
“Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de
sangre”, decía Ortega y Gasset en 1922. Tampoco se funda en la unidad de
idioma, ni siquiera en la geográfica definición de fronteras.
La unidad nacional es el resultado de un largo y a veces dramático
proceso de “totalización” personalizante: cada parte de eso que se va
haciendo todo es más ella misma cuanto más ha participado en la consolidación
de lo comunitario, un mosaico de variadas formas y colores, cada cual con su
particular resalte, ubicación y complementariedad.
Desde la perspectiva de lo obvio, sigue diciendo Ortega: “Los grupos
que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos,
de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”.
Ese algo que hacer no es, por supuesto, servir de simple caja de
resonancia al Poder público:
“Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que
los españoles existamos no más que para él se dé el gusto de existir”, se
lamenta el propio Ortega.
“Como el pretexto, sigue diciendo, es excesivamente menguado, España
se va deshaciendo, deshaciendo...”
En esa agonía de la España, que sigue teniendo voz propia en el
concierto de naciones, no es lo más disgregador el particularismo por cuestión
de idioma, “Rh” o “barreras naturales”: es, con mucho, la falta de un
“sugestivo proyecto en común” que debiera ser perfilado y desarrollado por
el Poder Público “Central”. Es el particularismo de éste el que, a la par que alimenta los
particularismos centrífugos, es incapaz de señalar norte alguno mientras se
regodea en el descomprometido disfrute del momento, a costa de todos los españoles,
claro está.
Hubo un tiempo en que la forja de la Democracia unió voluntades y
esfuerzos: se rompió con lo “atado y bien atado” y se rindió un justo
tributo a la Solidaridad. Ello no era más que el principio o punto de partida
para lo que debía de ser un Progreso continuado por caminos de Libertad.
Claro que ha habido Libertad; y, también, Solidaridad en los momentos
difíciles... pero el acechante particularismo copó las esferas de poder y ya
se marcó como objetivo principal el “mantenerlo y no enmendarlo”: desde entonces, el “templar gaitas” es su ocupación
principal. Y se descuidan cosas tan perentorias como las de abrir mercados,
compenetrarse con las exigencias de la Realidad diaria, incentivar la creación
de empresas, actualizar medios y modos de producción, cortar de forma efectiva
la sangría del desempleo, situar a la valiosa pluralidad lingüista en su justa
dimensión (sin incurrir, por supuesto, en la discriminación del idioma común
o en la “jilipollez” de establecer traducción simultánea para el diálogo
entre españoles).
La “vertebración” resulta tanto más fácil cuanto más las energías
nacionales encuentren proyección universal:
Si “la idea de grandes cosas por hacer engendra la unificación
nacional”, otra vez Ortega, “sólo una acertada política internacional, política
de magnas empresas, hace posible una fecunda política interior”.
“Juntos para hacer algo”, pero ¿QUÉ? ¿No podría ser romper de alguna manera la
barrera de privilegios con que intenta protegerse la “Sociedad Opulenta”? ¿Acaso
no se ha evidenciado ya que ese cerril posicionamiento de los
ricos constituye un serio peligro para la continuidad de su riqueza? ¿Es tan
difícil reconocer que un “progreso económico continuado” depende en gran
medida de la preocupación por ampliar el círculo de potenciales clientes,
tanto más solventes cuanto más participen en la tarea común de humanizar
recursos y energías?
¿Por qué nuestra política internacional es tan corta de miras y tan
supeditada a lo que se cuece en los más elitistas y centrípetos foros? ¿Dónde
está un perentorio afán de personalización (ser lo que podemos ser) a base de
proyectar hacia el exterior lo mejor de nosotros mismos?
No es tiempo de confrontaciones o retóricas sobre elitismo o
avasallamiento: es tiempo de mirar hacia fuera para ver lo que podemos hacer
dentro. A todos los niveles, claro está: desde la propia casa a la aldea, de ésta
a la Comunidad en que nos toca vivir, de aquí hacia todos los rincones de España
y, desde España y con todo lo bueno que podamos obtener de la Unión Europea,
hacia cualquier lugar en que encuentre positivo eco lo que tenemos, hacemos o
proyectamos.
Desde lo concreto y siempre con la mira puesta en la proyección
universal de bienes y energías, hemos de reconocerlo, se puede encontrar
remedio a la agonía de esta España acosada por los particularismos: ya no será
signo de distinción tal o cual acento o una paparruchera interpretación de un
trasnochado incidente histórico: será, como en cualquier comunidad realmente
progresista, el afán por descollar en generosidad o en “inteligente”
proyección social y universal de lo que a cada uno distingue.
Recordemos ahora cómo, en España, las exageradas muestras de
particularismo regionalista no son más que “la manifestación más acusada del estado de descomposición
en que ha caído nuestro pueblo” (esto lo dijo Ortega en 1921).
Si la “historia de la decadencia de una Nación es la historia de una
vasta desintegración”, las razones y medios para superar tal decadencia han
de ser buscadas en una progresiva integración. Claro que, para que esa
integración pase de las palabras a los hechos, al poder político le
corresponde la iniciativa en roturar caminos de ORIENTACIÓN UNIVERSAL para,
luego delegar, descentralizar, coordinar en respeto a las respectivas libertades de
iniciativa.
Quiere ello decir que, para romper la tendencia particularista tan
esencial es dosificar la fuerza central como encauzar la fuerza de dispersión.
Castilla, también dijo Ortega, ha hecho a España y Castilla la ha
deshecho: NO
HACER NADA NUEVO y situarse en el particularismo (Carlos III,
educado en el racionalismo burgués, sátrapa ilustrado y obseso por la
“originalidad”: el conjunto de su obra, nos recuerda Ortega, es acaso el más
particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía.
Ante el palmario hecho de usar la fuerza nacional para fines privados no
basta la resonancia del pasado: es elemental una continua exigencia de
compromiso personal hacia el resto de personas y pueblos más allá de barreras
físicas y fronteras..
Si es respetable todo lo que distingue o personaliza (idioma, costumbres,
historia, modos de pensar y obrar…) no lo es lo ramplonamente particularista
como es la pedantesca ilusión de poseer mayor capacidad craneana o una más
brillante disposición para los negocios.
