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JUSTO JOSÉ DE URQUIZA
El 18 de octubre de 1801, en el Talar del Arroyo Largo -hoy Arroyo Urquiza- a pocos kilómetros de Concepción del Uruguay, la pintoresca ciudad entrerriana, nació Justo José de Urquiza, figura descollante en la historia de aquella provincia y de la patria, vencedor en Caseros del régimen de Rosas, realizador de la Organización Nacional y primer presidente constitucional de los argentinos. Fueron sus padres don José de Urquiza, natural de la villa de Castro Urdiales, en Asturias, según reza la partida de bautismo del niño, y doña Cándida García, natural de Buenos Aires. Don José de Urquiza ejercía el importante cargo de comandante militar de Entre Ríos. En la escuelita de don Juan Insiarte, el maestro Francisco Ramírez, otro gran prócer entrerriano, cursó el hijo sus primeras letras. A fines de 1816 fue enviado a Buenos Aires e ingresó al Colegio de San Carlos, que sería muy pronto transformado por el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón en Colegio de la Unión del Sud. En él cursó Filosofía y Gramática. A fines de 1818 el Colegio cerro sus puertas y Urquiza, deseando su padre que continuara en Buenos Aires, se empleó en una tienda porteña. Pero la Gran Aldea no le sedujo, dice su biógrafo Luis B. Calderón, y resolvió regresar a su provincia. En julio de 1819 se encontraba otra vez en su tierra natal, donde se decidió al comercio y al ejercicio de la procuración, defendiendo algunos pleitos importantes, como el de los García de Zúñiga sobre reivindicación de tierras. En 1823 entró por primera vez en la vida pública de la provincia. El deseo de muchos entrerrianos de intervenir en la defensa de la Banda Oriental ocupada por los brasileños, terminó urdiendo una conspiración contra el gobierno de Mansilla. El intento fracasó y sus cabecillas fueron presos y juzgados. Entre éstos se encontraba el subteniente de Cívicos don Justo José de Urquiza, quien fue condenado a un año de prisión. La amnistía suspendió la condena. Pero Urquiza se trasladó a Corrientes, donde se estableció en Curuzú Cuatiá con una casa de comercio, regresando a fines de 1823. Elegido diputado a la Legislatura de la provincia por el Segundo Departamento Principal (Concepción del Uruguay) el 12 de abril de 1826, se incorporó a la Cámara el 3 de julio de aquel año para iniciar una breve pero brillante actuación legislativa. De acuerdo con la Ley Fundamental de 1825, sancionada por iniciativa del diputado Acosta por el Congreso Nacional de 1824-1827 se resolvió consultar las provincias "acerca de la forma de gobierno que crean más conveniente para afianzar el orden, la libertad y la prosperidad nacional". En la Legislatura entrerriana Urquiza definió su firme posición federalista afirmando que, por razones físicas, históricas y de todo orden, el gobierno general debía organizarse según la forma democrática, republicana y federal. Su intervención en el debate le dio tal prestigio que en agosto de 1826 le eligieron presidente de la Legislatura entrerriana. Entre tanto el gobierno provincial lo había ascendido a capitán de la segunda compañía de la Villa de Concepción del Uruguay y luego a sargento mayor efectivo. El 1 de noviembre de 1830 -tres años después de su renuncia al cargo de legislador- se produjo en Concepción del Uruguay un levantamiento dirigido por Ricardo López Jordán (padre del caudillo entrerriano del mismo nombre) contra el gobernador León Solas, que se vio obligado a refugiarse en Santa Fe mientras los revolucionarios marchaban sobre Paraná. El triunfo de la revolución, en la que había tenido destacada participación Justo José de Urquiza y su hermano Cipriano, fue efímero, pues Estanislao López, gobernador de Santa Fe, intervino en apoyo del gobernador sustituto de Solas, el coronel Barrenechea. Las tropas de éste y las de los revolucionarios de López Jordán chocaron en el combate de las Puntas del Obispo, donde los últimos fueron derrotados (diciembre de 1830), Urquiza y algunos compañeros suyos debieron emigrar. En la otra orilla del Plata reunieron elementos y con la colaboración de Crispín Velázquez, prestigioso caudillo entrerriano, se lanzaron de nuevo a la lucha en febrero de 1831. Vencidos nuevamente por Barrenechea, Urquiza consiguió ser indultado por mediación de su amigo el cura de Nogoyá. Se dirigió entonces a Santa Fe para ponerse en relación con el