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JUAN MANUEL DE ROSAS

 

            Nació esta discutida figura de nuestra historia el 30 de marzo de 1793, hijo del teniente León Ortiz de Rosas y de Agustina López de Osornio. En Buenos Aires natal cursó estudios en el colegio privado que dirigía Francisco Javier de Argerich, demostrando una inteligencia despejada y lúcida. Amante del campo se familiarizó con su vida salvaje y a menudo cruel. La Reconquista de la ciudad de manos inglesas lo encontró, el 13 de agosto de 1806, actuando como soldado del Escuadrón Migueletes de Caballería Ligera, en el que mereció la felicitación de Santiago de Liniers. Tras aquellas históricas jornadas reanudó las tareas rurales en la estancia de su padre (1809). No participó de las convulsiones de Buenos Aires en los días cruciales de 1810, convulsiones que, como alguna vez manifestó, perjudicaron el funcionamiento de sus negocios. Su mentalidad era realista, autoritaria y disciplinada, amante de las leyes y del gobierno, de modo que ello contribuye a explicar su retraimiento en las jornadas emancipadoras y el posterior desarrollo de su acción de gobernante.

            El 16 de marzo de 1813 contrajo enlace con Encarnación de Ezcurra y Arguibel, y el 25 de noviembre de 1815 se asoció comercialmente con Juan Nepumuceno Terrero y Luis Dorrego en una compañía destinada a la explotación ganadera, saladero de pescado y exportación de productos varios. Así, la estancia Los Cerrillos, por él fundada, constituyó con el transcurso de los años uno de los establecimientos más importantes de la provincia. En 1818 su prestigio impulsó al Director Pueyrredón, ante el peligro inminente de una invasión española, a solicitar su parecer sobre la conveniencia de evacuar la ciudad porteña, expidiéndose Rosas por la negativa. Fue este el primer indicio del respeto que se estaba labrando el futuro caudillo, que al año siguiente, como si tuviera conciencia de su ascendiente, sugirió la constitución de la Sociedad de Labradores y Hacendados y proyectó la defensa de las pampas, esbozando asimismo un plan de fomento y vigilancia. No hubo tiempo de concretar tan loables iniciativas porque las convulsiones terribles de 1820 lo elevaron a un plano singular, llamándolo a la defensa del orden y la legalidad. Las diversas esferas del país advirtieron entonces que estaban no sólo frente a un hombre de indudable capacidad sino también de energía indomable y gran severidad. Aquellos deplorables sucesos fueron gestando en el pueblo el cansancio por los falsos caudillos de una democracia semibárbara. Este clima peligroso de desprecio y fastidio por las expresiones liberales fue el caldo de cultivo donde germinó la semilla del autoritarismo. La generación cansada de 1810 que salió del colonialismo hispano, poco habituada a la vida, se cansó pronto de la anarquía y prefirió la protección del autoritarismo.

            El 8 de junio, siendo comandante del 5º Regimiento de campaña, intervino en la acción dorreguista contra el rebelde Carrera, vencido en San Nicolás. El 12 de agosto atacó la división de López, siendo este primer contacto con el gobernador santafesino de pésimos resultados para éste. En octubre la revuelta del coronel Pagola contra el gobernador Martín Rodríguez obligó a Rosas a repetir su defensa del orden constituido, lo cual le valió el grado de coronel de caballería. El rebelde José Miguel Carrera, en su accidentada e indecorosa campaña, motivó su intervención al atacar salvajemente una población civil, pero el gobierno, incrédulo, atribuyó a los indios las depredaciones, siendo inútiles los esfuerzos de Rosas -hábil y sagaz conocedor de las costumbres indias- por sacarlo del error. Los infortunios que produjo tal actitud empecinada le impusieron a Rosas a abandonar el servicio militar, retirándose de nuevo a sus ocupaciones en el campo. Se asoció entonces, extendiendo la influencia de su acción comercial, con los hermanos Anchorena, Nicolás y Juan José. Al poco tiempo el gobernador Martín Rodríguez lo nombró inspector de campaña, honor que Rosas declinó, resentido todavía. La llegada al poder del general Juan Gregorio de Las Heras le ablandó y en 1826 aceptó, en compañía de Lavalle y del ingeniero Felipe Senillosa, integrar la comisión que debía estudiar la demarcación fronteriza. Luchó entonces contra los bárbaros que asolaban los poblados pero aconsejando al ministerio una política sensata. Por segunda vez no le hicieron caso y los indios saquearon, entre otras estancias, tres propiedades del mismo Rosas que, escandalizado por la irresponsabilidad evidente de las autoridades, rechazó con indignación la idea de integrar la Junta de Hacendados.

