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Educación, modernidad y democracia: problemas y perspectivas

 

 

            La educación es un fenómeno social. Fenómeno social par excellence, podría escribirse sin mengua para la verdad. La democracia es un fenómeno político de escaso arraigo en América Latina, por razones que sería largo y complejo explicar, como es siempre complejo explicar las ausencias históricas de tal o cual atributo social o institución o hábito. Analizamos lo que tenemos y hemos encontrado, incluyendo los fenómenos incipientes y emergentes.

            La expansión educativa que vivimos no se corresponde con el ciclo democrático. A fines del siglo XIX una vocación modernizadora y democrática, bastante más avanzada que la modernidad y la democracia realmente existentes, se encuentra con modernizaciones tardías y periféricas, pero modernizaciones sin duda, y democracias imperfectas, pero democracias al fin. Aquella voluntad modernizadora impulsó la educación republicana a la francesa, como la propia democracia política: ambas eran herederas de la Gran Revolución. Estas tardomodernizacíones y estas democracias emergentes encierran el período de la promoción, difusión, expansión de la educación formal. En muchos momentos los parámetros externos se entrecruzan para establecer puntos de inflexión: el momento de la explosión de la matrícula femenina, el momento de difusión de la escuela secundaria, la explosión de los terciarios, todas estas innovaciones tienen relación con momentos excepcionales de la evolución modernizante y democratizadora. La mayor expansión educativa se produjo en la inmediata segunda posguerra, inmersa en la modernización pero en un marco de notorio distanciamiento de la democracia política. En cierto sentido, la democracia regresó -primero tímida, luego vigorosa- de la mano de la educación. Sería relativamente sencillo mostrar a través de un análisis de encuestas realizadas entre 1980 y 1995 la relación entre el incremento de los niveles educativos y el incremento de la interpelación democrática.

            En un libro de singular actualidad La educación popular en América Latina, editado bajo la responsabilidad de Germán Rama, éste señala:

            «Entre 1950 y 1980 la población de 5 a 24 años, considerada teóricamente escolarizable, pasó de 67 millones a 156 millones de personas, mientras que la población realmente escolarízada -las cifras no corresponden en todos los casos exactamente al mismo tramo de edad - se incrementó en el mismo período de 11 a 87 millones. Es decir que la tasa bruta de escolarización ascendió del 17% al 56%. Esto significa que, además del esfuerzo requerido para afrontar la tasa media de crecimiento de la población (2.86% acumulativo anual) que determina por sí sola la exigencia de un crecimiento similar de la matrícula, los sistemas sociales debieron superar el escollo que significaban tasas de cobertura extremadamente bajas como punto de partida. Dicho de otro modo, la región demostró capacidad para ampliar la oferta educativa, enfrentando conjuntamente el crecimiento de las capas de la población tradicionalmente atendidas y la ampliación del acceso para los grupos anteriormente excluidos» (1984:15).

Por supuesto la expansión fue despareja, porque privilegió el sector urbano sobre el sector rural: «en los 14 países para los que se dispone de datos, para alrededor de 1970 el 73% de los jóvenes de 15 a 24 años con escolarizacíón nula residía en zonas rurales, mientras que sólo el 7.7% habitaba en las capitales. En las áreas rurales 1 de cada 3 jóvenes de 15 a 24 años no había aprobado ningún grado o curso de enseñanza primaria, mientras que en las capitales la proporción era 1 de cada 20 y en el resto urbano el indicador era 1 de cada 10. A las relaciones anteriores debe agregarse que 1 de cada 4jóvenes rurales de los que ingresaron a la escuela no había logrado aprobar 3 grados escolares, situación en la que se encontraba 1 de cada 10 capitalinos y 1 de cada 7 en el resto urbano» (1984:16).

            Desde luego, esta expansión no sólo excluía el sector rural: "la cobertura se ha realizado a través de una mera ampliación del modelo educativo tradicional; se ha sumado al desconocimiento por parte de los maestros de las condiciones culturales de los educandos (en su dimensión antropológica) y a la repetición mecánica de los modelos educativos de las clases medias, que se pretende sobreímponer a los de los grupos populares, una menor capacitación de los educadores en los aspectos referidos al lenguaje y a la lectocultura, temas que suscitan cada vez menor interés» (1984:19).

