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CONOCIMIENTO Y MÉTODO

 

1. Sujeto y objeto

            Nuestro objetivo es el de proporcionar una guía respecto a los temas fundamentales de la metodología científica. Antes de abordarlos se hace necesario, para mejor enfocar tales problemas, estudiar brevemente el proceso general de conocimiento científico. Naturalmente, sólo podremos dar algunas indicaciones muy generales al respecto, que el lector interesado podrá ampliar en la bibliografía especializada.

            En el proceso de conocimiento es posible encontrar siempre estos dos elementos, sujeto y objeto, entre los cuales se dan relaciones de singular complejidad. Por “sujeto” entendemos a la persona o grupo de personas que elabora el conocimiento; el conocimiento es siempre conocimiento “para alguien”, pensado por alguien, en la conciencia de alguien. Es por eso que no podemos imaginar un conocimiento sin sujeto, sin que sea percibido por una determinada conciencia. Pero, de la misma manera, podemos decir que el conocimiento es siempre conocimiento “de algo”, de alguna cosa, ya se trate de un ente abstracto-ideal como un número o una proposición lógica, de un fenómeno material o aun de la misma conciencia; en todos los casos a aquello que es conocido lo denominamos el “objeto” del conocimiento.

            La relación que se articula entre ambos términos arriba señalados es dinámica y constante. Por una parte podemos decir que el sujeto debe situarse frente al objeto como algo externo a él, colocado fuera de sí, para poder examinarlo. Hasta en el caso de que quisiéramos analizar nuestras propias sensaciones y pensamientos deberíamos hacer esa operación, es decir deberíamos objetivarnos (“desdoblarnos” en una actitud reflexiva) para poder entonces situarnos ante nosotros mismos como si fuéramos un objeto más de conocimiento. Este problema, la necesidad de objetivar elementos propios del sujeto para poder conocerlos es uno de los que hace más compleja toda investigación que se desenvuelva dentro de las ciencias sociales y de la conducta.

            Esta delimitación o separación no es más que el comienzo del proceso pues, una vez producida, el sujeto debe ir hacia el objeto, acercarse al mismo, para tratar de captar y asimilar su realidad. Es decir que el sujeto investigador debe “salir de sí”, abandonar su subjetividad, para poder realizar su intención de comprender cómo es el objeto, de aprehenderlo. De otro modo permanecerá encerrado en el límite de sus conceptos previos, de sus anteriores conocimientos, y no tendrá la posibilidad de aproximarse a la objetividad, pues sólo podrá desarrollar su pensamiento pero fuera del contacto con la realidad externa.

            Este acercamiento del investigador hacia su objeto pude considerarse como la operación fundamental, la esencia misma de la investigación, pues es el que lo vincula con la realidad, el que le permite conocerla. Para que tenga un sentido completo el investigador debe, en todo caso, volver otra vez hacia sí mismo a fin de elaborar los datos que ha recogido, reinterpretando al objeto a la luz de su contacto con él.

            Sujeto y objeto quedan así como dos términos que sucesivamente se oponen y se compenetran, se separan y se acercan, en un movimiento que se inicia por la voluntad del investigador que desea el conocimiento, y que en realidad continúa repetidamente, porque el sujeto debe acercarse una y otra vez hacia lo que está investigando, para ir adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo y completo sobre ello.

            Es desde este punto de vista que debemos enfocar entonces el problema de la objetividad. Para que nuestro conocimiento fuera en realidad objetivo debería suceder que el sujeto de la investigación se despojara a sí mismo completamente de toda su carga de valores, deseos e intereses, que se convirtiera en una especie de espíritu puro, liberado de toda preocupación psicológica por la naturaleza del conocimiento que irá a obtener. Como el lector puede comprender fácilmente, esto no es posible. El sujeto de la investigación es siempre un sujeto “humano”, y no puede dejar de serlo. Se puede llegar, en el mejor de los casos, a utilizar instrumentos, máquinas y otros dispositivos como complementos tecnológicos en la investigación; tales elementos serán capaces de recoger datos, de ordenarlos y procesarlos, sin duda. Pero lo que no serán capaces de efectuar son las operaciones propiamente epistemológicas de plantearse un problema, seleccionar el tipo de datos capaces de resolverlo, e interpretar el valor y el sentido de los datos recogidos por la máquinas. Y es más, podríamos decir que una cierta dosis de “subjetividad” no sólo es inevitable en un trabajo de investigación, sino que es además indispensable. Porque para plantearse un problema de este tipo, para querer saber algo se necesita una voluntad, una preocupación por conocer la verdad y esclarecer la duda que no puede ser sino subjetiva.

