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Emilio o La Educación
Juan Jacobo Rousseau TOMO PRIMERO - Prefacio del autor
PREFACIO
DEL AUTOR Poco
diré de la importancia que tiene una educación buena. Tampoco me detendré a
demostrar que la usada hoy es mala : mil lo han demostrado ya, y no he de
pararme a llenar un libro de cosas que todo el mundo sabe. Únicamente observaré
que desde hace infinito tiempo no hay más que una voz contra la práctica
establecida, sin que a nadie se le ocurra proponer otra que sea mejor. La
literatura y el saber de nuestro siglo más tienden a destruir que a edificar.
Censúrase con tono de maestro; mas para proponer se debe tomar otro tono, y
esto ya complace menos a la elevación, filosófica a pesar de tantos escritos
que, según dicen, sólo tienen por objeto la utilidad pública, todavía sigue
olvidado el arte de formar a los hombres, que es la primera de todas las
utilidades. Mi tema era por completo nuevo, aun después del libro de Locke2;
mucho temo que siga siéndolo también después del libro mío. No
es conocida, en modo alguno, la infancia; con las ideas falsas que se tienen
acerca de ella, cuanto más se adelanta más considerable es el extravío. Los
de mayor prudencia se atienen a lo que necesitan saber los hombres, sin tener en
cuenta lo que pueden aprender los niños. Buscan siempre al hombre en el niño,
sin considerar lo que éste es antes de ser hombre. He aquí el estudio a que me
he aplicado con preferencia, para que, aun suponiendo mi método enteramente
falso, se obtenga siempre beneficio de mis observaciones. Puedo haber visto mal
aquello que es necesario hacer, pero me parece que he visto bien el objeto sobre
que debe obrarse. Comenzad, pues por estudiar mejor vuestros alumnos;
seguramente no los conocéis. Si leéis este libro con ese propósito, tengo
para mí que ha de seros útil. Lo
que sin duda sorprenderá más el lector es la parte que pudiéramos llamar
sistemática, que en este caso no es otra cosa sino el mismo desarrollo de la
naturaleza. Probablemente me atacarán por esto, y acaso no dejen de tener razón.
Pensarán que más bien que un libro acerca de la educación leen las fantasías
de un visionario sobre ese mismo asunto. ¿Cómo evitarlo? No escribo yo sobre
las ideas de otro sino sobre las mías. No veo como los demás hombres: hace
tiempo que me lo han censurado. Mas ¿depende de mí el adquirir otra vista o el
impresionarme con otras ideas? No. De mí depende el no abandonarme a mi modo de
sentir, el no creerme más sabio que todo el mundo; de mí depende no el cambio
de sentimiento, sino la desconfianza del mío; he aquí lo que puedo hacer y lo
que hago. Si alguna vez tomo el tono afirmativo, no es para imponerme al lector;
es para hablarle como pienso. ¿ Por qué he de proponer en tono de duda lo que
para mí no es dudoso? Yo digo exactamente cuanto pasa en mi espíritu. Al
exponer con libertad mi pensamiento, tan lejos estoy de suponerle autorizado,
que siempre le acompaño de mis razones, conforme a las cuales debe juzgárseme.
Pero aunque no quiera obstinarme en la defensa de mis ideas, pienso hallarme
obligado a proponerlas. Las máximas acerca de las cuales tengo una opinión
contraria a la opinión de los demás, no son materia indiferente: de su verdad
o de su falsedad depende la dicha o la desgracia del género humano. Proponed
lo que es factible, me dicen a cada momento. Es lo mismo que si me dijeran :
proponed que se haga lo que ahora se hace o, por lo menos, algo bueno
compaginable con lo malo existente. En ciertas materias eso es menos práctico
que lo por mí propuesto: con esa alianza se echa a perder el bien y no se cura
el mal. Más quisiera seguir en todo la práctica establecida que tomar a medias
una buena: habría en ello menos contradicción con la naturaleza humana que no
puede encaminarse a la vez a dos fines opuestos. Padres y madres, es factible
aquello que vosotros queréis hacer. ¿Tengo que responder yo de vuestra
voluntad? En
toda clase de proyectos deben considerarse dos cosas: primero, la bondad
absoluta del proyecto; después, la facilidad de ejecución. Con respecto a lo
primero, para que el proyecto sea admisible y practicable en sí mismo, basta
con que su bondad se halle en la naturaleza de la cosa. Aquí, por ejemplo,
basta que la educación propuesta sea conveniente para el hombre y esté bien
adaptada al corazón humano. La
segunda consideración depende de relaciones determinadas en ciertas
situaciones; relaciones accidentales a la cosa que, por consiguiente no son
necesarias y pueden variar al infinito. Así, tal educación puede ser
practicable en Suiza y no serlo en Francia; tal otra puede serlo en la clase
media; tal otra en las grandes. La mayor o menor facilidad de la educación
depende de mil circunstancias que sólo pueden determinarse por una aplicación
particular del método a uno u otro país, en una u otra condición. Pero estas
aplicaciones particulares no son esenciales en mi tema y no entran en mi plan.
Otros podrán ocuparse en ello, si gustan, y cada uno para el estado que tenga
presente a su atención. Me basta con que pueda hacerse lo que yo propongo,
donde quiera que nazcan hombres, y con que luego de hacer de ellos lo que yo
propongo se haya logrado lo mejor para ellos mismos y para los demás. Si no
satisfago esas condiciones, mal hago, sin duda; pero si las lleno, mal se haría
con pedirme otra cosa, porque yo no prometo más que esto. Todo
está bien al salir de manos del autor de la naturaleza; todo degenera en manos
del hombre. Fuerza éste a una tierra para que de las producciones de otra; a un
árbol para que sustente frutos de tronco ajeno; mezcla y confunde los climas,
los elementos y las estaciones; estropea su perro, su caballo, su esclavo; todo
lo trastorna, todo lo desfigura; la deformidad, los monstruos le agradan; nada
le place tal como fue formado por la naturaleza; nada, ni aun el hombre, que
necesita adiestrarle a su antojo como a los árboles de su jardín. Peor fuera
si lo contrario sucediese, porque el género humano no consiente quedarse a
medio modelar. En el actual estado de cosas, el más desfigurado de todos los
mortales sería el que desde su cuna le dejaran. abandonado a sí propio; en éste
las preocupaciones, la autoridad, el ejemplo, todas las instituciones sociales
en que vivimos sumidos, sofocarían su natural manera sin sustituir otra cosa;
semejante al arbolillo nacido en mitad de un camino, que muere en breve sacudido
por los caminantes, doblegado en todas direcciones. A
ti me dirijo, madre amorosa y prudente, que has sabido apartarte de la senda
trillada y preservar el naciente arbolillo del choque de las humanas opiniones3.
Cultiva
y riega el tierno renuevo antes que muera; así sus sazonados frutos serán un día
tus delicias. Levanta al punto un coto en torno del alma de tu hijo; señale
otro en buen hora el circuito, pero tú sola debes alzar la valla. A
las plantas las endereza el cultivo, y a los hombres la educación. Si naciera
el hombre ya grande y robusto, de nada le servirían sus fuerzas y estatura
hasta que aprendiera a valerse de ellas, y le serían perjudiciales porque
retraerían a los demás de asistirle4:
abandonado entonces a sí propio, se moriría de necesidad, antes de que
conocieran los otros su miseria. Nos quejamos del estado de la infancia y no
miramos que hubiera perecido el linaje humano si hubiera comenzado el hombre por
ser adulto. Nacemos
débiles y necesitamos fuerzas; desprovistos nacemos de todo y necesitamos
asistencia; nacemos sin luces y necesitamos de inteligencia. Todo cuanto nos
falta al nacer, y cuanto necesitamos siendo adultos, se nos da por la educación.
La
educación es efecto de la naturaleza, de los hombres o de las cosas. La de la
naturaleza es el desarrollo interno de nuestras facultades y nuestros órganos;
la educación de los hombres es el uso que nos enseñan éstos a hacer de este
desarrollo; y lo que nuestra experiencia propia nos da a conocer acerca de los
objetos cuya impresión recibimos, es la educación de las cosas. Así,
cada uno de nosotros recibe lecciones de estos tres maestros. Nunca saldrá bien
educado, ni se hallará en armonía consigo mismo, el discípulo que tome de
ellos lecciones contradictorias; sólo se encamina a sus fines y vive en
consecuencia aquel que vea conspirar todas a un mismo fin y versarse en los
mismos puntos; éste solo estará bien educado. De
estas tres educaciones distintas, la de la naturaleza no pende de nosotros, y la
de las cosas sólo en parte está en nuestra mano. La única de que somos
verdaderamente dueños es la de los hombres, y esto mismo todavía es una
suposición; porque ¿quién puede esperar que ha de dirigir por completo los
razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen? Por
lo mismo que es la educación un arte, casi es imposible su logro, puesto que de
nadie pende el concurso de causas indispensables para él. Todo cuanto puede
conseguirse a fuerza de diligencia es acercarse más o menos al propósito; pero
se necesita suerte para conseguirlo. ¿Qué
propósito es este? El mismo que se propone la naturaleza; esto lo hemos probado
ya. Una vez que para su recíproca perfección es necesario que concurran las
tres educaciones, hemos de dirigir las otras dos a aquella en que ningún poder
tenernos. Pero, como acaso tiene la voz de naturaleza una significación sobrado
vaga, conviene que procuremos fijarla. Se
nos dice que la naturaleza no es otra cosa que el hábito5.