            Estas observaciones (y comprobaciones) anotan los primeros tres datos históricos y elementales para construir interpretaciones y sentidos; primero: la matrícula se expandió. Segundo: fue casi exclusivamente urbana. Tercero: el fenómeno se insertó en formas carentes de innovación, por pura acumulación. He analizado el crecimiento del sistema educativo argentino durante el siglo que transcurre entre 1880 y 1990 en mi libro La invención de la Educación (Córdoba, 1994), de modo que no me detendré aquí, aunque insisto en subrayar -como en ese texto- la importancia de esta inadecuación entre la expansión cuantitativa y la rigidez de la organización disponible para contenerla, para explicar algunos de nuestros males actuales.

            Anoto una cuarta observación significativa: la relación entre la expansión cuantitativa y su impacto sobre la estratificación social. Contrariamente a lo que podría suponerse, la expansión por sí misma no asegura acceso inmediato (ni siquiera mediato) a la movilidad social. Una investigación de Carlos Filgueira (1980:56) demuestra que, a diferencia de lo que ocurre en los países avanzados, en América Latina mientras la escolarización primaria experimenta un incremento reducido y a veces desdeñable, el de la educación media y superior es muy intenso" (ibídem: 56). En otros términos, la movilidad social no es un proceso general de la sociedad sino un fenómeno que se produce en el interior de los sectores medios. Este hallazgo de Filgueira es consistente con la tasa de ingreso a la universidad por sectores sociales. En la Argentina la participación de los hijos de obreros y sectores sociales bajos estructurados y no estructurados se mantiene constante en torno al 5% desde 1940.

            Pero, por otra parte, esta expansión educativa «deriva principalmente de factores atribuibles a la estructura social -entre los cuales se hallan los productivos pero no a través de la simple y directa relación de la oferta/demanda de la mano de obra calificada» (ibídem: 57). La expansión, concluyamos, no es función de la evolución del aparato productivo ni satisfizo la demanda de igualdad de oportunidades. Estas comprobaciones, como digo, ni son los únicos datos a tener en cuenta, ni alcanzan por esa razón, para un análisis exhaustivo de la crisis del sistema educativo, como tampoco constituyen el objeto de este análisis, la relación de la educación con la evolución del sistema político democrático. Pero sin ellos no es comprensible la asincronía histórica entre sistemas educativos y sistemas democráticos.

            Los cuatro indicadores mencionados coinciden con otros tantos fenómenos sociales: la urbanización, la expansión del aparato productivo y la expansión del Estado centralizado. Los cuatro confluyen en una fase de modernización social que tampoco es un fenómeno sincrónico.

La expansión del aparato productivo se paraliza tras la crisis de 1929 y, cuando retorna, se incluye en un nuevo modelo de economía autárquica, agro o minero exportadora, de industrialización por sustitución de importaciones y fuertemente corporativa. En cambio, el sistema político se sacude desde esas fechas y hasta la década de los 80 entre los intentos de democracia fraudulenta, golpes de estado, experiencias democráticas limitadas, nuevos golpes, revoluciones y restauraciones. Recién en la década del 80 comienza el ciclo de la democracia estable. Este fin de siglo comprueba que estas dos décadas constituyen el período más largo de vigencia de las instituciones democráticas prevalecientes en toda América Latina. También de políticas educativas decididas legítimamente.

            En América Latina (con las razonables diferencias entre países) hubo crecimiento económico, aunque los países que intentaron la industrialización por sustitución de importaciones fueron sólo aquellos donde existían mercados internos interesantes, como México, Brasil, Colombia, Argentina, Chile o Perú. Pero el crecimiento económico tenía como sustento teorías e ideologías que enfatizaban las necesidades de acumulación del sistema económico por encima de las formalidades políticas. Se privilegiaba el desarrollo económico respecto del desarrollo político. Más todavía: se imaginaba que el desarrollo político era una traba para el desarrollo económico. Se suponía que un régimen autoritario favorecía el desarrollo económico porque creaba condiciones de estabilidad. A fines de los 70 se comprobó exactamente lo contrario, a saber: que los regímenes autoritarios daban estabilidad circunstancial pero que en el mediano plazo terminaban envueltos en luchas de intereses que hacían insostenible -por su ilegitimidad- la duración de sus estrategias económicas. Estas dos décadas pasadas están mostrando que la estabilidad política es un requisito de la estabilidad económica. Y en el plano de la educación, por primera vez se asume que debe considerarse una cuestión de Estado y, en consecuencia, por encima de las disputas partidarias, para transformarse en un puente -de lo público- entre las necesidades del aparato productivo y de acumulación del sistema y las necesidades de distribución y equidad social que la democracia promete.