“La actualidad pública de España se caracteriza por un imperio casi
exclusivo del particularismo: lo negativo de los nacionalismos más acusados no es su fervorosa
preocupación por la diferencia, es el poso que les llega del particularismo
central, éste, a su vez, alimentado por el terror a perder el poder, que se
toma como privilegio y no como posicionamiento para hacer y proyectar”. Pero
el particularismo de los pueblos, al igual que el cerrado egoísmo de las
personas, pierde razón y fuerza cuando la Invitación Comunitaria presenta
argumentos los suficientemente gratificantes para romper las cerriles fronteras
de la autocomplacencia.
Falta, pues presentar a los españoles, prometedores campos de acción
que pueden ser seguros caminos para una
COMUNITARIA INTEGRACIÓN.
Ya entonces estaríamos los españoles, todos los españoles,
comprometidos en una Acción Solidaria, no retórica y sí volcada hacia la
solución de tantos y tantos problemas de elemental supervivencia de otras
personas y de otros pueblos con iguales derechos que nosotros al disfrute de
bienes y servicios.
Y, desarrollada la potencialidad de nuestra Economía, alcanzaríamos
nuevas cotas de Progreso por caminos de estricta racionalidad al tiempo que
nuestra agónica Democracia recibe la sacudida de un nuevo impulso vital.
Aunque ya extraordinariamente grave, la de los exacerbados
particularismos (central y periféricos) es una remediable forma de agonía de
nuestra España y de nuestra Democracia: una y otra cuentan suficientes reservas
de vida y de constructiva ilusión. Son los cauces de desarrollo los que han de
ser desbrozados por la capacidad de juicio de los españoles más generosos: de
éstos (con su voto) depende que la adecuada FORMA DE GOBERNAR
debilite los particularismos (el anquilosante y perverso particularismo
centralista, en primer lugar) y sea capaz de presentar con arrolladora claridad un sugestivo
PROYECTO
DE VIDA Y DE ACCIÓN EN COMÚN. España es nuestra inmediata circunstancia de carácter comunitario con indudable vocación de proyectar sus
capacidades y energías hacia el bien universal: acuciante (y sugestivo) PROYECTO
DE VIDA Y DE ACCIÓN EN COMÚN
es el de asumir como propios los problemas de desarrollo (o supervivencia) de
las personas y pueblos proletarios (los que no tienen nada material que perder).
Ello puede encajar perfectamente en la Economía de Mercado y, por lo tanto, no
implica peligro alguno de recesión económica en cuanto abre nuevos canales
para la industria y los servicios. II. OLVIDADOS CAMPOS DE EXPANSIÓN ECONÓMICA
EN LA ECONOMÍA de los países desarrollados se echan en falta dos muy asequibles canales de expansión: El primero a partir de la
reorientación de los recursos disponibles y potenciales en línea con la
actualidad tecnológica; el segundo en base a una muy posible “marshallización”
del ámbito comercial: Aplicar las fantásticas virtualidades de los
semiconductores a la promoción de las Tecnologías Intermedias (de fácil y
económica aplicación a la pequeña industria, a la agricultura, a la ganadería,
a las piscifactorías, a los servicios) e iniciar con los países “en vías de
desarrollo” una innovadora política comercial con objetivos a medio y largo
plazo. (¿Qué habría sido de la moderna economía americana sin aquel “Plan Marshall”,
al que los más timoratos (o, groseramente, egoístas) tildaron de arriesgado y
que, de hecho, se reveló como oportunísimo para promotores y beneficiarios,
estos últimos totalmente arruinados por una devastadora guerra?).
Tras el estrepitoso fracaso que representa el estrangulamiento del
consumo primario y subsiguiente productividad (responsabilidad muy directa para
los G7
o Gurús del Mercado) las circunstancias actuales tientan la
fecunda iniciativa de países que, como el nuestro, están a medio camino entre
la tiranía de los grandes flujos de capital y la economía de la supervivencia.
¿Quién mejor que nosotros para el desarrollo de las energías alternativas, la
explotación racional de modernos cultivos o la distribución hacia los activos
y potenciales clientes de los cuatro puntos cardinales?
¿Acaso falta imaginación para convertir en “rentables consumidores”
a esas cuatro quintas partes de la Humanidad que pasan hambre? ¿Puede alguien
poner en duda el tirón que ello representaría para una economía a la altura
del desafío de los tiempos?
Una nación como la nuestra, tanto por su estratégica situación y
trayectoria histórica como por su capacidad productiva y nivel de desarrollo,
puede muy bien servir de puente entre las facilidades que brinda a la
Suficiencia la nueva industria y la inmensa multitud de países “en vías de
desarrollo”, algunos de ellos buenos vecinos con voluntad de entendimiento y
otros muchos hermanados por la sangre, la lengua y la cultura.
Por lo mismo, España debe resistirse a entrar en esa trama de
antinaturales proteccionismos, cuya positiva viabilidad económica es harto
discutible. Sorteando con arte las trabas que opone ese imperialismo de la
opulencia y en uso de sus derechos soberanos, debe aplicar su capacidad y
entendimiento a lo que demanda una buena parte de la humanidad deshereda, lo
que, por feliz reversión que demuestra la experiencia, redundará en beneficio
de los españoles.
Nuevas industrias, mayor desarrollo técnico en lo específicamente español,
más racionales cultivos (racionales porque se ajustarán al necesario
equilibrio entre medios de explotación, recursos naturales y distribución) es
lo que parece demandar a gritos nuestra “natural zona de influencia”.
Para abrir o consolidar nuevos canales de expansión, los principales
responsables de nuestra Economía habrán de huir de probados excesos de
papanatismo tanto respecto a teorías más que desprestigiadas por la ley
natural y la experiencia como a dictados de los opulentos que continúan
apurando al máximo las posibilidades que para el acaparamiento les ha brindado
su insolidaria trayectoria histórica. Mayor libertad y viabilidad de éxito
ofrece el desarrollo de iniciativas consecuentes con la demanda de otros países
menos celosos de sus privilegios.
