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Emilio o La Educación
Juan Jacobo Rousseau TOMO
PRIMERO - LIBRO
TERCERO
Aunque hasta llegar a la adolescencia el
curso de la vida es época de flaqueza, hay un punto durante esta primera edad,
en que habiendo dejado atrás el progreso de las necesidades al de las fuerzas,
aunque el animal que cree es débil todavía en sentido absoluto, es fuerte en
el relativo. Como aún no están desenvueltas todas sus necesidades, son más
que suficientes sus actuales fuerzas para satisfacer las que tiene. Como hombre,
sería muy débil ; como niño es muy fuerte.
¿De dónde procede la debilidad del hombre? De la desigualdad entre su
fuerza y sus deseos; nuestras pasiones son las que nos hacen débiles, porque
serían necesarias para contenerlas más fuerzas que las que nos concedió
naturaleza; tanto da disminuir los deseos, como aumentar las fuerzas; al que
puede más de lo que desea, le sobran; en verdad, es un ser fortísimo. Este es
el tercer estado de la niñez, y de él voy, pues, a tratar. Sigo llamándola niñez,
porque me falta un término exacto para expresarla, acercándose esta edad a la
de la adolescencia, sin ser aún la de la pubertad. A los doce o trece años se desarrollan
las fuerzas del niño con mayor rapidez que sus necesidades. Todavía no se ha
hecho sentir de él la más violenta y terrible de todas; hasta el mismo órgano
permanece imperfecto, y para salir de su imperfección, parece esperar a que le
apremie la voluntad. Poco sensible a las inclemencias del aire y las estaciones,
las arrostra sin temor; su calor naciente le sirve de abrigo; su apetito de
condimento; todo alimento es bueno para su edad; si tiene sueño, se tiende en
el suelo y duerme; en todas partes encuentra cuanto necesita; no le acosa
ninguna necesidad imaginaria; nada puede con él la opinión; sus deseos no
alcanzan más allá de sus brazos y no sólo se puede bastar a sí propio, sino
que tiene más fuerza de la necesaria: esta es la única época de la vida en
que ha de hallarse en este caso.
Presiento la objeción. No se dirá que el niño tiene más necesidades
de las que yo supongo; pero si se negará que posee la fuerza que le atribuyo,
sin atender a que hablo de mi alumno y no de esos muñecos ambulantes que viajan
de un cuarto a otro, que cavan una maceta y llevan cargas de cartón. Diránme
que hasta la virilidad no se manifiesta la fuerza viril; que lo único que a los
músculos puede dar la consistencia, la actividad, el tono y el empuje, de donde
resulta la verdadera fuerza, es la elaboración de los espíritus vitales en los
vasos propios, y su difusión por todo el cuerpo. Esa es la filosofía de
gabinete, pero yo apelo a la experiencia. En vuestras campiñas veo muchachos
grandes que cavan, binan, llevan el arado, cargan toneles de vino y conducen la
carreta tan bien como su padre, los tendríamos por hombres si no los vendiera
la voz. Aun en nuestras ciudades hay chicos aprendices de herrero, de cerrajero,
de herrador, que casi son tan robustos como sus maestros, y que no tendrían
mucha menos habilidad si los hubieran ejercitado a tiempo. Si hay diferencia, y
convengo en que la hay, repito que no es tanta, ni con mucho, como la de los
deseos fogosos de un hombre a los limitados de un niño. Además de que aquí no
tanto se trata de fuerzas físicas, cuanto de la fuerza y capacidad del
entendimiento que las suple o las dirige.
Este intervalo en que el individuo puede más de lo que desea, si bien no
es la época de su mayor fuerza absoluta, es, como he dicho, la de su mayor
fuerza relativa. Es el tiempo más hermoso de la vida, que se va para no volver;
tiempo muy breve y que, por lo tanto, como en adelante veremos, importa mucho
emplearlo bien. ¿Qué hará, pues, con este sobrante de
facultades y fuerzas que ahora tiene de más y que le hará falta en otra edad?
Procurará emplearlo en tareas que, pueda aprovechar cuando fuere necesario;
sembrará, por decirlo así, en lo venidero lo superfluo de su estado actual;
hará el niño robusto provisiones para apropiarse verdaderamente este sobrante,
lo pondrá en sus brazos, en su cabeza, dentro de sí propio. Ya es llegado el
tiempo de trabajar, de instruirse, de estudiar ; y nótese que no soy yo quien
arbitrariamente hago esta elección, que es la naturaleza quien la indica.
La inteligencia humana tiene límites; y no solamente un hombre no puede
saberlo todo, sino que ni siquiera puede saber por completo aquello poco que
saben los demás hombres. Puesto que toda proposición contradictoria de una
falsa es verdadera, tan inagotable es el número de las verdades como el de los
errores. Hay, por tanto, una elección que hacer en las cosas que deben enseñarse
y en el tiempo que conviene aprenderlas. Entre los conocimientos que podemos
adquirir, unos son falsos, otros inútiles, y otros sirven para enorgullecer al
que los posee. El corto número de los que realmente contribuyen a nuestro
bienestar es el único que merece las investigaciones de un sabio, y, por
consiguiente, de un niño que queremos lo sea. No se trata de saberlo todo, sino
de saber únicamente lo que es útil.
De éste pequeño número se quitarán también las verdades para cuya
inteligencia se requiere un entendimiento ya hecho, las que suponen el
conocimiento de las relaciones del hombre, que no puede adquirir el niño, y las
que, aunque ciertas en si, predisponen un alma sin experiencia a que forme ideas
falsas sobre otras materias.
Ya estamos reducidos a un, círculo muy estrecho con relación a la
existencia de las cosas; ¡pero cuán inmensa esfera forma aún este circulo
para la capacidad de la inteligencia de un niño! Tinieblas del entendimiento
humano, ¿qué temeraria mano fue osada a levantar vuestro velo? ¡Qué de
abismos veo abrir por nuestras vanas ciencias en torno de este desgraciado
joven! ¡Oh, tú, que vas a guiarle por estos peligrosos senderos, y que vas a
descorrer ante sus ojos la sagrada cortina de la naturaleza, tiembla; asegúrate
bien antes de su cabeza y de la tuya, teme no sea que al uno o al otro se os
vaya, y acaso a entrambos. Teme los adornos engañosos de la mentira o que te
embriague el incienso de la soberbia! ¡Acuérdate, acuérdate sin cesar de que
nunca fue perniciosa la ignorancia, que sólo el error es funesto y que no nos
extraviamos por no saber, sino por imaginarnos que sabemos.
Sus progresos en la geometría pudieran serviros de prueba y medida
cierta para el desarrollo de su inteligencia; pero tan pronto como puede
discernir lo que es útil de lo que no lo es, conviene usar de muchos cuidados y
arte para traerle a estudios especulativos. Si se quiere, por ejemplo, que
busque una media proporcional entre dos líneas, hágase de manera que necesite
hallar un cuadrado igual a un rectángulo dado; si se tratase de dos medias
proporcionales, sería menester primero hacer que le interesara el problema de
la duplicación del cubo, etc.. De este modo nos vamos acercando por grados a
las nociones morales que distinguen el bien del mal. Hasta aquí no hemos
conocido otra ley que la de la necesidad; ahora tenemos en cuenta lo que es útil,
en breve llegaremos a lo que es decente y bueno. El mismo instinto anima las diversas
facultades del hombre; a la actividad del cuerpo, que procura desarrollarse, se
sigue la del espíritu, que procura instruirse. Primero los niños sólo son
bulliciosos, luego son curiosos, y bien dirigida esta curiosidad es el móvil de
la edad a que hemos llegado. Distingamos siempre las inclinaciones que proceden
de la naturaleza, de las que se originan en la opinión. Hay un ardor de saber
que sólo se funda en el deseo de ser tenido por sabio y otro que nace de una
curiosidad natural del hombre respecto de cuanto puede interesarle de cerca o de
lejos. El deseo innato del bienestar, y la imposibilidad de satisfacer con
plenitud este deseo, son causa de que sin cesar aspire a nuevos medios de
contribuir a ello. Este es el primer principio de la curiosidad; principio
natural del corazón humano, pero que sólo se desarrolla en proporción de
nuestras pasiones y nuestras luces. Supóngase un filósofo relegado en una isla
desierta con instrumentos y libros, seguro de pasar solo en ella lo restante de
su vida; no se cuidará más del sistema del mundo, de las leyes de la atracción,
ni el cálculo diferencial; acaso ya no abrirá un libro, pero no se descuidará
en visitar hasta el último rincón de su isla, por dilatada que sea. Por tanto,
descartemos también de nuestros primeros estudios los conocimientos que
naturalmente no son del agrado del hombre, y ciñámonos a los que nos hace
desear el instinto.
La isla del género humano, es la tierra; el objeto que más impresión
hace en nuestros ojos, es el sol. Tan pronto como empezamos a desviarnos de
nosotros, sobre una y otro deben versar nuestras primeras observaciones. Por eso
la filosofía de casi todos los pueblos salvajes se funda únicamente en
divisiones imaginarias de la tierra y en la divinidad del sol.
¡Qué salto!, dirán acaso. Hace un momento que sólo nos ocupábamos en
lo que nos toca y rodea inmediatamente; de pronto ya estamos corriendo el globo
y no parando hasta el fin del mundo. Este salto es efecto del progreso de
nuestras fuerzas y de la propensión de nuestro espíritu. En el estado de
insuficiencia y flaqueza, nos reconcentra dentro de nosotros el afán de
conservarnos; en el estado de poderío y fuerza, nos saca fuera el anhelo de
explayar nuestro ser y nos empuja lo más lejos posible ; pero como no conocemos
aún el mundo intelectual, no se adelanta nuestro pensamiento más allá que
nuestros ojos, ni nuestro entendimiento se extiende a más del espacio que mide.
