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Emilio o La Educación
Juan Jacobo Rousseau TOMO
PRIMERO - LIBRO CUARTO
¡Cuán rápidamente pasamos por la
tierra! Antes que conozcamos el uso de la vida, ya es ido el primer cuarto; el
cuarto último huye cuando hemos cesado de disfrutarla. Primero no sabemos
vivir; en breve ya no podemos; y del intervalo que separa estos dos extremos inútiles,
los tres cuartos del tiempo restantes se los llevan el sueño, la fatiga, el
dolor, la sujeción, todo género de penalidades. La vida es corta, no tanto por
lo poco que dura, cuanto porque de eso poco apenas hay rato que gocemos de ella.
Vano es que la hora de la muerte se halle distante del punto del nacimiento;
sobrado breve será la vida, si no se llena bien este espacio.
Nacemos, por decirlo así, en dos veces; una para existir, otra para
vivir; para la especie la una, y la otra para el sexo. Sin duda yerran los que
miran a la mujer como un hombre imperfecto; la analogía exterior milita en
favor de ellos. Hasta la edad núbil no descubren las criaturas de ambos sexos
apariencia ninguna que las distinga; el mismo semblante, la misma figura, el
mismo color, en todo son iguales; criaturas son los chicos y criaturas las
chicas; un mismo nombre califica seres tan semejantes. Los varones a quienes
impiden el ulterior desarrollo del sexo, toda su vida conservan esta conformidad
y siempre son criaturas adultas, y las mujeres, que no la pierden, parece que
bajo muchos aspectos nunca sean otra cosa.
Pero, en general, el hombre no está destinado a permanecer siempre en la
niñez, pues sale de ella en la época que ha prescrito la naturaleza, y aunque
bien fugaz este instante crítico, su influjo se extiende muy adelante. Así como el bramido del mar desde lejos
precede a la tormenta, así también anuncia esta tempestuosa revolución el
murmullo de las nacientes pasiones, y una sorda fermentación con que se
previene la cercanía del peligro. Mudanza de genio, frecuentes enfados, agitación
continua de ánimo tornan casi indisciplinable el niño; sordo ahora a la voz
que ola con docilidad, es el león con la calentura; desconoce a quien le gula y
no quiere ya ser gobernado.
A los signos morales de una índole que s e altera, se unen sensibles
mudanzas en todo su exterior. Desenvuélvese su fisonomía, y se imprime en ella
su sello característico; pardea y toma consistencia el vello suave que crece
bajo sus mejillas ; muda su voz, o más bien la pierde; no es niño, ni hombre,
y no puede tomar el habla de uno ni de otro. Sus ojos, les órganos del alma,
que hasta ahora nada decían, hallan su expresión y su lengua; anímalos un
ardor naciente; todavía reina la santa inocencia en sus vivas miradas, pero ya
han perdido su primera sencillez, y advierte que pueden decir mucho; empieza a
saber lo que siente, y está inquieto sin motivo para estarlo. Todo esto puede
venir despacio, y dejarle tiempo todavía; pero si es sobrado impaciente, su
viveza, si se convierte en furia su arrebato, si de un instante a otro se
enternece y se irrita, se vierte llanto sin causa, si cuando se arrima a los
objetos que empiezan a serle peligrosos, se agita su pulso y sus ojos se
inflaman, si se estremece cuando la mano de una mujer toca su mano, si ante ella
se turba y se intimida, Ulises, cuerdo Ulises, mira por ti; abiertas están las
odres que con tanto afán guardabas cerradas, sueltos están ya los vientos; no
abandones un punto el timón, o todo se ha perdido. Este es el segundo nacimiento de que he
hablado; aquí nace de verdad el hombre a la vida, y nada humano es ajeno de él.
Hasta aquí nuestros afanes no han sido otra cosa que juegos de niños; ahora es
cuando adquieren verdadera importancia. Esta época, en que se concluyen las
educaciones ordinarias, es propiamente aquélla en que ha de empezar la nuestra;
mas para exponer bien este nuevo plan, tomemos desde más arriba el estado de
las cosas que tienen relación con él. Nuestras pasiones son los principales
instrumentos de nuestra conservación; luego tan vana como ridícula empresa es
intentar destruirlas; esto es censurar la naturaleza y querer reformar la obra
de Dios. Si dijera Dios al hombre que aniquilase las pasiones que le da, querría
Dios y no querría, y se contradiría a sí propio. Nunca dictó tan desatinado
precepto, no hay escrita semejante cosa en el corazón humano; lo que quiere
Dios que haga un hombre, no hace que otro hombre se lo diga; se lo dice él
mismo, y lo escribe en lo intimo de su corazón.
Por loco tendría a quien quisiera estorbar que naciesen las pasiones,
casi por tan loco como el que quisiese aniquilarlas; y, ciertamente, me habrían
entendido muy mal los que creyesen que semejante proyecto hubiera sido el mío
hasta aquí.
Pero ¿razonaría bien quien dedujese, porque es natural al hombre tener
pasiones, que son naturales todas cuantas sentimos en nosotros y vemos en los
demás? Natural es su fuente, es verdad, pero corre abultada por mil raudales
extraños; y es un caudaloso río que sin cesar se enriquece con nuevas aguas, y
en que apenas se encontrarían algunas gotas de las suyas primitivas. Nuestras
pasiones naturales son muy limitadas; son instrumentos de nuestra libertad, que
conspiran a nuestra conservación todas cuantas nos esclavizan y nos destruyen,
no nos las da la naturaleza, nos las apropiamos nosotros en detrimento suyo.
La fuente de nuestras pasiones, el origen y principio de todas las demás,
la única que nace con el hombre, y mientras vive nunca le abandona, es el amor
de sí mismo: pasión primitiva, innata, anterior a cualquiera otra, de la cual
se derivan, en cierto modo, y a manera de modificaciones, todas las demás. En
este sentido son todas, si queremos, naturales. Pero la mayor parte de estas
modificaciones tienen causas extrañas, sin las cuales nunca existirían; y
estas modificaciones, lejos de sernos provechosas, nos son perjudiciales, pues
mudan su primer objeto y pugnan con su principio; entonces se encuentra el
hombre fuera de la naturaleza y se pone en contradicción consigo mismo.
Siempre es bueno el amor de si mismo, pero conforme al orden. Encargado
con especialidad cada uno de su propia conservación, su más importante y
primera solicitud debe ser el velar sobre ella continuamente; ¿y cómo ha de
estar siempre en vela, si no le mueve el más vivo interés?
Preciso es, pues, que nos amemos para conservarnos, y que nos amemos más
que todas las cosas; por consecuencia inmediata de este mismo afecto, amamos lo
que nos conserva. Todo niño se aficiona a su nodriza, Rómulo se debió
aficionar a la loba que le daba el pecho. Esta afición es al principio
meramente maquinal. A todo individuo le atrae lo que favorece su bienestar, y le
repele lo que le perjudica; esto no es más que un ciego instinto. Lo que
trasforma en afecto este instinto, en amor la afición, la aversión en odio, es
la intención manifiesta de perjudicarnos o sernos útil. Nadie se apasiona por
los seres insensibles que siguen el impulso que les han dado; pero aquellos de
quienes esperamos daño o beneficio en fuerza de su disposición interna, de su
voluntad, los que vemos que libremente obran en nuestro favor o en contra
nuestra, nos inspiran afectos análogos a los que nos manifiestan. Buscamos lo
que nos sirve, pero amamos lo que nos quiere servir; huimos lo que nos
perjudica, pero aborrecemos lo que quiere hacernos mal.
El primer afecto de un niño es amarse a si propio; y él, segundo, que
del primero se deriva, amar, a los que le rodean; porque en el estado de
flaqueza en que se halla, sólo conoce las personas por la asistencia y las
atenciones que recibe. Primero la afición que tiene a su nodriza y a su niñera
no es más que hábito; las busca porque las necesita, y, porque se encuentra
bien con ellas; es más egoísmo en él que benevolencia. Mucho tiempo se
necesita para que comprenda que no sólo le son útiles, sino que quieren serlo;
y, entonces es cuando empieza a quererlas.
Por consiguiente un niño, se inclina de modo natural a la benevolencia,
porque ve que todo cuanto, a él se acerca tiene propensión a asistirle; y de
esta observación saca la costumbre de un afecto propicio a su especie; pero, a
medida que extiende sus relaciones, sus necesidades, sus dependencias activas o
pasivas, se despierta el afecto de sus relaciones con otro y produce el de las
obligaciones y preferencias. Tórnase entonces el niño imperioso, celoso, engañador
y vengativo. Si le obligan a que obedezca, como no ve para qué sirve lo que le
mandan, lo atribuye a intención de atormentarle, y se enfurece. Si le obedecen
a él, así que algo se le resiste, lo mira como una rebeldía, como una
determinación de hacerle mal; aporrea la silla o la mesa, porque le ha
desobedecido. El amor de sí mismo, que sólo a nosotros se refiere, está
contento cuando se hallan satisfechas nuestras verdaderas necesidades; pero el
amor propio que se compara, nunca está contento ni puede estarlo, porque como
nos prefiere este afecto a los demás, también exige que nos prefieran los demás
a ellos, cosa que no es posible. De este modo nacen del amor propio las
irascibles y rencorosas; de suerte que lo que hace al hombre esencialmente
bueno, es tener pocas necesidades, y compararse poco con los demás, y,
esencialmente malo, el tener muchas necesidades y adherirse mucho a la opinión.
Fácil es ver por este principio, cómo se pueden encaminar a lo bueno o a lo
malo todas las pasiones de los niños y los hombres. Verdad es que no pudiendo
siempre vivir solos, con dificultad vivirán siempre buenos, y que
necesariamente, crecerá esta dificultad aumentándose sus relaciones; y en este
particularmente los riesgos de la sociedad nos hacen más indispensables la
diligencia y el arte para precaver en el corazón humano la depravación que
nace de sus nuevas necesidades.
El estudio conveniente para el hombre es el de sus relaciones. Mientras
que sólo se conoce por su ser físico, se debe estudiar en sus relaciones con
las cosas, que es el empleo de su niñez; cuando empieza a sentir su ser moral,
se debe estudiar en sus relaciones con los hombres, que es el empleo de toda su
vida, comenzando desde el punto a que ya hemos llegado.
Tan pronto como el hombre necesita una compañera, ya no es un ser
aislado, ni está solo su corazón. Con ésta nacen todas sus relaciones con su
especie, y todas las afecciones de su alma; y en breve su pasión primera hace
que fermenten todas las demás.
