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El currículum y el proceso de trabajo: la lógica del control técnico

 

Michael Apple

 

Introducción

Es evidente que se está acelerando el proceso de intromisión del Estado y la industria en la educación. A ambos lados del Atlántico han surgido presiones para adaptar la escuela a las “necesidades económicas”. En Inglaterra, el Great Debate y el Green Paper –que formaron parte de una estrategia para hacer que la política educativa del gobierno, desde las escuelas elementales hasta las universidades, se corresponda más con los requerimientos ideológicos y de mano de obra de la industria– aparecen como notables manifestaciones de la habilidad del capital para dirigir sus fuerzas en épocas de crisis económica. En Estados Unidos, donde media una articulación diferente entre el Estado, la economía y las escuelas, este tipo de presión sobre las políticas gubernamentales también existe. A menudo, la influencia de la industria es igualmente visible.

En las universidades de todo el país se están fundando cátedras de libre empresa dedicadas a la educación económica. Algunas de las mayores empresas han implementado programas –como el Ryerson Plan– en los que los profesores trabajan con la gerencia empresarial durante el verano, de tal manera que pueden aprender la “verdadera historia de los negocios americanos y llevar el mensaje a sus alumnos y a sus colegas”1. El movimiento para “enseñar según las necesidades de la industria” ha crecido lo suficientemente rápido como para requerir un núcleo centralizador, denominado –muy acertadamente– Institute for Constructive Capitalism, establecido en la Universidad de Texas para hacer más accesible el material (Downing, 1979).

No debemos minimizar la importancia de tales tentativas de influir sobre profesores y alumnos. No obstante, si sólo nos concentramos en estos esfuerzos evidentes por llevar la política escolar y el vitae a una mayor correspondencia con las necesidades e ideología de la industria, tal vez no apreciemos lo que está sucediendo en el nivel de práctica escolar diaria –lo cual puede ser igualmente relevante–. Sintetizando, lo que deseo señalar es que las ideologías no constituyen sólo conjuntos globales de intereses, cosas “impuestas” por un grupo sobre otro; se encuentran incorporadas a los significados y prácticas de nuestro sentido común (Williams, 1977 y Apple, 1979). Si queremos comprender cómo funciona la ideología en las escuelas, debemos examinar tanto los elementos concretos de la vida pedagógica y curricular cotidiana, como las declaraciones y planes de los voceros del Estado y la industria2.

No quiero decir con esto que el nivel de la práctica en las escuelas esté controlado de un modo mecanicista por la empresa privada. Como aspecto del Estado, la escuela mediatiza y transforma una serie de presiones económicas, políticas y culturales de la clases y segmentos de clase competidores3. Sin embargo, tendemos a olvidar que esto no significa que las lógicas, los discursos o los modos de control del capital no vayan a tener un creciente impacto sobre la vida diaria de nuestras instituciones educativas, especialmente en épocas de “crisis fiscal del Estado” (O’Connor, 1973). Este impacto, claramente visible en Estados Unidos (aunque se está generalizando también en Europa y América Latina), se hace especialmente evidente en el vitae, en el material real con el que interactúan alumnos y profesores.

En este ensayo me interesaré en particular por la forma curricular, no por su contenido. Mi enfoque no se concentrará en lo que se enseña, sino en la forma en que se organiza lo que se enseña. Como han sostenido numerosos analistas culturales marxistas, la influencia de la ideología pude percibirse con tanta claridad en la forma como en los contenidos curriculares (Jameson, 1971; Apple, 1978).

Para poder comprender en parte lo que está ocurriendo en la escuela, y las presiones ideológicas y económicas que actúan sobre ella, debemos referirnos a ciertas tendencias de largo plazo en el proceso de acumulación de capital, y ver su relación con los cambios en el proceso laboral. Recientemente, estas tendencias se han intensificado y han tenido un importante impacto sobre una variedad de áreas de la vida social. Entre estas tendencias, podemos identificar algunas, como ser:

“...la concentración y centralización de capitales, la expansión de procesos laborales basados en tecnologías de líneas de producción y sistemas de control, la continua declinación de la ‘industria pesada’ y el movimiento del capital hacia formas modernas de producción más ‘livianas’  –destacándose la producción de bienes de consumo durables–, e importantes cambios en la composición de la fuerza de trabajo la tendencia secular al ‘desadiestramiento’, la división entre la ‘concepción’ y la ‘ejecución’ y la creación de nuevas aptitudes técnicas y de control, el desplazamiento del trabajo desde la producción directa hacia la circulación y la distribución, y la expansión del trabajo dentro del Estado”.

