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JOSÉ IGNACIO ÁLVAREZ THOMAS
Era gobernador de la provincia de Arequipa, en el virreinato del Perú, el brigadier español don Antonio Álvarez y Ximénez. Nombrado por el rey para tan alto cargo, pasó al nuevo destino en compañía de su mujer, doña Isabel Thomas y Ramzé, nacida en Barcelona. De ese matrimonio nació José Ignacio Álvarez Thomas el 15 de febrero de 1787, en la ciudad de Arequipa. Trasladado a la Península, don Antonio emprendió el regreso con su familia allá por el año 1797; pero habiendo hecho escala en Buenos Aires continuó solo el viaje por mar a causa de la situación de guerra con Inglaterra y los peligros que amenazaban a la navegación. Traía el brigadier Álvarez y Ximénez, en otras recompensas del gabinete de Madrid por sus méritos en el gobierno del Perú, un nombramiento de subteniente del Regimiento Fijo de Infantería de Buenos Aires a favor de José Ignacio, para que lo hiciera efectivo una vez que hubiera completado su educación. Aún no cumplidos los doce años se incorporó en calidad de subteniente de Bandera (despacho de 7 de enero de 1799). Así comenzó su aprendizaje en los regimientos veteranos. Vuelto don Antonio a Buenos Aires en 1803, de paso para las Islas de Chiloé, donde había sido destacado como gobernador político y militar, recogió a su familia, dejando al hijo en la ciudad porteña incorporado como estaba al regimiento. La despedida fue definitiva; no volvería más a ver a sus padres ni a sus hermanos. El virrey lo tomó a su cuidado, un poco para responder a la recomendación y también porque el muchacho tenía buena índole y gozaba de buen concepto entre sus superiores. Dióle destino en la Secretaría del Virreinato, pensando acaso que podía hacer carrera de despacho como su padre. El aprendizaje -aunque no para el destino futuro que imaginó el virrey- le fue de mucha utilidad. Cuando en 1806 las aguas de la Ensenada de Barragán se erizaron de mástiles ingleses, un escuadrón de caballería, en el que formó Álvarez Thomas como ayudante de órdenes, salió de Buenos Aires para vigilar los movimientos de la flota invasora. Después de capturada la capital por las fuerzas británicas, tras una desordenada y débil resistencia, José Ignacio acompañó con otros oficiales al virrey Sobremonte en su retirada a Córdoba, regresando con éste, que conducía una división de caballería, para desalojar a los invasores. En el paraje de San Nicolás de los Arroyos leyó el virrey con sorpresa e indignación el oficio que le enviaba el Cabildo de Buenos Aires. La ciudad había sido reconquistada por la acción heroica de los vecinos armados y el capitán de navío don Santiago de Liniers, que los condujo a la victoria, era dueño de la situación y la única autoridad superior a quien la ciudad deseaba obedecer. Sin posibilidad de reaccionar buscó refugio en Montevideo, confiando recuperar el prestigio perdido. Las nuevas acciones militares que dirigió allí contra los ingleses y que terminaron en un completo descalabro lo desacreditaron definitivamente. Después del armisticio del 12 de agosto de 1806, se embarcaron las tropas inglesas para reiniciar traidoramente las hostilidades en la vecina ciudad portuaria. Reunida su escuadra frente a la playa del Buceo, el jefe inglés intimó la rendición. Sobremonte respondió con dignidad ordenando la salida de tropas para entorpecer el desembarco. El subteniente Álvarez Thomas combatió en la salida desde el 15 al 19 de enero, disputando palmo a palmo los escasos 15 kilómetros que mediaban entre la playa y las murallas en cuyo recinto debieron refugiarse finalmente. Se intentó todavía una acción desesperada. El día 20 a las seis de la mañana salieron por el portón de San Juan 2.362 combatientes, la mayoría bisoños, para decidir la suerte de la ciudad. Otra vez se vio a Álvarez Thomas marchar contra el enemigo y volver con los que pudieron replegarse después