            En los años 60 la hegemonía de las teorías del desarrollo (clásicas, neoclásicas, y marxistas) opacó, relegó al arcón del anacronismo las cuestiones referidas a la democracia liberal. Este debate se encuentra muy bien reflejado en el pensamiento de Prebish (1981) y en los primeros números de Crítica y Utopía, revista que fue parcialmente una reacción contra el predominio de algunos de estos esquemas y una reivindicación temprana de la democracia política.

            El último siglo se puede dividir en dos períodos: 1880-1930 y 1930-1980. Los paradigmas predominantes están fuera de discusión: en la primera etapa el orden y el progreso con democracia oligárquica, iluminista en el plano educativo; y en la segunda, acumulación de capital local con democracia o sin ella. Las sociedades se desarrollaron con proyectos lógicos y tensiones de los grandes actores contemporáneos: el Estado, el mercado internacional y el mercado nacional, la Nación y la búsqueda de identidades, la sociedad civil balbuceante y sus primeros sistemas de organizaciones.

            El sistema educativo era una llave maestra, porque su crecimiento atravesó la totalidad de las dimensiones, y afectó exhaustivamente la evolución de estos cuatro actores de fin de siglo: el Estado Nación, el mercado, la sociedad civil.

            A veces los historiadores sociales prefieren señalar la sucesión, la unidad, encontrando aquí y allá un hilo conductor que explique aparentemente la evolución. Prefiero indicar aquí las discontinuidades, las asincronías, las diferencias entre dimensiones y los momentos (aunque no las circunstancias: los momentos son siempre teóricos, y las circunstancias son siempre concretas).

            La educación es en esta perspectiva consecuencia y causa de la evolución de la sociedad. Reproduce el sistema, pero también lo desborda y lo desarticula. La simple reproducción acumulativa de normas y valores no alcanza para frenar el impulso de la lógica del orden simbólico instalado como teoría, doctrina, logros, ideología de ruptura.

            En su momento se simplificó la lectura de las instituciones escolares reduciendo las funciones estratégicas de la institución y de la educación como proceso en una fórmula tan engañosa como simple: reproducción del sistema. Aunque algo antigua, aún no ha sido declarada su obsolescencia. En realidad, esta afirmación se corresponde con una lógica unidimensional y mecanicista que supone que las instituciones y los fenómenos sociales tienen invariablemente una sola causa y producen un solo efecto. Peor todavía: que estas causas y efectos son forzosamente coincidentes. Mucho peor todavía: no alcanzan a comprender que, independientemente de las intenciones, existen los efectos no queridos de las acciones sociales y, en consecuencia, acciones de dominación se convierten en acciones de liberación y viceversa.

Un escenario se esfuma

            El concepto de escenario aplicado como metáfora es extremadamente útil para el análisis sociológico. Define los límites discrecionales, abstractos, de un campo de interacción. Los actores encerrados en su interior saben que sus acciones tienen antecedentes y consecuencias, todo esto cuenta pero no influye en el argumento de la obra teatral ni en la explicación sociológica. La extracción de un instante histórico, fotografía o radiografía, sirve para ilustrar tanto modos de acción, como identidades, motivos, razones, intereses, etcétera. 'Escenario es, además de límite, decorado. Los actores y sus acciones se leerán en adelante con esta doble especificidad. El límite del campo de acción y el decorado que disimula todo lo que es externo a ese campo y a esos actores.

            Lo que estamos viendo y viviendo es una representación cuyos actores se maquillan y cuya utilería se cambia, tal como en el teatro moderno, en presencia del espectador. La comunicación visual en tiempo real unifica; todo está a la vista aunque por esta misma razón no necesariamente se asegure transparencia. Pero éste es otro problema.

            A fines del siglo pasado la Ilustración, predominante como ideología, atribuyó a los sistemas educativos que se difundían desde la Francia republicana una triple función: la integración social a través de la internalización de valores, la construcción de ciudadanía, a partir del sentimiento de la Nación (una forma privilegiada de identidad colectiva), y la capacitación productiva. No son las únicas funciones, pero seguramente fueron las más importantes a la hora de diseñar la organización que las contendría y controlaría. Aquellas funciones perduran. Pero en escenarios radicalmente diferentes. Y también con protagonistas, con actores, que no son diferentes pero que han cambiado de posición, de vestimenta y de discursos. Son los mismos pero distintos, porque el contexto lo es y porque la lógica de su propia identidad los conduce también a comportarse de otra manera. Allí comienzan las asincronías y confusiones.

            El escenario del siglo XIX estaba acotado por las distancias, las limitaciones tecnológicas y la relativa simplicidad de la organización social. El escenario aquel muta por multiplicación y diferenciación de actores, empujando hacia el ocaso las cantidades. El escenario resultó demasiado pequeño para contener a los que pretendían ingresar, hasta desbordarlo totalmente. El nuevo escenario cambió de tal modo su magnitud, que resulta casi inabarcable para comprender lo que en su interior está ocurriendo.

