|
|
||||||
|
|
||||||
|
Emilio o La Educación
Juan Jacobo Rousseau TOMO
PRIMERO - LIBRO
SEGUNDO
Este es el segundo escalón de la vida,
aquel en que, hablando con propiedad, se acaba la infancia, porque no son sinónimas
las voces, infans y puer; la primera se halla subordinada a la otra y significa
el que no habla; por eso dice Valerio Máximo; puerum infantem25,
niño infante. Continuaré, no obstante, usando esta voz como está admitida en
nuestra lengua, hasta la edad en que adopta otros nombres.
Cuando los niños empiezan a hablar lloran menos, y es natural, pues
sustituyen a un idioma otro. Cuando pueden decir con palabras que padecen, ¿a
qué lo han de manifestar con gritos, a menos que sea tan violento el dolor que
no se pueda expresar con palabras? Si entonces siguen llorando, es culpa de las
personas que tienen a su lado. Tan pronto como haya dicho Emilio una sola vez,
estoy malo, vivísimos dolores han de ser necesarios para arrancarle lágrimas.
Si es delicado y sensible el niño, y si naturalmente llora por una nada,
no le hago caso, y en breve agoto sus lágrimas: mientras llore, no me muevo; así
que se calle, acudo. Muy presto será el silencio su modo de llamarme, o cuando
más dará un solo grito. Por el efecto sensible de los signos juzgan los niños
de su significación, única convención que hay para con ellos; y. aunque se
lastime mucho un niño muy raro es que llore si está solo, a menos que espere
ser oído.
Si cae, si se hace un chichón, si echa sangre por la nariz, si se corta
los dedos, en vez de acudir con ademán de sobresalto, me estaré quieto un
rato. El mal está hecho, necesario es que lo aguante; sólo serviría todo mi
anhelo para asustarle más y aumentar su sensibilidad; más que el golpe, le
asusta, de seguro, el miedo de las resultas de su herida. Esta zozobra se la
quitaré yo, porque seguramente valuará el mal que se ha hecho como vea que yo
le valúo; si me ve acudir inquieto, consolarle, compadecerle, pensará que está
perdido; mas si ve que conservo mi sosiego, recuperará el suyo y creerá que
está sano así que no sienta dolor. En esta edad se toman las primeras
lecciones de ánimo esforzado, y padeciendo sin susto dolores leves, se aprende
a soportar los fuertes.
Lejos de poner esmero en precaver que Emilio se haga mal, sentirla mucho
que no se lo hiciera nunca y creciera sin experimentar el dolor. Padecer es lo
primero que debe aprender y lo que más necesitará saber. Aunque sea el niño
pequeño y débil, puede tomar sin riesgo tan importantes lecciones. Si cae al
suelo no se romperá una pierna; si se pega con un palo, no se romperá un
brazo; si coge una navaja por el filo, no apretará mucho y no será muy honda
la cortadura. No sé que nunca un niño a quien dejen suelto se haya muerto,
estropeado o hecho un mal grave, si no queda expuesto imprudentemente a que
caiga de un sitio alto, o solo junto a la lumbre, o que tenga a mano
instrumentos peligrosos. ¿Qué diremos de esas colecciones de máquinas que reúnen
junto a un niño para armarle de punta en blanco contra el dolor, hasta que en
llegando a mayor queda a su arbitrio, sin experiencia ni ánimo, y piensa que es
muerto si se pica con un alfiler o se desmaya si ve correr una gota de sangre? Nuestra pedantesca manía de enseñanza nos mueve a que instruyamos a los niños en todo aquello que mucho mejor aprenderían por sí propios, y a olvidarnos de cuanto nosotros solos les hubiéramos podido enseñar. ¿Hay nada más necio que el trabajo empleado en enseñarlos a andar como si hubiéramos visto, que por descuido de su nodriza no supieran andar cuando mayores? Y, por el contrario, ¡cuántos vemos que andan mal toda su vida por haberlo aprendido mal! Ni tendrá Emilio chichonera, ni canasta
con ruedas, ni carretilla, ni andadores; o, a lo menos, así que sepa poner un
pie delante de otro, sólo le sostendremos en los parajes empedrados o
enladrillados y no haremos más que pasar de prisa, por ellos26.
En vez de permitir que se apoltrone en el aire estancado de una habitación,
todos los días le llevaremos al medio de un prado a que corra, juegue y se
caiga cien veces al día; más vale así; con eso aprenderá antes a levantarse.
De muchos golpes resarce el bienestar de la libertad: con frecuencia sacará mi
alumno contusiones; en cambio, siempre estará alegre; si los vuestros rara vez
se hacen mal, están siempre disgustados y tristes; dudo que el beneficio esté
de su parte.
Otro progreso hace que los niños necesiten quejarse menos el aumento de
sus fuerzas. Así que pueden más por si propios, tienen menos necesidad de
recurrir a otros. Con su fuerza se desarrolla el conocimiento que los hace
capaces de dirigirla. En este segundo grado es donde empieza verdaderamente la
vida individual: entonces se adquiere la conciencia de sí mismo; extiende la
memoria el sentir de la identidad a todos los momentos de su existencia, y se
torna uno de verdad, él mismo, y capaz de felicidad o desgracia. Por tanto
conviene considerarle ya como ser moral.
Aunque poco más o menos se calcula el término de la vida humana, y la
probabilidad que cada edad tiene de acercarse a esta meta, no hay cosa más
incierta que la duración de la vida de cada hombre, y son poquísimos los que
llegan e este término. Al principio de la vida son mayores los riesgos de ella;
y quien menos ha vivido, menos esperanza de vivir puede tener. La mitad, cuando
más, de los niños que nacen, llegan a la adolescencia, y tal vez no llegue
vuestro alumno a la edad de hombre. ¿Qué habrá que pensar, pues, de esa
inhumana educación que sacrifica el tiempo presente a un porvenir incierto; que
carga a un niño de todo género de cadenas y, empieza haciéndole miserable por
prepararle para una época remota no sé qué pretendida felicidad, que tal vez
no disfrutará nunca? Aunque yo supusiera fundado en razón el objeto de esta
educación, ¿cómo ver, sin indignarse, a unos pobres desventurados, sujetos a
un yugo inaguantable y condenados como galeotes a trabajos forzados, sin estar
ciertos de que han de sacar fruto de tanto penar? En medio de llantos, de
castigos, de amenazas y de esclavitud se va la edad de la alegría. Por su bien
atormentan al desdicha sin ver que la muerte es la que llaman y que le va a
llegar en mitad de este triste aparato. ¿Quién sabe cuantos niños perecen víctimas
de la extravagante discreción de un padre o un maestro? Felices son en huir así
de su crueldad, pues el único fruto que sacan de tantos males como les han
hecho es morir sin lamentar una vida de la que sólo han conocido los tormentos.
Hombres, sed humanos, tal es vuestro primer deber; sedlo con todos los
estados, con todas las edades, con todo cuanto es propio del hombre. ¿ Qué
saber tendréis fuera de la humanidad? Amad la infancia; favoreced sus juegos;
sus deleites, su amable instinto. ¿Quién de vosotros no ha deseado alguna vez
volverse a la edad en que la risa no falta de los labios y en que siempre está
serena el alma? ¿ Por qué queréis estorbar que disfruten los inocentes niños
de esos fugaces momentos que tan, rápidos huyen, y de bien tan precioso de que
no pueden abusar? ¿Por qué queréis llenar de amargura y de dolores esos años
primeros que tan veloces pasarán para ellos y que ya para vosotros no pueden
volver? Padres, ¿sabéis acaso en qué instante aguardará la muerte a vuestros
hijos? No deis motivo a nuevos llantos, privándolos de los cortos momentos que
les dispensa la naturaleza; así que pueden sentir el deleite de la existencia,
haced que disfruten de él y que a cualquier hora que Dios los llame no se
mueran sin haber gozado de la vida. ¡Qué de voces van a levantarse contra mí!
Oigo los clamores de esa falaz sabiduría que sin cesar nos lanza fuera de
nosotros, que desdeña al tiempo presente, siempre corriendo, sin tomar aliento
en pos del porvenir que huye al paso que nos adelantamos, y que a fuerza de
querer trasladarnos a donde no estamos, nos traslada a donde nunca estaremos.
Este es el tiempo, me contestaréis, de corregir las malas inclinaciones
del hombre; en la edad de la infancia, en que menos se sienten las penas,
conviene multiplicarlas para evitárselas en la de la razón. Pero, ¿quién os
dijo, que estuviese en vuestra mano ese arreglo, y que todas esas bellísimas
instrucciones con que abrumáis el entendimiento de un niño no le hayan de ser
un día más perjudiciales que provechosas? ¿Quién os dijo que le evitabais
pesares con los que ahora le causáis? ¿Por qué hacéis mayores daños de los
que su estado permite, sin estar ciertos de que sus males presentes le servirán
de alivio para los venideros? ¿Cómo me probaréis que esas malas inclinaciones
de que queréis curarle no son debidas mucho más a vuestros mal entendidos
afanes que a la naturaleza? ¡Desventurada previsión, que hace hoy miserable a
un ser con la bien o mal fundada esperanza de hacerle un día feliz! Y si estos
razonadores vulgares confunden la licencia con la libertad, y él niño que
hacen feliz con el mimado, enseñémosles que los distingan.
Para no correr en pos de quimeras, no nos olvidemos tampoco de lo que
conviene a nuestra condición. La humanidad tiene su lugar en el orden de las
cosas, y el niño el suyo en el orden de la vida humana; es necesario considerar
al hombre en el hombre y al niño en el niño. Todo cuanto para su bien podemos
hacer es señalar a cada uno su lugar, colocarle en él y coordinar las pasiones
humanas según la constitución del hombre: lo demás pende de causas extrañas
que no están en nuestra mano. No sabemos qué cosa sea dicha o desdicha
absoluta; todo está mezclado en esta vida; ningún sentimiento tenemos puro, ni
permanecemos dos momentos en un mismo estado, que están como en continua marea
tanto los movimientos de nuestra alma como las modificaciones de nuestro cuerpo.
