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El texto que sigue se publicó originalmente en Perspectivas:
revista trimestral de educación comparada (París, UNESCO: Oficina
Internacional de Educación), vol. XXIII, nos 3-4, 1993, págs. 808-821. ©UNESCO: Oficina Internacional de Educación,
1999 Este documento puede ser reproducido sin cargo
alguno siempre que se haga referencia a la fuente. Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) Héctor
Félix Bravo1 Orígenes de su concepción pedagógica
Las circunstancias adversas que dificultaron su propia educación y el
espectáculo siniestro que ofrecía Argentina, como consecuencia de la penuria
económica y cultural, gestaron en Sarmiento, sin duda, su concepción pedagógica
de tipo social. Las lecturas y los viajes de estudio nutrieron con contenido
doctrinario esa concepción.
No es nuestro propósito ahora determinar sistemáticamente los autores
que inspiraron la doctrina pedagógica de Sarmiento y menos precisar en cada
caso la medida de su influencia. Por ello, nos limitaremos a decir que fueron
Locke, Rousseau, Montesquieu, Tocqueville, Condorcet, Leroux, Guizot, Cousin y
otros que siguieron las aguas de la Ilustración, del enciclopedismo y del
romanticismo. Sin embargo, no podemos dejar de destacar cuánto significaron
para la teoría y la práctica educativas del “Maestro de América” las
ideas de Condorcet sobre el deber del Estado de proveer a todos los individuos
una instrucción que asegur su pleno desarrollo espiritual, político, económico
y social, mediante una efectiva igualdad de hecho y la institución del
laicismo, así como las de Guizot, principal propulsor de la educación popular
en Francia, con el auxilio de la gratuidad y la libertad de conciencia. También
ejercieron una influecia considerable en su espíritu humanitario las ideas de
Horacio Mann, el reformador de Massachusetts, en favor de la educación
universal —obligatoria, no sectaria y gratuita—, orientada hacia la virtud cívica
y la eficiencia social.
Pero fueron las observaciones hechas en los viajes de estudio los estímulos
que más eficazmente gravitaron en la elaboración de la pedagogía de
Sarmiento. Lo prueba el hecho de que las ideas que defiende en Educación
Popular —informe sobre los viajes de 1845 a 1847— consituyeron la esencia de
los temas desarrollados y repetidos posteriormente en su inmensa labor periodísitca
y didáctica. Su estancia en Europa, donde visitó Francia, Prusia, Suiza,
Italia, España e Inglaterra, le permitió conocer y valorar nuevos métodos y
procedimientos didácticos, ensayos interesantes de enseñanza diferencial,
instituciones avanzadas de formación docente, en fin, modernos sistemas de
organización escolar. Sus dos visitas a los Estados Unidos de América le
proporcionaron la oportunidad de tomar contacto directo con un movimiento
educativo altamente progresista, influido en apreciable medida por las ideas
pestalozzianas y, por lo mismo, hondamente arraigado en la comunidad. Civilización e instrucción pública
La barbarie y el caudillismo, con su secuela de ingnorancia, pobreza,
anarquía y fanatismo, formaban, según Sarmiento, la familia de nuestros males
sociales, males cuyo origen explicó en términos demográficos y mediante una
doble interpretación del problema. En Facundo (Civilización y barbarie: vida
de Juan Facundo Quiroga), hizo una interpretación cuantitativa: la despoblación;
en Conflicto (Conflicto y armonías de las razas en América), en cambio, expuso
una interpretación cualitativa: la formación étnica.
El desierto, cuya belleza descubrieron los escritores románticos
argentinos, fue una de las ilustraciones de las proyecciones sociales de
Sarmiento. La desolación, siendo contraria a las relaciones políticas
positivas, a los intereses económicos y a los estímulos culturales, daba la
clave de la ignorancia y la anarquía. Con frase feliz comentó Guerrero (1945):
“Sarmiento advirtió que el desierto estaba lleno de barbarie”. Sin embargo,
hoy resulta incuestionable que el enfoque dialéctico de Civilización y
barbarie contenía, entre otros, un grave error, consistente en explicar las
luchas civiles argentinas como un alzamiento de las campañas contra las
ciudades y en afirmar que los caudillos surgen de un medio rural. Sabemos que éstos
eran hombres de las ciudades, pero no ignoramos que sacaron de la campaña los
jinetes utilizados para sus quimeras políticas. Por ello, planteada la cuestión
con un criterio de relatividad, coincidimos con Sarmiento en sostener que frente
a la civilización de las ciudades existía la barbarie de las campañas; pues,
si bien los promotores de la anarquía fueron militares, clérigos y doctores,
hallaron en la gente perdida en el desierto la posibilidad y el aporte esencial
para la formación de las montoneras.