            Por esta misma razón es que no concebimos la existencia de un conocimiento lisa y llanamente “objetivo” y es que afirmamos que todo conocimiento no deja de ser un producto también social y, como tal, producto de una cultura, de una época y de hombres concretos. De allí que resulte algo pedante afirmar que el conocimiento científico es objetivo, y que resulte más adecuado sostener que la ciencia se preocupa constantemente por ser objetiva, por tratar de llegar a serlo, sin que se pueda plantear nunca que haya arribado a la objetividad. De otro modo estaríamos negando el propio carácter falible del conocimiento, su posibilidad de caer en el error y estaríamos entonces pretendiendo tener un conocimiento absoluto, completamente cierto y válido hasta el fin de los tiempos, con lo cual nos alejaríamos del pensamiento científico.

            Insistimos en lo anterior no sólo porque creemos necesario remarcar el carácter “no dogmático” del conocimiento científico sino porque además esto es necesario para comprender plenamente la naturaleza dinámica y procesal implica evidentemente que ningún conocimiento puede concebirse como definitivo; pero aquí es preciso advertir sobre otro problema –opuesto al anterior– que es necesario abordar para no caer en una posición completamente escéptica. Porque si bien rechazamos que la verdad definitiva pueda hallarse, eso no significa afirmar, por supuesto, que ninguna de nuestras proposiciones pueda comprobarse o demostrarse. Si dijésemos que todo es subjetivo, que ningún conocimiento puede obtenerse por cuanto en todos aparece jugando un cierto papel la subjetividad y el error, estaríamos cayendo también en una posición dogmática, aunque de signo inverso. Rechazar de plano todo conocimiento por falaz es lo mismo, en el fondo, que aferrarse a todo conocimiento obtenido y revestirlo con el atributo de verdad suprema. Nuestra posición implica entonces recusar ambos términos extremos, aceptando la falibilidad de toda afirmación, pero sin por eso negar que a través de estas afirmaciones falibles es que precisamente se va llegando a la verdad, nos vamos aproximando a ella.

2. El papel de la teoría

            El conocimiento puede ser considerado como una representación conceptual de los objetos, como una elaboración que se produce, por lo tanto, en el cerebro de los hombres; es por eso una formulación intelectual que implica siempre una operación de abstracción.

            Si decimos que todo conocimiento es conocimiento para un sujeto, admitimos entonces que en dicho sujeto el conocimiento se presenta bajo la forma de pensamiento, es decir, bajo una forma que en un sentido amplio podemos llamar teórica. Su contraparte son los fenómenos de la realidad, los objetos exteriores o exteriorizados sobre los cuales se detiene el pensamiento.

            Puede establecerse de algún modo, por ello, que entre teoría y práctica se presenta una interacción del mismo tipo que la que observábamos entre sujeto y objeto. El pensamiento se concibe como pensamiento de alguien, y la teoría no es otra cosa que el pensamiento organizado y sistemático respecto de algo. El objeto por otra parte, es siempre un conjunto de hechos (entendido esta palabra en un sentido amplio, que incluye los mismo pensamientos), de objetos que se sitúan en el exterior de la conciencia. Por este motivo la relación entre teoría y hechos va a ser la expresión, en otro plano diferente, de la misma relación que examinábamos anteriormente.

            Pero no debe pensarse que la relación entre ambos términos es de tipo mecánico o simple.

            Ciertas vertientes epistemológicas, en sus formulaciones más extremas, han sostenido que los hechos se reflejan directamente en la conciencia y que por lo tanto todo el trabajo intelectual sólo consistía en organizar y sistematizar tales percepciones para poder elaborar la teoría correspondiente. Sin embargo, esto no es así, en la medida en que el proceso de conocimiento no es una simple y pasiva contemplación de la realidad; esta misma realidad sólo se revela como tal en la medida en que poseemos un instrumental teórico para aprehenderla que –en otras palabras– poseemos los conceptos capaces de abordarla. Parece evidente, por ejemplo, que si tomamos un trozo de hierro y lo manipulamos de diferentes maneras, podremos obtener una variada gama de conocimientos sobre dicho mineral, o que si estudiamos la historia de las instituciones de un país conseguiremos también una comprensión de su evolución política y social. Pero lo que no hay que perder de vista aquí es que hemos podido efectuar tales investigaciones en primer lugar porque ya tenemos un concepto de “hierro” y de “instituciones políticas” sin el cual sería imposible detenerse en su estudio, y en segundo lugar, porque hemos –directa o indirectamente– intervenido sobre tales objetos ya sea manipulándolos físicamente o comparándolos con otros, de diversas épocas y lugares.