Por supuesto que, dado el carácter de los grandes grupos de intereses
cual el Mercado Común, el libre desarrollo de la INICIATIVA NACIONAL
no implica ruptura alguna de nuestros actuales compromisos internacionales pero sí una
continua y extremada cautela ante la posibilidad de que nuestra economía siga
la línea que marcan las apetencias de los más poderosos. Es un peligro que
saben sortear otras naciones en una situación no tan propicia como la nuestra.
Los condicionamientos del medio económico en que nos desenvolvemos no son tan rígidos
que no permitan canalizar lo más significativo de nuestra producción hacia áreas
convergentes con las necesidades de los menos favorecidos por el progreso
material, lo que, por venturosa ley natural, presenta para nosotros razonables
perspectivas de desarrollo en todos los órdenes.
El marco del Mercado Común, que aceptan como definitivo algunos de
nuestros poderosos economistas, no lo es tanto para países como Inglaterra,
Francia, Alemania, Dinamarca...
Al menos, esa papanatesca tendencia a la homologación, que tanto
preocupa a nuestros gobernantes ¿no debería incluir las estratégicas
desviaciones que dicte nuestra conveniencia y la acuciante demanda de tantos
millones de potenciales clientes? III. TRABAJO PARA TODOS, OBJETIVO UNIVERSAL
MUCHO se ha hablado y se ha escrito sobre la
“irreversible marcha hacia el Progreso”.
El Progreso en todas sus dimensiones es difícil de catalogar o definir:
se vive y cobra fuerza cuando la libertad de cada uno se expresa en pocas
palabras y en un trabajo solidario y consecuente con todas las posibilidades que
brinda la Tierra, la necesaria y progresiva continuidad en los niveles de
bienestar social y los condicionantes (la “circunstancia”) del momento en
que se vive.
Es una Sociedad gravemente enferma aquella que es incapaz de ofrecer
motivaciones al pleno desarrollo de la iniciativa personal de todos y cada uno
de sus ciudadanos, sean estos ricos o pobres, empresarios o asalariados.
Para una Sociedad que aspira al progresivo desarrollo de sus
posibilidades el pleno Empleo es una NATURAL EXIGENCIA.
También es NATURAL
EXIGENCIA el asumir responsabilidades en una “equilibrada disponibilidad de
estímulos”.
Acaparar posibilidades y desaprovechar las diversas fuentes de estímulos
constituyen un grave atentado a la Libertad y, por lo mismo, actúan como
enconados enemigos del Progreso.
Acaparar o despilfarrar bienes privándoles de su jugo social es un
tropelía que se traduce en una traba para la felicidad del propio inductor o
protagonista (el poder político o los títulos de propiedad se legitiman y
consolidan cuando se proyectan hacia el perfeccionamiento, multiplicación y
difusión de los bienes potencialmente asequibles a la mayoría).
Es gravísima desgracia nacional ignorar o, mucho peor aún, neutralizar
el libre desarrollo del caudal de energías que las personas, distintas unas de
otras y con capacidades complementarias, están en el derecho de aplicar a la
cobertura de las carencias de su entorno. Consecuentemente, Progreso en vías de
consolidación, será aquel que, por caminos de libertad, incrementa las
responsabilizaciones precisas para la necesaria multiplicación, mejor
distribución y máxima proyección de los bienes naturales, lo que, por LEY NATURAL, se traduce en suficientes oportunidades
de empleo. Reniega, pues de su principal responsabilidad un Poder público que
no se fija como esencial preocupación el total aprovechamiento de bienes y
energías disponibles. Cuando ese Poder público asuma a conciencia su principal
responsabilidad, el TRABAJO PARA TODOS resultará un ineludible OBJETIVO UNIVERSAL.
No estar juntos por que así lo determina la inercia de los tiempos: ESTAR
JUNTOS PARA HACER JUNTOS ALGO, que ya hemos recordado.
Algo realizable, un proyecto incitador de voluntades “¿Para
qué, con qué fin y bajo qué ideas ondeadas como banderas incitantes?”. La
unión se hace para lanzar la energía española a los cuatro vientos, para inundar el
planeta de nuevas ideas y de nuevos modos de cubrir ancestrales necesidades.
En el éxito de las empresas una buena parte depende del sentido de la
oportunidad: ¿qué mejor resquicio para el desarrollo que el romper tanta manía
de manipulación por parte de los G7 y sus ocasionales portavoces el
FMI y el Bundesbank, entre otros?
La Weltpolitik de los españoles pasa por un “ambicioso afán de
personalización” sin atropellos de ningún estilo, con la explotación y
puesta sobre el TAPETE
UNIVERSAL
de las más ricas peculiaridades... dentro de un claro objetivo unitario: esto
último es la pieza fundamental del Proyecto de tal forma que, cuando falla, los
buenos propósitos se desvanecen en pura retórica cuando no se traducen en retrógrado
egocentrismo. Sin duda que el seguimiento de la IDEA DE GRANDES COSAS POR HACER,
que el empeño por cubrir las sucesivas etapas de ese más que necesario SUGESTIVO
PROYECTO EN COMÚN... darán al traste con no pocos falaces argumentos que alimentan la peligrosa obsesión de ir cada uno por su
lado.
¿Qué mejor “sugestivo proyecto en común” que el de volcar cuanto
tenemos y valemos hacia la cobertura de tantas carencias de millones y millones
de potenciales clientes nuestros en respeto a las “Leyes del Mercado” sí,
pero no a tantas hipócritas consignas de los países más poderosos cuyo afán
de colonialismo universal es tan evidente? Con evidente mayor generosidad ¿no
se podría aminorar el cerco torpemente pactado con la Unión Europea y seguir
el ejemplo de países cuya actividad económica no le hace remilgo alguno a
cualquier posible proyección universal?