Transformemos en ideas nuestras sensaciones, pero no saltemos de repente
de los objetos sensibles a los intelectuales, que por los primeros hemos de
llegar a los últimos. Sean siempre los sentidos los guías del espíritu en sus
primeras operaciones. No consultemos otro libro que el mundo, ni otra instrucción
que los hechos. El niño que lee no piensa, no hace más que leer; no se
instruye, sólo aprende palabras.
Haced que vuestro alumno se halle atento a los fenómenos de la
naturaleza, y en breve le haréis curioso; pero si queréis sostener su
curiosidad, no os déis prisa a satisfacerla. Poned a su alcance las cuestiones
y dejad que él las resuelva. No sepa nada porque se lo hayáis dicho, sino
porque lo haya comprendido él mismo; invente la ciencia y no la aprenda. Si en
su entendimiento sustituís una vez sola la autoridad a la razón, no discurrirá
más y jugará con él la opinión ajena.
Queréis enseñar la geografía a ese niño, y le vais a buscar globos,
esferas y mapas; ¡cuánta máquina! ¿Para qué todas esas representaciones? ¿Por
qué no comenzáis enseñándole el objeto mismo, para que, a lo menos, sepa de
lo que se trata?
Una tarde serena vamos a pasearnos por un sitio a propósito, donde bien
descubierto el horizonte deja ver de lleno el sol en su ocaso, y observamos los
objetos que hacen que se reconozca el sitio por donde se ha puesto. Al día
siguiente volvemos a tomar el fresco al mismo sitio, antes de que salga el sol.
Le vemos anunciarse de lejos con las flechas de fuego que delante de él lanza.
Auméntase el incendio, aparece todo el oriente inflamado; su brillo hace
esperar el astro mucho tiempo antes que se descubra; a cada instante creemos que
le vamos a ver; vémosle, en fin. Destella como un relámpago un punto
brillante, y al instante llena el espacio todo; desvanécese el velo de la
tinieblas, y cae ; reconoce el hombre su mansión y la halla hermoseada. Durante
la noche ha cobrado nuevo vigor la verdura; el naciente día que la alumbra, los
rayos primeros que la doran, la enseñan cubierta de luciente aljófar, de rocío,
que reflejan los colores y la luz. El coro reunido de las aves saluda con sus
conciertos al padre de la vida; en este momento ni una está callada: débil aún
su trinar, es más lento y más blando que lo demás del día, pues se resienten
de lo soñoliento de su apacible despertar. El conjunto de todos estos objetos
deja en el pecho una impresión de serenidad que penetra hasta el alma. Media
hora hay entonces de embeleso a que ningún hombre resiste; que espectáculo tan
bello, tan magnífico, tan delicioso, a todos conmueve.
Lleno del entusiasmo que experimenta, quiere el maestro comunicársele a
su discípulo y cree que le mueve participándole las sensaciones que a él le
han conmovido. ¡Disparate! En el corazón del hombre es donde reside la vida
del espectáculo de la naturaleza y para verle es preciso sentirle. Distingue el
niño los objetos, mas no puede conocer las relaciones que los estrechan ni oír
la dulce armonía de su concierto. Requiérese una experiencia que no ha
adquirido, son necesarios afectos que no ha experimentado,, para sentir la
impresión que resulta de todas estas sensaciones juntas. Si no ha andado mucho
tiempo por áridas llanuras, si no han tostado sus plantas ardientes arenales,
si nunca le sofocó la abrasada reverberación de las peñas heridas del sol, ¿cómo
ha de recrearle el fresco de una hermosa madrugada? ¿Cómo han de hechizar sus
sentidos el aroma de las flores, el encanto de la verdura, las húmedas perlas
del rocío, la muelle y tierna alfombra del césped? ¿Qué emoción regalada le
ha de causar el gorjear de los pajarillos, si aún no conoce los acentos del
deleite y el amor? ¿Cómo ha de enajenarle el nacimiento de día tan sereno, si
aún no le sabe pintar su imaginación los gustos con que puede llenarle? ¿Cómo,
en fin, le ha de enternecer la hermosura del espectáculo de la naturaleza, si
no sabe qué mano la adornó tan primorosamente?
No expliquéis al niño cosas que no puede entender: lejos las
descripciones, la elocuencia, las figuras y la poesía. Ahora no se trata de
sentimiento ni gusto; seguid siendo claro, sencillo y tranquilo: harto pronto
vendrá tiempo de que le habléis en otro estilo.
Educado conforme al espíritu de nuestras máximas, acostumbrado a sacar
de sí propio todos sus instrumentos, y a no recurrir nunca a otro sino después
de haber reconocido su insuficiencia, a cada objeto nuevo que ve le examina
mucho tiempo sin decir nada. Es pensativo, no preguntón. Ceñíos a presentarle
en ocasión oportuna los objetos; luego, cuando veáis bastante ocupada su
curiosidad, hacedle alguna pregunta lacónica que le dirija a la solución. En el caso presente, luego de haber
contemplado el sol naciente, después que le hayáis hecho reparar los montes
que se vean hacia el oriente, y los demás objetos inmediatos, y que haya podido
charlar a su sabor sobre todo, guardáis un rato de silencio, como si
reflexionarais sobre algo muy importante, y decidle luego: Estoy pensando en que
ayer por la tarde se puso el sol por allí, y esta madrugada ha salido por aquí.
¿Cómo puede ser eso? No digáis más; si os hace preguntas, no respondáis a
ellas; hablad de otra cosa. Dejadle que piense él, y estad seguro de que lo hará.
Para que un niño se acostumbre a estar atento, y para que le haga mucha
impresión una verdad sensible, es necesario que le cause algunos días de
inquietud antes, que dé con ella. Si no la concibe lo bastante de este modo,
hay medio de hacérsela todavía más palpable, y es invertir la cuestión; pues
que si no sabe cómo va el sol de su ocaso a su nacimiento sabe el menos cómo
va de su nacimiento a su ocaso, porque sus ojos solos se lo enseñan. Aclarad,
pues, la primera cuestión con la otra: o es vuestro alumno absolutamente estúpido,
o no podrá menos de comprender analogía tan clara. Esta será su primera lección
de cosmografía.
Como siempre procedemos lentamente de idea sensible en idea sensible,
como nos familiarizarnos mucho tiempo con una misma antes que pasemos a otra, y,
finalmente, como nunca obligamos a nuestro alumno a que esté atento, mucho habrá
que andar desde esta primera lección hasta conocer el curso del sol y la figura
de la tierra; mas como todos los movimientos aparentes de los cuerpos celestes
se basan en el mismo principio, y la primera observación conduce a todas las
demás observaciones, menos cuesta, aunque sea necesario más tiempo, llegar
desde una revolución diurna al cálculo de los eclipses, que entender bien la
causa de la sucesión del día y la noche.
Puesto que gira el sol en derredor del mundo, describirá un círculo, y
todo círculo debe tener un centro, ya eso lo sabemos. Este centro no podremos
verle, porque está en lo interior de la tierra; pero en su superficie podemos
señalar dos puntos opuestos que le correspondan. Un asador que pase por los
tres puntos y se prolongue hasta el cielo por una y otra parte, será el eje del
mundo y del movimiento diurno del sol. Una perinola redonda que ruede,
representará el cielo rodando sobre su eje; las dos puntos de la perinola son
los dos polos . el niño tendrá mucha satisfacción en conocer el uno; muéstroselo
en la cola de la osa menor. Ya tenemos diversión para las estrellas, y de aquí
nace la primera afición de conocer los planetas y observar las constelaciones.
Hemos visto salir el sol por San Juan; vamos también a verle salir por
Navidad o cualquier otro día sereno de invierno, porque ya es sabido que no
tenemos pereza y que no nos arredra el frío. Tengo cuidado de hacer esta
segunda observación en el mismo sitio en que hicimos la primera; y mediante
alguna habilidad para hacer que en ello se fije, no deja uno de nosotros dos de
decir: ¡Ah, ah, cosa rara! ¡el sol ya no sale en el mismo sitio! Aquí están
nuestros antiguos sitios; y ahora ha salido por allí, etc. Luego hay un oriente
de verano y otro de invierno, etc... Maestro joven, ya estás en el camino.
Deben bastaros estos ejemplos para enseñar con mucha claridad la esfera,
representando el mundo con el mundo, y el sol con el sol.
Por regla general, nunca sustituyáis a la cosa con el signo, a menos que
no podáis hacerla ver; porque el signo absorbe la atención del niño y le hace
olvidar la cosa representada.
La esfera armilar me parece una máquina mal compuesta y ejecutada con
malas proporciones aquella confusión de círculos y las extrañas figuras que
en ellos graban, le dan aspecto de magia, que asusta la inteligencia de los
chicos. La tierra es muy pequeña y los círculos muy grandes; algunos, como los
coluros, son absolutamente inútiles; cada circulo es más ancho que la tierra;
el espesor del cartón les da una forma sólida, que hace que se miren como
masas circulares realmente existentes; y cuando decís al niño que todos estos
círculos son imaginarios ni sabe lo que ve ni entiende cosa alguna.