            Los cambios en el escenario inciden también en la polifuncionalidad, por supuesto, y en los contenidos de la educación. En el texto Pour l`école, de la Comisión francesa presidida por Roger Fauroux, se dice sin eufemismos que «no se puede disimular, además, que el cambio de las formas de institución familiar, los efectos del desempleo, el dejarse estar demasiado frecuente de los niños frente a la televisión o en la calle, son generalizados. En todas partes se ha debilitado el sentido de las obligaciones sociales y cívicas. La educación para la ciudadanía no es ahora el objetivo de zonas de educación prioritarias. Ella es necesaria en todas partes. ¿Cómo especificar la obligación que tiene por delante la escuela no ya para formar ciudadanos, como lo estimaba Jules Ferry, sino para hacerlos aptos para la vida social? No se trata evidentemente de saberes disciplinarios. Los saberes positivos de los cursos de Instrucción Cívica no nos enseñan a decir buen día, a presentarnos, a escuchar a los otros, a argumentar, a obrar en equipo, a respetar las reglas de una vida en común. Es el proyecto de una forma de vida escolar, de la buena utilización del tiempo de los cursos libres, del empleo, que debe preceder la transmisión y la inculcación de algunos saber hacer primordiales sin los cuales no hay inserción social o profesional posible" (1996: 98).

            Son cambios de escenarios, pero también nuevas exigencias y demandas del sistema social, aunque se instalen en la misma dimensión analítica, en este caso, en la de la integración. ¿Cómo integrar socialmente con relación a valores que son negados? ¿Por la experiencia? ¿Cómo, por ejemplo, predicar la dignidad del trabajo y sobre todo el valor del esfuerzo y simultáneamente comprobar las restricciones del empleo? ¿Cómo integrar socialmente en estructuras urbanas que favorecen la multiplicación de ghettos, de aislamiento físico y promiscuidad simbólica?

            No invento nada. Fue el filósofo cristiano Kierkegaard quien señaló, a partir de cuestionamientos parecidos, la imposibilidad de ser cristiano en un tiempo como éste y la dificultad para la realización de valores.

            Lo que denominamos democracia en este fin de siglo tiene escasa relación de contenidos. y prácticas con los balbuceos de la democracia oligárquica del siglo XIX. Tenemos una democracia -aun hostigada y acotada- cualitativamente diferente a aquélla. Entre otras razones, porque aquella protodemocracia se asentaba sobre una sociedad predominantemente rural, de bajo nivel educativo y controlada por elites distantes.

            Los escenarios están entonces en plena construcción; sus actores, disponibles; y sus acciones comenzando a operar con lógicas distintas. El sistema educativo se desconcierta porque se ha movido el piso social y alterado el techo estatal.

            Las sociedades periféricas del primer medio siglo se asentaron sobre las premisas culturales de los centros: la infusión de la homogeneidad y la prioridad de las cantidades. La homogeneidad realizaría el viejo ,ideal de la igualdad. La cantidad, el sueño nietzschiano del Superhombre. Todos iguales, practicando gigantescas acumulaciones: de energía, acero e información. Todo fue multiplicable y multiplicado, todo uniformado y uniformable.

            La producción de masas para una sociedad con encuadramiento militar de masas, educación y comunicación de masas. Cantidad y uniformidad fueron el presupuesto de la sociedad industrial, tanto como su carácter instrumental: los valores cuestionados severamente (¿importa tanto la libertad, si su sacrificio aumenta el bienestar?).

            Con excepción de aristocráticas nostalgias, nadie podría negar la necesidad ni la bondad -y por momentos la belleza- de esta irrupción de masas en la historia.

            No es objeto de esta presentación el análisis de la sociedad de masas ni su crisis en las sociedades preindustriales. La referencia apunta a reconocer el fenómeno nuevo, la emergencia de sociedades que siguen siendo periféricas pero en un nivel diferente de complejidad hacia adentro y de articulación hacia el exterior. La complejidad endógena se convierte en interpelación democrática, para resolver los conflictos, y la vinculación exógena no se limita a un centro sino a un proceso (la globalización) que impone también otras exigencias.

            Las sociedades reivindican las diferencias y revierten el sentido de la discriminación que allí se fundaba: la discriminación positiva es un concepto y una práctica que emerge desde la homogeneidad que en nombre de la igualdad compromete la equidad, como veremos más adelante.