¿Qué significa esto? ¿No hay hábitos contraídos por fuerza y que nunca
sofocan la naturaleza? Tal es, por ejemplo el de las plantas, en que se ha
impedido la dirección vertical. Así que la planta queda libre, si bien
conserva la inclinación que la han precisado a que tome, no por eso varía la
primitiva dirección de la savia , y si continúa la vegetación, otra vez se
torna en vertical su crecimiento. Lo mismo sucede con las inclinaciones de los
hombres. Mientras que permanecen en un mismo estado, pueden conservar las que
resultan de la costumbre y menos naturales son; pero luego que varía la situación,
se gasta la costumbre y vuelve lo natural. La educación, ciertamente, no es
otra cosa que un hábito. ¿Pues no hay personas que se olvidan de su educación
y la pierden, mientras que otras la conservan? ¿De dónde proviene esta
diferencia? Si ceñimos el nombre de naturaleza a los hábitos conformes a ella,
podemos excusar este galimatías. Nacemos
sensibles, y desde nuestro nacimiento excitan en nosotros diversas impresiones
los objetos; que nos rodean. Luego que tenemos, por decirlo así, la conciencia
de nuestras sensaciones, aspiramos a poseer o evitar las objetos que las
producen, primero, según que son aquellas gustosas o desagradables; luego, según
la conformidad o discrepancia que entre nosotros y dichos objetos hallamos; y
finalmente, según el juicio, que acerca de la idea de felicidad o perfección
que nos ofrece la razón formamos por dichas sensaciones. Estas disposiciones de
simpatía o antipatía, crecen y se fortifican a medida que aumentan nuestra
sensibilidad y nuestra inteligencia; pero tenidas a raya por nuestros hábitos,
las alteran, más o menos nuestras opiniones. Antes de que se alteren,
constituyen lo que llamo yo en nosotros naturaleza. Deberíamos
por tanto referirlo todo a estas disposiciones primitivas, y así podría ser en
efecto si nuestras tres educaciones sólo fueran distintas; pero ¿qué hemos de
hacer cuando son opuestas y cuando en vez de educar a uno para sí propio, le
quieren educar para los demás? La armonía es imposible entonces; y precisados
a oponernos a la naturaleza o a las instituciones sociales, es forzoso escoger
entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudiendo ser uno mismo a la vez
ambas cosas. Toda
sociedad parcial, cuando es íntima y bien unida, se aparta de la grande. Todo
patriota es duro con los extranjeros; no son más que hombres; nada valen ante
sus ojos6.
Este inconveniente es inevitable, pero de poca importancia. Lo esencial es ser
bueno con las gentes con quienes, se vive. En país ajeno, eran los espartanos
ambiciosos, avaros, inicuos; pero reinaban dentro de sus muros el desinterés,
la equidad y la concordia. Desconfiemos de aquellos cosmopolitas, que en sus
libros van a buscar en apartados climas obligaciones que no se dignan cumplir en
torno de ellos. Filósofo hay que se aficiona a los tártaros para excusarse de
querer bien a sus vecinos. El
hombre de la naturaleza lo es todo para sí; es la unidad numérica, el entero
absoluto, que sólo se relaciona consigo mismo, mientras que el hombre
civilizado es la unidad fraccionaría que determina el. denominador y cuyo valor
expresa su relación con el entero, que es el cuerpo social. Las instituciones
sociales buenas, son las que mejor saben borrar la naturaleza del hombre,
privarle de su existencia absoluta, dándole una relativa, y trasladar el yo, la
personalidad, a la común unidad; de manera, que cada particular ya no se crea
un entero, sino parte de la unidad, y sea sensible únicamente en el todo. Un
ciudadano de Roma no era Cayo ni Lucio, era un romano, y aun amaba a su patria
exclusivamente por ser la suya. Por cartaginés se reputaba Régulo, como
peculio que era de sus amos, y en calidad de extranjero se resistía a tomar
asiento en el senado romano; fue preciso que se lo mandara un cartaginés. Se
indignó de que se le quisiera salvar la vida. Venció y volvióse triunfante a
morir en horribles tormentos. Me parece que esto no tiene gran relación con los
hombres que conocemos. Presentóse
el lacedemonio Pedaretes para ser admitido al Consejo de los trescientos, y
desechado, se volvió a su casa, muy contento de que se hallaran en Esparta
trescientos hombres de más mérito que él. Supongo que esta demostración
fuese sincera, y no hay motivo para no creerla tal; este es el ciudadano. Tenía
una espartana cinco hijos en el ejército, y aguardaba noticias de la batalla.
Llega un ilota, y se las pregunta asustada : « Tus cinco hijos han muerto. -
Vil esclavo, ¿ te pregunto yo eso? - Hemos alcanzado la victoria. » Corre al
templo la madre a dar gracias a los dioses. Esta es la ciudadana. Quien
en el orden civil desea conservar la primacía a los afectos naturales, no sabe
lo que quiere. Siempre en contradicción consigo mismo, fluctuando siempre entre
sus inclinaciones y sus obligaciones, nunca será hombre ni ciudadano, nunca útil,
ni para si ni para los demás; será uno de los hombres del día, un francés,
un inglés, un burgués; en una palabra, nada. Para
ser algo, para ser uno propio y siempre el mismo, es necesario estar siempre
determinado acerca del partido que se he de tomar, tomarle resueltamente y
seguirle con tesón. Espero que se me presente tal portento, para saber si es
hombre o ciudadano, o cómo hace para ser una cosa y otra. De
estos objetos, necesariamente opuestos, proceden dos formas contrarias de
institución; una pública y común; otra particular y doméstica. Quien
se quiera formar idea de la educación pública, lea La República de Platón,
que no es una obra de política, como piensan los que sólo por los títulos
juzgan de los libros, sino el más excelente tratado de educación que se haya
escrito. Cuando
quieren hablar de un país fantástico, citan por lo común la institución de
Platón. Mucho más fantástica me parecería la de Licurgo, si nos la hubiera
éste dejado solamente en un escrito. Platón se ciñó a purificar el corazón
humano; Licurgo lo desnaturalizó. Hoy
no existe la institución pública, ni puede existir, porque donde ya no hay
patria, no puede haber ciudadanos. Ambas palabras, patria y ciudadano, se deben
borrar de los idiomas modernos. Yo bien sé cuál es la razón; pero no quiero
decirla; nada importa a mi asunto. No
tengo por instituciones públicas esos risibles establecimientos que llaman
colegios7.
Tampoco tengo en cuenta la educación del mundo, porque como ésta se propone
dos fines contrarios, ninguno, consigue, y sólo es buena para hacer dobles a
los hombres, que con apariencia de referirlo siempre, todo a los demás, nada
refieren que no sea a sí propios. Mas como estas muestras son comunes a todo el
mundo, a nadie engañan y son trabajo perdido. Nace
de estas contradicciones la que en nosotros mismos experimentamos sin cesar.
Arrastrados por la naturaleza y los hombres en sendas contrarias, forzados a
distribuir nuestra actividad entre estas impulsiones distintas, tomamos una
dirección compuesta que ni a una ni a otra resolución nos lleva. De tal modo
combatidos, fluctuantes durante la carrera de la vida, la concluimos sin haber
podido ponernos de acuerdo con nosotros mismos y sin haber sido buenos para
nosotros ni para los demás. Quédanos
en fin, la educación doméstica o la de la naturaleza. Pero ¿ qué aprovechará
a los demás, un hombre educado únicamente para él? Si los dos objetos que nos
proponemos pudieran reunirse en uno solo, quitando las contradicciones del
hombre removeríamos un grande estorbo para su felicidad. Para juzgar de ello
seria necesario ver al hombre ya formado, haber observado sus inclinaciones,
visto sus progresos y seguido su marcha; en una palabra, sería preciso conocer
al hombre natural. Creo que se habrán dado algunos pasos en esta investigación
luego de leído este escrito. Para
formar este hombre extraño, ¿qué tenemos que hacer? Mucho sin duda; impedir
que se haga cosa alguna. Cuando sólo se trata de navegar contra el viento, se
bordea; pero si está alborotado el mar y se quiere permanecer en el sitio, es
preciso echar el ancla. Cuida, joven piloto, de que no se te escape el cable,
arrastre el ancla y derive el navío antes de que lo adviertas. En
el orden social en que están todos los puestos señalados, debe ser cada uno
educado para el suyo. Si un particular formado para su puesto sale de él, ya no
vale para nada. Sólo es útil la educación en cuanto se conforma la fortuna
con la vocación de los padres; en cualquiera otro caso es perjudicial para el
alumno, aunque no sea más que por las preocupaciones que le sugiere. En Egipto,
donde estaban los hijos obligados a seguir la profesión de sus padres, tenía a
lo menos la educación un fin determinado; pero entre nosotros, donde sólo las
jerarquías subsisten, y pasan los hombres sin cesar de una a otra, nadie sabe
si cuando educa a su hijo para su estado, trabaja contra él mismo.
Como en el estado natural todos los hombres son iguales, su común vocación es
el estado de hombre; y quien hubiere sido bien criado para éste, no puede
desempeñar mal los que con él se relacionan. Poco me importa que destinen a mi
discípulo para el ejército, para la iglesia, o para el foro; antes de la
vocación de sus padres, le llama la naturaleza a la vida humana. El oficio que
quiero enseñarle es el vivir. Convengo en que cuando salga de mis manos, no será
ni magistrado, ni militar, ni sacerdote; será primeramente hombre, todo cuanto
debe ser un hombre y sabrá serlo, si fuere necesario, tan bien como el que más;
en balde la fortuna le mudará de lugar, que siempre él se encontrará en el
suyo. Occupavi te, fortluna, alque cepi; omnesque aditus tluos interclusi, ut ad
me aspirare non posses8.