Comunes son de todos el bien y el mal, pero con distinta medida. El que menos
penas padece es el más feliz, y el más miserable el que menos placeres
disfruta. Siempre más pesares que alegrías; esa diferencia es común a todos.
Así en este mundo la felicidad humana no es otra cosa que un estado negativo
que ha de medirse por la menor cantidad de males que se padecen.
Todo sentimiento doloroso es inseparable del deseo, de eximirse de él;
toda idea de placer lo es del de disfrutarle; todo deseo supone privación, y
todas la privaciones que sentimos son penosas; así nuestra miseria consiste en
que no están nuestros deseos en proporción de igualdad con nuestras
facultades. La persona cuyas facultades estuviesen al nivel de sus deseos, sería
completamente feliz.
Pues ¿en qué consiste la sabiduría humana o la senda de la verdadera
felicidad? No precisamente en disminuir nuestros deseos, porque si a nuestro
poder no alcanzasen, permanecería inerte parte de nuestras facultades y no
gozaríamos todo nuestra ser; ni tampoco en dar ensanche a nuestras facultades,
porque si a la par crecieran nuestros deseos, más que ellas, nos tornaríamos más
infelices; pero, sí en disminuir el exceso de los deseos sobre las facultades,
y en procurar reducir a perfecta igualdad la voluntad con el poder. Sólo en
este caso hallándose en acción todas nuestras fuerzas, permanecerá sereno el
ánimo, y se encontrará el hombre bien ordenado. Así lo ha instituido desde luego la
naturaleza que todo lo encamina a lo mejor, y que no le da inmediatamente más
deseos que los necesarios para su conservación y las facultades que bastan para
satisfacerlos; todas las demás las ha puesto como de reserva en lo interior del
alma, para que cuando fuere necesario se vayan desenvolviendo. Sólo en este
estado primitivo se encuentra el equilibrio del deseo y la posibilidad de
satisfacerle, y no es infeliz el hombre. Al ponerse en acción sus facultades
virtuales, se despierta y las precede la imaginación, que es la más activa de
todas. Ella es la que nos marca la medida de las cosas posibles, así en lo
bueno como en lo malo, y por consiguiente la que excita los deseos y les da pábulo
con la esperanza de contentarlos. Mas el objeto, que al principio parecía al
alcance de la mano, huye con una velocidad que no podemos seguir; y cuando
creernos cogerle se trasforma y se presenta a mucha distancia de nosotros. Como
hemos perdido de vista el terreno andado, en nada lo estimamos, y se agranda y
dilata sin cesar el que nos queda por andar. De este modo quedamos rendidos
antes de llegar al término; y cuanto más corremos tras la felicidad, más se
aparta de nosotros.
Por el contrario, cuanto más inmediato a su natural condición se ha
quedado el hombre, menor es la diferencia de sus facultades y deseos, y por
consiguiente está menos distante de ser feliz. Nunca es menos miserable que
cuando parece privado de todo por que no se cifra la miseria en la privación de
las cosas, sino en la necesidad que se siente de ellas.
El mundo real tiene límites, el imaginario es infinito; no pudiendo dar
ensanche al uno, estrechemos el otro, porque solamente de su diferencia nacen
todas las penas que nos hacen infelices en realidad. Exceptúense la fuerza, la
salud y el buen testimonio de sí propio; todos los demás bienes de la vida
consisten en la opinión: exceptúense los dolores corporales y los
remordimientos de conciencia; los otros males son todos imaginarios. Dirán que
es común este principio, lo confieso; pero no es común su aplicación práctica,
,y aquí únicamente se trata de ella. ¿Qué quiere significarse cuando se dice
que el hombre es débil? La palabra debilidad indica una condición, una
cualidad del ser a que se aplica, aunque sea un insecto, un gusano, es un ser
fuerte; aquel cuyas necesidades exceden a su fuerza, sea un león, un elefante,
un conquistador, un héroe, aunque sea, un dios, es un ser débil. El ángel
rebelde que desconoció su naturaleza, era más débil que el venturoso mortal
que vive en paz conforme a la suya. Cuando se contenta el hombre con ser lo que
es, es muy fuerte, y muy flaco cuando se quiere encumbrar a más altura que la
de su humanidad. No os figuréis que explayando vuestras facultades se dilatan
vuestras fuerzas; por el contrario, disminuyen si vuestra soberbia se extiende más
que ellas. Midamos el radio de nuestra esfera y permanezcamos en el centro, como
el insecto en medio de su tela; siempre nos bastaremos para nosotros mismos y no
tendremos que lamentar nuestra flaqueza, porque nunca la sentiremos.
Todos los animales tienen justamente las facultades necesarias para
conservarse: el hombre sólo las posee superfluas. ¿No es de extrañar que sea
este superfluo el instrumento de su miseria? En todo país valen más los brazos
de un hombre que su subsistencia. Si tuviera el suficiente juicio para
despreciar este sobrante, siempre tendría lo necesario, porque nunca tendría
de más. De las necesidades grandes, decía Favorino, nacen grandes bienes, y a
veces el modo mejor de adquirir las cosas que nos faltan es privarnos de las que
poseemos27
a
fuerza de esforzarnos por aumentar nuestra felicidad, la convertimos en miseria.
El hombre que no quisiera otra cosa más que vivir, viviría feliz; por
consiguiente sería bueno, porque ¿que utilidad sacarla de ser malo? Si fuéramos inmortales, seríamos unos
seres muy miserables. Duro es el morir, sin duda; pero es muy suave el esperar
que no siempre viviremos y que las penalidades de esta vida ha de terminarlas
otra mejor. Si nos ofrecieran la inmortalidad en la tierra ¿habría quien
quisiese admitir tan triste dádiva28? ¿Qué remedio, qué esperanza, qué
consuelo nos quedaría contra los rigores de la suerte y contra las injusticias
de los hombres? El ignorante que nada prevé, aprecia en poco el valor de la
vida y no le asusta perderla; el hombre ilustrado ve bienes de mayor precio que
prefiere a ella. Sólo una mediana ciencia y una sabiduría falsa, prolongando
nuestras miras hasta la muerte, y no más allá, nos la hacen contemplar como el
peor de los males. Para el sabio, la necesidad de morir no es más que un motivo
para sufrir las penas de la vida; y si no estuviéramos ciertos de perderla un día,
se nos haría muy penoso el conservarla.
Todos nuestros males morales consisten en la opinión, excepto uno solo,
que es el delito; y este pende de nosotros; nuestros males físicos o se
destruyen o nos destruyen; nuestros remedios son el tiempo o la muerte. Pero
padecemos tanto más cuanto menos sabemos padecer, y tenemos más afán por
sanar de nuestras dolencias que el que necesitaríamos para tolerarlas. Vive según
la naturaleza, sé sufrido y despide a los médicos; no evitarás la muerte,
pero no la sentirás más que una vez, mientras que con frecuencia ellos la
presentan a tu imaginación perturbada, y en vez de dilatar tus días, te priva
su arte engañador de que los goces. Siempre preguntaré en qué ha sido
provechoso este arte para los hombres. Verdad es que morirían algunos de los
que cura; pero quedarían con vida millones que mata. ¡Hombre sensato, no
pongas a un juego en que tantas probabilidades tienes contra ti! ¡Padece, muere
o sana; pero sobre todo, vive hasta tu última hora!
Todo es contradicción y locura en las instituciones humanas, más nos
esforzamos por conservar la vida, cuanto menos valor va teniendo. Más temen
perderla los viejos que los jóvenes; aquellos no quieren que se inutilicen los
preparativos que han hecho para gozarla; cruel cosa es morir a los sesenta años
sin haber empezado a vivir. Creemos que el hombre tiene un amor muy grande a su
conservación, y es así; pero no conocemos que este amor; como nosotros le
sentimos, es debido en gran parte a los hombres. El hombre, naturalmente, sólo
se afana por conservarse, mientras tiene en su mano los medios para ello; cuando
éstos le faltan, se resigna y muere sin apenarse inútilmente. De la naturaleza
nos viene la primera ley de la resignación; los salvajes, como los brutos, se
agitan poquísimo contra la muerte, y expiran casi sin quejarse. Destruida esta
ley, se forma otra que dicta la razón; mas pocos saben sacarla de ella, y esta
resignación artificial nunca es tan total y completa como la primera.
La previsión, la previsión que sin cesar nos saca de nuestros limites,
y con frecuencia nos coloca a donde nunca llegaremos, ese es el verdadero
manantial de todas nuestras miserias. ¡Qué manía en un ser tan efímero como
el hombre, la de tener siempre fija la vista en un porvenir lejano que rara vez
llega, y descuidar lo presente, que es lo cierto! Manía tanto más funesta
cuanto que con la edad crece sin cesar, y los viejos, siempre desconfiados,
cautos u avaros, más quieren negarse hoy lo necesario, que carecer de lo
superfluo dentro de cien años. Así todo nos ata, a todo nos agarramos: a cada
uno de nosotros le importan los tiempos, los lugares, los hombres, las cosas,
todo cuanto hay, todo cuanto ha de haber; y nuestros individuo no es más que la
menor parte de nosotros mismos. Se extiende uno, digámoslo así, por toda la
redondez de la tierra, y se hace sensible en toda su dilatada superficie. ¿Qué
extraño es que se multipliquen nuestros males en todos los puntos en que pueden
herirnos? ¡Cuántos príncipes se desconsuelan por la pérdida de un país que
nunca vieron! ¡a cuántos negociantes hasta con tocarlos en las Indias para que
alcen el grito en París29? ¿Es la naturaleza la que por este medio
lleva a los hombres tan lejos de sí mismos? ¿Es ella a que quiere que sepa
cada uno su suerte de los demás, y algunas veces que sea el último en saberla;
de modo que ha habido hombre que murió feliz o infeliz, sin llegarlo a saber?