de haber sufrido grandes pérdidas. Cumplió sus deberes militares durante el sitio, y en la hora de la rendición dio pruebas de su espíritu combativo quedando tendido en el suelo con el hombro derecho destrozado por una bala de fusil y acribillado el cuerpo por diez heridas de bayoneta. Conducido a un hospital de sangre de los ingleses, no fue trasladado a Inglaterra como prisionero -se llevaron a muchos- porque la gravedad de sus heridas no lo permitió. Vencidos los ingleses de la segunda invasión en la gloriosas jornadas de 5 y 6 de julio, Álvarez Thomas recuperó la libertad a consecuencia de la capitulación de los agresores. Vuelto a la capital, el Comandante de Armas, don Santiago de Liniers lo incorporó al Batallón de Voluntarios del Río de la Plata con el grado de teniente (29 de julio de 1810). Y al crear el Batallón de Granaderos de Liniers -denominado en 1809 por el virrey Cisneros, Granaderos de Fernando VII- destinado a su guardia personal, le dio el mando de una compañía con grado de capitán. Tan pronto como se conoció, en 1808, a raíz de la invasión de Napoleón a España, la formación de juntas provinciales en la Península, el Cabildo de Buenos Aires, dirigido por el alcalde don Martín de Álzaga, quiso hacer lo mismo destituyendo al virrey Liniers y poniendo en su lugar una junta de tipo popular (1º de enero de 1809). Varias unidades de los cuerpos militares urbanos -creados en setiembre de 1806 para repeler la segunda invasión inglesa- salvaron la autoridad del virrey amenazado, colaborando con su guardia del Batallón de Granaderos. Álvarez Thomas actuó en esta defensa y el virrey premió su adhesión ascendiéndolo a teniente coronel honorario de la misma unidad (despacho de 21 de junio de 1809). Cuando estalló la Revolución de Mayo de 1810, el Batallón de Granaderos de Fernando VII se sublevó y, acuartelado en el fuerte, residencia del virrey, como cuerpo de guardia, convirtió prácticamente a Cisneros en su prisionero. Álvarez Thomas intervino activamente en esta decisión, dando testimonio de su adhesión a la nueva causa. En sus recuerdos personales, escritos en 1839, dice: "Aunque en los actos memorables que alcanzan al 25 de Mayo en que quedó erigido el primer Gobierno Patrio, mi nombre no aparezca consignado, como el de tantos otros patriotas a quienes sus deberes militares los retenían fuera de los comicios, mi cooperación como soldado y ciudadano, me coloca en las filas de los fundadores de la Independencia Nacional". Se había olvidado que puso su firma en la petición del 25 de Mayo de 1810, que creó a la Junta Patria, y que esa firma, de resultados tan positivos, quedó grabada para la posteridad al lado de la de otros oficiales del Batallón en la hoja que subscribieron en el cuartel. "Mi empeño en la causa de la libertad -escribe Álvarez Thomas en aquellos recuerdos- fue recibido por mi familia con el mayor desagrado, que como consagrada toda ella a la defensa del Trono, vio con mucho pesar que uno de sus hijos se convirtiese en lo que entonces llamaban "insurgentes". Mi madre que tenía una grande predilección por mí, hizo los mayores esfuerzos para arrancarme de la Revolución, ofreciéndome ventajas en el ejército realista, luego que me presentase en Lima; y cuando conoció mi resistencia cortó toda comunicación. Después de muchos años y ya desde España, la restableció con igual cariño; lo mismo hicieron mis hermanos. Mi padre había ya muerto". Si en el orden militar Álvarez Thomas tenía reconocido prestigio, también alcanzó ascendiente político después de la Revolución. Debiendo entenderse la Junta Grande con las pretensiones de la Infanta Carlota Joaquina -hermana de Fernando VII- que continuaba aspirando a gobernar el Río de la Plata a pesar de que la Junta Patria no le prestó apoyo, comisionó a Álvarez Thomas y al teniente coronel Nicolás de Vedia para que solucionaran el entredicho con el delegado Felipe Contucci. El