gobernador Estanislao López, resuelto como estaba a sostener la causa de la federación cimentada en el famoso Tratado del 4 de enero de 1831, entonces amenazada por el poder militar que estaba concentrando el general José María Paz en Córdoba y otros puntos del interior. De cuerdo con López sostuvo la candidatura del general Pascual Echagüe para gobernador de Entre Ríos, deseoso también de poner fin a aquella "anarquía entrerriana" que tan acertadamente describió Mariano G. Calvento. El 19 de mayo de 1832 fue designado comandante del Segundo Departamento Principal, y en octubre de 1836 acompañó a Echagüe a Buenos Aires en ocasión de su entrevista con Rosas. Según una difundida tradición Rosas previno al mandatario de Entre Ríos acerca del arrogante militar que lo acompañaba. En todo caso su advertencia fue contraproducente, porque después de ese viaje alcanzó Urquiza el cargo de más responsabilidad en las peculiares circunstancias de la política del litoral: el de jefe del Ejército de Observación sobre el Uruguay. Fructuoso Rivera había depuesto a Oribe en el Uruguay después de la victoria del "Palmar" (junio de 1838) y estaba organizando una alianza ofensiva-defensiva con la provincia de Corrientes que hacía inminente la invasión de Entre Ríos. Entre Ríos se preparó activamente para rechazar el ataque que se prometía en dos frentes: el de la costa del Uruguay, donde Rivera concentraba sus tropas, y el de la frontera correntina, donde Berón de Astrada deba términos a sus preparativos. El gobernador Echagüe, con Urquiza a la cabeza de la caballería entrerriana, se dirigió a marchas forzadas sobre Corrientes para impedir la unión de los ejércitos de Rivera y de Berón de Astrada. En el extremo sur oriental de Corrientes, en las márgenes del arroyo Pago Largo, que dio su nombre a la batalla, chocaron los ejércitos entrerriano y correntino (31 de marzo de 1831). Decidió la batalla una carga de la caballería de Urquiza, lanzada con precisión en el momento en que la infantería correntina comenzaba a adueñarse del campo. Su irresistible brío provocó el desbande del adversario, que fue perseguido y diezmado. En la cruenta jornada cayó Berón de Astrada, cuyo cadáver fue profanado. Tal hecho dio pie a una imputación frecuentemente lanzada contra Urquiza por sus enemigos. Calderón se refiere al vandálico episodio "consumado y cometido exclusivamente por iniciativa de un soldado adolescente", rebatiendo las acusaciones en su obra sobre el héroe de Caseros. La batalla de Pago Largo la ganó Urquiza aunque el ejército entrerriano estuviese bajo el mando de Echagüe. Con ella terminó la campaña contra Corrientes, y Echagüe pudo dirigirse contra Fructuoso Rivera invadiendo, en agosto de 1839, la Banda Oriental. A pesar de las violentas cargas de la caballería de Urquiza y Servando Gómez, que obtuvieron triunfos parciales, la batalla de Cagancha resultó una gran victoria para Rivera, y los entrerrianos debieron abandonar el suelo oriental. Cagancha fue una victoria malograda y tan seguro de ello estaba Urquiza que solicitó se le formase consejo de guerra, a lo que no accedió Echagüe, quien reconoció, por el contrario, la brillante actuación del jefe de su caballería. Poco después la guerra contra Rosas llevó otro ruido de armas a Entre Ríos. El bravo Lavalle cambió sus planes y en lugar de dirigirse a la provincia de Buenos Aires para apoyar el levantamiento de Los Libres del Sud, se dirigió a Entre Ríos, desembarcando en setiembre de 1839 en la costa del departamento Gualeguaychú. El 22 del mismo mes venció en las nacientes del Yeruá a las fuerzas del gobernador delegado don Vicente Zapata. A continuación se internó en Corrientes para invadir en el siguiente año la provincia entrerriana. El gobernador Echagüe le salió al paso con fuerzas de Paraná, dejando a Urquiza la difícil misión de vigilar con su división de caballería la costa oriental con objeto de repeler cualquier intento de invasión desde la vecina orilla. Tras librar "dos combates inútiles", como Lavalle dice en carta a su esposa, se retiró del territorio entrerriano para realizar la postergada campaña sobre Buenos Aires. Pero el retiro de los invasores no trajo la paz a Entre Ríos. El gobernador de Corrientes, D. Pedro Ferré, Fructuoso Rivera, presidente de los Orientales, y el general José María Paz, preparaban una nueva alianza contra Rosas. Anticipándose al designio probable de lanzar sobre