(Clarke, 1979: 239)4

El desarrollo de nuevas formas de control, el proceso de “desadiestramiento” y la separación entre la concepción y la ejecución no se limitan a las fábricas y oficinas. Esta tendencias se introducen cada vez más en instituciones como la escuela. Para poder comprender esto, debemos examinar la naturaleza de la lógica del desadiestramiento y el control empresarial.

 Desadiestramiento y readiestramiento

En la producción corporativa, las empresas adquieren la capacidad de trabajo que cada uno tiene y, por supuesto, suelen intentar aumentar la extracción de dicho trabajo para hacerlo más productivo. Existe un aspecto opuesto a esto. La adquisición de fuerza de trabajo incluye el “derecho” a estipular (dentro de ciertos límites) cómo ha de ser utilizada, sin que los trabajadores interfieran o participen demasiado en la concepción y planeamiento del trabajo (Edwards, 1979:17). Esto, por supuesto, no siempre se ha llevado a cabo de la misma manera. Empíricamente, ha habido una lógica de control cambiante.

Se han utilizado tres tipos de control para ayudar a extraer más trabajo: el simple, el ténico y el burocrático. El control simple es precisamente eso, simplemente decirle a alguien que uno ha decidido lo que debe ocurrir, debiendo éste proceder en consecuencia. Los controles técnicos son menos obvios; son controles enclavados en la estructura física del trabajo. Un buen ejemplo es el uso de tecnología de control numérico en la industria de las maquinarias, donde un trabajador inserta una tarjeta en una máquina y ésta marca el ritmo y el nivel de pericia de la operación. De esta manera se busca que el trabajador sea sólo un asistente de la máquina. Finalmente, el control burocrático consiste en una estructura social en la cual el control es menos visible, ya que sus principios están encarnados en las relaciones sociales jerárquicas del lugar de trabajo. Las normas burocráticas e impersonales en lo concerniente al control del trabajo, los procedimientos para evaluar el rendimiento, las sanciones y recompensas, son dictaminados por una política oficialmente aprobada (Edwards, 1979: 19-21).

Cada una de estas formas de control se ha vuelto más sofisticada, no obstante lo cual el control simple ha tendido a perder importancia a medida que la complejidad y dimensión de la producción ha aumentado.

El largo período de experimentación de la industria en lo referente a los modos más exitosos de controlar la producción ha conducido a varias conclusiones: en vez de un control simple, ejercido por supervisores o personas con autoridad (y por lo tanto abierto a la supervisión por trabajadores de cuello blanco o azul), el poder pudo “volverse invisible” mediante su incorporación dentro de la estructura misma de trabajo. Esto significa que el control proviene de lo que parece ser una estructura global legítima; debe estar en relación con el trabajo real y no fundarse en aspectos extrínsecos a él (como favoritismos, etc.). Y, tal vez lo más importante, el trabajo, el proceso y el producto deben definirse de la manera más precisa posible sobre la base del control gerencial –no el del trabajador–, sobre el conocimiento especializado necesario para llevar a cabo dicho trabajo (Edwards, 1979: 110). Con frecuencia, esto ha conducido al desarrollo del control técnico.

El control técnico y el desadiestramiento tienden a marchar juntos. El desadiestramiento forma parte de un largo proceso en el cual la mano de obra se divide y luego se redivide para aumentar la productividad, para reducir la “ineficiencia” y para controlar el costo e impacto del trabajo. Generalmente esto implica tomar trabajos relativamente complejos (la mayor parte de los trabajos son mucho más complejos y requieren más toma de decisiones de lo que se cree), trabajos que requieren una cuota nada despreciable de habilidad y toma de decisión, y traducirlos en acciones especificadas con resultados especificados, de tal modo que se pueda utilizar personal manos adiestrado y costoso, o que pueda intensificarse el control del ritmo y los resultados del trabajo.