La inclinación del instinto es indeterminada; un sexo es atraído hacia
otro; este es él movimiento de la naturaleza. La elección, las preferencias,
el cariño personal; son producto de las luces, las preocupaciones y la
costumbre; es menester conocimientos y tiempo para hacernos aptos para el amor;
sólo después de juzgar amamos, y no preferimos hasta haber comparado. Fórmanse
estos juicios sin que pensemos en ello; mas no por eso son menos reales. Digan
lo que quieran, siempre honrarán los hombres el amor verdadero; porque, si bien
nos descarrían sus arrebatos, y no excluye del pecho que le siente cualidades
odiosas, o a veces las engendra, no obstante supone otras apreciables, sin las
cuales no sería el amante capaz de serlo. Esta elección, que dicen ser opuesta
a la razón, proviene de ella. Al amor le pintan ciego porque tiene ojos más
penetrantes que los nuestros y ve relaciones que no podemos distinguir. Toda
mujer sería igualmente buena para quien no tuviese idea ninguna del mérito ni
la belleza, y la más próxima sería siempre la más amable. Lejos de venir el
amor de la naturaleza, él es, por el contrario, freno y regla de las
inclinaciones de aquélla; por él, fuera del objeto amado, nada es un sexo con
respecto al otro. La preferencia que uno da, quiere
obtenerla; el amar debe ser mutuo. Para ser amado es preciso hacerse amable;
para ser preferido, es preciso hacerse más amable que ningún otro, al menos a
los ojos del objeto amado. De aquí la primera contemplación de sus semejantes;
las primeras comparaciones con ellos; la emulación, las rivalidades, los celos.
Lleno el pecho de un afecto que rebosa, anhela por verterse fuera; en breve de
la necesidad de una dama nace la de un amigo. El que siente cuán suave es ser
amado, quisiera que todo el mundo le amara; y cuando todos aspiran a
preferencias, no puede menos de haber muchos mal satisfechos. Con el amor y la
amistad nacen las disensiones, los odios y las maldades. Sobre tantas pasiones
diversas, veo que se erige la opinión un trono incontrastable, y que los estúpidos
mortales, siervos de su imperio, fundan su propia existencia en ajenos juicios.
Ampliad estas ideas, y veréis de dónde proviene a nuestro amor propio
la forma que le es natural; y cómo cesando de ser un afecto absoluto el amor de
sí mismo se convierte en altivez en los ánimos fuertes, en vanidad en los
apocados, y en todos se alimenta a costa del prójimo. No teniendo germen esta
especie de pasiones en el corazón de los niños, no pueden brotar por si solas;
nosotros somos los que las plantamos, y nunca echan en ellos raíces, como no
sea por nuestra culpa. Mas no sucede lo mismo en el corazón del joven; hágase
lo que se quiera, contra nuestra voluntad nacerán en él. Así que es tiempo de
variar de método. Empecemos con algunas importantes
reflexiones acerca del estado crítico de que aquí se trata. No ha determinado
de tal modo la naturaleza el tránsito de la infancia a la pubertad, que en los
individuos no varíe según los temperamentos, y en los pueblos, según los
climas. Saben todos las diferencias que en esta parte se observan en los países
fríos y en los cálidos, y ve cada uno que se forman los temperamentos
ardientes antes que los demás; pero es fácil engañarse acerca de las causas,
atribuyendo con frecuencia a lo físico lo que se debe imputar a lo moral; que
es uno de los más frecuentes abusos de la filosofía de nuestro siglo. Lentas y
tardías son las instrucciones de la naturaleza; las de los hombres casi siempre
prematuras. En el primer caso, los sentidos despiertan la imaginación; en el
segundo, la imaginación despierta los sentidos y les da una precoz actividad,
que no puede menos que enervar y debilitar primero a los individuos, y más
tarde a la especie. Más cierta y más general observación que la de la
eficacia de los climas, es que siempre es más temprana la pubertad y la
potencia del sexo en los países instruidos y cultos que en los ignorantes y bárbaros91.
Tienen los niños una rara sagacidad para penetrar por medio de los melindrosos
adornos de la decencia las malas costumbres que encubren. El apurado estilo que
les dictan, las lecciones de honestidad que les dan, el velo misterioso que
afectan correr ante sus ojos son cebos que incitan su curiosidad. Por el modo
como obran con ellos, es claro que lo que fingen ocultarles, eso quieren que
aprendan; y de todas cuantas instrucciones les dan, esta es la que más les
aprovecha.
Consultad la experiencia y comprenderéis hasta qué punto acelera este
desatinado método la obra de la naturaleza y estraga el temperamento. Está es
una de las causas principales de que degeneren las castas en las ciudades.
Exhaustos muy en breve los jóvenes, se quedan pequeños, endebles, mal
formados, envejecen en vez de crecer, como
desfallece y muere antes del otoño; la vid que forzaron a dar fruto en
primavera. Es preciso haber vivido en pueblos rudos y sencillos; para saber hasta qué edad puede una venturosa ignorancia dilatar la inocencia de los años. Un espectáculo que causa risa y ternura, es ver ambos sexos entregados a la confianza de su corazón, en la flor de la edad y la hermosura prolongar los cándidos juegos de la niñez, y con su familiaridad misma manifestar, lo puro de sus deleites. Finalmente, cuando llega a casarse esta amable mocedad, ambos esposos, que mutuamente se entregan las primicias de su persona, se quieren más uno a otro, y una porción de hijos sanos y robustos son prenda de una unión que nada puede alterar, y fruto de la cordura de sus primeros años.
Si la edad en que adquiere el hombre la conciencia de su sexo varía no menos por efecto de la educación que por la acción
de la naturaleza, dedúcese que puede acelerarse y retardarse esta edad según
el modo con que los niños se eduquen; y si gana o pierde consistencia el cuerpo
a proporción que se retarda o se acelera este progreso, también se comprende
que cuanto más nos apliquemos a retardarle, más fuerza y vigor adquirirá un
joven. Todavía no hablo más que de los efectos meramente físicos; en breve
veremos que los resultados no se ciñen a éstos.
De estas reflexiones infiero la solución de si conviene dar luz a los niños
desde temprano acerca de los objetos de su curiosidad, o si vale más
alucinarlos con modestos errores. Pienso que no conviene ni lo uno ni lo otro.
En primer lugar, no les ocurre esta curiosidad sin haber dado motivo a ella; por
tanto, se ha de hacer de manera que no les venga la idea. En segundo, cuestiones
que no está uno forzado a resolver, no exigen que engañemos al que nos las
propone: más vale imponerle silencio que responderle con una mentira. Poco
extrañará esta ley, si hemos tenido cuidado de sujetarle a ella en las cosas
indiferentes. Finalmente, si nos resolvemos a responderle, sea con la mayor
sencillez, sin misterio, sin empacho y sin sonrisa. Mucho menos peligroso es
satisfacer la curiosidad del niño, que incitarla.
Sean siempre graves, cortas, resolutivas vuestras contestaciones y no
parezca nunca que vaciláis. No es necesario añadir que han de ser verdaderas;
es imposible enseñar a los niños el riesgo de que mientan a los hombres, sin
que sientan los hombres el riesgo más grave de mentir a los niños. Una sola
mentira del maestro que él descubra, dio para siempre al traste con todo el
fruto de la educación.
En ciertas materias, lo que más convendría a los niños sería una
absoluta ignorancia, pero que sepan pronto lo que no es posible esconderles
siempre. Menester es que no se despierte de manera alguna su curiosidad o que se
la satisfagan antes de la edad en que no carece de peligro. En esta parte pende
mucho vuestra conducta con vuestro alumno, de su particular situación, de las
sociedades que frecuenta, de las circunstancias en que preveáis que podrá
hallarse, etc. Aquí importa no dejar nada a la casualidad; y si no estáis
cierto de lograr que hasta los diez y seis años no sepa la diferencia de los
sexos, enseñádsela antes que cumpla los diez.
No me gusta que afecten con los niños un lenguaje muy depurado, ni que
se hagan largos circunloquios, que conozcan ellos, por no querer llamar las
cosas con su verdadero nombre. En estas materias las buenas costumbres siempre
tienen mucha sencillez; pero mancillada la imaginación con el vicio, torna
delicado el oído, y fuerza a que se aclare sin cesar la expresión. Los términos
toscos no tienen malas consecuencias; lo que hemos de huir son las ideas
lascivas.
Aunque el pudor sea cosa natural en la especie humana, los niños no lo
conocen. Con el conocimiento del mal nace el pudor; ¿y cómo han detener un
afecto que se origina de aquel, si no tienen ni deben tener este conocimiento?
Darles lecciones de pudor y honestidad, es enseñarles que hay cosas torpes y
deshonestas e inspirarles secreto deseo de saberlas. Tarde o temprano se salen
con ello, y la primer chispa que prende la imaginación, infaliblemente acelera
el incendio de los sentidos. Quien se sonroja ya es culpado, pues la inocencia
verdadera de nada se avergüenza. Los niños no tienen, los mismos deseos
que los hombres; pero expuestos como ellos a la suciedad que repugna a los
sentidos, de esta sola sujeción pueden tomar las mismas lecciones, de bien
parecer Seguid el espíritu de la naturaleza, que colocando en el mismo lugar
los órganos de los secretos deleites y de las asquerosas necesidades; nos
inspira las mismas atenciones en edades distintas, aquí por una idea, allá por
otra; por la modestia al hombre; al niño por la limpieza.
No veo más que un medio eficaz para que conserven los niños su
inocencia; y es que todos cuantos les rodean la amen y respeten sin lo cual todo
el recato que con ellos procuran usar, tarde o temprano se: desmiente; una
sonrisa, un guiño de ojos, un ademán que se escape, les dicen cuanto se
esforzaban en callarles; pues les basta, para saberlo, ver que han querido
escondérselo. La delicadeza de expresiones y circunloquios que usan entre sí
las personas cultas, como suponen luces que no deben tener los niños, es con
ellos del todo impertinente; mas cuando honramos de veras su sencillez, con
facilidad tomamos con ello a los términos que les convienen. Hay cierto candor
de conversación que sienta bien y place a la inocencia; y este es el verdadero
estilo que desvía al niño de una peligrosa curiosidad. Hablándole de todo con
sencillez, no le dejamos sospechar que algo más quede por decirle. Juntando con
las palabras torpes las ideas desagradables que anuncian, se ahoga el primer
fuego de la imaginación: no le vedamos que pronuncie estas palabras, ni que
tenga estas ideas; pero sin que él lo piense, le infundimos repugnancia a que
las recuerde. ¡Y de cuántos atolladeros saca esta libertad cándida a los que,
tomándola en su propio corazón. siempre, dicen lo que conviene, y lo dicen
siempre como lo sienten! ¿Cómo se paren las niños? Cuestión
peliaguda que, naturalmente, ocurre a los muchachos, y cuya discreta o necia
respuesta decide alguna vez, de sus costumbres y salud para toda su vida. El
modo más corto que imagina una madre para zafarse de ella, sin engañar a su
hijo, consiste en hacerle callar. Esa estaría bien si de, antemano le hubieran
acostumbrado a ello, en las preguntas indiferentes, y no sospechara que había
misterio en este nuevo estilo. Pero rara vez, se ciñe la madre a eso. Ese es
secreto de las personas casadas, les dirá; los chicos no han de ser tan
curiosos. Muy bueno, es eso, para que salga la madre del paso; mas sepa que en
revancha de esta especie de burla, no cesará el niño de indagar hasta saber el
secreto de las personas casadas, y no tardará en conocerle.