Su obra, Conflicto y armonías de las razas en América, explica el
origen de nuestros males sociales desde el punto de vista étnico. Sostiene
Sarmiento que la ignorancia de nuestras masas y la anarquía política, con sus
secuelas de corrupción de las instituciones democráticas, el lento desarrollo
económico y la penuria cultural, se derivaban de dos factores: la herencia española
y la mestización indígena. Para corroborar su afirmación, compara los
resultados de la colonización española y la inglesa. La diferente evolución
de los pueblos latinoamericanos y del pueblo saxoamericano resulta, según
Sarmiento, de una diferencia de civilización y, especialmente, de un desigual
desarrollo económico de España e Inglaterra que se reproduce en sus colonias
de América.
En la segunda parte de esta obra se afirma la superioridad moral del
mundo protestante sobre el mundo católico, superioridad que caracteriza el hábito
del libre examen y un mayor cultivo de la dignidad personal, ofreciendo las
condiciones necesarias para la práctica de las instituciones libres y del régimen
democrático.
Pero tales males, felizmente, no son incurables. Al respecto aconseja
tres remedios: inmigración europea, trabajo y educación pública, si bien
poniendo el acento sobre el último.
Con pasión de apóstol y seguridad de iluminado, sostuvo el valor
absoluto de la acción educadora. Ya en Análisis de las cartillas, silabarios y
otros métodos de lectura —obra que publicó en Chile en el año 1842, en su
calidad de director de la Escuela Normal— afirmaba: “La instrucción
primaria es la medida de la civilización de un pueblo”. Pero fue en Educación
popular donde planteó, por primera vez de manera precisa, todo su programa de
civilización por medio de la escuela. En sus escritos posteriores, a decir
verdad, no hizo más que desarrollar y repetir —con obstinación de
pedagogo— las ideas que había defendido en el informe de 1848.
La civilización no podía ser el monopolio de unos pocos. Ella exigía
que cada ciudadano estuviera convenientemente capacitado para el cumplimiento de
las funciones que le correspondían en la República.
La palabra “civilización”, incorporada en 1798 al diccionario de la
Academia francesa y en 1822 al de la Academia española, no es empleada por
Sarmiento —según creen algunos— con un espíritu estrechamente
materialista, o, para decirlo en términos modernos, con un sentido único de
“dominio de la técnica”.
Hombre de acción, realizador y constructor, Sarmiento se preocupó y
luchó por traducir en obras su doctrina, pero sin mengua de la moral y los
valores del espíritu. Lo prueba, en primer término, su fundamental interés
por los problemas de la educación; luego, su propia vida, que lo consagra como
paradigma de la elevación humana; finalmente sus claras definiciones. En
Viajes, por ejemplo, escribe: “El mayor número de verdades conocidas
constituye sólo la ciencia de una época; pero la civilización de un pueblo sólo
puede caracterizar la más extensa apropiación de todos los productos de la
tierra al uso de todos los poderes inteligentes, y de todas las fuerzas
materiales a la comodida, placer y elevación moral del mayor número de
individuos”. Como vemos, este concepto no es coextensivo con el de utilidad.
En verdad, Sarmiento no supo distinguir entre civilización y cultura, distinción
que, por otra parte, pertenece a la moderna filosofía de la cultura. Mas esto,
lejos de contradecir, confirma la interpretación que hacíamos antes.