Veo a un hombre colorado, alegre, robusto, sano; anuncian sus ojos el contento,
la satisfacción y trae consigo la imagen de la dicha. Llega una carta del
correo; la mira el hombre feliz; es para él; la abre y la lee. Al instante muda
de ademán, pierde el color y cae desmayado. Vuelto en sí, llora, se agita, solloza,
se arranca los cabellos, el aire resuena con sus clamores, parece acometido de
horrorosas convulsiones. ¡Loco! ¿Qué daño te ha hecho ese papel? ¿Qué
miembro te ha roto? ¿Qué delito te ha hecho en ti, para que te pongas en ese
estado?
Si la carta se hubiera perdido, si una mano caritativa la hubiera
arrojado al fuego, me parece que hubiera sido un problema extraño la suerte de
este mortal, dichoso y desdichado a un tiempo. Dirán que su desdicha era real.
Enhorabuena; pero no la sentía. Pues ¿a dónde estaba? Su felicidad era
imaginaria. Comprendo; la salud, la alegría, la serenidad, el contento de ánimo,
no son otra cosa que visiones. Nosotros no existimos ya dónde estamos, que
existimos donde no estamos. ¿Merece la pena de temerse tanto la muerte, siempre
que no muera aquello en que vivimos 30? ¡Hombre! Encierra tu existencia dentro de y no serás desgraciado. Permanece en el lugar que te señaló la naturaleza en la cadena de los seres, nada te podrá forzar a que salgas de él; no des coces contra el duro aguijón de la necesidad, y no apures en resistirme unas fuerzas que no te dispensó el cielo para ensanchar o prolongar tu existencia, sino para conservarla como y mientras él quisiese. Tu poderío y tu libertad alcanzan hasta donde rayan tus fuerzas naturales, no más allá: todo lo demás es mera esclavitud, ilusión, apariencia. Hasta la dominación es vil cuando se funda en la opinión, porque pende de las preocupaciones. Para conducirlos a tu albedrío, es menester que te conduzcas por el suyo; si mudan ellas de modo de pensar, fuerza será que mudes tú de modo de obrar. A los que se acercan a ti, les basta saber gobernar las opiniones del pueblo que crees tú que gobiernas, o de los privados que te gobiernan, a ti, o las de tu familia, o las tuyas propias; esos visires, esos cortesanos, esos sacerdotes, eso soldados, esos criados, y hasta los niños, aunque tuvieras el superior ingenio de Temístocles31, te van a llevar, como si fueras tú también una criatura, en mitad de tus legiones. Hagas lo que quieras, nunca excederá tu autoridad real, de tus facultades reales. Así que es necesario ver por ojos ajenos y querer por voluntad ajena. Mis pueblos son mis vasallos, dices ufano. Está bien. Pero, ¿tú qué eres? Vasallo de tus ministros. Y tus ministros, ¿qué son? Vasallos de tus secretarios, de sus damas, criados de sus criados. Tomadlo todo, usurpadlo todo, desparramad luego el dinero a manos llenas levantad baterías de cañones, alzad horcas, encended hogueras, promulgad leyes, edictos, multiplicad los espías, los soldados, los verdugos, las cárceles, las cadenas. ¡Pobres hombrecillos! ¿Qué vale todo eso? Ni seréis mejor servidos, ni menos robados, ni menos engañados, ni más absolutos. Siempre repetiréis, queremos y haréis siempre lo que otros quieran.
El único que hace su voluntad es el que para hacerla no necesita de
auxilio ajeno; de donde se infiere que el más apreciable de los bienes no es la
autoridad, sino la libertad. El hombre verdaderamente libre sólo quiere, lo que
puede y hace lo que le conviene.
Esta es mi máxima fundamental; trato de aplicarla a la infancia y
veremos derivarse de ella todas las reglas de educación.
No solamente ha hecho la sociedad más débil al hombre, quitándole el
derecho que tenía en sus propias fuerzas, sino más especialmente haciendo que
sean esas insuficientes; por eso sus deseos se multiplican con su flaqueza; y
ego es lo que constituye la de la infancia, comparada con la edad adulta. Si el
hombre es un ser fuerte, y el niño uno débil, no es porque tenga aquél más
fuerza absoluta que éste, sino porque naturalmente puede el primero bastarse a
sí propio, y el segundo no. Así el hombre debe tener más voluntades, el niño
más voluntariedades, y por voluntariedad entiendo yo todos aquellos deseos que
no son verdaderas necesidades y que sólo pueden satisfacerse con auxilio ajeno.
Ya he dicho cual era razón de este estado de flaquezas la naturaleza la
ha remediado con el cariño de los padres y las madres; pero este cariño puede
tener su exceso y su defecto y sus abusos. Los padres que viven en el estado
civil, colocan en él a su hijo antes de tiempo, y aumentando sus necesidades,
acrecientan, su flaqueza en vez de disminuirla. También la aumentan exigiendo
de él lo que no exigía la naturaleza, sujetando a la voluntad de los padres la
poca fuerza que el niño tiene para hacer la suya propia, y convirtiendo por una
parte y otra en esclavitud la reciproca dependencia en que les retiene a él su.
flaqueza y a ellos su cariño.
El sabio conoce que debe permanecer en su puesto; pero el niño que no
sabe cuál es el suyo, no se puede mantener en él. En nuestros países halla
mil maneras de salirse de su sitio, y no es fácil tarea para los que le
gobiernan el retenerle. No debe ser bruto, ni hombre, sino niño; es necesario
que reconozca su flaqueza, no que padezca por ella; que dependa, no que
obedezca; que pida, no que mande. Sólo a causa de sus necesidades está sujeto
a los demás, porque éstos ven mejor que él lo que le conviene, lo que a su
conservación puede contribuir o perjudicar. Nadie, ni aun su padre tiene
derecho para mandar a un niño lo que no pueda serle de algún provecho. Antes que las preocupaciones y las leyes sociales alteren nuestra inclinación natural, consiste la felicidad, así de los niños, como de los hombres, en el uso de su libertad; pero está en los primeros limitada por su debilidad. Aquel que hace lo que quiere es feliz si se basta a sí propio, que es el caso del hombre que vive en el estado libertad aparente semejante a la que en el estado social disfrutan los hombres. No pudiendo cada uno de nosotros vivir sin los demás, se torna otra vez miserable y débil. Fuimos criados para ser hombres; las leyes y la sociedad nos han vuelto a sumir en la infancia. Los ricos, los. grandes, los reyes, todos son unos niños que viendo con cuánto anhelo alivian su miseria, por esto mismo se envanecen y viven ufanos de la solicitud que no tendrían con ellos si fueran hombres formados.
Importantes son estas consideraciones, y sirven para resolver todas las
contradicciones del sistema social. Hay dos especies de dependencias: la de las
cosas, que nace de la naturaleza; y la de los hombres, que se debe a la
sociedad. Como la dependencia de las cosas carece de toda moralidad, no
perjudica a la libertad ni engendra vicios; y como la de los hombres es
desordenada32,
los engendra todos, y por su causa se depravan recíprocamente el amo y el
criado. Si algún medio hay de remediar esta dolencia de la sociedad, es el
sustituir la ley al hombre y en armar las voluntades generales con una fuerza
real, mayor que la acción de toda voluntad particular. Si fuera posible que las
leyes de las naciones tuvieran, como las de la naturaleza, una inflexibilidad
que no pudiera vencer fuerza ninguna humana, tornaría la dependencia de los
hombres a ser la de las cosas; en la república se reunirían todos los
beneficios del estado, natural con los del civil, y a la libertad que mantiene
al hombre exento de vicios, se agregaría la moralidad que le encumbra a la
virtud. Mantened al niño en la única dependencia
de las cosas y así habréis seguido el orden de la naturaleza en los progresos
de la educación. Nunca presentéis a sus indiscretas voluntariedades obstáculos
que no sean físicos, ni castigos que no procedan de sus mismas acciones; sin
prohibirle que haga daño, basta con estorbárselo. En vez de los preceptos de
la ley, no debe seguir más que las lecciones de la experiencia o de la
impotencia. Nada otorguéis a sus deseos porque lo pida, sino porque lo
necesite; ni sepa, cuando obra él, qué cosa es obediencia, ni cuando por él
obran, qué cosa es imperio. Reconozca igualmente su libertad en sus acciones
que en las vuestras. Suplid la fuerza que le falta, justamente cuanto fuere,
necesario para que sea libre, no imperioso; y aspire, recibiendo vuestros
servicios hechos con cierto género de desdén, a que llegue el tiempo que pueda
no necesitarlos y tenga la honra de servirse a sí propio.
Tiene la naturaleza para fortalecer el cuerpo, y hacer que crezca, medios
que nunca deben ser contrariados. No se ha de obligar al niño a que esté
quieto cuando quiere andar, ni a que ande cuando quiera estar quieto. Si por
culpa nuestra no se ha estragado la voluntad de los niños, nada quieren sin
motivo.
Menester es que salten, corran y griten cuando quieran; todos sus
movimientos son necesidades de su constitución que procura fortalecerse; pero
debemos desconfiar de lo que desean, sin poderlo ejecutar por sí propios y, que
han de hacer otros por ellos: entonces se ha de distinguir escrupulosamente la
verdadera necesidad, la necesidad natural, de la del antojo que empieza a nacer,
o de la que sólo procede de la superabundancia de vida de que ya hablé
anteriormente.
