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EL HISTORIADOR DEL DERECHO ANTE EL ESTUDIO DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS Manuel
FERRER MUÑOZ
SUMARIO:
I. El historiador y el jurista frente al indígena. II. Un modo de concebir
“lo indio”. III. La contaminación de las fuentes. IV. Consideraciones
finales. I.
EL HISTORIADOR Y EL JURISTA FRENTE AL INDÍGENA
1.
Historiar, un ejercicio peligroso. Hace
ya más de tres décadas que un ilustre historiador advirtió acerca de la
dificultad que para el estudioso de la disciplina entraña el acercamiento al
mundo indígena americano, abordado antes y después de la independencia de España
de un modo externo, desde una mentalidad occidental, que sólo con gran esfuerzo
logra dejar de considerar aquellas comunidades como elementos marginales o extraños.1
Y eso cuando no se contempla al indio —en brutal expresión de Francisco
Bulnes— como “una máquina de carne para morir o matar por cualquiera causa
o sin causa”, dotado de razón inferior e incapaz de competir con las dignas
ideas de los hombres blancos; como carne de cañón en tiempos de guerra, según
denunciara Agustín Aragón, o como una “raza a la que hemos sacrificado en
los campos de batalla”.2 Ése
ha sido, de hecho, el enfoque que ha predominado entre los historiadores del
siglo pasado y entre muchos de la actual centuria, que de modo casi invariable
han contemplado a las etnias indígenas exclusivamente en sus relaciones con los
Estados que las cobijan: “la acción gubernamental y administrativa tropezará
acá o allá con los grupos indígenas y estos tropiezos serán las únicas
cosas referentes a los indios que reseñen las historias nacionales de los países
que tienen en su seno densos contingentes cobrizos”.3 El
gusto decimonónico por los binomios antitéticos que, en otros terrenos,
conduciría a polémicas inacabables entre los defensores de la fe y los de la
razón, los metafísicos y los positivistas, se deleitó en la contraposición
entre civilización y barbarie. Si hubo quienes, como Domingo Faustino
Sarmiento, refirieron esa pugna a la pelea empeñada entre dos sociedades —la
ciudad y el campo—, imbuida una de los valores europeos y caracterizada la
otra por una espontaneidad americana, “la una, española, europea, culta, y la
otra, bárbara, americana, casi indígena”,4
no fueron pocos los que apuraron la antítesis e identificaron sin más lo bárbaro
con lo indígena. Con
demasiada frecuencia se ha hablado de “los indígenas” para negarla
identidad y la conciencia histórica de los pueblos americanos, cuyos
integrantes son metamorfoseados en la mente de no pocos intelectuales desde la
condición de seres humanos a la de “indígenas”, hasta el punto de
justificarse la tremenda aserción de Sartre, que aseguraba que el resultado de
la colonización no había sido “ni hombre ni bestia, es el indígena” .5 Luis
Villoro analizó cuidadosamente la posición de “lo indígena”como
cosa-objeto de conocimiento que viene determinada desde la perspectiva del
estudioso. En un brillante alegato contra el orgullo de la razón universal, y
contra su vanidosa aspiración a un conocimiento que disipe regiones veladas de
la realidad, Villoro criticó la postura del historiador formado en la tradición
positivista —el objetivismo científico, del que Orozco y Berra fue tal vez el
más cualificado representante—, empeñado en hacer desaparecer la dualidad
entre el “pueblo -ante- sí” y el “pueblo ante la historia” : ya
no hay ningún fondo opaco a la mirada de la razón. Lo indígena es
exclusivamente lo que ésta es capaz de revelar. En un puro ser determinado por
lo universal agótase su realidad. Queda el indio entregado al juicio lejano. Su
trascendencia se resuelve en hecho puro, perfectamente clasificable; sus
intenciones, en categorías universalizables: es llana facticidad. Lo indígena
sólo existe en tanto objeto de un sujeto impersonal; su ser coincide con lo que
éste determina en él, es puro “exterior” , pura superficie sin profundidad
y sin revés.6 Arrastradas
por tales prejuicios, no faltaron plumas que se atrevieron a prejuzgar los
sentimientos de los indígenas ante hechos como el de la Conquista y posterior
sujeción a la Corona de Castilla. Fue el caso de Víctor J. Martínez, autor de
la siguiente interpretación del pensamiento del indio frente a esos sucesos:
“verdaderamente olvidó por cerca de trescientos años, corridos desde 1521 á
1810, las rencillas, el encono y los odios consiguientes al hecho de la
conquista”.7 Lamentablemente,
también las gentes que han seguido por vía generacional a las que poblaban América
antes de la llegada de los españoles tienden a ver a sus conquistadores de un
modo distorsionado. Júzguese, sino, la imprecisión del término si ma ruku
nee (la gente de atrás de las aguas), empleado por los triquis para
referirse a los españoles,8 o de la designación de yoris
para los no indígenas usada por los mayos y yaquis. Las
deformaciones que se han venido señalando corroboran el alto riesgo y el
inevitable grado de ambigüedad que comporta el “pensar sobre los otros”:
una tarea que, de otra parte, resulta insoslayable para el historiador, el
jurista o el antropólogo que tratan “de ver el mundo con los ojos de los
otros”, sin disponer de la certeza de que los actores sociales involucrados se
sientan cabalmente identificados con los puntos de vista del estudioso.9
En último término, prevalece la barrera del extrañamiento de quienes, como
vecinos, tratamos de adentrarnos en terrenos ajenos: “podemos vislumbrar,
percibir su cultura, imaginarnos su universo, pero siempre existirá una
dificultad para llegar al fondo de sus sentimientos: nuestra pertenencia a otro
mundo” .10 El
caso de los mayas de Yucatán es un excelente paradigma de las limitaciones y de
los escollos acerca de los cuales he avanzado las anteriores advertencias. Como
ha reconocido Bracamonte y Sosa, conocido especialista en historia social e indígena
de Yucatán, a pesar de las numerosas investigaciones que se han llevado a cabo
sobre aquella etnia, “falta mucho para lograr una historia indígena que
ofrezca una visión integral de las comunidades, de las repúblicas de indígenas
y de la sociedad maya en general, afrontando, al mismo tiempo, los cambios
impuestos desde el exterior y su propia dinámica” .11 Si
