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JUAN LAVALLE

 

            El general Juan Galo Lavalle nació en Buenos Aires el 20 de octubre de 1797. Fueron sus padres don Manuel José Bonifacio de Lavalle y Cortés, oriundo del Perú -hijo a su vez del general D. Simón de La Valle y Cuadra, caballero próspero de la Orden de Calatrava- y de Doña María del Carmen Cortés y Cartavio, nacida en Pergamino (Prov. de Buenos Aires).

            Por la rama materna el futuro héroe de Río Bamba estaba emparentado nada menos que con Hernán Cortés. Su padre fue nombrado Contador General de la Renta del Tabaco en las provincias del Río de la Plata. Y pone bien de manifiesto el patriotismo de su madre un gesto emocionante: Hallándose en Chile llegó la noticia de la Reconquista de Buenos Aires, tras las invasiones inglesas; enajenó entonces sus alhajas para hacer una donación destinada a los huérfanos y viudas y mandó acuñar con el artista Arrabal una cantidad de preciosas medallas conmemorativas con figuras alegóricas y esta leyenda: "ANVERSO - Doña Mercedes González y Lavalle a los ilustres defensores-. REVERSO -De su Rey y de su Patria- Liniers, Concha y Lasala.

            EXERGO -Pudiste defenderme - Pero no vencerme - Buenos Aires Sorprendida- Junio 27 de 1806 - Buenos Aires Defendida - Día 5 de junio de 1807".

            Advertida pronto su vocación por las armas su padre solicitó una plaza de Cadete en el escuadrón de Granaderos de Caballería. En el informe respectivo se lee la siguiente nota, firmada por San Martín: "Por los adjuntos documentos, hace constar el suplicante, tener todas las circunstancias que se requieren para su admisión. V. S. resolverá lo que sea de su agrado". Si bien en ese instante -agosto de 1812, cuando el joven tenía 15 años- estaba completo el número de cadetes, muy pronto logró ser admitido en el glorioso regimiento creado por el Libertador.

            Así comenzó la carrera militar, excepcionalmente brillante, que culminó con el más alto grado de General ganando todos los ascensos en el campo de batalla, llevaría triunfante el estandarte argentino hasta Ecuador, a través de Chile, Perú, Colombia, vencería luego en Ituzaingó, es decir, en los más diversos escenarios de guerra y asombraría con su desmedro a los más altos jefes de la lucha por la independencia americana, entre ellos Bolívar y Sucre, sin contar a San Martín, un arquetipo y maestro. No cabían en su pecho las condecoraciones que cinco naciones le habían otorgado. Sólo llevaba, mal cosida en la manga, aquella con que lo distinguiera la Patria de su padre, escudo de paño bordado en plata donde se leía: "El Perú al heroico valor en Río Bamba".

            En 1814 hizo su primera salida de la ciudad natal para actuar en el sitio de Montevideo y luego en la campaña contra Artigas a las órdenes de Dorrego. En seguida fue trasladado a Mendoza, donde San Martín preparaba el Ejército de los Andes. Con el primer cuerpo de Ejército atravesó la cordillera a las órdenes de Soler. En el fuerte de Achupallas San Martín mencionaba con calificativo de "bravo", al teniente Lavalle. Chacabuco le deparó el grado de Capitán, obteniendo después en Maipú los despachos de Sargento Mayor y una medalla y cordones de plata. En marcha sobre el Perú desembarcó con la expedición en Pisco. En el combate de Nazca, junto a Brandsen e Isidoro Suárez, anticipó la hazaña de Río Bamba, derrotando con ochenta granaderos a seiscientos realistas. Participó en la campaña de la Sierra a las órdenes de Arenales.