Concibió la civilización con el carácter amplio que le asignaron los
constituyentes del 53, y no con el limitado que tuvo en el país después del
80. Civilizar era para él proveer lo conducente a la prosperidad del país y al
adelanto de todas las provincias, dictando las leyes y reglamentos necesarios
para crear un Estado de derecho y promoviendo la inmigración, la construcción
de ferrocarriles, la colonización de tierras de propiedad fiscal, la introducción
y establecimiento de nuevas industrias, la importación de capitales
extranjeros, etc.; pero también era atender al progreso de la cultura,
organizando la educación nacional y asegurando el bienestar y la libertad de
todos y cada uno de los habitantes, tanto como la soberanía de la República,
según lo establece la Carta Magna de Argentina.
Sarmiento fue un hombre de empresa y un idealista a la vez. Acometió la
gran obra de transformar el país, anarquizado y bárbaro, persuadido de que el
progreso, asentado sobre bases éticas, brindaría la felicidad al pueblo
argentino. “Pero el progreso —hace notar Mantovani (1950)— no podía
elaborarse con la razón, como querían los ilustrados, ni desde arriba, por
decretos gubernativos. Debía ser el resultado de un proceso de elaboración
histórica, cuya tarea principal era educar y crear nuevas costumbres; en una
palabra, civilizar”.
Así como no formuló una pedagogía sistemática, tampoco dio Sarmiento
una definición exhaustiva de la educación. Nunca entró en el orden de sus
preocupaciones fundar ni desarrollar un sistema de pedagogía general; antes
bien, todas sus inquietudes en este campo giraron alrededor de un sector
especializado: la pedagogía política o, mejor aún, la politíca educacional.
De ahí que el tema preferente de sus teorías y realizaciones pedagógicas
fuera la instrucción pública, cuya finalidad —según palabras suyas—
consiste en “preparar el uso de la inteligencia individual, por el
conocimiento rudimentario de las ciencias y hechos necesarios para formar la razón”.
Tenemos, pues, un concepto de educación pública que, combinado con otras
manifestaciones extraídas de diferentes trabajos, puede ser formulado sin
violencia alguna en la siguiente frase: la educación pública tiene por objeto
mejorar intelectual, física y moralmente a la clase más numerosa y pobre de la
sociedad, capacitándola para participar en el progreso cultural.
Quería Sarmiento elevar el nivel social de la comunidad con la acción
educativa impulsada por el Estado. Pero esta acción, dirigida principalmente a
promover el aumento de la capacidad intelectual por medio de la ciencia, debía
proyectarse sobre la masa, el grueso del pueblo —desposeído o ignorado—,
dejando de constituir un privilegio de los grupos dominantes. “Lo que
necesitamos primero —dijo— es civilizarnos, no unos doscientos individuos
que cursan las aulas, sino unos doscientos mil que no cursan ni las escuelas”.
He aquí el fundamento de la pasión de Sarmiento por la escuela primaria, a la
que llamó “educación popular”, “educación nacional” o, también
“educación común”. Democracia y educación popular
Para comprender en toda su magnitud la doctrina pedagógica de Sarmiento
es menester recordar el estado de la enseñanza en su época y aun durante la época
de la colonia.
Cuando apareció Educación popular (libro que, por las razones evocadas
en páginas anteriores, utilizaremos como término de comparación), la
instrucción primaria universal distaba mucho de ser una realidad en cualquier
parte del mundo, y menos un ideal generalmente aceptado. Sólo Prusia y las
ciudades del este y sur de los Estados Unidos de América habían concebido la
democratización de la enseñanza como una obligación del gobierno y del
pueblo. Las naciones latinoamericanas, recién salidas de las guerras de
independencia para sumergirse inmediatamente en el caos de las luchas civiles y
la tiranía, no ofrecían las condiciones de paz y de progreso social necesarias
para realizar una obra de tal naturaleza.
Esa diferencia no podía continuar por más tiempo, sin grave riesgo para
el desarrollo institucional, económico y social de la nación. Con clara visión
de un estadista y consciente de este problema, luchó con denuedo por imponer la
justicia social. El ejemplo de los Estados Unidos de América estimula su gran
decisión y le sirve de prueba en sus polémicas.