No sabemos nunca colocarnos en el lugar de los niños, ni acomodarnos a
sus ideas, sino que les atribuimos las nuestras; y siguiendo siempre nuestros
propios raciocinios, con verdades bien eslabonadas, sólo amontonamos en sus
cabezas extravagancias y errores.
Dispútase acerca de la preferencia entre el análisis o la síntesis
para estudiar las ciencias. No siempre hay necesidad de escoger; posible es a
veces resolver y componer en una misma investigación, guiando al niño por el método
de enseñanza, cuando cree él que no hace más que analizar. Empleando entonces
de consuno uno y otra, se servirían de prueba recíprocamente. Saliendo a la
par de los dos puntos opuestos, sin pensar que anda el mismo camino, extrañará
mucho encontrarse y no podrá menos de serle muy grata esta extrañeza.
Quisiera, por ejemplo, tomar la geografía por ambos extremos y unir con el
estudio de las revoluciones del globo la medida de sus partes, empezando por el
sitio de su habitación. Mientras que estudia el niño la esfera y se traslada
así a los cielos, traedle a la división de la tierra, y enseñadle primero su
propia morada.
Sus dos primeros puntos de geografía serán el pueblo donde vive y la
casa de campo de su padre; luego los lugares intermedios, después los ríos de
las inmediaciones y, al fin, el aspecto del sol y el modo de orientarse. Este es
el punto de reunión. Haga él mismo el mapa de todo esto, mapa muy sencillo, y
formado primero con dos solos objetos, a los cuales va añadiendo poco a poco
los demás, al paso que va sabiendo o valuando su distancia y su posición. Ya
se ven las ventajas que le hemos proporcionado con ponerle un compás en los
ojos.
A pesar de esto, será necesario sin duda guiarle algo, aunque poco, y
sin que lo eche de ver. Si se engaña, dejadle, no enmendéis sus yerros;
esperad, sin decir palabra, que se halle en estado de verlos y enmendarlos por sí
propio; o, cuando más, en hallando ocasión propicia, suscitad alguna operación
que se los haga ver. Si nunca se engañara, no aprendería tan bien. En cuanto a
lo demás, no tratamos de que sepa con puntualidad la topografía del país,
sino el modo de instruirse en ella; poco importa que tenga o no los mapas en la
cabeza, con tal que entienda bien lo que representan y tenga ideas claras del
arte que sirve para levantarlos. Notad la diferencia del saber de vuestros
alumnos a la ignorancia del mío. Aquellos saben los mapas y éste los hace. Ya
tenemos nuevos adornos para su aposento.
Acordaos siempre de que no es el espíritu de mi sistema enseñar muchas
cosas al niño, sino el no dejar nunca que se introduzcan en su cerebro otras
ideas que las justas y claras. Aun cuando nada sepa, poco me importa, con tal
que no se engañe; y si planto verdades en su cabeza, es sólo por preservarle
de los errores que en su lugar aprendería. Con lentos pasos vienen la razón y
el discernimiento; pero las preocupaciones acuden en tropel, y es necesario
preservarle de ellas. Mas si consideráis la ciencia en sí misma, os metéis en
un mar sin fondo ni orillas, lleno todo de bajíos; y nunca llegaréis a puerto
de salvamento. Cuando veo a un hombre que se deja arrastrar del amor a los
conocimientos, y corre de uno a otro sin saber parar, se me figura que veo a un
muchacho cogiendo conchas a la orilla del mar, y cargando con ellas; luego con
la codicia de más que ve, tira aquellas, y coge otras, hasta que abrumado con
el mucho peso, y no sabiendo donde escoger, al fin las arroja todas, y se vuelve
con las manos vacías.
Durante la edad primera hubo tiempo sobrado y sólo procurábamos
perderle, por no emplearle mal. Ahora es todo lo contrario; no tenemos el
suficiente para hacer todo cuanto sería útil. Mirad que se acercan las
pasiones, y así que llamen a la puerta, vuestro alumno sólo en ellas pondrá
toda su atención. La edad serena de la inteligencia es tan breve, huye con
tanta rapidez, y hay que emplearla en tantas cosas indispensables, que es locura
intentar que baste para hacer sabio a un niño. No se trata de enseñarle las
ciencias, sino de inspirarle la afición a ellas y darle métodos para que las
aprenda cuando se desarrollen mejor esas aficiones. He aquí, ciertamente, el
principio fundamental de toda buena educación. He aquí también el tiempo de
acostumbrarle poco a poco a que ponga continua atención en el mismo objeto;
pero nunca debe ser esta efecto de la violencia, sino siempre del gusto o del
deseo; es necesario además tener mucha cuenta con que no le incomode, y llegue
a aburrirle. Estad siempre alerta, y suceda lo que quiera dejadlo antes que se
fastidie; porque nunca importa tanto que aprenda, como que no haga cosa ninguna
contra su voluntad.
Si os hace preguntas, contestad lo suficiente para entretener su
curiosidad, no para dejarla satisfecha; pero, con especialidad, cuando veáis
que en vez de proponer cuestiones para instruirse se echa a divagar y a
incomodaros con preguntas necias, callaos al punto, seguro de que entonces no
trata de la cuestión, sino de sujetaros a sus interrogatorios. Menos cuenta se
ha de tener con las palabras que dice, que con el motivo que se las dicta. Esta
advertencia, no tan necesaria hasta aquí, empieza a ser de la mayor importancia
en cuanto el niño comienza a discurrir.
Hay un encadenamiento de verdades generales, por virtud del cual todas
las ciencias penden de principios comunes de todas, y sucesivamente se
desarrollan; este encadenamiento es el método de los filósofos. De este no
tratamos aquí. Otro hay enteramente distinto, en el cual cada objeto particular
viene eslabonado con otro anterior y trae detrás de si al que sigue. Este
orden, que mantiene siempre con una continua curiosidad la atención que todos
los estudios. requieren, es el que sigue la mayor parte de los hombres y el que
conviene con especialidad a los, niños. Cuando nos orientamos para levantar
nuestros mapas, fue preciso trazar meridianas. Dos puntos de intersección entre
las sombras iguales de la mañana y la tarde, son una excelente meridiana para
un astrónomo de trece años. Pero estas meridianas se borran; se necesita
tiempo para trazarlas; obligan a trabajar siempre en un mismo sitio; tanta
solicitud y tanta sujeción le aburrirían al fin. Ya lo hemos previsto y
remediado de antemano.
Ya estoy de nuevo en mis largos y minuciosos detalles. Ya oigo, lectores, vuestras murmuraciones, y las arrostro, que no quiero sacrificar a vuestra impaciencia la parte más útil de este libro. Tomad la resolución que os parezca acerca de mis prolijidades, que yo tengo tomada la mía acerca de vuestras quejas.
Desde mucho tiempo antes habíamos notado mi alumno y yo que el ámbar,
el vidrio, la cera, y otros varios cuerpos frotados atraían las pajillas, y que
otros no las atraían. Por casualidad encontramos uno que tiene una virtud aún más extraña,
que es atraer a alguna distancia, y sin que le froten, las limaduras y otros
pedacillos de hierro. ¡Cuánto tiempo no divierte esta cualidad, sin poder
descubrir en ella otra cosa! Por fin encontramos que se comunica al hierro
mismo, tocado al imán de cierta manera. Un día vamos a la feria74
y un jugador de manos atrae con un mendrugo de pan un pato de cera que nada en
un barreño de agua. Extrañándolo mucho, no decimos, sin embargo, que es un
hechicero, porque no sabemos qué cosa es un hechicero. Tocando sin cesar
efectos cuyas causas ignoramos no nos apresuramos a decidir de nada, y estamos
quietos hasta que hallamos ocasión para salir de nuestra ignorancia.
De vuelta a casa, a fuerza de hablar del pato de la plaza, se nos pone en
la cabeza imitarle: cogemos una aguja fuerte, bien tocada a la piedra imán, la
rodeamos con cera blanca, a que damos lo mejor posible la figura de un pato, de
manera que el cuerpo le atraviese la aguja y la cabeza de ésta haga el pico.
Ponemos en agua el pato, aproximamos al pico una llave, y con un júbilo que no
es difícil comprender, vemos que nuestro pato sigue la llave, precisamente lo
mismo que el de la plaza seguía el mendrugo de pan. Observar en qué dirección
se queda el pato en el agua cuando le dejan quieto, es cosa que podremos hacer
otro día. Por ahora queremos ocuparnos enteramente de nuestro objeto.
Aquella misma tarde volvemos a la plaza con pan preparado en nuestros
bolsillos; y tan pronto como el jugador de mano hizo su habilidad, mi
doctorcillo, que ya no se podía contener, le dice que aquello es fácil y que
también él lo hace. Cógenle la palabra saca al instante de su bolsillo el pan
donde está metido el pedazo de hierro; al acercarse a la mesa, le late el corazón;
presenta el pan casi temblado; viene el ánade y le sigue. Con el palmoteo y las
aclamaciones del corro se le va la cabeza, no está en sí. Confuso el jugador
de manos, viene, no obstante, a abrazarle y a darle el parabién, rogándole que
le honre al otro día con su presencia, y añadiendo que juntará más gente,
para que aplaudan su habilidad. Ufano mi pequeño naturalista, quiere charlar;
pero le tapo la boca, y me le llevo colmado de elogios.