Entre Ríos una concentración de fuerzas que hubiera podido resistir muy difícilmente, Echagüe invadió Corrientes en setiembre de 1841. Urquiza quedó destacado nuevamente sobre el Uruguay, pero esta vez no se limitó a permanecer a la expectativa sino que vadeando el río aniquiló a la vanguardia riverista al mando de Anacleto Medina. Entre tanto el genio militar de Paz obtenía en Caá Guazú una de la más completas victorias derrotando a Echagüe, quien perdió en aquella desastrosa jornada la mitad de su ejército. El peligro era inminente para la amenazada Entre Ríos y en aquellas circunstancias críticas, cuando ya las fuerzas victoriosas avanzaban sobre la provincia, la Sala de Representantes eligió gobernador a Urquiza, que se encontraba en su campamento de Arroyo Grande. Aquella elección (15 de diciembre de 1841) -escribe un historiador entrerriano- fue como poner la confianza de la provincia en su coraje de guerrero. Aunque había tenido papel descollante como diputado en la Legislatura, no pensaron quienes entonces lo elegían sino en la espada salvadora. La previsión resultó exacta. Entre Ríos encontró en Urquiza no sólo la espada y el escudo, sino al gobernante "cuya acción civilizadora es pareja a sus triunfos de soldado". Desde su campamento Urquiza contestó aceptando la investidura en atención a la gravedad de las circunstancias: "Se me ordena que la admita (el cargo de gobernador) -dice en su nota a la Legislatura- porque la patria está en peligro; me someto porque siempre me fué grato acceder y porque en tales circunstancias el Gobierno es un verdadero sacrificio que siempre estoy dispuesto a ofrecer a mi patria y a la Federación". La lucha se extendió rápidamente. El nuevo gobernador, perseguido por fuerzas numéricamente muy superiores, se retiró sobre la línea del Gualeguay, atrincherándose en el Tonelero. Por el lado del Uruguay ocupaban la provincia las fuerzas riveristas mientras los correntinos, al mando de Paz, se posesionaban de la costa del Paraná. El mismo Paz fue elegido gobernador de Entre Ríos, un efímero gobierno, mientras el pueblo entrerriano, secundando a Urquiza, su legítimo gobernador, esperaba el momento para librarse de los invasores. Así llegó el encuentro de Arroyo Grande, donde Rivera sufrió una aplastante derrota. Urquiza mandaba el ejército entrerriano dentro del ejército federal, cuyo mando en jefe tenía el general Manuel Oribe. Éste pasó al Uruguay donde recibió a su vez la ayuda de Urquiza, que derrotó en Cagancha a divisiones riveristas y reiteró su carga victoriosa en Malbajar. Fue una campaña larga que terminó con la gran victoria de Urquiza en India Muerta, que momentáneamente limpió de ejércitos adversarios el suelo de Entre Ríos, confirmando las intuiciones de la Sala de Representantes. Pero Urquiza tuvo que volver de nuevo a defender su solar. Esta vez lo amenazaban las fuerzas correntinas al mando de Joaquín Madariaga, asistido por el genio militar de José María Paz. Urquiza organizó rápidamente la campaña. Madariaga quedó derrotado en Laguna Limpia. Pero el vencedor comprendió a tiempo que la posición de Paz en Ubajahy era inexpugnable y se retiró son atacarlo, en una habilísima maniobra. El triunfo le trajo su primer choque con Rosas, que pudo haber prendido la chispa de la guerra entre Buenos Aires y Entre Ríos. Urquiza y el gobernador Madariaga se reunieron en Alcaraz (Departamento La Paz, Entre Ríos, agosto de 1846) para firmar los llamados Tratados de Alcaraz, en los que reiteran la vigencia del Pacto Federal de 1831, verdadero camino hacia la Organización Nacional que Rosas había hecho fracasar al disolver la Comisión Representativa instituida en dicho documento. El tratado fue notificado a los gobernadores de las provincias como un buen augurio para la Confederación y así fue celebrado en todo el país por los federales. La reacción de Rosas fue inmediata. Hizo alusión a "la ceguera y miseria del general Urquiza" y comisionó a Máximo Terrero para denunciar ante los gobernadores de las provincias "el desvío de Urquiza". Antonio Crespo -su gobernador delegado- y Ruperto Pérez, le aconsejaron "esperar mejor oportunidad para enfrentar al déspota porteño". (Así llamaba Crespo a Rosas en su carta al general Urquiza). Las negociaciones fracasaron y la guerra se reanudó pronto. Madariaga fue vencido en Potrero de Vences (27 de noviembre de 1847). La consecuencia fue un cambio en el gobierno