            Como todas las formas sociales cuando se analizan en acto, sus perfiles son ambiguos, como ambiguos sus sentidos y ambiguos los roles. Entre estas ambigüedades que corresponden a múltiples mutaciones, escojo solamente cuatro, pertinentes para el tema central de esta reflexión.

Igualdad o equidad

            La igualdad de oportunidades educativas ha sido una de las grandes utopías motoras del siglo XIX. Al finalizar el milenio sigue siendo tanto una utopía como una asignatura pendiente. Es que la oportunidad educativa era históricamente asimilable a igualdad de oportunidades en la vida.

            Con este criterio se organizaron los sistemas públicos de enseñanza para que cada cual tuviera -independientemente de su origen social- un lugar en la escuela, un lugar en la sociedad, un lugar en el Estado y un lugar en el aparato productivo.

            La fuerza y la legitimidad social de la aspiración definieron no solamente su naturaleza, sino también los caminos, los métodos, la forma de organización. Un solo propósito, un solo método, una sola pedagogía, una sola autoridad educativa. El sistema se expandió bajo un férreo control centralizado que, a veces, según orientaciones ideológicas predominantes podía oscilar entre más o menos secularización, más o menos libertad; pero estaba fuera de dudas el control centralizado de la igualdad. En los años 60 comienzan a advertirse las grietas del modelo, en tanto los resultados prácticos no se correspondían con la verbalización predominante. La escuela pública de hecho había dejado de serlo, colonizada por intereses particulares. La cantidad se había respetado: cada cual tenía un lugar en alguna escuela, pero nadie podía garantizar el resultado. Desniveles de calidad entre escuelas públicas se convirtieron en abismos. Desniveles con algunas escuelas privadas mostraron que la escuela pública era cada vez menos una oportunidad y cada vez más una carga pesada e inútil.

            La marcha hacia la igualdad por la uniformidad y la centralización degeneraba en crecientes iniquidades: en estas condiciones, los ricos serían cada vez más ricos, capaces de apropiarse lo mejor del conocimiento, y los pobres, cada vez más pobres, condenados en nombre de la igualdad de una enseñanza cada vez peor. Los más ricos pueden pagar jornada completa y educación bilingüe. Los más pobres disponen sólo de una escuela por horas y monolingüe. La igualdad se aparta de su fundamento -la justicia social- y de los principios generales de equidad.

            La homogeneidad era un requisito y una consecuencia del igualitarismo. Convertido en una guía de acción, su articulación con otros valores (justicia, libertad) termina arrasando despiadadamente con toda diferenciación, con toda equidad. Los valores, como los dioses del Olimpo, se encaminan al ocaso; cuando no pueden convivir, la vocación de la enseñanza por la integración no puede medirse por su consecuencia mayor: la convivencia creativa y solidaria.

            Porque ha transcurrido un siglo entre los comienzos de la educación pública, el escenario de cantidades y homogeneidades es altamente cuestionable, porque la Revolución Francesa después de Furet (1979) tiene otros herederos, porque las consecuencias son más importantes que las intenciones, cuando las acciones se revierten en discursos, preparando y anunciando nuevas acciones.

            No es casual que la Convención Reformadora de la Constitución Nacional reunida en 1994 discutiera con fervor y ricos argumentos una nueva fórmula para definir la orientación educativa hacia la justicia social; y estableciera que el Estado garantizaría a los ciudadanos una educación fundada en los principios de igualdad y equidad.

            La fórmula de la igualdad era la más simple y tradicional. La introducción del concepto de equidad implicaba el reconocimiento de la complejidad, de la heterogeneidad social y, en consecuencia, la legitimidad constitucional de la instalación de discriminaciones positivas. Ciertamente fue un debate teórico abstracto. Es ahora una opción práctica que comienza a atravesar situaciones concretas y ha dado origen a los primeros fallos judiciales para sostener la validez del principio de equidad. El concepto de equidad es también una herramienta. Nuestro mayor interrogante podría formularse en estos términos: sabemos que todos los hombres son educables, en todo lugar y tiempo, en todo momento de su vida. Sabemos también que podemos hacerlo con las tecnologías disponibles. Pero, ¿es posible una calidad equiparable que efectivamente contribuya a la equidad, que abra las puertas de la sociedad y asegure una amplia movilidad social para todos los ciudadanos, cualquiera sea su origen social?

Educación local o globalización

            Como no podía ser de otro modo, la educación acompañó la invención de las nacionalidades y las naciones a lo largo del siglo XIX, y se consolidó en el XX.

