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Bartolomé Mitre

 

            Se diría que en el caso de Bartolomé Mitre el destino se propuso personificar a una vocación moral. Nacido en Buenos Aires el 26 de junio de 1821, casi coincidentemente con la entrada de José de San Martín en Lima, vivió en la niñez en Carmen de Patagones, entre el océano y la inmensa desolación austral, Sus ojos ansiosos contemplaron a los cinco años cómo su padre defendía ese último baluarte de la civilización en el Sur contra el ataque de una flota extranjera. Colocado bajo la tutela de Gervasio Rosas conoció también en la pubertad el rigor de las estancias cerriles y cuéntase que el propio Juan Manuel lo condujo en su caballo a través del Salado embravecido.

            De esta atmósfera de criollismo montaraz y recia sugestión telúrica pasa a Montevideo y allí recibe la educación de aspiración politécnica de la Academia Militar del Fuerte de San José. Ciudad de veinte mil extranjeros en una población de poco más de treinta mil almas, que tiene puestos sus anhelos en la Europa virtualmente aliada, encuentra allí los emigrados argentinos con Esteban Echeverría como maestro de la fe en la democracia, y José María Paz, jefe militar de la plaza sitiada, como maestro del arte de la guerra. Alejandro Dumas escribirá de ese Montevideo heroico que «no es una ciudad, es un símbolo; no es solamente un pueblo, es una esperanza. Es el símbolo del orden, es la esperanza de la civilización ... »

            «Artillero, científico, soldado en Cagancha y en el sitio de Montevideo, el señor Mitre ha adquirido, aunque muy joven, títulos bastantes como prosista y como poeta. Su musa se distingue de la de sus contemporáneos por la franqueza varonil de sus movimientos y por cierto temple marcial que nos recuerda la entonación robusta de Calímaco y Tirteo ... », escribe en 1846 el maestro del «Dogma Socialista» en el prólogo a la primera edición en libro del «Credo». Alférez en los combates de «la guerra grande», autor de un tratado de estrategia para la defensa de «La nueva Troya», al cual sus autoridades asignan categoría de texto, canta como los antiguos aedas, combatiente con la pluma y con la espada.

            El periodismo le atrae desde la primera hora y una polémica con Francisco Acuña de Figueroa muestra a la atención pública al adolescente que discute de igual a igual con el autor del himno nacional uruguayo. El colaborador asiduo de «El Iniciador» y «El Nacional», «Revista del Plata», «El Corsario», «Tirteo», conoce la ovación de las multitudes en el estreno de su drama «Cuatro Épocas» y de su versión castellana del «Ruy Blas» de Víctor Hugo. En 1846 la agrupación civil de que forma parte, reflejo de la echeverriana Asociación de Mayo, impulsa al gobierno de la ciudad sitiada a un liberalismo conciliador contra el cual se levanta, encarnado en Fructuoso Rivera, el caudillismo autóctono. Su triunfo arrojará a Mitre, como a muchos argentinos a un nuevo destierro. En su libro de reflexiones íntimas, escrito a la luz de las hogueras de «la línea de fortificación», ha estampado: «Yo me siento con grandes aspiraciones y tengo la pretensión de creer que existe en mí el germen de alguna cosa. ¡Y quiera Dios que no me engañe! Pero si eso sucede, ¿cómo ha de ser ... ?»

            Llega a Corrientes para plegarse a la cruzada de Paz contra la tiranía cuando la noble empresa fue ya desbaratada; vuelve a Montevideo con permiso de «estada precaria»; parte a Río de Janeiro con destino a Chile, portador de cien ejemplares de la citada edición del «Dogma»; acepta en Bolivia la creación de un Colegio Militar. Ante otro levantamiento caudillista es nombrado jefe del Estado Mayor del ejército constitucional. En el parte de las batallas de La Lava y de Vitiche se lee: «el coronel Mitre ha subido con sus cañones hasta donde sólo llegan las águilas». Su novela «Soledad» es un tributo agradecido a la hospitalidad fraternal que se le brinda, hasta que la rebelión finalmente victoriosa expulsa a quien rehúsa condescender con sus desmanes. Rechazado ese proscrito de tres países por el Perú. Chile lo reclama para incorporarlo a sus luchas internas.