El
verdadero estudio nuestro es el de la condición humana. Aquel de nosotros que
mejor sabe sobrellevar los bienes y males de esta vida, es, a mi parecer, el más
educado; de donde se infiere que no tanto ,en preceptos como en ejercicios
consiste la verdadera educación. Desde que empezamos a vivir, empieza nuestra
instrucción; nuestra educación empieza cuando empezamos nosotros; la nodriza
es nuestro primer preceptor. Por eso la palabra educación tenía antiguamente
un significado que ya se ha perdido; quería decir alimento. Educil obstetrix,
dice Varrón; educat nutrix, instituit pedagogus, docet magister.9
Educación,
institución e instrucción, son por tanto tres cosas tan distintas en su
objeto, como nodriza, ayo y maestro. Pero se confunden estas distinciones; y
para que el niño vaya bien encaminado, no debe tener más que un guía. Conviene,
pues, generalizar nuestras miras, considerando en nuestro alumno el hombre
abstracto, el hombre expuesto a todos los azares de la vida humana. Si naciesen
los hombres incorporados al suelo de un país, si durase todo el año una misma
estación, si estuviera cada uno tan pegado con su fortuna que ésta no pudiese
variar, sería buena bajo ciertos respectos la práctica establecida; educado un
niño para su estado, y no habiendo nunca de salir de él, no podría ver se
expuesto a los inconvenientes de otro distinto. Pero considerando la
instabilidad de las cosas humanas, atendido el espíritu inquieto y mal
contentadizo de este siglo, que a cada generación todo lo trastorna, ¿puede,
imaginarse método más desatinado que el de educar a un niño como si nunca
hubiese de salir de su habitación y hubiera de vivir siempre rodeado de su
gente? Si da este desgraciado un solo paso en la tierra, si baja un escalón
solo, está perdido. No es eso enseñarle a sufrir el dolor, sino ejercitarle a
que lo sienta. Los
padres sólo piensan en conservará su niño; eso no basta : debieran enseñarle
a conservarse cuando sea hombre, a soportar los embates de la mala suerte, a
arrastrar la opulencia y la miseria, a vivir, si es necesario, en los hielos de
Islandia o en la abrasada roca de Malta. Inútil es tomar precauciones para que
no muera; al cabo tiene que morir; y aun cuando no sea su muerte un resultado.
de vuestros cuidados, todavía serán éstos improcedentes. No tanto se trata de
estorbar que muera, cuanto de hacer que viva, Vivir no es respirar, es obrar,
hacer uso de nuestros órganos, nuestros sentidos, nuestras facultades, de todas
las partes de nosotros mismos que nos dan el intimo convencimiento de nuestra
existencia. No es aquel que más ha vivido el que más años cuenta, sino el que
más ha disfrutado de la vida. Tal fue enterrado a los cien años, que ya era
cadáver desde su nacimiento. Más le hubiera valido morir en su juventud, si a
lo menos hubiera vivido hasta entonces. Toda
nuestra sabiduría consiste en preocupaciones serviles; todos nuestros usos no
son otra caso que sujeción, incomodidades y violencia. El hombre civilizado
nace, vive y muere en esclavitud; al nacer le cosen en una envoltura; cuando
muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras que tiene figura humana, le
encadenan nuestras instituciones. Dícese
que algunas parteras pretenden dar mejor configuración a la cabeza de los niños
recién nacidos, apretándosela, ¡y se lo permiten! Tan mal están nuestras
cabezas, según las formó el autor de la naturaleza, que nos las modelan por
fuera las parteras y los filósofos por dentro. Los caribes son mitad más
felices que nosotros. «Apenas
ha salido el niño del vientre de su madre, y apenas disfruta de la facultad de
mover y entender sus miembros, cuando se le ponen nuevas ligaduras. Le fajan, le
acuestan con la cabeza fija, estiradas las piernas y colgando los brazos; le
envuelven con vendas y fajas de todo género, que no le dejan mudar de situación;
feliz es si no le han apretado de manera que le estorben la respiración y si
han tenido la precaución de acostarle de lado para que puedan salirle por la
boca las aguas que debe arrojar, puesto que no le queda medio de volver la
cabeza de lado, para facilitar la salida10.
» El
niño recién nacido necesita extender y mover sus miembros para sacarlos del
entorpecimiento en que han estado tanto tiempo recogidos en un envoltorio. Los
estiran, es cierto, pero les impiden el movimiento; sujetan hasta la cabeza con
capillos; parece que tienen miedo de que den señales de vida. De
esta suerte el impulso de las partes internas de un cuerpo que busca
crecimiento, encuentra un obstáculo insuperable a los movimientos que requiere.
Hace el niño continuos e inútiles esfuerzos, que apuran sus fuerzas o retardan
sus progresos. Menos estrecho, menos ligado, menos comprimido se hallaba en el
vientre de su madre que en sus pañales; no veo lo que ha ganado con nacer. La
inacción y el aprieto en que retienen los miembros de un niño, no pueden menos
de perjudicar a la circulación de la sangre y los humores, de estorbar que se
fortalezca o crezca la criatura y de alterar su constitución. En los países
donde no toman tan extravagantes precauciones, son los hombres todos altos,
robustos y bien proporcionados. Los países en que se fajan los niños abundan
en jorobados, cojos, patizambos, gafos, raquíticos y contrahechos de todos géneros.
Por temor de que se desfiguren los cuerpos con la libertad de los movimientos,
se apresuran a desfigurarlos, poniéndoles en prensa, y de buena gana los harían
tullidos, para impedir que se estropeasen. ¿Cómo
no ha de influir tan cruel violencia en su índole y en su temperamento? Su
primer sentimiento es de dolor y martirio; sólo estorbos encuentran para todos
los movimientos que necesitan; más desventurados que un criminal con grillos y
esposas, hacen esfuerzos inútiles, se enfurecen y gritan. Decís que sus voces
primeras son llantos. Yo lo creo; desde que nacen los atormentáis; las primeras
dádivas que de vosotros reciben son cadenas y el primer trato que experimentan
es de tormento. No quedándoles libre otra cosa que la voz, ¿cómo no se han de
servir de ella para quejarse? Gritan por el daño que les hacéis; más que
ellos gritaríais si así estuvierais agarrotados. ¿De
dónde proviene tan irracional costumbre? De otro uso inhumano. Desde que desdeñando
las madres su primera obligación no han querido criar a sus hijos, ha sido
indispensable ponerles en mano de mujeres mercenarias, que viéndose por tal
modo madres de hijos ajenos, de quienes no les hablada la naturaleza, sólo han
pensado en ahorrarse trabajo. Hubiera sido forzoso hallarse en continua
vigilancia por el niño libre; pero bien atado se le echa en un rincón sin
cuidarse de sus gritos. Con tal que no haya pruebas de la negligencia de la
nodriza, con tal que no se rompa al niño un brazo ni una pierna, ¿qué importa
que se muera o que se quede enfermo mientras viva? A costa de su cuerpo se
conservan sus miembros, y de cualquier cosa que suceda no tendrá culpa la
nodriza. Estas
dulces madres, que desprendiéndose de sus hijos se entregan alegremente a las
diversiones y pasatiempos de las ciudades, ¿saben acaso qué trato recibe en la
aldea su hijo entre pañales? a la menor prisa le cuelgan de un clavo, como un lío
de ropa; y así crucificado, permanece el infeliz mientras que la nodriza cumple
sus quehaceres. Todos cuantos se han hallado en esta situación tenían amoratado
el rostro; oprimido con violencia el pecho, no dejaba circular la sangre que se
arrebatada a la cabeza; y creían que el paciente estaba muy tranquilo porque no
tenía fuerza para gritar. Ignoro cuántas horas puede permanecer en tal estado
un niño sin perder la vida; pero dudo que pueda resistir muchas. He aquí, según
creo, una de las mayores utilidades del fajado. Dícese
que dejando a los niños libres pueden tomar posturas malas y hacer movimientos
que perjudiquen a la buena conformación de sus miembros. Este es uno de tantos
vanos raciocinios de nuestra equivocada sabiduría, que nunca se ha confirmado
por la experiencia. De los muchísimos niños que en pueblos más sensatos que
nosotros se crían con toda la libertad de sus miembros, no se ve que uno solo
se hiera ni se estropee; no pueden imprimir a sus movimientos la fuerza
suficiente para que sean peligrosos, y cuando toman una postura violenta, el
dolor les advierte en breve que la cambien. Todavía
no hemos pensado en fajar los perros y los gatos: ¿vemos que les redunde algún
inconveniente de esta negligencia? Los niños son más pesados, cierto; pero
también son a proporción más débiles. Apenas se pueden mover, ¿cómo se han
de estropear?. Si se les tiende de espaldas, se morirían en esta postura, como
el galápago, sin poderse volver nunca. No
contentas con haber dejado de amamantar a sus hijos, dejan las mujeres de querer
concebirlos; consecuencia muy natural. Tan pronto como es gravoso el estado de
madre, se halla modo para librarse de él por completo: quieren hacer una obra
inútil, para volver sin cesar a ella, y se torna en perjuicio de la especie el
atractivo dado para la multiplicación. Añadida esta costumbre a las demás
causas de despoblación, nos indica la próxima suerte de Europa. Las ciencias,
las artes, la filosofía y las costumbres que ésta engendra no tardarán en
convertirá Europa en un desierto; la poblarán fieras, y con esto no habrá
cambiado mucho la clase de sus habitantes. Algunas
veces he presenciado yo la artería de mujeres jóvenes que suelen fingir deseo
de criar ellas a sus hijos; ya saben hacer de modo que se las inste a dejar ese
capricho, mediando los maridos, los médicos y, especialmente, las madres. Un
marido que se atreviese a consentir que su mujer amamante a su hijo, es hombre
perdido, y le tildarán como a un asesino que quiere deshacerse de ella. Maridos
prudentes hay que sacrifican el amor paterno en aras de la paz. Gracias a que se
hallan en los lugares mujeres más continentes que las vuestras: mayores tenéis
que darlas, si el tiempo que éstas así ganan, no lo emplean con hombres
ajenos. No
es dudoso el deber de las mujeres; pero se discute si, supuesto el desprecio que
de él hacen, es igual para los niños que los amamante una u otra. Esta
cuestión, de que son jueces los médicos, la tengo yo por resuelta a satisfacción
de las mujeres11;
y yo por mí, pienso también que vale más que mame el niño la leche de una
nodriza sana, que la de una madre achacosa, si hubiese que temer nuevos males,
de la misma sangre que le ha formado. Sin
embargo, ¿debe mirarse esta cuestión solamente bajo el aspecto físico? ¿
Necesita menos el niño del cuidado de una madre que de su pecho? Otras mujeres,
y hasta animales, le podrán dar la leche que le niega ésta; pero la solicitud
maternal nada la suple. La que cría el hijo ajeno en vez del suyo es mala
madre: ¿cómo ha de ser buena nodriza? Podrá llegar a serlo, pero será poco a
poco; será preciso que el hábito corrija la naturaleza; y en tanto, el niño,
mal cuidado, tendrá lugar para morirse cien veces antes que su nodriza le tome
cariño de madre. De
esta misma última ventaja procede un inconveniente que bastaría por sí solo
para quitar a toda mujer sensible el ánimo de dar a su hijo a que le críe
otra, que es el de ceder parte del derecho de madre, o más bien de enajenarle;
el de ver que su hijo quiere a otra mujer tanto como a ella, y más; el de
contemplar que el cariño que a su propia madre adoptiva, es justicia; porque,
¿no debo yo el afecto de hijo a aquella que tuvo conmigo los afanes de madre? El
modo como se remedia este inconveniente, es inspirando a los niños el desprecio
de sus nodrizas y tratando a éstas como meras criadas. Cuando han, concluido su
servicio, las quitan la criatura o las despiden; y a fuerza de desaires, la
privan de que venga a ver a su hijo de leche, que al cabo de algunos años ni le
ve ni la conoce. Engáñase la madre que piensa que puede ser sustituida, y que
con su crueldad resarce su negligencia; y en vez de criar un hijo tierno, forma
un hijo de leche despiadado, le enseña a ser ingrato y le induce a que abandone
un día a la que le dio la vida, como a la que le alimentó con la leche de sus
pechos. ¡Cuánto
insistiría yo en este punto, si me desalentara menos tener que repetir en balde
útiles consejos!. Esto tiene conexión con muchas más cosas de lo que se cree.