correntino, que llevó al mando al coronel Benjamín Virasoro, hombre de confianza de Urquiza, con lo que éste pudo retirarse a su provincia seguro de contar en la vecina con una espada leal al servicio también de los grandes intereses de la República. "Terminadas las campañas de 1846 y 1847 -escribe Martín Ruiz Moreno- Urquiza dedicó su preferente atención a dar la mayor amplitud posible a la instrucción pública. Al empezar el año 1848 ya había escuelas públicas del Estado en todos los distritos de la campaña y se habían mejorado las de los pueblos". Antonio Salvadores, en una obra especializada demuestra su aseveración de que con Urquiza se abrió para Entre Ríos la que ha sido llamada "edad de oro de la enseñanza". Considerando al periodismo como un moderno y eficaz medio de progreso y cultura le dispensó la más decidida protección. Nacen entonces numerosos periódicos, entre ellos "El porvenir de Entre Ríos" y "La Regeneración", en Concepción del Uruguay; "Iris Argentino" en Paraná y "El Progreso de Entre Ríos" en Gualeguaychú. En 1850, en vísperas del famoso Pronunciamiento, la provincia de Entre Ríos era un emporio de riqueza y una avanzada de cultura. Lo primero ha sido documentado por el Dr. Pedro Serrano en un meduloso estudio, muy completo para su época; lo segundo es ya concepto establecido a través de numerosas publicaciones sobre la labor cumplida por Urquiza. El de 1851 fue para el gobernador entrerriano el año de la definición. Desde el fracaso de los tratados de Alcaraz, no había dejado de pensar en romper con Rosas, disuadiéndole sólo el parecer de sus consejeros y amigos. Los emigrados argentinos, perseguidos por Rosas, vieron en Urquiza al más probable conductor de la lucha y, en setiembre de 1846, Esteban Echeverría le escribía desde Montevideo diciéndole: "Debe ponerse al frente de un partido único y nacional que represente a la religión social de la patria representada por la bandera de Mayo". "Nos asiste el convencimiento -agregaba- de que nadie en la República Argentina está en condición más ventajosa que V. E. para ponerse al frente de ese partido nacional y promover con suceso la fraternidad de todos los argentinos. Esa gloria es envidiable y si V. E. la conquista merecerá sin duda el título de primer grande hombre de la República Argentina". Su prestigio era ya muy grande, como lo probó el gobierno de la Defensa de Montevideo al pedirle su mediación ante el general sitiador Oribe. Urquiza aceptó en principio, lo que exacerbó a Rosas, que escribió: "Este nuevo paso del general Urquiza es más ignominioso e irritante que el humillante y descabellado convenio de Alcaraz". Rosas había adoptado algunas medidas que afectaron desfavorablemente a Entre Ríos. El 22 de febrero de 1851 Urquiza escribe a Rufino de Elizalde y le dice: "El malhadado tratado de comercio con Inglaterra esclaviza a las provincias litorales al exclusivo interés mercantil de Buenos Aires". Los hechos iban acelerando la ruptura definitiva con una política opuesta a su visión de la anhelada Organización Nacional. Con el pretexto de asistir a una carreras en Concordia, Urquiza y el gobernador de Corrientes, Virasoro, sentaron las bases de una alianza militar. En seguida, con el pretexto de inspeccionar las receptorías de la provincia, envió al Dr. Manuel Leiva encargándole auscultar el probable sentimiento público para el caso de un ruptura con Rosas. Leiva informó que "era general en la provincia el sentimiento de firme adhesión al gobernador y segura y entusiasta su asistencia en caso de una campaña contra Rosas". En noviembre de 1850, Diógenes de Urquiza, enterado sin duda de los propósitos paternos, le escribe desde Buenos Aires: "Los intereses de la República y los de Ud. mismo, demandan que todavía no se muestre Ud. con toda su fuerza -le decía- hasta que el tiempo oportuno la haga aparecer con los más felices resultados para la Nación que es necesario presidir para darle una Constitución y hacerla grande y venturosa". El artículo tuvo gran resonancia en Buenos Aires. El 5 de abril de 1851 Urquiza pasó una nota circular a todos los gobernadores de las provincias invitándolos a "llevar a cabo el noble y generoso pensamiento de salvar a las Repúblicas del Plata del abismo profundo a cuyas simas las conduce aceleradamente el genio maléfico que preside los consejos del Gobernador de Buenos Aires". Al mismo tiempo comunicó al Gobierno de la Defensa de