            Redactor con Juan Bautista Alberdi de «El Comercio de Valparaíso», que luego adquirió con la ayuda de Jorge de Tezanos Pintos para infundirle una firme tendencia humanitaria; director en el interregno de «El Progreso» de Santiago, la juventud liberal le siente tan identificada con sus ideales, en los cuales corre cierto soplo de la revolución europea de 1848, que lo elige virtualmente uno de sus paladines. Lanzada a otra revolución, por cierto más circunscripta, el «desterrado en el destierro» fue confinado a una cárcel-pontón. Alzado Justo José de Urquiza contra Rosas lo llama a su tierra natal, hacia la cual parte en compañía de Domingo Faustino Sarmiento. Pese a que otra orden de exilio pende sobre él viaja para alistarse en el ejército que iniciará con la victoria una nueva época argentina, el 8 de febrero de 1852.

            Sus treintaiún años cuentan con la experiencia, difícil de superar, de la adversidad. En Bolivia, donde se encuentran enterrados los despojos de Juan Lavalle, se adiestró en el arte de la conducción militar. Adquirió allí también aquel sentido de americanismo sin fronteras que en Chile le permitiera ser factor de superación democrática en las contiendas partidarias. Trató a los sobrevivientes de la epopeya emancipadora, se vinculó íntimamente con los sobrevivientes de Mayo, como Nicolás Rodríguez Peña. Ha recorrido cinco naciones y sufrido cinco destierros cuando regresa a su solar. Ha madurado en el dolor para el deber.

            Al mando de una división de artillería apresura en Caseros, con un golpe de táctica, el camino de la victoria. Ascendido a coronel en el campo de batalla, Urquiza lo distingue y el pueblo lo elegirá su representante en la Legislatura. Más, ¿qué hará al colgar la espada que ya parece no tener objeto en medio del alborozo de la redención? ¿Qué ha de hacer el admirador del «Dogma Socialista» con su consigna de educación de las masas ... ? El diario «Los Debates», que Mitre funda el 1 de abril de 1852, brinda la respuesta. Su primer editorial -«Profesión de fe»-, expresa que ese diario «tendrá una antorcha y una brújula, el amor a la libertad y el sentimiento de la justicia... que la libertad no es otra cosa que el reino de la justicia sobre la tierra ... ».

            Existe la propensión a, considerar promovida por sentimientos meramente localistas la disidencia que durante dos lustros separó a Buenos Aires del resto del país, es decir de la Confederación Argentina. ¿Fue una pasión regional la que inflamó la voz de Mitre en las sesiones de junio para impugnar las facultades dictatoriales otorgadas a Urquiza? ¿No fue mejor un concepto doctrinario de la democracia la que le llevó a impugnar el Pacto de San Nicolás de los Arroyos, sellado por gobernadores que habían sido virtualmente lugartenientes de Rosas? Era en cierto modo lógico que el jefe victorioso antepusiera la constructiva salvaguardia del orden a la peligrosa causa de la libertad en sus miras de reconstrucción nacional.

            Urquiza explicará sus medidas de fuerza diciendo que trata de «salvar a la patria de la demagogia después de haberla libertado de la tiranía», pero ya Buenos Aires ha manifestado por labios de su más ardoroso tribuno que «es preferible irse un poco más allá en materia de libertad que quedarse más acá, e irse más allá en materia de autoridad y despotismo. Los males que la libertad puede ocasionar -añade- se remedian por ella misma. Son como la lanza de Aquiles que cura las heridas que abre ... ». No desdeña las buenas intenciones del varón investido de «una autoridad que no tiene precedentes», pero reafirma su fe en los principios. Esa actitud, reforzada por la enunciación jurídica de un hombre de Córdoba, Dalmacio Vélez Sársfield, provocará el cierre de la Legislatura, la orden de «encarcelamiento» de la imprenta de «Los Debates», el decreto de detención del propio Mitre y será su sexto exilio. Será también el comienzo de su popularidad.

            La revolución del 11 de setiembre de 1852 lo restituye a la ciudad de la que Urquiza voluntariamente se ha alejado. «Valentín Alsina encabezó la revolución -escribe Ramón J. Cárcano-, pero el coronel Mitre le imprimió la orientación, cambió el carácter que le fijó en documentos públicos su gobierno provisional, le infundió un concepto nacional y militante, y desde entonces cada día agrandó su gravitación sobre los sucesos ... » Gracias a él, señala el mismo autor, «la revolución abandonó el egoísmo metropolitano que encarnó Alsina al ocupar el Fuerte, proclamó al día siguiente sus aspiraciones nacionalistas y procuró extenderse por todo el país como una fuerza libertadora y orgánica... para constituir la República, solidaria a la luz de la libertad ... ».