Permítanme referir una respuesta muy distinta que, oí dar a la misma
pregunta, y que me chocó más porque salió de boca de una mujer tan modesta en
sus razones como en sus modales; pero que cuando era necesario sabía hollar a
sus plantas, en beneficio de su hijo y en obsequio de la virtud, el infundado
temor del que dirán y los fútiles donaires de los juglares. No hacía mucho
tiempo que había arrojado el niño con los orines una piedrecilla que le
despedazó la uretra; pero se le había olvidado el pasado mal. Mamá, dijo, ¿cómo
se paren los niños? Hijo mío, respondió sin titubear la madre, las mujeres
los orinan con dolores que a veces les cuestan la vida. Ríanse los locos,
escandalícense los necios; pero averigüen los sabios si hallarán respuesta más
prudente y que con más acierto se encamine al fin.
Primeramente, la idea de una necesidad natural y conocida del niño
aparta de su imaginación la de una operación misteriosa; y las ideas
accesorias de muerte y dolor envuelven aquélla en un velo de tristeza que
amortigua la imaginación y enfrena la curiosidad: el espíritu se ocupa todo en
las consecuencias del parto, y no en sus causas. Las dolencias de la naturaleza
humana, objetos de asco, imágenes de sufrimiento, son las aclaraciones a que
conduce esta respuesta, si la repugnancia que inspira deja que el niño las
pregunte. ¿Por donde abrirán puerta a la inquietud de nacientes deseos diálogos
dirigidos de esta manera? Bien veis, no obstante, que no se ha alterado la
verdad, ni ha sido necesario engañar al alumno en vez de instruirle.
Vuestros niños leen, y en sus lecturas adquieren conocimientos que, si
no leyeran, no tendrían. Si estudian, se inflama y aguza la imaginación con el
silencio del gabinete. Si viven en el mundo, oyen una extravagante jerigonza,
ven ejemplos que les hacen eco; tanto les han persuadido que eran hombres que
todo cuanto hacen los hombres luego averiguan cómo a ellos pudiera convenirles;
menester es que les sirvan de pauta las acciones ajenas, pues que les sirven de
ley los ajenos juicios. Los criados que de ellos pendan, les halagan a costa de
las buenas costumbres; nodrizas chistosas les dicen, cuando tienen sólo cuatro
años, dichos que la más descarada no se atrevería a pronunciar delante de
ellos, si tuvieran quince. En breve olvidan ellas lo que dijeron, pero ellos no
olvidan lo que oyeron. Las conversaciones indecentes disponen a las costumbres
de un hombre relajado; el lacayo bribón hace al niño disoluto; y el secreto
del uno, sirve de fianza al del otro.
El niño educado conforme a su edad, está solo; no conoce otras
aficiones que las del hábito; quiere a su hermana lo mismo que a su reloj, y
como a su perro a su amigo. No siente que es de sexo ninguno, de ninguna
especie; igualmente extraños son para él el hombre y la mujer; nada de cuanto
dicen o hacen lo refiere él a sí propio; no lo ve ni lo oye, o no pone en ello
atención ninguna, ni le interesan sus ejemplos ni sus razonamientos; nada de
esto hace impresión en él. Por este método no le inculco un artificioso
error, déjole sí en la ignorancia de la naturaleza. Llega tiempo en que cuida
la misma naturaleza de dar luces a su alumno, y ya entonces le ha puesto en
estado de aprovecharse sin riesgo de las lecciones que le da. Este es el
principio; no es del caso circunstanciar las reglas, y pueden servir de ejemplo
los medios que he propuesto con motivo de otros objetos.
¿Queréis poner orden y regla en las pasiones nacientes? Ensanchad el
espacio durante el cual se desarrollan, para que tengan tiempo de irse colocando
a medida que van naciendo. Entonces no las coordina el hombre, sino la
naturaleza, y vuestra tarea se ciñe a dejarla que ponga en orden su trabajo. Si
estuviera solo vuestro alumno, nada tendráis que hacer; pero todo cuanto le
rodea inflama su imaginación. Arrástrale el torrente de las preocupaciones, y
para retenerle, es fuerza empujarle en sentido contrario, que el sentimiento
refrene la imaginación, y que la razón ponga silencio a la opinión de los
hombres. La sensibilidad es el manantial de todas las pasiones, y la imaginación
determina su corriente. Todo ser que siente sus relaciones debe conmoverse
cuando éstas se alteran, y cuando imagina cree imaginar otras que más se
adaptan a su naturaleza. Los errores de la imaginación trasforman en vicios
todas las pasiones de los seres limitados, hasta las de los ángeles, si los
hay, pues para que supiesen qué relaciones se adaptan mejor a su naturaleza,
fuera preciso que conociesen la de todos los seres.
Por consiguiente, todo el compendio de la humana sabiduría, con respecto
a las pasiones; se cifra: 1º, en conocen las verdaderas relaciones del hombre,
tanto en la especie como en el individuo; 2º, en coordinar; conforme a estas
relaciones, todos los afectos del alma.
Pero ¿es dueño el hombre de coordinar sus afectos según tales o cuales
relaciones? No cabe duda, cómo pueda dirigir su imaginación a tal o cual
objeto, o de darle tal o cual costumbre. Además, no tanto tratamos aquí de la
que un hombre puede hacer en sí mismo cuanto de lo que podemos hacer con
nuestro alumno, eligiendo las circunstancias en que le hayamos de colocar.
Explicar los medios a propósito para mantenerle en el orden de la naturaleza,
es decir de qué modo puede salir de él.
Mientras que su sensibilidad permanece limitada a su individuo, no hay
cosa alguna moral en sus acciones; sólo cuando comienzan a extenderse fuera de
él, toma primero los afectos, y luego las nociones del bien y el mal, que le
constituyen verdaderamente hombre y parte integrante de su especie. Así que,
desde luego, es preciso parar en este primer punto nuestras observaciones. Estas
son dificultosas, porque para hacerlas es menester desechar los ejemplos que a
la vista tenemos, e indagar a aquellos en que se efectúan, conforme al orden de
la naturaleza, los desarrollos sucesivos. Un niño amoldado, culto, civilizado, que
sólo espera la potencia para poner en práctica las instrucciones que ha
recibido, nunca se engaña acerca del instante en que le viene esta potencia. En
vez de aguardarla, la acelera: excita en su sangre una precoz fermentación;
mucha antes de sentir deseos, sabe cuál debe ser el objeto de ellos. La
naturaleza no le excita, sino que él la fuerza; nada tiene aquella que enseñarle
cuando le hace hombre, que ya lo era por el pensamiento mucho antes de serlo en
realidad. Más lentos y más graduales son los pasos
de la naturaleza. Poco a poco se inflama la sangre, se elaboran los espíritus,
y se forma el temperamento. El sabio artífice, que dirige la fábrica, está
atento a perfeccionar todos sus instrumentos antes de ponerlos en acción;
antecede a los primeros deseos una larga inquietud, los alucina una larga
ignorancia, y desea uno sin saber qué. Agitase y fermenta la sangre; procura
brotar fuera cierta superabundancia de vida. Anímanse los ojos y recorren los
demás seres; empieza el joven a interesarse por aquellos que tiene cerca y a
sentir qué no fue formado para vivir solo; así se abre el corazón a los
afectos humanos y se hace capaz de cariño. El primer afecto de que es capaz un
joven, criado con esmero, no es el amor, es la amistad. El primer acto de su
naciente imaginación es manifestarle que tiene semejantes, y antes que el sexo
le mueve la especie. Esta es otra utilidad que se saca de prolongar la
inocencia; aprovecharse de la naciente sensibilidad para sembrar en el corazón
del joven las primeras semillas de la humanidad. Beneficio tanto más precioso,
cuanto este es el único tiempo de la vida en que pueden las mismas solicitudes
coger óptimos frutos. Siempre he visto que los jóvenes
estragados desde temprano, y abandonados a las mujeres y a la disolución, eran
inhumanos y crueles; hacíalos impacientes, vengativos y furiosos la fogosidad
de su temperamento; llena su imaginación de un objeto solo, se negaba a todo lo
demás; no conocían compasión ni misericordia, y al menor de sus deleites
hubieran sacrificado padre, madre y el universo entero. Por el contrario, al
mozo educado con una feliz sencillez, le incitan los primeros movimientos de la
naturaleza a las tiernas y afectuosas pasiones: su compasivo corazón se
conmueve con las penas de sus semejantes, se estremece de placer cuando vuelve a
ver a su camarada, saben sus brazos estrecharse en lazos de cariño y sus ojos
verter lágrimas de ternura; si desagrada, siente vergüenza; si ofende,
desconsuelo. Si le hace vivo, arrebatado, iracundo una sangre que se inflama,
descubre, pasado un instante, toda la bondad de su corazón en la efusión de su
arrepentimiento; llora, gime por la herida que ha hecho; a precio de su sangre
querría rescatar la que ha vertido; apágase todo su arrebato, y toda su
altivez se humilla ante la conciencia de su yerro. ¿Ha sido él el ofendido? En
la vehemencia de su enojo, una disculpa, una palabra, le desarma; perdona los
agravios ajenos con tan buena voluntad como resarce los suyos. No es la
adolescencia la edad de la venganza ni de la enemistad, sino la de la
conmiseración, la clemencia y la generosidad. Sí, lo sostengo y no temo que me
desmienta la experiencia: un niño que no es de mala índole, y que hasta los
veinte años ha conservado su inocencia, a esta edad es el más generoso, el
mejor, el más amante, y el más amable de los hombres. Nunca os dijeron tal
cosa; bien lo creo: educados nuestros filósofos en toda la corrupción de los
colegios, están muy distantes de saber eso.