Hasta el otro día cuenta el niño los minutos con una visible
impaciencia. Invita a cuantos encuentra; quisiera que presenciase su gloria todo
el linaje ha mano; aguarda la hora con ansia, sale antes que sea tiempo, vuela
al sitio y ya está formado el corro. Al entrar en él, se ensancha su corazón
novel. Antes se han de hacer otros juegos; el jugador de manos se esmera y
ejecuta mil lindezas; el niño nada de ello ve; se afana, suda, apenas alienta;
pasa el tiempo manejando en la faltriquera el mendrugo de pan, temblándole la
mano con la impaciencia. Al fin llega su vez, y el maestro le anuncia al público
con mucha pompa. Se acerca con alguna vergüenza, saca su pan... ¡Oh vicisitud
de las cosas humanas! El pato, tan manso la víspera, está hoy huraño; en vez
de presentarle el pico, le vuelve la cola, y se va; huye del pan y de la mano
que se lo presenta con tanta diligencia como antes le seguía. Después de mil
pruebas inútiles burladas siempre, se queja el niño de que le han engañado,
de que han sustituido otro pato al de la víspera y reta al jugador de manos a
que le atraiga.
Sin responderle, coge el titiritero un mendrugo de pan, se le presenta al
pato, y al instante viene a la mano que le retira. Agarra el niño el mismo
mendrugo pero lejos de aprovechar más que antes, ve que el pato hace burla de
él, y que da vueltas en derredor del barreño; por fin se va lleno de confusión
y sin atreverse a probar de nuevo, no sea que se burlen de él otra vez.
El jugador toma entonces el mendrugo de pan que había traído el niño,
y se sirve de él con tan buen resultado como del suyo; saca el hierro delante
de todo el mundo, otras risotadas a costa nuestra; luego con este pan, sacado el
hierro, atrae como antes el pato. Lo mismo hace con otro mendrugo, cortado a
presencia de toda la gente por tercera mano; otro tanto hace con su guante, con
la yema del dedo; por fin, se pone en mitad del corro, y con el tono enfático
que es propio de estas gentes, declara que no será menos obediente a su voz que
a su ademán; háblale, y obedece el pato; dícele que vaya a mano derecha, y va
a la derecha; que vuelva, y vuelve; que dé una vuelta y la da; tan pronto como
la orden es el movimiento. Los reiterados aplausos son otras tantas afrentas
para nosotros. Nos escapamos sin ser vistos y nos encerramos en nuestro cuarto,
sin ir a contar nuestras victorias a todo el mundo, como habíamos proyectado. Al día siguiente por la mañana, llaman a
la puerta; abro, y me encuentro con el hombre de los cubiletes, que se queja con
mucha moderación de nuestra conducta. ¿Qué nos había hecho para que quisiéramos
desacreditar sus juegos y quitarle que ganara el pan? ¿Qué milagro es saber
atraer un ánade de cera, para que se quiera comprar esta honra a costa de la
subsistencia de un hombre de bien? « A fe mía, señores, que si tuviera yo
otro talento para poder vivir, poco alarde haría de éste. Podían ustedes
conocer que un hombre que pasa su vida ejercitándose en esta pobre industria,
sabe más de esto que ustedes que sólo se ocupan en ella algunos ratos. Si al
principio no les enseñé mis artes magistrales, consiste en que no conviene
darse prisa a demostrar lo que uno sabe; tengo buen cuidado de reservar mis
mejores habilidades para un caso dado, y después de ésta me quedan otras
muchas con que parar a jóvenes indiscretos. En cuanto a lo demás, vengo de muy
buena gana a decir a ustedes el secreto que tanto les ha dado que hacer, rogándoles
no abusen de él en perjuicio mío y que otra vez sean más circunspectos.»
Entonces nos enseña su máquina; y con la mayor sorpresa vemos que no
consiste más que en un grande y fuerte imán, que movía sin ser visto un niño
escondido debajo de la mesa.
Recoge el hombre su máquina, y después de haberle nosotros dado las
gracias y pedídole perdón, queremos hacerle un regalo que él rehúsa. «No,
señores, no estoy tan satisfecho con ustedes que quiera admitir sus dádivas;
los dejo reconocidos mal de su grado, y esa es mi única venganza. Sepan ustedes
que en todas las condiciones se halla generosidad; yo llevo dinero por mis
habilidades, pero no por mis lecciones.»
Al salir, me dirige a mí en voz alta, y con particularidad una reprensión.
«Disculpo, me dice, sin dificultad a este niño, que ha pecado solamente por
ignorancia; pero usted caballero, que debía conocer su culpa, ¿por qué se la
dejó cometer? Una vez que viven ustedes juntos, el de más edad debe al otro
sus solicitudes y consejos; la experiencia de usted es la autoridad que le debe
conducir. Cuando sea hombre y se arrepienta de los yerros de su mocedad, le
echará a usted la culpa de todos aquellos de que no le haya advertido75.»
Se va y nos deja muy confusos. Me afeo mi blandura; prometo al niño que
otra vez la sacrificaré a su interés y que le advertiré de sus yerros antes
que los cometa; porque se acerca el tiempo de que van a mudar nuestras
relaciones y a suceder la severidad del maestro a la condescendencia del
camarada; esta mudanza debe venir por grados; es menester preverlo todo y desde
muy lejos.
Al día siguiente, volvemos a la feria a ver la habilidad cuyo secreto
sabemos. Nos arrimamos con un profundo respeto a nuestro Sócrates titiritero;
apenas nos atrevemos a alzar los ojos hasta él nos hace mil cortesías y nos
coloca con una distinción que es para nosotros nuevo bochorno. Hace sus
habilidades como acostumbra; pero se divierte, y se recrea mucho tiempo en la
del ánade, mirándonos varias veces en ademán irónico. Todo lo sabemos y no
alentamos. Si se atreviese mi alumno a abrir siquiera la boca, seria un niño
que merecería ser hecho pedazos.
Todos los detalles de este ejemplo importan más de lo que parece. ¡Cuántas
Lecciones en una sola! ¡Cuántas mortificaciones trae consigo el primer
movimiento de vanidad! Maestro joven, acechad con cuidado este movimiento. Sí
lográis hacer que de él nazcan desaires y desgracias76, estad cierto de que en mucho tiempo no
se suscitará el segundo. ¡Cuánto preparativo! diréis; cierto, y todo ello
tan sólo para hacer una brújula que le sirva de meridiana.
Habiendo aprendido ya que el imán obra a través de los demás cuerpos,
nos damos prisa a fabricar una máquina semejante a la que hemos visto: una mesa
agujereada, encima un barreño muy llano, y con algunas líneas de agua, un pato
hecho con mayor esmero, etc. Atentos en torno del barreño, notamos por fin que
cuando el pato se halla quieto conserva siempre la misma dirección con corta
diferencia. Seguimos la experiencia, examinamos esta dirección; vemos que es de
sur a norte; no se necesita más, ya está hallada nuestra brújula, o, lo que
es igual, ya estamos en la física. Hay distintos climas en la tierra y
diversas temperaturas en estos climas. Varían las estaciones de un modo más
sensible a medida que se acerca uno al polo; todos los cuerpos se comprimen con
el frío se dilatan con el calor; este efecto es más sensible en los licores
espirituosos: de aquí viene el termómetro. El viento da en el rostro; luego el
aire es un cuerpo, un fluido que se siente, aunque no se pueda hacer visible.
Meted un vaso boca abajo en el agua, y no se llenará, a menos que dejéis
salida al aire; luego el aire es un fluido resistente. Empujad con más fuerza
el vaso, y entrará el agua en una parte del espacio que ocupa el aire, sin
poder llenar totalmente este espacio; luego el aire es compresible hasta cierto
punto. Una pelota llena de aire bota mejor que llena de cualquiera otra materia;
luego el aire es un cuerpo elástico. Si tendido en el baño levantáis
horizontalmente el brazo hasta sacarle del agua, le sentiréis cargado de un
peso terrible; luego el aire es un cuerpo pesado. Poniéndole en equilibrio con
otros fluidos, puede medirse su peso; de aquí el barómetro, el sifón, la
escopeta de viento, la máquina neumática. Con experiencias no menos toscas se
encuentran todas las leyes de la estática y la hidrostática. No quiero para
nada de esto que entre en un gabinete de física experimental; no me gusta todo
ese aparato de instrumentos y máquinas. El aspecto científico acaba con la
ciencia. O asustan todas máquinas a un niño, o le distraen y le quitan sus
figuras la atención que debiera poner en sus efectos.
Quiero que nosotros mismos hagamos todas nuestras máquinas, y no he de
comenzar haciendo el instrumento antes que la experiencia; quiero que después
de haber entrevisto la experiencia, como por casualidad, inventemos poco a poco
el instrumento que ha de verificarla. Quiero que no sean tan justos y perfectos
nuestros instrumentos y que tengamos ideas más exactas de lo que deben ser y de
las operaciones que de ellos tienen que resultar. Por primera lección de estática,
en vez de ir a buscar balanzas, atravieso un palo sobre el respaldo de una
silla, mido la longitud de las dos partes del palo en equilibrio, por una y otro
lado, pongo pesos diferentes, unas veces iguales y otras desiguales, y tirando o
empujando el palo lo que fuere necesario, descubro al fin que resulta el
equilibrio de la proporción recíproca entre la cantidad de los pesos y la
longitud de las palancas. Ya está mi pequeño físico apto para rectificar
balanzas antes haber visto ninguna.