            Separada de hecho, no obstante, del resto de las provincias que con razón o sin ella la miran con desconfianza, Buenos Aires debe proveer a la vez a su organización institucional y a su fortalecimiento militar contra los adversarios de afuera y los revolucionarios de adentro. Mitre, designado ministro de Gobierno el 30 de octubre, se encarga de lo uno y lo otro y en «la noche triste» del 7 de diciembre su decisión salva a la ciudad de caer en manos de los últimos. Cambia su frac negro de civil por la casaca militar y desde la Plaza de Mayo sale súbitamente a sofocar la rebelión que ya se ha apoderado de la Plaza del Retiro. Un sobrino de Rosas le alcanza la chaqueta, otro le ciñe la espada y los hijos de Florencio Varela contestan su proclama al eco del tambor que de inmediato congrega a noventa voluntarios, con los cuales rechaza a los jinetes rebeldes que guardan los cuarteles. «Establece el primer cantón de la defensa, traza la primera trinchera, coloca la primera escucha, organiza la primera guerrilla ... » recordará más tarde. Es su iniciación como comandante militar. Resulta también el presagio del futuro unificador nacional.

            Mitre salvó a la ciudad pero no pudo impedir el ataque de la campaña, encabezado por Hilario Lagos. Así comenzó el sitio que halló en la defensa a José María Paz, el cordobés ilustre que como jefe de la Liga del Interior, señor de diez provincias, debió constituir en 1830 la unidad nacional a no ser por Buenos Aires, ya presa de la barbarie. Jefe de su Estado Mayor, Mitre combate bajo sus órdenes como en Montevideo y en el encuentro en los Potreros de Langdon cae herido por la metralla. «Más me hubiera valido perder un ejército ... » exclama el ilustre jefe ante la versión de que se trata de una bala implacable. Pero Mitre no muere. Esa bala, por el contrario, se diría un agente de la fuerza providencial que rige su vida.

            Buenos Aires heroico luchaba por la más alta idea de la democracia y también, un poco sin saberlo, por los cánones del federalismo político, pues al salir en defensa de sus fueros hollados se erguía en custodia de todos los derechos provinciales. ¡Romántico Buenos Aires que gusta llamarse la «Atenas del Plata»! Mientras se pertrecha contra las amenazas del salvaje, que domina sus campiñas y asola a sus incipientes ciudades, se entrega a todas las sugestiones de la civilización... Mitre llevará, con variada fortuna, la guerra contra el indio, y vuelve de las campañas por la pampa indomable para dedicarse a su gran vocación. Redacta y dirige «El Nacional» que transmite como «una tea encendida» la vehemencia visionaria de Sarmiento; funda «El Soldado de la Ley» para sentar normas de disciplina en horas de turbulencia; colabora en «La Ilustración Argentina»; reabre en 1857 «Los Debates». Alterna las funciones de gobierno con las investigaciones retrospectivas; crea el Instituto Histórico-Geográfico del Río de la Plata, precursor de nuestras actuales academias; publica la primera versión de la «Historia de Belgrano». Con una «Defensa de la Poesía», que es un ensayo sobre la sociología de la estética, y un melancólico adiós a las musas que entusiasmaron sus años mozos, da también a la imprenta sus «Rimas», algunas de las cuales, y no de las mejores, como «El Mendigo», se recitan en pulperías y salones.

            Reelegido una y otra vez representante a la Legislatura, demuestra una versación que le permite tratar con análoga desenvoltura todos los temas, desde la acusación de moneda al régimen de los arrendamientos agrarios o presentar proyectos de ley que se adelantan a su época, como el que propone como medida de educación democrática la conscripción militar. Miembro en 1854 de la Asamblea General Constituyente, que dará forma legal a la dolorosa escisión porteña creando el Estado Libre de Buenos Aires, es el único que se opone a una iniciativa susceptible de acentuar el divorcio de la familia argentina. Esa asamblea se propuso establecer que «Buenos Aires es un Estado con el libre ejercicio de la soberanía interior y exterior ... » contemplando tan sólo «la posible delegación de la soberanía en un gobierno federal». Lo hizo contra la opinión de Mitre, en vínculo epistolar muy amistoso con Facundo de Zuviría, el presidente de la Convención Constituyente que en Santa Fe redactó un año antes la Constitución todavía vigente.