            Se perfilaba ya en él a un claro opositor a la política unitaria, y ya fuese por esa su posición o porque nunca estuvo conforme con el gobierno en la política de las pampas, cayó detenido por única vez en su vida. El cautiverio fue breve. Intereses heridos de sus relaciones comerciales y amigos bien intencionados del sud, reaccionaron enérgicamente en su favor debiendo Rivadavia disponer su libertad el 1 de diciembre de 1826. E 20 de agosto del año siguiente fue comisionado para firmar la paz con los indios y extender hacia el sud nuestras precarias líneas fronterizas. Trabajando tenazmente logró directa e indirectamente, según los casos, fundar los fuertes Federación -que más tarde daría origen a la actual ciudad de Junín-, Bahía Blanca, 25 de Mayo y Laguna Blanca.

            Así estaban sus asuntos al producirse el injusto levantamiento de Lavalle contra el gobernador Dorrego (1 de diciembre de 1828). Consciente quizá en esos graves momentos de la responsabilidad que asumirían ante la historia los personajes enfrentados en aquel trágico tablado, viajó a Santa Fe para convenir con Estanislao López la oposición a Lavalle, que fue vencido, como consecuencia, en el mes de abril. Rosas puso sitio a Buenos Aires.

            Lavalle, en uno de sus comunes arrebatos, "el 16 de junio salió a galope largo de la ciudad, acompañado solamente de su ayudante el capitán Estrada y de dos soldados en dirección al campamento enemigo en Cañuelas". Ibarguren narra con sencillez y bellaza este singular episodio, prólogo de la paz: "Llegó cerrada ya la noche al cuartel general de Rosas, cuyos oficiales estupefactos ante la presencia del general enemigo, le manifestaron que su jefe había salido a inspeccionar las fuerzas. Lavalle, fatigado, pidió un mate, recostóse en la cama de su adversario y quedó profundamente dormido. A la madrugada llegó Rosas y ordenó que cuidaran el sueño de su inesperado visitante y le avisaran así que se despertara; en cuanto esto ocurrió, el general Lavalle se dirigió a mí con los brazos abiertos -escribe Rosas a Josefa Gómez relatándole el episodio- y los dos nos abrazamos enternecidos detenidamente y con franqueza". "Tan hermoso suceso habla elocuentemente de la dignidad del pasado argentino. Lavalle, con su valor romántico y casi increíble, y Rosas, con su respeto al jefe enemigo, autentizan un bello rasgo de nobleza. Aquel Rosas, por desgracia, no volvería a repetirse". Mal podemos dejar pasar en silencio este episodio, que alumbra nuestra historia con destellos profundamente humanos.

            Convinieron el cese de la hostilidades firmando Rosas y Lavalle dos acuerdos memorables; la Convención del 24 de junio de 1829, conocida como Convención de Cañuelas, y la del 24 de agosto, conocida como Convención de Barracas, significaron, en cuanto pactos internos sin mayores consecuencias jurídicas, hechos políticos de tanta trascendencia como el abandono del poder por parte de Lavalle y el reconocimiento de la creciente autoridad de Rosas. Pero aún no había llegado para éste la hora. Hábil y cauteloso, el caudillo maniobraba en las sombras, presto a imponerse definitivamente. La circunstancia llegó finalmente al cumplirse algo más de tres meses de la vida del gobierno culto y moderado de Viamonte. Rosas no era todavía lo que fue años más tarde. "Se le ha considerado estática, no dinámicamente -escribe Antonio Dellepiane-, como si el hombre de 1830 fuera el mismo de 1850. Es un error. Como todos los humanos, evolucionó con su mentalidad, adquirió experiencia, naturalmente, dentro de cierto límite marcado por las líneas fundamentales de su carácter, de lo ingénito inmodificable en el Rosas de Southampton o en el de 1833".