            En la batalla del cerro Pasco y en el sitio del Callao fue uno de los jefes de las fuerzas que San Martín envió en auxilio de Bolívar, y luchó acto seguido a las órdenes del coronel Andrés Santa Cruz a raíz de la sublevación de Guayaquil. Después de apoderarse la expedición, en febrero de 1822, de las provincias de Loja y Cuenca, y reunidas las fuerzas con las colombianas de Sucre, el ejército realista fue a concentrarse en Río Bamba. Lavalle, al mando del escuadrón de granaderos, integrado por 26 hombres, marchaba por el valle cuando repentinamente se encontró con una fuerte columna de caballería de 400 hombres. Decidió atacar y sus soldados, enardecidos por el ejemplo del jefe, pelearon con tal ímpetu, que obligaron a las aguerridas fuerzas españolas a retirarse, persiguiéndolas hasta ponerse a tiro de la retaguardia formada por los cuerpos de infantería. Después de la carga victoriosa mandó hacer alto. El general español reaccionó y poniéndose al frente lanzó sus fuerzas al ataque. Lavalle se mostró impávido hasta que de pronto dio la orden de cargar. "A degüello". El adversario retrocedió nuevamente. "El coraje brillaba en los semblantes de los buenos granaderos y era preciso ser insensibles a la gloria para no haber dado una segunda carga", dice Lavalle en el parte del combate. El coronel Ibarra, jefe de los "Coraceros de Colombia", acudió en ayuda de los granaderos exclamando con lágrimas en los ojos: "¡Cómo se pierde un escuadrón tan valiente!". Pero la intrepidez había vuelto a imponerse y los "Granaderos de Colombia" persiguieron a los restos en fuga. La presencia varonil de su figura militar la belleza y el heroísmo convirtiéndolo en un espectáculo cautivante, que arrastraba con su magnetismo a la tropa. Pero todavía habría de sobresalir Lavalle, allá en el norte de la América Hispana, en la batalla de Pichincha, en la campaña de los Puertos Intermedios, a las órdenes de Alvarado, en Moqueguá con sus veinte cargas en tres horas, hasta que después de Chancay, en desacuerdo con Santa Cruz y agraviado con Bolívar, volvió a la patria, a Mendoza, de donde partiera junto con San Martín. Entonces contrajo enlace con la mujer de quien se había enamorado al llegar por primera vez, Dolores Correas, bálsamo de las contrariedades que conoció como pocos de sus contemporáneos.

            De regreso en la ciudad del Plata, fue designado Jefe del regimiento de coraceros, 4º de Caballería, con el que fue enviado a defender de los indios la frontera al Sur del río Salado. La guerra con el Brasil lo llevó a las cuchillas de la Banda Oriental a las órdenes del general Martín Rodríguez, a quien luego Rivadavia, en vista de su desacuerdo con Lavalleja, substituyó por Alvear. El 13 de febrero de 1827 Lavalle reunió en Bacacay a la brigada del jefe brasileño Bentos Manuel Riveiro. Y llegó la jornada gloriosa de Ituzaingó, que habría podido dar grandiosos frutos a no ser por la falta de caballada de repuesto en el ejército triunfante. En Camacuá venció Lavalle sobre el mariscal Mena Barreto, junto con Paz y Mansilla, y en Yerbal derrotó e hizo prisionero a Lucas Teodoro. En este encuentro fue herido en la rodilla. El general Paz, jefe del Estado Mayor, comentó en esta oportunidad: "...nada equivale a la pérdida temporal de un Lavalle". Al encontrarse con éste en Entre Ríos, donde se hallaba a frente del Ejército Libertador en la campaña contra Rosas, hacía notar más tarde el insigne memorialista, que Lavalle parecía haber perdido su antigua fe en la disciplina del soldado de línea para situarse en la posición de quienes creían en la eficacia de los ejércitos bravos pero sin escuela.