¿Queréis tornar a cada uno hacia sus primeros deberes? Comenzad por las madres
y quedaréis asombrados de los cambios producidos. De esta primera depravación
procede sucesivamente lo demás; se altera el orden moral; en todos los pechos
se extingue el buen natural; pierde el aspecto de vida lo interior de las casas;
el tierno espectáculo de una naciente familia, ya no inspira apego a los
maridos, ni atenciones a los extraños; es menos respetada la madre cuyos hijos
no se van; no hay residencia en las familias; no estrecha la costumbre los vínculos
de la sangre; no hay padres, ni madres, ni hijos, ni hermanos, ni hermanas;
apenas se conocen todos, ¿cómo se han de querer? Sólo en si piensa cada uno.
Cuando la casa propia es un yermo triste, fuerza es irse a divertir a otra
parte. Pero
que las madres se dignen criar a sus hijos, y las costumbres se reformarán en
todos los pechos; se repoblará el Estado; este primer punto, este punto único
lo reunirá todo. El más eficaz antídoto contra las malas costumbres, es el
atractivo de la vida doméstica; se torna grata la impertinencia de los niños,
que se cree importuna, haciendo que el padre y la madre se necesiten más, se
quieran más uno a otro y estrechen entre ambos el lazo conyugal. Cuando es viva
y animada la familia, son las tareas domésticas la ocupación más cara para la
mujer y el desahogo más suave del marido. Así, enmendado este abuso, sólo
resultaría en breve una general reforma, y en breve recuperaría la naturaleza
sus derechos todos. Tornen una vez las mujeres a ser madres, y tornarán también
los hombres a ser padres y esposos. ¡Superfluos
razonamientos! Ni aun el hastío de los deleites mundanos atrae nunca a éstos.
Dejaron las mujeres de ser madres, y nunca más lo serán ni querrán serlo. Aun
cuando quisieran, apenas si podrían; hoy que se halla establecido el uso
contrario, tendría cada una que pelear contra la oposición de todas sus
conocidas, coligadas contra un ejemplo que las unas no han dado y que no quieren
seguir las otras. No
obstante, todavía se encuentran algunas pocas mujeres jóvenes de buena índole,
que atreviéndose a arrostrar en este punto el imperio de la moda y los clamores
de su sexo, desempeñan con virtuosa valentía esta obligación tan suave que
les impuso la naturaleza. ¡Ojalá se aumente el número con el atractivo de los
bienes destinados a las que lo cumplen! Fundándome en consecuencias que
presenta el más obvio raciocinio, y en observaciones que nunca he visto
desmentidas, me atrevo a prometer a estas dignas madres un sólido y constante
cariño de sus esposos, una verdadera ternura filial de sus hijos, la estimación
y el respeto del público, partos felices sin azares ni malas resultas, una
salud robusta y duradera, la satisfacción, en fin, de verse un día imitadas de
sus hijas y citadas como dechado de las ajenas. Sin
madre no hay hijo; son recíprocas las obligaciones entre ambos, y si se desempeñan
mal por una parte, serán desatendidas por la otra. El niño debe amar a su
madre antes de saber que debe hacerlo. Si no esfuerzan la costumbre y los
cuidados la voz de la sangre, fallece ésta en los primeros años y muere el
corazón, por decirlo así, antes que haya nacido. Desde los primeros pasos,
pues, ya nos apartamos de la naturaleza. Por
una senda opuesta salen también de ella las madres, que en vez de desatender
los cuidados maternales los toman con exceso, haciendo de sus hijos sus ídolos,
acrecentando y propagando su flaqueza por impedir que la sientan, y con la
esperanza de sustraerlos de las leyes de la naturaleza, apartan de ellos todo
choque penoso, sin hacerse cargo de cuántos accidentes y peligros acumulan para
lo futuro sobre su cabeza por algunas pocas incomodidades de que por un instante
los preservan, y cuán inhumana precaución es dilatar la flaqueza de la
infancia bajo las fatigas de los hombres formados. Para hacer Tetis a su hijo
invulnerable, dice la fábula que le sumió en las aguas de la laguna Estigia;
alegoría tan hermosa como clara. Lo contrario hacen las crueles madres de que
hablo; preparan a sus hijos a padecer, a fuerza de sumirlos en la molicie, y
abren sus poros a todo género de achaques, de que no podrán menos de adolecer
cuando sean adultos12.
Observemos la naturaleza, y sigamos la senda que nos señala. La naturaleza
ejercita sin cesar a los niños, endurece su temperamento con todo género de
pruebas y les enseña muy pronto qué es pena y dolor. Los dientes que les nacen
les causan calenturas; violentos cólicos les dan convulsiones; los ahogan
porfiadas toses; los atormentan las lombrices; la plétora les pudre la sangre;
fermentan en ella varias, levaduras, y ocasionan peligrosas erupciones Casi toda
la edad primera es enfermedad y peligro; la mitad de los niños que nacen
perecen antes de lleguen al octavo año. Hechas las pruebas, ha ganado fuerzas
el niño; y tan pronto como puede usar de la vida, tiene más vigor el principio
de ella. Tal
es la regla de la naturaleza. ¿ Por qué oponerse a ella? ¿Quién no ve que
pensando corregirla se destruye su obra y pone obstáculo a la eficacia de sus
afanes? Hacer en lo exterior lo que ejecuta ella en lo interior, dicen que es
redoblar el peligro, mientras que por el contrario es hacer burla de él y
extenuarle. Enseña la experiencia que mueren todavía más niños criados con
delicadeza que de los otros. Con tal que no se exceda el alcance de sus fuerzas,
menos se arriesga con ejercitarlas que con no ponerlas a prueba. Ejercitadlos
por tanto a sufrir golpes que tendrán que aguantar un día; endureced sus
cuerpos a la inclemencia de las estaciones, de los climas y los elementos, al
hambre, a la sed, a la fatiga; bañadlos en las aguas estigias. Antes que el
cuerpo haya contraído hábitos, se les dan sin riesgo los que se quieren; pero
una vez que ha tomado consistencia, toda alteración se hace peligrosa. Sufrirá,
un niño variaciones que no aguantarla un hombre: blandas y flexibles las fibras
del primero, tornan sin dificultad la forma que se les da; más endurecidas las
del hombre, no sin violencia pierden el doblez que han recibido. Así que es
posible hacer robusto a un niño, sin exponer su salud y su vida; y aun cuando
corriese algún riesgo, no se debería vacilar. Una vez que estos riesgos son
inseparables de la vida humana, ¿qué mejor cosa podemos hacer que arrostrarlos
en la época en que menos inconvenientes presentan? Es
más estimable un niño, cuanto más adelantado en edad. Al precio de su vida
junta el de las tareas que ha costado, y con la pérdida de su existencia une en
él la idea de la muerte. Por tanto, vigilando sobre su conservación, debe
pensarse particularmente en el tiempo venidero y armarle contra los males de la
edad juvenil antes que a ella llegue; porque si crece el valor de la vida hasta
la edad en que es útil, ¿no es locura preservar de algunos males la infancia
para aumentarlos en la edad de la razón? ¿ Son esas las lecciones del maestro?
Destino
del hombre es el padecer en todo tiempo, y hasta el cuidado de su conservación
está unido con la pena. ¡Feliz él, que sólo conoce en su infancia los males
físicos; males mucho menos crueles, mucho menos dolorosos que los otros, y que
con mucha menos frecuencia nos obligan a renunciará la vida! Nadie se mata por
dolores de gota; sólo los del ánimo engendran la desesperación. Compadecemos
la suerte de la infancia, mientras que debiéramos llorar sobre la nuestra.
Nuestros más graves males vienen de nosotros. Grita
el niño al nacer, y su primera infancia se va toda en llantos. Tan pronto le
bailan y le acarician para acallarle, como se le amenaza o castiga para
imponerle silencio. o hacemos lo que él quiere o exigimos de él lo que
queremos; o nos sujetamos a sus antojos, o le sujetamos a los nuestros, no hay
medio; o ha de dictar leyes o ha obedecerlas. De esa suerte son sus primeras
ideas las del imperio y servidumbre. Antes de saber hablar, ya manda; antes de
poder obrar, ya obedece; y a veces le castigan antes que pueda conocer sus
yerros, o por, mejor decir, antes que los pueda cometer. Así es como se
infunden pronto en su joven corazón las pasiones que luego se imputan a la
naturaleza, y después de haberse afanado en hacerle malo, se quejan de que lo
sea. De
esta manera, un niño seis o siete años en manos de mujeres, víctima de los
caprichos de ellas y del suyo propio; y después que le han hecho que aprenda
esto y lo otro, es decir, después de haber abrumado su memoria con palabras que
no puede comprender, o con cosas que para nada le sirven; después de haber
sofocado su índole natural con las pasiones que en él se han sembrado,
entregan este ser ficticio en manos de un preceptor que acaba de desarrollar los
gérmenes artificiales que ya encuentra formados, y le instruye en todo, menos
en conocerse, menos en dar frutos de sí propio, menos en saber vivir y labrar
su felicidad. Finalmente, cuando este niño esclavo y tirano, lleno de ciencia y
falto de razón, tan flaco de cuerpo como de espíritu, es lanzado al mundo,
descubriendo su ineptitud, su soberbia y sus vicios todos, hace que se
compadezca la humana miseria y perversidad. Es una equivocación, porque ese es
el hombre de nuestros desvaríos; muy distinta forma tiene el de la naturaleza. Si
queréis que conserve su forma original, conservádsela desde el punto en que
viene al mundo. Apoderaos de él así que nazca y no le soltéis hasta que sea
hombre; sin eso nunca lograréis nada. Así como es la madre la verdadera
nodriza, el verdadero preceptor es el padre. Pónganse ambos de acuerdo tanto en
el orden de las funciones como en su sistema, y pase el niño de las manos de la
una a las del otro. Más bien le educará un padre juicioso y de cortos
alcances, que el maestro más hábil del mundo, porque mejor suple el celo al
talento que el talento al celo. Pero
los quehaceres, los asuntos, las obligaciones... ¡Ah, las obligaciones! Sin
duda que la de padre es la postrera13.