            Aunque persista entre nosotros una visión -y una versión- guerrera de las historias nacionales, lo cierto es que tan importantes como las luchas armadas por la independencia fueron los poetas que antes y después de las guerras construyeron un orden simbólico y paradigmático para informar el sistema educativo. Los héroes nacionales eran contados y cantados en las escuelas, con la bandera, la escarapela, el himno.

            Cada niño en cada escuela reconocía su identidad nacional antes de reconocer el alfabeto. Ninguna institución social fue más decisiva que la escuela en la forja de las nacionalidades.

            Sería largo por una parte, y por otra no estoy habilitado para hacerlo, trazar el paralelo entre el surgimiento y la consolidación de los sentimientos e identidades nacionales y la difusión y consolidación de la escuela pública. En un artículo (E Delich, 1989) traté de encontrar el significado de la disputa por la nación con relación a la democracia incipiente.

            En las puertas del tercer milenio asistimos al acotamiento del Estado Nación, a la limitación (por primera vez en cinco siglos) del concepto de soberanía y, en consecuencia, a la resignificación de los roles de ambos términos, juntos o separados.

            El Estado se desplaza hacia formas de interestatalidad: acepta perder soberanía y ganar espacio a través de la asociación con otros Estados. Hacia allí apuntan la Unión Europea, el Nafta y el Mercosur entre nosotros.

            La Constitución Argentina de 1994 reconoce este hecho y en consecuencia acepta y dispone la prioridad de los tratados internacionales por sobre los códigos nacionales.

            ¿Y la Nación? ¿La identidad persiste y puede continuar en el marco de un espacio estatal ampliado? Pero la educación, que durante un siglo priorizó la identidad nacional por sobre cualquier otro valor, ¿debe ser revisada? ¿Cuáles son las consecuencias de la globalización para los sistemas educativos? Apuntamos a una enseñanza bilingüe o trilingüe (para los países que ya son bilingües, como Paraguay o Perú)? ¿Qué significa esta decisión en términos de bienes culturales? ¿Alteramos nuestros parámetros y pasamos sin transición de la aldea periférica a la cosmopolita simbólica?1. Diplomacia corporativa o habilidades creativas.

            El sistema educativo formal comenzó su ciclo histórico distribuyendo conocimiento, controlando su nivel y certificando la aptitud para el desempeño de roles. En el momento inicial, una continuidad aseguró el deslizamiento adecuado del sistema pedagógico: desde la transferencia hasta la recepción del mensaje, pasando por la construcción del mismo y la evaluación parcial o completa del conocimiento.

            La certificación de estudios secundarios o grado universitario fue un acto formal que atestiguaba habilidades efectivamente adquiridas. El grado universitario, además habilitaba -como ahora- para el ejercicio profesional, regulado a la vez por disposiciones educativas (incumbencias que establecen los límites de cada título) estatales y deontólogicas a cargo de los propios consejos de graduados que establecen los carriles éticos del comportamiento profesional.

            La expansión de la matrícula convirtió al sistema pedagógico en una máquina burocrática, de creciente rigidez. Las cantidades impidieron advertir las calidades.

            El diploma, antes un certificado de aptitudes, se ha convertido en aval de una cierta constancia para el cumplimiento de etapas rituales que no necesariamente son significativas vis á vis el conocimiento y las habilidades. El diploma es un bien socialmente valorado (en parte porque la educación en su conjunto es percibida como un bien valioso) y en parte porque toda manipulación simbólica es siempre valorable. También es estatalmente valorado. Para incentivar el interés en la formación escolar, el Estado, en varios países de la región ofrece sobresueldos a los trabajadores que dispongan de un diploma. En la Argentina llega al 25% cuando se trata de diplomas universitarios de carreras cuya duración sea de 4 años o más. De modo que un empleado público obtiene un beneficio salarial interesante con la sola declaración de un diploma regularmente expedido aunque su función no requiera una habilidad especifica. El diploma adiciona a su valor académico un valor económico: transforma su naturaleza (la certificación de aptitudes) para convertirse en garantía de remuneración. En estas condiciones, la pugna por el diploma supera largamente la pasión por el conocimiento . El diploma se independiza de su contenido inicial y se transforma en pasaporte para la obtención de una remuneración, sin relación alguna con las habilidades reales.

            Una poderosa interrelación ata los procesos educativo, burocrático y estatal; prisionero de la expansión, sin reflejos para devolver a los certificados su estima legítima, el sistema educativo confiesa su impotencia negándose a autotransformarse.