El régimen republicano y democrático exige una población bien
informada, sin diferencias de clase, y para esto es necesario conceder a todos
los habitantes igualdad de oportunidades. Este último concepto —sostenido
posteriormente por la Corte Suprema de Argentina en numerosos fallos— fue
perfectamente comprendido por Sarmiento: “La igualdad que proclaman nuestras
instituciones no consiste, como absurdamente se lo imaginan algunos, en una quimérica
igualdad de instrucción y capacidad en todos los asociados, ni en la igual
distribución de la propiedad; consiste solamente en que la ley no establezca
diferencias entre hombre y hombre, dejando a la naturaleza y a la fortuna ese
cuidado: consiste en que todas las instituciones tengan por objeto la mejora
moral, intelectual y física de la clase más numerosa y más pobre de la
sociedad”. Era el suyo, sin duda, un idearia de vanguardia en su época,
sustentador del enorme prestigio de que goza el “Maestro de América”. Sin
embargo, hoy resultan insostenibles algunas de sus afirmaciones, pues es
imposible hoy día concebir una educación democrática ajena a las soluciones
de la pedagogía diferencial y la asistencia social. Especialmente, resulta
impostergable salvar las desigualdades originadas por las las condiciones de
vida en los medios socio-culturales pobres, desfavorables al desarrollo de las
inteligencias, lo cual supone la promoción económico-social de las comunidades
poco desarrolladas.
La gran preocupación de Sarmiento, la tarea a la que consagró toda su
vida fue educar al pueblo, al conjunto de la población argentina, para elevar
su espíritu, mejorar su situación económica y, con ello, favorecer el
desarrollo de una nación libre y soberana. La educación siempre estuvo en el núcleo
de su obra, palabra con la que dio título a su obra más difundida, y tal vez
la que mereció siempre predilección. La evaluación que hizo de los países más
progresistas que conoció en los viajes realizados entre 1845 a 1847, lo llevó
a escribir lo siguiente: “Hay en el mundo cristiano, aunque en fragmentos aquí
y allá dispersos, un sistema completo de educación popular que principia en la
cuna, se prepara en la sala de asilo, continúa en la escuela primaria y se
completa en las lecturas orales, abrazando toda la existencia del hombre”.
Este programa renovador sólo podía ser realizado por la escuela primaria a la
que Sarmiento llamó, también, “escuela común”. Con profundo sentido
revolucionario, propugnó una escuela abierta a todos, o sea, sin discriminación
por causa de raza, de sexo, de condición económica, de rango social, de posición
política o de creencia religiosa . Por ello fue, en el momento debido, pionero
en la lucha por la enseñanza laica, es decir, sin dogmas religiosos ni
segregaciones de igual origen. A su desarrollo consagró su vida Sarmiento. A la
difusión de esa idea dedicó páginas memorables. En 1856, presentó una
memoria sobre la “educación común” al Consejo Universitario de Chile cuya
lectura sería de particular utilidad para cuantos desconocen —un siglo después—
la influencia de la instrucción pública en las actividades económicas y en el
desarrollo general de la prosperidad nacional. Con igual desvelo se consagró a
la fundación en Buenos Aires, el año 1858, de los Anales de la educación común,
órgano destinado a la propagación de una doctrina pedagógica profundamente
arraigada en el movimiento de la “escuela única” francesa, movimiento al
cual se anticipó en el orden de las realizaciones positivas.
De acuerdo con la tradición medieval que heredamos de España e Italia,
la instrucción pública argentina, hasta la época de Sarmiento, se caracterizaba
por un predominio de los estudiantes universitarios o superiores sobre los
estudios primarios. El autor de Hay que educar al soberano reaccionó contra
dicha situación siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos de América y de
Prusia. Al régimen aristocrático opuso el democrático, dentro de los cánones
de la época: “la escuela para todos; el colegio para los que pueden; la
universidad para los que quieran”. Estimó, con razón, que las universidades
deberían ser como los capiteles que coronasen el edificio de la educación pública,
sostenido por las escuelas primarias a manera de columnas. La cultura y la
civilización de un pueblo no podía consistir en la existencia de algunos
centenares de personas ilustradas, frente a la masa ignorante y desposeída. El
estudio del presupuesto de instrucción pública ponía en evidencia la
irritante desigualdad: “El Congreso de la República Argentina —leemos en
una carta de Rojas Paul— da 100.000 pesos fuertes para las escuelas en que
debieran educarse 400.000 niños, y 280.000 pesos para los colegios en que sólo
se educan 1.500, sin que nadie sepa por qué esos y no otros niños son los tan
ampliamente agraciados”.