No hay por qué admirarse de que un hombre, cuya mujer no se ha dignado criar a
sus pechos el fruto de su unión, se desdeñe de educarle. No hay pintura que más
embelese que la de la familia; pero un rasgo sólo mal trazado desfigura todos
los demás. Si a la madre le falta salud para ser nodriza, al padre le sobrarán
asuntos para ser preceptor. Desviados, dispersados los hijos en pensiones, en
conventos, en colegios, pondrán en otra parte el cariño de la casa paterna, o,
por mejor decir, volverán a ella con el hábito de no tener apego a nada.
Apenas se conocerán los hermanos y las hermanas. Cuando estén todos reunidos
de ceremonia, podrán ser muy corteses entre sí, y se tratarán como extraños.
Así que no hay intimidad entre los parientes, así que la sociedad de la
familia no es el consuelo de la vida, es fuerza recurrir a las malas costumbres
para suplirle. ¿ Dónde hay hombre tan necio que no vea el encadenamiento de
todo esto? Cuando
un padre engendra y mantiene a sus hijos, no hace más que la tercera parte de
su misión. Debe a su especie hombres; debe a la sociedad hombres sociables, y
debe ciudadanos al Estado. Todo hombre que puede satisfacer esta triple deuda y
no lo hace, es culpable, y más culpable acaso cuando la paga a medias. Quien no
puede desempeñar las funciones de padre no tiene derecho a serlo. No hay
pobreza, trabajos, ni respetos humanos que le dispensen de mantener a sus hijos
y educarlos por sí mismo. Puedes creerme, lector; a cualquiera que tenga entrañas
y desatienda tan sacrosantos deberes, le pronostico que derramará largo tiempo
amargas lágrimas sobre su yerro y que nunca encontrará consuelo. Pero
¿qué hace ese rico, ese padre de familia, tan atareado y precisado, según
dice, a dejar abandonados a sus hijos? Paga a otro para que desempeñe afanes
que le son gravosos. ¡Alma mezquina! ¿Crees que con dinero das a tu hijo otro
padre? Pues le engañas, que ni siquiera le das un maestro; ese es un sirviente
y presto formará otro como él. Mucho
hay escrito acerca de las dotes de un buen ayo; la primera que yo requeriría, y
esta sola supone otras muchas, es que no fuese un hombre vendible. Profesiones
hay tan nobles que no es posible ejercitarlas por dinero, sin mostrarse indigno
de su ejercicio; así es la del guerrero, así es la del institutor. ¿Pues quién
ha de educar a mi hijo? Ya te lo he dicho; tú propio. - Yo no puedo. - ¡No
puedes!... Pues granjéate un amigo; no veo ningún otro medio. ¡Un
ayo! ¡Qué sublime alma!... Verdad es que para formar a un hombre es necesario
o ser padre, o más que hombre. Esta es la función que confiáis tranquilamente
a un asalariado. Cuanto
más reflexiona uno, más dificultades nuevas se le presentan. Sería necesario
que hubiese sido educado el ayo para el alumno, los criados para el amo; que
todos cuantos a él se acerquen hubieran recibido las impresiones que le deben
comunicar; y de educación en educación fuera necesario subir hasta no sé dónde.
¿Cómo es posible que un niño sea bien educado por uno que lo fue mal? ¿No
es posible hallar este raro mortal? Lo ignoro. ¿Quién sabe en estos tiempos de
envilecimiento, hasta qué grado de virtud se puede todavía encumbrar el alma
humana? Pero supongamos que hemos hallado este portento. Contemplando lo que
debe hacer, veremos lo que debe ser. De antemano se me figura que un padre que
conociese todo cuanto vale un buen ayo, se resolvería a no buscarle, porque más
trabajo le costaría encontrarle que llegar a serlo él propio. ¿Quiere
adquirirse un amigo? Eduque a su hijo para que lo sea, y se excusa de buscarle
en otra parte, ya la naturaleza ha hecho la mitad de la obra. Uno,
de quien no sé más que su jerarquía, me propuso que educara a su hijo. Sin
duda fue mucha honra para mí; pero lejos de quejarse de mi negativa, debe
alabar mi prudencia. Si hubiera admitido su oferta y errado en mi método, la
educación habría resultado mala; al acertar con él sería peor; su hijo,
hubiera renegado del título de príncipe. Estoy
tan convencido de lo grandes que son las obligaciones de un preceptor, y conozco
tanto mi incapacidad, que nunca admitiré semejante cargo, sea quien fuere el
que con él me brinde; y hasta el interés de la amistad fuera para mí nuevo
motivo de negarme a él. Creo que después de leído este libro, pocos habrá
que piensen en hacerme tal oferta, y ruego a los que pudieran pensarlo, que no
se tomen ese inútil trabajo. En otro tiempo hice una prueba suficiente de esta
profesión, que me basta para estar cierto de que no soy apto para ella, y aun
cuando por mi talento fuera idóneo, me dispensaría de ella mi estado. He creído
que debía esta declaración pública a los que al parecer no me estiman lo
bastante para creerme fundado y sincero en mis determinaciones. Sin
capacidad para desempeñar la más útil tarea, me atreveré a lo menos a probar
la más fácil; a ejemplo de otros muchos, no pondré manos a la obra, sino a la
pluma, y en vez de hacer lo que conviene, me esforzaré a decirlo. Ya
sé que en las empresas de esta especie, el autor, a sus anchas siempre en
sistemas que no se ve obligado a practicar, da sin trabajo muchos excelentes
preceptos de imposible ejecución, y que, por no descender a menudencias y a
ejemplos, aun lo practicable que enseña no se puede poner en planta por no
haber mostrado la aplicación. Por eso me he decidido a tomar un alumno
imaginario y a suponerme con la edad, la salud, los conocimientos y todo el
talento que conviene para desempeñar su educación, conduciéndola desde el
instante de su nacimiento hasta aquel en que, ya hombre formado, no necesite más
gula que a sí propio. Paréceme útil este método para estorbar que un autor
que de sí desconfía, se extravíe en visiones; porque en cuanto se desvía de
la práctica ordinaria, no tiene más que probar la suya en su alumno, y en
breve conocerá, o lo conocerá el lector, si no él, si sigue los progresos de
la infancia y el camino natural del corazón humano. Esto
es lo que he procurado hacer en cuantas dificultades se han presentado. Por no
abultar inútilmente el libro, me he ceñido a sentar los principios cuya verdad
a todos debe parecer obvia; pero en cuanto a las reglas que podían necesitar
pruebas, las he aplicado todas a mi Emilio, o a otros ejemplos, haciendo ver en
detalles muy circunstanciados, cómo se podía poner en práctica lo que yo había
asentado; este es a lo menos el plan que me he propuesto seguir al lector
compete decidir si le he dado cima. De
aquí ha resultado que en un principio he hablado poco de Emilio, porque mis máximas
primeras de educación, aunque contrarias a las usadas, son de tan palpable
evidencia, que no es fácil que un hombre de razón les niegue asenso. Pero al
paso que adelanto, mi alumno, conducido de otra manera que los vuestros, no es
ya un niño ordinario y necesita un régimen peculiar para él. Sale entonces
con más frecuencia a la escena; y en los últimos tiempos casi ni un instante
le pierdo de vista, hasta que, por más que él diga, no tenga la menor
necesidad de mi. No
hablo en este lugar de un buen ayo; las doy por supuestas y supongo también que
las poseo yo todas. La lectura de esta obra hará ver con cuánta liberalidad
procedo para conmigo. Observaré
solamente, contra el dictamen general que el ayo de un niño debe ser joven y
aun tan joven cuanto puede serlo un hombre de juicio. Quisiera hasta que fuera
niño, si posible fuese; que pudiera ser compañero de su alumno, y granjearse
su confianza, tomando parte en sus diversiones. Hay tan pocas cosas análogas
entre la infancia y la edad madura, que nunca se formará apego sólido a tanta
distancia. Los niños halagan algunas veces a los viejos, pero nunca los
quieren. Quisiérase
que el ayo hubiese ya educado a otro niño. Pero es demasiado; un mismo hombre
no puede educar más que a uno; si fuese necesario educar a dos para acertar en
la educación del segundo, ¿qué derecho tuvo para encargarse del primer
alumno? Con
más experiencia sabría obrar mejor; pero ya no podría. Aquel que ha desempeñado
una vez este cargo con el suficiente acierto para conocer todas sus penalidades,
no queda con ánimo para volver a acometer la misma empresa; y si ha salido mal
la vez primera, no es buen agüero para la segunda. Convengo
en que es muy distinto acompañará un joven por espacio de cuatro años, que
conducirle por espacio de veinticinco. Vosotros dais un ayo a vuestro hijo ya
formado por completo, y yo quiero que le tenga antes de nacer. A vuestro
parecer, un ayo puede cambiar de alumno cada lustro; mas el ayo que yo imagino
nunca tendrá más que uno. Distinguís vosotros el preceptor del ayo: otro
error. ¿Distinguís acaso el alumno del discípulo? Una sola ciencia hay que
enseñará los niños, que es la de las obligaciones del hombre. Esta ciencia es
única; y diga lo que quisiere Jenofonte de la educación de los persas, no es
divisible. Por lo demás, yo llamaré mejor ayo que preceptor al maestro de esta
ciencia, porque no tanto es su oficio instruir como conducir. No debe dar
preceptos, debe hacer que los halle su alumno. Si
con tanto esmero se ha de escoger el ayo, facultad tiene éste para escoger a su
alumno, particularmente tratándose de un modelo que proponer. No puede basarse
esta elección sobre el ingenio y carácter del niño, que no se conoce hasta el
fin de la obra, y que adopto antes que nazca. Si pudiera escoger, buscaría un
entendimiento ordinario, como el que a mi alumno supongo. Sólo los hombres
vulgares necesitan ser educados; y sola su educación debe servir de ejemplo
para sus semejantes: lo demás se educan a pesar de las contrariedades. No
es indiferente la condición del país para la cultura de los hombres; éstos sólo
en los climas templados son todo cuanto pueden ser: en los climas extremados es
visible la desventaja. Un hombre no es un árbol plantado en un país para no
moverse de él; y el que sale de un extremo para ir al otro, tiene que andar
doble camino que quien sale del término medio para llegar al mismo punto que el
primero. Si
el habitante de un país templado recorre sucesivamente ambos extremos, todavía
saca evidentes ventajas, porque aunque reciba las mismas impresiones que el que
va de un extremo a otro, se aparta no obstante la mitad menos de su natural
constitución. En Laponia y en Guinea vive un francés; pero no vivirá
igualmente ni un negro en Tornea, ni un samoyeda en Benin. También parece que
no es tan perfecta la organización del cerebro en ambos extremos. La
inteligencia de los europeos no la tienen, los negros ni los lapones. Por eso,
si quiero que mi alumno pueda ser habitante de la tierra entera, le escogeré en
una zona templada, en Francia, por ejemplo, mejor que en otra parte. El
pobre no necesita educación; la de su estado es forzosa, y no puede tener otra;
por el contrario, la que por su estado recibe el rico es la que menos le
conviene para sí propio y para la sociedad. La educación natural debe, por
otra parte, hacer al hombre apto para todas las condiciones humanas; así menos
racional es educar a un rico para que sea, pobre, que a un pobre para que sea
rico, porque a proporción del número de ambos estados, más ricos hay que
empobrezcan que pobres que se enriquezcan. Escojamos pues, a un rico; estaremos
ciertos de haber hecho un hombre más, mientras un pobre puede hacerse hombre
por sí solo. Por
la misma razón, no sentiré que Emilio sea de ilustre cuna, que siempre será
una víctima sacada de las garras de la preocupación. Emilio es huérfano. Nada
importa que vivan su padre y su madre; encargado yo de todas sus obligaciones,
adquiero sus derechos todos. Debe honrar a sus padres, pero sólo a mí debe
obedecer; esta es mi primera, o más bien, mi única condición. Tengo
que añadir esta otra, que no es más que una consecuencia forzosa de la
anterior; y es que no nos privarán a uno de otro sin nuestro consentimiento.