            Las sociedades latinoamericanas son por lo general renuentes a las evaluaciones. En parte, porque desconfían de la ecuanimidad de los jurados; en parte como consecuencia del propio sistema educativo que privilegia la seguridad del ritual sobre la incertidumbre del juicio externo. Los Estados democráticos vacilan en ejercer el rol que el derecho público y la propia sociedad le asignan: velar por el bien común.

            Como en los dilemas anteriores, la mutación que se enuncia y la opción que se ofrece no puede estancarse sacrificando cantidad en aras de calidad. ¿Cómo, entonces?

Educación formal -empleo productivo

            En una encuesta que realizamos el año pasado entre jóvenes mayores de 18 años y menores de 25, radicados en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, interrogamos sobre la escuela, la percepción de normas y valores, la familia, el trabajo y los problemas más acuciantes de la sociedad. indagamos sobre el pasado y el presente, con la esperanza de organizar escenarios futuros.

            Pudimos construir distintos modelos de opciones combinando atributos y asignándoles un rango de opciones laborales y sociales. Uno de los modelos ideales más impresionantes fue el siguiente: una mujer menor de 25 años, hogar humilde del Gran Buenos Aires, sin educación primaria completa, tiene un 70% de posibilidades de limitar su horizonte laboral al empleo doméstico. La probabilidad de incrementar este horizonte se asociaba inicialmente al incremento de la educación formal. Pero la correlación pierde significación a partir del segundo año del secundario. Establecido en ese nivel el piso de educación formal, aparecen las habilidades realmente adquiridas.

            Señalé al comienzo los cambios operados en los aparatos productivos de la región y las nuevas exigencias derivadas de la globalización. Es un lugar común recordar la correlación estrechamente positiva entre oferta de empleo y demanda educativa. Es ambiguamente cierto. En la medida en que se restringe el empleo, se incrementan el desempleo y el subempleo, la oferta es crecientemente exigente. Pero estas exigencias no aluden a los atributos formales, sino a las habilidades reales o a las condiciones necesarias y suficientes para obtenerlas. En la próxima década las complejidades crecientes de las relaciones sociales a las que aludí exigirán un entrenamiento escolar mayor, pero no burocrático. La oferta de trabajo se acompañará de condiciones físicas, psicológicas e intelectuales compatibles con tareas que impliquen grados crecientes de decisiones y corresponsabilidades.

Conclusiones

            Nunca, a lo largo de la historia independiente de América Latina, se extendió tan ampliamente el consenso acerca del orden democrático, por tanto tiempo y en tantos países.

            Nunca hubo, a lo largo de esa misma historia y geografía, un consenso tan profundo acerca de la importancia estratégica de la educación para la construcción del futuro.

            Estos enormes consensos no ocultan sus límites: la democracia es frágil y el sistema educativo está lejos de alcanzar niveles satisfactorios.

            No habrá consolidación democrática sin un cambio cualitativo en la educación; no habrá un orden democrático cualitativamente distinto al que conocemos, si no revolucionamos la educación. Subrayo el aspecto cualitativo de una y otra, su imbricación, su interreferenciamiento conocido, pero que no obstante merece algunas reflexiones.

1- La democracia es un sistema, pero sobre todo una práctica social: el uso social de reglas para resolver pacífica y creativamente los conflictos.

            La escuela enseña las reglas que definen la democracia. En las elecciones de 1997, en la Argentina, decenas de miles de niños de la Capital Federal se desempeñaron como ciudadanos en ejercicio del derecho a elegir y a ser elegidos. Al conocimiento literal de la Constitución se siguió, como en este caso, un ejercicio práctico de ciudadanía. No es poco aporte de la educación al sistema democrático. Sin embargo, aunque necesario, no es suficiente.

            La expansión educativa a la que aludí crítica y reiteradamente ha tenido también efectos altamente positivos: ha ciudadanizado más rápido y eficazmente que cualquier campaña social; la escuela permitió la incorporación de la mujer a la sociedad y su reconocimiento por parte del Estado mejor que cualquier decisión política aislada, porque en su seno creó las condiciones sociales de convivencia entre géneros a partir de la difusión de la escuela mixta.

            La expansión educativa de la escuela pública (a pesar de los vicios que en su momento señalé) permitió que una alfabetización generalizada, una escuela secundaria razonablemente amplia, convirtiera a ciudadanos pasivos en activos de los derechos ciudadanos. Se podría demostrar con facilidad que allí donde retroceden los vicios de la política criolla como el dientelismo, seguramente hay un efecto escolar en curso. La educación ha contribuido no sólo a consolidar la democracia, sino a mejorar su contenido. El sistema educativo en su conjunto ha preservado los valores que sostienen la democracia, como los derechos humanos y las crecientes libertades.