Montevideo -ciudad sitiada por las fuerzas de Oribe y Rosas- su resolución de ponerse al frente del movimiento libertador. Acordó también realizar el 1 de mayo de 1851 al acto solemne y formal del Pronunciamiento, fundándolo en la declaración formulada como consecuencia de una de las tantas renuncias hechas por Rosas al manejo de las relaciones exteriores de la Confederación. Ante las tropas formadas y el entusiasta público reunido en la Plaza Ramírez de Concepción del Uruguay, fue leído por el doctor Juan Francisco Seguí el decreto que, entre otros considerandos dice: "En vista de la actual situación física en que se halla el gobernador de Buenos Aires para continuar al frente de los negocios generales de la Confederación; la renuncia presentada con reiteradas instancias y el hecho de que sería tener muy triste idea de la heroica e ilustrada Confederación Argentina suponerla incapaz, sin el general Rosas, de regir sus propios destinos; por eso y en vista de otras no menos graves circunstancias -dice el decreto- el gobernador y capitán general de la provincia de Entre Ríos, en uso de sus facultades, de que ha sido investido por la Honorable Sala de Representantes de la Provincia, declara solemnemente a la faz de la República, de la América y del Mundo: Que es voluntad del Pueblo Entrerriano reasumir el ejercicio de las facultades inherentes a su territorial soberanía delegada en la persona del Sr. Gobernador de Buenos Aires, y que, una vez manifestada así la libre voluntad de la Provincia de Entre Ríos queda ésta en aptitud de entenderse directamente en con los demás gobiernos del mundo, hasta tanto que, congregada la Asamblea Nacional de las demás provincias hermanas, sea definitivamente constituida la República". Este acto concretó la ruptura que los hechos habían decretado hacía mucho tiempo: quizá desde que al suprimir la Comisión Representativa creada por el Tratado del Litoral estableció Rosas la vigencia del "estado de inconstitución" para la Argentina. El Pronunciamiento de Urquiza tiene enorme significación en la historia de la República. Su ámbito y su proyección han sido claramente definidos no como el alzamiento de un militar contra su jefe sino como la legítima recuperación por parte de la provincia de Entre Ríos de sus facultades, delegadas en el gobernador de Buenos Aires. Por supuesto, el acto significó el comienzo de la guerra. Urquiza había enviado una circular invitando a las provincias a seguirle en el intento. Pero sólo Corrientes, fiel a sus tradiciones, se mostró dispuesta a colaborar en la lucha contra Rosas. Todas las demás ratificaron su adhesión a Rosas. Urquiza necesitaba reforzar su poderío militar y para ello recurrió a la alianza con el Imperio del Brasil y con el gobierno del Uruguay. El 29 de mayo de 1851 se firmó el correspondiente tratado, representando al gobierno de Entre Ríos don Antonio Cuyás y Sampere, al Uruguay don Manuel Herrera y Obes, y al Imperio del Brasil don Rodrigo de Souza da Silva Pontes. Uno de sus biógrafos, Luis B. Calderón, pone de relieve numerosas anécdotas que demuestran cómo olvidaba los agravios este gran argentino. Así narra la actitud de Urquiza cuando Rosas le escribió el 7 de noviembre de 1863 enterándolo de "la amarga y difícil situación por que atravesaba". Urquiza contestó que "conmovido por su deplorable situación" le remitirá "mil libras esterlinas por año mientras se halle en posición de hacerlo así". De inmediato, por medio de su socio el general Dionisio Punch, residente en París, fue entregada al desterrado esa suma. Actitudes análogas fueron las suyas con Mitre, Sarmiento, Venancio Flores, Vélez Sársfield, José María Paz y Pascual Echagüe. Con respecto a éste dice Calderón: "El general Echagüe fue uno de los hombres que mayor animosidad personal suscitó a Urquiza". Su distanciamiento comenzó con la derrota de Echagüe en Caá Guazú, acentuándose hasta adquirir caracteres de marcada enemistad. Con la victoria de Urquiza en Caseros, Echagüe debió emigrar a Montevideo. Esto no obstante, Urquiza le invitó a reintegrarse a la patria, a la que podía prestar útiles servicios. Echagüe respondió al gesto caballeresco de su adversario y volvió al país, en el que tuvo oportunidad de actuar en el Senado Nacional como representante de Catamarca primero y de Santa Fe después. Inmediatamente se puso en compaña. Un ejército quedó en Entre Ríos para defender la provincia; otro