Esta es cláusula esencial; y aún quisiera yo que de tal modo se tuvieran por
inseparables el alumno y el ayo, que siempre el destino de su vida fuera objeto
común entre ellos. Así que contemplan, aunque remota, su separación; así que
preveen el instante en que han de ser los dos extraños uno para otro, ya lo
son, en efecto; cada uno forma su sistema aparte y pensando ambos en la época
en que ya no se hallarán juntos, permanecen unidos a disgusto. Mira
el discípulo al maestro como el azote de la niñez; el maestro no considera en
el discípulo más que una carga pesada, y sólo ansía verse libre de ella; así
de consuno aspiran a librarse uno de otro; y como nunca hay entre ellos
verdadero cariño, el uno tendrá poca vigilancia y menos docilidad el otro. Pero
si se miran como obligados a pasar juntos la vida, les importa hacerse amar uno
de otro, y por lo mismo se aman en efecto. No se avergüenza el alumno de seguir
en su niñez al amigo que ha de tener cuando sea hombre, y el ayo se interesa en
los afanes cuyos frutos ha de recoger, siendo todo el mérito que da a su alumno
un fondo que pone a interés para su ancianidad. Este
tratado, hecho de antemano, supone un parto feliz, y un niño bien conformado,
robusto, y sano. Un padre no puede escoger, ni debe tener preferencias en la
familia que le da Dios; todos sus hijos son igualmente suyos; a todos debe la
misma solicitud, el mismo cariño. Sean o no defectuosos, sean enfermos o
robustos, cada uno de ellos es un depósito, de que debe dar cuenta a la mano de
que lo recibió; y el matrimonio es un contrato que se celebra con la naturaleza
no menos que entre los cónyuges. Pero
aquel que se impone una obligación a que no le ha sujetado la naturaleza,
primero ha de cerciorarse de los medios de desempeñarla; de otro modo, se hace
culpable hasta de lo que no pueda lograr. El que se encarga de un alumno endeble
y enfermizo, cambia su cargo de ayo por el de enfermero; malgasta en cuidar de
una vida inútil el tiempo que había destinado para aumentar su valor, y se
expone a ver a una madre desconsolada, echarle en cara un día la muerte de su
hijo, cuya existencia, sin embargo, quizás dilató el maestro. No
me encargaría yo de un niño enfermizo y achacoso aunque hubiese de vivir
ochenta años; que no quiero un alumno siempre inútil para si y para los demás
ocupado únicamente en conservarse, y cuyo cuerpo perjudique a la educación del
alma. ¿Qué he de hacer yo consagrándole en balde todos mis afanes, si no es
doblar la pérdida de la sociedad, y privarla de dos hombres en vez de uno? Encárguese
otro, en lugar mío, de este enfermo; consiento en ello y apruebo su caridad,
pero ese no es mi talento; yo no sé, de modo alguno, enseñar a vivir a quien sólo
piensa en librarse de la muerte. Es
necesario que para obedecer al alma sea vigoroso el cuerpo; un buen sirviente ha
de ser robusto. Bien sé que la intemperancia excita las pasiones y al fin extenúa
el cuerpo; muchas veces las mortificaciones y los ayunos producen el mismo
efecto por una razón contraria. Cuanto más débil es el cuerpo, más ordena;
cuanto más fuerte, más obedece. En cuerpos afeminados moran todas las pasiones
sensuales; y tanto más se irritan aquellos, cuanto menos pueden satisfacerlas. Un
cuerpo débil debilita el alma. De aquí proviene el imperio de la medicina,
arte más perjudicial a los hombres que todas las dolencias que pretende sanar.
Yo por mí no se cuál es la enfermedad que curan los médicos; pero sé que nos
las acarrean funestísimas: la cobardía, la pusilanimidad, la credulidad, el
miedo de la muerte; si sanan el cuerpo, matan el ánimo. ¿Qué nos importa que
hagan andar cadáveres? Hombres son los que necesitamos, y no vemos que salga
ninguno de sus manos. La
medicina está de moda en nuestro país, y tiene que ser así: es la diversión
de personas ociosas y desocupadas, que no sabiendo en qué gastar el tiempo, lo
emplean en conservarse. Si por desdicha suya hubieran nacido inmortales, serían
los más desventurados de los seres; y una vida que nunca temieran perder, no
tendría para ellos valor alguno. Esta gente necesita médicos que los amenacen
para adularlos, y que cada día les den el único gusto que son capaces de
apreciar: el de no estar muertos. No
es mi ánimo extenderme aquí sobre la vanidad de la medicina: mi objeto es
considerarla sólo por su aspecto moral. No obstante, no puedo menos de observar
que acerca de su uso hacen los hombres los mismos sofismas que acerca de la
investigación de la verdad. Siempre suponen que el que visita a un enfermo le
cura, y que el que busca una verdad la encuentra; y no ven que se ha de
contrapesar la utilidad de una cura que hace el médico, con la muerte de cien
enfermos que mata; y las ventajas del descubrimiento de una verdad, con el daño
que hacen los errores que pasan al mismo tiempo. La ciencia que instruye y la
medicina que sana, buenas son, sin duda; pero funestísimas la ciencia que engaña
y la medicina que mata. Enséñennos a distinguirlas; esa es la dificultad. Si
supiéramos ignorar la verdad, nunca nos seduciría la mentira; si supiéramos
no querernos curar a despecho de la naturaleza, nunca moriríamos a manos del médico;
ambas abstinencias serían puestas en razón y evidentemente ganaríamos sujetándonos
a ellas. Yo no niego que la medicina sea útil a algunos hombres, pero sí
afirmo que es perjudicial al linaje humano. Me
dirán, como se dice siempre, que los yerros pertenecen al médico, pero que en
si misma, la medicina es infalible. Enhorabuena; venga pues ella sin el médico;
porque mientras vengan juntos, cien veces más riesgo habrá en los errores del
artista, que esperanza de socorro en el arte. Este
arte falaz, más adaptable a los males del ánimo que a los del cuerpo, no es más
útil para los unos que para los otros; no tanto nos sana de nuestras dolencias,
cuanto nos infunde terror de ellas; no tanto aleja la muerte, cuanto hace que
anticipadamente la sintamos; gasta la vida en vez de prolongarla; y aun cuando
la prolongase, todavía sería en detrimento de la especie, puesto que nos
desprende de la sociedad por los afanes que nos impone, y de nuestras
obligaciones por los sustos que nos causa. El conocimiento de los riesgos es lo
que nos los hace temibles; quien se creyera invulnerable, de nada tendría miedo
a fuerza de armar contra el peligro a Aquiles, le quita el poeta el mérito del
valor; cualquiera, en su lugar, habría sido Aquiles. ¿Queréis
hallar hombres de verdadero valor? Buscadlos en los países donde no hay médicos,
donde se ignoran las consecuencias de las enfermedades y donde se piensa poco en
la muerte. El hombre naturalmente sabe padecer con constancia y muere en paz.
