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PALABRAS FINALES No queremos terminar nuestra exposición sin hacer algunos comentarios generales relativos a la metodología científica. El lector habrá podido observar que, pese a la rígida temática, hemos tratado de escapar en todo lo posible a los esquemas cerrados, a las fórmulas de engañosa simplicidad, a una preceptiva que pudiera convertirse en dogmática. Porque la metodología de investigación no aspira a ser más que una aplicación de los principios fundamentales del método y éste, para la ciencia, no sólo no puede ser dogmático sino que deber ser -por el contrario- una garantía contra todo dogmatismo. De otro modo estaríamos conspirando contra los propios fines que se propone la ciencia. Un conocimiento que intenta ser objetivo pero que reconoce humildemente su propia falibilidad no puede construirse con métodos y metodologías presuntuosamente infalibles. La metodología, como el conocimiento mismo, es permanente construcción, es creación y actividad; no existe fuera de la investigación viva, del trabajo de la gente preocupada intensamente por conocer y, debemos agregar, no existe tampoco fuera del error, del permanente superar los escollos que los objetos y nosotros mismos imponemos a esa voluntad de conocimiento. Por eso, si alguna recomendación final deberíamos hacer a quienes se inician en este campo, optaríamos por decir que sólo trabajando es que se aprende. No hay ningún libro, no éste ni el mejor imaginable, que puedan realizar el milagro de generar un investigador. La metodología por sí sola no tiene ningún valor, ninguna importancia; no es una ciencia por sí misma, es sólo una guía para poder hacer ciencia, y es intentando producirla que surgen los problemas de método; y allí, en todo caso -como elemento de consulta, como referencia, como estímulo- pueden ser de utilidad los libros. Nuestra experiencia docente no indica que sólo después de cometer muchos errores un estudiante alcanza a comprender las inconsistencias que hay en sus proyectos, y puede iniciar trabajos más serios y fundamentados. Por eso no hay que desanimarse ante los intentos frustrados, ante las complicaciones imprevistas, ante los caminos que de pronto muestran no conducir a ninguna parte. Son inevitables. A veces surge la pregunta, evidentemente lícita y pertinente, de si realmente se justifica tanto esfuerzo como se hace para el desarrollo de la ciencia, si sus resultados tienen realmente un valor, una utilidad para este mundo sacudido todavía por guerras, hambre y miseria. Se alega que, si bien las técnicas modernas ofrecen una mayor producción de bienes materiales, nos facilitan la vida, y permiten el desplazamiento rápido de cosas y personas, vivimos sin embargo en medio de la incomunicación, de la amenaza de una catástrofe nuclear, de la agresión y la violencia cotidianas. La inquietud es más aguda, aún, cuando de las ciencias sociales se trata, ante la vista de las desigualdades económicas y sociales, de la aparente incapacidad para encontrar un tipo de organización social justo y equilibrado, que estimule la felicidad de todos. No habremos de negar, por cierto, la legitimidad y la importancia de todas esta preocupaciones. Pero sería injusto, creemos, hacer responsable a la ciencia moderna de tales ingentes problemas: no es razonable hacer recaer sobre ella los pro y los contra de lo que produce constantemente la tecnología. El pensamiento científico, como tal, general conocimientos que pueden usarse de muy distinta manera, pero no tiene la mágica capacidad de alterar las intenciones de los hombres, los intereses de los grupos o las relaciones de poder. La tecnología es un producto social y quien se sienta insatisfecho con su derrotero o con sus resultados, debiera encaminar su crítica y sus esfuerzos no hacia la fuente intelectual de su desarrollo sino, ante todo, contra las estructuras sociales que han determinado una forma particular en su desenvolvimiento. Pensemos por un momento: ¿qué sucedería si desapareciera el pensar científico hoy tan extendido? ¿cuáles serían entonces las formas de entendimiento que se impondrían? La sinrazón, el prejuicio, la pasiva aceptación de la autoridad tradicional, religiosa o política no son, sin duda, armas eficientes para luchar contra la desigualdad o la violencia. Sólo la crítica y el pensamiento libre, en cambio, ofrecen esperanzas para la construcción de un mundo mejor.
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webmaster: Marcelo Adrián Fuentes |
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