La producción en serie es, en efecto, uno de los ejemplo arquetípicos de este proceso. En sus orígenes, el desadiestramiento tendió a utilizar técnicas tales como el taylorismo y diversos análisis de tiempo y movimiento. Aunque esta estrategias para la división y control del trabajo no fueron totalmente exitosas (y de hecho a menudo generaron una cuota significativa de resistencia y conflicto) (Noble, 1977; Burawoy, 1979)5 sí tuvieron éxito en contribuir a la legitimación de un estilo de control basado en gran medida en el desadiestramiento.

Una de las estrategias más efectivas ha sido la incorporación del control en el proceso productivo mismo. La maquinaria de las fábricas está actualmente concebida para que el maquinista sólo tenga que cargar y descargar la máquina. En las oficinas, se utiliza la tecnología del procesador de texto para reducir los costos laborales y “desadiestrar” a las trabajadoras mujeres. De esta manera, la gerencia intenta controlar tanto el ritmo de trabajo como las habilidades requeridas, para incrementar sus márgenes de ganancia o productividad. Una vez más, como lo demuestra la historia de la resistencia formal e informal del trabajo, esta clase de estrategia –la construcción de controles en el entramado del proceso de producción mismo– ha sido cuestionada (Aronowitz, 1978). De cualquier modo, la creciente sofisticación de la gerencia y los burócratas del Estado en la utilización de procedimientos de control técnico es palpable (Edwards, 1979).

Cuando se quita el adiestramiento al trabajo, el conocimiento que solía acompañarlo –que era controlado y utilizado por los trabajadores diariamente en sus empleos– va algún otro lado. La gerencia intenta (con distintos grados de éxito) acumular y controlar este cúmulo de habilidades y conocimientos. Intenta, en otras palabras, separar la concepción de la ejecución. El control del conocimiento permite a la gerencia planificar; el trabajador, idealmente, debería sólo llevar a cabo estos planes con las especificaciones y al ritmo que han determinado quienes no están en el punto mismo de producción.

Pero el desadiestramiento va acompañado de algo más, algo que podría denominarse readiestramiento. Se requieren nuevas técnicas para manejar nuevas máquinas; se crean nuevas ocupaciones mientras continúa la re-división del trabajo. Se necesitan menos trabajadores calificados, y la gran cantidad que se utilizaba previamente es reemplazada por un número menor de técnicos con diferentes habilidades, que supervisan las maquinarias. Este proceso de desadiestramiento y readiestramiento generalmente se halla disperso en el paisaje global de la economía, por lo cual resulta algo difícil describir sus relaciones. No es frecuente verlo funcionar en un nivel de especialidad que los clarifique, ya que, mientras un grupo está siendo desadiestrado, otro grupo frecuentemente separado en el tiempo y el espacio, está siendo readiestrado.

No obstante, una institución particular –la escuela– brinda un microcosmos excepcional para observar esta clase de mecanismos de control en funcionamiento. Dada la naturaleza relativamente autónoma de la enseñanza (uno generalmente puede cerrar la puerta y no ser perturbado), y dada la historia de los modos de control en la institución (estilos paternalistas de administración, a menudo basados, en Estados Unidos, en relaciones de género), la escuela, hasta hace relativamente poco, resistió en parte el control técnico y burocrático, a nivel de la práctica real.

Actualmente, esta “relativa autonomía” parecería resquebrajarse (Dale, 1981), porque así como los modelos y el discurso cotidiano de interacción en la familia y en los medios está siendo transformado –sutilmente y en forma creciente– por la lógica y contradicciones de las ideologías dominantes6, así también la escuela constituye un ámbito en el cual estas sutiles transformaciones ideológicas tienen lugar. Como veremos, estas lógicas de control pueden tener un impacto bastante profundo sobre la vida cotidiana de las escuelas.

El control de la forma curricular

Los mejores ejemplos de invasión de los procedimientos de control técnico, se hallan en el crecimiento excepcionalmente rápido de la utilización de paquetes de material curricular prediseñados. Resulta casi imposible, en la actualidad, entrar a un aula en Estados Unidos, sin ver cajas de ciencias, estudios sociales, matemáticas y material de lectura (“sistemas”, como se los llama a veces) apiladas en los estantes, y en uso7. Un sistema escolar compra un juego completo de material estandarizado, el cual generalmente incluye una definición de objetivos, todo el contenido curricular y material que se necesita, actividades pre-especificadas para el docente con las respuestas apropiadas del alumno, y tests de diagnóstico y rendimiento coordinados con el sistema. Por lo general, estos tests tienen el conocimiento curricular “reducido” a conductas y habilidades “apropiadas”. Este énfasis en las habilidades tomará una mayor significación más adelante en mi exposición.