            Mitre propuso su fórmula de impecable federalismo nacionalista, dentro de la atmósfera de adversidad pujante: «La provincia de Buenos Aires es un Estado federal, con el libre uso de su soberanía, salvo las delegaciones que en adelante hiciese al gobierno federal ... ». Es algo bastante distinto. El hombre que llegaría a encarnar la causa porteña, rechazaba la idea de dar una constitución a su provincia a la espera de «que la situación sea más oportuna para sancionarla», es decir, en tanto no se restableciese la concordia argentina. Niégale el derecho de otorgar «ciudadanía» señalando: «O somos nación o somos provincia... y entonces, ¿con qué derecho legislamos sobre ciudadanía? ... ¿Puede haber dos especies de ciudadanía en una misma nación? ... Esto es poner trabas a la unión que tanto se proclama; es introducir un principio de antagonismo y de discordia...».

            En «El Nacional» confirma con énfasis -en el artículo «La Túnica del Mesías»- su actitud: «Protestamos contra la política del aislamiento. ¡Protestamos contra la política del egoísmo! ¡No queremos ser ciudadanos de Buenos Aires si este título nos ha de privar del de ciudadanos argentinos! ¡No queremos salvarnos si no se salva la última criatura de nuestro pueblo! Sucumba la revolución de Buenos Aires antes de echar suerte sobre la túnica indivisible de la nacionalidad argentina para repartiese sus despojos... » Esa posición lo enfrentó con el gobierno que hasta la víspera le tuvo en su seno y comprometió su popularidad en una ciudad que hasta hacia poco vivió continuamente bajo la amenaza de guerra.

            Resuelto propugnador de los convenios -1854, 1856- tendientes a restablecer la unión o al menos a ratificar la solidaridad, puso en juego su prestigio al entablar contacto con los jóvenes liberales de las provincias, convirtiéndose poco a poco más que en jefe de partido en cabeza de un movimiento de opinión nacional. Agotados, sin embargo, los esfuerzos en pro de la paz, acepta -como ministro de Guerra del Estado Libre- ser el conductor del ejército porteño. Vencido en 1859, en Cepeda, salvó lo mejor del ejército en una retirada que puede presentarse como modelo de táctica militar; esquivó en el combate naval de San Nicolás a la escuadra confederal que bloqueaba el Paraná; llegó a la ciudad de Mayo con sus contingentes casi intactos y organizó sus defensas. Pero también aconsejó la paz. Fue así un factor secreto pero eficientísimo del Pacto de San José de Flores, que celebró con estas palabras al licenciar, el 15 de noviembre, a la Guardia Nacional, flor y nata de sus fuerzas: «Seamos fieles a los compromisos que hemos contraído, mantengámonos unidos y probemos con nuestros hechos que al ingresar nuevamente a la gran familia argentina lo hacemos con nuestra bandera, con nuestros hombres, con los mismos principios que hemos sostenido por el espacio de siete años ... ».

            Poco después fue elegido gobernador de la provincia, caso excepcional en la historia de un jefe militar vencido. Previamente Buenos Aires había convocado a asamblea constituyente para reformar la ley suprema de 1853, decisión que cumplió acentuando el respeto a los fueros provinciales y reprimiendo las facultades del Poder Ejecutivo. Mejor adaptada así a las inducciones de la historia y también más democrática, Mitre -que se unió en un abrazo simbólico a Urquiza y Santiago Derqui, elegido presidente de la Confederación- la juró solemnemente el 21 de octubre de 1860 en la Plaza de la Victoria, al pie de la Pirámide de Mayo: «Hoy, después de medio siglo de afanes, de luchas, de lágrimas y de sangre, vamos a cumplir el testamento de nuestros padres, ejecutando su última voluntad en el hecho de constituir la nacionalidad argentina bajo el imperio de los principios. Hoy, recién, podemos decir con júbilo en el alma y con el corazón rebosando de esperanza: Esta es la Constitución de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuya independencia fue proclamada en Tucumán hace cuarenta y cuatro años, el 9 de julio de 1816. Esta es la Constitución de la Nación Argentina ... ».