Ya he dicho lo que ha de hacerse cuando llora un niño para conseguir
alguna cosa: sólo añadiré que así que puede pedir con palabras lo que desea,
y para que se lo den más pronto o para vencer una negativa apoya con llantos su
solicitud, se le debe negar irremisiblemente. Si la necesidad le ha hecho que
hable, debéis conocerlo y al instante hacer lo que pide; pero ceder algo a sus
lágrimas es excitarle a que las vierta, enseñarle a que dude de vuestra buena
voluntad y a que crea que más puede en vosotros la importunidad que la
benevolencia. Si cree que sois débil, será en breve terco; así conviene
otorgar siempre a la primera señal lo que no se le quiere negar. Sed pareo en
vuestras negativas, pero nunca las revoquéis.
Guardaos con especialidad de enseñar al niño vanas fórmulas de cortesía,
que cuando sea necesario le sirvan de palabras mágicas para sujetar a su
voluntad a todos cuantos le rodean y conseguir al instante lo que le acomode. En
la etiquetera educación de los ricos no se omite nunca el hacerlos cortésmente
imperiosos, prescribiéndoles los términos que han de usar para que nadie se
atreva a resistirles; no usan el tono ni las locuciones de quien pide; tanto o más
arrogantes cuando ruegan que cuando mandan, porque están más ciertos de que
les obedecerán. Al punto se conoce que al decir ellos, hágame usted el favor,
significa me da gana; y suplico a usted es igual a mando a usted! Cortesía
admirable que muda el significado de las palabras, y con la que no se puede
hablar, como no sea en estilo imperativo. Yo, que menos temo que Emilio sea
descortés que arrogante, más quiero que pida rogando, haz esto, que mandado,
te ruego; lo que me importa no es el término de que se vale, sino la
significación que le da.
Un exceso hay de rigor y otro de indulgencia; ambos se han de evitar de
igual manera. Si dejáis que padezcan los niños, aventuráis su salud y vida y
los hacéis miserables al presente; si los preserváis con sobrado esmero de
todo género de disgustos, les preparáis grandes miserias, los hacéis
delicados, sobrado sensibles; los sacáis del estado de hombres, al cual, a
despecho vuestro, volverán un día. Por no exponerlos a algunos males de la
naturaleza, les causáis otros que ésta no les ha dado. Me diréis que incurro en el caso de
aquellos malos padres a quienes afeaba que sacrificasen la felicidad de sus
hijos a la consideración de un tiempo remoto, que puede no venir nunca. No es
así; porque la libertad que doy a mi alumno le resarce con usura de las leves
incomodidades a que dejo que se exponga. Veo a unos tunantillos jugando con la
nieve, cárdenos, arrecidos y que apenas pueden menear los dedos; en su mano está
el irse a calentar, y no lo hacen; si los obligasen a ello cien veces más
sentirían el rigor del mandato, que sienten el del frío. ¿Pues de qué os
quejáis? ¿Hago miserable a vuestro hijo, no exponiéndole a otras
incomodidades que las que él quiere padecer? Le hago feliz en el instante
actual dejándole libre y le preparo a que lo sea en lo venidero armándole
contra los males que debe sufrir. Si le diesen a escoger entre ser alumno
vuestro o mío, ¿pensáis que vacilase un instante?
¿Se concibe que un ser pueda gozar alguna dicha verdadera fuera de su
constitución? ¿No es sacar de ella a un hombre, querer eximirle absolutamente
de todos los males de su especie? Si; yo sostengo que para sentir los bienes
grandes, es necesario que conozca los males leves: esa es su naturaleza. Si lo físico
va demasiado bien, se corrompe lo moral. Quien no conociese el dolor, no
conocerla la ternura de la humanidad, ni la suavidad de la conmiseración; nada
le moverla; no sería sociable, sería un monstruo entre sus semejantes.
¿Sabéis cuál es, el medio más seguro de hacer miserable a vuestro
hijo? Acostumbrarle a conseguirlo todo, porque como crecen sin cesar sus deseos
con la facilidad de satisfacerlos, tarde o temprano os precisará la impotencia,
mal que os pese, a venir a una negativa; y no estando acostumbrado, ésta le
causará más sufrimiento que la privación de lo mismo que desea. Primero querrá
el bastón que lleváis, luego pedirá vuestro reloj, después el pájaro que
vuela, la estrella que ve brillar; en fin, todo cuanto vea; y a menos de ser
Dios, ¿cómo le habéis de contentar? El hombre tiene una predisposición
natural a mirar como suyo todo cuanto está en su poder. En este sentido es
verdadero, hasta cierto punto, el principio de Hobbes; multiplíquense con
nuestros deseos los medios de satisfacerlos, y cada uno se hará dueño de todo.
Así, el niño a quien basta con querer para alcanzar, se cree árbitro del
universo, mira como esclavos suyos a todos los hombres, y cuando al fin se ven
en la precisión de negarle algo, él, que cree que todo es posible cuando da órdenes,
contempla esta negativa como un acto de rebelión; como se halla en una edad
incapaz de racionar, todas las razones que se le dan son meros pretextos; en
todo ve mala voluntad; y exasperada su índole con la idea de una pretendida
injusticia, toma odio a todo el mundo, y sin agradecer nunca la condescendencia,
se indigna contra toda oposición.
¿Cómo pensaré yo que un niño poseído así de la rabia, y devorado de
las más irascibles pasiones, pueda ser nunca feliz? ¡Feliz él! Es un déspota;
es, a la par, el más vil de los esclavos y la más miserable de las criaturas.
Niños he visto educados de esta manera que querían que de un empujón fuera
derribada una casa, que les dieran la veleta que ha en lo alto de una torre, que
parasen la marcha de un regimiento para oír más tiempo los tambores y que
atronaban el aire con sus gritos, sin querer escuchar a nadie, así que tardaban
en complacerles. En vano se esforzaban todos en contentarles, irritándose sus
deseos con la facilidad de alcanzarlos; se empeñaban en cosas imposibles, y en
todas partes sólo hallaban contradicciones, estorbos, penas y dolor. Riñendo
siempre, siempre rabiando, siempre revoltosos, se les iba el día en gritar y
lamentarse. ¿Eran unos seres venturosos? Reunidas la debilidad y la dominación,
sólo engendran miseria y locura. De dos criaturas mimadas la una golpea la mesa
y la otra manda azotar al mar; mucho tendrán que golpear y que azotar antes de
vivir contentos.
Si estas ideas de dominio y de tiranía les hacen desgraciados desde su
infancia, ¿qué será cuando lleguen a mayores y empiecen a dilatarse y
multiplicarse sus relaciones con los demás hombres? Acostumbrados a ver que
todo cede en su presencia, ¡cuánto extrañan, al entrar en el mundo, ver que
todo se les resiste, y hallarse estrujados con el peso de este universo que
pensaban mover a su antojo!
Sus insolentes ademanes, su pueril vanidad, sólo les acarrean
mortificaciones, desdenes y escarnios; beben agravios como agua; pruebas crueles
les enseñan bien pronto que no conocen su estado ni sus fuerzas; no pudiéndolo
todo, creen que nada pueden. Tanto desusado estorbo los desalienta; tantos
desprecios los envilecen; se vuelven cobardes, medrosos, soeces y tanto caen por
bajo de sí mismos cuanto por encima se levantaron antes.
Volvamos a la primitiva regla. La naturaleza formó a los niños para que
fuesen amados y socorridos; pero ¿los formó acaso para que los acatasen y
temiesen? ¿Les dio el ademán imponente, el mirar severo, la voz áspera y
amenazadora para que infundieran miedo? Bien comprendo que el rugido de un león
espante a los animales, y que tiemblan al ver su terrible melena; pero si hay
algún espectáculo indigno, ridículo y odioso a la vez, es el que presenta un
cuerpo de magistrados, con su jefe a la cabeza, en traje de ceremonia, postrados
ante un niño en mantillas, perorándole en pomposos periodos, y él, en
respuesta, llorando y babeando.
Considerando la infancia en si misma, ¿hay en el orbe un ser más flaco,
más miserable, más a merced de cuanto le rodea, que más necesite piedad,
solicitud y amparo, que un niño? ¿ No parece que si tiene tan agradable
semblante, y tan cariñoso ademán, es sólo para que todo cuanto a él se
acerque tome parte en su debilidad y anhele por socorrerle? ¿Pues qué cosa hay
más repugnante, más contraria al orden, que ver a un niño imperioso y de mala
condición, dar órdenes a todos cuantos le cercan y tomar con descaro el tono
de amo para aquellos a quienes basta abandonarle para que él perezca?
Por otra parte, ¿quién no ve que la debilidad de la edad primera
encadena a los niños de tantas maneras, que es inhumanidad añadir a esta
sujeción la de nuestros caprichos, privándole de una libertad tan limitada, de
que tan poco puede abusar y de que tan inútil es para él como para nosotros
privarle? Si no hay objeto que sea tan digno de mofa como un niño altanero,
tampoco lo hay que tanta lástima merezca como un niño medroso. Puesto que con
la edad de razón empieza la servidumbre civil, para qué es hacer que a ella
preceda la servidumbre privada? Consintamos que haya un instante en la vida
exento de este yugo que no nos impuso la naturaleza, y dejemos a la infancia el
uso de la libertad natural que, a lo menos por algún tiempo, la desvía de los
vicios que se adquieren en la esclavitud. Vengan esos institutores severos, esos
padres esclavos de sus hijos; vengan unos y otros con sus frívolas objeciones,
y antes de alabar sus métodos, escuchen y aprendan el de la naturaleza.
Vuelvo a la práctica. Ya he dicho que nada debe conseguir vuestro hijo
porque lo pide, sino porque lo necesita33, y que no debe hacer nada por obediencia,
sino sólo por necesidad; de suerte que las voces obedecer y mandar se
proscribirán de su diccionario, y más todavía las de obligación y deber;
pero las de fuerza, necesidad, impotencia y precisión, deben ocupar mucho
lugar. Antes de la edad de razón no es posible tener idea ninguna de los seres
morales, ni las relaciones sociales; por tanto se ha de evitar, cuanto fuere
posible, el uso de la voces que las expresan, no sea que el niño aplique al
punto a estas voces ideas falsas, que luego no sabremos o no podremos destruir.