            Cuando volvió a la patria para hacerse curar de su herida, gobernaba en Buenos Aires Manuel Dorrego. Como reconoce Saldías, los vencedores de Ituzaingó consideraban que Dorrego, al obstaculizar a Rivadavia, fue el culpable de que la patria no obtuviera de aquella espléndida victoria todos sus resultados. Luego Dorrego habría hecho la paz con el Brasil, y como consecuencia, la Argentina, triunfante, perdía nada menos que la provincia oriental. ¿Para qué habían combatido heroicamente, arriesgando sus vidas? Esto no podía comprenderlo Lavalle. Saldías, dispuesto a justificar a Dorrego, dice a este respecto: "El coronel Dorrego conocía los méritos del general Lavalle. No ignoraba que éste traía resentimientos y que calificaba duramente la conducta del gobierno que había firmado con el Brasil una paz bochornosa para la República". Cuando se acordaba del esfuerzo heroico de Ituzaingó, y reflexionaba en su absurdo fruto, a Lavalle le hervía la sangre. Venía a su memoria el instante en que obligado a permanecer inactivo de acuerdo con el plan de la batalla no pudo resistir más; según refiere Frigerio, y dirigiéndose a un teniente exclamó con viril energía: "Ayudante Danel: diga usted al señor general que este regimiento -señalando al 4- jamás recibirá un balazo por la espalda, y que desea sablear y destruir al enemigo que tiene a su frente". Luego de recibir las órdenes que había solicitado Lavalle atacó con tal denuedo -los "colorados", a la cabeza de la columna, y el 4º, en segunda línea-, que los cuerpos imperiales situados a su frente abandonaron el campo sin combatir gran parte de la 2ª brigada ligera. Entre tanto, Dorrego, militar de alta graduación como él, se hallaba dedicado a la política, envuelto en la tareas de obstaculizar la labor del gobierno. Así pensaba Lavalle.

            Estos antecedentes deben tenerse especialmente en cuenta si se quiere entender -no decimos justificar- lo que ocurría después. El 1 de diciembre de 1828 Lavalle y Olavarría derrocan el gobierno de Dorrego, que se dirige a la campaña en busca de auxilio de las fuerzas de Rosas. En el atrio de San Roque las personas reunidas esa misma tarde eligieron gobernador, levantando los sombreros, al general Lavalle. El 5 de diciembre el Gobierno Provisorio publica un manifiesto explicativo de las causas del movimiento, que lleva las firmas de Juan Lavalle y José Miguel Díaz Vélez. Allí se dice: "No hay remedio: cuando un gobierno viola abiertamente el pacto con la nación, y hace enmudecer a los ciudadanos por la fuerza, la fuerza es medio único de volverlo a la senda de sus deberes, o de arrojarlo del puesto que indignamente ocupa". La acusación contra Dorrego desarrollada en el manifiesto se basa en hechos que hacen a la soberanía y la integridad de la nación y en abusos de orden interno. Entre los primeros, se anota la responsabilidad de las personas depuestas, como "promotores de la guerra fratricida que devoró nuestras provincias en los dos últimos años y nos privó de los recursos necesarios para dar un empuje más vigoroso a lucha que sosteníamos con el Supremo del Brasil", y, por otra parte, denuncia en colaboración "los planes pérfidos de Bolívar. Aquel gobierno -añade- acababa de hacer un agravio a la República Argentina usurpándole una parte de su territorio; nada había que tratar con él que no fuera reclamar esta usurpación".

            Entre los abusos de orden interno, menciona la supresión de la libertad de imprenta, de la que dice que como es primer baluarte de todas la libertades, es también el primer enemigo de los que quieren destruirlas. La ley del 8 de mayo -expresa- abolió la libertad de escribir. "Esta funesta ley que tanto aprobio nos ha dado -prosigue- era la espada pronto de herir a los que no opinaban como el gobierno quería, pero al mismo tiempo, era la salvaguardia con que los escritores que él pagaba insultaban con un desenfreno sin ejemplo, calumniaban con una imprudencia inaudita y adulaban con el servilismo mahometano". Dicha ley declaraba delito "incitar a desobedecer las leyes o las autoridades del país  la publicación de impresos que ofendieran con dátivas e invectivas el honor y la reputación de algún individuo, o ridiculicen su persona". "Nadie había usado tanto del ridículo como Dorrego y su gente en la campaña de oposición a Rivadavia y ahora pretendía prohibirlo". Continúa el manifiesto afirmando que "la libertad en las elecciones populares, esta base del sistema representativo fue completamente aniquilada por el gobierno que fenecido". Y recuerdo luego un hecho rigurosamente exacto, que nadie niega: "Se atropelló la independencia de los magistrados; dos de ellos fueron conducidos a disposición del gobierno de Buenos Aires, que lejos de indignarse de un atentado semejante los recibió, los envió a una prisión y se arrojó la facultad de juzgarlos". "El tesoro de nuestra provincia -señala el manifiesto acusando desde otro ángulo- se empleaba a cada momento, en comprar especies metálicas para enviar a los gobernadores de las otras provincias, sin que hasta hoy se haya visto el resultado de tales sacrificios".