            Sin embargo, la escuela todavía no ha alcanzado la plenitud de sus posibilidades cívicas porque permanece atrapada por dos vicios que señalé al comienzo: el centralismo organizativo y el carácter ritual de su normativa.

            Durante años se ha sospechado que toda descentralización conduce a la pérdida de identidades, como si la construcción y consolidación de identidades dependiese exclusivamente de la referencia a un centro.

            Durante años se ha gestionado la escuela desde lejos en el espacio y la distancia de autoridad, sin advertir que la democracia, como las buenas pedagogías, se construye desde cerca, y de abajo hacia arriba. Tanto más cerca la escuela de su comunidad, tanto más fácil su gestión democrática, tanto mayor la educación y tanto más avanzada la formación ciudadana. La autonomía de la persona que aspiramos a formar se corresponde con la autonomía de la propia escuela, con la capacidad de diálogo, y la participación y decisiones democráticas que se asumen. No existe ruptura entre una concepción pedagógica fundada en el respeto por la persona, y una concepción política fundada en el respeto por los derechos del ciudadano.

            Una participación aguada a nivel local implica transparencia y predominio del sentido de las acciones humanas sobre las rituales. Sobre todo, implica el predominio de los razonamientos transparentes, equitativos, fundados en el esfuerzo y los rendimientos por sobre la aplicación formal de fórmulas vacías.

            En este nivel local, en la base de la pirámide escolar, la evaluación y el control de calidad tienen la propiedad de convivir obligadamente con las formas democráticas.

2- La democracia fue una necesidad para los latinoamericanos de los años 70. Los regímenes autoritarios, la violación sistemática de los derechos humanos, las discriminaciones económicas, étnicas o de género reclamaban un sistema político capaz de garantizar la dignidad y los derechos elementales de los ciudadanos (Delich, 1984).

            Después de veinte años de ejercicios civiles, la democracia sigue siendo una necesidad, pero es también una posibilidad, una plataforma de construcción de nuevos modelos de sociedad. El desarrollo de estas posibilidades depende en gran medida de nuestro diseño educativo estratégico. El sistema educativo contribuyó -como señalé- a la emergencia democrática. Debe contribuir ahora a su transformación cualitativa.

            Adviértase el impacto de la democracia sobre la universidad, al devolverle su autonomía, y la respuesta de ésta a la consolidación del sistema. Seguramente se ha abusado de la autonomía, pero aun en sus errores la autonomía universitaria se convirtió en un pilar de sostén del sistema político en su conjunto. La autonomía de la universidad es un testimonio del sistema democrático construido, sostenido por la educación, una puerta abierta para explorar las posibilidades que ofrece. Porque como es sabido, los problemas de la democracia se resuelven siempre con más democracia, del mismo modo que los problemas de la educación se resuelven con más educación.

NOTAS

1. La preocupación por la relación entre educación e identidad nacional, a propósito de la globalización, tiene fuerte expresión también en los países avanzados. Un artículo reciente de Michel Touriac (Le Figaro, 13-nov. 1997) contiene una fuerte crítica al ministro de Educación, Claude Allegre, por haber señalado que el idioma inglés será en el futuro tan importante como leer o contar, es decir, parte de la cultura general básica de cada francés, con lo que, afirma su crítico, aquél deja de ser un idioma extranjero y compromete la identidad nacional.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

- DELICH, Francisco (1995) "Equality and Equity: Metaphors and policie?, incluido en Mc. Quirck/Millington, Inequality and difference in Hispanic Latin American cultures, The Edwin Miller Press U.K. (1986) "La disputa por la Nación", Crítica y Utopía, Núm. 16, Buenos Aires. (1984) "De la Democracia como condición a la Democracia como posibilidad", Crítica y Utopía, Núm. 13, Buenos Aires.

- FAUROUX, Roger. (1996) Pour l`ecole, París, Calman Levy.

- FILGUEIRA, Carlos (1980) "Expansión educacional y estratificación social en América Latina" (1960-1970) incluido en Educación y Sociedad en América Latina y el Caribe, Santiago, Chile.

- FURET, Francisco (1979) Penser la Revolution Francaíse, París, Gallimard.

- MARTNEZ, M. (1995) Inteligencia y educación. Barcelona, PPU.

- PREBISCH, Raúl (1981) Capitalismo periférico, México, Fondo de Cultura Económica.

- SINDICATO NACIONAL DE TRABAJADORES DE L.A EDUCACION (1992) "Sindicalismo y democracia", México.

 

 
 

 

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