            Sus movimientos para conquistar el poder se concentraron en la situación parlamentaria. Lavalle quedó eliminado porque Rosas, haciéndole la vida imposible, le obligó a emigrar. El héroe romántico y crédulo había confiado demasiado en la honestidad del adversario, brindándole su amistad y haciéndole confidencias sinceras, ingenuas e incluso peligrosas. Después, con el entristecido jefe unitario borrado del panorama, bastábale a Rosas la ficción legal para apuntar su ascensión. Viamonte, que no intuía sus tácticas, como no las advertía prácticamente nadie, intentó un esfuerzo supremo por la total renovación democrática, disponiéndose a llamar a elecciones para integrar la Legislatura. Al advertir Rosas que podían peligrar sus planes -pues corría el riesgo de que los comicios no le dieran los diputados que necesitaba-, convenció al gobernador de que el mejor camino consistía en restaurar la Sala anterior. En realidad, pese a las apariencias, a Viamonte no podía disgustarle el consejo en tanto significaba una continuidad jurídica del régimen dorreguista.

            En las sesiones del 5 y 6 de diciembre de 1829 la Sala de Representantes aprobó la ley nombrando nuevo gobernador revestido de facultades extraordinarias, cuyo más tenaz y elocuente defensor fue, naturalmente, Tomás de Anchorena, García Valdez, con patriótica inspiración, pero sin éxito quiso rechazar los poderes extraordinarios. Los demás aliados, movidos por la precipitación, lograron que aquella histórica tarde del 6 de diciembre fuera designado gobernador y capitán general de la provincia el Comandante de Campaña Juan Manuel de Rosas, por treinta y dos sufragios contra uno que obtuvo Viamonte como símbolo solitario del gobierno institucional que cada año se alejaría de nuestra tierra.

            Rosas asumió el gobierno contra un mar de dificultades. La derrota de Oncativo, que por curiosa paradoja representaba el triunfo del unitarismo en las provincias, impulsó la integración de la Liga del Interior bajo el mando del ilustre general José María Paz, vencedor de Quiroga, Rosas comprendió el peligro que esta alianza significaba para su gobierno y cuando Paz invitó a los gobernadores de Corrientes y Santa Fe, Ferré y López, a una reunión para debatir la pacificación de las provincias, la torpedeó y prohijó hábilmente el Tratado del Cuadrilátero, que tuvo a López por jefe y ejecutor. El 10 de mayo de 1831 cayó Paz y el 4 de noviembre, en Tucumán, Quiroga vencía a La Madrid. El 7 de mayo de 1832 Rosas devolvía a la Legislatura las facultades extraordinarias presionado por una opinión pública que aún no había aprendido a doblegarse y cuando el 5 de diciembre la Sala de Representantes los reeligió gobernador, el caudillo rechazó por dos veces este honor, molesto porque habían omitido las facultades supremas. Asumió Juan Ramón Balcarce la pesada responsabilidad de dirigir los destinos del país (28 de enero de 1833), permaneciendo Rosas como comandante general de campaña y jefe de la división contra los indios. Divergencias con el gobierno -y una inesperada oposición a su planes por parte de Balcarce- anarquizaron las fuerzas expedicionarias, con lo que el comandante consideró terminada su misión (25 de mayo de 1834), produciéndose mientras tanto la Revolución de los Restauradores, que dirigió Agustín de Pinedo, su testaferro. Desde su retiro de la campaña el caudillo movía los hilos de una vasta y bien calculada conspiración que, no obstante, fracasó por una maniobra magistral de la Legislatura -de pura raíz federal, opuesta al sector caudillesco del rosismo-, que eligió gobernador al general Viamonte. Que esta decisión de la Junta de Representantes constituyó un golpe duro para Rosas, y que el nuevo gobernador no contaba con sus simpatías, lo probaba elocuentemente doña Encarnación, en carta a su esposo del 4 de diciembre de 1833: "No es nuestro enemigo -sentenciaba-, ni jamás podrá serlo; así es que a mí vez sólo hemos ganado en quitar una porción de malvados para poner otros menos malos".