problema había asumido caracteres graves, porque un fuerte ejército portugués concentrado en la frontera de la Banda Oriental con el Brasil, estaba listo para invadir el territorio si no se aceptaba de buen grado a la pretendiente. Las irreductibles y amenazadoras exigencias hacían poco menos que imposible hallar un punto de transacción, y la misión de Buenos Aires tenía que fracasar. Así ocurrió en la reunión de los comisionados el 29 de julio de 1811, y el ejército luso-brasileño traspuso la frontera. Otra situación no menos delicada se presentaba con Montevideo. Sitiada por tropas de Buenos Aires desde 1810, para desalojar a la fuerzas realistas que mandaba el general Francisco Xavier Elío, las hostilidades habían entrado en un período de ineficacia que hizo necesario interrumpirlas de alguna manera honrosa para no mantener inactivo un ejército que se necesitaba en el frente del Noroeste, donde las fuerzas argentinas habían sido destruidas en Huaqui. Comisionó la Junta Grande al deán Funes, José Julián Pérez, abrir las negociaciones. La Junta Grande aprobó el tratado de paz el 20 de octubre de 1811. La situación obligó al gobierno a reorganizar los mandos del ejército después de los desastres ocurridos. En setiembre de 1811 se nombró jefe del Estado Mayor al coronel Francisco Xavier de Viana, y al teniente coronel Ignacio Álvarez Thomas ayudante secretario. En mayo de 1812 fue a mandar tropas en el segundo sitio de Montevideo, habiendo previamente contraído matrimonio -el 3 de mayo de 1812- con Carmen Ramos Belgrano, sobrina del general. Regresó en 1813 sin haberse tomado la ciudad a causa de la violenta disidencia sobrevenida entre Artigas y el representante del Triunvirato, Manuel de Sarratea. Nuevamente en la Secretaría de Guerra fue nombrado en 1814 edecán del Director del Estado, Gervasio Antonio de Posadas. En febrero del mismo año saltó a ocupar interinamente la gobernación de Santa Fe, con la misión de anular la influencia política de Artigas. No tenía temperamento político y volvió a las armas en el sitio de Montevideo, dirigido por el general Carlos de Alvear. Al rendirse la plaza el 14 de junio de 1814, recibió una medalla de oro y, a fines del mismo año, quedó interinamente a cargo del gobierno de la ciudad. A principios del año siguiente el gobierno de Buenos Aires retiró sus autoridades de Montevideo, debilitadas como estaban frente al poder político y militar de Artigas. Álvarez Thomas volvió a Buenos Aires y en abril salió con un escuadrón para reforzar la guarnición de Paraná, a fin de contener las montoneras artiguistas. Esta política de destrucción de los "anarquistas" -como se calificaba a los federalistas de Artigas- la ideó el nuevo Director de Estado, Carlos de Alvear, como el mejor procedimiento de pacificación. Pero lo que escapó a sus previsiones fue que el mismo militar a quien envió para castigar a sus enemigos se convertiría en su destructor, sublevándose en Fontezuelas y obligándolo a abandonar el gobierno y el país. Álvarez Thomas cuenta en sus Memorias este episodio de su vida, y aunque no pueda tenerse como testimonio fidedigno, revela su opinión y sentimiento personal. "El descrédito de la administración que presidía entonces el general Alvear -dice- era tan pronunciado en la Capital como en las demás Provincias de la Unión, en donde su autoridad se obedecía tibiamente, habiendo el ejército del Perú substraídose enteramente a su dependencia. Por todas partes resonaba el eco de indignación contra la fracción dominante, a causa de mala versación en las rentas públicas y de parcialidad en la distribución de los empleos. Las mismas tropas que él reputaba de su confianza, participaban del descontento general, y simpatizaban con la necesidad reconocida de una reacción en el cuerpo político. Marchando yo con la División, encontré en el territorio de Santa Fe al general Díaz Vélez, que con un cuadro de oficiales