llamado de "Operaciones en la Banda Oriental", dividido en tres columnas al mando respectivamente de Urquiza, Garzón y Virasoro cruzó el río Uruguay (julio de 1851) y reforzado en Paysandú se dirigió hacia Montevideo para atacar al ejército de Oribe. La situación de este militar era muy difícil, pues en sus tropas se producían numerosas deserciones. El 8 de octubre en las orillas del arroyo Pantanoso, se realizó la capitulación de los sitiadores bajo el lema de "Ni vencidos ni vencedores". Este concepto sintetizó el espíritu de Urquiza en su campaña contra Rosas en ambas orillas del Plata. Para realizar la segunda parte de su campaña, la lucha directa contra Rosas, se firmó una convención precisando los términos de la alianza del 29 de mayo de 1851. Establecía ésta la contribución de los aliados, el préstamo acordado por el gobierno Imperial y la condición de meros auxiliares de las tropas uruguayas y brasileñas. Luis B. Calderón sostiene que no se comprometió en la alianza compensación alguna en desmedro del patrimonio material o moral de la Argentina. Otros historiadores han atacado la alianza. Lo cierto es que, lamentablemente, no fueron fuerzas argentinas únicamente las que derrocaron a Rosas. Activamente concentró Urquiza en Diamante las fuerzas del llamado Ejército Grande, cuyos efectivos, según la estimación del general José María Sarobe en un estudio especializado, eran de 27.849 hombres con 45 piezas de artillería y 4 coheteras. El 24 de diciembre de 1851 todas las fuerzas del Ejército Grande se encontraban en la orilla santafesina del Paraná. Las tropas rosistas no demostraron mucha eficiencia, pues en lugar de presentar Echagüe y Santa Coloma batalla en Santa Fe y el norte de la provincia de Buenos Aires, permitieron el paso del río y se retiraron. Santa Fe y Rosario se pronunciaron en favor de Urquiza el 23 y el 25 de diciembre respectivamente, facilitando la recluta de soldados en todo el territorio santafesino. El 15 de enero llegaron al Arroyo del Medio, donde suponían que se produciría el primer choque con las tropas rosistas. No ocurrió así y el Ejército Grande se internó en el territorio bonaerense son otras dificultades que los "torrentes de las lluvias o las llamas del incendio del campo, abrasados por el sol de enero", como dice Sarmiento, el "Boletinero". El 31 de enero se libró el combate de los Campos de Álvarez entre la vanguardia y fuerzas rosistas al mando de Lagos. Por ambas partes se hizo derroche de valor, mientras todos los efectivos de Rosas se concentraban en Santos Lugares. El 3 de febrero de 1852 se libró en Caseros la batalla decisiva, iniciada con el sostenido fuego de artillería entre las piezas al mando del bravo Chilavert y las baterías del Ejército Grande. A las diez de la mañana Urquiza lanzó su caballería sobre el flanco izquierdo rosista, que cedió a su violencia. Casi simultáneamente fue atacada el ala derecha, que se derrumbó igualmente, pese a la firme resistencia de los infantes parapetados en el Palomar. La batalla se concentró en torno a la heroica defensa realizada por Chilavert, finalmente aniquilada por el ataque de la división del general Galán. Prácticamente resuelta la jornada con la derrota, Rosas se alejó del campo y ya en los suburbios de Buenos Aires, en el Hueco de los Sauces, redactó con lápiz su renuncia al cargo de gobernador, dirigida a la Sala de Representantes. Posteriormente se asiló en la legación británica y una semana más tarde partió, con su hija Manuelita, a bordo de la fragata "Conflict" rumbo a Inglaterra. Caseros puso a Urquiza en los umbrales del sueño de la Organización Nacional. Con gran habilidad política envió al Dr. Bernardo de Irigoyen en misión ante los gobernadores -colaboradores de Rosas hasta la víspera- para que lo apoyara en su propósito de dar al país una Constitución. Irigoyen cumplió con éxito su misión y Urquiza pudo reunir el 6 de abril de 1852, en su residencia de Palermo, al gobernador de Buenos Aires Dr. Vicente López y Planes, al de Corrientes, general Virasoro y al representante de Santa Fe, Dr. Manuel Leiva, en cuya oportunidad se firmó el Protocolo de Palermo, que confió al vencedor de Caseros el manejo de las relaciones exteriores de la Confederación y resolvía constituir la Comisión Representativa creada por el Tratado del 4 de enero de 1831, que debía convocar un Congreso General Federativo. El Protocolo de Palermo fue ratificado por