Por lo tanto, la Idea-fuerza de ese SUGESTIVO PROYECTO EN COMÚN puede y debe responder a la simultánea
cobertura de dos acuciantes y dramáticas carencias: la de SUFICIENTE
TRABAJO en España y la de SUFICIENTES RECURSOS
vitales en tantos pueblos (al margen de los avatares políticos y en una línea de reciprocidad que,
muy seguramente, no garantizan los
G7 y sus más devotos satélites). Siempre, claro está, en progresiva aplicación de
LIBERTAD
RESPONSABILIZANTE. IV. LA DEUDA EXTERIOR DE LOS PAÍSES
PROLETARIOS
ENTRE otras cosas, una nación es una entidad económica de superior nivel. Algo así como una gigantesca empresa cuya próspera
viabilidad tomará consistencia si se respetan unas específicas reglas del
juego.
Al igual que ocurre con una buena parte de las empresas, son muchos los
países que sufren la rémora de anteriores torpes acciones comerciales: pura y
dura corrupción en las altas esferas de poder, falta de previsión, escasez de
estímulos para su personal, inadecuada organización, parcial aplicación de
los propios recursos, ignorancia de nuevas posibilidades de proyección
exterior, falta de rigor en balances y cuentas de explotación, torpe descuido
en el momento de calibrar la necesaria rentabilidad de su caudal de energías...
Esas son, diríamos, las cuestiones generales que habrían de debatirse
en una hipotética “Junta General” de los ciudadanos.
Pero a efectos de reducir trabas en el inmediato remonte del actual
bache, un conspicuo gerente apelaría al recurso que más a mano tienen las empresas: pasar las
deudas a través del filtro de la propia conveniencia de forma que la liquidez
con que se cuenta sea preferiblemente aplicada al aprovisionamiento de las más
“precisas materias primas” y no, como con harta frecuencia ocurre en no
pocas empresas, a “tapar la boca” al “más amigo” o al que más grita,
lo que, en situaciones de crisis y por un elemental efecto de rebote,
imposibilita el propio aprovisionamiento de lo más necesario y de su
consecuente aplicación a la reactivación económica. ¿Consecuencia? En poco
tiempo ni siquiera se puede pagar a los más amigos ni a los que más gritan.
Atenazados por la tiranía de una deuda que fue alimentada por
despilfarros, corrupciones y aberrantes errores muchos países sufren de parálisis
cuando no de progresiva miseria.
No se trata de “olvidarse” de los compromisos de pago: se trata,
simplemente, de establecer una rigurosa escala de prioridades para que, en un
“tiempo prudencial”, todos esos compromisos puedan ser atendidos y de
asegurar, en la medida de lo posible, la viabilidad de una Economía a la escala
de las necesidades de los pueblos. V. EMPRESARIOS, ESPECULADORES
Y BURÓCRATAS
EL
DESCARADO
crecimiento de la burocracia, que premia y alienta fidelidades, es una realidad
demasiado evidente en las actuales democracias.
¿Estamos en el umbral de la tiránica burocracia del pesebre en que, a
modo de pedestal, se apoyan los dictadores de cualquier color incluidos los que,
hasta hace muy poco, personificaban las mal llamadas dictaduras del proletariado
o democracias populares?
Cierto que el equipo gobernante debe ser compacto y responder unánimemente
a las directrices de un Consejo cuya última palabra debe tener siempre el
“Primer Gestor”, a su vez y ésa es una irrenunciable exigencia de la
Democracia, responsable ante un Parlamento.
Por elemental imposición de la necesaria eficacia ese Primer Gestor debe
contar con atribuciones para nombrar a sus colaboradores, quienes, a su vez,
podrán designar a los suyos dentro de un esquema con rigurosa precisión de número,
funciones y nivel de responsabilidad.
Pero digamos que en el segundo nivel se acaba la política para dar paso
a la administración de oficio a la que cabe exigir lo mismo que en otro tipo de
empresa: competencia, rigor y productividad.
Tal línea de acción habría de extenderse a las distintas
administraciones públicas.
Sabemos que, por virtud de las contraprestaciones a viejas y nuevas
fidelidades, entre nosotros ocurre algo muy distinto: nuestras “designaciones
a dedo” han superado cualquier nivel de escándalo tolerable en una
Democracia.
No está fuera de lugar el reparar en que no es solamente su prohibitivo
costo el mal que nos deparan esos cientos de miles de innecesarios burócratas
de ocasión endosados como una cuña en la vieja Administración Pública: es la
parasitaria función que alimentan con privilegios, caprichos y torpezas.
¿Sería mucho pedir a los profesionales de la Política la elaboración
de una “Ley Orgánica” que redujera al mínimo realmente imprescindible la
libre designación para los puestos de tercer nivel en cualquiera de las
administraciones públicas?
Por lo que atañe a España, daría mi voto al político que, por
ejemplo, fijase en un máximo de diez el número de ministerios, en cinco el de
consejerías autónomas y ayuntamientos y que, por demás, se propusiera reducir
al 10% todos los nombramientos a dedo. Y no estaría mal que, de paso, se
determinara que la fijación de sueldos y otros emolumentos, en ningún caso,
dependiera del interesado el cual, por un mínimo de vergüenza y ante la actual
precaria situación en que se encuentra el Erario Público, debería acceder a
que sus ingresos se situaran incluso por debajo de los límites estrictamente
razonables.
Ello, repetimos, debería afectar a los gestores de cualquier nivel; pero
no es así sino, más bien, todo lo contrario. Hasta ahora, los políticos en el
Poder no han querido reconocer la fenomenal perogrullada de que el crecimiento
del funcionariado, agrava el problema del desempleo en cuanto retrotrae del
Presupuesto recursos necesarios para el desarrollo de la ECONOMÍA PRODUCTIVA, acompleja las relaciones entre administrados y administradores a la par que resulta una burla de los poderosísimo y nada
caros medios de tratamiento de la información.
Puede, incluso, llegar a ser un “criminal despilfarro”, que, por demás,
no satisface a nadie: el propio funcionario debe reconocer que un presupuesto,
por generoso que sea, tiene un límite, lo que quiere decir que cuantos más
sean a menos tocan: pensemos en la eficacia de la gestión y que ésta sea
remunerada pertinentemente (¿a cuanto tocarían de incremento en su sueldo los
funcionarios fieles si se aplicara a ello un diez por ciento del ahorro de
quinientos mil puestos de nula utilidad?).