No hay duda de que se adquieren nociones más claras y seguras de las
cosas que aprende uno por si propio, que de las que se saben por enseñanza de
otro, y además de que no se acostumbra la razón a sujetarse ciegamente a la
autoridad, se vuelve uno más ingenioso para hallar relaciones, ligar ideas,
inventar instrumentos, que cuando, adoptándolo todo como nos lo dan, dejamos
que nuestro espíritu caiga en la desidia, como el cuerpo de un hombre que,
siempre vestido, calzado, servido por sus criados y arrastrado por sus caballos,
pierde al cabo la fuerza para el uso de sus miembros. Alabábase Boileau de que
había enseñado a Racine a versificar con dificultad. Con tantos admirables métodos
para abreviar es estudio de las ciencias, necesitaríamos quien nos diera uno
para aprenderlas con trabajo.
La ventaja más sensible de estas lentas y laboriosas investigaciones es
que en medio de los estudios especulativos, mantienen la actividad del cuerpo y
la agilidad de los miembros, y sin cesar conforman las manos para las faenas y
usos que aprovechan al hombre. Tantos instrumentos inventados para que nos guíen
en nuestras experiencias y suplan la exactitud de los sentidos, hacen que no nos
cuidemos de ejercitar estos. El grafómetro nos ahorra que valuemos la magnitud
de los ángulos; los ojos que median con exactitud las distancias, se fían de
la cadena que las mide en vez de ellos; la romana exime de juzgar con la mano el
peso que por ella se conoce. Cuanto más ingeniosas son nuestras herramientas, más
torpes y rudos se tornan nuestros sentidos; y a puro amontonar máquinas en
derredor, ninguna hallamos dentro de nosotros. Pero si ponemos en la fabricación de esta
máquinas toda la habilidad que las sustituía, sí en hacerlas empleamos la
sagacidad que necesitábamos para no usarlas, ganamos sin pérdida ninguna;
agregamos el arte a la naturaleza, y, sin ser menos hábiles, nos hacemos más
ingeniosos. En vez de sujetar a un niño encima de los libros, ocupándole en un
obrador, trabajan sus manos en beneficio de su entendimiento; se hace filósofo,
cuando piensa que no es más que un operario. Finalmente, acarrea este ejercicio
otras utilidades de que hablaré más adelante, y veremos de qué modo es
posible encumbrarse a las verdaderas funciones del hombre desde los juguetes de
la filosofía.
Ya he dicho que no convienen a los niños, ni aun cuando rayan en la
adolescencia, los conocimientos meramente especulativos; pero sin sumirlos en
las honduras de las física sistemática, haced de modo que se liguen todas sus
experiencias una a otra por algún género de deducción, para que, con auxilio
de este encadenamiento las puedan colocar con orden en su espíritu y acordarse
de ellas cuando fuere necesario; porque es muy dificultoso que hechos y aun
raciocinios aislados se queden mucho tiempo en la memoria, cuando falta asidero
para traerlos a ella.
Para la investigación de las leyes de la naturaleza, comenzad siempre
por los fenómenos más sensibles y más comunes y acostumbrad a vuestro alumno
a que crea que estos fenómenos son hechos y no razones. Cojo una piedra, finjo
que la dejo en el aire, abro la mano, y cae la piedra. Veo a Emilio muy atento y
le pregunto : ¿ Por qué se ha caído esta piedra?
¿Qué niño quedará parado por esta pregunta? Ninguno, ni aun Emilio,
si no he puesto mucho esmero en prepararle a que no sepa responder a ella.
Dirán todos que cae la piedra porque es pesada. ¿Y qué es lo pesado?
Lo que cae. ¿Luego la piedra se cae porque se cae? Aquí se detiene de veras mi
pequeño filósofo. Esta será su primera lección de física sistemática; y ya
sea que le aproveche o no para esta ciencia, siempre será una lección de sano
juicio. Al paso que el niño crece en
inteligencia, nos obligan otros motivos importantes a escoger con más
escrupulosidad sus ocupaciones. Luego que llega a conocerse a sí propio lo
bastante para entender en qué consiste su bienestar; luego que adquiere
relaciones suficientes para conocer por ellas lo que le conviene y lo que no, ya
entonces está en condiciones de conocer la diferencia que hay del trabajo a la
diversión y de mirar ésta como un desahogo de aquél. Ya pueden formar parte
de sus estudios objetos realmente útiles y convencerse de que debe poner en
ellos aplicación más constante que la que ponía en meros pasatiempos. Desde
temprano enseña al hombre la ley de la necesidad, que cada instante renace, a
que haga lo que no es de su agrado, para precaver lo que le sería más penoso.
Para esto sirve la previsión; y de esta previsión, bien o mal arreglada, nace
la sabiduría y la miseria humana.
Todo hombre quiere ser feliz; mas para conseguirlo, debemos saber qué es
la felicidad. Tan sencilla es la del hombre natural como su vida; se funda en no
padecer y la constituyen la salud, la libertad y lo necesario. Otra es la
felicidad del hombre moral; pero aquí no tratamos de ésta. Nunca repetiré lo
bastante que sólo los objetos meramente físicos pueden interesar a los niños;
especialmente a los que no ha hecho despertar la vanidad, y de antemano no han
sido estragados con la ponzoña de la opinión.
Cuando precaven sus necesidades antes de sentirlas, ya está muy
adelantada su inteligencia, y empiezan a conocer el valor del tiempo. Entonces
importa acostumbrarlos a que encaminen su empleo a objetos útiles, pero de
utilidad palpable para s edad y que alcancen sus luces. No se les debe presentar
tan pronto todo aquello que tiene conexión con el orden moral y con el uso de
la sociedad, porque no son capaces de entenderlo. Necedad es exigir d ellos que
se apliquen a cosas que vagamente les dicen son para su bien, sin que sepan qué
bien es éste, y que les aseguran les han de aprovechar cuando sean hombres, sin
que ningún interés tengan por ahora en ese pretendido provecho que no pueden
comprender.
No haga nada el niño porque así se lo digan : sólo es bueno para él lo que
por tal reconoce. Si le lanzáis siempre más allá de sus luces, os figuráis
que tenéis previsión, y os falta por completo. Por armarle con algunos vanos
instrumentos de que acaso no hará nunca uso, le quitáis el instrumento más
universal del hombre, que es la sana razón; le acostumbráis a que siempre se
deje guiar, a que nunca sea más que una máquina en manos ajenas. Queréis que
sea dócil cuando chico; eso es querer que sea crédulo y burlado cuando hombre.
Sin cesar le decís: «Todo cuanto exijo de ti es en beneficio tuyo; pero no
eres capaz de conocerlo ¿Qué me importa a mi que lo hagas o no? Para ti solo
te afanas. » Con esas buenas razones que ahora le decís para que adquiera
discreción, le disponéis a que se deje alucinar un día por las que le diga un
iluso, un alquimista, un truhán, un pícaro o un loco de cualquier género,
para que caiga en sus lazos o dé en su locura.
Es conveniente que un hombre sepa muchas cosas cuya utilidad no puede
comprender un niño; pero ¿se necesita o es posible siquiera que aprenda un niño
todo cuanto importa que sepa el hombre? Procurad enseñar a un niño todo lo que
es útil para su edad, y veréis que sobra con eso para llenar su tiempo. ¿Por
qué queréis, en detrimento de los estudios que hoy día le convienen,
aplicarle a los de una edad a que es incierto haya de llegar? Pero, me diréis:
¿será tiempo de aprender lo que debe saberse cuando llegue el caso de hacer
uso de ello? No lo sé; pero sí sé que no es posible aprenderlo antes, porque
la experiencia y el sentimiento son nuestros verdaderos maestros, y nunca el
hombre conoce lo que le conviene fuera de las relaciones en que él se ha
encontrado. Sabe el niño que ha de llegar a ser hombre; todas las ideas que del
estado de hombre puede formarse son para él motivos de instrucción; pero
acerca de las ideas de este estado, que exceden a su capacidad, debe, permanecer
en absoluta ignorancia. Todo mi libro no es más que la prueba no interrumpida
de este principio de educación.
Tan pronto hemos conseguido dar a nuestro alumno una idea de la palabra
útil, tenemos ya otro fuerte asidero para conducirle. Esta voz le hace mucha
impresión porque para él sólo tiene un significado relativo a su edad y ve
claramente la relación de ella con su actual bienestar a vuestros hijos no les
hace mella esta voz, porque no os habéis esmerado en darles una idea de ella
que no excediese a su capacidad y porque encargándose otros de proporcionarles
cuanto es útil, nunca necesitan pensar en ello ni saben qué cosa sea la
utilidad.
¿Para qué sirve eso? Esta será en lo sucesivo la palabra sagrada, la
expresión que entre él y yo ha de terminar todas las acciones de nuestra vida;
la pregunta con que infaliblemente rebatiré yo todas las suyas y que pondrá
freno a esa multitud de necias y fastidiosas preguntas con que los fatigan sin
fruto a cuantos tienen cerca, menos por sacar provecho, que por ejercitar en
ellos algún género de imperio. Aquel a quien enseñan como la lección más
importante, que nada quiera saber que no sea útil, pregunta como Sócrates y no
propone cuestión ninguna sin darse primero a si propio la cuenta que antes de
resolverla sabe que van a pedirle.
Ved qué poderoso instrumento pongo en vuestras manos para emplearle en
vuestro alumno. Como no sabe la razón de nada, le tenéis ya casi reducido a
silencio cuando queráis; y, por el contrario, ¡qué ventaja sacaréis de
vuestros conocimientos y experiencias para hacerle ver la utilidad de cuanto le
propongáis! Porque, no equivocaros, hacerle esta pregunta es enseñarle a que
él también os la haga; y debéis contar con que para todo aquello que en
adelante le propongáis, no dejará de preguntaros a ejemplo vuestro : ¿Para qué
sirve eso?