La primera idea falsa que halle entrada en su cabeza, es la semilla del error y
el vicio; por tanto, es necesario poner mucha atención en este primer paso.
Haced que mientras sólo le muevan las cosas sencillas, todas sus ideas se paren
en las sensaciones; haced que por todas partes sólo el mundo físico distinga
en torno suyo; de lo contrario, estad cierto de que no os prestará oído, o que
tendrá del mundo moral de que le habláis, nociones fantásticas que no podréis
borrar jamás.
Discutir con los niños era la máxima fundamental de Locke, y hoy es la
más usada; pero me parece que no es el fruto que de ella se saca lo que debe
hacerla muy apreciable, y yo, por mi, no veo cosa más tonta que esos niños con
quienes tanto han discurrido. Entre todas las facultades del hombre, la razón,
que, por decirlo así, es un compuesto de todas las demás, es la que con más
dificultad y lentitud se desenvuelve; ¡y de ella se quieren valer para
desenvolver las primeras! La obra maestra de una buena educación es formar un
hombre racional; ¡y pretenden educar a un niño por la razón! Eso es empezar
por el fin, y querer que la obra sea el instrumento. Sí los niños escuchasen
la razón, no necesitarían que los educaran; pero con hablarles desde su edad más
tierna una lengua que no entienden, los acostumbran a contentarse con palabras,
a censurar todo cuanto les dicen, a tenerse por tan sabios como sus maestros, a
hacerse argumentadores y revoltosos; y todo cuanto piensan alcanzar de ellos por
motivos de razón, nunca lo alcanzan sino, por los de codicia, miedo o vanidad,
que siempre hay precisión de juntar con ellos.
He aquí la fórmula a que poco más o menos se pueden reducir todas las
lecciones de moral que se dan y pueden darse a los niños : EL MAESTRO No se debe hacer eso. EL NIÑO ¿Y por qué no se debe hacer? EL MAESTRO Porque está mal hecho. EL NIÑO ¡Mal hecho! ¿ Qué está mal hecho? EL MAESTRO Lo que te prohíben. EL NIÑO ¿Y por qué es malo hacer lo que me prohíben? EL MAESTRO Te castigarán por no haber obedecido. EL NIÑO Yo lo haré de manera que no lo sepan. EL MAESTRO Te acecharán. EL NIÑO Me esconderé. EL MAESTRO Te lo preguntarán. EL NIÑO Mentiré EL MAESTRO No se debe mentir. EL NIÑO ¿ Por qué no se debe mentir? EL MAESTRO Porque está mal hecho, etc.
Este círculo es inevitable: salid de él, y no os entiende el niño. ¿No
son utilísimas estas instrucciones? Mucho celebrarla saber con qué se puede
sustituir este diálogo; el mismo Locke se hubiera visto apurado. Conocer el
bien y el mal, penetrarse de la razón de las obligaciones humanas, no es cosa
de niños.
La naturaleza quiere que los niños sean tales antes de llegar a hombres.
Si queremos invertir este orden, produciremos frutos precoces que no tendrán
madurez ni gusto y que se pudrirán muy presto; tendremos doctores muchachos y
viejos niños. Tiene la infancia modos de ver, pensar y sentir, que le son
peculiares; no hay mayor desatino que querer imponerles los nuestros; tanto
equivale exigir que tenga un niño dos varas de alto, como razón a los diez años.
Y efectivamente ¿de qué le serviría a esa edad? La razón es el freno de la
fuerza y el niño no necesita ese freno.
Tratando de inculcar a vuestros alumnos la idea de obediencia, a esta
pretendida persuasión unís las amenazas y la fuerza, o lo que es peor, las
promesas y los halagos; de suerte que, movidos del cebo del interés, o del
apremio de la fuerza, fingen que los ha convencido la razón. Bien conocen que
les trae utilidad la obediencia y detrimento la rebeldía, así que tienen
conocimiento de una o de otra; pero como todo, cuanto les mandáis, es enfadoso
para ellos, y siendo por otra parte cosa penosa ejecutar la voluntad ajena, se
esconden para hacer la suya, convencidos de que obran bien si queda oculta su
inobediencia, pero resueltos a confesar el mal, si los descubren, por temor de
otro más grave. Como la razón del deber excede los alcances de esta edad,
nadie hay en el mando que se la pueda hacer verdaderamente palpable; pero el
temor del castigo, la esperanza del perdón, la importunidad, el aturdimiento en
las respuestas, les sacan todas las confesiones que les piden, y creen que los
han convencido, cuando no han hecho más que intimidarlos o fastidiarlos. ¿Qué resulta de esto? Primeramente, que
imponiéndoles una obligación de que no están convencidos, los exasperáis
contra vuestra tiranía y los retraéis de que os tengan cariño; que los enseñáis
a que se hagan disimulados, falsos, embusteros, para sonsacar recompensas o
evitar castigos, y, finalmente, que acostumbrándolos a encubrir siempre con un
motivo aparente otro secreto, vosotros mismos les franqueáis medios para que
sin usar os engañen, os impidan que conozcáis su verdadero carácter y os
satisfagan con palabras vanas cuando se presente la ocasión. Las leyes, me diréis,
aunque obligatorias para la conciencia, usan también de apremio con los
adultos. Convengo en ello. Pero esos hombres, ¿qué son sino unos niños
estragados par la educación? Esto justamente es lo que se ha de precaver.
Valeos de la fuerza con los niños y de la razón con los hombres; ese es el
orden natural: el sabio no necesita leyes. Tratad a vuestro alumno conforme a su
edad; ponedle desde luego en, supuesto, y retenedle en él de manera que no haga
tentativas para dejarlo. Entonces será práctico en la lección más importante
de la sabiduría, antes de saber lo que es ésta. No le mandéis nunca nada de
cuanto, hay en el mundo, absolutamente nada, ni dejéis que imagine siquiera que
pretendéis tener sobre él autoridad ninguna; sólo, sí, sepa que es débil y
vos sois fuerte: que por su estado y el vuestro os está necesariamente
supeditado; sépalo, apréndalo y siéntalo; sienta cuanto antes sobre su altiva
cabeza el duro yugo de la necesidad, bajo el cual es fuerza que todo ser finito
se rinda; vea necesidad en las cosas, y nunca en el capricho de los hombres34;
sea el freno que le contenga, la fuerza y no la autoridad. No le prohibáis las
cosas de que deba abstenerse, estorbadle que las haga, sin explicación ni
raciocinio; lo que le concedáis, concedédselo a la primera palabra que diga,
sin importunidades, sin ruegos, y más que todo sin condiciones. Conceded con
gusto y no neguéis sin repugnancia; pero sean irrevocables todas vuestras
repulsas, no os doblegue importunidad ninguna; sea el no dicho un muro de
bronce, contra el cual, apenas haya probado el niño cinco o seis veces sus
fuerzas, ya no se empeñará en echarle por tierra. Por tal modo le haréis
sufrido, sereno, resignado, sosegado, aun cuando no haya alcanzado lo que quería
porque es natural en el hombre sufrir con paciencia, la necesidad de las cosas,
mas no la mala voluntad ajena. Estas palabras, no hay más, son una respuesta
que nunca enfadó a niño alguno, a menos que sospechase que era mentira. En
cuanto a lo demás, aquí no hay medio; es necesario o no exigir de él nada
absolutamente, o doblegarle desde el principio a la más entera obediencia. La
educación peor es dejarle que fluctúe entre su voluntad y la vuestra y que
disputéis sin cesar cuál de los dos ha de ser el amo más quisiera que lo
fuera él siempre.
Muy extraño es que desde que se ocupan los hombres en la educación de
los niños, no hayan imaginado otros instrumentos para conducirlos, que la
emulación, los celos, la envidia, la vanidad, el ansia, el miedo, todas las
pasiones más peligrosas, las que más pronto fermentan y las más capaces de
corromper al alma, aun antes de que esté formado el cuerpo a cada instrucción
precoz que quieren introducir en su cabeza, plantan un vicio en lo interior de
su corazón; institutores faltos de juicio piensan de buena fe que lo aciertan,
cuando los hacen malos por enseñarles qué cosa es la bondad; y luego nos dicen
con magistral gravedad: ese es el hombre. Sí; ese es el hombre que vosotros habéis
formado.
Se han experimentado todos los instrumentos menos uno, precisamente el único
que puede surtir efecto: la libertad bien aplicada. No conviene que se encargue
de educar un niño quien no lo sepa conducir a dondequiera, por solas las leyes
de lo posible y lo imposible. Como igualmente ignora la esfera de lo uno y lo
otro, se ensancha o se estrecha ésta en torno de él, conforme uno quiere. Con
sólo el vínculo de la necesidad, sin que él se disguste, se le encadena, se
le empuja o se le contiene; con sólo la fuerza de la cosas, se le torna dócil
y manejable, sin dar entrada al germen de vicio alguno, porque cuando ningún
efecto producen, no se animan las pasiones. No deis a vuestro alumno lecciones
verbales de ninguna especie; solamente la experiencia debe dárselas; ni le
impongáis ningún género de castigo, porque no sabe qué cosa sea cometer
culpa; ni le hagáis nunca que pida perdón, porque no puede ofenderos. Privado
de toda moralidad en sus acciones, nada puede hacer que sea moralmente malo ni
que merezca reprensión o castigo.