            Esa esperanza requeriría aún otra prueba de sangre. Omitiremos señalar los ingratos trances -rechazo por el Congreso de Paraná de los diputados por Buenos Aires, asesinato de Antonio Aberastain en San Juan- que condujeron a una nueva ruptura. Otra vez comandante del ejército porteño, que contaba en sus filas con muchos provincianos y no carecía de simpatías en el interior, Mitre triunfó en Pavón, ocupó Rosario y desbarató los últimos restos de las fuerzas confederales, cuyo jefe, el vencedor de Caseros, se repliega a su Entre Ros. Como él en 1859, Mitre buscaba en la victoria el entendimiento y a poco de reintegrarse, el 18 de enero de 1862, a Buenos Aires, recibió del resto de los gobiernos de provincias, por decisión de sus legislaturas, la delegación del poder. Elegido primer presidente provisional de la República, para siempre unida, asumió el 12 de octubre: «La Nación se halla por primera vez reunida -dirá días después en el acto de clausura de las sesiones del Congreso- en toda su integridad en medio de la paz de la libertad; una ley común rige y protege a todos las ciudadanos; un nuevo espíritu patriótico anima todos los corazones; una nueva era de progresos morales y materiales se ha abierto para los pueblos y la imaginación, reposando en la confianza del presente y del futuro, puede levantarse al fin a regiones mas resplandeciente y serenas, para contemplar desde ellas, al través de los tiempos, la marcha del sol que nuestros padres adoptaron como símbolo de la República, iluminando con sus benéficos rayos un pueblo grande y feliz, compuesto de millones de hombres libres que glorificarán el nombre argentino en las edades venideras ... ».

            Pero en tanto, ¡cuán ingente labor por cumplir! «El tesoro público consistía en una onza de oro falsa y dos monedas de plata de mala ley, y sobre esta base se organizó la renta y el tesoro nacional, que dio lo bastante para reorganizar la República, hacer ferrocarriles y telégrafos, fundar escuelas y asegurar la victoria dentro y fuera ... », escribirá Mitre, levantando cargos que le formula Sarmiento, su sucesor en el gobierno. El gobierno debe además sofocar las reacciones del caudillismo cerril que continúa levantando sus mesnadas. Aunque las revoluciones locales trastornan la estabilidad política el gobierno se mostró celoso del respeto a las autonomías provinciales. Deseaba establecer sobre bases sólidas el régimen de Derecho y cabe a la presidencia 1862-1868 la honra de haber constituido la primera Suprema Corte de Justicia con miembros caracterizados del bando adversario y bajo la presidencia de Salvador María del Carril, compañero de fórmula en el mandato confederal de Urquiza. Ya en trance de abandonar el poder, la carta de Tuyú-Cué sobre libertad de sufragio constituye una lección: Mitre renuncia en ella a la posibilidad, por muchos acariciada, de gravitar sobre su sucesión en el gobierno. Contrariando sus sentimientos y sus intereses reitera su imparcialidad frente a los candidatos. Esto disgusta a sus partidarios sin atraer a los enemigos. Pero los principios son lo importante para Mitre.

            El Partido Liberal, que ha ido surgiendo a imagen y semejanza de su espíritu, no tarda en dividirse. El proyecto de ley federalizando a Buenos Aires y erigiéndole en capital de la República halaga a la sensibilidad de los provincianos conscientes, pero disgusta a las masas porteñas. Nace así el Partido Autonomista que encuentra en el ardor romántico de Adolfo Alsina el cauce de sus arrebatos multitudinarios. Alsina se apartó de Mitre por bastante tiempo. La misión de éste no era granjearse adhesiones sino salvar contingencias. Debía, además, velar por la integridad nacional. En abril de 1865 tres mil soldados del Paraguay, gobernado entonces por Francisco Solano López, toman al abordaje dos naves argentinas, pasan a degüello su tripulación, invaden Corrientes, se apoderan de su capital y cometen inauditos atropellos. Ello hace inevitable la guerra.

            Un genio adverso fuerza ahora la pacífica vocación de Mitre haciéndole vestir la casaca militar cuando creía asegurados los bienes de la paz. Esa predestinación caracteriza a su sino; presidente de la República, será también el generalísimo de tres países estrechamente aliados: el suyo, el Brasil y la Banda Oriental del Uruguay. «Soldado de la justicia», se llamó en sus versos juveniles. Bajo el pabellón de tres naciones, en su cuartel general de Uruguayana, pasa revista a las tropas escoltado por un príncipe de la casa de Francia en tanto un emperador lo aguarda para entregarle el comando de su ejército.