Quizás este sea el lazo que con mayor dificultad evita un ayo. Si, a la
cuestión del niño, procurando solamente salir del paso, dáis una razón
siquiera que no sea él capaz de entender, al ver que discurrís según vuestras
ideas, y no según las suyas, creerá que lo que le decís sirve para vuestra
edad, y no para la de él; cesará de fiarse de vos y todo se ha perdido. ¿Cuál
es, sin embargo, el maestro que se quiera quedar corto y confesar a su alumno
que no tiene razón? Todos llevan por regla el no confesar sus yerros, aun
cuando los cometan; yo, al contrario, llevaría la de confesar aun los que no
hubiese cometido, cuando no pudiera poner a su alcance mis razones; así, no
desconfiando de mi conducta, nunca le sería sospechosa y conservaría más crédito
con él, atribuyéndome culpas no cometidas, que el que logran los maestros
ocultando las que realmente cometen.
Pensad bien, primeramente, que rara vez debéis proponerle lo que él ha
de aprender; a él toca desearlo, indagarlo, hallarlo; a vos ponerlo a su
alcance, hacer con habilidad que nazca! este deseo y darle medios para que le
satisfaga. De aquí se infiere que hayan de ser vuestras preguntas poco
frecuentes, pero escogidas; y como él os propondrá muchas más que vos a él,
siempre estaréis menos en descubierto, y con más frecuencia en caso de
decirle: ¿ Para qué puede ser útil el saber lo que me preguntas?
Además, como poco importa que aprenda una cosa con preferencia a otra,
con tal que conciba bien lo que aprende, cuando no podáis darle acerca de lo
que le decís una explicación que sea buena para él, no le déis ninguna.
Decidle sin reparo: «No tengo respuesta buena que darte; no tenía yo razón,
dejemos eso.» Si era realmente inoportuna vuestra instrucción, no hay
inconveniente ninguno en abandonarla totalmente; si no lo era, con un poco de
esmero, en breve hallaréis ocasión para hacer palpable su utilidad.
No me gustan las explicaciones con largos razonamientos: los niños
atienden poco a ellas, y menos las retienen en la cabeza. Cosas, cosas. No me
cansaré de repetir que damos mucho valor a las palabras; y con nuestra educación
parlanchina, parlanchines es lo que formamos. Supongamos que mientras estoy estudiando
con mi alumno el curso del sol y la manera de orientarse, me interrumpe de
pronto preguntándome para qué sirve todo eso. ¡Qué elocuente razonamiento le
voy a hacer! ¡Cómo me aprovecho de la ocasión de que aprenda una porción de
cosas en la respuesta a su pregunta, especialmente si hay quien se halle
presente a nuestra conferencia77! Le hablaré de la utilidad de los
viajes, de los beneficios que del comercio redundan, de las producciones
peculiares de cada clima, de las varias costumbres de los pueblos, del uso del
calendario, de la computación del regreso de las estaciones para la
agricultura, del arte de la navegación, del modo de dirigirse en el mar y
seguir con puntualidad su camino sin saber uno dónde está; mezclaré en mi
explicación la política, la historia natural, la astronomía y hasta la moral
y el derecho de gentes; de modo que mi alumno conciba una alta idea de todas
estas ciencias y mucho deseo de aprenderlas. Cuando todo esto le haya, dicho,
habré hecho alarde de verdadero pedante, y él no habrá comprendido ni
siquiera una palabra. Buenas ganas le quedarían de preguntarme como antes, para
qué es bueno el orientarse; pero no se atreve, porque no me enfade; más cuenta
le tiene fingir que entiende lo que le han obligado que escuche. Así se hacen
las brillantes educaciones.
Pero educado más a lo rústico, nuestro Emilio, a quien con tanto
trabajo hemos hecho de tan dura penetración, nada de todo eso escucha. a la
primer palabra que no entiende, se escapa, empieza a brincar por el cuarto y me
deja que perore solo. Busquemos solución más tosca, que mi aparato científico
nada vale para él.
Observábamos la posición del bosque al norte de Montmorency, cuando me
interrumpió con su impertinente pregunta: ¿Para qué sirve eso? Tienes razón,
le dije, pensaremos en ello más despacio, y si hallamos que para nada sirve
este estudio, nunca trataremos de él, pues no nos falta en qué entretener útilmente
el tiempo.» Nos ocupamos en otra cosa] y no se vuelve a hablar de geografía en
todo lo demás de la tarde. Al siguiente día, por la mañana, le
propongo un paseo antes de almorzar; no desea él otra cosa; siempre están
dispuestos los chicos para correr, y éste tiene buenas piernas. Trepamos al
bosque, atravesamos prados, nos extraviamos, no sabemos dónde nos hallamos, y
tratándose de volver, no podemos dar con el camino. Pásase el tiempo, arrecia
el calor, tenemos hambre; aguijamos, vamos vagando acá y allá y sólo
encontramos bosques, barbechos y llanos, sin señal ninguna por donde podamos
venir en conocimiento del sitio en que estamos. Bien sofocados, muy molidos y
muy hambrientos, con todas nuestras carreras no hacemos otra cosa que
descarriarnos más y más. Al fin nos sentamos a descansar y a deliberar.
Emilio, que supongo yo educado como otro niño cualquiera, no delibera, que
llora, y no sabe que estamos a las puertas de Montmorency y que sólo un tallar
nos le esconde; pero para él este tallar es una densa selva, porque un hombre
de su estatura entre zarras está como enterrado.
Pasados unos instantes de silencio, le digo con ademán inquieto: «Querido
Emilio, ¿qué haremos para salir de aquí?» EMILIO, sudando, y llorando a lágrima viva. Yo no lo sé. Estoy cansado; tengo hambre y sed; no puedo más.
JUAN JACOBO
¿Crees que estoy yo en mejor estado? ¿Piensas que quedaría por llorar,
si pudiera almorzar lágrimas? No se trata de llorar, sino de conocer el sitio.
Veamos tu reloj: ¿ Qué hora es? EMILIO Son las doce, y no me he desayunado. JUAN JACOBO Verdad es, las doce son, y no me he desayunado EMILIO ¡Oh, qué hambre debe usted tener! JUAN JACOBO
Lo peor es que la comida no me vendrá a buscar aquí. Son las doce:
justamente la hora en que ayer observábamos desde Montmorency la posición del
bosque, ¿Si pudiéramos observar del mismo modo desde el bosque la posición de
Montmorency?... EMILIO Sí, pero ayer veíamos el bosque, y desde aquí no vemos el
pueblo. JUAN JACOBO Eso es lo malo... Si pudiéramos sin verle encontrar su
posición... EMILIO ¡Ah, querido amigo mío! JUAN JACOBO ¿No decíamos que estaba el bosque?... EMILIO Al norte de Montmorency. JUAN JACOBO ¿Por consiguiente, Montmorency estará?... EMILIO Al mediodía del bosque. JUAN JACOBO Un modo tenemos para hallar el norte a las doce del día. EMILIO Sí, por la dirección de la sombra. JUAN JACOBO Pero ¿y el mediodía? EMILIO ¿Cómo lo haremos? JUAN JACOBO El mediodía es la parte opuesta del norte. EMILIO
Cierto, no hay más que seguir la dirección contraria a la sombra. ¡Ah!
Este es el mediodía, este es el mediodía; seguro que hacia aquí está
Montmorency; vamos hacia esta parte. JUAN JACOBO Puede que tengas razón, tomemos esa senda que atraviesa el
bosque.
EMILIO, dando palmadas, y un grito de alborozo: ¡Ah! ya veo el pueblo;
ahí está frente a nosotros; todo él se ve. Vamos a almorzar, vamos a comer, corramos; para algo es buena
la astronomía.
Contad con que si no dice esta última frase no dejará de pensarla, y
nada importa, con tal que no sea yo quien la diga. Pero estad cierto de que no
olvidará en su vida la lección de este día en vez de que si no hubiera yo
hecho más que figurarle todo esto en su cuarto, al día siguiente no hubiera
recordado palabra de mis razones. Es preciso hablar en cuanto sea dable con
acciones; y decir sólo lo que no se puede hacer.
No rebajaré al lector hasta el punto de presentarle un ejemplo de cada
especie de estudios; pero de cualquier cosa que se trate, nunca puedo exhortar
la bastante al ayo a que mida bien su prueba con la capacidad del alumno;
porque, vuelvo a repetirlo, no es lo malo que no entienda, sino que crea que
entiende.
Me acuerdo de que una vez quise aficionar a un niño a la química, y
después de haberle enseñado, varias precipitaciones metálicas, le explicaba cómo,
se hacía la tinta, diciendo que su color negro procedía de un hierro muy
dividido, desprendido del vitriolo y precipitado por un licor alcalino. En mitad
de mi docta explicación, me paró el traidorzuelo con mi pregunta que le había
enseñado, y me quedé atascado.
Habiéndolo pensado un rato, tomé mi determinación. Envié a buscar
vino a la bodega de la casa, y otro barato a la taberna. Puse en un frasquito,
disolución de álcali fijo, luego, teniendo delante, un vaso de cada uno de los
distintos vinos78,
le hablé así: «Muchos géneros se falsifican para hacer que parezcan mejores
de lo que son. Estas falsificaciones engañan la vista y el gusto; pero son
perjudiciales, y con su hermosa apariencia hacen la cosa falsificada peor de lo
que antes era.