esto puede decirse de una etnia y de un espacio geográfico que tradicionalmente
han atraído el interés de historia-dores y de antropólogos, ¿qué cabría
comentar acerca de tantos otros pueblos que han dejado detrás de sí vestigios
discontinuos, parcialmente borrados por el polvo del tiempo y de la
indiferencia? A pesar de esos impedimentos, no se impone la acometida de una
tarea utópica, pues los grupos étnicos generan a lo largo de su trayectoria
histórica y de las relaciones de unos con otros una serie de huellas que pueden
permitir al científico social la aprehensión de un ser en sí en situación,
es decir, de unas peculiaridades de origen afectadas intrínsecamente por el
espacio y el tiempo. Ante
la dificultad para captar “lo indígena” , algunos historiadores —casos de
Borah, Piel y Taylor— quisieron sortear el obstáculo y renunciaron a la vieja
terminología pseudorracial, sustituyendo la voz “indio” por la de
“campesino”, que responde a una descripción socioeconómica.12
Sin embargo, como advirtió Brian Hamnett, se derivan de ahí nuevos
inconvenientes: no sólo como consecuencia de la compleja estratificación
social que se registra dentro de la casta “india”, sino también porque el
abandono del término tradicional implica la pérdida de las especificidades jurídicas
de los indios en el antiguo sistema judicial, y por lo inadecuado de englobar en
la misma voz de “campesino” a europeos y americanos, afectados estos últimos
por peculiaridades coloniales y étnicas que no pueden dejar de ser atendidas.13 Si
bien pueda admitirse que, de hecho, la categoría de “campesino” integraba a
la mayor parte de la población aborigen del país, el campesinado indígena
poseía una especificidad propia y una racionalidad económica peculiar,
impresas no sólo por sus historias y sus lenguas particulares, sino también
por sus pautas culturales y sus sistemas organizativos y adscriptivos, que no
eran compartidos por los campesinos no indígenas y que daban lugar a la
formulación de demandas peculiares.14 Es
muy cierta la afirmación de T. G. Powell de que el factor decisivo para la
definición de “lo indio” no fue nunca el étnico; y también es verdad
—lo acabo de decir— que la gran mayoría de la población indígena residía
en el campo. Pero, como sostiene el mismo autor, la adscripción a la categoría
de indio era, fundamentalmente, de naturaleza cultural, no socioeconómica.15 Eric
Van Young analizó la cuestión, en busca de respuestas al interrogante sobre la
naturaleza del componente popular de la rebelión que encabezó Hidalgo en 1810,
y reconoció la dificultad para discriminar si se trató de un movimiento indio
o campesino. A pesar de ello se atrevió a proponer que, en el caso de muchos de
los participantes en los conflictos armados de la insurgencia, las categorías
de indio y campesino se superponían de un modo significativo; y aludió al
proceso de desculturización de los indígenas, paralelo a la proletarización a
que se vieron sujetos desde el siglo XVIII.16 Diferencias
aparte, hay quien —como Jaime E. Rodríguez O.— insiste en destacar los
parecidos entre las sociedades rurales de Europa y de la Nueva España, por más
que sean apreciables obvias discrepancias: “aunque los pueblos corporativos de
indios en el México colonial representaban un grupo grande y singular, con sus
propios intereses, pueden ser comparados, aunque no sin salvedades, con los
pueblos campesinos de Francia”.17 Estas ideas aparecen
completadas en una obra más reciente del mismo autor: hay
que hacer notar, como lo he indicado en varias ocasiones, que encuentro poca
diferencia entre los indios americanos y los campesinos españoles de finales
del siglo XVIII y principios del XIX. Ambos grupos llevaban una vida rural
relativamente primitiva, por lo general eran miembros de pueblos
“corporativos” , practicaban a menudo formas sincréticas de cristianismo18
y era frecuente que no hablaran castellano. Tal parece que la diferencia
principal era el color de la piel.19 Aunque
me hago perfectamente cargo de lo que Rodríguez O. quiere expresar, se me
antoja en exceso forzada la comparación: si la referencia a las prácticas lingüísticas
ajenas al castellano exige notables restricciones geográficas para el ámbito
del Estado español, la mención de un sincretismo religioso20
análogo en una y otra orilla del Atlántico no puede admitirse desde ningún
punto de vista. Aguirre Beltrán reveló hace ya tiempo la incapacidad del
“occidentalismo de izquierda” para analizar satisfactoriamente el problema
de las culturas plurales, precisamente por el énfasis exclusivo o casi
exclusivo que pone en las condiciones económicas a fin de explicar la posición
subordinada de los indígenas, que equipara a la de los campesinos sometidos a
un régimen de explotación feudal o colonial.21 El
pensamiento de Aguirre encuentra su explicación en otro texto del mismo autor:
“las poblaciones indígenas no son propiamente poblaciones campesinas
subdesarrolladas, son, en lo esencial, grupos étnicos de cultura diferente que
tienen una gran cohesión interna y que presentan una gran resistencia a la
integración”.22 El
reverso de la medalla viene proporcionado por las posiciones intelectuales de
Ricardo Pozas y de Isabel H. de Pozas que, desde un marco teórico inscrito en
un análisis metodológico materialista, han criticado a los antropólogos
culturalistas y han propugnado una caracterización de lo indio en clave
netamente marxista: “lo esencial del indio radica en las relaciones de
explotación de que es objeto, a pesar de que en ocasiones parezca manifestar
características distintas. Su existencia está condicionada por la de su
explotador, el capitalista tradicional, y el objetivo del estudio consiste en
captar lo esencial de la relación que los une”.23 Con
el respeto que merecen tan distinguidos investigadores, no puedo dejar de
objetar las limitaciones archicomprobadas de la metodología marxista para un
acercamiento a los fenómenos históricos, irreductibles a la simplicidad de los
esquemas de una escuela de pensamiento que, pese al prestigio de que se adornó
durante décadas, hoy día se me antoja caduca y superada, en nombre
precisamente de las razones que se han expuesto en los párrafos anteriores. Ni
siquiera el ingenioso recurso a la infraestructura de que echan mano Pozas y H.