            Como se ve, teoría y práctica están unidas entre sí no solamente por un lazo directo, como si la teoría fuese la simple representación ideal de los hechos; por el contrario, un hecho sólo se configura como tal a la luz de algún tipo de conceptualización previa, capaz de aislarlo de la infinita masa de impresiones y fenómenos que lo rodean. Esta operación de aislamiento, de separación de un objeto respecto al conjunto que lo rodea, resulta imprescindible. Pero así como es de necesaria para comenzar el análisis puede convertirse en peligrosa si se detiene en ese punto, por cuanto es preciso comprender que esa operación de abstracción tiene un carácter instrumental: el hecho aislado es un hecho neto y definido para nuestro análisis pero, si queremos alcanzar su comprensión, debemos reconocer de todos modos que en la realidad ese hecho se presenta como parte de un conjunto más vasto al que debe ser reincorporado y relacionado para poder ser explicado y recobrar su sentido.

3. La ciencia y su método

            Siendo la ciencia un tipo peculiar y específico de conocimiento, que se caracteriza por buscar ciertas características (objetividad, precisión, etc.), es preciso ver ahora cuál es el modo en que un conocimiento de este tipo puede alcanzarse. El camino que permite acceder a esto es lo que se llama el “método” científico, que puede concebirse como un modelo general de acercamiento a la realidad, un especie de pauta o matriz que es muy abstracta y amplia, y dentro de la cual caben los procedimientos y técnicas más específicos que se emplean en la investigaciones.

            El método, en este sentido, se vincula directamente con la lógica interior del proceso de descubrimiento científico, y a él le corresponden no solamente orientar la selección de los instrumentos y técnicas específicos de cada estudio sino también, fundamentalmente, fijar los criterios de verificación o demostración de cada caso.

            Antes de entrar a detallar algo más este problema, como veremos más adelante, es preciso abordar una pregunta que desafía a todos quienes trabajamos en esta problemática. Se refiere a decidir si existe “un” método científico, un método que sea la pauta general que guía todas la investigaciones científicas y que garantiza, de algún modo, el carácter del conocimiento obtenido. Formulada en estos términos la pregunta, nuestra respuesta no puede ser otra que un “no categórico”. Y eso porque aceptar la existencia de un método con tales atributos implicaría entonces que hacer ciencia sería un proceso mecánico: sólo bastaría formular un problema de investigación, aplicar el método correcto, y obtener el resultado. Sabemos, por supuesto, que no es así. La investigación es un proceso creativo, plagado de dificultades imprevistas y de acechanzas paradójicas, de prejuicios invisibles y de obstáculos de todo tipo.

            El método, como camino que construye el pensamiento científico, se va construyendo, en realidad, “junto” con ese mismo pensamiento, indisolublemente unido. Es falsa la imagen que nos presenta el método como un todo acabado y cerrado, por cuanto él está indisolublemente unido a la misma elaboración teórica, de la que depende pero a la cual, a su vez, permite formular.

            Si examinamos más detenidamente algunas de sus características, en cuanto a método científico en sí, tendremos la posibilidad de comprender más adecuadamente lo arriba expuesto.