«Se falsifican con especialidad las bebidas, y más que todas los vinos, porque es más difícil de conocer el engaño y aprovecha más al engañar.
«La falsificación de los vinos ásperos o acedos se hace con almártaga, que es una preparación del plomo. Unido el plomo
con los ácidos forma una sal muy dulce que corrige la aspereza del vino, pero
que es veneno para los que le beben. Por tanto, es importante, antes de beber un
vino sospechoso, saber si está o no almartagado. Para descubrirlo, discurro yo
de esta manera:
«El vino no solo contiene alcohol, como se ve por el aguardiente que de
él se saca, sino que, además, contiene ácido, como se puede conocer por el
vinagre y el tártaro que de él también salen.
«El ácido tiene afinidad con las sustancias metálicas, y uniéndose
con ellas por disolución, forma una sal compuesta, como el moho, por ejemplo,
que no es otra cosa que un hierro disuelto por el ácido contenido en el aire o
en el agua, y también el cardenillo, que es el cobre en disolución por el
vinagre.
«Mas este ácido tiene todavía mayor afinidad con las sustancias
alcalinas que con las metálicas; de suerte que, interviniendo las primeras en
las sales compuestas, se ve forzado el ácido a soltar el metal a que estaba unido,
para combinarse con el álcali. «Entonces, desprendida la sustancia metálica del ácido en que estaba disuelta, se precipita, y pone turbio el licor.
Por consiguiente, si uno de estos dos vinos está almartagado, la almártaga
la tiene disuelta el ácido; echando dentro un licor alcalino,
forzará éste al ácido a que suelte su presa para combinarse con él; y el
plomo, que ya no quedará en disolución se volverá a manifestar, enturbiará
el licor y al fin se precipitará en el fondo del vaso.
«Si no hay plomo79, ni metal ninguno en el vino, se combinará pacíficamente
el álcali con el ácido80; quedará todo disuelto y no habrá
precipitado.»
A continuación derramé sucesivamente gotas de mi licor alcalino en
ambos vasos: el del vino de casa permaneció claro y diáfano, el otro se
enturbió al instante; y al cabo de una hora vimos claramente el plomo
precipitado en el fondo del vaso.
«Este es, continué, el vino natural y puro, que se puede beber, y este
otro el falsificado, que es un veneno. Por los mismos conocimientos, cuya
utilidad me preguntabas, se descubre esto: el que sabe cómo se hace la tinta,
también sabe conocer los vinos adulterados.»
Muy contento estaba yo con mi ejemplo, y, sin embargo, noté que no le
había hecho impresión al niño. Necesité algún tiempo para ver que había
hecho yo una tontería; porque, además de la imposibilidad de que un niño de
doce años pudiera seguir mi explicación, no cabía en su entendimiento la
utilidad de esta experiencia; porque habiendo probado los dos vinos y gustándole
ambos no aplicaba idea ninguna a la palabra falsificación, que tan bien creía
yo haberle explicado. Tampoco las otras perjudicial y veneno, tenían para él
significado alguno; y en este punto se hallaba en el mismo caso que el
historiador del médico Filipo, que es el de todos los niños.
Las relaciones de los efectos con las causas, cuya conexión no vemos,
los bienes y males de que no tenemos idea ninguna, las necesidades que nunca
hemos sentido, son cosas nulas para nosotros; imposible es que nos inclinen a
que hagamos nada que se refiera a ellas. De quince años mira uno la felicidad
de un sabio, como de treinta la bienaventuranza de los predestinados. Quien no
conciba bien una y otra, poco hará por ganarlas; y aun cuando las conciba, se
afanará muy poco quien no las desee, ni crea que le convienen. Fácil es
convencer a un niño de que es útil lo que quieren enseñarle; pero nada
importa convencerle, si no logramos persuadirle. En balde hace la serena razón
que aprobemos o vituperemos; solamente la pasión nos hace obrar; ¿ y cómo nos
hemos de apasionar por intereses que no son los nuestros todavía? No mostréis nunca al niño nada que no
alcance él a ver: mientras que casi es ajena de él la humanidad, y no podéis
subirle al estado de hombre, bajad el hombre al estado de niño. Disponedle para
lo que puede serle útil en otra edad, pero no le habléis de cosas cuya actual
utilidad no vea. En cuanto a lo demás, no hagáis nunca comparaciones con otros
niños; no tenga rivales ni contrincantes, ni aun para correr, así que empieza
a discurrir; pues prefiero que nunca aprenda si ha de aprender por celos o
vanidad. Señalaré cada año los progresos que haga; y los compararé con los
que hiciere el año siguiente; le diré: «Tantos dedos has crecido; es el foso
que saltabas, la carga que llevabas; hasta aquella distancia tirabas una piedra;
ese espacio corrías sin descansar, etc.; veamos lo que ahora haces. » Así le
excito sin darle celos de nadie. Se querrá vencer, y debe hacerlo; no veo
inconveniente ninguno en que sea émulo de sí propio.
Aborrezco los libros porque sólo enseñan a hablar de lo que uno no
sabe. Dicen que grabó Hermes en columnas los elementos de las ciencias para que
no pudiera un diluvio borrar sus descubrimientos. Si los hubiera estampado bien
en las cabezas de los hombres, la tradición los hubiera conservado. Los
monumentos donde con caracteres más duraderos se graban los conocimientos
humanos, son los cerebros bien dispuestos.
¿Acaso no habría modo de aproximar todas las lecciones desparramadas en
tantos libros, de reunirlas en un objeto común, que pudiera ser fácil verle,
interesante seguirle y servir de estimulante aun en esta edad? Si es posible
inventar una situación en que de un modo sensible se manifiesten al espíritu
de un niño las necesidades naturales del hombre, y con la misma facilidad se
desarrollen sucesivamente los medios de remediar estas mismas necesidades, el
primer ejercicio que se debe dar a su imaginación es la pintura viva y natural
de este estado. ¡Filósofo ardiente, ya veo inflamarse la
vuestra! No os afanéis, que esta situación está hallada y descrita, y sin
haceros agravio, mucho mejor que vos mismo la describierais, a lo menos con más
sencillez y verdad. Puesto que absolutamente necesitamos libros, uno hay, que
para mi gusto es el tratado más feliz de educación natural. Este será el
primer libro que lea mi Emilio; él solo compondrá por mucho tiempo toda sus
biblioteca y siempre ocupará en ella un lugar distinguido. Será el texto al
cual servirán de mero comentario todas nuestras conferencias acerca de las
ciencias naturales, y él servirá de prueba del estado de nuestro
discernimiento durante nuestros progresos; y mientras no se estrague nuestro
gusto, siempre nos agradará su lectura. ¿Pues qué maravilloso libro es ese?
¿Es Aristóteles? ¿Es Plinio? ¿Es Buffon? No; que es Robinsón Crusoe.
Robinsón Crusoe, solo en su isla, privado del auxilio de sus semejantes
y de los instrumentos de todas las artes, procurándose, no obstante, su
alimento y conservación, y logrando hasta una especie de bienestar, es un
objeto que a cualquiera edad interesa y que hay mil medios de hacerle grato a
los niños. Así realizamos la isla desierta que al principio me sirvió de
comparación. Convengo en que no es el estado del hombre social, ni es verosímil
que haya de ser el de Emilio; mas por este estado debe apreciar todos los demás.
El medio más cierto de colocarse en esfera superior a las preocupaciones, y
coordinar sus juicios según las verdaderas relaciones de las cosas, es
suponerse un hombre aislado y juzgar de todo como debe juzgar este mismo hombre
con relación a su propia utilidad. Separando de esta novela todo su fárrago,
empezándola por el naufragio de Robinsón cerca de su isla, y concluyéndola
con el arribo del navío que viene a sacarle de ella, será en junto la diversión
y la instrucción de Emilio durante la época de que aquí tratamos. Quiero que
pierda la cabeza ocupándose sin cesar en su fortaleza, en sus cabras, en sus
plantíos; que aprenda circunstanciadamente, no en libros sino en las cosas,
todo cuanto en caso semejante ha de saberse, que se figure que él mismo es
Robinsón; que se contemple vestido de pieles, con una disforme gorra, un enorme
sable, y todo el estrambótico atavío de la figura, menos el quitasol que no
necesita. Quiero que le afanen las medidas que hubiera de tomar si llegase a
faltarle esto o lo otro; que examine la conducta de su héroe; que averigüe si
éste no ha omitido nada, si no podía hacer cosa mejor, que note con atención
sus yerros y los aproveche para no incurrir en ellos en igual caso; porque no
dudéis de que formará el proyecto de ir a hacer un establecimiento semejante;
que estas son las torres de viento de esta venturosa edad en que no se conoce
otra dicha que lo necesario y la libertad.
¡Cuántos recursos ofrece esta locura a un hombre hábil, que sólo se
la ha sugerido para aprovecharse de ella! Ansioso el niño por formar un almacén
para su isla, aprenderá con más ardor que pueda enseñarle el maestro. Todo
cuanto es útil querrá saberlo, y no querrá saber otra cosa: ya no necesitaréis
guiarle, que os veréis precisados a contenerle. Pero que a ella ciñe su
felicidad; porque se va acercando el día en que si todavía quiere vivir en
ella, no querrá vivir solo; y el salvaje compañero de Robinsón, Domingo, que
ya ahora le interesa poco, no pueda bastarle.