de Pozas24 logra romper la inveterada tendencia marxista a las
contradicciones de tipo dual.25 Leticia
Reina ha rechazado la convencional visión esquemática y abstracta de la
estructura de clases, y ha sabido captar la complejidad de las alianzas que se
trenzaron con ocasión de las múltiples crisis que convulsionaron el campo
mexicano a lo largo del siglo XIX. Y, atenta a las enseñanzas de Roland
Mousnier, descubrió la presencia de gentes de todos los estratos sociales en
los bandos que una y otra vez se formaban alrededor de un programa
gubernamental, de un “plan” o de un “grito” que se proponía echar por
tierra al gobierno de turno. Además, muchos movimientos nacidos en el espacio
rural desbordaron después ese ámbito y generaron exigencias muy variadas que,
en algunos casos, condujeron a la formación de nuevos estados dentro de la
Federación.26 Aunque
Reina interpretó las revueltas indígenas como exclusiva consecuencia de la
dominación que se ejercía sobre las comunidades y no en función de sus
peculiaridades étnicas, sí acertó a clarificar el preciso significado de una
expresión tan poco feliz como la de “guerra de castas” :un modo de hablar
tan generalizado entre los contemporáneos de los conflictos designados con esa
denominación, que resulta hoy imposible obviar su uso. Ciertamente, como observó
Reina, el apelativo enmascara el contenido de la lucha, puesto que los grupos
indígenas no revestían aquella organización, ni puede considerarse como
formada por castas la sociedad en que vivían inmersos. Además, estas
rebeliones tampoco representaban la lucha entre clases estrictamente antagónicas,
ya que el grupo indígena participaba en su conjunto con todos los sectores de
clase y las diferencias sociales que tenían en el interior de la comunidad. Es
decir que participaban desde el cacique hasta el indígena sin tierra. Por
tanto, los movimientos indígenas contra la sociedad dominante eran rebeliones
que luchaban fundamentalmente por su autonomía comunal y que se expresaban como
guerras entre dos sociedades distintas, pero siempre expresando claramente las
contradicciones políticas.27 De
modo semejante, Enrique Florescano ha detectado la manipulación de esos términos,
convertidos en voz común para nombrar cualquier conflicto que tuviera a los indígenas
como actores, independientemente del contenido de sus reivindicaciones y de que
el movimiento en cuestión tuviera o no visos de una guerra étnica.28 Ya
habían sido percibidos algunos de esos matices por un articulista de El
Universal que, al reflexionar sobre la naturaleza de la guerra de los mayas
que comenzó en 1847-1848, descartó que pudiera hablarse propiamente de un
enfrentamiento de castas o de razas: la pérdida de sus tierras y la opresión
de los hacendados habían sido, más bien, las causas de la sublevación de los
indígenas yucatecos.29 Tal
vez quepa atribuir a Manuel Gamio, aventajado discípulo de la Escuela
Internacional de Etnología de México y uno de los padres de la moderna
antropología en nuestro país, el mérito de haber introducido los enfoques
multidisciplinares en los análisis del mundo indígena: su investigación sobre
La población del Valle de Teotihuacán (1922) representó un hito
importantísimo, que compite en trascendencia con la celebración en Pátzcuaro
del Primer Congreso Indigenista Interamericano (1940), que marcaría el comienzo
del Instituto Indigenista Interamericano, formalmente constituido el 25 de marzo
de 1942, y del Instituto Nacional Indigenista, establecido en México en 1948
bajo la dirección de Alfonso Caso.30 La
aparición de un indigenismo oficial, nacido y fomentado desde esas instancias,
reavivó más tarde la polémica sobre la política desarrollista, negadora de
la pluralidad étnica y orientada a la integración del indígena en la vida
nacional y en los espacios civilizados, a través de la mejora de su situación
económica.31 2.
Las zozobras del jurista Naturalmente,
también la perspectiva sincrónica aparece erizada de dificultades para el
jurista, que debe hacer frente a un cúmulo de dificultades cuando analiza la
cuestión de los derechos colectivos de los pueblos indios. En efecto, “llamar
a las poblaciones indígenas viviendo en un Estado plenamente constituido como
‘pueblos’ no sólo traería problemas normativos sino heriría
susceptibilidades soberanas del Estado... De tal suerte que llamar ‘pueblos’
a las poblaciones indígenas de ese Estado sólo puede tomarse en cuenta desde
un punto de vista sociológico pero no jurídico” .32 Del
mismo modo, son patentes las dificultades con que han tropezado los juristas
para alcanzar un consenso sobre la correcta definición del término “indígena”
en el derecho internacional. Como no podía ser menos, los ejes de una discusión
de tal naturaleza han girado en torno a los factores diferenciales de lo indígena
de que nos ocuparemos en la parte II. Nada
tiene, pues, de extraño que en esa búsqueda de lo que debe ser entendido como
indígena se haya invocado una y otra vez la continuidad histórica: señal
clara de que las categorías acuñadas por el derecho no pueden ignorar las
circunstancias del tiempo histórico ni, por consiguiente, las posiciones
adoptadas por los historiadores y los antropólogos que han dedicado sus
esfuerzos al estudio de las comunidades indígenas. También
sería oportuno subrayar el hecho de que hasta fechas muy recientes ha
prevalecido una orientación asimilacionista, poco respetuosa en el fondo con
las especificidades de los pueblos indígenas que, si no son discriminados, sí
son invitados a integrarse en unos modos sociales que, se supone, son más
civilizados y acordes con la modernidad. Una y otra vez reaparece un respeto
casi idolátrico a los intereses del Estado nacional a los que, al parecer, han
de plegarse cualesquiera otras consideraciones sobre las poblaciones autóctonas
no identificadas con la sociedad que prevalece en la región. En
ese contexto adquiere toda su lógica la tremenda afirmación de David Chacón:
“hoy, la nacionalidad es un acto formal en el que el Estado determina la
característica del individuo, con independencia absoluta de la identidad
racial, lingüística o cultural” .33 Basta
adentrarse míinimamente en las escalas de valores arraigadas en los países más
desarrollados para percatarse de la insensibilidad generalizada hacia lo que se
percibe como “otro”, amenazado de extinción por ese mero hecho.34
Por eso, la promoción de los derechos humanos tropieza con obstáculos de
notable magnitud en el caso de poblaciones indígenas a las que se ha
“acomodado” en el seno de los modernos Estados nacionales. II. UN MODO DE CONCEBIR “LO
INDIO” Parto
de una doble premisa que ya expresó Alfonso Caso: por un lado, la dificultad
que comporta cualquier intento de definición, al enfrentarnos a conceptos que
por derivarse de la experiencia son cambiantes por naturaleza y no se encuentran
en estado puro; y, de otra parte, que el objeto de mi indagación es
fundamentalmente la comunidad indígena, y no el indio en cuanto individuo.35 Hablar
de comunidades indígenas requiere introducir algunas matizaciones para que no
seamos inducidos a ver en ellas sistemas amplios o complejos, integradores de
tribus diversas: las comunidades indígenas no pasan de ser conglomerados
dispersos que sólo ocasionalmente se hallan aglutinados, y que determinan pequeñas