todas las provincias y Urquiza invitó a los gobernadores a una reunión en San Nicolás de los Arroyos. Tuvo efecto entre los días 29 y 31 de mayo de 1852, y en ella se aprobó el Acuerdo de San Nicolás, que ratificó el Tratado de 1831 determinando las bases para el Congreso Constituyente que debía realizarse en Santa Fe. Urquiza fue designado Director Provisorio de la Confederación. El Acuerdo de San Nicolás, que debía ser ratificado por las legislaturas provinciales, provocó en Buenos Aires un profundo malestar que culminó con la revolución del 11 de setiembre de 1852 y su separación de la Confederación. El 20 de noviembre de 1852 se inauguraron las sesiones del Congreso en Santa Fe. Dada la situación creada por Buenos Aires, Urquiza no pudo asistir personalmente a la sesión inaugural. El discurso que debía pronunciar lo leyó el ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, Dr. de la Peña. "En la bandera argentina -afirmaba- hay lugar para más de catorce estrellas; pero no pude ecliptsarse una sola". Convocado el pueblo para elegir presidente y vicepresidente de la Confederación fueron elegidos el general Justo José de Urquiza y el Dr. Salvador María del Carril, que el 5 de marzo de 1854 tomaron posesión de sus cargos. La ciudad de Paraná fue declarada provisoriamente capital de la Confederación. La presidencia de Urquiza se desenvolvió en medio de grandes dificultades, de las que las económicas no eran las menos importantes. La situación diplomática era difícil también, pues mientras Juan Bautista Alberdi, representante de la Confederación, realizaba gestiones ante varias naciones europeas, Buenos Aires, por su parte, había designado a Juan Thompson para establecer relaciones directas con sus gobiernos. Líneas férreas, mejoramiento de postas y correos, impulso decidido a la colonización, mejoramiento del tráfico fluvial, fomento del comercio y de la industria, instalación de bancos con facultades de emisión, y otras muchas obras y medidas de progreso fueron realizadas en medio de la terrible estrechez de las finanzas nacionales en aquella "crisis rentística" de la Confederación. Pero el peor problema, por su trascendencia histórico-política era la situación de la provincia de Buenos Aires, separada de la Confederación. Por dos acuerdos celebrados en 1854 y 1855 los gobiernos del Estado de Buenos Aires y de la Confederación Argentina se habían comprometido a no hacer uso de las armas. Sin embargo, la situación, que ya había sido muy crítica con motivo de la fracasada invasión de los generales Madariaga y Hornos a Entre Ríos a fines de 1852, volvió a hacer crisis en 1859. En el mes de mayo el Congreso de la Confederación sancionó la ley que autorizaba al presidente Urquiza a "resolver la cuestión de la integridad nacional respecto de la provincia disidente de Buenos Aires, por medio de negociaciones pacíficas o de la guerra, según lo aconsejaran las circunstancias". A su vez la legislatura bonaerense autorizó al gobernador Alsina a repeler la fuerza y votó veinte millones de pesos para la adquisición de armamentos. La guerra se postergó por la mediación de algunos ministros extranjeros, pero en octubre de 1859, la escuadra de Buenos Aires bombardeó Rosario y comenzaron las hostilidades. El 23 del mismo mes, el ejército de la Confederación, al mando del presidente Urquiza, y el del Estado de Buenos Aires, al mando del general Mitre, chocaron en la cañada de Cepeda. Un historiador militar, el coronel Rottjer, comenta en los siguientes términos la batalla: "La caballería entrerriana arrolló a la vanguardia porteña en la primera carga, poniéndola en vergonzosa fuga y dispersión de sus efectivos". Al atardecer se empeñó nuevamente el combate, decisivo esta vez, y las columnas del ejército de Buenos Aires se desbandaron, debiendo Mitre retirarse hacia San Nicolás, donde embarcó los 2.000 hombres que conservaba, de los 9.000 que habían salido de Buenos Aires. Urquiza continuó su avance. Buenos Aires estaba desmoralizada y aterrada por el descalabro. Se firmó entonces el pacto (11 de noviembre) por el que Buenos Aires se reintegraba a la Confederación. Así se cumplió el deseo de Urquiza, expresado a los porteños en su proclama: "Deseo que los hijos de una misma tierra no se armen unos contra otros; deseo que los hijos de Buenos Aires sean argentinos: la Nación tiene derecho a exigiros que os reunáis en su seno". Las pacíficas perspectivas