|
|
||||||
|
|
||||||
|
|
||||||
|
DOLTO PARA PADRES TODO ES LENGUAJE El niño es una persona. Los humanos nacen y viven del lenguaje. El lenguaje no constituye una habilidad como otra cualquiera, que el hombre es capaz de adquirir en determinado estadio de su desarrollo. Los hombres tienen en común la función simbólica. El humano difiere del animal por su capacidad de dotar de sentido a sus actos, es capaz de simbolizar. La facultad de dotar de sentido a todo acto, todo pensamiento, todo sentimiento, todo objeto. Para el humano, todo significa algo, todo posee siempre un sentido. Todo ser humano confiere sentido a aquello que experimenta, a cuanto hace. Los gestos más absurdos constituyen un lenguaje. Esta función simbólica no se desarrolla con la edad, sino que ya se halla presente antes del nacimiento. La función simbólica es propia de los humanos. Se halla más allá del tiempo y el espacio. Los animales tienen percepciones y emociones, pero no otorgan significado a tales manifestaciones. La función simbólica es específicamente humana. La lengua es lo que compartimos con las generaciones precedentes, nos introduce más allá del tiempo y del espacio. Otra importante característica de la función simbólica, desde el momento en que se inscribe en el lenguaje, es que permite participar en la comunidad humana. Mediante el lenguaje se establece el conocimiento interhumano, la fraternidad de especie. El signo simbólico permite asegurar entre las personas una comunidad emocional. Hablar supone llegar a situarse en el tiempo. Toda palabra lleva en sí la huella de una experiencia pasada que permite anticipar el futuro. La función simbólica existe ya en la vida uterina, el feto percibe ritmos, ruidos y balanceos que constituyen para él señales de seguridad y de inseguridad. Tras el nacimiento, el primer lenguaje simbólico pasa por la mímica que intercambian la madre y el bebé, y el lenguaje articulado se desarrolla a partir de los 16 a 18 meses. La utilización del símbolo como tal se considera plenamente adquirida hacia los 6 o 7 años, no antes. Existimos por el lenguaje. Aquello que no pasa por el lenguaje permanece desprovisto de sentido. La franqueza al hablar a los niños resulta esencial. Hay que hablar a los niños. El silencio resulta más traumatizante que las palabras. Se aconseja que se hable incluso a un niño que todavía no ha adquirido el lenguaje, un bebé de 8 días, de pocos meses, o hasta a uno que aún no ha nacido. El bebé capta el sentido general de lo que se le quiere decir. A edad tan temprana ciertamente no distingue las palabras, pero sí la intención. Hablar con franqueza equivale a hablar con normalidad. Hablar al niño con normalidad y autenticidad supone testimoniarle respeto, ver en él, una vez más a una persona íntegra, completa. El niño se halla en conexión directa con la comunicación inconsciente en mayor grado que un adulto. Hablarle con falsedad equivale a utilizar dos lenguajes. Hablar con franqueza sólo es posible si se sabe escuchar.
|
||||||
|
webmaster: Marcelo Adrián Fuentes |
||||||