La flaqueza del hombre es la que le hace sociable; nuestras comunes
miserias son las que excitan nuestros corazones a la humanidad: nada le deberíamos
si no fuéramos hombres. Todo cariño es señal de insuficiencia; si no tuviera
cada uno de nosotros necesidad de los demás, nunca pensaría en unirse con
ellos. Así, de nuestra misma enfermedad nace nuestra dicha frágil. Un ser
verdaderamente feliz es un ser solitario; Dios solo disfruta de una felicidad
absoluta; pero ¿quién de nosotros se forma idea de ella? Si un ser imperfecto
se pudiera bastar a sí propio, ¿de qué, según nosotros, disfrutaría? Estaría
solo y sería miserable. No concibo que el que nada necesita pueda amar algo, ni
que el que nada ama pueda ser feliz. Dedúcese de aquí que nos aficionamos a
nuestros semejantes, no tanto por el sentimiento de sus gustos, cuanto por el de
sus penas; porque en éstas vemos mejor la identidad de nuestra naturaleza y la
fianza del cariño que nos tienen. Si nos unen por interés nuestras necesidades
comunes, por afecto nos unen nuestras miserias comunes. Menos amor que envidia
inspira a los demás la presencia de un hombre feliz; con gusto le echaríamos
en cara que usurpa un derecho que no tiene, gozando de una felicidad exclusiva;
nuestro amor propio también padece, haciéndonos ver que este hombre no
necesita de nosotros. Pero, ¿quién no se compadece del desgraciado que ve
sufrir? ¿Quién no le quisiera librar de sus males, si sólo un deseo bastara
para ello? La imaginación más nos hace poner en lugar de miserable que de
hombre feliz, y sentimos que el primero de estos nos atañe más de cerca que el
último. Dulce es la piedad, porque sustituyéndonos al que padece, sentimos, no
obstante, la satisfacción de no padecer como él; y amarga la envidia, porque
la presencia de un hombre feliz, lejos de subrogar al envidioso en su jugar, le
causa el desconsuelo de no verse en él. El uno parece que nos exime de los
males que sufre, y el otra que nos priva de los bienes que disfruta.
Así, pues, si queréis excitar y mantener en el pecho de un joven los
primeros movimientos de la naciente sensibilidad, y enderezar su carácter hacia
la beneficencia y la bondad, no hagáis brotar en él, con la engañosa imagen
de la felicidad humana, la soberbia, la vanidad, la envidia; no expongáis a sus
ojos la pompa de las cortes, el fausto de los palacios, los atractivos del
teatro; no le llevéis a las tertulias y las brillantes asambleas; no le hagáis
ver lo exterior de la alta sociedad hasta que le hayáis puesto en estado de que
la aprecie por sí propio. Enseñarle el mudo antes de que conozca a los
hombres, es entregarle y no formarle, engañarle y no instruirle.
No son los hombres, por naturaleza ni reyes, ni potentados, ni
cortesanos, ni ricos: todos nacieron pobres y desnudos sujetos todos a las
miserias de la vida, a los pesares, a los males, a las necesidades, a toda
especie de duelos; condenados, en fin, a muerte. Esto sí que es propio del
hombre; de ello no está exento ningún mortal. Así, empezad estudiando en la
naturaleza humana lo que de ella es más inseparable, lo que mejor constituye la
humanidad.
A los diez y seis años sabe el adolescente lo que es sufrir, porque ya
ha sufrido; mas apenas sabe que también sufren otros seres, pues verlo sin
sentirlo no es saberlo; y, como cien veces he dicho, el niño que no imagina lo
que sienten los demás, no conoce otros males que los suyos propios. Pero cuando
el primer desarrollo inflame su imaginación, empieza a padecer con sus duelo.
Entonces la triste pintura de la humanidad doliente, debe excitar en su pecho la
ternura primera que haya experimentado.
Si no es fácil notar este instante en vuestros hijos ¿de quién os quejáis?
Tan pronto los enseñáis a que finjan afectos, y les hacéis que hablen su
idioma, que, como siempre os explicáis en el mismo estilo, vuelven contra
vosotros mismos vuestras lecciones, sin dejaros medios ninguno para que distingáis,
cuando, habiendo cesado de mentir, empiezan a sentir lo que dicen. Pero ved a mi
Emilio: de la edad a que le he conducido, ni sintió, ni mintió jamás. Antes
de saber qué es querer, a nadie ha dicho yo le quiero; no le han prescrito qué
semblante había de poner cuando entrara en el cuarto de su padre, su madre o su
ayo enfermos; no le han enseñado el arte de afectar la tristeza que no tenía.
No ha fingido que lloraba la muerte de nadie, porque no sabe qué cosa es morir.
En sus modales descubre la misma insensibilidad que hay en su corazón.
Indiferente para todo, menos para sí, como todos los niños por nadie se toma
interés; y lo que le distingue de los demás, es que no afecta que se lo toma,
y no es falso como ellos.
Habiendo reflexionado poco Emilio acerca de los seres sensibles, tarde
sabrá qué es padecer y morir. Empezarán. a agitar sus entrañas los quejidos
y los gritos; la vista de la sangre que corre le hará volver los ojos; gran
angustia le causarán las convulsiones de un animal moribundo, antes que sepa de
dónde le vienen estos nuevos movimientos. No los tendría si hubiera
permanecido bárbaro y estúpido; si estuviera más instruido sabría cuál es
su fuente: ya ha comparado sobradas ideas para no sentir nada, y no las
bastantes para concebir lo que siente.
Así nace la piedad, primer sentimiento relativo que mueve el pecho
humano, según el orden de la naturaleza. Para tornarse piadoso y sensible,
preciso es que sepa el niño que hay seres semejantes a él, que padecen lo que
ha padecido, que sienten los dolores que ha sentido, y otros de que debe tener
idea como que también puede sentirlos. Y, efectivamente, ¿cómo nos dejamos
mover de la piedad, sino es trasladándonos fuera de nosotros, identificándonos
con el ser que padece; dejando, por decirlo así, nuestro ser por tomar el suyo?
Sólo en cuanto juzgamos que él padece, padecemos nosotros y padecemos en él,
no en nosotros. De manera que ninguno se vuelve sensible hasta que se anima su
imaginación y empieza a trasladarle fuera de sí propio.
¿Qué debemos hacer, en consecuencia, para excitar y mantener esta
naciente sensibilidad y para guiarla y seguirla en su natural declive, sino es
presentar al joven objetos en que pueda obrar la fuerza expansiva de su corazón,
que le dilaten y le extiendan por los demás seres, que hagan que en todas
partes se halle fuera de sí; desviar con esmero los que le coartan, le
reconcentran y ponen tirante el muelle del yo humano; quiero decir, en términos
más claros, excitar en él la bondad, la humanidad, la conmiseración, la
beneficencia, todas las halagüeñas y suaves pasiones que, naturalmente,
agradan a los hombres y estorban que nazcan la envidia., la codicia, el rencor,
todas pasiones crueles y repulsivas, que no sólo hacen, por decirlo así, nula,
sino también negativa la sensibilidad y son perpetuo torcedor de quien las
experimenta?
Creo que puedo resumir todas las reflexiones precedentes en dos o tres máximas
concisas, claras y fáciles de comprender. Máxima primera.
«No es propiedad del corazón humano ponerse en el lugar de los que son
más felices que nosotros; pero sí en el de los que son más dignas de compasión.»
Si se encuentran excepciones a esta máxima, son más aparentes que
reales. Así que de nadie se sustituye en lugar del rico o del potentado con
quien se une; y aun cuando es sincera esta intimidad, no hace otra cosa que
apropiarse parte de su bienestar. Algunas veces es amado aquel en su desgracia;
pero mientras está en prosperidad no tiene otro amigo verdadero quien, sin
dejarse llevar de las apariencias, no obstante su prosperidad, más le compadece
que le envidia.
Nos conmueve la felicidad de ciertos estados de la vida rústica y
pastoral, por ejemplo. La envidia no envenena el encanto de contemplar felices
estas buenas gentes y verdaderamente nos interesan, ¿Por qué? Porque
reconocemos ser árbitros de bajar a este estado de inocencia y serenidad que sólo
ideas gratas excita, y que para poder disfrutarle, con querer basta. Siempre
gusta ver sus recursos, contemplar su propio caudal, aun cuando no se quiera
hacer uso
de él. Dedúcese de aquí, que para excitar a un joven a que sea humano, lejos, de hacer que admirado contemple el brillante destino de los demás, es menester enseñársele por su aspecto triste, y hacérsele temer. Entonces por una evidente consecuencia; se debe allanar él una vereda para la felicidad, sin seguir las huellas de nadie. Máxima
segunda.
«Sólo se compadecen en otro aquellos males de que uno mismo no se cree
exento.» Non ignara mali, miseris sucurrere disco 92
No conozco nada tan hermoso, tan profundo, conmovedor y verdadero como
este verso.
¿Por qué no tienen compasión los reyes de sus vasallos? Porque cuentan
con que nunca han de ser hombres. ¿Por qué son tan duros los ricos con los
pobres? Porque no tienen miedo de llegar a serlo. ¿Por qué desprecia tanto la
nobleza a la plebe?. Porque nunca un noble será plebeyo. ¿Porqué son
generalmente los turcos más humanos, más hospitalarios que nosotros? Porque
como en su gobierno totalmente arbitrario siempre son precarias y vacilantes la
fortuna y el poder de los particulares, no contemplan el abatimiento y la
miseria como un estado que es ajeno de ellos93: mañana puede ser cada uno lo que hoy es aquel a quien favorece.
Esta reflexión, que sin cesar se repite en las novelas orientales, les comunica
no sé qué ternura, que no encuentra el lector en todos los aderezos de nuestra
seca moral. No acostumbréis, pues, a vuestro alumno a
que desde el pináculo de su gloria contemple las penas de los afligidos, los
afanes de los miserables, ni esperéis enseñarle a que de ellos se compadezca,
si los mira como ajenos. Hacedle comprender que la suerte de estos desventurados
puede ser la suya, que todos sus males le pueden sobrevenir, que mil casos
inevitables y no previstos le pueden sumir en ellos de un instante a otro. Enseñadle
a que no mire como estables la cuna, la salud, ni las riquezas: hacedle ver
todas las vicisitudes de la fortuna; presentadle ejemplos, siempre demasiado
frecuentes, de personas que de puesto más encumbrado que el suyo, han caído en
abismo más hondo que aquel en que ve a estos desgraciados; poco importa que
haya o no sido por su culpa; ahora no se trata de eso, ni él sabe todavía qué
cosa es culpa. No excedáis nunca la esfera de sus conocimientos, ni le iluminéis
con otras luces que las proporcionadas a su capacidad: no necesita saber mucho
para conocer que no le puede responder toda la prudencia humana de si dentro de
una hora ha de estar vivo o muerto, de si antes que sea noche no le hará crujir
los dientes el dolor nefrítico, si dentro de un mes ha de ser rico o pobre, si
dentro de un año estará remando y aguantando el rebenque en una galera
argelina. Y no le digáis todo esto con frialdad, como si le enseñases la
doctrina cristiana; vea, sienta las humanas calamidades; removed, atemorizad su
imaginación con los peligros que sin cesar cercan a todo mortal; contemple en
torno suyo abiertas todas estas insondables simas y estréchese con vos al oiros
describirlas, de miedo de despeñarse en sus abismos. Así le haremos tímido y
medroso, diréis. Luego veremos; mas por ahora empecemos haciéndole humano, que
es lo que más nos importa. Máxima tercera.