Ya veo al lector asustado formar juicio acerca de este niño comparándole
con los nuestros, y se engaña. La perpetua sujeción en que tenéis a vuestros
alumnos, exalta su vivacidad; cuánto más encogidos están en vuestra
presencia, más alborotados son así que se escapan, pues es preciso que se
resarzan, cuando puedan, del duro encogimiento en que los retenéis. Más
estrago causan en un lugar dos estudiantes de la ciudad, que todos los mozos del
pueblo. Encerrad a un señorito y a un lugareñito en un cuarto; el primero lo
derribará, lo romperá todo, antes que el otro se mueva de su sitio. ¿Por qué
así, si no es porque el uno se da prisa en abusar de un instante de licencia,
mientras que el otro, seguro siempre de su libertad, nunca tiene prisa para
hacer uso de ella? Y, sin embargo, los hijos de los aldeanos, que muchas veces
son objeto de contemplaciones o de violencias, todavía se hallan muy distantes
del estado en que quiero yo que se críen.
Sentemos como máxima indudable que siempre son rectos los movimientos
primeros de la naturaleza; no hay perversidad original en el pecho humano; no se
halla en él un solo vicio que no se pueda decir cómo y por dónde se
introdujo. La única pasión natural del hombre es el amor de sí mismo o el
amor propio tomado en sentido lato. Este amor propio, en si, o relativamente a
nosotros, es útil y bueno; y como no tiene relación necesaria con otro en este
respecto, es naturalmente indiferente: sólo por la aplicación que de él se
hace y las relaciones que se le dan, se torna bueno o malo. Hasta que nazca la
razón, guía del amor propio, conviene que no haga nada un niño porque le ven
o le oyen; en una palabra, nada con respecto a los demás, sino sólo lo que le
dicte la naturaleza, y entonces no hará cosa que no sea buena. No quiero decir con esto que nunca haga
estrago, que no se haga mal, que no rompa acaso un mueble rico, si lo encuentra
a mano. Pudiera hacer mucho daño sin obrar mal, porque la acción mala pende de
la intención de causar daño, y nunca tendrá tal intención. Si una vez sola
la tuviese, todo estaría ya perdido y sería mala casi sin remedio.
Hay cosas que son malas a juicio de la avaricia y no lo son
razonablemente. Dejando a los niños con entera libertad de ejercitar su
atolondramiento, conviene desviar de ellos todo cuanto pudiera hacerle costoso,
y no dejarles a la mano cosa ninguna frágil y preciosa. Adórnese su estancia
con muebles toscos y sólidos, sin espejos, porcelanas ni efectos de lujo. En
cuanto a mi Emilio, que educo en el campo, no habrá en su cuarto nada que le
distinga del de un jornalero. ¿De qué sirve adornarle con tanto esmero, cuando
tan pocos ratos debe estar en él? Pero me equivoco; él mismo le adornará, y
en breve veremos con qué.
Si no obstante vuestras precauciones, llegare el niño a incurrir en algún
desorden, a romper algún mueble, no le castiguéis por la negligencia vuestra,
no le riñáis; no oiga ni una palabra de reprensión; no le dejéis ni
columbrar siquiera que os ha dado un sentimiento; portaos exactamente como si se
hubiera roto el mueble por acaso; finalmente, creed que no habréis logrado
poco, si podéis no decirle nada.
¿Me atreveré a exponer aquí la mayor, la más importante, la más útil
regla de toda la educación? Pues no es el ganar tiempo, sino el perderle.
Lectores vulgares, perdonadme mis paradojas; preciso es tenerlas cuando se
reflexiona; y dígase lo que se quiera, vale más ser hombre de paradojas que de
preocupaciones. El intervalo más peligroso de la vida humana es desde el
nacimiento hasta la edad de doce años, que es cuando brotan los errores y los
vicios, sin que haya todavía instrumento ninguno para destruirlos; y cuando
viene el instrumento son tan hondas las raíces, que no es ya tiempo de
arrancarlas. Si llegasen los niños de un salto repentino desde el pecho de su
madre hasta la edad de la razón, pudiera convenirles la educación que les dan;
pero, según el progreso natural, es menester una en todo opuesta. Sería
necesario que no se valiesen de su alma hasta que poseyese ésta todas sus
facultades, porque es imposible que vea la antorcha que la presentáis cuando
está ciego y que la inmensa llanura de las ideas siga una senda que la razón
señala con casi imperceptibles rasgos, aun para los ojos más perspicaces.
La primera educación debe ser, pues, meramente negativa. Consiste, no en
enseñar la virtud ni la verdad, sino en preservar de vicios el corazón y de
errores el ánimo. Sí pudierais no hacer nada, ni dejar hacer nada; si
pudierais traer sano y robusto a vuestro alumno hasta la edad de doce años, sin
que supiera distinguir su mano derecha de la izquierda, desde vuestras primeras
lecciones se abrirían los ojos de su entendimiento a la razón, sin resabios ni
preocupaciones; nada habría en él que pudiera oponerse a la eficacia de
vuestros afanes. En breve se tornaría en vuestras manos el más sabio de los
hombres; y no haciendo nada al principio, haríais un portento de educación.
Haced todo lo contrario de lo que se acostumbra, y casi siempre acertaréis.
Como no quieren que el niño sea niño sino que sea doctor, los padres y los
maestros no ven la hora de enmendar, corregir, reprender, acariciar, amenazar,
prometer, instruir, hablar en razón. Haced cosa mejor, sed racional y no
raciocinéis con vuestro alumno, con especialidad para hacer que apruebe lo que
le desagrada, porque traer al retortero la razón en cosas desagradables,
concluye por hacérsela fastidiosa y desacreditarla muy pronto en un alma que
todavía no es capaz de entenderla. Ejercitad su cuerpo, sus órganos, sus
sentidos, sus fuerzas; pero mantened ociosa su alma cuanto más tiempo fuere
posible. Temed todos los afectos anteriores al juicio que los valúa. Contened,
parad las impresiones quede fuera le vengan; y por estorbar que nazca el mal, no
os apresuréis a producir el bien, porque nunca lo es cuando no le alumbra la
razón. Considerad como ventajosas todas las dilaciones, que no es alcanzar poco
el adelantar hacia el término sin perder nada; dejad que madure la infancia en
los niños. Finalmente, si se hiciere necesaria alguna lección, guardaos de dársela
hoy, si podéis dilatarla sin riesgo hasta mañana.
Otra consideración que confirma la utilidad de este método es la del
genio particular del niño, que es necesario conocer bien para saber qué régimen
moral le conviene. Cada espíritu tiene su forma peculiar, según la cual
necesita ser gobernado; y para sacar fruto de los afanes que se toman, importa
gobernarle por esta forma y no por otra. Hombre prudente, acecha por mucho
tiempo la naturaleza, observa bien a tu alumno antes que le digas una palabra,
deja que primero se manifieste con entera libertad el germen de su carácter, no
le violentes en cosa ninguna para verle mejor por completo. ¿Piensas que es
perdida para el niño esta época de libertad? Por el contrario, es la mejor
empleada, porque así aprendes tú a no perder un punto solo en tiempo más
precioso; mientras que si empiezas a obrar antes que sepas lo que es menester
hacer, obrarás a la ventura; expuesto a engañarte, tendrás que volver atrás,
y te hallarás más lejos de la meta que si te hubieras dado menos prisa a
tocarla. No hagas como el avaro, que pierde mucho por no querer perder nada.
Sacrifica en la edad primera un tiempo que volverás a ganar con usura en edad más
avanzada. El médico prudente no da con atolondramiento sus remedios desde la
primera visita, pues antes de recetar estudia el temperamento del doliente;
empieza tarde a curarle, pero le sana; mientras que el que se precipita mucho,
le mata.
Pero ¿dónde colocaremos a este niño para educarle así, como un ser
insensible, como un autómata? ¿Le colocaremos en la luna o en una isla
desierta? ¿Le apartaremos de todos los humanos?¿ No le ofrecerá continuamente
el mundo el espectáculo y el ejemplo de las pasiones? ¿No verá nunca otros niños
de su edad? ¿Nos verá a sus parientes, a sus vecinos, a su nodriza, a su ama,
a su lacayo, a su mismo ayo, que al cabo no ha de ser un ángel? Fuerte y sólida es esta objeción. Pero
¿os de dicho yo que fuese fácil empresa la de una educación natural? ¡Oh,
hombres! ¿Es culpa mía si habéis hecho dificultoso todo cuanto, es bueno?
Conozco estas dificultades, las confieso y acaso son insuperables; pero siempre
es cierto que, aplicándose a obviarlas, se remedian hasta cierto punto. Yo señalo
la meta a donde debe dirigirse la carrera; no digo que se pueda llegar a ella,
pero sí que el que más se acerque sacará más ventajas.
Acordaos de que antes de atreverse a comenzar la empresa de formar un
hombre es menester haberse uno mismo hecho hombre; y hallar en sí propio el
ejemplo que se debe proponer. Mientras que no tiene todavía conocimiento el niño,
hay tiempo para disponer todo cuanto a él se acerca, de manera que no se
presenten a sus primeras miradas otros objetos que los que le conviene ver.
Haceos respetar de todo el mundo; empezad haciéndoos querer, para que procure
cada uno complaceros. No seréis árbitro del niño, si no lo sois de todo
cuanto le rodea; y nunca será esta autoridad suficiente si no va cimentada en
la estimación de la virtud. No se trata de agotar el bolsillo y esparcir dinero
a manos llenas; nunca he visto que el dinero hiciese bien quisto a nadie. No ha
de ser uno avaro ni duro, ni ha de compadecer la miseria que puede aliviar; pero
es en balde abrir las arcas si no se abre también el corazón; el de los demás
permanecerá cerrado. Vuestro tiempo, vuestra solicitud, vuestro afecto, vos
mismo, eso es lo que habéis de dar, porque aunque hagáis más, se echa de ver
que vuestro dinero no sois vos. Prendas hay de interés y benevolencia que son más
eficaces y realmente más provechosas que todas las dádivas. ¡Cuántos
desventurados y enfermos hay que necesitan consuelos más que limosna! ¡Cuántos
oprimidos a quienes sirve de más la protección que el dinero! Poned en paz las
personas que se malquistan, precaved los pleitos, amonestad a los hijos de sus
obligaciones, a los padres, de la indulgencia; promoved matrimonios felices,
estorbad las vejaciones; usad con prodigalidad del crédito de los parientes de
vuestro alumno, amparando al débil a quien niegan justicia y que oprime el
poderoso. Declaraos firme sustento de los desdichados. Sed justo, humano, benéfico;
no hagáis solo limosnas, haced caridad; más alivian las obras de misericordia
que el dinero. Amad a los otros y os amarán; servidlos y os servirán; sed
hermano suyo y serán hijos vuestros.