            La guerra en las selvas vírgenes y los esteros hostiles del Chaco carece de la belleza espectacular de la epopeya clásica, pero exige un temple humano extraordinario. En Tuyutí conduce a cincuenta mil hombres, el mayor ejército que hasta ahora haya conocido la América española, en pos de la victoria tras diversas vicisitudes. No mueve la guerra contra la nación paraguaya sino contra su sistema de gobierno. En la entrevista de Yataytí-Corá exige la renuncia de quien la encarna. López rehúsa y la guerra sigue. Guerra impopular, la dilación, agregada al fracaso del ataque inicial a Curopaity, da pábulo a los descontentos. Las censuras contra el supremo comando arrecian y Mitre, que debe restar fuerzas a su ejército para someter las insurrecciones montoneras, calla... Es largo su silencio. Tan sólo en 1903 abre sus archivos y en su «Memoria Militar sobre la Guerra con el Paraguay en 1867 expone la verdad sobre sus planes fracasados. Entonces se comprueba la abnegación de una conducta. Pensando en esa actitud estoica, Juan Zorrilla de San Martín podrá decir en su tumba: «Mitre ha sido grande por lo que pensó, grande por lo que habló, grande también por lo que calló ... ».

            Reintegrado al pueblo, que le obsequia una casa para que su pobreza tenga amparo, experimenta sin embargo la necesidad de transmitir cotidianamente su mensaje a la vez que de proveerse de un medio constante de subsistencia. «Voy a hacerme impresor -escribe en 1869 a Wenceslao Paunero-, para resolver el difícil problema de la vida. Aquí me tiene usted, pues, en el punto en que me hallaba en Valparaíso... Después de tantos años de trabajos, victorias y gobiernos, mi posición pecuniaria es la siguiente: durante cinco meses al año gozo de sueldo como senador, el que me basta para llenar el presupuesto durante el período de sesiones, mes a mes. En el resto del año gozo un sueldo de 78 pesos. No dirán que soy una carga pública para mi país. No contando, pues, con más recursos que éstos y con la casa, presente del pueblo, apelo al trabajo de la pluma y de los tipos y monto una imprenta con un diario sobre la base de «La Nación Argentina» que compraré por medio de una sociedad ordinaria por acciones ... » Para formar parte de ese consorcio vende sus mejores muebles, sus cuadros, y transforma la serenidad del caserón de la calle San Martín en tumultuoso taller. Así nace el diario «La Nación».

            Mitre la llama en el editorial en que la presenta al pueblo «tribuna de doctrina» y aclara, «La Constitución, que es el derecho de todos, de pueblos y de gobiernos, es nuestra Biblia. Si el atentado contra la Constitución viniese de las regiones populares estaríamos con los gobiernos que la defienden; si la violencia o el abuso viniese de las regiones del poder, estaríamos contra los autores de los abusos ... » Desde entonces el pensamiento de Mitre llegará día a día a gobiernos y a pueblos como consejo o estímulo, admonición o pláceme. «La Nación» ejercerá, en efecto, un magisterio continuo, con algo o mucho de apostolado civil y moral.

            Su posición frente al gobierno de Sarmiento se convierte en censura cuando un proyecto gubernamental, defendido en el Senado por Vélez Sársfield, dispone la enajenación al capital extranjero de los derechos de la Aduana de Buenos Aires con el fin de construir el postergado puerto. Esa posición no le impide aceptar una misión diplomática ante el Brasil para salvar la paz comprometida por una política aventurada después de haber triunfado en la guerra contra la Triple Alianza. En esos años el autor de «Civilización y Barbarie» continúa fiel a sus ideales agitando el país con el ímpetu de su genio tratando de evitar que la aversión a la barbarie no conduzca al despotismo de la civilización. Cuando la fórmula romántica «La victoria no da derechos» amenaza con una nueva contienda, ahora con el aliado de ayer. Mitre será el anuncio de la concordia. Irá también al Paraguay como embajador, él, que rehusó entrar en Asunción como vencedor.

            Las fuerzas vivas porteñas le ofrecen un banquete consagratorio de la candidatura presidencial. El Partido Liberal Nacionalista inscribe su nombre en su bandera y éste, que en 1862 fue prenda de unión, se convierte por rigor de las circunstancias en reivindicatorio emblema de la libertad de sufragio. Vencido en los comicios sostendrá que «la peor de las elecciones vale más que la mejor de las revoluciones». Envuelto después en la protesta armada de sus fieles se lanzó de nuevo a la lid.