había evacuado aquella ciudad que quedaba en poder de las fuerzas de Artigas. Tal incidente me forzó a retrogradar, situándome en las Fortezuelas para esperar órdenes. Entonces fue que los oficiales representándome el tamaño de los males que afligían al país y los riesgos que corría la provincia de Buenos Aires de caer en manos de Artigas, me conjuraron a nombre de la Patria, de ponerme al frente del movimiento que debía derrocar la autoridad aborrecida. Cediendo yo al convencimiento de mi propia conciencia, tomé la responsabilidad de la empresa, y en consecuencia se expidieron las órdenes correspondientes para la reunión de la milicias de campaña, el manifiesto de las causas que impedían a desconocer el Gobierno existente, la circular a las provincias interiores, y una interpretación al mismo Artigas para que sus fuerzas no penetrasen la provincia que iba a reivindicar sus derechos. Todo produjo los más satisfactorios resultados, y en pocos días la División se encontraba robustecida con más de 2.000 hombres de los cuerpos de línea que llegando sucesivamente al cuartel general, tomaban parte en la revolución después de separar a los jefes y oficiales que no inspiraban confianza. Puesto en marcha el ejército libertador con dirección a Luján, envié al Director Alvear una intimación para que se dimitiese del poder supremo por obsequio a la paz pública, y al llegar a dicha Villa, encontré una diputación de la Soberana Asamblea, comisionada para exigir la suspensión de hostilidades mientras se arreglaban las diferencias pendientes. Esta negociación fue interrumpida con la novedad de que en la misma Capital se había efectuado un movimiento popular protegido por la Municipalidad, que colocaba a Alvear (situado en la costa de los Olivos con su ejército) en la confusión más espantosa. Así que todos sus pasos eran continuos desaciertos y veía desaparecer su poder material, pasándose sus tropas al ejército libertador, como a Buenos Aires. Entonces hallóse forzado a abdicar el mando, refugiándose en un buque inglés. Quedó de este modo concluida la revolución más pronunciada hasta aquella época". Álvarez Thomas se convirtió en el hombre del momento. Asumió el Cabildo interinamente el gobierno y le envió despacho de coronel mayor -24 de abril de 1815- juntamente con el nombramiento de jefe del ejército de la Capital. Colocado así en lugar sobresaliente, a los veintiocho años, absorbió la atención de la ciudadanía. Un colegio electoral elegido por el voto de seiscientos cuatro vecinos, designó Director del Estado a José Rondeau -enemigo de Alvear- que se hallaba al frente del ejército en el Alto Perú, y puso interinamente en el mando al afortunado joven. Dio el nuevo Director un paso decisivo para entenderse pacíficamente con Artigas enviando de emisarios al coronel Pico y al Dr. Rivarola. El caudillo oriental, cuya zona de influencia había rebasado sus límites geográficos, mandó a Buenos Aires cuatro delegados por las provincias de la Banda Oriental, Córdoba, Santa Fe y Corrientes, exigiendo la devolución de las armas y pertrechos sacados de Montevideo por el ejército de Buenos Aires después de la rendición y ocupación de la plaza, la entrega de fusiles a Córdoba y Santa Fe, el reconocimiento de la autonomía de esas provincias, y un pacto final de unión. Álvarez Thomas -de tendencia unitaria- no quiso aceptar tales proposiciones, por lo que representaban como expresión del federalismo, y también por no reconocer a Artigas derecho para extender su autoridad más allá de su límite geográfico. Resuelto a no transigir con tales exigencias, pero no queriendo al mismo tiempo romper las hostilidades antes de tomas precauciones, prolongó la negociación mientras enviaba a Santa Fe al general Viamonte con 1.600 hombres. Las negociaciones fracasaron, lo mismo que la invasión de Viamonte. La entrada en Santa Fe con el "ejército de la observación", fue precedida por