El ejercicio de las artes naturales, para las cuales puede ser suficiente
un hombre solo, conduce a la investigación de las artes industriales, que
necesitan del concurso de mucho. Salvajes y solitarios pueden ejercitar las
primeras; las otras solamente nacen en la sociedad, haciéndola indispensable.
Mientras únicamente se conoce la necesidad física, cada hombre se basta a sí
propio; la introducción de lo superfluo precisa a dividir y distribuir el
trabajo, porque si bien es verdad que un hombre que trabaja solo no gana más
que la subsistencia de un hombre, ciento que trabajen de acuerdo ganarán para
que subsistan doscientos. Por tanto, si una parte de los hombres vive sin
trabajar, es necesario que el concurso de brazos de los que trabajan supla por
la ociosidad de aquellos. Vuestro mayor cuidado será el apartar del
espíritu de vuestro alumno todas las nociones de las relaciones sociales que
excedan de su capacidad; pero cuando por el encadenamiento de sus conocimientos
os veáis precisados a manifestarle la dependencia recíproca de los hombres, en
vez de mostrársela por su aspecto moral, llamad primero toda su atención hacia
la industria y las artes mecánicas, que hacen que sean útiles unos a otros.
Paseadle de obrador en obrador y no consintáis nunca que vea operación ninguna
sin poner él manos a la obra; ni que salga del taller sin saber a fondo la razón
de cuanto en él se hace, o, a lo menos, de cuanto haya observado. Para esto
trabajad vos mismo, dadle ejemplo: para que él se haga maestro, haceos
aprendiz, y estad cierto de que más aprenderá con una hora de trabajo, que con
un día de explicaciones.
Hay una estimación pública que se aplica a las diversas artes en razón
inversa de su utilidad real. Mídese directamente esta estimación por su misma
inutilidad, y debe ser así. Las artes más útiles son las que menos ganan,
porque se proporciona el número de operarios con la necesidad de los hombres, y
porque el trabajo necesario para todo el mundo permanece forzosamente a un
precio que puede pagar el pobre. Por el contrario, esos que no se llaman
artesanos, sino artistas, como trabajan únicamente para los ociosos y los
ricos, ponen a sus bujerías precio arbitrario; y consistiendo sólo en la
estimación el mérito de estos vanos artefactos, hasta su subido precio es
parte de él y se estiman en proporción de lo que cuestan. No es debido a su
uso el caso que de ellos hacen los ricos, sino a que no puede pagarlos el pobre.
Nolo habere bona, nisi quibus populus inviderit81.
¿Qué será de vuestros alumnos si les dejáis que adopten esta necia
preocupación, si vos mismo la favorecéis, si ven, por ejemplo, que entráis
con más atenciones en la tienda de un platero que en la de un cerrajero? ¿Qué
juicio han de formar del verdadero mérito de las artes y del exacto de las
cosas, si en todas partes ven el precio de capricho en contradicción con el que
resulta de la utilidad real, y que cuanto más cuesta una cosa, menos vale? En
cuanto dejéis que se introduzcan estas ideas en su cabeza, abandonad lo
restante de su educación; mal que os pese, serán educados como todo el mundo,
y habréis perdido catorce años de afanes.
Emilio, que piensa en amueblar su isla, tiene otro modo de ver. Mucho más
aprecio hubiera hecho Robinsón de la tienda de un herrero que de todos los
dijes de un diamantista; el primero le hubiera parecido un hombre muy
respetable, no así el segundo.
«Mi hijo está destinado a vivir en el mundo, y no ha de vivir con
sabios, sino con locos: así es necesario que conozca sus locuras, una vez que
los hombres quieren ser guiados por ellas. Bueno será el conocimiento real de
las cosas, pero más vale todavía el de los hombres y sus juicios: porque
siendo en la sociedad humana el hombre el mayor instrumento del hombre, el más
sabio es el que mejor se vale de este instrumento. ¿Qué sirve dar a los niños
idea de un orden imaginario opuesto en todo al que han de hallar establecido, y
por el cual será fuerza que se arreglen? Dadles primero lecciones para que sean
sabios, y luego se las daréis para que conozcan en qué son locos los demás.»
Conformándose con estas especiosas máximas,
se afana la falsa prudencia de los padres en hacer esclavos a sus hijos de las
preocupaciones de que los mantienen, y la irrisión de la turba insensata,
cuando piensan que la hacen instrumento de las pasiones de ellos. ¡Cuántas
cosas es necesario conocer antes de llegar al conocimiento del hombre! El hombre
es el último estudio del sabio, ¡y pretendéis que sea el primero de un niño!
Antes de instruirle en nuestro modo de sentir, enseñadle primero a que le
aprecie. ¿Es conocer una locura el reputarla a razón? Para ser sabio es
preciso discernir lo que no es conforme con la sabiduría. ¿Cómo ha de conocer
vuestro hijo a los hombres, si no sabe juzgar sus juicios, ni distinguir sus
errores? Es malo saber lo que aquellos piensan, ignorando si en su pensar
aciertan o yerran. Por tanto, enseñadle primero lo que son las cosas en sí
mismas y luego le enseñaréis lo que son a nuestra vista ; así sabrá comparar
la opinión con la verdad y elevarse sobre la esfera del vulgo, porque no conoce
las preocupaciones quien las adopta, ni conduce al pueblo el que se le parece.
Pero si empezáis instruyéndole en la opinión pública, antes de enseñarlo a
que la estime en lo que vale, estad cierto de que por mucho que os afanéis la
hará suya y nunca la extirparéis en él. De aquí colijo que para conseguir
que tenga razón sana, es preciso formar bien sus juicios en vez de dictarle los
nuestros.
Ya veis que hasta aquí no he hablado de los hombres a mi alumno, que
hubiera tenido razón sobrada para entenderme; aún no son para él bastante
palpables sus relaciones con su especie, para juzgar por sí de los demás. No
conoce otro ser humano que a sí propio, y está aún muy lejos de conocerse;
pero si forma pocos juicios acerca de su persona, al menos son exactos. No sabe
cuál es el puesto de los demás; pero ve el suyo, y se tiene firme en él. En
vez de las leyes sociales que no puede conocer, le hemos aprisionado con las
cadenas de la necesidad. Todavía casi no es más que un ser físico; sigamos
tratándole como tal.
Debe apreciar todos los cuerpos de la naturaleza y todos los oficios de
los hombres, por la relación sensible que tienen con su utilidad, seguridad,
conservación y bienestar. El hierro debe ser a sus ojos mucho más apreciable
que el oro, y el vidrio más que el diamante, del mismo modo estima más a un
albañil o a un zapatero que a todos los diamantistas de Europa; particularmente
un pastelero es para él sujeto importantísimo y daría toda la Academia de la
Historia por un confitero. Los plateros, los grabadores, los doradores y los
bordadores, son a su parecer holgazanes que pasan el tiempo en juegos
absolutamente inútiles, y tampoco hace mucho caso de la relojería. El
venturoso niño disfruta del tiempo sin ser su esclavo, le aprovecha y no sabe
lo que vale; la calina de las pasiones que le hace siempre igual su sucesión,
le sirve de instrumento para medirle cuando lo necesita82. Cuando supuse que tenía un reloj, y le
hice llorar, me fingía un Emilio vulgar para ser útil y que me entendiesen;
porque en cuanto al verdadero, niño tan distinto de los demás, para nada
serviría de ejemplo.
Hay otro orden no menos natural y más conforme a razón todavía, en
virtud del cual se consideran las artes según las relaciones de necesidad que
las estrechan, colocando en primer lugar las más independientes y en el último
las que penden de mayor número de otras. Este orden, que presenta importantes
consideraciones acerca del de la sociedad general, es parecido al anterior y
sujeto al mismo trastorno en la estimación de los hombres; de suerte que se
emplean las materias primeras en oficios que no dan honra ni casi provecho, y
que cuanto más manos han mudado, más honra tiene y crece el valor de la mano
de obra. No examino aquí si es cierto que sea mayor la industria y merezca más
recompensa en las minuciosas artes que dan a estas materias la última forma,
que en el primer trabajo que las convierte en usuales a los hombres; digo sólo
que en cada cosa, el arte cuyo uso es más general y más indispensable, es sin
disputa el que más estimación merece; y que la industria que menos artes
auxiliares necesita, también es acreedora a más aprecio que las que emplean
muchas, porque es más libre y más independiente. Tales son las verdaderas
reglas de la valuación de las artes y la industria; todo lo demás es
arbitrario y pende de la opinión.
La primera y más respetable de todas las artes es la agricultura; en
segunda lugar colocaría yo la herrería; la carpintería en tercero, etc. El niño
a quien no hayan seducido las preocupaciones vulgares, precisamente pensará así.
¡Cuántas importantes reflexiones sacará nuestro Emilio sobre este punto de su
Robinsón! ¿Qué pensará cuando vea que sólo subdividiéndose y multiplicando
hasta lo infinito los instrumentos de unas y otras, se perfeccionan las artes?
Dirá: Todas estas gentes son neciamente ingeniosas; pensaríase que tienen
miedo de que les sirvan para algo sus dedos y sus brazos, según la multitud de
instrumentos que inventan para no usarlos. Para ejercitar un arte sola, se han
sujetado a otras mil; y cada artífice necesita una ciudad entera. En cuanto a
mi camarada y yo, nuestro ingenio le empleamos en nuestra maña, y nos hacemos
herramientas que a todas partes podamos llevar. Todos esos sujetos tan afanos con su
talento en una capital, nada sabrían en nuestra isla y serían a su vez
aprendices nuestros. | ||||||