unidades de ámbito muy limitado que, si acaso, incluyen unas pocas localidades.36
Poseen esas comunidades una estrecha trabazón de lazos internos, que constituye
la garantía de su propia pervivencia, y unas raíces que se remontan a los
tiempos anteriores a la conquista.37 A
la hora de delimitar un grupo étnico, los antropólogos —a quienes por fuerza
he de seguir de cerca en los párrafos que siguen— suelen incidir en varias
facetas complementarias. De un lado, el componente lingüístico, que toma en
consideración al conjunto de hablantes de un idioma, incluyendo sus variantes
dialectales.38 De otra parte —y sólo de modo
complementario—,39 lo organizacional y lo psicológico que,
al operar sobre el anterior elemento y sobre una base cultural (tercero e
importantísimo factor), puede contribuir a una multiplicación de los grupos étnico-lingüísticos,
en la medida en que define el grupo en términos de auto adscripción y de
adscripción por otros.40 Barabas y Bartolomé ejemplifican
esta hipótesis con los tacuates, que son hablantes de una variante del idioma
mixteco y que, sin embargo, se hallan diferenciados de los mixtecos en lo
organizacional y lo cultural.41 Y Luis González observó que,
en ciertas ocasiones, un grupo lingüístico abarca varias unidades étnicas; en
tanto que, otras veces, pueblos de lenguas diversas poseen notables semejanzas
en sus rasgos étnicos.42 En
consonancia con las anteriores premisas, Barabas y Bartolomé previenen acerca
del peligro de una definición lingüística de lo étnico, pues ocurre con
frecuencia que individuos o comunidades que han perdido el idioma mantienen
patrones socioorganizativos característicos de otra etnia por el simple hecho
de vivir en el seno de una comunidad donde otra lengua es mayoritaria, y
desarrollan mecanismos de identidad residencial (delimitada por el espacio de
interacción comunal) o ecológica (marcada por la relación con el medio).43
Por decirlo con otras palabras, puede suceder que, desaparecida la lengua, las
representaciones ideológicas se configuren exclusivamente como una identidad
comunitaria, donde se confunden las pautas culturales y organizacionales.44 Alfonso
Caso alertó ante la misma amenaza y advirtió que, a pesar de su importancia,
el criterio lingüístico “no nos sirve para calificar como no Indios a
los realmente bilingües o que sólo hablan el español, pues serán indios si
por los otros rasgos de su cultura, por sus elementos somáticos y, sobre todo,
por su conciencia de grupo, así se manifiestan” .45 El
punto de vista que pone el mayor énfasis en lo lingüístico aparece recogido
por Pozas y H. de Pozas: “cuando una persona, grupo o conglomerado indio ha
dejado de hablar su lengua materna, se dice que ha dejado de ser indio. De
acuerdo con este criterio, los indios, desde el punto de vista censal, se
consideran monolingües si sólo hablan su lengua materna y bilingües si además
de ésta hablan el español; pero cuando sólo hablan español ya no se les
considera como indios”.46 Por
lo demás, de ese recurso al español hablado —exigido por muchas actividades
de naturaleza económica— no puede deducirse legítimamente un verdadero
bilingüismo. A eso apuntaban unas muy inteligentes palabras que pronunció el
diputado mexicano Ignacio Ramírez ante el Congreso, el 7 de julio de 1856,
cuando quería mostrar a los demás legisladores la impenetrabilidad de las
razas indígenas: “encerrado en su choza y en su idioma el indígena no
comunica con los de otras tribus ni con la raza mixta, sino por medio de la
lengua castellana. Y, en esta, ¿á qué se reducen sus conocimientos? A las fórmulas
estériles para el pensamiento de un mezquino trato mercantil, y á las odiosas
expresiones que se cruzan entre los magnates y su servidumbre” .47 En
otros casos, la percepción de diferencias, condicionadora de la auto adscripción
y de la adscripción por otros, procede de una pluralidad de factores entre
muchos posibles, de los que cabría mencionar la trayectoria histórica, las
costumbres y tradiciones, y la filiación mítica reivindicadas como propias. En
lo referente a los fenotipos raciales, se ha de advertir que no constituyen
indicadores válidos de la pertenencia cultural, porque los procesos de
descaracterización étnica (aculturación) los tornan irrelevantes en términos
de auto adscripción, y porque la amplitud del mestizaje ocurrido entre
poblaciones muy diversas disminuye la importancia de los exponentes biológicos.48
Pero tampoco pueden ser dejados de lado paladinamente: si así se procediera, se
privaría de identidad a la población negra que se concentra en unas cuantas áreas
del territorio mexicano. En efecto, “una aproximación etnográfica
tradicionalista (o arcaica), orientada hacia la determinación de presencias o
ausencias de rasgos culturales distintivos, no encontraría demasiados elementos
adjudicables a una hipotética ’cultura negra’”,49
aunque sí son constatables rasgos organizativos y sociales “que fundamentan
su naturaleza de comunidad confrontada con las circundantes” .50 Los
factores configuradores de la conciencia de grupo étnico se perfilan como
modalidades constitutivas que, sin embargo, no adquieren carácter
necesariamente definitorio y resultan difíciles de aprehender intelectualmente.
Sólo se tornan visibles cuando expresan las lealtades fundamentales de sus
portadores, es decir, cuando se manifiestan como una identidad en acción capaz
de superar los localismos, las fragmentaciones e incluso las incompatibilidades
idiomáticas.51 A
los mecanismos y factores hasta aquí enunciados se contraponen otros, que
operan en favor de la absorción y de la mimetización con el contexto
dominante: de un lado, las presiones aculturativas y, por otra parte, la migración
impuesta a aquellos pueblos que habitan regiones de elevada expulsión laboral. III. LA CONTAMINACIÓN DE LAS
FUENTES En
el curso de un trabajo más amplio, que se halla en avanzado estado de proceso,
he tratado de contemplar la realidad indígena desde la perspectiva de la mirada
que sobre ella extendieron algunos historiadores, juristas e intelectuales
mexicanos del siglo XIX: no sólo los contemporáneos de la independencia, sino
también los que elaboraron su obra en fechas más tardías. Esa vertiente
historiográfica se ha complementado con abundantes referencias a los conflictos
sociales que tuvieron a los indios como actores. Por eso, no se trata de un
estudio que pudiera caracterizarse en exclusiva como de historia intelectual,
sino de un trabajo que ha procurado simultanear esas reflexiones con una atenta
observación delos problemas específicos que afectaron a las etnias indígenas
después de que México hubiera emprendido un rumbo nacional propio. Me
parece que la tarea que se ha llevado a cabo constituye una aportación útil,
que se sitúa en línea con la labor emprendida con anterioridad por otros
investigadores, estudiosos del enfoque con que los diversos sectores de la opinión
ilustrada de México observaron las realidades indígenas. Pensemos, por
ejemplo, en el Espejo de discordias de Andrés Lira,52
donde, al atender al cuadro que de la sociedad mexicana trazaron Zavala, Mora y
Alamán, se recogen valiosas anotaciones sobre el acercamiento de esos autores
al mundo indígena; o en el catálogo de noticias que, con el título El
indio en la prensa nacional mexicana del siglo XIX, publicó en 1987 el
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social. Esa