Esta es otra razón porqué quiero yo educar a Emilio en el campo, lejos
de la canalla de criados, los últimos de los humanos después de sus amos;
lejos de las depravadas costumbres de las ciudades, que el pulimentado barniz
que les dan hace atractivas y contagiosas para los niños. Los vicios de los
campesinos, sin ornato y con toda su selvática rusticidad, más son para
avergonzar, que para seducir, cuando no se saca fruto de imitarlos.
En una aldea será el ayo mucho más dueño de los objetos que quiera
presentar al niño; su reputación, sus palabras, su ejemplo, tendrán una
autoridad que en la ciudad no pudieron tener; como es útil a todo el mundo,
todos anhelarán complacerle, hacerse estimar de él y presentarse al discípulo
como quisiera en efecto el maestro que fuesen; y si no se enmiendan del vicio,
se abstendrán del escándalo, que es todo cuanto necesitamos para nuestro
objeto.
No achaquéis a los demás vuestros propios yerros; menos corrompe a los
niños el mal que ven, que el que vosotros les enseñáis. Sermoneantes siempre,
moralistas siempre y siempre pedantes, por cada idea que les sugerís, creyendo
que es buena, les dais otras veinte que nada valen; llenos de lo que tenéis en
la cabeza, no veis qué efecto producís en la suya. En todo ese copioso flujo
de palabras con que sin cesar los enfadáis, ¿creéis que no haya una que
entiendan equivocadamente? ¿Pensáis que no comenten a su modo vuestras difusas
explicaciones, y no hallen materia para formar un sistema a su alcance, que,
cuando llegue el caso, sepan oponeros? Escuchad a uno de estos hombrecillos a
quienes se acaba de aleccionar; dejadle charlar, hacer preguntas, desbarrar a su
sabor y vais a asombraros del extraño giro que a vuestros raciocinios ha dado
en su cabeza; todo lo confunde, todo lo trastrueca; os impacienta y os aflige a
veces con imprevistos reparos; os fuerza a que calléis o le hagáis callar. ¿Y
qué puede pensar de este silencio de un hombre que tanto se perece por hablar?
Si una vez alcanza este triunfo, y lo conoce, adiós educación; en este punto
todo se acabó; ya no procura instruirse, procura refutaros.
Maestros celosos, sed prudentes, sencillos, circunspectos; no os deis
prisa a obrar, sino es para estorbar que otros obren; repítolo sin cesar;
diferid, si es posible, una instrucción buena por temor de dar una mala. En
esta tierra, que la naturaleza hubiera hecho el primer paraíso del hombre,
temed no hagáis el oficio del tentador, queriendo dar a la inocencia el
conocimiento del bien y el mal; no pudiendo impedir que se instruya el niño con
los ejemplos que vea, ceñid toda vuestra vigilancia a imprimir en su ánimo
estos ejemplos con la imagen que le convenga.
Las pasiones impetuosas producen gran efecto en el niño que las
presencia, porque tiene señales muy sensibles que le hacen bastante impresión
y le fuerzan a fijar la atención en ellas. Especialmente la ira es tan ruidosa
en sus arrebatos, que es imposible no conocerla en hallándose cerca. No
preguntemos si es esta una ocasión adecuada para un pedagogo de hacer un
soberbio discurso. Fuera los discursos; nada de eso, ni una palabra. Dejad
hablar al niño: atónito con la escena, dejará de haceros preguntas. La
contestación es sencilla y sacada de los mismos objetos que han hecho impresión
en sus sentidos. Ve un rostro inflamado, unos ojos que echan fuego, un ademán
amenazador; oye gritos, señales todas de que no está el cuerpo en su estado
natural. Decidle seriamente, sin afectación ni misterio: ¡Ese pobre hombre está
malo, tiene ataque de calentura! Aquí podéis aprovechar la ocasión para darle
en pocas palabras idea de las enfermedades y sus efectos; porque también son
cosa natural, y uno de los vínculos de la necesidad a que se debe reconocer
sujeto. Acaso en virtud de esta idea, que no es
falsa, contraerá desde muy niño cierta repugnancia de entregarse a los excesos
de las pasiones, que mirará como enfermedades. ¿Creéis que semejante noción,
dada a tiempo, no produzca más saludables efectos que el más fastidioso sermón
de moral? Ved ahora las consecuencias de esta noción para lo venidero: ya estáis
autorizado, si alguna vez os veis precisado a ello, a tratar a un niño rabioso
como a un niño enfermo; a tenerle a dieta, a asustarle a él mismo con sus
nacientes vicios, a hacérselos odiosos, la severidad que acaso, os veréis
precisado a usar para curarle. Y si a vos mismo os sucede en algún momento de
vivacidad salir de la frialdad y la moderación que con tanto esmero debéis
conservar, no procuréis encubrirle vuestro yerro; decidle ingenuamente como una
cariñosa queja: Amiguito, me has puesto malo.
Por lo demás, importa que todas las gracias que pueda dictar al niño la
sencillez de ideas en que está criado, nunca se anoten en su presencia ni se
citen de manera que pueda él saberlo. Una imprudente carcajada puede echar a
perder la faena de seis meses y causar un irreparable perjuicio para toda la
vida. No me cansaré de repetir bastante, que, para ser árbitro del niño, es
preciso serlo de sí propio, Me figuro a mi niño Emilio, en la fuerza de una
disputa entre dos vecinas, que se va a la más enfurecida, y la dice en tono de
compasión: Está usted mala; lo siento mucho. Ciertamente no quedará sin
efecto este arranque en los espectadores, y acaso en las actrices. Sin reírme,
sin reñirle, sin elogiarle, me le llevo de grado o por fuerza antes que pueda
reconocer este efecto, o a lo menos antes que en él piense, y, me doy prisa a
distraerle con otros objetos que muy pronto se lo hagan olvidar.
No tengo intención de detenerme en las más pequeñas circunstancias,
sino sólo sentar las máximas generales y dar ejemplos en los lances
dificultosos. Tengo por imposible que en el seno de la sociedad pueda llegar un
niño a la edad de doce años, sin que se le dé alguna idea de las relaciones
de hombre a hombre y la moralidad de las acciones humanas. Basta con esmerarse
en que no le sean necesarias estas nociones hasta lo más tarde que sea posible;
y cuando se hayan hecho inevitables, en ceñirlas a la utilidad presente, sólo
para que no se crea dueño de todo, y no haga mal a otro sin escrúpulo y sin
saberlo.
Hay caracteres blandos y pacíficos, que se pueden conducir sin peligro
hasta muy lejos en su primera inocencia; pero también hay naturales violentos
cuya ferocidad se desenvuelve muy temprano y que es necesario apresurarse a
hacerlos hombres, para no verse obligados a encadenarlos.
Nuestros primeros deberes son relativos a nosotros; nuestros primitivos
afectos se concentran en nosotros mismos, todos nuestros movimientos naturales
se refieren primero a nuestra conservación y a nuestro bienestar. El primer
sentimiento de la justicia no nos viene de la que debemos, sino de la que nos
deben; y por eso es uno de los defectos de las educaciones comunes el hablar
siempre de sus obligaciones a los niños y nunca de sus derechos, empezando por
decirles lo contrario de lo que necesitan; cosa que ni pueden entender ni les
interesa. Si tuviera, pues, que conducir a uno de
estos que acabo de suponer, diría: Un niño nunca acomete a las personas, sino
a las cosas35; y en breve le enseña la experiencia a respetará
cuantos tienen más fuerza y edad; pero las cosas no se defienden a sí mismas.
Por consiguiente, la primera idea que se le ha de dar, no tanto es la de la
libertad cuanto, la de la propiedad; y para poder tener esta idea, es menester
que tenga alguna cosa propia. Citarle sus vestidos, sus muebles, sus juguetes,
es no decirle nada, porque si bien dispone de estas cosas, no sabe por qué ni cómo
las posee. Decirle que las tiene porque se las han dado, no es adelantar nada,
porque para dar es necesario tener; luego hay una propiedad que antecedió a la
suya, y lo que se quiere explicar es el principio de la propiedad, además de
que la donación es un convenio, y no puede saber todavía el niño lo que es
convenio36. Ruégoos, lectores, que notéis en este
ejemplo y en otros cien mil, cómo atestando la cabeza de los niños de palabras
que no tienen significación ninguna a su alcance, creen sin embargo que les han
dado instrucción.
Se trata, pues, de llegar hasta el origen de la propiedad, porque de aquí
debe nacer la primera idea de ella. El niño que vive en el campo tomará alguna
noción de las faenas rústicas; para esto no se necesitan más que ojos y
espacio, y tiene uno y otro. En toda edad, y sobre todo en la suya, quiere el
hombre crear, imitar, producir, dar señales de actividad y poderío. Así que
vea dos veces cavar una huerta, sembrar, nacer, crecer las legumbres, y, a querrá
ser hortelano.