            En ella le aguarda la derrota en la batalla de La Verde y la capitulación de Junín, en la que asume toda la responsabilidad de la revolución que ni deseó ni fomentó. En la cárcel de Luján trabaja en los capítulos iniciales de la «Historia de San Martín y la Emancipación Sudamericana», y cuando sus amigos políticos llegan hasta su celda para preguntarle qué programa deberá seguir «La Nación», clausurado y próxima a reaparecer, medita y pronuncia estas palabras que concretan su sentido de la conducta periodística: «No injuriar; no mentir». Indultado por el presidente Nicolás Avellaneda, su victorioso contrincante, Mitre escribe en esos días a Diego Barros Arana; «Aun cuando el nivel político descienda en un país, aun cuando la ciencia del gobierno obedezca en el a móviles sórdidos y las acciones de los políticos se encanallen, aun entonces no es permitido al combatiente desertar de la arena ni el alma renegar de la labor pública ... » Volverá así a la democrática brega, con una popularidad que entraña para los dueños del poder un riesgo análogo al de una revolución.

            En 1877 evita un nuevo levantamiento y establece con Alsina y Avellaneda «la conciliación de los partidos», que en los hechos no tardará en fracasar, por muerte del primero y vacilación del segundo. Un nuevo conflicto se avecina, derivado de la coexistencia en la misma ciudad de, dos poderes distintos, el ejecutivo nacional y el de la provincia de Buenos Aires, Mitre lo quiso evitar, imprimiendo el último sello a la organización institucional del país mediante el proyecto de ley de 1862 federalizando Buenos Aires, defendido entonces justamente por quienes más lo combatieron. La obstinación del «localismo» porteño pudo más que su previsión patriótica y cuando aquél, levantado en armas contra las autoridades nacionales, que se «destierran» en Belgrano, es derrotado en los combates de Puente Alsina y Los Corrales, mucho más sangrientos de lo que generalmente se cree, acuden en su busca para salvar el honor de Buenos Aires y concertar la paz, Mitre acepta la jefatura militar de la plaza ya vencida; revista las tropas diezmadas, las alienta y parte hacia Belgrano para entablar las gestiones de las cuales saldrá el acuerdo para la capitalización definitiva. Ese será su triunfo en la derrota, pues «la bandera pacífica que dio origen en 1862 al Partido Nacionalista Porteño, al tiempo que éste cae vencido en las calles de la ciudad que quiso entregar federalizada a la Nación constituida, se impone al fin como resultado, de la acción y la política seguida por los adversarios de tal idea ... » Es otro servicio indirecto de Mitre a la causa de la nacionalidad.

            La nacionalidad vive un momento de evolución con la llegada al ágora de fuerzas jóvenes pero también con el desaliento del antiguo entusiasmo civil, suplantado por la fruición del adelanto económico. Mitre declara a su partido en «abstención activa» y, se entrega de lleno a sus estudios históricos, a sus investigaciones filológicas, a la lectura de los clásicos, a la redacción de su «tribuna de doctrina». En 1886, ante la renovación presidencial, cree un deber definirse y lo hace por una candidatura que suma a su prestigio y al de Sarmiento, ya al borde del sepulcro, la prestancia intelectual de Vicente Fidel López. Triunfante otra vez la «candidatura oficial» los acontecimientos más «la crisis de progreso», consecuencia de la desorbitación en el afán materialista, dará, triste razón a los peores presagios. Como reacción contra la obsecuencia política, y bajo el acicate del «Tu Quoque Juventud» de La Nación, se funda la Unión Cívica, que alza de nuevo el nombre de Mitre como estandarte, presidente honorario de casi todos sus juveniles comités. Habla en el Jardín Florida y en la asamblea del Frontón, y la multitud recorre el camino ya familiar hacia su casa. La palabra «revolución» está en todos los labios, pero el patricio rehuía entrar en ese juego.

            De regreso de Europa una multitud lo acompaña a su morada mientras aclama su nombre para la futura presidencia. Es «la elección sin urnas», dice «La Prensa». Los partidos difieren sólo en el segundo término de la fórmula. Surgen así las candidaturas Mitre-Bernardo de Irigoyen, de los cívicos; Mitre-José Evaristo Uriburu, preferida por quienes sin renegar de la revolución que llevó al poder a Carlos Pellegrini y limpió la enrarecida atmósfera de zozobra económica y decadencia política, optan por un avenimiento amistoso con los grandes sectores -en realidad casi exclusivamente provincianos- que no han participado activamente en ella. La disidencia se acentúa y toma cuerpo en el verbo de entonación lírica de Leandro N. Alem. En vista de ello, Mitre, que sólo pretendía ser vínculo de unión, renuncia a su candidatura. 