Bajo un orden democrático el “dirigismo económico” ha de mantenerse
reducido a su mínima expresión, pero no menos de lo necesario para que el clásico
“laisez faire, laisez passer”, poderoso impulso de la iniciativa privada,
genere responsabilidad social a pesar mismo de la habitualmente escasa “buena
voluntad” de las personas.
En el capitalismo de la vieja escuela lo que se llamó “libre cambio”
era presentado como una sagrada panacea: sin intervención alguna del Estado,
con libre rienda al interés contante y sonante, la sociedad en pleno, en
progresiva prosperidad y de la mano de la estricta conveniencia de los
“propietarios” conquistaría las “Armonías Económicas” (Bastiat).
Históricos y dramáticos desequilibrios han sido el resultado de la
“cruzada a cualquier precio” que predicaron los teorizantes de la “Economía
Clásica”, a pesar mismo de las insospechadas fuentes de riqueza que han
cobrado realidad al hilo del progreso técnico y de la iniciativa empresarial.
Hubiera sido mayor la armonía, si el Estado hubiera cumplido con su
“natural papel” de catalizador de energías: factor previsor con medios para
mostrar campos en que cultivar complementarias vocaciones, con poder suficiente
para garantizar mayores estímulos a las iniciativas empresariales de más
positiva proyección social y, también, con la ley en su mano para corregir
eventuales desmanes.
La antinatural situación de desempleo que nos toca sufrir en directa
relación con la falta de constructivo interés por los problemas de los “países
proletarios” clama perentoriamente por un plan de rigurosa viabilidad.
Huelga toda retórica o medias tintas; huelga cualquier intento de poner
trabas al desarrollo de viables iniciativas empresariales; huelga traspasar
responsabilidades al Bundesbank o al Banco Mundial; huelga cualquier atisbo de
proteccionismo hacia toda actividad económica que no se traduzca en
mantenimiento o creación de empleo.
Invitar a conocer lo más positivo que, por expresa preocupación de los
gobernantes, habrá de ser lo de más amplia proyección social.
¿Con qué medios cuentan los gobernantes? Con posibilidades
de rigurosa información sobre la demanda internacional, los recursos del
territorio, la probable evolución de los medios técnicos; con autoridad sobre
la moneda, los acuerdos internacionales, la normativa laboral; con los Presupuestos Generales y la correspondiente
maquinaria fiscal; con directa responsabilidad sobre las infraestructuras...
Son muchos y poderosos medios con que cuenta un Gobierno Democrático.
Todos ellos han de facilitar la contundente respuesta al desempleo
actual, ese aberrante engendro de una economía incapaz de sacarle un natural y
cumplido provecho a un inmenso caudal de energías. Es al Poder Político al que corresponde elaborar un abanico de SUFICIENTES POSIBILIDADES, facilitar los adecuados estímulos, prevenir desequilibrios, abrir brecha cuando, donde y cómo haga falta, premiar el ejercicio de la LIBERTAD RESPONSABILIZANTE... VI. EL COMPROMISO PERSONAL Y LA DEMOCRACIA
OBVIO es reconocer que la Comunidad Humana está compuesta de varios miles de millones de personas. El concepto persona
corresponde en exclusiva al Hombre a diferencia del concepto “individuo” que
ampara al miembro de cualquier especie animal. Cada hombre es singular, es persona,
respecto a los otros hombres: dispone de peculiaridades exclusivas y es en buena
parte responsable del uso que haga de ellas.
Diríase que la Humanidad es como un mosaico en que las diversas piezas
gozan de capacidad de maniobra dentro del marco de su “circunstancia”.
La lucha por la supervivencia de la Especie Humana (ese “afán por
encontrar el sitio”) ha producido muy diversos efectos a tenor de los
condicionamientos de tiempo y lugar y, sin duda alguna, en razón de los
diversos grados de voluntad y poder de las personas.
Enemigo de la voluntad o rémora del compromiso es lo que se llama pereza
mental o instintiva renuncia a ejercer como “animal racional”.
La pereza mental puede llegar a hacerse crónica: es entonces cuando el
hombre llega a renegar de esa personal responsabilidad de “sacarle jugo” a
sus peculiaridades. Es un mal que, fácilmente, llega a contagiar al entorno.
Ciertos hombres aprovechan esa situación para encumbrarse a situaciones
de privilegio: es como si trazaran una “línea roja” en torno a sí mismos.
Fácilmente, se otorgan la categoría de hombres excepcionales relegando a los
otros hombres de su entorno al papel de comparsas, simples individuos o
elementos de una indiferencia masa.
Para afianzar su posición y no ser aplastados por el número de
potenciales oponentes, esos hombres, pretendidamente excepcionales, se afanan
por canalizar hacia el propio interés el “orden establecido”,
institucionalizar sus privilegios, alterar la escala de valores en uso,
monopolizar la fuerza, alimentar el espíritu corporativo.
Logrado, al menos en parte, su propósito, muchos de ellos se apoltronan
en la ociosidad y se resisten a reconocer su crasa indiferencia ante la siempre
presente posibilidad de desarrollar sus específicas facultades.
A lo largo de la Historia, tal situación se ha repetido con distintos
colores: castas, razas, clases, culturas... ropajes ocasionales que se han
tomado como soporte de privilegios y, con harta frecuencia, cómodo disfraz de
incompetencias.
Y resulta que el posicionamiento social está por encima del esfuerzo
personal. Consecuentemente, pesa más el “espíritu” corporativo, de clase o
casta que el esfuerzo personal: se prefiere el ESTAR al SER (bendito idioma el nuestro que lo diferencia tan claramente).
No faltarán las justificaciones ideológicas al estilo de “la
esclavitud ha sido impuesta por la economía doméstica”, “la salvación está en la guerra santa contra el
infiel”, “un kilo de algodón bien vale la sangre de un pobre diablo”,
“los favores en este mundo son prueba de predestinación”... etc., etc...
Tras ríos y ríos de palabras, el afán de prestar raíz natural al
privilegio de casta o situación “liberó” de responsabilidad personal el
propio comportamiento: es la conciencia colectiva, se dijo y, en consecuencia,
cada ser en particular era inocente de las tropelías realizadas en uso de sus
privilegios.