Voy a dar un ejemplo de los numerosos sets de material que se están estandarizando en las escuelas elementales de Estados Unidos, tomado de uno de los mejores entre los sistemas curriculares más utilizados: el Module One of Science: “A Process Aproach”. La noción de módulo es importante aquí. El material está empaquetado en cajas de cartón de colores atractivos. Se divide en 105 módulos separados, cada uno de los cuales incluye un conjunto de conceptos prefijados a enseñar. El material especifica todos los objetivos. Incluye todo lo que el maestro “necesita” para enseñar, contiene los pasos pedagógicos que el docente debe dar para alcanzar estos objetivos ya fijados, e incluye también los mecanismos de evaluación a utilizar. Pero eso no es todo; no sólo especifica caso todo lo que el docente debería saber, decir y hacer, sino que también presenta a veces las respuestas apropiadas del alumno a todos estos elementos.

Para verlo con más claridad, cito una secuencia tomada del material que muestra el procedimiento de instrucción, las respuestas del alumno y la actividad de evaluación. Se refiere a los colores:

“A medida que los niños lleguen a la escuela, prenda un rectángulo de papel rojo, amarillo o azul en sus camisas o vestidos [...] Comente sobre el color del papel y pida al niño que diga el nombre del color que él o ella lleva prendido [...]

Ponga treinta cuadrados de papel amarillos, rojos y azules en una bolsa grande o en una caja pequeña. Muestre a los niños tres láminas de papel, uno marcado con rojo, otro con amarillo y otro con azul (Ver ‘Materiales’ para sugerencias sobre marcado). Estos colores deben hacer juego con los que están en la bolsa. Pida a los niños que se acerquen, uno pocos por vez, y que cada uno tomo un cuadrado de la bolsa y lo ubique sobre la lámina marcada con el mismo color [Un dibujo de un niño sacando el papel de la caja y poniéndolo sobre la lámina acompaña este material, a fin de que el maestro no se equivoque]. A medida que cada niño toma el cuadrado de color, pídales que digan el nombre del color de ese cuadrado. Si el niño duda, dígaselo usted”8.    

 

Todo, menos la bolsa o caja, está incluido dentro del material curricular –todas las láminas y los papeles de colores–. El costo total por el plan y el papel es de U$S 14.

He señalado que no sólo los elementos pedagógicos y curriculares estaban especificados, sino que también lo estaban todos los otros aspectos que hacen a las actividades del maestro. Es decir, en la “Evaluación” de este módulo, se le indica al maestro lo siguiente:

“Pida a cada uno de seis niños que traiga una caja de crayones y hágalos sentar juntos [...] Pida a cada niño que señale su crayón rojo cuando usted diga la palabra ‘rojo’. Repita esto para cada uno de los seis colores. Pida a cada niño que busque una prenda de vestir de otro niño que haga juego con un crayón [...] Antes de que cada grupo de niños deje la actividad, pida a cada niño individualmente que nombre y señale al crayón rojo, azul y amarillo”9.

Aun con este nivel de guía, es “esencial” saber si cada niño ha alcanzado el nivel de habilidad apropiado. Así, como elemento final, el material incluye mediciones de aptitud. Es aquí donde las especificaciones alcanzan su punto más preciso, suministrando al docente las palabras exactas que debe usar:

Actividad I: muéstrele al niño un cubo amarillo y pregúntele: “¿De qué color es este cubo?”.

Se procede de este modo con cada color. Más tarde, luego de ordenar los cubos de color naranja, verde y morado frente al niño, el material continúa indicando:

Actividad IV: Diga “Pon tu dedo sobre el cubo de color naranja”.

Actividad V: Diga “Pon tu dedo sobre el cubo de color verde”.

Actividad VI: Diga “Pon tu dedo sobre el cubo de color morado”.

Aquí me he extendido para dar una idea de hasta qué punto el control técnico se ha introducido en la vida de la escuela. Poco de lo que podría denominarse –metafóricamente hablando– el “proceso productivo”, queda librado a la suerte. En muchos aspectos, esto podría ser considerado una ilustración del desadiestramiento.