            El nuevo gobierno fue implacablemente jaqueado en una acción despiadada y constante que motivó finalmente la dimisión de Viamonte. El 30 de junio de 1834 la Legislatura eligió gobernador a Rosas, pero otra vez sin otorgarle las ansiadas facultades dictatoriales. Rechazó el cargo una y otra vez hasta que, tras el brevísimo gobierno de Maza, los diputados le confirieron (13 de abril de 1835) la suma del poder público sin necesidad de dar cuenta de su uso.

            Al mes de ocupar la Fortaleza, Rosas expulsó a centenares de empleados y destituyó a 150 militares, entre jefes y oficiales. El 29 de mayo acusó de rebeldía al coronel José Paulino Rojas, al teniente coronel Miranda y al sargento Gatiza y los hizo fusilar en el Retiro.

            En 1838 Francia bloqueó el Río de la Plata, tomando la isla de Martín García en octubre. Cualesquiera hayan sido los motivos del agresor no cabe duda de que Rosas se condujo patrióticamente, salvando el honor nacional. Pero debía desplegar sus energías luchando ahora contra los enemigos de afuera y los adversarios de adentro. En 1839 el complot de Maza acarreó a éste una trágica muerte y el mismo año se produjo la Revolución del Sur, abortada el 7 de noviembre. Lavalle, desde Montevideo, iniciaba sin éxito el avance sobre Buenos Aires.

            En octubre de 1840 el tratado de Mackau trajo la ansiada paz con Francia, que resultó efímera. En 1843 Rosas sitió Montevideo y en el mismo año se le levantó en armas Corrientes. A continuación (la alianza de Inglaterra y Francia contra Buenos Aires) le deparó un nuevo y amargo trago. El 20 de noviembre de 1845 Mansilla intentó detener la entrada de la escuadra francobritánica en una acción de características bizarras y brillantes. Cuatro años después, un 24 de noviembre, el tratado de paz con Inglaterra nos devolvió la isla y el 31 de agosto de 1850 se firmó el cese de las hostilidades con Francia. Las potencias europeas se inclinaban ante el señor porteño. "Dos generaciones de argentinos -ha dicho un biógrafo de Rosas- estuvieron prosternados ante este hombre extraordinario, rindiéndole culto idólatra. Y sobre el pueblo que aplaudía y se inclinaba fanatizado, el tirano, olímpico como un dios, entre el humo repugnante del incienso y el trágico de las batallas, siguió la línea inexorable que proclamara ese día en que asumió la dictadura".

            Sin embargo a Rosas se le amaba. Así lo reconoció Sarmiento. Hombres pobres cuyo lema era matar y morir... "ellos veneraban al hombre que los tenía condenados a un oficio mortífero, a una abnegación sin premio, sin elevación, sin término..." Y comenta Ibarguren: "Rosas sentido por esos hombres como la encarnación de su patria, de su tierra en la que galopaban con libertad de dueños, del espíritu criollo de la pampa que ellos veían amenazada por la aristocracia pueblera y por la civilización y codicia europeas que los desalojaría de sus pagos. Por eso le defendieron con fanática heroicidad; por eso, veinte años después de la caída del tirano, Cuminghame Graham vio a los últimos gauchos en la frontera de Bahía Blanca, en Tapalqué, o en el Fortín Machado, clavar su facón en el mostrador de la pulpería, echar trago de caña y mirando al gringo de reojo vociferar con rabia: ¡Viva Rosas!".