            El general Lavalle se puso en campaña en busca de Dorrego delegando el mando en el almirante Brown. Desoyendo los consejos de Rosas, Dorrego decidió ofrecer combate y fue derrotado el 9 de diciembre cerca de Navarro. Mientras Rosas buscaba el camino de Santa Fe. Dorrego siguió rumbo a Areco para incorporarse al regimiento número 3, mandado por su amigo el coronel Ángel Pacheco. Pero los comandantes Acha y Escribano sublevaron sus cuerpos, se apoderaron de Dorrego y lo entregaron a Lavalle, que recibió vehementes sugestiones de Juan Cruz Varela, y Julián Segundo de Agüero en el sentido de que era preciso eliminarlo. Salvador María del Carril le exhortó directamente al fusilamiento. Y Dorrego, por orden expresa de Lavalle, como este se encargó de documentar asumiendo la responsabilidad ante la historia, fue fusilado el 13 de diciembre, a pesar de haber intercedido en su favor el almirante Brown y el cuerpo diplomático.

            El fusilamiento fue una ignominia y un grave error político. Sirvió para fortalecer vigorosamente la causa que pretendía destruir. No sabían quienes hablaban de "cortar la cabeza de la hidra" que ésta no desaparece porque la fuerza la separa del cuerpo. Lavalle comprendió tarde su error, al que en buena parte fue inducido por sus apresurados consejeros, y el recuerdo del crimen atormentó su conciencia. Tuvo muchas más expresiones de remordimiento. A fines de 1839 mientras el ejército se organizaba en Corrientes, recordó la fecha -era el 13 de diciembre, aniversario del fusilamiento de Dorrego- y dijo, entre otras expresiones de arrepentimiento ésta: "Los hombres de casaca negra..., con sus luces y su experiencia, me precipitaron en ese camino, haciéndome entender que la anarquía que devoraba la gran República, fuera del caudillaje bárbaro, era obra exclusiva de Dorrego. Más tarde, cuando varió mi fortuna se encogieron de hombros... Pero ellos al engañarme, se engañaban también, porque no era así. Dorrego sólo explotó en su beneficio el mal que estaba arraigado en el país, como se ha visto después. Y haciendo una pausa, continuó: Si algún día volvemos a Buenos Aires, juro sobre mi espada por mi honor de soldado que haré un acto de expiación como nunca se ha visto; sí, de suprema y verdadera expiación..." Y bajando la cabeza quedó taciturno y siguió paseándose". El general Iriarte confirma este testimonio; refiere que en 1840, pasando Lavalle por Navarro pernoctó en la estancia de Almeida y al entrar en la habitación donde en 1828 firmó la orden contra Dorrego, enmudeció y meditó amargamente diciéndole: "Amigo mío, ¿cuándo llegaremos a Buenos Aires para rodear de respeto y consideración a la viuda y a los huérfanos del coronel Dorrego?" "Más tarde -agrega Iriarte- se trajeron dos catres, pero el general no pegó los ojos en toda la noche, sintiéndolo yo fumar o revolverse en la cama y suspirar de continuo. Al siguiente día de madrugada continuamos la marcha, y guardó silencio por largo rato".