«La compasión que tenemos del mal ajeno, no se mide por la cantidad de
este mal sino, por el sentimiento que atribuimos a los que le padecen.». Tanto compadecemos a un desdichado, cuanto
creemos que él se reputa digno de compasión. Más limitado de lo que parece es
el sentimiento físico de nuestros males; mas por lo que verdaderamente somos
dignos de lástima, es por la memoria que nos hace sentir su continuidad y por
la imaginación que los extiende al tiempo venidero. Esta pienso yo que es una
de las causas que nos endurecen con los males de los animales más que con los
de los hombres, aunque igualmente nos debiera Identificar con ellos la común
sensibilidad. No nos dolemos de una mula que está en su caballeriza, porque no
presumimos que mientras come el pienso, contemple los palos que ha recibido y
las fatigas que la esperan. Tampoco nos dolemos de un carnero que vemos
paciendo, aunque sepamos que en breve ha de ser degollado, porque juzgamos que
no prevé su suerte. Así nos endurecemos por extensión sobre el destino de los
hombres y se consuelan los ricos del mal que hacen a los pobres, suponiéndolos
tan necios que no lo sienten. Generalmente estimo yo lo que aprecia cada uno la
felicidad de sus semejantes, por el caso que me parece hace de ellos. Cosa
natural es valuar en poco la dicha de las personas que uno tiene len poco. Así
no os choque que los políticos traten con tanto desdén al pueblo, ni que
afecten la mayor parte de los filósofos que tienen por tan malo al hombre.
El pueblo es lo que compone el linaje humano; es tan poco lo que no es
pueblo, que no vale la pena de contarse. El hombre es el mismo en todas las
condiciones; y si es así, las más numerosas son las que más respeto merecen.
A los ojos de un pensador desaparecen todas las distinciones civiles: las mismas
pasiones, los mismos afectos ve en un sujeto ilustre que en un ganapán; sólo
distingue el estilo y un colorido con más o menos adornos; si alguna diferencia
esencial los separa es en detrimento de los más disimulados. La plebe se
manifiesta como ella es, y no es amable; pero es fuerza que los hombres decentes
se disfracen: si se dejasen ver como ellos son, causarían horror.
Según dicen nuestros sabios, hay la misma dosis de pena y de bienestar
en todas las condiciones. Máxima tan absurda como imposible de sostener, porque
si todos son felices en igual grado, ¿qué necesidad tengo yo de incomodarme
por nadie? Quédese cada uno como está: maltraten al esclavo, padezca el
enfermo, perezca el desvalido; que nada consiguen con mudar de estado. Hacen una
enumeración de las penas del rico y manifiestan la vaciedad de sus placeres: ¡qué
torpe sofisma! Las penas del rico no provienen de su estado sino de él solo,
que abusa de su condición. Aunque fuera todavía más desventurado que el
pobre, no sería digno de compasión, porque todos sus males son obra suya y está
en su mano ser feliz; mas las penalidades del miserable le vienen de las cosas,
del rigor de la suerte que sobre él se agrava. No hay costumbre que pueda
quitarle el sentimiento físico de la fatiga, del desfallecimiento, del hambre;
ni el entendimiento recto, ni la sabiduría, valen para eximirle de los males de
su estado. ¿Qué adelanta Epicteto con prever que su amo le va a romper una
pierna? ¿Deja de rompérsela por eso? Con su mal junta el de la previsión.
Aunque fuera la plebe tan inteligente como estúpida la suponemos, ¿qué otra
cosa pudiera ser de lo que es? ¿Qué otra cosa pudiera hacer de lo que hace?
Estudiad las personas de esta clase, y veréis que con otras formas tienen tanta
perspicacia y más razón que vosotros. Respetad vuestra especie; considerad que
esencialmente consta de la colección de pueblos; y que aun cuando se quitaran
de ellos todos los reyes y todos los filósofos, poco se echaría de ver, y no
andaría peor el mundo. En una palabra, enseñad a vuestro alumno a que ame a
todos los hombres, hasta a los que los desestiman; haced que no se coloque en
clase ninguna; sino que en todas se halle; hablad en su presencia con ternura
del género humano con lástima a veces, mas nunca con desprecio. Hombre, no
deshonres al hombre.
Por estas y otras semejantes veredas, bien opuestas a las trilladas,
conviene introducirse en el corazón del adolescente para excitar en él los
primeros movimientos de la naturaleza, para desenvolvérsele y dilatársele
respecto a sus semejantes. Importa también que con estos movimientos vaya
mezclada cuanto menos interés personal fuere posible, especialmente ni vanidad,
ni emulación, ni vanagloria, ni ninguno de aquellos afectos que nos fuerzan a
compararnos con los demás; porque nunca se hacen estas comparaciones sin cierta
impresión de odio contra aquellos que, aunque no sea más que en nuestra,
estimación propia, nos disputan la preferencia. Fuerza es entonces cegarse o
enojarse, ser un tonto, o un perverso; procuremos evitar esta alternativa. Tarde
o temprano, dicen, se han de encender estas peligrosas pasiones, mal que nos
pese. No lo niego; cada cosa tiene su tiempo y lugar; sólo dijo que no debemos
contribuir a su nacimiento.
Este es el espíritu del método que conviene prescribirse. Así son inútiles
les ejemplos detallados porque empieza ya la división casi infinita de
caracteres; y cada ejemplo que yo diese, acaso no convendría a uno entre cien
mil. De esta edad empieza también en el maestro hábil la verdadera función de
observador y de filósofo, que sabe el arte de sondear los corazones mientras se
afana en formarlos. En tanto que todavía no piensa en disfrazarse porque aún
no lo ha aprendido el joven, a cada objeto que le presentan se echa ver en su
ademán, en sus ojos, en sus acciones, la impresión que en él hace; en su
semblantes se leen todos los movimientos de su alma: espiándolos se consigue
preverlos y al cabo dirigirlos.
Obsérvase que, generalmente, la sangre, las heridas, los gritos, los
gemidos; el aparato de las operaciones dolorosas, y todo cuanto trasmite a los
sentidos objetos que sufren, sobrecoge más pronto y de modo general a todos los
hombres. Como la idea de destrucción es más compuesta, no hace la misma
impresión; más tarde y con menos vigor mueve la idea de la muerte porque nadie
ha hecho la experiencia de morir; es preciso haber visto cadáveres para sentir
las congojas de los agonizantes. Pero cuando una vez se ha formado bien en
nuestro ánimo esta imagen, no hay espectáculo más horrible a nuestros ojos,
ya sea a causa de la idea de total destrucción que entonces presenta a los
sentidos, o ya porque sabiendo que es inevitable este instante para todos, se
siente uno conmovido más vivamente con una situación que está cierto no puede
menos de ser la suya algún día. Estas diversas impresiones tienen sus
modificaciones y sus grados, que penden del carácter particular de cada
individuo y de sus anteriores costumbres; pero son universales, y nadie está
totalmente exento de ellas. Unas hay más tardías y menos generales, que son más
peculiares de los ánimos sensibles; éstas son las que se reciben de las penas
morales, de los dolores internos, de las aflicciones, de las largas pesadumbres,
de la tristeza. Hombres hay que se conmueven por los gritos y llantos; nunca les
arrancaron un suspiro los sordos y dilatados sollozos de un pecho sofocado de
pesar; nunca la presencia de un andar abatido, de un rostro macilento y aplomado
de unos ojos amortecidos y exhaustos ya de lágrimas, los han hecho llorar; nada
significan para ellos las penas del alma; juzgados están, nada siente la suya,
no esperéis de ellos otra cosa que inflexible rigor, dureza de corazón y
crueldad. Íntegros y justos podrán ser; mas nunca clementes, generosos y
piadosos. Digo que podrán ser justos, si es posible que lo sea el hombre no
misericordioso.
No os apresuréis, sin embargo, a juzgar de los jóvenes por esta regla,
especialmente de los que educados como deben serlo, no tienen ninguna idea de
las penas morales, que nunca les han causado; porque repito que sólo pueden
compadecer los males que conocen; y esta aparente insensibilidad, que sólo
procede de ignorancia, en breve se convierte en ternura, así que empiezan a
sentir que en la vida humana hay mil duelos que no conocían. En cuanto a mi
Emilio, como en su niñez ha tenido sencillez y recto discernimiento, cierto
estoy de que tendrá sensibilidad y alma cuando sea grande, porque la verdad de
los afectos tiene íntima conexión con lo justo de las ideas.
Mas, ¿por qué recordarlo aquí? Más de un lector, sin duda, me echará
en cara que olvido mi resolución primera y que he permitido a mi alumno una
constante felicidad. Desventurados, moribundos, espectáculos de miseria y
dolor, ¡qué felicidad, que gustos para un corazón que empieza a vivir! Su
triste institutor, que tan plácida educación le destinaba, sólo le ha hecho
nacer para que sufra. Esto dirán: ¿y qué me importa? Hacerle feliz es lo que
yo he prometido; y no hacer que lo pareciese. ¿Es culpa mía, si alucinados
siempre por la apariencia, se os antoja la realidad?
Consideremos a dos jóvenes cuando han concluido su primera educación, y
entran en el mundo por dos puertas opuestas. De repente se encarama el uno al
Olimpo, se introduce en la más lucida sociedad; le llevan a la corte, a las
casas de los grandes, de los ricos, de las lindas damas. En todas partes supongo
que le obsequian, y no examino el efecto que estos agasajos hacen en su razón;
quiero que los resista.
Vuelan a encontrarle los deleites, cada día le divierten objetos nuevos;
y a todo se entrega con un interés que os cautiva. Le veis atento, diligente;
curioso; os impresiona su admiración, la situación de su alma; creéis que
goza, y yo creo que padece.
¿Qué es lo que primero advierte al abrir los ojos? Una muchedumbre de
pretendidos bienes que no conocía, cuya mayor parte sólo un instante están a
su disposición, y que parece se le muestran sólo para que su privación le
cause más desconsuelo. Si se pasea en un palacio; su inquieta curiosidad hace
ver que se enoja en su interior, porque no es así la casa de sus padres. Todas
sus preguntas os dan a entender que sin cesar se compara con el amo de esta
casa; y todo cuanto en este paralelo se queda él inferior, aumenta su vanidad
irritándola. Si encuentra un joven mejor vestido que él, le veo en secreto
murmurar de la avaricia de sus padres. ¿Lleva él ropa de más precio? Tiene el
sentimiento de ver que otro le eclipsa o por su cuna, o por su ingenio, y que
están, desairadas todas sus galas al lado de un vestido de paño común. ¿Luce
él solo en una tertulia? ¿Se pone en puntillas para que le vean mejor? ¿Quién
no se encuentra con una secreta, disposición a censurar el ufano y vanidoso
ademán de un mozuelo presumido? En breve se mancomuna todo; inquiétanle las
miradas de un hombre grave, no tardan en llegar a sus oídos las burlas de un
zumbón mordaz, y aunque solamente uno le desdeñase, el menosprecio de éste
envenena al momento los aplausos de los demás.