pretensión apunta a delinear una panorámica muy amplia y a la apertura de una
diversidad de vías de estudio y de acercamiento a lo indígena, diseñadas a
partir de un estudio detallado de la obra escrita de los autores más
significados por la trascendencia de las opiniones que acerca de los indios
expresaron en sus obras históricas, jurídicas o literarias. Con mucha
frecuencia hube de ceder la palabra a esas personas, sin renunciar—por
supuesto— a un juicio crítico y previniendo siempre el riesgo de convertir
aquellas páginas en un catálogo o un vademécum. Inevitablemente,
el cuadro que nació de la utilización de las fuentes que se han enunciado
refleja el modo en que las realidades indígenas fueron contempladas desde
fuera. Queda para otros estudiosos un análisis complementario, de
extraordinario interés, que habría de permitir reconstruir el modo en que los
indígenas observaron el Estado criollo-mestizo que aspiró a instalarse en el
viejo solar novohispano. A ellos habría que recordar las prevenciones que
formuló Leticia Reina acerca de los problemas planteados por la difícil
selección del material documental.53 Al
propósito enunciado en los párrafos anteriores ha de añadirse el ya aludido
enfoque adicional, que busca arraigar esos puntos de vista en el contexto histórico,
y concretar así la naturaleza social y política del permanente conflicto entre
el Estado mexicano y las etnias indígenas. Brota
de ahí una dificultad añadida, que deriva de la obligada parcialidad en la
selección de hechos considerados reveladores de la conflictividad indígena
que, en realidad —como ha mostrado Romana Falcón—,representan tan sólo la
punta del iceberg. Ciertamente, hubo innumerables gestos de rechazo del orden
establecido, de carácter menos estentóreo —incumplimiento de normas sociales
y de trabajo, lentitud en las labores, provocaciones, robos de pequeña cuantía...—,
que casi no dejaron huella documental. Y, sin embargo, como escribió la misma
autora, “estas formas ubicuas y soterradas de ir paliando los rigores del
dominio constituyen el trasfondo obligado” para cualquier investigación que
se precie de sincera.54 Soy
consciente del riesgo que comporta la heterogeneidad de perspectivas con que he
tratado de asomarme al mundo indígena en el curso de la mencionada investigación,
y reconozco la inevitable dependencia de unos pocos documentos, por muchos que
hayan podido ser consultados: sólo en lo referente a las fuentes jurídicas he
procurado una cierta exhaustividad, al menos en lo que se refiere a legislación
federal. Pero confío en que el esfuerzo desplegado valga la pena, y pueda
orientar a otros historiadores del derecho y a especialistas de otras
disciplinas sociales que deseen adentrarse en el estudio de las realidades indígenas,
tan necesario para buscar solución a los retos que se plantean en este final de
milenio. IV. CONSIDERACIONES FINALES Restaría,
en fin, una reflexión que no puede ser omitida bajo ningún concepto. Y la
desarrollo al filo del pensamiento de Teresa Rojas y de Mario Humberto Ruz, en
la presentación que precede a cada uno de los libros que componen la excelente
serie Historia de los pueblos indígenas de México: no es posible hablar
de una historia india, en la medida en que hablar de lo indio implicaría
cancelar especificidades. Podemos tratar de recomponer historias parciales e
integrarlas en un conglomerado de experiencias plurales, pero no extrañas unas
a otras, aunque sí muchas veces incomunicadas entre sí.55 Naturalmente,
esa integración de experiencias no puede realizarse de espaldas a los procesos
históricos regionales de mayor amplitud de que forman parte las sociedades indígenas:
una omisión así resultaría tan empobrecedora como la que se comete cuando se
ignoran las estructuras internas de esos pueblos autóctonos.56 A
la inquietante pregunta de si es posible escribir adecuadamente sobre el pasado
indígena, creo poder responder de manera afirmativa, pero me veo precisado a
introducir algunos matices. Que la empresa es hacedera lo demuestran los magníficos
trabajos aparecidos en la colección Historia de los pueblos indígenas de México
que acabo de citar. Las limitaciones que comporta esa tarea se desprenden de la
simple lectura de esas mismas monografías, que no ocultan la dificultad de la
limitación de fuentes, que implica una constante provisionalidad en la
presentación de resultados. Importa
añadir, para terminar estas reflexiones, que el distanciamiento hacia lo indígena
no es patrimonio exclusivo del pueblo mexicano. Si nos asomamos a la obra de
historiadores, políticos, militares y literatos iberoamericanos de los dos últimos
siglos, toparemos con la misma realidad. Valgan dos ejemplos en extremo
significativos. Un
observador tan minucioso del universo rural colombiano como Gabriel García Márquez
pasa como sobre ascuas por encima de las etnias indígenas en sus Cien años
de soledad. Y cuando aparece alguna mención tangencial de ese mundo, es
presentado como una simple comparsa o un telón de fondo donde se inscriben los
acontecimientos que de verdad importan, un mero contexto aparentemente condenado
a la extinción o al olvido, como la ranchería de indios pacíficos enclavada
en las estribaciones de la sierra donde se instalaron los antepasados de Úrsula
Iguarán. “Los
indígenas —escribió a este propósito Joaquín Marco— parecen convivir con
los fundadores [de Macondo], pero apenas si cobran una presencia real.
Constituyen una mera referencia”.57 Puede ejemplificarse esa
opinión con el caso de dos personajes de la novela, Amaranta y Arcadio, que
relegaron al crecer la lengua de los guajiros que aprendieron cuando pequeños
de dos indios —Visitación y su hermano— arribados a Macondo desde un enigmático
reino milenario que había sido asolado por una misteriosa peste de insomnio. En
fin, los vestigios de los ancestros españoles —el galeón abandonado que
descubre José Arcadio Buendía— testimonian el predominio de las formas hispánicas
de comportamiento, que prevalecen sobre las autóctonas. No
son pocas las coincidencias entre las apariciones de lo indígena en Cien años
de soledad y sus manifestaciones en una novela de otro gran escritor
hispanoamericano —peruano, en este caso—, publicada muchos años después: Lituma
en los Andes, de Mario Vargas Llosa. También aquí nos tropezamos con que
el elemento indio aparece relegado a un segundo plano: los antiguos huancas,
cuya memoria —como la de los chancas— había sido borrada por los incas,
proporcionan el telón de fondo que sirve para entender determinadas acciones y
actitudes del presente. Tanto es así que uno de los ingenieros de la mina La
Esperanza se preguntaba “si lo que pasa en el Perú no es una resurrección de
toda esa violencia emponzoñada” , desatada antes por huancas y chancas con
sus sacrificios humanos: “como si hubiera estado escondida en alguna parte y,
de repente, por alguna razón, saliera de nuevo a la superficie” .58
Por eso también Lituma acabó por calibrar la importancia de la historia para
entender lo que estaba ocurriendo en Naccos ante sus ojos. El
acontecer del tiempo histórico en que se desarrolla la novela, marcado por el
fanatismo terrorista de Sendero Luminoso, deja muy pocos resquicios para la
expresión de los indígenas. Cuenta mucho más la contraposición entre costeños
y serruchos y el horror que unos y otros experimentan ante las hazañas de los