Sarmiento era consciente de la impostergable necesidad del pueblo en
materia de instrucción. Había que enseñar a leer a las masas, antes que
acometer programas de enseñanza demasiado especializados o proyectos culturales
sofisticados. Así, pudo decir: “La educación más arriba de la instrucción
primaria la desprecio como medio de civilización. Es la educación primaria la
que civiliza y desenvuelve la moral de los pueblos. Todos los pueblos han tenido
siempre doctores y sabios, sin ser civilizados. Por eso son las escuelas la base
de la civilización”. Nadie que estudie con espíritu sereno la doctrina pedagógica
de Sarmiento podrá ver en las opiniones antes citadas una posición contraria a
la educación superior. Ellas son fruto solamente de una determinada concepción
político-social y de un criterio renovador acerca de la orientación
universitaria Argentina. Laicidad en la enseñanza
Según Sarmiento, nuestra escuela debe ser laica. Lo exigen factores
determinantes del progreso social, razones de orden cultural y necesidades del régimen
democrático y republicano. De ahí su campaña encendida y, a menudo, violenta
en favor de la laicidad escolar, desarrollada primero en las páginas del El
nacional con motivo del Congreso Pedagógico en 1882, y dos años después en
los debates que tuvieron lugar en el Parlamento al examinar el proyecto de ley
que sería adoptado.
Ciertamente, no puede verse en esta actitud un rasgo de ateísmo o un
estado espiritual contrario a la religión, en cuanto ideal superior. Sus
sentimientos cristianos y su respeto a la religión están probados por diversos
actos docentes, tales como la difusión entre los escolares chilenos de La
conciencia de un niño (libro sobre doctrina católica que contiene rezos) y la
Vida de Jesucristo (texto que explica los Evangelios), así como por reiteradas
manifestaciones que pueden leerse en La escuela sin la religión de mi mujer y
en muchos otros trabajos. Mas Sarmiento nunca intentó confundir a nadie
empleando el término “cristiano” con alcance limitado al que profesa la
religión católica. Por el contrario, tuvo una posición perfectamente definida
al respecto. Honró a Jesucristo y exaltó la doctrina de la Iglesia
protestante, sustentadora de ideas, al mismo tiempo que combatió la educación
clerical y la teología católica en nombre de la ciencia moderna y del progreso
nacional.
Otro aspecto de su defensa en favor de la laicidad escolar se apoya en sólidos
argumentos jurídicos. Basándose en un interpretación fiel de las cláusulas
de la Carta Magna argentina y en abundantes antecedentes constitucionales,
sostuvo con eficacia la necesidad de la educación laica. Sobre este asunto
versa “La escuela ultrapampeana” y numerosos artículos publicados en el
tomo XLVIII de sus Obras El laicismo del sistema escolar argentino, formado según
los principios de la Constitución de 1853, es signo de libertad, mientras que
la doctrina que pugna por imponer la enseñanza religiosa en las escuelas públicas
va en sentido contrario. El régimen mixto argentino, por lo demás, al
favorecer el desarrollo de los institutos privados, confesionales o no,
posibilita el ejercicio del derecho que tienen los padres a escoger el tipo de
educación que deseen dar a sus hijos. Obviamente, esta escuela, pública y
laica, no sirve para formar mentalidades dogmáticas y gregarias, menos aún élites
que faciliten la acción de ciertos grupos de poder. Formación de docentes
Maestro desde sus años de adolescente, en una época en que dicha
profesión era estimada inferior, Sarmiento predicó, con la fe de un apóstol,
la bondad y la trascendencia social del magisterio. Estaba persuadido de que el
maestro de escuela era el agente más activo del progreso de un país.