Los médicos con sus recetas, los filósofos con sus preceptos, los sacerdotes
con sus exhortaciones, son los que acobardan su ánimo y hacen que no sepa
morir. Dénme,
pues, un alumno que no necesite de todas estas gentes, o no le acepto. No quiero
que otros echen a perder mis afanes; deseo educarlo yo solo o no comprometerme a
ello. El sabio Locke, que pasó parte de su vida estudiando la medicina,
recomienda con eficacia que no se den remedios a los niños, ni por precaución,
ni por incomodidades ligeras. Yo iré más adelante; y declaro que no llamando
nunca al médico para mí, tampoco le llamaré para mi Emilio, a menos que se
halle su vida en peligro inminente, porque entonces no le puede hacer otro daño
que matarle. Bien
sé yo que el médico sacará partido de esta tardanza: si muere el niño, será
porque le han llamado muy tarde; si se restablece él será quien le haya
salvado. Corriente; alábese el médico; pero, sobre todo, no le llamemos hasta
el último extremo. No
sabiendo curarse, ha de saber el niño estar malo arte que suple al otro surte
muchas veces mejor efecto; arte de la naturaleza. Cuando está malo el animal,
padece sin quejarse y se está quieto; no se ven otros animales achacosos que
los hombres. ¡A cuantas gentes, que hubieran resistido la enfermedad y sanado
el tiempo sólo, ha quitado la vida la impaciencia, el miedo, la zozobra y más
que todo os remedios! Se me dirá que como viven los animales de un modo más
conforme a la naturaleza, deben estar menos sujetos que nosotros a dolencias.
Enhorabuena; ese modo de vivir es el que yo quiero prescribir a mi alumno; y
debe sacar de él las mismas ventajas. La
higiene es la única parte útil de la medicina, y aun la higiene menos es
ciencia que virtud. Los dos médicos eficaces del hombre, son la templanza y el
trabajo; éste aguza el apetito y aquella le impide los abusos. Para
saber cuál es el régimen que más conviene a la vida y a la salud, basta con
saber cuál es el que siguen los pueblos que están más sanos, son más
robustos y viven más tiempo. Las observaciones generales nos hacen ver que el
ejercicio de la medicina no procura a los hombres salud más fuerte y vida más
dilatada: por lo mismo podemos deducir que no es útil este arte, sino
perjudicial, puesto que emplea el tiempo, los hombres y las cosas sin ningún
provecho. No solamente es perdido el tiempo que se gasta en conservar la vida
para el uso de ella, y es necesario deducirle del útil, que cuando este tiempo
se gasta en atormentarnos, es menos que nulo, es negativo; y para calcular
equitativamente, se ha de restar éste del tiempo total de vida. Más vive para
sí mismo y para los demás el que vive diez años sin médico, que el que ha
vivido treinta víctima suya. Habiendo hecho ambas pruebas, me creo con más
derecho que nadie para sacar esta consecuencia. He
aquí la razones por las que deseo que mi alumno sea robusto y sano, y los
principios para que se mantenga tal. No me pararé a probar extensamente la
utilidad de los trabajos manuales y los ejercicios corporales para fortalecer la
salud y el temperamento; este punto nadie le disputa; los ejemplos de longevidad
los ofrecen casi todos los hombres que más ejercicio han hecho, y que más
fatigas y afanes han sufrido14.
Tampoco me extenderé a detallar la atención que me merecerá esta materia
sola; el lector verá que es tan indispensable en mi práctica, que basta
penetrar el espíritu de ella para que no sean necesarias otras explicaciones. Empiezan
las necesidades al mismo tiempo que la vida. El recién nacido necesita una
nodriza. Bien está; si se presta la madre a cumplir con esta obligación, se le
darán por escrito sus instrucciones, utilidad que tiene el inconveniente de
dejar al ayo más distante de su alumno. Es de creer, sin embargo, que el interés
de la criatura y la estimación de aquel a quien quieren fiar tan precioso depósito,
harán que la madre sea dócil a los consejos del maestro; y de seguro que
cuanto quiera hacer,
lo hará mejor que otra ninguna. Si necesitamos de una nodriza extraña,
empecemos escogiéndola bien. Una
de las muchas desgracias de las personas ricas, es que en todo las engañan. ¿Por
qué nos admiramos si forman tan errados juicios de los hombres? La riqueza es
la que las corrompe, y en justo castigo son las primeras que reconocen el
defecto del único instrumento que saben manejar. En sus casas todo va mal
hecho, menos lo que ellas propias hacen; y casi nunca hacen nada. Si se trata de
buscar una nodriza, hacen que se la busque el médico. ¿ Y qué resulta? Que la
mejor es la que más le ha pagado. No consultaré yo a un médico para la de
Emilio; tendré buen cuidado de escogerla por mí propio. Sobre este punto no
disertaré acaso con tanta erudición como un cirujano; pero ciertamente caminaré
con más buena fe, y menos me engañará mi buen celo que su avaricia. No
tiene mucho que averiguar esta elección; sabidas son las reglas; pero creo que
debería ponerse alguna mayor atención en el tiempo de la leche, como se hace
acerca de la calidad de ella. La leche nueva es toda serosa, y debe ser casi
aperitiva para purgarlas reliquias del alhorre que queda espesado en los
intestinos del recién nacido. Poco a poco toma la leche consistencia y ofrece
un alimento más sólido al niño, ya más fuerte para digerirla. Ciertamente
que no sin objeto hace variar la naturaleza en las hembras de todas especies la
consistencia de la leche según la edad del recién nacido. Necesitaría,
por tanto, un niño recién nacido, una nodriza recién parida. Bien sé que
esto ofrece inconvenientes; pero así que salimos del orden natural, todo tiene
sus dificultades para obrar bien. La única salida cómoda es obrar mal; por eso
ésta es la que se escoge. Seria
necesario hallar una nodriza tan sana de corazón como de cuerpo; la
destemplanza de las pasiones puede alterar su leche tanto como la de los
humores; además de que atenerse meramente a lo físico es no ver más que la
mitad del objeto. Puede ser buena la leche y mala la nodriza, que un buen carácter
es tan esencial como un buen temperamento. Si se escoge una mujer viciosa, no
digo que contraerá sus vicios el hijo de leche, digo si, que se resentirá de
ellos. ¿No le debe, además de la leche, solicitudes que exige celo, paciencia,
blandura y limpieza? Si es glotona y destemplada, en breve se estragará su
leche; si es descuidada y colérica ¿cómo dejaremos a merced de ella a un
pobre desventurado que no puede defenderse ni quejarse? Nunca, en ningún
asunto, pueden ser buenos los malos para cosa buena. Tanto
más importa la acertada elección de la nodriza, cuanto que no debe tener su
hijo de leche otra ama que ella, como no ha de tener otro preceptor que su ayo.
Este era el uso de los antiguos, menos argumentadores y más sabios que
nosotros. Cuando habían dado el pecho a criaturas de su sexo, nunca las
desamparaban, y por eso en sus piezas teatrales son nodrizas la mayor parte de
las confidentes. Imposible es que un niño, que sucesivamente pasa por tantas
manos distintas, salga bien educado. A cada variación hace secretas
comparaciones que siempre paran en disminuir su estimación a los que le dirigen
y, por consiguiente, la autoridad que sobre él tienen. Si llega una vez a
persuadirse de que hay personas adultas que no tienen más razón que las
criaturas, todo se ha perdido, y no queda esperanza de buena educación. No debe
un niño conocer más superiores que su padre y su madre; y a falta de éstos su
nodriza y su ayo, y todavía uno sobra; pero es inevitable esta partición; lo
único que para remediarla puede hacerse, es que las personas de ambos sexos que
le dirijan, estén de tan buen acuerdo, que con respeto a él no sean más que
uno. Preciso
es que la nodriza viva con alguna más comodidad, tome alimentos algo más
sustanciosos; pero que no varíe enteramente de método de vida, porque una
pronta y total mudanza, aun cuando sea de mal en bien, siempre es peligrosa para
la salud; y puesto, que su acostumbrado régimen la ha constituido o la ha
mantenido sana y robusta, ¿a qué hacérsele variar? Las
campesinas comen más legumbres y menos carne que las mujeres de las ciudades;
este régimen vegetal parece más propicio que contrario para ellas y las
criaturas. Cuando tienen hijos de leche, de la ciudad, hacen que coman el
cocido, persuadidas de que la sopa y el caldo de carne forman mejor quilo y dan
más leche. No soy yo en manera alguna de este parecer, y tengo la experiencia
en mi abono, la cual nos dice que los niños criados de este modo, están más
sujetos a cólicos y a lombrices que los demás. Esto
no es extraño, puesto que la sustancia animal, cuando se pudre, se llena de
gusanos; lo que no sucede con la vegetal. La elaborada aunque en leche, en el
cuerpo del animales sustancia vegetal15;
así lo demuestra el análisis de ella; se aceda con facilidad; y en vez de dar
señas ningunas de álcali volátil, como las dan las sustancias animales, deja,
como las plantas, una sal neutra esencial. La
leche de las hembras herbívoras es más dulce y sana que la de las carnívoras;
formándose con una sustancia homogénea a la suya, conserva mejor su
naturaleza, y está menos sujeta a la putrefacción. Atendiendo a la cantidad,
todos saben que los farináceos hacen más sangre que la carne y también deben
dar más leche. No puedo creer que un niño que no fuese destetado antes de
tiempo, o que lo fuese con alimentos vegetales, y cuya nodriza sólo comiese
vegetales, padeciese nunca de lombrices. Puede
ser que los alimentos vegetales den una leche que se accede más pronto, pero
estoy muy lejos de mirar la leche aceda como alimento pernicioso; pueblos
enteros que no usan otro, viven muy sanos, y todo ese aparato de absorbentes me
parece pura charlatanería. Temperamentos hay a que no conviene la leche, y en
tal caso ningún absorbente, se la puede hacer digerir; otro la digieren sin
absorbentes. Temen algunos la leche cuajada o los requesones, y es un error,
porque sabemos que siempre la leche se cuaja en el estómago, y así se
convierte en alimento de suficiente solidez para sustentar las criaturas y a los
hijuelos de los animales; si no se cuajara, no haría más que pasar, y no los
alimentaría16.