terrucos, cuya existencia prefieren ignorar aun en los casos en que se cobran
vidas de familiares cercanos. Ni siquiera hay un solo indígena entre los peones
integrantes del campamento instalado en Naccos para la construcción de la
carretera, y los pocos miembros de la vecina comunidad que todavía no se habían
ido viven aislados, solos. La
pasividad de los indios y su peculiar modo de vida y de pensamiento, anclado en
un pasado impermeable en buena parte a la predicación del cristianismo,
arrancan un desahogo feroz al piurano Lituma, obsesionado por la perspectiva de
una muerte cierta a manos de los senderistas: “¡serranos de mierda! ¡Supersticiosos,
idólatras, indios de mierda, hijos de la grandísima puta!” .59
El mismo Lituma, cabo de la guardia civil y poseedor de ciertas luces naturales,
enfatiza el contraste entre los obreros de la carretera, acriollados muchos de
ellos, que por lo menos habían terminado sus estudios en la escuela primaria, y
“los indios de las punas, que nunca pisaron un colegio, que seguían viviendo
como sus tatarabuelos”.60 No
resulta más benigno el concepto que la señora Adriana —que con Dionisio, su
marido, regentaba la cantina del campamento— se había formado de aquellos
indios testarudos: “estos indios no se fían de las cartas, ni de las
estrellas, ni siquiera de sus manos. De la coca, nomás”; “yo les saco de
adentro las ideas que tienen, y se las pongo ante la jeta. Lo que pasa es que a
ninguno de esos indios le gusta mirarse en el espejo”.61 Aunque
la digresión haya sido larga, confío en que facilite la obtención de una
perspectiva más amplia, no estrictamente histórica ni jurídica, ni vinculada
en exclusiva a los límites geográficos de la República mexicana. Pienso haber
mostrado cómo intelectuales de fuste de países muy alejados de México, igual
que muchos de nuestros compatriotas, parecen hallarse en la inopia cuando tratan
de acomodar a los indígenas en sus producciones literarias. Ante una posición
tan difundida surge la tentación de abandonar la tarea que implica el análisis
de los derechos colectivos que corresponden a las poblaciones aborígenes; pero
también se plantea el reto de avanzar por una ruta que ha sido, hasta ahora,
muy poco transitada. Termino
con la expresión de un deseo: que las reflexiones de estas jornadas sirvan,
efectivamente, de balance y de diseño para el futuro de la construcción
normativa de los derechos sociales de los pueblos indios; y que, como
consecuencia de nuestro esfuerzo, sostenido pese a quien pese, deje de haber indígenas
a los que disguste mirarse en el espejo. NOTAS 1
Miranda, José, “ Los indígenas de América en la época colonial:
teorías, legislación, realidades”, Cuadernos Americanos, México, año
XXIII, vol. CXXXII, núm. 1, enero-febrero de 1964, pp.153-161 (p. 159). Por
paradójico que parezca, fue el nacionalismo porfirista el que recobró la idea
del indio. “Haya sido un símbolo histórico o no, es un hecho que en esta
época se integró el binomio antropología e indigenismo”: Vázquez León,
Luis, “La historiografía antropológica contemporánea en México”,
en García Mora, Carlos (coord.), La antropología en México. Panorama histórico,
México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1987, vol. I,
pp. 139-212 (p. 157). 2
Cfr. Bulnes, Francisco, El verdadero Díaz y la Revolución, México,
Editorial Contenido,1992, pp. 14 y 50; Aragón, Agustín, “Población actual
de México y elementos que la forman. Sus caracteres y su condición social”,
en Sierra, Justo (ed.), México. Su evolución social, México, Ballescá y
Compañía, Sucesor, Editor, 1900, t. I, vol. I, pp. 19-32 (p. 30), e intervención
ante la Cámara de diputados de Justo Sierra, el 5 de diciembre de 1887: Diario
de los Debates de la Cámara de Diputados. Décima tercera Legislatura
Constitucional, t. III, Correspondiente a las sesiones verificadas durante el
primer período del segundo año, México, Imprenta de “El Partido Liberal”
, 1890, t. III, p.647 (5-XII-1887). También Jesús Romero Flores y Javier Rodríguez
Piña se han referido a la utilización de los indígenas como “carne de cañón”
durante los conflictos de la península de Yucatán: particularmente, desde 1839
(cfr. Romero Flores, Jesús, Historia de los Estados de la República
Mexicana, México, Ediciones Botas, 1964, p. 440, y La guerra de castas.
Testimonios de Justo Sierra O’Reilly y Juan Suárez Navarro, México, Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, prólogo de Javier Rodríguez Piña,
p. 14). 3
Miranda, José, “Los indígenas de América en la época colonial:
teorías, legislación, realidades” , p. 159. 4
Sarmiento, Domingo F., Facundo. Civilización y barbarie,
Madrid, Alianza Editorial, 1988,p. 107, vid. también, pp. 39, 68, 77 y 113.
Mucho habría que discutir sobre las opiniones de Sarmiento, pero no es ésta la
ocasión propicia. Nos limitamos a llamar la atención sobre el hecho de que los
caudillos exponentes de esa barbarie, como Artigas, Rosas, o el propio Quiroga,
no eran indígenas. Además, en el caso de que se identifiquen barbarie y
elemento indígena —como postula Sarmiento abiertamente en otros varios
pasajes de su obra—, con dificultad puede admitirse que el triunfo de la
barbarie, tan lamentado por ese político argentino, beneficiara a los indígenas
desalojados de sus tierras a causa de la expansión ganadera que empezó en
1815. Un excelente análisis de la obra de Sarmiento puede consultarse en
Brading, David A., Orbe indiano. De la monarquía católica a la república
criolla, 1492-1867, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 669-676. 5
Cit. en Dieterich, Heinz, “Emancipación e identidad de América
Latina: 1492-1992” , en Nuestra América frente al V Centenario.
Emancipación e identidad de América Latina: 1492-1992, México, Joaquín
Mortiz-Planeta, 1989, pp. 35-50 (p. 38). 6
Villoro, Luis, Los grandes momentos del indigenismo en México, México,
Ediciones de La Casa Chata, 1979, pp. 169-170. 7
Martínez, Víctor José, Sinopsis histórica, filosófica y política
de las revoluciones mexicanas, México, Imprenta Tipográfica, 1884, p. 26. 8
Cfr. Sandoval, Marcos, “Lo indígena y lo nacional” , Coloquio
sobre derechos indígenas, Oaxaca, Instituto Oaxaqueño de las Culturas, 1996,
pp. 37-44 (p. 38). 9
Cfr. Barabas, Alicia M. y Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , en Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé
(coords.), Etnicidad y pluralismo cultural. La dinámica étnica en Oaxaca, México,
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Dirección General de
Publicaciones, 1990, pp. 13-95 (p. 77). 10
Rojas, Beatriz, Los huicholes en la historia, México, Centro de
Estudios Mexicanos y Centroamericanos -El Colegio de Michoacán- Instituto
Nacional Indigenista, 1993, p. 13. 11
Bracamonte y Sosa, Pedro, La memoria enclaustrada. Historia indígena
de Yucatán 1750-1915, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores
en Antropología Social-Instituto Nacional Indigenista, 1994, p. 20. 12
También el concepto de campesino plantea dificultades para su definición,
como puso de manifiesto John H. Coatsworth: cfr. Coatsworth, John H., “Patrones
de rebelión rural en América Latina: México en una perspectiva comparativa”
, en Katz, Friedrich (comp.), Revuelta, rebelión y revolución. La lucha
rural en México del siglo XVI al siglo XX, México, Ediciones Era, 1990,
vol. I,pp. 27-61 (pp.