            Siendo flamante gobernador Lavalle, el vizconde Vetancourt, jefe de escuadra en el Río de la Plata, atacó y saqueó a media noche, el 21 de mayor de 1829, en circunstancias en que nadie podía imaginarlo, a tres bergantines armados argentinos, uno de los cuales fue incendiado, y a cuyo bordo se encontraban dos ciudadanos franceses detenidos por delitos comunes, y alrededor de doscientos presos políticos. El general Lavalle reclamó altivamente y obtuvo la separación que se imponía. Pero Juan Manuel de Rosas envió una nota al vizconde Vetancourt manifestándole "en su nombre y en el de todos los ciudadanos de la Nación Argentina el más sincero y justo reconocimiento" por lo que había hecho en contra de los buques argentinos y a favor de los detenidos en ellos; solicitó que los barcos de la escuadra nacional no fueran devueltos y que se los mantuviera en seguridad; pidió también que los barcos franceses tomasen otros buques argentinos que hallaban en el Panamá y que se le permitiese tener una entrevista con el vizconde de marras en la Ensenada donde pondría a su disposición "la carne fresca que necesitase diariamente para los barcos y navíos que quisiera proveer el susodicho comandante", e hizo saber, por fin, que su hermano Prudencio Rosas estaba en dicho lugar con encargo de suministrar al comandante de la escuadra francesa todo lo que necesitase "desde Quilmes hasta Tuyú y en todas las costas y puertos donde se encuentren sus tropas". Contrasta la actitud de Lavalle en defensa de la soberanía argentina, con la desaprensión de Rosas.

            La campaña de Buenos Aires estaba prácticamente sublevada, dirigida por Rosas detrás de las bambalinas. Y la convención de Santa Fe declaró la guerra al gobierno de Lavalle. El general José María Paz, que había vuelto de la Banda Oriental, fue enviado por Lavalle para encabezar la lucha en Córdoba, donde gobernaba Bustos, y las provincias del interior. El general López marchó hacia Buenos Aires, nombró a Rosas segundo jefe del ejército de la Unión y entretanto Lavalle, al frente de 1.500 hombres se dirigió a su encuentro. Libróse la batalla de Puente de Márquez, de resultado indeciso, ya que Lavalle se retiró sin que su infantería sufriera pérdidas dignas de tenerse en cuenta. Paz derrotó al general Bustos en San Roque, y López, preocupado por ese triunfo, de gran importancia para la marcha futura de los acontecimientos en las provincias del interior, propuso la paz a Lavalle, respondiéndole éste que no entraría en negociaciones mientras no abandonara la provincia.

            La sublevación de la campaña dificultaba seriamente la situación de la ciudad de Buenos Aires, muy entorpecida en su abastecimiento y obligaba a mantenerse sobre las armas. Antes de los hechos de Puente Márquez había llegado al Plata el general San Martín a quien Lavalle ofreció el gobierno. El Libertador no lo aceptó invocando razones que dio en cartas a Rivera y al general Guido, y que pueden resumirse diciendo que la situación lo obligaría inexorablemente a apoyarse en una facción para combatir a otra, y que no quería intervenir en una lucha entre hermanos ni convertirse en verdugo de sus compatriotas.

            En esas circunstancias se cruzó una nutrida correspondencia entre Lavalle y Rosas, estudiada por el Dr. Mariano de Vedia y Mitre en su documentado libro "De Rivadavia a Rosas" donde se observa la franqueza de Lavalle en tanto resalta la habilidad y la astucia de Juan Manuel de Rosas. Al final, Lavalle, resuelto a terminar con la espera, se dirigió a caballo, acompañado tan sólo por un oficial ayudante, al campamento de Rosas, y fatigado por la marcha se acostó a dormir tranquilamente en un catre de campaña. Rosas lo recibió con las consideraciones debidas; conversaron largamente y al cabo firmaron, entre el gobernador interino y el comandante del pueblo armado de la campaña, el 24 de junio, el convenio de Cañuelas, en el que se concertaba la paz y el olvido de lo pasado. Se convocaría a elecciones de representantes de la provincia, como paso previo a la elección de gobernador, a quien los dos entregarían el mando de las fuerzas. Pero existía una cláusula secreta, en cuya virtud el general y el comandante se obligaban a apoyar una lista única de candidatos y a sostener algunos nombres que contaban con el acuerdo común para determinados cargos de importancia.

            Se realizaron las elecciones; pero la cláusula secreta no fue respetada y Rosas impugnó los comicios que no habían sido tranquilos. Con esto volvió a su posición hostil y en consecuencia, previa renuncia de los ministros de Lavalle, entre ellos Del Carril -hombre fuerte- que fueron reemplazados por Guido, García y el coronel Escalada, se celebró el pacto de Barracas del 24 de agosto, por el que se nombraba gobernador provisional al general don Juan José Viamonte, hombre federal, acompañado por un Senado integrado por representantes de distintos sectores, con carácter consultivo.