En Chile fue director fundador de la Escuela Normal de Instrucción
Primaria (primer establecimiento de su tipo creado en Sudamérica y, también,
uno de los primeros en el mundo) y, en la Argentina, trabajó en pro de la
formación de docentes y del establecimiento de programas y de escuelas
especializadas necesarias para la aplicación de su programa de civilización.
Su acción en favor de la profesión docente se complementa con la
organización de cursos de vacaciones para maestros, que instituyó en Santiago
de Chile en 1854, siendo su primer director. También, con la fundación en la
misma ciudad, dos años antes, de El monitor de las escuelas, y en la de Buenos
Aires, en 1858, de los Anales de la educación común, que empezó a dirigir
como jefe del Departamento de Escuelas. Estas creaciones constituyen el origen
de la prensa pedagógica en Sudamérica. Otras realizaciones
Análogos fundamentos democráticos tiene la creación de las bibliotecas
populares. Tampoco sería posible la educación sin bibliotecas. “La
civilización en América está ahí —dijo— en ligar la escuela con el
libro”. Por tal motivo crea bibliotecas populares ambulantes y jamás cede en
esta obra, aunque conoce el triste destino de algunas de ellas.
Era necesario remediar, aunque fuese en parte, la incuria de los
gobiernos anteriores en materia de educación. A este propósito respondió su
acción en favor de las escuelas nocturnas para adultos y las escuelas para
soldados. Igualmente, sus ideas sobre la obligación del Estado y de los
propietarios de habilitar dos horas de la jornada de trabajo para que los peones
y los obreros recibieran instrucción.
El proyecto de crear asilos maternales —organizaciones que había
admirado en Francia—, así como las cajas de ahorro escolar y las escuelas
para deficientes y atrasados figuran también en su programa de política
social.
Cuando llegó a la Presidencia de la República concretó en obras sus ideas,
superando en dura lucha todas las adversidades para aplicar ese programa de
redención del pueblo por medio de la educación. Así, fundó cinco colegios
nacionales y varios planteles técnicos de diverso tipo y nivel, atendiendo a
las necesidades económicas de la región; creó granjas escolares para la
experimientación agrícola; promovió la investigación científica, con
instituciones de jerarquía, tales como Academias, la Facultad de Ciencias
Exactas y Físico Naturales en la Universidad de Córdoba y el Observatorio
Astronómico en la misma ciudad, contratando los servicios de sabios
estadounidenses y alemanes; propagó gabinetes y laboratorios con fines de
renovación didáctica; estableció museos; creó el Colegio Militar y la
Escuela Naval, estimulando la elevación cultural y técnica de las respectivas
profesiones; asignó bienes para la fundación de seminarios conciliares; decidió
la realización del primer censo escolar del país, etc. La educación de la mujer
Hasta mediados del siglo pasado, la mujer llevaba una existencia
sedentaria y casi vegetativa, recluida en el hogar y dedicada exclusivamente, en
el mejor de los casos, a las labores domésticas. Permaneció así, extraña las
manifestaciones culturales, agravado ello por una estricta observancia de los
preceptos religiosos y una gran ignorancia. Era evidente, pues, que mientras la
mujer continuara en esa situación social, la civilización se detendría a las
puertas del hogar.
Esta cuestión de la influencia de las mujeres en el desarrollo de las
naciones latinoamericanas fue una de las grandes preocupaciones de Sarmiento,
como lo prueba la fundación del Colegio Santa Rosa, pensionado de niñas, en
San Juan, el año 1838. Por ello, cuando llegó a la Presidencia de la República,
una de sus primeras medidas en la materia fue la creación de escuelas normales
de maestras. Mediante la incorporación de la mujer a la acción educadora
quedaban unidos el hogar, la escuela y la sociedad en una misma empresa de
civilización. Por otra parte, tal progreso era el signo de una victoria en pro
de la libertad intelectual.
Parafraseando a Lincoln, diríamos que Sarmiento contribuyó como ningún
otro a instituir en la Argentina la educación del pueblo, por el pueblo y para
el pueblo:
Educación del pueblo porque, combatiendo ciertos principios teológico-políticos
de una sociedad todavía apegada a las diferencias de clase y a la formación
clerical, sostuvo que la educación era una función social. Implícito en este
concepto están el derecho y el deber del pueblo de recibir educación, en
igualdad de oportunidades, y la correspondiente obligación del gobierno de
proveer a la satisfacción de esa necesidad, conforme al principio de la
libertad de enseñanza, interpretado con mentalidad republicana y democrática.