27-28). 13
Cfr. Hamnett, Brian R., Raíces de la insurgencia en México. Historia
regional 1750-1824, México, Fondo de Cultura Económica, 1990, p. 25. 14
Cfr. Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , p. 54;Reina, Leticia, Las rebeliones campesinas
en México (1819-1906), México, Siglo Veintiuno, 1980,pp. 11-12, y Reina,
Leticia (coord.), Las luchas populares en México en el siglo XIX, México,
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social,
Cuadernos de La Casa Chata, 1983,p. 14. En otras páginas del primero de los
estudios citados se analiza la relación entre etnia y clase y se advierte que,
en los sistemas interétnicos, estas categorías no pueden ser consideradas como
variables excluyentes sino complementarias, por lo que se requiere de
aproximaciones analíticas diferenciales que eviten el riesgo de los
reduccionismos: cfr. Barabas, Alicia M., y Bartolomé, Miguel A., “La
pluralidad desigual en Oaxaca” , p. 77. 15
Cfr. Powell, T. G., “Priest and Peasant in Central Mexico: Social
Conflict During ‘La Reforma’” , The Hispanic American Historical
Review (Duke University), vol. LVII, núm. 2, mayo de1977, pp. 296-313
(p. 297). 16
Cfr. Van Young, Eric, La crisis del orden colonial. Estructura agraria
y rebeliones populares de la Nueva España, 1750-1821, México, Alianza
Editorial, 1992, pp. 311-312 y 333. Como quiera que sea, el proceso no había
avanzado mucho a mediados del siglo XIX, como atestigua Carl Christian
Sartorius: cfr. Sartorius, Carl Christian, México hacia 1850, México, Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, 1990, pp. 260-261. 17
Rodríguez O., Jaime E., “La Revolución francesa y la Independencia
de México” , en Alberro, Solange; Hernández Chávez, Alicia, y Elías
Trabulse (coords.), La Revolución francesa en México, México, El
Colegio de México, 1992, pp. 137-153 (p. 141). 18
En Cosío Villegas, Daniel, Historia moderna de México, 10 vols.,
México, Hermes, 1955-1972, vol. VII, El porfiriato. La vida social (por Moisés
González Navarro), pp. 452-470 se recogen otros testimonios muy variados de la
peculiar religiosidad indígena. 19
Rodríguez O., Jaime E., La independencia de la América española,
México, El Colegio de México - Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 25. 20
Los mismos autores citados en nota anterior previenen ante la ambigüedad
de este término, “que en realidad alude a oposiciones no conciliadas [y],
oscurece el hecho de que en muchas oportunidades la conjunción sincrética es más
aparente que real, puesto que con distintos significantes se mantiene el mismo
significado” : Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , p. 42. 21
Cfr. Aguirre Beltrán, Gonzalo, “Indigenismo y mestizaje. Una
polaridad biocultural” , Cuadernos Americanos (México), año XV, núm. 4,
julio-agosto de 1956, pp. 35-51 (p. 45). 22
Aguirre Beltrán, Gonzalo, Regiones de refugio. El desarrollo de la
comunidad y el proceso dominical en Mestizo-América, México, Instituto
Nacional Indigenista - Secretaría de Educación Pública, 1973, p. XVI. 23
Pozas, Ricardo, e Isabel H. de Pozas, Los indios en las clases
sociales de México, México, Siglo Veintiuno, 1982, p. 157. 24
Cfr. idem, pp. 33-35 y 157-158. 25
Cfr. Vázquez León, Luis, “La historiografía antropológica
contemporánea en México” , pp.145-146. 26
Cfr. Reina, Leticia (coord.), Las luchas populares en México en el
siglo XIX, pp. 16-17. 27
Reina, Leticia, Las rebeliones campesinas en México (1819-1906),
p. 248, y Reina, Leticia(coord.), Las luchas populares en México en el siglo
XIX, p. 37. Van Young, por su parte, ha resaltado la diferenciación interna
en el seno de las comunidades indígenas: cfr. Van Young, Eric, La crisis del
orden colonial, pp. 287-297. Y Cynthia Radding ha mostrado cómo se acentuó
la diferenciación social en el seno de las comunidades como consecuencia de los
repartos de tierras de las tierras de comunidad y de la sustitución de las
autoridades tradicionales por los gobiernos municipales de nueva creación: cfr.
Radding, Cynthia, Entre el desierto y la sierra. Las naciones
o’odham y tegüima de Sonora, 1530-1840, México, Centro de
Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social - Instituto
Nacional Indigenista, 1995, pp. 115, 119-120, 126-127 y 136. 28
Cfr. Florescano, Enrique, Etnia, Estado y Nación. Ensayo sobre
las identidades colectivas en México, México, Nuevo Siglo. Aguilar, 1997, pp.
406-409. 29
Cfr. El Universal, 25-X-1895. 30
Cfr. Windfield Capitaine, Fernando, “Autonomía y patrimonio
cultural”, Crónica Legislativa (México), año V, nueva época, núm. 7,
febrero-marzo de 1996, pp. 37-40 (p. 39); Gamio, Manuel, Consideraciones
sobre el problema indígena, México, Ediciones del Instituto Indigenista
Interamericano, 1948, apreciaciones de John Collier, pp. IX-XII y 42; Ríos Hernández,
Onésimo, “Teoría y realidad del indigenismo en México” , Boletín
de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (México, D. F.), t. XCIV,
diciembre de 1963, pp. 53-75 (p. 64), y Vázquez León, Luis, “La
historiografía antropológica contemporánea en México” , pp. 148-151. 31
Cfr. Valverde Garcés, José Manuel, “Derechos humanos y justicia en
comunidades indígenas de Méjico” , Jurídica. Anuario de derecho de la
Universidad Iberoamericana (México), núm. 26,1996, pp. 603-617 (pp. 609-610). 32
Rocha, Mónica, “El estatus de los ’pueblos indígenas’ en
derecho internacional” , en Gómez González, Gerardo, y José Emilio R.