una proclama tranquilizadora, pero en el primer acto descubrió las verdaderas intenciones. Producida la acefalía del gobierno provincial, Viamonte tomó intervención directa en el proceso electoral, consiguiendo colocar en el gobierno a un amigo de Buenos Aires, mientras la soldadesca de su división cometía atropellos y desmanes. El pueblo, indignado, se levantó en armas, conducido por Mariano Vera y Estanislao López, puso sitio a la ciudad y después de sangrientos combates, Viamonte se vio obligado a capitular. Este fracaso agravó el debilitamiento de la autoridad de Álvarez Thomas, por el que había trabajado en la capital la Junta de Observación, cuerpo colegiado con funciones provinciales que se había arrogado atribuciones nacionales. El tratado de Santo Tomé fue aprobado por la Junta de Observación y Álvarez Thomas no tuvo otra salida que presentar la renuncia. El fracaso político no había mellado su autoridad moral ni su prestigio militar. Pocos meses después fue nombrado presidente del tribunal de justicia militar, y, en seguida, vocal de la Comisión de Guerra, cuy cometido finalizó en 1817 con la publicación de un reglamento de táctica para el arma de infantería y de caballería. En 1819 salió como jefe del Estado Mayor del ejército de operaciones del general Viamonte, para reducir al gobernador Estanislao López, haciéndose cargo de las fuerzas que había dirigido el general Juan Ramón Balcarce que, completamente derrotadas y expulsadas de la provincia, estaban estacionadas en San Nicolás de los Arroyos. Retirado el ejército porteño de Santa Fe, Álvarez Thomas se apostó en esa población con una división de setecientos hombres para concluir el tratado definitivo de paz con los diputados de López y Artigas. Después de varios meses de absoluta inactividad, sin que llegaran los diputados, fue revelado por el general Martín Rodríguez y volvió a sus funciones en el Estado Mayor. Cuando los caudillos del Litoral, López y Ramírez, invadieron la provincia de Buenos Aires y triunfaron en la batalla de Cepeda -1º de febrero de 1820- provocando la disolución del Congreso Constituyente, el gobernador Manuel de Sarratea, nueva autoridad de la provincia de Buenos Aires, abrió el proceso contra las autoridades depuestas y mandó encarcelar a Álvarez Thomas. A los diecinueve días fue puesto en libertad por el nuevo gobernador Ildefonso Ramos Mejía. Y cuando el gobernador coronel Manuel Dorrego, en ese mismo crítico año 20, abrió nuevas hostilidades contra las fuerza de López, que se mantenían en el territorio de la provincia, lo llamó a su lado. Se le unió en Areco cuando volvía derrotado en el Gamonal, perdido ya su crédito militar y político. Entrar a servir a Dorrego en franca derrota no era la mejor oportunidad para acreditar servicios, y Álvarez Thomas consiguió que lo destinara a mandar la guarnición de San Nicolás, donde permaneció otra vez inactivo hasta que Martín Rodríguez fue elegido gobernador. De nuevo en la capital como comandante general de armas, en 1821 se incorporó a la legislatura como diputado por el distrito de San Nicolás, San Pedro y Baradero, sin abandonar la función militar. Miembro de la comisión de asuntos militares de la Cámara, fue autor del proyecto de la ley orgánica de la milicia. En 1825 se trasladó al Perú con el cargo de ministro plenipotenciario, sin poder obtener la firma de un tratado de amistad y comercio ni el envío de un comisionado para tratar ante la corte del Brasil la desocupación militar de la provincia de Moxos y Chiquitos, de la Banda Oriental. El 25 de octubre del mismo año se le ordenó pasar con igual representación diplomática a Chile, para gestionar la cooperación en caso de una guerra entre las provincias Unidas del Río de la Plata y el Brasil. Pero habiéndose empeñado la República hermana en reducir el último reducto español en la Isla Chiloé, esa gestión quedó en un simple acuerdo de amistad y comercio