Vano es cortar la leche de mil modos, usar mil absorbentes; todo aquel que come
leche, digiere queso, y esto no tiene excepción. Tan apto es el estómago para
cuajar la leche, que la cuajada se hace con estómago de recental. Creo,
pues, que en vez de mudar el alimento común de las nodrizas, basta con que se
las dé más abundante y más escogido en su género. La comida de vigilia no es
cálida por la naturaleza de los alimentos; el modo de sazonarlos es el que los
hace perniciosos. Reformad las reglas de vuestra cocina; no tengáis fritos, ni
manjares compuestos con manteca enrojecida al fuego; no arriméis a la lumbre la
sal, los lacticinios ni la manteca; no sazonéis vuestras legumbres cocidas en
agua hasta que se pongan hirviendo encima de la mesa, y la comida de vigilia,
lejos de encender la sangre de la nodriza, la dará leche abundante y de
excelente calidad17.
¿ Sería posible que estando reconocido el régimen vegetal como el mejor para
la criatura, fuese para la nodriza mejor el animal? Esto es una contradicción.
En los primeros años de la vida es cuando ejerce el aire una acción
particular en la constitución de los niños; penetrando por todos los poros de
su blando y delicado cutis, influye poderosamente en sus nacientes cuerpos, y
les deja impresiones que nunca se borran. Por eso no es mi dictamen que se saque
a una nodriza de su lugar para encerrarla en una habitación de la ciudad y
hacerla criar al niño en casa de sus padres; mejor quiero que vaya a respirar
el aire sano del campo que el corrompido de la ciudad, que tome el estado de su
nueva madre, que viva en su pobre casa y que le acompañe su ayo. Acuérdese el
lector de que de no es éste un hombre pagado, sino el amigo de su padre. Pero,
se me dirá: ¿y si no se halla ese amigo, si no es fácil, llevarse al niño,
si ninguno de estos consejos es practicable, ¿qué ha de hacerse? Ya he dicho
lo que se hace; para eso no se necesitan consejos.
La vocación de los hombres no es de vivir hacinados en hormigueros, sino
desparramados sobre las tierras que han de cultivar. Cuanto más se reúnen, más
se estragan. Efecto infalible de la demasiada concurrencia, son tanto las
dolencias del cuerpo como los vicios del alma. Entre todos los animales, el
hombre es el que menos puede vivir en manada, y hombres hacinados como carneros
se morirían todos en poquísimo tiempo. El aliento del hombre es mortal para su
semejante, expresión no menos exacta en sentido propio que en metafórico.
La sima del género humano son las ciudades. Al cabo de algunas
generaciones perecen o degeneran las castas; es preciso renovarlas, y el campo
es el que sufraga a esta renovación. Enviad, pues, a vuestros hijos a que se
renueven, por decirlo así, y a que recuperen en medio de los campos el vigor
que se pierde en el aire contagioso de los pueblos grandes. Se dan prisa las
mujeres embarazadas que están en el campo a volver a la ciudad cuando se les
acerca el parto, y deberían hacer todo lo contrario, particularmente las que
quieren criar ellas mismas a sus hijos; menos les costaría de lo que imaginan;
en una mansión más natural para nuestra especie, los deleites imprescindibles
de las obligaciones naturales, les quitarían pronto la afición a los que se
apartan de ellos.
Luego de concluido el parto, se lava al niño con agua tibia, por lo común
mezclada con vino. La adición del vino no me parece necesaria: no produciendo
la naturaleza cosa ninguna fermentada, no es creíble que para la vida de sus
criaturas importe el uso de un liquido artificial.
Por la misma causa tampoco me parece indispensable la precaución de
calentar el agua; y efectivamente, muchos pueblos hay que sin otros preparativos
lavan en los ríos o en el mar a los niños recién nacidos; pero afeminados los
nuestros antes de nacer, por la molicie de los padres, vienen al mundo con un
temperamento ya estragado, que al principio no conviene exponer a todas las
pruebas que deben restablecerle. Sólo gradualmente pueden ser restituidos a su
primitivo vigor. Empecemos conformándonos al uso y apartémonos de él poco a
poco. Lávense con frecuencia los niños; su suciedad demuestra esta precisión.
Cuando no hacen más que enjugarlos, les rompen el cutis, pero al paso que tomen
fuerza, disminúyase por grados el calor del agua, hasta que al fin los laven en
todo tiempo con agua fría, aunque sea helada. Como para que no corran riesgo
conviene que sea lenta, insensible y sucesiva esta disminución, podremos
servirnos del termómetro para medirla con exactitud.
Establecido ya este uso del baño, no debe interrumpirse, e importa
conservarle toda la vida. No sólo le considero como necesario para la limpieza
y salud actual, sino también como precaución saludable para hacer más
flexible el tejido de las fibras y que cedan sin riesgo ni esfuerzo a los
diversos grados de calor y frío. Para esto quisiera yo que en siendo mayor el
niño, se acostumbrara poco a poco a bañarse en aguas calientes o frías a
todos los grados tolerables. Habituándose de este modo a sufrir los varios
temples del agua, que como fluido más denso nos toca por más puntos y nos
impresiona más, se haría el hombre casi insensible a las variaciones del aire 18
Luego
que respira el niño de sus envoltorios, no se permita que le pongan otros donde
se halle más comprimido. Fuera capillos, fuera fajas, fuera pañales; mantillas
fluctuantes y anchas que dejen todos sus miembros libres, y que ni sean tan
pesadas que le impidan sus movimientos, ni tan calientes que no te dejen sentir
las impresiones del aire. Póngasele en una cuna espaciosa19,
bien rellena de lana, donde se pueda mover sin peligro y a su gusto. Cuando ya
empiece a tomar fuerza, déjesele que se arrastre por el cuarto; desarrollando y
extendiendo así sus miembrecillos, veremos cómo se fortifican de día en día,
y al compararle con un niño del mismo tiempo bien fajado, asombrará la
diferencia que media entre los adelantos de ambos20.
Hay que contar con una fuerte oposición de parte de las nodrizas a
quienes da menos que hacer el niño bien atado, que cuando tiene que cuidar de
él constantemente. Como por otra parte la suciedad es más visible en un traje
abierto, es necesario limpiarle con más frecuencia. Finalmente, la costumbre es
el argumento que en muchos países nunca se refuta a satisfacción de la plebe.
No se discuta con las nodrizas, porque es trabajo perdido; mándeseles, véase
que lo hacen y no se omita nada para facilitar en la práctica las operaciones
que se les hayan prescrito. ¿Y por qué no tomar parte en ellas? Comúnmente,
cuando se cría un niño, sólo a lo físico se atiende; con tal que viva y no
enferme, poco importa lo demás; pero aquí donde empieza con la vida la educación,
desde que nace el niño ya es discípulo no del ayo, sino de la naturaleza. El
ayo no hace otra cosa que estudiar con este primer maestro, y estorbar que sean
perdidos sus afanes. Vigila sobre la criatura, la observa, la sigue, acecha con
diligencia el primer albor de su débil entendimiento, como al acercarse el
primer cuarto de luna acechan los musulmanes el momento en que nace.
Nacemos con capacidad para aprender, pero sin saber nada ni conocer nada.
Ni siquiera la conciencia de su existencia propia tiene el alma encadenada en
imperfectos y no bien formados órganos. Son los gritos del niño recién
nacido, efectos puramente mecánicos, privados de inteligencia y voluntad.
Supongamos que, cuando nace, el niño tuviera ya la fuerza y la estatura
de un adulto, que saliera por decirlo así, armado de punta en blanco del seno
de su madre, como salió Palas, del cerebro de Júpiter; sería este hombre-niño
un imbécil completo, una máquina, una estatua inmóvil y casi insensible; nada
vería, nada oiría, a nadie conocería, no sabría volver los ojos a lo que
necesitase ver; no sólo no distinguiría objeto ninguno fuera de él, sino que
tampoco referirá ninguno al órgano del sentido que se le hiciera distinguir;
ni estarían los colores en sus ojos, ni estarían los sonidos en sus oídos; no
estarían sobre su cuerpo los cuerpos que tocase, ni sabría siquiera que tenía
uno; estaría en su cerebro el contacto de sus manos; se reunirían en un solo
punto todas sus sensaciones; sólo en el sensorio común existirían; no tendría
más que una idea, la del yo; a ésta referiría todas sus sensaciones; y esta
idea, o mejor dicho, este modo de sentir, seria lo único en que se diferenciase
de cualquier otro niño.
Este hombre formado de repente no sabría tenerse en pie; necesitaría de
mucho tiempo para aprender a guardar el equilibrio, acaso no lo intentaría, y
veríamos este cuerpo grande, fuerte y robusto, fijo en un lugar como una peña,
o arrastrarse por el suelo como los perrillos cachorros.
Sentiría la desazón de las necesidades sin conocerlas ni imaginar medio
ninguno de satisfacerlas. Aunque estuviese rodeado de alimentos, no hay
comunicación ninguna inmediata entre los músculos del estómago y los de los
brazos y piernas que le hiciera dar un paso para arrimarse a ellos, o alargar la
mano para cogerlos; y como ya habría tomado su cuerpo todo su incremento, como
estarían enteramente desarrollados sus miembros, no tendría la inquietud ni
los continuos movimientos de los niños, y pudiera muy bien morir de hambre,
antes de moverse para buscar que comer. Por poco que uno haya reflexionado
acerca del orden y progresos de nuestros conocimientos, no podrá negar que, con
poca diferencia, sea éste el primitivo estado de ignorancia y estupidez natural
al hombre, antes de aprender algo de la experiencia o de sus semejantes.
Conócese, por tanto, o puede conocerse, el punto primero de donde sale
cada uno de nosotros para llegar al común grado de inteligencia humana; pero ¿quién
es el que conoce el otro extremo? Según su ingenio, su gusto, sus necesidades,
su talento, su celo, y las ocasiones que de abandonarse a él se presentan, se
adelanta más o menos cada uno; pero no sé que haya habido hasta ahora filósofo
tan atrevido que dijese: «Este es el término a donde puede llegar el hombre y
del que no puede pasar.» Ignoramos lo que nos permite la naturaleza que seamos;
ninguno de nosotros ha medido la distancia que entre un hombre y otro puede
mediar. ¿Cuál es el ánimo mezquino que nunca inflamó esta idea, y que en su
orgullo no dice alguna vez: ¡A cuántos voy dejando atrás! ¡a cuántos puedo
pasar aún! ¿Por qué ha de adelantarse a mí un igual mío? | ||||||