            Uno de los elementos más significativos en todo el pensar científico (aunque no exclusivo de él) es el esfuerzo por la rigurosidad en la “conceptualización”, tal como lo veíamos en el anterior capítulo. Decíamos que, sin un trabajo riguroso en este sentido, era imposible formular con precisión hasta la más simple observación que pudiera ser base para cualquier desarrollo teórico elaborado. Pero aquí podemos comprender enseguida que conceptualizar implica ya tomar una posición frente a la realidad que estamos analizando; si concebimos la realidad social como el escenario de clases sociales en pugna tendremos que –forzosamente– utilizar un método tal que sea capaz de aprehender la naturaleza y las proporciones de ese conflicto; si pensamos que lo fundamental es encontrar las raíces del equilibrio social, y concebimos a la sociedad como un todo armónico de diferentes conglomerados y estratos, nuestro método, del mismo modo, atenderá principalmente a la búsqueda de las razones de ese equilibrio. Después de esta somera observación podrá apreciarse que escoger un tipo u otro de conceptualización implica ya de partida asumir una cierta perspectiva teórica, y que ello tiene indudables repercusiones en cuanto a la tarea de método a desarrollar. Por contraparte, un método que pone de relieve las tensiones dinámicas o el equilibrio tendrá por consecuencia la elaboración de proposiciones teóricas que destaquen precisamente tales facetas de lo social. Así pues, la relación teórica-método queda sucintamente presentada como una unidad compleja, donde no hay en verdad un término que pueda ser situado con entera independencia del otro, y donde las relaciones entre ambos resultan complejas y dinámicas.

            Otro aspecto inseparable de toda labor de creación científica es el que se refiere a la “verificación”. Como forma general toda investigación parte de un conjunto de ideas y proposiciones que versan sobre la realidad (sobre hechos o fenómenos y sus descripciones y explicaciones); el científico, por más que esté  persuadido de la verdad de estas proposiciones, no las podrá sostener hasta que, de algún modo, hayan podido ser verificadas en la práctica. Ello supone entonces, que todo problema de investigación debe ser explicitado en tales términos que permitan su verificación, es decir, su comprobación o rechazo mediante la prueba de la práctica. Dicho de un modo más concreto, un proposición es verificable cuando es posible encontrar un conjunto de hechos, previamente delimitados, que sean capaces de determinar si es o no verdadera. Así, si sostenemos que el peso específico del mercurio es 13,6 veces mayor que el del agua estamos en presencia de una proposición verificable, por cuanto es perfectamente factible, por medio de una sencilla experiencia, de terminar que la afirmación se cumple. En cambio al decir “Dios creó el mundo” no estamos frente a una afirmación científica, por cuanto es imposible refutar o corroborar lo dicho mediante datos de la experiencia.

            Un tercer elemento que creemos preciso incluir como integrante, en todos los casos, el proceder científico, es el uso sistemático de la “inferencia”, o razonamiento deductivo. Inferir significa sacar consecuencias de un principio o supuesto, de modo tal que dichas conclusiones deban ser asumidas como válidas si el principio también lo es. Así, por ejemplo, si se conocen algunas características generales de la disposición ósea de los vertebrados es posible reconstruir totalmente el esqueleto de un ictiosaurio a partir de algunas pocas piezas, o es factible deducir la hipótesis de la expansión del universo por el corrimiento de las franjas espectrales de la luz de la galaxias hacia el rojo, según analogía con otros cuerpos observados en la Tierra, etc. La inferencia opera generalmente durante la investigación de la siguiente manera: una vez formulada una hipótesis se deducen de ella posibles consecuencias prácticas que son luego, a su vez, sometidas a verificación. La hipótesis misma no se prueba, no se confirma, sino las consecuencias deducibles de ella. A este tipo de razonamiento operacional se le llama “modelo hipotético deductivo”.

            No nos atreveríamos a señalar, en un trabajo introductorio como éste, otras características que pudiesen considerarse universalmente como integrantes del método que la ciencia usa para ir construyéndose. Existen, en verdad, muchos autores que pretenden conceptualizar el método como a una especie de camino seguro y cerrado, tal como la decíamos más arriba. Pero el lector comprenderá fácilmente que –además de los argumentos que ya señalamos– tal cosa no puede ser cierta por cuanto un método así nos garantizaría la resolución casi automática de todos los problemas; no habría entonces ninguna dificultad metódica y el conocimiento progresaría en línea recta, haciéndose ociosa toda discusión acerca de su carácter y de su validez cosa que, evidentemente, no corresponde a la realidad. Esto supone afirmar que el método, en sí, no constituye una parte de la ciencia, pues en sí mismo no es –ni puede ser– demostrable o verificable. Sostener lo contrario derivaría en un razonamiento circular, en un obvio sin sentido lógico pues, si el método nos garantiza un pensar científico ¿qué método garantizaría a su vez al mismo método? Nos encontraríamos pues en una regresión hasta el infinito, de modo que la postura más razonable parece ser la de aceptar que el método científico no puede ser, intrínsecamente, demostrado científicamente.