Durante los últimos doscientos años, de arriba a abajo, de abajo
arriba, de izquierda a derecha y viceversa, se ha extendido por el ancho mundo
el contagio de la colectivización de conciencias.
Ya, para hacer frente a los problemas del día a día, solamente se habla
de conciencia colectiva y no de responsabilidad personal. Claro que no todos se
resignan a tan deprimente simplificación: desde cualquier posicionamiento
social, siempre hubo personas que bucearon con prioridad en la propia conciencia
para traducir en factor de progreso sus personales virtualidades (dinero,
capacidad de gestión, afán de saber, habilidad manual...)
Habrá quien diga que la conciencia colectiva es producto de los “modos
de producción” de la época. Esto, obviamente, es una evidente exageración.
Ello no obstante, la prédica ha surtido efecto tanto en los que cultivan
la ociosidad insolidaria como en los que se han dejado dominar por afanes de
revancha o por simple pereza mental: entre éstos, no pocos que no cuentan con
otro capital que el de su capacidad de trabajo. Obviamente, son los que han
pagado un más alto precio por su poltronería o por su ingenua fe.
Preciso es reconocer que frente al AFÁN DE COMPROMISO PERSONAL
se alza la gigantesca corriente de COLECTIVIZACIÓN DE RESPONSABILIDADES
cuya más directa consecuencia ha sido el desperdicio de valiosísimas energías necesarias
para mejorar la circunstancia en que nos ha tocado vivir.
Tiempo es ya de volver al íntimo reducto en que se forja la personalidad
para descubrir todo lo que cada uno de nosotros puede hacer en uso de las
propias facultades, en libertad de juicio y con voluntad de corresponder al
hecho de vivir y de tener la ocasión de cumplir un irrepetible destino.
Previamente, habremos de renegar de anquilosantes tópicos y responder a
una apasionante invitación: la de asentarnos firme y generosamente en la
Realidad, algo que implica asumir una específica responsabilidad sin rodeos ni
borreguiles recursos.
Obviamente, lo positivo de ese compromiso precisa el aliño de una
Libertad Responsabilizante, que habrá de ser alimentada por el Poder Político,
éste, a su vez, nacido de la suma de votos, tanto más certeros cuanto más
vengan inspirados por la conciencia personal de lo que realmente conviene a España.
Todo ello resulta imposible desde una antinatural “socialización de
responsabilidades”, la más clara consecuencia de no reconocer a cada
ciudadano la categoría de persona con capacidades e intenciones irrepetibles o,
lo que es igual, de situarle en el pobrísimo nivel de simple elemento de una
masa moldeable por una bien urdida retórica.
La estudiada despersonalización de millones de ciudadanos no
requiere más que el aliño de una demagogia pertinentemente institucionalizada
para resultar el ideal caldo de cultivo para lo que puede convertirse en un eterno soporte de un poder sin responsabilidad social: a ese soporte
se le puede considerar DEMOCRACIA INORGÁNICA, es decir, simplemente formal y sin “músculo” de abajo arriba.
Obviamente, la réplica de lo que llamamos DEMOCRACIA INORGÁNICA
no es lo que se llamó “democracia orgánica”: es, simplemente, una Democracia que, por que está viva,
alimenta los soportes de la responsabilidad pública (la independencia de
poderes, entre otros) y despierta libertad de juicio y compromisos personales,
es capaz de eliminar o neutralizar los “instintos salvajes” de la propia DEMOCRACIA.
Es la Política el imprescindible marco para el desarrollo de cualquier
actividad humana.
Siendo además, soporte de múltiples ambiciones cuyo ejercicio siembra
atropellos y desigualdades, se hace perentorio situar a la Política en su justa
dimensión: sirve, fundamentalmente, para garantizar el libre desarrollo de las
diversas personalidades y, también, para velar por la correcta administración,
adecuado uso y adaptación de los bienes que constituyen el patrimonio histórico
y natural de los pueblos.
Los representantes del Poder Político no son “vox populi” ni, mucho
menos, “vox Dei”: Son, y ya es bastante, celadores de libertades y
administradores de bienes y servicios.
Frecuente tentación a la que sucumben no pocos de los encumbrados por
las urnas es la de creerse amparados por una investidura que les inmuniza contra
la vulgaridad. Desde ahí ya pueden abrir el camino a muchos de sus caprichos.
Hace ya más de ciento cincuenta años, Tocqueville criticaba
el hecho de “abandonar la Democracia a sus instintos salvajes”. Cuando esto
sucede, las leyes suelen ser pisoteadas por los privilegios, los acaparadores se
afanan por monopolizar las libertades públicas, el ahorro se agazapa en el pobrísimo
refugio que le ofrecen los malos administradores, la demagogia engendra
fantasiosos dogmatismos, los liberticidas se erigen en redentores, el pueblo
llano sufre de una u otra forma de tiranía o de su natural engendro, la anarquía...
Es algo que sucedía entonces y sucede ahora cuando los políticos no
quieren o no aciertan a prevenir la acechante degradación de todo lo humano,
que no se alimenta de preocupante reflexión, de trabajo y de generosidad.
Crece la Libertad y, por lo mismo, consolida la Democracia cuando aliña
el resultado de unas elecciones con inmediatas enmiendas a los vacíos legales,
con transparencia en la actuación de los poderosos, con efectiva preocupación
por avanzar en la igualdad de oportunidades, con escrupuloso respeto a los
dictados de la Realidad, en especial el cultivo de los valores necesarios para
realzar la condición humana.
Las libertades públicas anejas a la Democracia han de ser capaces de
despertar el ansia de responsabilidad que late en la conciencia de una buena
parte de los ciudadanos, probablemente, esos mismos que se dejan arrastrar por
la preocupación de llenar su existencia con positivos servicios a la comunidad.
Naturalmente que ello ha de ser resultado de valentía, generosidad e
incondicional respeto a la realidad, justo lo contrario de perderse en estériles
fantasías y ocios insolidarios.
Gran cosa de la Democracia es abrir el camino de la
participación política a todos los ciudadanos revestidos de un equitativo
poder: en buena democracia, se otorga el mismo valor al voto del pobre que al voto del rico, al del
iletrado que al del intelectual...