            Debemos seguir ahora al héroe de Río Bamba a la Banda Oriental, donde se instaló en una pequeña estancia y donde araba, sembraba, criaba abejas, cultivaba rosas y fabricaba velas. En 1830 realizó junto con Chilavert y Marciel la fracasada intentona de desalojar al gobernador Solá para poner en su lugar a López Jordán. Hay que anotar luego la victoria del Palmar, junto con Rivera, donde brilló nuevamente su pericia de guerrero nato.

            Comenzó entonces el período del entendimiento de los unitarios asilados en Montevideo con los jefes de los barcos franceses que bloqueaban a Buenos Aires. La llamada Comisión Argentina se acordó de Lavalle y acudió Florencio Varela a convencerlo de que debía ponerse al frente de las fuerzas. Lavalle se resistía precisamente porque se trataba de aceptar la colaboración francesa. El 16 de diciembre de 1838 escribía a Chilavert: "Estos hombres (se refiere a los unitarios), conducidos por un interés propio muy mal entendido, quieren transformar las leyes eternas del patriotismo, del honor y del buen sentido; pero confío que toda emigración preferirá que la revista (se refiere a "El Nacional") la llame estúpida, a que su patria la maldiga mañana contra Rosas, persuadido de que a pesar de la colaboración extranjera no había otro objetivo que el de la libertad argentina.

            En Martín García, adonde llegó con la ayuda de barcos franceses, se detuvo para organizar su ejército. Los revolucionarios del Sur de la provincia de Buenos Aires le invitaron a realizar un desembarco en el Tuyú, pero Lavalle optó por marchar a Entre Ríos, donde se estableció con sus fuerzas brevemente en Gualeguaychú, avanzó luego, aprovechando la circunstancia de que Echagüe había pasado con su ejército al Uruguay, y derrotó a las fuerzas del gobernador interino en Arroyo Yerirá. Simultáneamente, en Corrientes, depuesto el gobernador Romero, fue elegido Pedro Ferré.

            Como hace notar Enrique M. Barba, en el prólogo de la recopilación documental titulada "La Campaña Libertadora de Lavalle", sería contrario a la verdad histórica opinar como se lo hace conscientemente, que el propósito de Lavalle era respetar el unitarismo. Por el contrario, al invadir Entre Ríos anunció al pueblo su decisión de establecer un régimen "representativo, republicano, federal". A esta altura de la vida no luchaba por los unitarios, luchaba sencillamente contra Rosas.

            Mientras Rivera realizaba gestiones para entenderse con Rosas, lo que explica su inacción después de la victoria de Cagancha, Lavalle, que se había corrido a Corrientes para entenderse con Ferré, invadió Entre Ríos y el 10 de abril de 1840 libró combate con las fuerzas de Echagüe en San Cristóbal. La batalla no decidió nada y la siguió el encuentro de Sauce Grande, en que fue derrotado. Decidió a continuación cruzar el Paraná, mientras el general Paz se trasladaba a Corrientes. A pesar de la oposición de Ferré le siguieron las fuerzas correntinas. Ferré, preocupado por la indefensión de su provincia, con el recuerdo de Berón de Estrada, lo declaró desertor y traidor a la patria.