Conforme a los principios arriba establecidos, no me opongo a su deseo;
por el contrario le favorezco, tomo parte en él, trabajo con él, no por hacer
su gusto, como él cree, sino por hacer el mío; soy su mozo de huerta; en tanto
que él adquiere fuerzas, cavo yo la tierra; toma él posesión sembrando un
haba; y ciertamente, más sagrada y respetable es esta posesión que la que de
la América meridional tomó Núñez de Balboa en nombre del rey de España,
plantado su estandarte en las playas del mar del sur. Venimos a regar todos los
días las habas y las vemos nacer muy contentos. Aumento yo este júbilo diciéndole:
esto le pertenece; y explicándole entonces este término de pertenencia, le
hago conocer que ha gastado en este plantío su tiempo, su trabajo, su esfuerzo,
finalmente, su persona; que en esta tierra hay una cosa que es parte de él
mismo, y que puede reclamar contra cualquiera, como pudiera sacar su brazo de la
mano de otro hombre que se le tuviera asido contra su voluntad.
A lo mejor, llega un día corriendo con la regadera en la mano. ¡Oh,
espectáculo! ¡Oh, dolor! Todas las habas están arrancadas, toda la tierra
removida; ni aun el sitio es conocido. ¡Ah! ¿Qué se ha hecho de mi trabajo,
la obra mía, el dulce fruto de mis sudores y afanes? ¿Quién me ha robado mi
caudal? ¿ Quién me ha cogido mis habas? Este pecho nuevo se levanta en peso;
el sentimiento primero de la injusticia vierte en él su amargura acerba; corre
de sus ojos un raudal de lágrimas; sin consuelo el niño, llena el viento de
gritos y sollozos. Participo yo de su dolor y su indignación; indagamos, nos
informamos, hacemos pesquisas; al fin descubrimos que el hortelano ha cometido
el daño, y le llamamos.
Pero ahora nos hallamos muy lejos de nuestra cuenta. Sabiendo el
hortelano de lo que nos quejamos, empieza a quejarse con más violencia que
nosotros. ¡Con que ustedes, señores, son los que me han echado a perder mi
trabajo! Había sembrado yo unos melones de Malta, cuyas pepitas me las habían
dado como un tesoro; quería regalarles algunos cuando estuvieran maduros, y héteme
que por sembrar sus malditas habas, me han arrancado mis melones que ya estaban
nacidos, y que nunca conseguiré de nuevo. Me han hecho ustedes un perjuicio
irreparable y se han privado del gusto de comer melones exquisitos. JUAN-JACOBO
Dispénsenos usted, pobre Roberto; tenía usted, empleado aquí su
trabajo, sus faenas. Bien veo que hemos hecho mal en destrozar su obra; pero
mandaremos traer otras pepitas de melones de Malta, y no trabajaremos la tierra
antes de saber si ha tocado alguno a ella antes que nosotros. ROBERTO
¡Bah! ¡Si es as!, señores, bien pueden ustedes echarse a dormir,
porque ya no hay aquí tierras baldías. Yo trabajo la que benefició mi padre;
cada uno hace por su parte lo mismo y todas las tierras que ven ustedes tienen
dueño hace mucho tiempo. EMILIO
Señor Roberto, ¿con que se perderán muchas veces las pepitas de melón?
ROBERTO
Perdone usted, niño, pero no suele suceder así, porque no tenemos
muchos señoritos tan atolondrados como usted. Nadie toca al jardín de su
vecino y respeta cada uno el trabajo de los demás para que esté seguro el
suyo. EMILIO Pero yo no tengo huerta. ROBERTO
¿Qué me importa a mí? Si usted echa a perder la mía no le dejaré que
se pase por ella, porque no quiero yo perder mi trabajo. JUAN-JACOBO
¿No nos podríamos arreglar con el buen Roberto? Que nos dé a mi
amiguito y a mí un rincón de su huerta para cultivarle, a condición de que le
daremos la mitad de lo que produzca. ROBERTO
Yo se lo doy a ustedes sin condición. Pero acuérdense de que iré a
cavar sus habas si tocan a mis melones.
En este ensayo sobre el modo de inculcar a los niños las nociones
primitivas, vemos cómo naturalmente sube la idea de propiedad al derecho del
primer ocupante por el trabajo. Esto es claro, franco, sencillo y siempre al
alcance del niño. Desde aquí hasta el derecho de propiedad y las permutas, no
falta más que un paso, dado el cual no se debe seguir adelante.
También se ve que una explicación que encierro aquí en dos páginas,
será acaso negocio de un año en la práctica, porque en la carrera de las
ideas morales no es posible adelantar sin suma lentitud, ni está de más el
esmero que se ponga en afianzar cada pisada. Ruégoos, jóvenes maestros, que
reflexionéis en este ejemplo y os acordéis de que, en todo, vuestras lecciones
más deben consistir en acción que en discursos, porque con facilidad se
olvidan los niños de lo que han dicho y lo que han oído, pero no de lo que han
hecho y les ha sucedido.
Enseñanzas de esta clase deben darse, como he dicho, más pronto o más
tarde, según acelera o retarda la necesidad de ella la índole pacífica o
revoltosa del alumno; su uso es de una palpable evidencia; pero para no omitir
nada importante en las cosas dificultosas, demos todavía otro ejemplo. Vuestro niño díscolo estropea todo lo
que toca; no os enfadéis; desviar de él cuanto pueda echar a perder. ¿Rompe
los muebles de su servicio? pues no os deis prisa a darle otros; dejadle que
sienta todo el daño de la privación. ¿Rompe los vidrios de sus ventanas?
dejad que le dé el viento de día y de noche, sin curaros de sus resfriados,
que vale más que se resfríe que no que sea loco. No es quejéis nunca de las
incomodidades que os causa, pero haced de modo que sea él el primero que las
sufra. Al cabo hacéis poner los vidrios sin decir nada. ¿Los vuelve a quebrar?
pues mudad entonces de método; decidle con sequedad, pero sin enojo: las
puertas vidrieras son mías; yo las de hecho poner ahí, y quiero resguardarlas;
después le encerráis en un cuarto oscuro sin ventanas a tan extraño proceder
grita, alborota; nadie le escucha. Presto se cansa y muda de estilo; se lamenta,
solloza; preséntase un criado, y el alborotador, le ruega que le saque de allí.
Sin buscar pretextos para hacerlo, le responde el criado: ¡También yo tengo
cristales que conservar!, y se marcha. Al fin, cuando haya pasado el niño
algunas horas en su encierro, el tiempo suficiente para sufrir mucho fastidio y
que no se le olvide la lección, le sugerirá alguien la idea de que os proponga
un convenio en virtud del cual le restituyáis su libertad y no quiebre más
vidrios. No desea otra cosa; os mandará a buscar, vendréis luego, hará su
propuesta, y la admitiréis al instante diciéndole : Está muy bien pensado;
ambos ganaremos en ello; ¿por qué no te ocurrió antes esa idea? Luego, sin
exigir protestas ni confirmaciones de su promesa, le daréis un cariñoso abrazo
y le llevaréis al punto a su aposento, considerando este convenio como tan
inviolable y sagrado cual si se hubiera hecho con solemne juramento. ¿Qué idea
creéis que le dé este modo de proceder, de la fe de los convenios y su
utilidad? o yo me engaño, o no hay sobre la tierra ni un niño siquiera no
estragado ya, que a despecho de esta conducta piense en romper a sabiendas una
vidriera. Sígase el encadenamiento de todo esto; cuando hacía el bribonzuelo
un agujero para sembrar un haba, no pensaba que habría un calabozo donde no
tardaría en encerrarle su ciencia37.
Henos aquí en el mundo moral, he aquí la puerta abierta al vicio; con
las convenciones y las obligaciones nacen la mentira y el engaño. Tan luego
como se puede hacer lo que no se debe, querernos ocultar lo que no debimos
hacer; así que el interés esfuerza a prometer, otro interés mayor puede hacer
violar la promesa; sólo se trata de violarla con impunidad, y el recurso
natural es esconderse y mentir. No habiendo podido precaver el vicio, ya estamos
en el caso de castigarle. Estas son las miserias de la vida humana, que empiezan
con sus errores.
Ya he dicho lo bastante para dar a entender que nunca se ha de dar a los
niños un castigo como castigo, sino que les debe siempre sobrevenir como
natural consecuencia de una mala acción. Así no declaméis contra la mentira,
no los castiguéis precisamente porque han mentido; pero haced que cuando
mintieren recaigan en su cabeza todos los malos efectos de la mentira, como el
no ser creídos aun cuando hablen verdad, o ser el acusado del mal que no hayan
hecho, aun cuando lo nieguen. Pero expliquemos qué cosa es mentir en los niños.
Hay dos especies de mentira: la de hecho, que se refiere a lo pasado; y
la de derecho, relativa a lo futuro. Verifícase la primera cuando niega uno que
ha hecho lo que hizo, o afirma que ha hecho lo que no hizo, y generalmente,
cuando a sabiendas habla contra la verdad de las cosas: la otra consiste en
prometer uno lo que no tiene ánimo de cumplir, y en general, en manifestar una
intención contraria a la que tiene. Alguna vez pueden ambas mentiras hallarse
en una sola38;
pero aquí las considero sólo en cuanto a sus diferencias. El que experimenta la necesidad que tiene del socorro de los demás y no cesa de ser objeto de su benevolencia, ningún interés tiene en engañarlos; por el contrario, lo tiene muy evidente en que vean las cosas como son por temor de que se engañen en detrimento suyo. Así es claro que no es natural a los niños la mentira de hecho; pero la necesidad de mentir la produce la ley de la obediencia, porque siendo esta penosa, se excusan en secreto de ella cuanto más pueden; y el interés presente de evitar la reprensión o el castigo, puede más que el remoto de hablar verdad. Pero en la educación libre y natural, ¿ por qué ha de mentir vuestro hijo? ¿Qué tiene que ocultaros? Ni le reprendéis, ni le castigáis por nada, ni exigís nada de él. ¿Por qué no os ha de decir todo cuanto haya hecho con tanta ingenuidad como a un camarada suyo? No prevé más peligro en confesárselo a uno que a otro. Aún es menos natural la mentira de derecho, puesto que las promesas de hacerlo absten | ||||||