4. Método y metodologías

            Conviene distinguir, llegado a este punto, entre los dos conceptos del título por cuanto ellos se suelen utilizar indistintamente, provocando no pocas confusiones y errores de consideración.

            Si por método entendemos, como indicábamos, una aproximación de orden necesariamente espitemológico, que se entrelaza con la misma lógica del pensar científico y con las notas distintivas de éste, se comprenderán fácilmente sus estrechas relaciones en la Teoría, y el hecho mismo de que –de algún modo– Método y Teoría deban irse construyendo paralelamente. Pero en cambio es preciso delimitar otro campo del trabajo investigador, un campo mucho más concreto y limitado, que se refiere específicamente a la “operatoria” de este proceso, a las técnicas, procedimientos y herramientas de todo tipo que intervienen en la marcha de la investigación. A este aspecto es el que denominaremos “metodología” de la investigación. De allí que creamos preciso situar con cierta nitidez el ámbito en que se mueve la metodología, para poder luego pasar a desarrollar sus problemas desde un ángulo coherente y crítico.

            Si definimos a la metodología como el terreno específicamente instrumental de la investigación, veremos que sus relaciones se dan, del modo más directo, con otros dos elementos de los que ya hemos hablado: el Método, en un sentido amplio, y el Objeto de estudio. En primer lugar, Método y Metodología deben mantener siempre la más estrecha colaboración y la correspondencia más estricta, por cuanto la metodología debe traducir –en el plano operativo y concreto– las orientaciones generales que define el método; de otro modo éste quedaría desvirtuado y la relación entre teoría y práctica se deformaría completamente. Por otra parte, la metodología como recurso instrumental destinado a recatar los datos de lo fenoménico debe, indudablemente, adaptarse a esto, es decir, en otros términos, el objeto. Tales relaciones básicas quedan esbozadas en el esquema que ofrecemos enseguida a la consideración del lector:  

 

            En este esquema (que, como todo esquema, es siempre una forma de aprisionar la fluida realidad en formas rígidas, y que por lo tanto debe tomarse más por su valor pedagógico que como una verdad en sí) observamos que el proceso de investigación se produce como un movimiento que enlaza teoría y práctica pero que presenta, entre ambos términos, la mediación de una doble instancia: método y metodología. Si el conocimiento, que asume en general la forma de teoría, se encamina hacia la práctica para construirse y para confirmarse, este proceso no se produce de una manera espontánea y simple sino que debe regirse por determinadas pautas para que adquiera un carácter científico. A ello nos referimos bajo la denominación del método, como elemento capaz de orientar la formación de los conceptos y de la teoría misma, aunque siempre determinado también e influido por aquélla. Pero este método, como perspectiva general, como epistemología en fin, no puede encarar por sí mismo toda la tarea práctica del investigador; éste precisa de orientaciones mucho más específicas que sean capaces de abordar la realidad que estudia en toda su multifacética complejidad. Para ello es que habrá de diseñar instrumentos y técnicas de trabajo que sean a la vez la continuación o “traducción” del método en un plano más concreto, y que tengan además la virtud de adaptarse a las particularidades del objeto en estudio.

            Algunos ejemplos nos ilustrarán mejor sobre lo anterior. Supongamos que poseemos una teoría de lo social que pone de relieve, como punto central, el conflicto de intereses y la consiguiente lucha entre las diversas clases en que se divide la sociedad; de allí podremos elaborar una formulación de método que sea capaz de destacar la formación de intereses antagónicos en el cuerpo social, su necesario enfrentamiento, y el carácter contradictorio y dinámico de todo el conjunto societal. Hasta aquí el “método” podría se idéntico para cualquier sociedad en estudio pero, si queremos confirmar alguna de las proposiciones de nuestra teoría, será evidente que la “metodología” a implementar será diferente si procuramos estudiar la sociedad brasileña contemporánea, las tribus teutónicas del siglo VI, o el contacto intercultural entre los europeos y los habitantes de la Gran Sabana venezolana. La metodología tendrá entonces que adaptarse a consideraciones de tiempo y de espacio, de mayor o menor complejidad de los objetos en estudio, y así sucesivamente. Del mismo modo podríamos hablar de la diferencias de técnicas que se requieren para analizar las consecuencias de la Teoría de la Relatividad bien se trate de sus manifestaciones en los procesos nucleares o de los fenómenos cósmicos.

 

 
 

 

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