que no fue ratificado. A poco de regresar a Buenos Aires renunció Rivadavia a la presidencia de la República, designando la Legislatura de Buenos Aires gobernador al coronel Manuel Dorrego. Álvarez Thomas, unitario, recibió con desagrado el cambio de administración y para no colaborar solicitó el retiro, que le fue acordado. Pero cuando el general Lavalle sublevó la división que traía del Brasil y tomó el gobierno a viva fuerza fusilando a Dorrego, Álvarez Thomas aceptó desempeñar el cargo de comandante general de Armas de la capital. Tan pronto como Juan Manuel de Rosas asumió el poder por elección de la Legislatura, después de haber anulado a Lavalle, Álvarez Thomas emigró a la Banda Oriental con Martín Rodríguez y Francisco Fernández de la Cruz. Retirado en Soriano sin actividad alguna de provecho, el almirante Brown, hombre de su intimidad, le cedió en préstamo un campo que poseía en Colonia, donde inició su aprendizaje rural, introduciendo un plantel de vacas que obtuvo a cambio de una casa que tenía en Buenos Aires, y con la venta de algunas alhajas, plata labrada y ropa, aumentó su hacienda con ovejas, caballos y yeguas, transformándose en estanciero muy a su pesar. Recuerda en sus memorias con dolor la mezquindad de la vida campestre, añorando sus lejanos triunfos militares y políticos que no volverían. "En él -escribe- hemos soportado todas las penurias que impone la falta de recursos y la carencia del trato con gentes civilizadas. En nuestro largo aislamiento todos nos hemos ocupado con constancia de la necesidades domésticas más humildes, haciendo por este medio menos pesado el tiempo. Mis hijos y especialmente el primero, han desempeñado las funciones materiales de peones asalariados, tanto los trabajos de campo como en las labores agrestes y en las continuas reparaciones de la habitaciones, con gusto y alegría. La esperanza, este último consuelo del corazón, ha venido alguna vez a despertar el letargo de nuestra azarosa situación". Pero lejos de caer el poder de Rosas como lo esperaba, se consolidó con el apoyo del nuevo presidente del Uruguay, general Manuel Oribe. Destruido el intento del general Fructuoso Rivera, que se había levantado en armas con el auxilio de los emigrados unitarios, principalmente del general Lavalle, sobrevino la persecución de los expatriados argentinos. Álvarez Thomas fue sacado de su establecimiento de campo y encarcelado en Montevideo; "Yo, que 21 años antes había ocupado la silla gubernativa de la misma ciudad", recuerda con amargura. Gestiones amistosas, sin embargo, lo pusieron en libertad al día siguiente. Tan pronto como se vio libre y consiguió un préstamo, emigró solo a Río de Janeiro, donde vivió en una posada en compañía de don Braulio Costa. Hizo allí buenas amistades, pero su condición de desterrado -que le parecía humillante- y la nostalgia de su familia ausente, lo llevó al aislamiento. Habiendo prometido el general Rivera abrir la campaña contra Rosas con el auxilio de la escuadra francesa surta en las aguas del Río de la Plata, Álvarez Thomas se ofreció a colaborar militarmente en la expedición. Entre tanto, volvió a su estancia de Colonia a reunirse con los suyos después de una ausencia de veintiocho meses. La expedición quedó al mando del general Lavalle y no pudiendo intervenir Álvarez Thomas, incorporó a su hijo menor Eduardo, que contaba dieciocho años. Murió en la batalla de Sauce Grande en Entre Ríos, en 1840. Su hijo mayor, Ignacio, incorporado como voluntario al mismo regimiento, murió al año siguiente en el combate de Famaillá. Concluido el sitio de Montevideo, Álvarez Thomas se expatrió (1846) a Chile y luego al Perú. Volvió a Buenos Aires después de la batalla de Caseros, que dio término al gobierno de Rosas, y fue general en actividad en la labor de rutina. Falleció el 19 de julio de 1857 a los setenta años de edad.
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