Mi propósito no es oponerme al contenido curricular o pedagógico específico de este tipo de material, aunque su análisis por cierto sería interesante10. Más bien, lo que deseo es que nos concentremos en la forma misma. ¿Cuáles son sus consecuencias? Los objetivos, el proceso, el resultado y los criterios de evaluación, son definidos de la manera más precisa posible por gente ajena a la situación. En la medición de aptitudes, al final del módulo, esto se extiende a la determinación incluso de las palabras exactas que el maestro debe usar.

El proceso de desadiestramiento también está funcionando aquí. Habilidades que el maestro solía necesitar, que eran consideradas esenciales para el oficio de trabajar con niños –tales como la discusión y el planeamiento del vitae, el diseño de la enseñanza y estrategias curriculares para individuos y grupos específicos, basados en un conocimiento profundo de estas personas– ya no son tan necesarias. Con la gran afluencia de material prediseñado, el planeamiento se ha separado de la ejecución.

El planeamiento implica la producción de reglas para el uso del material, y el material mismo. La ejecución es llevada a cabo por el docente. A lo largo del proceso, lo que era considerado como un conjunto de habilidades valiosas se atrofia lentamente, porque éstas son cada vez menos requeridas11.

Sin embargo, y como consecuencia, también están siendo “readiestrados”. Podemos percibir indicios de esto en instituciones de capacitación de profesores, en talleres y cursos en el lugar de trabajo, en revistas para docentes, no así en los materiales curriculares mismos. Mientras el desadiestramiento implica la pérdida de habilidades, la progresiva atrofia de destrezas educacionales, el readiestramiento implica su sustitución por las habilidades y visiones ideológicas del empresariado. El incremento de técnicas de modificación de conductas y estrategias para la conducción en el aula, y su incorporación al material curricular y al repertorio del docente manifiestan este tipo de alteraciones. En la medida en que los maestros pierden el control de las habilidades pedagógicas y curriculares para transferirlas a las grandes editoriales, estas habilidades son reemplazadas por técnicas para un mejor control de los alumnos.

Las consecuencias de esto son significativas tanto para los profesores como para los alumnos. Dado que el material a menudo es organizado en torno a procedimientos y resultados específicos, y éstos están incorporados dentro de este mismo tipo de material (con su gran cantidad de hojas de trabajo y sus frecuentes tests), se los puede “individualizar” de muchas maneras. Los alumnos pueden participar ellos mismos con poca interacción abierta por parte del docente o entre ellos, a medida que se van acostumbrando a los procedimientos –los cuales, por lo general, están altamente estandarizados.

El progreso de los alumnos a través del sistema puede ser individualizado, al menos en base a la velocidad; y este acento en la individualización de la velocidad (generalmente a través de hojas de trabajo y otras cosas similares) en la que en alumno avanza en el sistema, se está haciendo aún más pronunciado en los sistemas curriculares más nuevos. Como el control es técnico –es decir, las estrategias empresarias son incorporadas dentro de la maquinaria pedagógica, curricular y de evaluación– el docente se transforma en una especie de gerente. Esto ocurre al mismo tiempo que las condiciones objetivas de su trabajo se están volviendo cada vez más “proletarizadas” debido a la lógica de control técnico de la forma curricular.

Como nos recuerda la bibliografía sobre el proceso laboral, la progresiva división y control del trabajo también influye, a nivel de las relaciones sociales, en el modo en que la gente involucrada interactúa. Tanto como en los lugares de trabajo, su incidencia puede tener resultados contradictorios en la escuela. Con la creciente utilización de sistemas curriculares prediseñados como forma curricular básica, no se requiere virtualmente de ninguna interacción entre los docentes. Si casi todo está racionalizado y especificado antes de su ejecución, el contacto entre profesores en lo referente a asuntos curriculares se minimiza12.

Si tal control técnico es efectivo, es decir, si los docentes responden aceptando la separación entre planeamiento y ejecución, entonces uno podría esperar resultados que vayan más allá de esta “mera” separación. Se podría esperar, en el nivel de la práctica de aula, que debido a su creciente aislamiento va a ser más difícil para los docentes incrementar en forma conjunta su control informal sobre las decisiones curriculares. Si todo está predeterminado, ya no existe una necesidad apremiante de interacción entre docentes, y éstos se convierten en individualidades desvinculadas, divorciadas de sus colegas y de su trabajo real.