que despertó el Pacto del 11 de noviembre no duraron mucho. En enero de 1861 los graves sucesos de la San Juan enfrentaron otra vez a los dos bandos de Cepeda. El presidente Derqui confió a Urquiza el mando de los ejércitos de la Confederación. El 17 de setiembre chocaron los ejércitos de Mitre y Urquiza en Pavón (provincia de Santa Fe). En esa batalla se registra lo que algunos consideran como el más grande rasgo del patriotismo de Urquiza: se retiró del campo dejando en él a un "vencedor", que no había vencido, seguro de la imposibilidad de someter a Buenos Aires por la fuerza de las armas a una reintegración con el resto de la nación. Hay autores que atribuyen la actitud de Urquiza a otros móviles. No falta quien asevere que la masonería resolvió que Mitre debía triunfar en Pavón. Su actitud provocó enorme descontento en Entre Ríos. Entonces comenzó a susurrarse aquel "vendido a los porteños" que años más tarde se convirtió en el grito de la rebelión contra el gobernante entrerriano. Después de Pavón, Urquiza volvió a sus tareas en el gobierno provisional. En la guerra con el Paraguay demostró después su responsabilidad y su patriotismo frente a la no disimulada frialdad de los entrerrianos, que veían en aquella contienda una "guerra mitrista". Hasta el punto de que dos veces, en Basualdo y en Toledo, se le sublevaron los contingentes provinciales que debían marchar al Paraguay. Candidato a presidente en 1868 fue vencido por Sarmiento. Ese mismo año fue elegido gobernador de Entre Ríos, haciéndose cargo del mando el 1 de mayo del año siguiente. La oposición jordanista había comenzado a organizarse. Se conspiraba en Paraná y Concordia, donde era muy activa la acción de los doctores Carlos y Mariano Querencio. El movimiento tenía como cabeza visible a Ricardo López Jordán, cuyo prestigio era grande en toda la provincia.
MUERTE DEL GRAL. JUSTO JOSÉ DE URQUIZA En su Palacio de San José, en la noche del 11 de abril de 1870 Litografía - por Fernand. Dibujo de R. Corminas - Museo Histórico Nacional
El 9 de abril de 1870, a las siete de la tarde, salieron de la estancia de López Jordán, en Arroyo Grande, el capitán Mosqueira y el mayor Vera con treinta hombres. Se dirigieron a la estancia San Pedro, donde se pusieron a las órdenes del coronel Simón Luengo. Con otros veinte hombres la pequeña fuerza se encaminó al Palacio San José, residencia del general Urquiza. El 11 de abril se introdujeron en el palacio, ayudados probablemente por algún mal servidor del gobernador, al grito de "¡Muera el traidor, el Urquiza!". El general les salió al encuentro dispuesto a defenderse a tiros, pero cayó herido por un certero disparo. Terminaron su obra a puñaladas. Al amanecer llegó desde Concepción del Uruguay -adonde había mandado aviso el Dr. Julián Medrano- un grupo de sus amigos encabezado por el general Miguel Jerónimo Galarza, que trasladaron el cadáver a la casa del Dr. Victorica donde fue velado. Sepultado en el cementerio de Concepción del Uruguay, el 25 de agosto de 1872 los restos fueron trasladados al templo parroquial de dicha ciudad. En 1952, exhumados los restos, pudieron comprobar los peritos que más que la herida de bala, detenida en su trayectoria por un aparato de prótesis dental, fueron las puñaladas que le infirió Nicomedes Coronel las causantes de la muerte de Urquiza. La personalidad del vencedor de Caseros y primer presidente constitucional de los argentinos, ha sido muchas veces materia de polémica. Pero la posteridad le reconoce como uno de los grandes de nuestra historia. El 11 de noviembre de 1920, al ser inaugurada la estatua de Urquiza en el parque que lleva su nombre en la capital entrerriana, afirmaba Martiniano Leguizamón: "El tiempo que apaga el espíritu de partido ha sancionado la justicia póstuma y consolidado la gloria. Los hombres de todas las tendencias se descubren hoy ante la estatua de Urquiza que, si bien está en Paraná, no debe faltar en la Capital Federal, cabeza de la República, porque Urquiza no es una figura de una provincia, ni de un partido: es una figura de la Nación y entre las más altas de su historia". El justiciero anhelo del gran escritor entrerriano se ha cumplido. El 11 de abril de 1958, al cumplirse un nuevo aniversario del asesinato del prócer de la Organización Nacional, fue inaugurada su estatua ecuestre en la capital de la República.
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