            Lavalle se internó en la provincia de Buenos Aires; propuso a los franceses un plan que no se cumplió y eso explica que después de derrotar al general Pacheco en Arroyo Tala en ves de proseguir el avance, que le habría allanado el camino de Buenos Aires, se volvió a San Pedro para organizar un ejército más poderoso, lo que dio tiempo a Rosas, que en ese momento no estaba muy seguro de poder rechazarlo. Avanzó luego Lavalle, derrotando al coronel Lorea en Navarro y a Vicente González en Merlo, donde nuevamente se detuvo. Refiriéndose a las críticas por la conducción de esta inoportuna campaña dice en descargo Félix Frías, que lo acompañó desde el comienzo hasta que sus restos fueron sepultados en Bolivia: "Si hubiera podido ejecutar sus planes y desembarcar en el punto que designaba, veinticuatro horas después se hubiera hallado a las orillas de esta ciudad (alude a Buenos Aires), y el resultado de esa campaña hubiera podido ser muy diverso. Pero se le opusieron obstáculos invencibles por el jefe de la escuadra extranjera que ocupaba el Paraná; y fue preciso bajar en San Pedro, donde sólo pudo montar la mitad de sus tropas para hacer con ellas una campaña a fin de proporcionarse caballos necesarios para el resto del ejército que en Cabrera hubiera podido montar en el momento mismo de tocar tierra".

            Organizado Rosas no le quedó otro recurso que dirigirse al Norte con la esperanza de tomar contacto con al coalición de provincias septentrionales encabezada por Marco Avellaneda, miembro de la Asociación de Mayo. Alcanzado por la fuerzas de Rosas al mando de Oribe sufrió un serio revés en Quebracho Herrado. No obstante, se sobrepuso al desastre y tuvo ánimo para realizar la difícil campaña de La Rioja, por tantos motivos extraordinarios.

            Sellada la paz entre Rosas y Berón de Estrada, Halley, que acudió personalmente a entrevistarlo le notificó la proposición del almirante francés asegurándole para el caso de que resolviera abandonar la lucha, un asilo en Francia y el grado de mariscal de aquella nación con los honores y el sueldo de ese rango; o bien una fortuna que disfrutaría en Francia o el punto que eligiera para su residencia. La respuesta fue la siguiente: "Mi honor me prohíbe aceptar las propuestas que usted me ha dirigido por conducto del señor Halley".

            Los acontecimientos se precipitaron. En Famaillá volvió a enfrentarse con las fuerzas de Oribe, y a pesar de su arrojo, acoso más temerario que nunca, sufrió otra seria derrota. Siguió hacia Salta, pero, con su revés, la suerte de la coalición del Norte, reforzada con el concurso de Acha, vencedor de Angaco, aparecía decididamente adversa. Lavalle esperaba mucho todavía de la acción de La Madrid en Cuyo. Al Norte de Santiago del Estero las fuerzas que integraban su división se separaron dirigiéndose a la provincia natal a través del Chaco. Todavía animoso proyectaba realizar en Salta una acción de guerrillas al estilo de Güemes; pero al llegar a la provincia comprobó que su gente no deseaba seguirle. Marchó a Jujuy y como sus oficiales le aconsejaban la Quebrada de Humahuaca para ganar Bolivia él se opuso sosteniendo que ellos debían ser los últimos en abandonar el territorio de la patria. Al llegar a Jujuy, Bedoya ya no estaba en el gobierno; esto no obstante entró en la ciudad con un pelotón de soldados, su secretario Frías y su ayudante de campo, Lacasa, en busca de un albergue, pernoctando en la casona de Zenovilla. Hasta allí llegó una partida de reconocimiento de las tropas de Oribe, que intentó derribar la puerta. Lavalle se levantó y fue alcanzado, a la altura del esternón, por una bala que atravesó la cerradura, disparada con el propósito de hacerla saltar. Herido de muerte intentó arrastrarse y expiró sobre el suelo del patio.

            Los soldados procuraron salvarse, pero al comprobar que su jefe no podía seguirlos volvieron atrás y recogieron el cadáver que, a lomo de mula condujeron sigilosamente, perseguidos por el enemigo, entre innumerables peligros, cubierto con la bandera blanca y celeste, recamada de oro, que las damas argentinas expatriadas en Montevideo habían tejido en seda para que lo acompañara en su campaña contra la tiranía. Así lo depositaron en la catedral de Potosí el 23 de octubre de 1841.

            Aquella bandera creada por manos femeninas, servía de mortaja al cuerpo fragmentado de un valiente y un patriota, coraje maravilloso, hidalgo corazón, devoto de la libertad, nobilísimas cualidades humanas, gala de estirpe, atributos señeros que honran a su pueblo.

 

 
 

 

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