Pero ese voto no puede ser un reflejo o determinación de los “salvajes
instintos” de la Democracia. Fundamentalmente, habrá de seguir la orientación
que más conviene al momento histórico de la Patria.
La Democracia, por sí sola, no consolida las libertades que previamente
ha introducido en la vida pública; lo que sí hace es presentar un específico
trampolín para el desarrollo de la libertad responsabilizante, poderoso factor
de progreso en todos los órdenes.
En épocas de tiranía o de dictadura paternalista el organigrama social
es una inamovible pirámide en que las decisiones vienen de arriba abajo por la
gracia del tirano, dictador, patriarca o caudillo.
Otro tanto sucede en una democracia en la que los poderosos propicien sus
instintos salvajes. Ese pobre remedo de participación popular termina siendo
juguete de la propaganda interesada y de la demagogia, recibida por la masa como
el menos trabajoso alimento intelectual.
Pero hay una diferencia substancial entre una y otra situación: en
Democracia, a cada ciudadano cabe la responsabilidad de alterar con su voto el
orden de las cosas, cabe la responsabilidad de introducir en la vida pública a
la libertad responsabilizante, “herramienta” democrática muy capaz de
amaestrar a la propia Democracia, cuyos instintos salvajes podrán convertirse
en otros tantos canales de positivo desarrollo de tantas y tantas fecundas
personalidades.
Ello será tanto más fácil cuanto la función política se aparte menos
de sus justos términos: velar por las libertades ciudadanos y por el “buen
orden” de los diversos factores económicos.
No cabe buscar otras razones al poder político. Sobran los redentorismos
y las escapadas por fantasismos idealistas (sabemos muy bien que en la tierra no
hay otro posible paraíso que el derivado del trabajo solidario; estúpida
renuncia a la propia inteligencia es confiar en una utopía nacida gracias a los
automatismos de la historia o a baños de sangre).
El político profesional ni es el gurú de una secta, ni es un dechado de
virtudes, ni es un profeta: es un funcionario por vocación o por interés; es
un hombre sin grandes diferencias respecto a los otros hombres pero que aspira a
un puesto desde el cual incidirá sobre nuestros bienes y sobre nuestra
libertad: ni más ni menos que eso.
Desde su posicionamiento, usará o abusará de las leyes cuya principal
razón de ser es el Bien Común Deseaba Tocqueville que a los caprichos del
tirano y a las veleidades de los políticos corruptos sucediera “la majestad
de las leyes”. Es un deseo que la “razón democrática” nos obliga a
compartir pero que cobrará efectividad en cuanto electores y elegidos
comprendan y acepten que el poder de los unos sobre los otros es un servicio o PODER POR DELEGACIÓN
de los últimos sobre los primeros. VII. ENTRE RENTISTAS, ESPECULADORES
Y EMPRESARIOS
“AL RENUNCIAR al Mundo, dice Max Weber, el ascetismo cristiano, que, al principio, huía del mundo y se refugiaba en la
soledad, había logrado dominar al mundo desde los claustros; pero quedaba
intacto su carácter naturalmente despreocupado de la vida en el mundo. Ahora se
produce el fenómeno contrario: se lanza al mercado de la vida, cierra las
puertas de los claustros y se dedica a impregnar con su método esa vida, a la
que transforma en vida racional en el mundo, pero no de este mundo ni para este
mundo”.
De ser ello cierto, el “espíritu del capitalismo” tendría un origen
ascético, como de sed de trascendencia. Algo así sistematizó Calvino con su
teoría de la predestinación. Sus fieles, ya imbuidos de lo que se llamará
darwinismo social, se lanzarán a la “cruzada” del acaparamiento, exageración
cuya trágica trayectoria conocemos muy bien.
Desde la óptica puritano-capitalista se forja una buena parte de un “código
moral” en el cual el éxito en los negocios constituirá el primero y
principal valor.
Claro que el trabajo disciplinado y concordante con los “modos y medios
de producción disponibles” es una condición esencial no ya para el progreso
social, sino para la simple supervivencia de la especie humana; pero ello habrá
de realizarse dentro de un esquema de múltiples funciones y objetivos, lo que,
a su vez, determina lo que se llama un orden social.
En la cúpula de ese orden social existen y han existido siempre hombres
y mujeres con las mismas virtudes y defectos que el resto de los hombres y
mujeres, pero particularmente influenciables por los “vaivenes de la
fortuna” y, por que detentan mayores ocasiones para el uso y el abuso de
bienes y servicios, propensos a la progresiva corrupción.
Es humano que pretendan “lavar su imagen” y que se afanen y paguen
por encontrar “razones” que les acrediten como “seres excepcionales por
ley natural”. Y, puesto que cuentan con medios para lograrlo... se afanan por
conquistar y mantener el oropel de una colectivista, efímera y ocasional posición
de “clase”.
Tales personas se comportan como simples capitalistas (o burgueses que
hemos llamado por afán de “homologación”) y, de hecho, están fracasando
en la natural vocación a perseguir un más ser con una vida de específico y
realista significado (el de “amorizar” la tierra desde las propias
virtualidades).
En este punto hemos de recordar que el ser humano, “animal
que piensa”, “animal político”, “animal social”... es excepcional en
el mundo de la animalidad: es algo más que individuo y, en su conjunto, algo más
que especie: es Persona y es Comunidad. Por que es PERSONA expresa
sus peculiaridades según el grado en que racionaliza su acción. Porque es
miembro de una COMUNIDAD, él mismo y ella progresan en función de una solidaria sintonía.
Para cumplir sus funciones biológicas al hombre le bastaba el instinto.
Son otras funciones las que, necesariamente, corresponden a su facultad de
pensar; en el ejercicio de tales funciones el “animal que piensa” (“que
reflexiona sobre su propia reflexión”, dirá Theilard) se humaniza
progresivamente, va, paso a paso, conquistando su potencial ser.
Esto de la “conquista del ser”, de avanzar en el desarrollo de la
propia potencialidad, es algo que, por una probable ley natural, sirve a un
previa Finalidad: la de humanizar la tierra uniendo los esfuerzos de
complementarias personalidades.