            Pero el tirano cayó finalmente, siendo el único culpable de su derrota pues en vez de aplacar las iras de los gobernadores cometió errores tan graves como prohibir la extracción de oro para las provincias y la salida de pólvora desde Buenos Aires. Urquiza se rebeló el 1 de mayo de 1851 con apoyo del Brasil -muy molesto con Rosas por el prolongado asedio de Montevideo y su constante entrometimiento en los asuntos orientales-, y de fuerzas uruguayas. El encuentro decisivo se produjo en Caseros el 3 de febrero de 1852, debiendo Rosas tras la derrota huir apresuradamente de regreso a la capital. Luego de garabatear una nerviosa nota de despedida para la Sala de Representantes pidió asilo en la Legación inglesa a las cinco de aquella tarde. Esa misma noche se dirigió al puerto en compañía  de Manuelita, el diplomático Roberto Gove y seis marineros ingleses, embarcando en la fragata de guerra "Centaur", capitaneada por el almirante Henderson. El 9 de febrero transbordó al navío "Conflict". de la misma bandera, que zarpó hacia Inglaterra al día siguiente.

            Huyó del país sin recursos y el suyo fue un gesto que queremos considerar de nobleza excepcional. Sólo disponía de setecientas cuarenta y dos onzas, doscientos pesos fuertes y veintidós reales. Padre e hija, que comenzaban a experimentar los horrores de la inseguridad y el infortunio del destierro, llegaron el 23 de abril a Inglaterra, alojándose en el Windsor Hotel de Southampton. El gobierno británico, otrora adversario, se portó con hidalguía respondiendo en estos términos a un humilde pedido del exiliado: "Tengo el honor de expresar a V. E. la satisfacción con que el gobierno de Su Majestad ha sabido la feliz llegada de V. E. a este país y de informarle que no tiene necesidad de autorización de la Reina, ni del gobierno de S. M. para alquilar una casa en cualquier parte de las Islas Británicas. Puede V. E. establecerse donde quiera y vivir en perfecta seguridad bajo la protección de las leyes inglesas".

            El 23 de octubre Manuelita contrajo enlace con Máximo Terrero, quedando Rosas con una nueva herida al alejarse de su lado el único afecto que conservaba. En lo económico consiguió cancelar sus deudas en Buenos Aires vendiendo algunas propiedades merced al espíritu comprensivo de Urquiza, pero el gobierno surgido de la revolución del 11 de setiembre le confiscó los bienes, incluso los créditos. Arrendó entonces, cerca de Southampton, una chacra de ciento cuarenta y ocho acres encargándose de dirigir el "Burguess Farm". Trabajó la tierra con ese mismo amor nacido en su Buenos Aires natal, que a la larga le había sido fatal. Permaneció durante un cuarto de siglo labrando la tierra inglesa, manejando hombres y animales y viviendo en la pobreza, de los cual se han hecho eco sus biógrafos. Soñaba con volver a la patria, pero las pasiones despertadas por su larga e intensa actuación hacían prácticamente quimérica la licencia para su retorno. Murió a los ochenta y cuatro años, acariciado por Manuelita, un 14 de marzo de 1877.

            Juan Manuel de Rosas fue el instrumento histórico de un proceso político ineludible porque a las convulsiones de un organismo como el de las Provincias del Plata, hundido en la anarquía tras la apresurada euforia de la independencia, ha de suceder forzosamente el ajuste doloroso de la dictadura. Fue, también el centro de un fenómeno social de perdurable gravitación, el enfrentamiento por vez primera, de Ciudad y Campo en la génesis de sus respectivas grandezas; el hombre de la pampa, el gaucho, el indio, contra el hombre de la ciudad, de la sociedad organizada.

            Al margen de sus hechos, al margen de lo que hizo, deberá quizás pesar más lo que dejó por hacer: la constitución, la organización nacional, una política social y educativa. No sofocadas las pasiones en torno a su vida y alma, no se cuenta aún con el valioso juicio histórico que superando el ofuscamiento de la contemporaneidad nos muestre la justa dimensión de este hombre de evidente honradez personal, y un amor patriótico expresado en la firme defensa del honor argentino y la integridad territorial.

 

 
 

 

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