No obstante –y esto es en parte lo que quiero decir con efecto contradictorio– si bien esto puede constituir un juicio acertado acerca de uno de los resultados del control técnico sobre un nivel, omite considerar que la mayor parte de los sistemas de control conllevan contradicciones en sí mismos. Por ejemplo, mientras el desadiestramiento, las formas de control técnico y la racionalización del trabajo han creado individuos aislados en oficinas y fábricas, históricamente con frecuencia han generado también presiones contradictorias. La utilización del control técnico, en sus comienzos, a menudo ha traído aparejada la agremiación (Gitlin, 1980: 181).

Aun con la ideología del profesionalismo que tiende a dominar ciertos sectores de las fuerzas docentes (ideología que puede dificultar el desarrollo de las luchas colectivas), otros empleados públicos, que en el pasado se han percibido a sí mismo como profesionales, han logrado una mayor conciencia colectiva en respuesta a formas de control similares. De este modo, la pérdida de control y conocimiento en un campo puede generar tendencias contrarrestantes en otro.

NOTAS   

1. The Ryerson Plan: A Teacher Work Learn Program. Chicago, Joseph Ryerson and Son, Inc., sin fecha. Quisiera agradecer a Linda Mc Neil por llamar mi atención hacia este material.

2. Con esto no pretendo negar la importancia del análisis de documentos oficiales, especialmente aquellos producidos por el Estado. Como muestra excelente del poder del análisis del discurso, por ejemplo para descifrar lo que estos documentos significan y hacen, ver James Donald, 1979.

3. Para una discusión más amplia de esto, ver Michael Apple, 1982. Un análisis más amplio de la relación entre la educación, el Estado y la dinámica de clases se puede encontrar en Roger Dale, 1981 y Martin Carnoy, 1981.

4. Ver también Harry Braverman, 1974 y Michael Burawoy, 1979.

5. Sobre la resistencia en el lugar de trabajo, ver Apple, 1982, especialmente el capítulo 3.

6. Ver Todd Gitlin, 1981 y 1979. El trabajo de Philip Wexler sobre “la transformación en mercancía” de las relaciones sociales íntimas resulta importante aquí. Ver especialmente su Critical Social Psychology (Boston, Routlege and Kegan Paul, en prensa).

7. Este no constituye sólo un fenómeno norteamericano. Las subsidiarias extranjeras y las compañías que publican estos materiales (y otros similares) están traduciendo y comercializando sus productos en el tercer mundo y otros lugares. En muchos aspectos se similar al imperialismo cultural de Walt Disney Productions. Ver, por ejemplo, Ariel Dorfman y Armand Mattelart, 1975.

8. Science... A Process Approach II. Instructional booklet: Module One. Lexington, Ginn and Co., 1974, pp. 3-4.

9. Ibid, pág. 7.

10. Ver, por ejemplo, mi análisis de la curricula en ciencia: Apple, 1979.

11. Sin embargo, no es mi intención romantizar el pasado. Antes, muchos maestros –sin lugar a dudas– simplemente seguían los libros de texto. No obstante, el nivel de especificidad, y la integración en un solo sistema de los aspectos curriculares, pedagógicos y evaluativos de la vida en el aula (y la disminución del énfasis en la competencia y en las conductas) es muy diferente. El uso del sistema trae aparejado un control técnico mucho mayor en todos los aspectos de la enseñanza que la curricula anterior atada a un texto. Obviamente, algunos maestros no seguirán las reglas del sistema. Sin embargo, dado el nivel de integración, será mucho más difícil ignorarlo, ya que muchos de tales sistemas constituyen el principal o único programa de toda la escuela o distrito. De esta manera, se hace difícil ignorarlo, ya sea por responsabilidad por el nivel del siguiente grado, o por fidelidad hacia los administradores.

12. Tal vez esto se asemeja a lo ocurrido en los primeros molinos de Nueva Inglaterra, cuando los procesos de producción estandarizada redujeron drásticamente el contacto entre los trabajadores. Ver Edwards, 1979: 114. Sin embargo, un reciente estudio de Andrew Gitlin destaca que en algunos casos la interacción aumenta, pero siempre sobre la base de las cuestiones técnicas exigidas por el material. Así, las temáticas referidas a la eficiencia organizacional tienen prioridad sobre otras consideraciones debido a la fuerza de la forma curricular misma. Ver Andrew Gitlin, 1980.

 

 
 

 

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