Démoselo todo, no le escaseemos ni el mérito ni las gracias; sea buen
mozo, agudo, amable, obsequiado de las mujeres; pero como le obsequian antes que
él las quiera, más pronto le volverán loco que enamorado; tendrá aventuras,
pero no ardor ni pasión para disfrutar de ellas. Siempre adivinados sus deseos,
sin tener nunca tiempo para que nazcan en el seno de los deleites, sólo siente
el quebranto de la sujeción: el sexo destinado a hacer feliz al suyo le harta y
fastidia, antes de conocerle; si sigue tratándole, no es más que por vanidad;
y aun cuando le tomara verdadera afición, no será el único joven, el único
brillante, el único amable, ni serán siempre sus amadas prodigios de
fidelidad.
Nada digo de los chismes, alevosías, bastardías, y todo género de
pesares imprescindibles de semejante vida. La experiencia del mundo cansa de él;
sólo hablo de los quebrantos anejos a la ilusión primera.
¡Qué contraste para el que, encerrado en el seno de su familia y sus
amigos, se ha visto único objeto de todas sus atenciones y se mete de repente
en un orden de cosas en que es tenido en tan poco, que se encuentra como anegado
en una esfera extraña, él que por tanto tiempo fue el centro de la suya! ¡Cuántas
afrentas, cuántos desaires ha de sufrir, antes que pierda entre los extraños
las preocupaciones de su mucha valía, que le inspiraron y alimentaron en él
los suyos! Cuando niño, todo le cedía, todo acudía en torno de él a su
voluntad; joven, tiene que ceder a todo el mundo; y si se descuida un poco y
conserva sus antiguos modales, ¡con cuán duras lecciones se va a ver precisado
a volver en sí! El hábito de alcanzar con facilidad el objeto de sus deseos le
incita a desear mucho y hace que sienta privaciones continuas. Todo cuanto le
agrada se le antoja; cuanto tienen los otros quisiera tenerlo él; todo lo
codicia, a todo el mundo envidia, en todas partes quisiera dominar; le roe la
vanidad; su corazón novel se inflama en ardor de desenfrenados deseos; con
ellos se engendran el rencor y los celos; de consuno toman vuelo todas las
voraces pasiones; su agitación le acompaña en el ruido del mundo; le sigue
todas las noches a su morada; entra desazonado consigo y con los demás; duérmese
lleno de cien proyectos vanos desasosegado con mil fantasías; y hasta en sus
sueños le retrata su soberbia los ilusorios bienes; cuyo deseo le acongoja, y
que no ha de poseer en su vida. Este es vuestro alumno; veamos el mío. Si el primer espectáculo que le
impresiona es un objeto de tristeza, luego que vuelve en sí, es contento lo
primero que siente. Al ver de cuántos males está exento, siente que es más
feliz de lo que creía. Participa de las penas de sus semejantes, pero esta
participación es voluntaria y suave. A un tiempo disfruta de la compasión que
tiene a sus males y de la dicha que de ellos le exime; se siente en aquel estado
de fuerza que nos extiende más allá de nosotros y hace que coloquemos en otra
parte la actividad superflua para nuestro bienestar. Sin duda para dolerse del
mal ajeno es necesario conocerle, pero no sentirle. Quien ha padecido o teme
padecer, se duele de los que padecen; pero el que está padeciendo sólo se
duele de sí.. Pues una vez que estando todos sujetos a las miserias de la vida,
ninguno reparte con los otros más sensibilidad que la que al presente no
necesita para sí propio, infiere que debe ser muy suave el afecto de la
conmiseración, porque atestigua en favor nuestro; y por el contrario, siempre
es desventurado un hombre duro, pues no le deja su corazón ninguna sensibilidad
sobrante que pueda distribuir a los duelos ajenos.
Juzgamos demasiado de la felicidad por sus apariencias; la suponemos
donde menos se halla; la buscamos donde no puede estar; la alegría es señal
muy equívoca de dicha. Muchas veces un hombre alegre es un desventurado que
procura alucinar a los demás y atolondrarse a sí propio. Esas personas tan
risueñas, tan despejadas, tan serenas en una concurrencia, casi todas son
tristes y regañonas en su casa, y pagan sus criados la pena de la diversión
que dan a sus sociedades. El contento verdadero, ni es alegre ni bullicioso;
celoso de tan suave afecto, quien le disfruta piensa en él, le saborea, teme
que se le evapore. Un hombre verdaderamente feliz habla poco, se ríe menos y
reconcentra, por decirlo así, la felicidad en torno de su corazón. Los juegos
estrepitosos; la turbulenta alegría encubren el tedio y los desabrimientos;
pero la melancolía es amante de las suaves delicias: a los gustos más dulces
los acompañan la ternura y las lágrimas, y hasta el gozo excesivo antes saca
llantos que risa. Si a primera vista parece que contribuyen
a la felicidad la variación y multitud de pasatiempos, y que debe aburrir una
vida igual, mirándolo más atentamente, hallamos que, por el contrario, el hábito
más suave del ánimo consiste en una moderación de goces que deja poco sitio
al deseo y al hastío. La inquietud de los deseos engendra la curiosidad y la
inconstancia; y el vacío de los deleites turbulentos el aburrimiento. Nunca se
aburre de su estado el que no conoce otro más gustoso. Los salvajes son los
menos curiosos y que menos se aburren, de cuantos hombres hay en el mundo; para
ellos todo es indiferente; no gozan de las cosas, sino de sí mismos; pasan la
vida sin hacer nada, y no se aburren nunca.
El hombre de mundo está todo entero en su fingimiento. Como casi nunca
está solo consigo mismo, es un extraño para si, y no se halla a gusto cuando
se ve forzado a entrar en su interior. Para este hombre lo que él es no es
nada, lo que parece es el todo.
No puedo menos de figurarme, en el semblante del joven de que antes he
hablado, un no sé qué importuno, melindroso, afectado, que desagrada, que
repugna a la personas llanas y en el del mío una interesante y cándida fisonomía,
que manifiesta el contento y la verdadera serenidad del ánimo, que inspira
estimación y confianza y que parece que sólo espera los desahogos de la
amistad, para brindar con la suya a los que a él se acercan. Creen muchos que
la fisonomía es el mero desarrollo de los contornos que ya ha bosquejado la
naturaleza. Yo más bien creyera que además de este desarrollo, se van formando
insensiblemente y adquieren fisonomía los rasgos del semblante humano con la
frecuente y habitual impresión de ciertas afecciones del ánimo. Señálanse
estas afecciones en el rostro, no hay cosa más cierta; y cuando se convierten
en hábitos, deben dejar en él impresiones duraderas. De esta manera concibo yo
que la fisonomía anuncia el carácter, y que alguna vez podemos juzgar de éste
por aquélla, sin meternos en misteriosas explicaciones que suponen
conocimientos de que carecemos. El niño tiene solamente dos afecciones
bien marcadas: el placer y el dolor; se ríe o llora; para él no hay
intermedios, pues sin cesar pasa de uno de estos movimientos a otro. Esta
alternativa continua estorba que hagan en su rostro ninguna impresión constante
y que adquiera fisonomía; pero en la edad en que más sensible se conmueve con
mayor viveza y constancia, las impresiones ya más profundas estampan huellas
que se borran con gran dificultad; y resulta del estado habitual del ánimo una
colocación de rasgos que el tiempo hace indeleble. No es raro, sin embargo, ver
hombres que en diferentes edades mudan de fisonomía. Muchos he visto yo en este
caso, y siempre he hallado que las que había podido seguir y observar bien, habían
también mudado de pasiones habituales. Esta observación sola, perfectamente
confirmada, me parece decisiva y no está fuera de su lugar de los movimientos
del alma por los signos externos.
Yo no sé si mi joven, por no haber aprendido a imitar modales de
sociedad ni a fingir afectos que no tiene, será menos amable: aquí no tratamos
de esto, sólo sé que será más amante; y se me hace muy difícil creer que el
que se ama a sí sólo pueda disfrazarse tan bien que agrade tanto como el que
de su cariño a los demás saca un nuevo sentimiento de felicidad. En cuanto a
este mismo sentimiento, presumo que basta con lo dicho para guiar en este punto
a un lector de sana razón y hacer ver que no me contradigo. Vuelvo, pues, a mi sistema, y digo: Cuando
se acerca la edad crítica, presentad a los jóvenes espectáculos que los
enfrenen y no que los exciten: alucinad su naciente imaginación con objetos
que, lejos de inflamar sus sentidos, repriman su actividad. Desviadlos de los
pueblos grandes, donde el inmodesto traje de las mujeres acelera y adelanta las
lecciones de la naturaleza; donde todo presenta a sus ojos deleites que no deben
conocer hasta que sepan escogerlos. Traedlos a su primera mansión, donde la
sencillez rústica no deja que las pasiones de su edad se desenvuelvan con tanta
prontitud; o si los retiene en la ciudad su gusto a las artes, precaved con esta
misma afición una ociosidad peligrosa. Escoged con esmero sus sociedades, sus
ocupaciones y sus pasatiempos; enseñadles sólo pinturas halagüeñas, pero
modestas, que los conmuevan sin seducirlos, y que ceben su sensibilidad sin
agitar sus sentidos. Considerad también que en todo hay excesos que temer y que
siempre las pasiones sin moderación causan mayores daños de los que se desea
evitar. No se trata de hacer de vuestro alumno un enfermero, de afligir su vista
con continuos objetos de penas y quebrantos, de llevarle de enfermo a enfermo,
de hospital en hospital, del patíbulo a la cárcel: lo que conviene es
apiadarle, y no endurecerle con la escena de las humanas miserias. Si se
presentan mucho tiempo los mismos espectáculos, no sentirá la impresión de
ellos, que a todos nos acostumbra el hábito; lo que se ve con frecuencia no se
imagina, y la imaginación sola es la que hace que sintamos los ajenos males: así
a puro ver morir y padecer, se tornan inhumanos los médicos y los clérigos.