            En los veinticuatro años transcurridos desde que entregó e mando a Sarmiento y en los catorce que aún iba a vivir, Mitre no desempeñó, con excepción de sus misiones diplomáticas, ningún cargo público no representativo. Su influencia, su poder, residían en la índole superior de su consejo. «He aquí un hombre» -dirá el general Julio A. Roca, presidente de la República, al pasar frente a su caserón-, «he aquí un hombre que sin policía, sin ejército, sin armada, es el poder más fuerte que existe en la República ... » Como sus mismos adversarios reconocían, era ante todo un poder moral.

            De ahí que los gobiernos le consultaran en sus trances difíciles. El vencedor de la guerra del Paraguay pudo también enorgullecerse de haber sido un factor predominante en la paz con Chile. Sus partidarios imitaban la sencillez republicana de su «chambergo» hasta erigirlo en símbolo, como el «don Bartolo» en un bien. El abrazo con Roca, «la política del acuerdo» tuvo un sentido más hondo que una mera concordancia eventual: es el encuentro de dos varones que representan, por su origen político, a las dos fuerzas dinámicas de la nacionalidad, las que se enfrentaron en Cepeda y Pavón, las que se combatieron en el 80, a Buenos Aires y al interior, la fusión de dos generaciones, la del 53 y la del 80; la del culto un poco lírico por la libertad y la pasión constructiva del progreso. Mitre es la primera y asigna su beneplácito a la segunda.

            Su ancianidad prefirió el trato de los libros al trato de los hombres y satisfizo plenamente el amor de Mitre por lo bello, inquietud que le hizo interesarse por las más dispares disciplinas, desde las ciencias exactas hasta la arqueología que le permitió escribir sus «Ruinas de Tiahuanaco», que le valió honores académicos europeos.

            Formó una biblioteca de más de cuarenta mil volúmenes especializada en asuntos americanos, seleccionada con un criterio estricto. El autor de la «Historia de Belgrano y la Independencia Argentina» y de la «Historia de San Martín y la Emancipación Sudamericana» sostiene la célebre polémica con Vicente Fidel López y sus «Comprobaciones Históricas» serán una guía de investigadores. La numismática es el aliciente de sus horas de solaz, en tanto se eleva a la majestad ecuménica de Dante para verterla al castellano. Primero en acometer la hazaña, bastaría ésta, que le vale los elogios más significativos, desde la bendición del Santo Padre a la exclamación admirativa de Gabrielle d'Annunzio, para eternidad de su memoria. Asimismo admirable es su versión de las «Odas» de Horacio. Simultáneamente estudia las lenguas aborígenes de América y compone ensayos históricos sin que todo ello le impida asistir al Parlamento, donde se le escucha como a un oráculo, ni velar por su diario, que el país acoge como mensaje cotidiano de un patriarca. Ricardo Rojas ha dicho: «Todo lo fue Mitre... La sola enunciación de sus títulos requeriría numerosas páginas. La suya es una de esas glorias que sólo caben en un largo libro o en una simple palabra: su nombre ... ».

            La apoteosis del «jubileo», en 1901, cuando cumple ochenta años, le permitirá presentir la devoción de la posteridad; América lo llama «enorme varón continental» por medio, del verbo magnífico de Rubén Darío. Cuando en 1906 se produce su tránsito, el gran poeta lo canta de nuevo y su voz es la de la ciudad natal que lo amó como a un ídolo; la de América, que le ha deparado homenajes como sólo conocieron sus hijos predilectos, Washington, San Martín o Lincoln:

                            «Descansa en paz ...! Mas no, no descanses ... Prosiga

                            Tu alma su obra de luz desde la eternidad,

                            Y guíe a nuestros pueblos tu inspiración, amiga 

                            De lo bello y lo justo, del Bien y la Verdad.

 

                            «Tu presencia abolida, ¡que crezca tu memoria!

                            Alce tu monumento su augusta majestad;

                            Y que tu obra, tu nombre, tu prestigio, tu gloria, 

                            Sean como los de América para la Humanidad ...»

 

 
 

 

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