El grado de unión de esos esfuerzos depende de la función social en
sintonía con la libertad personal: nacido entre millones de congéneres, el
hombre no puede ignorar a los otros: seres inteligentes que, al igual que él,
están sujetos a las mismas necesidades elementales.
Porque es libre podrá sucumbir a la tentación que Hobbes presentó como
ley de vida: “homo homini lupus”. Ello sería si el hombre únicamente
pudiera responder al instinto animal... pero cuenta con la razón y cuenta con
la libertad de amar (de volcar hacia los demás lo más noble de sí mismo).
Y sucede que, si bien el hombre, cuando satisface sus propias necesidades
materiales, obra como cualquier otro animal, cuando se preocupa de satisfacer
las necesidades del prójimo lo hace guiado por su espiritualidad (Berdiaeff).
En consecuencia, el óptimo desarrollo de las facultades espirituales del
hombre depende de su entrega al bien común.
Pero hay algo más que nos impulsa a creer que la “razón humana”,
que libera y personaliza, es una condición de la armonía universal:
Tómese a un grupo de hombres y obsérvese a cada uno en particular: sin
razón “matemática” que lo demuestre, descubriremos que cada hombre goza de
una especial disposición de tal forma que, si éste siente preferencia por un
oficio manual, con el carácter de aquel otro cuadra una función intelectual,
de organización, de riesgo...
Si nos entretenemos en “clasificar” las respectivas vocaciones de un
grupo de personas suficientemente numeroso, fácilmente llegaremos a la conclusión
de que en ese grupo se da potencialmente una “sociedad armoniosa”.
Pero si resulta que cada ciudadano “se siente” más de acuerdo
consigo mismo, también resultará una progresiva armonía general (lo contrario
de una sociedad de “lobos”).
Habrá sido ello posible por el hecho de que una buena parte de los
ciudadanos (cada uno desde su particular esfera de influencia) ha ejercitado su
voluntad en desarrollar sus peculiaridades en sintonía con el bien común.
Ese ejercicio de la voluntad colma un vacío interior (HUECO)
y cobra el sentido de LIBERTAD RESPONSABILIZANTE. VIII. EL DINERO COMO HERRAMIENTA
(CARTA A UN JOVEN EMPRESARIO)
SIENTES
necesidad de ir a algún sitio con un dinero que te han dejado tus padres a
Plazo Fijo. No te acaba de llenar lo de ese X% y, muy probablemente, ni siquiera
un hipotético 2X%.
Para ti el dinero es hacer cosas y, también, PODER.
En tu equipaje entran también las ideas. Las ideas han de ser muy claras y
aplicables a una evidente demanda del Mercado. El dinero (o el Crédito) ha de
ser suficiente hasta tanto las ideas no se “materialicen” en mercancías
capaces de proporcionarte algo más que la autosuficiencia. Esa materialización
de las ideas ha requerido el soporte de una infraestructura: locales, organización,
red comercial, producto...
La meta es lo que se llama objeto social de la empresa, algo destinado a
cubrir una parcela de las necesidades o apetencias de tu entorno: debe
sintonizar con una inequívoca aspiración tuya e ir respaldada por lo que se
llama viabilidad económico financiera.
Son los compañeros de viaje, el factor humano, lo más importante con
que cuentas. Todo lo demás, debes reconocerlo, son medios o instrumentos
El factor humano debe ser reconocido por ti algo en paralelo con tu
propia realización personal y, por lo mismo, condición primordial de tu éxito.
El factor humano no es, pues, un medio sino un fin.
El factor humano es variopinto, inestable y complejo; pero es también
susceptible de certera motivación. En gran parte, de pende de ti su grado de
colaboración. Sin duda que tus empleados te obedecerán puesto que eres tú el
que firma los cheques; pero ¿estás seguro de que sintonizan con tus proyectos,
de que hacen suyos los objetivos de tu empresa? Esto de la plena integración de
tu gente, más que como el principal problema, tómatelo como un apasionante
desafío.
Si tienes las ideas claras, un proyecto que responde a una necesidad
social, una capital que facilite el despegue y has acertado a despertar la
voluntad de colaboración en tus compañeros de viaje, estás ya en el camino
del Éxito,
Deberás, eso sí, ejercer el arte de dirigir, aplicar las técnicas de
la Organización, mantener los gastos en su justa proporción y acertar a
sacarle partido a las modernas herramientas de gestión: Podrás promover y
desarrollar una Comunidad de Trabajo.
Por Comunidad de Trabajo se entiende, claro está, a la Empresa, esa
importante unidad social compuesta de materia gris, brazos, dinero y
herramientas.
Si eres empresario, cabe que pienses otra cosa: ¿qué sé yo? que la
Empresa es algo así como una generosísima vaca lechera con sus ubres siempre
dispuestas o una escalera por donde tú, solito, puedes alcanzar la luna...
Desde esas imaginadas cimas ¿serás capaz de pensar que puedes hacer lo
que te venga en gana con las posibilidades de la obra que administras (lo que
llamas “mi empresa”), que el manejo del dinero te coloca en una privilegiada
posición para jugar a rey Midas o que el mejor obrero es un mono amaestrado?
Cuidado, Taylor no lo quiso reconocer; pero te aseguro que un mono amaestrado
sale carísimo. Y, a nada que discurras, habrás de compadecer al pobre rey
Midas que murió por hambre.
Como la de cualquier otro hombre, la principal obligación de un
empresario es la de ser realista; obviamente, la primera realidad con que
tropiezas eres tú mismo: lo de quien eres, qué puedes y hacia donde vas está
y estará siempre pegado a ti. No puedes pensar, como aquel famoso Hegel, eso
tan bobo de que “si la realidad no es como yo pienso, es problema de la
Realidad”.
Para muchos empresarios eso tan bobo de que la realidad ha de ser
estrictamente como yo pienso no es tan raro como, a primera vista, pudiera
parecer: son muchos los hombres de negocio que niegan lo que no quieren ver, que
se hacen particulares ideas sobre la organización, las relaciones humanas o el
poder del dinero... | ||||||