Conozca vuestro alumno la suerte del hombre y las miserias de sus semejantes,
pero no las presencie a cada paso. Un objeto tan sólo bien escogido y
manifestado desde el punto de vista que conviene, le dará materia para
enternecerse y reflexionar por espacio de un mes. No tanto lo que ve, como el
recapacitar lo que ha visto, es lo que determina el juicio que de ello forma; y
la impresión duradera que recibe de un objeto, menos procede del objeto mismo,
que del punto de vista desde el cual se le excita a que se acuerde de él. Así
valiéndoos con economía de ejemplos, imágenes y lecciones, embotaréis por
mucho tiempo el aguijón de los sentido, y entenderéis la naturaleza, siguiendo
sus propias direcciones. Conforme vaya adquiriendo conocimientos,
escoged ideas que a ellos se refieren; al paso que se inflaman sus deseos,
buscad imágenes a propósito para reprimirlos. Un militar anciano, estimado no
menos por sus costumbres que por su valor, me contó que joven, su padre, hombre
de razón, pero devoto, viendo que su temperamento naciente le arrastraba hacia
las mujeres, nada omitió para contenerle; pero conociendo al fin que, a pesar
de todos sus afanes, nada conseguía, se resolvió a llevarle a un hospital de
sifilíticos, y sin prevenírselo le metió en una sala donde con curas
horrorosas expiaba una muchedumbre de estos desventurados los desórdenes que
las habían motivado. A la vista de escena tan asquerosa, que repugnaba a todos
los sentidos, casi se cayó el joven desmayado. «Anda, miserable, disoluto, díjole
entonces con tono vehemente su padre, sigue la villana inclinación que te
arrastra; en breve será mucha fortuna la tuya, si te admiten en esta sala,
donde víctima de las dolencias más infames, pondrás a tu padre en el caso de
dar gracias a Dios por tu muerte.»
Juntas estas cortas razones con el enérgico espectáculo que se le
presentaba, tanta impresión le hicieran que nunca se le borró. Condenado por
su profesión a pasar su mocedad en guarniciones, quiso mejor aguantar la mofa
de sus camaradas, que imitar su disolución. «He sido hombre, me dijo, he
tenido flaquezas; pero nunca he podido mirar sin horror una mujer pública.»
Maestro, pocos razonamientos; aprende a escoger los sitios, los tiempos, las
personas, dad luego vuestras lecciones en ejemplos y estad cierto de su
eficacia.
El empleo de la infancia es poca; lo malo que en ella se introduce tiene
remedio, y lo bueno que se hace se puede hacer más tarde. Pero no sucede lo
mismo en la primera edad en que verdaderamente empieza a vivir el hombre. Nunca
dura esta edad lo suficiente para el uso que de ella debe hacerse; y exige su
importancia una continuada solicitud; por eso insisto tanto en el arte de
prolongarla. Uno de los mejores preceptos de la buena cultura es retardarlo todo
cuando fuere posible. Haced lentos y seguros les adelantos; estorbad que se haga
hombre él joven cuando nada le falta ya para serlo. Mientras crece el cuerpo,
se forman y se elaboran los espíritus destinados a dar fuerza a las fibras y bálsamos
a la sangre; si hacéis que tomen distinto curso, y que lo que estaba destinado
a la perfección de un individuo sirva para la formación de otro, permanecen
ambos en un estado de flaqueza, y se queda imperfecta la obra de la naturaleza.
También las operaciones intelectuales se resienten de esta alteración, y tan
endeble el alma como el cuerpo, sólo desempeña funciones desmayadas y flacas.
Ni el valor ni el ingenio penden de miembros fuertes y robustos; y bien concibo
que no acompañe la fuerza del ánimo a la del cuerpo, si no están bien
dispuestos por otra parte los desconocidos órganos de la comunicación de ambas
sustancias; pero, aunque fuere buena la disposición mutua de éstos, siempre
obrarán sin energía, si no tienes otro principio que una sangre apurada,
empobrecida y privada de aquella sustancia que da acción y fuerza a todos los
muelles de la máquina. Generalmente se nota más vigor de alma en los hombres
que en su juventud se preservaron de una corrupción prematura que en aquellos
cuyo desorden empezó en cuanto se pudieron abandonar a él, y esta es sin duda
una de las causas porque exceden comúnmente en valor y razón los pueblos de
sanas costumbres a los que lis tienen estragadas. Estos se lucen únicamente en
no sé qué mezquinas dotes delicadas y menudas que llaman ellos agudeza,
sagacidad, sutileza; pero las vastas y nobles funciones de sabiduría y razón
que honran y distinguen al hombre con dignas acciones, con virtudes, con afanes
verdaderamente útiles, no se hallan más que en los primeros.
Quéjanse los maestros de que el ardor de esta edad hace a la juventud
indisciplinable, y bien veo que es así; ¿pero no es de ellos la culpa? ¿No
saben que en cuanto han dejado que corra llama por los sentidos, no es posible
darla otra dirección? ¿Los fríos y pesados sermones de un pedante borrarán
en el espíritu de su alumno la imagen de los deleites que ha concebido? ¿Desterrarán
los deseos que atormentan su corazón? ¿Amortiguarán el ardor de un
temperamento cuyo uso sabe? ¿No se irritará contra los estorbos que se oponen
a la única felicidad de que tiene idea? ¿Y qué otra cosa verá en la dura ley
que le prescriben sin poder hacer que la entienda, que la enemiga y la
voluntariedad, de un hombre que se afana por atormentarle? ¿Es extraño que recíprocamente
se enoje él y le aborrezca?
Comprendo que haciéndose fácil puede hacerse uno menos insufrible y
conservar una autoridad aparente; pero no veo para qué sirva la autoridad que
el ayo conserva en su alumno fomentando los vicios que debería enfrenar; es
como si, por calmar un fogoso caballo, le hostigara el picador a que se tirara
por un despeñadero.
Lejos de ser este ardor de la adolescencia un impedimento para la educación,
por él se perfecciona y se perfila ésta; él es quien da un asidero en el
corazón de un joven, cuando llega a ser más fuerte que vos. Sus afecciones
primeras son las riendas con que dirigís todos sus movimientos; libre era, y ya
le veo esclavizado. Mientras que nada amaba, solamente dependía de sí propio y
de sus necesidades; así que ama, depende de su cariño. De este modo se forman
los vínculos primeros que le estrechen con su especie. No os figuréis que
dirigiendo a esta su sensibilidad naciente, abrace al principio a todos los
hombres, y que la expresión de linaje humano signifique algo para él. No, que
primero se ceñirá esta sensibilidad a sus semejantes, y para él sus
semejantes no son las personas desconocidas sino aquellas con quienes tiene
intimidad; las que la costumbre le ha hecho que quiera o que necesite; las que
ve con evidencia que tienen modos de pensar y de sentir como los suyos; las que
están expuestas a las penas que ha padecido y que se complacen en los contentos
que ha disfrutado, en una palabra, aquellas en quienes para él es más
inclinación a quererlas. Antes de haber cultivado de mil maneras su índole, y
de hacer repetidas reflexiones acerca de sus propios afectos y de los que
observe en los demás, podrá llegar a generalizar sus nociones individuales
bajo la idea abstracta de humanidad, y a reunir a sus particulares afecciones
las demás que pueden completamente identificarle con su especie.
Al hacerse capaz de cariño, se hace sensible al de los demás, y por lo
mismo atento a las señales de este cariño94 ¿Veis qué nuevo imperio vais a
granjearos en él? ¡Con cuántas cadenas habéis ceñido su corazón, antes que
él lo echase de ver! ¡Qué ha de sentir cuando mirando por si contemplo lo que
habéis hecho por él, cuando se pueda comparar con los demás jóvenes de su
edad, y compararos a vos con los otros ayos! Digo cuando él lo vea; pero tened
cuenta con no decírselo, que entonces no lo verá él. Si exigís de él
obediencia en pago de los afanes que por él os habéis tomado, pensará que la
habéis cogido en un lazo, y dirá entre sí que, cuando fingíais servirle sin
interés, pretendíais cargarle con una deuda, y atarle con un contrato sin su
consentimiento. Vano será alegar que lo que exigís de él es por su bien; al
cabo exigís, y exigís en virtud de lo que, sin contar con él habéis hecho en
su beneficio. Cuando un desventurado toma el dinero que fingen darle y se
encuentra comprometido contra su voluntad, lamentáis la injusticia; ¿pues no
sois todavía más injusto cuando pretendéis que pague vuestro alumno el valor
de afanes que no había admitido?
Más rara sería la ingratitud si fueran menos frecuentes los beneficios
a usura. Lo que nos hace bien lo amamos; ¡es un afecto. tan natural! La
ingratitud no se alberga en el corazón humano; mas sí el interés, y menos hay
favorecidos ingratos, que bienhechores interesados. Si me vendéis vuestras dádivas,
ajustaré el precio que por ellas quiero pagar; pero si fingís que me dais para
venderme luego a como queráis, cometéis un fraude; pues lo que hace
inapreciables los dones, es que sean gratuitos. El corazón sólo admita leyes
de sí propio; el que quiere encadenarle le liberta, y quien le deja libre le
encadena.
Cuando echa el pescador el cebo al agua, viene el pez, y se está quieto
sin recelo; pero cuando cogido del anzuelo, que escondía el cebo, siente que
tiran, procura escaparse. ¿Es el pescador el bienhechor, y el pez el ingrato?
¿Se ha visto alguno que olvide a su bienhechor aun cuando éste no se acuerde
de él? Por el contrario, siempre habla de él con gusto, no piensa en él sin
enternecerse: si halla ocasión para hacerle ver, con algún inesperado
servicio, que se acuerda de los suyos, ¡con qué júbilo interior satisface
entonces su gratitud! ¡Con cuánto alborozo seda a conocer! ¡Con qué gozo
dice: ya es llegada mi vez! Ésta es la voz de la naturaleza, que nunca hubo
quien pagase con, ingratitud un beneficio verdadero. Puesto que la ingratitud es un afecto
natural, si no destruís por culpa vuestra su eficacia, estad cierto de que
cuando empiece vuestro alumno a conocer lo que valen vuestros afanes, será
agradecido, con tal qué vos mismo no les pongáis precio, y que os granjearán
en su corazón una autoridad que nada podrá destruir. Pero antes que consigáis
esta ventaja, tened cuenta con no privaros de ella alegándole su valor.
Ensalzarle vuestros servicios, es hacérselos inaguantables, y olvidaros de
ellos, es acordárselos. No mentéis nunca lo que os debe, sino lo que a si
propio se debe, hasta que sea tiempo de tratarle como hombre. Dejadle toda su
libertad para tornarle dócil; huid de él para que os busque; enalteced su alma
hasta el noble afecto de la gratitud, no hablándole nunca más que de su interés.
No he querido que le dijesen era por su bien lo que hacían, hasta que estuviese
en estado de entenderlo, porque en esta expresión sólo hubiera visto vuestra
dependencia, y os habría mirado como criado suyo. Pero ahora que empieza a
sentir qué cosa es querer, también siente lo suave del vinculo que puede
estrechar a un hombre con lo que quiere; y en el celo que hace que sin cesar os
afanéis por él, ya no ve la adhesión de un esclavo, sino el cariño de un
amigo. Ahora bien, ninguna, cosa puede tanto con él corazón humano como la voz
bien conocida de la amistad, porque sabemos que siempre nos habla por nuestro
interés. Podemos creer que se engaña un amigo, mas no que quiere engañarnos.