Ordóñez Cifuentes (coords.), Derecho y poder: la cuestión de la tierra y
los pueblos indios, México, Universidad Autónoma Chapingo, Departamento de
Sociología Rural, 1995, pp. 41-66 (p. 42). 33
Chacón Hernández, David, “Autonomía y territorialidad de las
etnias” , en Gómez González, Gerardo, y José Emilio R. Ordóñez
Cifuentes (coords.), Derecho y poder: la cuestión de la tierra y los pueblos
indios, pp. 119-138 (p. 122). 34
Cfr. Lipenz, Franz, “Hacia el aprecio a las diferencias”, VI
Jornadas Las casianas. La problemática del racismo en los umbrales del siglo
XXI, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de
Investigaciones Jurídicas, 1997, pp. 409-428. 35
Cfr. Caso, Alfonso, “Definición del indio y lo indio” , América
Indígena (México, D. F.), vol. VIII, núm. 4, octubre de 1948, pp. 239-247
(pp. 243 y 246); Gamio, Manuel, Consideraciones sobre el problema indígena, pp.
104-105, y Pozas, Ricardo, e Isabel H. de Pozas, Los indios en las clases
sociales de México, pp. 11-12. 36
Cfr. Pozas, Ricardo, e Isabel H. de Pozas, Los indios en las clases
sociales de México, pp.37-38, y González y González, Luis, El indio en
la era liberal, en Obras completas, México, Clío,1996, vol. V, pp.
167-168. 37
Cfr. Guerra, François-Xavier, México: del antiguo régimen a la
revolución, 2 vols, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, vol. I, p.
140. 38
No obstante la indudable conexión entre lo étnico y lo lingüístico,
no han faltado opositores ala clasificación de los grupos étnicos con base en
la lengua. Uno de los primeros y más destacados fue Leopoldo Batres: cfr. Suárez
Cortés, Blanca Estela, “Las interpretaciones positivistas del pasado y el
presente (1880-1910)” , en García Mora, Carlos (coord.), La antropología
en México, vol. II, pp.13-77 (pp. 53-54). 39
Asumimos plenamente los puntos de vista de Barabas y de Bartolomé,
cuando se distancian de la propuesta de Frederic Barth: “no podemos aceptar
taxativamente la formulación que el mismo autor realiza de la unidad étnica
remitiéndola a los aspectos organizacionales (organizational type) yaque [...]
cualquier unidad corporada podría ser confundida con una etnia. Pretendemos
entonces conjugar lo organizacional con lo cultural” : Barabas, Alicia M., y
Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad desigual en Oaxaca” , p. 76. 40
Alfonso Caso arribó a una definición de indio, en la que ya aparecen
alumbrados casi todos estos perfiles: “es Indio aquel que se siente pertenecer
a una comunidad indígena, y es una comunidad indígena aquélla en que
predominan elementos somáticos no europeos, que habla preferentemente una
lengua indígena, que posee en su cultura material y espiritual elementos indígenas
en fuerte proporción y que, por último, tiene un sentido social de comunidad
aislada dentro de las otras comunidades que la rodean, que la hace distinguirse
asimismo de los pueblos de Blancos y de Mestizos” (Caso, Alfonso, “Definición
del indio y lo indio” , p. 246). 41
Cfr. Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “Notas a la segunda
edición” , en Barabas, Alicia M., y Bartolomé, Miguel A. (coords.),
Etnicidad y pluralismo cultural, pp. xiii-xxi (p. xv), y “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , pp. 18-19. 42
Cfr. González y González, Luis, El indio en la era liberal, p.
180. 43
Cfr. Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , pp.19-22 y 78-82. Vi d. también Lewin, Pedro, “Conflicto
sociocultural y conciencia lingüística en Oaxaca” , en Barabas, Alicia
M., y Bartolomé, Miguel A. (coords.), Etnicidad y pluralismo cultural,
pp.331-369 (p. 338), y Bonfil Batalla, Guillermo, “El concepto de indio en
América: una categoría de la situación colonial” ,Anales de Antropología
(México), vol. 9, 1972, pp. 105-124 (p. 106). 44
Este concepto de identidad étnica se desprende del enunciado por Cardoso
de Oliveira, “quien la entiende en tanto forma ideológica de las
representaciones colectivas de un grupo humano”: Barabas, Alicia M., y
Bartolomé, Miguel A., “La pluralidad desigual en Oaxaca” , p. 77. 45
Caso, Alfonso, “Definición del indio y lo indio” , p. 245. 46
Pozas, Ricardo, y H. de Pozas, Isabel, Los indios en las clases
sociales de México, pp. 61-62. 47
Zarco, Francisco, Historia del Congreso Extraordinario Constituyente
de 1856 y 1857, Estracto de todas sus sesiones y documentos parlamentarios
de la época, 2 vols, México, H. Cámarade Diputados, Comité de Asuntos
Editoriales, 1990 (edición facsimilar de la de México, Imprenta de Ignacio
Cumplido, 1857), vol. I, p.
663 (7-VII-1856). 48
Cfr. Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , p. 22,y Bonfil Batalla, Guillermo, “El concepto
de indio en América” , p. 106. 49
Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “Notas a la segunda
edición” , p. xix. 50 Idem,
p. XX. 51
Cfr. Barabas, Alicia M., y Miguel A. Bartolomé, “La pluralidad
desigual en Oaxaca” , pp.83-84. 52
Lira, Andrés, Espejo de discordias. La sociedad mexicana vista
por Lorenzo de Zavala, José María Luis Mora y Lucas Alamán, México, Secretaría
de Educación Pública, 1984. 53
Cfr. Reina, Leticia (coord.), Las luchas populares en México en el
siglo XIX, p. 17. 54
Cfr. Falcón, Romana, Las rasgaduras de la descolonización. Españoles
y mexicanos a mediados del siglo XIX, México, El Colegio de México, 1996,
pp. 117-118. 55
Cfr. Rodríguez, Martha, Historias de resistencia y exterminio. Los
indios de Coahuila durante el siglo XIX, México, Centro de Investigaciones
y Estudios Superiores en Antropología Social - Instituto Nacional Indigenista,
1995, presentación de Teresa Rojas Rabiela y Mario Humberto Ruz. 56
Cfr. Hernández Silva, Héctor Cuauhtémoc, “El valle del Yaqui y
los proyectos económicos de las elites regionales de Sonora. 1830-1857”,
en Escobar Ohmstede, Antonio (coord.), Indio, nación y comunidad en el México
del siglo XIX, México, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos - Centro
de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1993, pp.
293-302 (p.293). 57
García Márquez, Gabriel, Cien años de soledad, Madrid,
Espasa-Calpe, 1988, estudio introductorio de Joaquín Marco, p. 20. 58
Vargas Llosa, Mario, Lituma en los Andes, Barcelona, Planeta,
1994, p. 178. 59 Idem,
p. 203. 60 Idem,
p. 205. 61
Idem, pp. 40-41 y 139.
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