Algunas veces nos resistimos a sus consejos, pero nunca los despreciamos.
Entramos, por fin, en el orden moral; acabamos de dar el segundo paso de
hombre. Si aquí fuera lugar oportuno, trataría de demostrar cómo de los
primeros movimientos del corazón se originan las primeras voces de la
conciencia, y cómo de los afectos de amor y odio nacen las primeras nociones
del bien y el mal. Haría ver que justicia y bondad no sólo son palabras
abstractas, meros seres morales formados por el entendimiento, sino verdaderas
afecciones del alma iluminada por la razón, y que sólo son un progreso
coordinado de nuestras primitivas afecciones; que no es posible establecer
ninguna ley natural por la razón sola, y sin acudir a la conciencia, y que es
fantástico todo el derecho de la naturaleza, si no va fundado en una necesidad
natural en el corazón humano95.
Pero considero que no debo, componer aquí tratados de metafísica y moral, ni
cursos de estudio de ningún género; bástame con señalar el orden y el
progreso de nuestras sensaciones y conocimientos con relación a nuestra
naturaleza. Otros, acaso, demostrarán extensamente lo que yo no hago más que
indicar.
No habiendo hasta ahora contemplado mi Emilio sino a si propio, la primer
mirada que pone en sus semejantes le incita a compararse con ellos, y el primer
afecto que excita en él esta comparación es anhelar el primer puesto. Este es
el punto en que se convierte el amor de sí en amor propio, y empiezan a brotar
todas las pasiones que con éste tienen conexión. Mas, para resolver si entre
estas pasiones, las que en su carácter hayan de dominar han de ser blandas y
humanas, o crueles y dañadoras; si han de ser de benevolencia y conmiseración.,
o de codicia y envidia, es necesario saber en qué sitio se reconocerá entre
los hombres, y que género de estorbos creerán necesita remover para colocarse
en el lugar que pretende ocupar.
Para guiarle en esta investigación, habiéndole ya hecho ver a los
hombres por los accidentes comunes de la especie, es preciso manifestárselos
ahora por sus diferencias; y aquí se le debe dar a conocer la medida de la
desigualdad natural y civil y la pintura de todo el orden social.
Hay que estudiar la sociedad por los hombres, y los hombres por la
sociedad; los que quieran tratar por separado la política y la moral no
entenderán palabra de una ni otra. Aplicándonos primero a las relaciones
primitivas, observamos la impresión que deben hacer en los hombres y las
pasiones que de ellas deben originarse, y vemos que por el progreso de las
pasiones se multiplican y estrechan recíprocamente estas relaciones. No tanto
la fuerza de los brazos como la moderación de los ánimos es la que hace a los
hombres independientes y libres. Quien pocas cosas desea, con pocas personas está
relacionado; pero confundiendo siempre nuestros vanos deseos con nuestras
necesidades físicas, los que cimentaron la sociedad humana en estas últimas,
han reputado causas los que eran efectos, y así se han descarriado en todos sus
raciocinios. Hay en el estado de naturaleza una
igualdad de hecho indestructible y real, porque no es posible que en este estado
sea tan grande la mera diferencia de hombre a hombre, que constituya dependiente
a uno de otro. En el estado civil existe una igualdad de derecho vana y fantástica,
porque los mismos medios destinados para mantenerla sirven para destruirla, y
porque agregada la fuerza pública al más fuerte para oprimir al débil, rompe
la especie de equilibrio en que nos había puesto la naturaleza96.
De esta primera contradicción se derivan todas las que se notan en el orden
civil entre la realidad y la apariencia. Siempre será sacrificada la
muchedumbre al corto número, y el interés público al particular; siempre
servirán de instrumentos para la violencia y armas para la iniquidad, los
especiosos nombres de subordinación y justicia; de donde se colige que las
clases distinguidas que pretenden ser útiles para las demás, efectivamente son
útiles sólo para sí propias a costa de las demás; y por esto debemos juzgar
del aprecio en que, según la justicia y la razón, merecen ser tenidas. Fáltanos
ver si la jerarquía que se han tomado contribuye más a la felicidad de los que
la ocupan, para saber el juicio que debe formar cada uno de nosotros acerca de
su propia suerte. Este es el estudio que ahora nos importa; mas para que
saquemos fruta de él es necesario conocer primero el corazón humano.
Si únicamente se tratase de que los jóvenes conociesen al hombre por su
máscara, no habría necesidad de enseñársela, que de sobra la verían ellos;
pero, como el hombre no es su máscara, y no queremos que se dejen engañar del
relumbrón, cuando les pintéis el hombre, retratadle como él es, no para que
le tomen odio, sino para que le tengan lástima y no se le quieran parecer; que
este es, a mi ver, el más juicioso afecto que a un hombre pueda inspirar su
especie.
A este propósito, importa seguir aquí un camina opuesto al que hasta
ahora ha seguido, y antes instruir al joven por la experiencia ajena que por la
suya propia. Si le engañan a él los hombres, les tomará aborrecimiento; pero
si le respetan y ve que mutuamente se engañan, les tendrá lástima. Decía Pitágoras
que era parecido el espectáculo del mundo al de los juegos olímpicos: los unos
ponen tienda, y sólo piensan en su ganancia; los otros aventuran su persona, y
buscan la gloria; los otros se contentan con ver los juegos.
Yo quisiera que fuese tan escogida la sociedad de un joven que tuviera
buena opinión de los que con él viven, y que le enseñáramos a conocer tan
bien el mundo, que la tuviese mala de todo cuanto en él hacen. Sepa que,
naturalmente, es bueno el hombre; siéntalo en si y juzgue de su prójimo por sí
mismo; pero vea cómo deprava y pervierte la sociedad a los hombres; encuentre
en las preocupaciones de éstos la causa de todos sus vicios; tenga inclinación
a estimar a cada individuo, mas desprecie la muchedumbre; vea que todos llevan
casi una misma máscara, pero sepa que hay rostros más hermosos que la máscara
que los encubre.
Hay que confesar que este método tiene sus inconvenientes y es que difícil
de poner en práctica; porque si desde tan temprano se hace observador, y le
ejercitáis en que aceche con tanta atención las acciones ajenas, le haréis
maldiciente y satírico, decisivo y pronto a fallar; se acostumbrará a la
odiosa satisfacción de hallar en todo siniestras interpretaciones, y a no mirar
bien ni aun lo que es bueno. A lo menos se hará al espectáculo del vicio, y
verá sin horror a los malos como se acostumbra uno a ver sin compasión a los
desventurados; y en breve la perversidad general no tanto le servirá de lección
cuanto de disculpa, diciendo en su interior que si es tal el hombre, él no debe
querer ser de otro modo.
Si queréis instruirle por principios y darle a conocer al mismo tiempo
la naturaleza del corazón humano, la aplicación de las causas externas que
convierten en vicios nuestras inclinaciones, trasladándole intempestivamente de
los objetos sensibles a los intelectuales, usáis de una metafísica que no está
en estado de entender, incurriendo en el inconveniente, que hasta aquí con
tanto afán hemos evitado, de darle lecciones que lo parezcan, y de sustituir en
su inteligencia la experiencia y la autoridad del maestro a su experiencia
propia y al adelanto de su razón .
Para quitar a la vez ambos obstáculos, y poner a su alcance el corazón
humano sin arriesgarse a estragar el suyo, quisiera yo enseñarle los hombres a
lo lejos, en otros tiempos y en otros países, de suerte que pudiera ver la
escena sin poder nunca obrar en ella. Esta es la época de aprender la historia;
de la filosofía; con ella, mero espectador, los verá sin interés ni pasión,
como juez, no como cómplice ni como acusador. Para conocer a los hombres, es necesario
verlos en sus obras. En el mundo les oímos hablar; muestran sus dichos y
esconden sus acciones; pero éstas se hallan patentes en la historia y los
juzgamos por los hechos. Hasta sus dichos sirven para valuarlos, porque,
comparando lo que dicen con lo que hacen, vemos a un tiempo lo que son, y lo que
quieren parecer; cuanto más se encubren, mejor los conocemos.
Tal estudio tiene por desgracia, inconvenientes y riesgos de varias
especies. Es difícil colocarse en un punto de vista desde el cual podamos
juzgar con equidad a nuestros semejantes. Uno de los vicios principales de la
historia, consiste en que retrata mucho más a los hombres por sus malas
facciones que por las buenas; como sólo toma interés por las revoluciones y
las catástrofes, mientras crece y prospera un pueblo en la bonanza de un
gobierno pacífico, nada dice de él; ni empieza a mencionarle hasta que éste,
no pudiéndose ya bastarse a sí propio, se ingiere en los negocios de los limítrofes
o deja que éstos se metan en los suyos; no le ilustra hasta que ya está
decadente; principian todas nuestras historias por donde debieran concluir. Con
mucha puntualidad tenemos la historia de los pueblos que se destruyen; la que
nos falta es la de los pueblos que se multiplican, que son tan felices y tan
discretos que nada tiene que decirnos de ellos; y con efecto, aun en nuestro
tiempo, vemos que los gobiernos que mejor se conducen son aquellos de que menos
se habla. Sólo el mal sabemos, y apenas forma época el bien. Solamente los
malos son famosos; los buenos son puestos en olvido o ridiculizados.
Semejante el tiempo a un río caudaloso, dice Bacón, aquello más ligero
y menos sólido, es lo que nos trae; todo lo que más peso tiene se va al fondo
y se queda tragado en su vasto cauce. De este modo, la historia, como la filosofía,
calumnia sin cesar al linaje humano.
Además, falta mucho para que los hechos que describe la historia sean la
pintura exacta de cómo sucedieron; pues mudan de forma en la cabeza del
historiador, amoldándose por sus intereses y tomando color en sus
preocupaciones en el sitio de la escena, para que vea un suceso tal como fue.
Todo lo disfraza la ignorancia o la parcialidad. Aun sin alterar un rasgo histórico,
con sólo ensanchar o estrechar las circunstancias que a él se refieren; ¡cuántas
fases diferentes pueden dársele! Poniendo un objeto mismo en diferentes puntos
de vista, apenas parecerá el mismo, y con todo no habrá variado otra cosa que
la mirada del espectador. ¿Basta, en obsequio de la verdad, contarme un hecho
verdadero, si me le hacen ver de distinto modo que sucedió? ¡Cuántas veces un
árbol más o menos, un peñasco a mano derecha o izquierda, un torbellino de
polvo levantado por el viento, han decidido el éxito de una batalla, sin que
nadie lo haya conocido! ¿Quita eso que os diga el historiador la causa de la
derrota o la victoria, tan resueltamente como si se hubiera encontrado en todas
partes? | ||||||