Educación por el pueblo, porque propugnó la intervención más amplia
posible del pueblo en el gobierno de la enseñanza, en su inspección y su
sostenimiento. Según él, la inspección de las escuelas debía ser constituida
por comisiones populares, los rectores de las universidades o sus delegados, las
autoridades municipales y un funcionario técnico en representación del
gobierno central, con miras a perfeccionar la enseñanza y a propagarla en la
respectiva comunidad.
Educación para el pueblo, porque la doctrina pedagógica de Sarmiento
está fundada en un elevado concepto de la naturaleza humana. No era menor el
grado de su fe en el sistema gubernamental adoptado desde 1810, cuya vigencia
efectiva dependía directamente del desarrollo de la educación popular, puesto
que “la palabra democracia es una burla, donde el gobierno pospone o descuida
formar al ciudadano”. Educación y desarrollo de la nación
El imperativo de la época en que le correspondió vivir, era organizar
la nación recién formada sobre bases distintas de las preexistentes, lo cual
suponía remover instituciones y costumbres retardatarias, asentadas en el
privilegio, la corrupción política y el oscurantismo, para afirmar la vigencia
de los derechos humanos y promover el bienestar general, fomentando la
responsabilidad social y el espíritu nacional. La gran tarea de Sarmiento
consistió, pues, en erradicar el individualismo y demás males sociales, como
condición imprescindible para el desarrollo de una vigorosa conciencia
nacional. Sin embargo, este ideal comunitario al que él retornó tras sucesivos
fracasos de sus antecesores, no constituía una utopía irrealizable, sino una
misión posible. Las decepciones de Moreno y de Rivadavia en sus esfuerzos por
formar un espíritu nacional no se repitieron con Sarmiento porque éste estaba
profundamente arraigado en la realidad de su pueblo. Así, lejos de operar con
esquemas abstractos, inadaptables a las peculiaridades de la sociedad, metió
las manos en el barro y fue construyendo la nación con la realidad viva de su
tiempo y de su medio, bajo la inspiración de un espíritu profético.
Sobre los precedentes planteamientos, que no han perdido vigencia,
concibió Sarmiento los problemas del desarrollo y su relación con la formación
de la conciencia nacional. En varios trabajos expresó su pensamiento al
respecto, entre ellos, en Educación popular; y con mayor detenimiento en lo
relativo al desarrollo, en la Memoria sobre educación común, presentada al
Consejo Universitario de Chile, en 1856.
Allí sostuvo que la educación nacional primaria es condición necesaria
del desarrollo industrial, al tiempo que permite generar nuevas actitudes,
elevar el sentido moral y, en definitiva, lograr la prosperidad general. El
porvenir de un país, por consiguiente, se funda en el desarrollo social, y de
modo singular en la educación.
La inmensidad del país, escasamente poblado no obstante la riqueza
potencial, constituía un factor básico de aislamiento y de barbarie. El
desierto aparecía así como la causa y la expresión de un modo de vida
primitivo, poco propicio al trabajo fecundo y al progreso social. Sin embargo,
Sarmiento estimó que “la pampa no está, como se pretende, condenada a dar
pasto a los animales, sino que en pocos años, aquí como en todo el territorio
argentino, ha de ser luego asiento de pueblos libres, trabajadores y felices”.
Para que tal pronóstico se cumpliese era necesario no sólo poblar el desierto,
sino también modificar el régimen de la tenencia de la tierra, combatiendo el
latifundio, cuna de la miseria, la ignorancia y el caudalismo. La transformación
agraria fue, pues, un tema fundamental de su programa civilizador. Siguiendo las
mismas aguas que Rivadavia, aunque con medios distintos, acometió la difícil
empresa de dividir la tierra, como única forma de poblar el campo abierto,
acrecentar la producción y hacer viable la educación.
Lamentablemente, una empresa de tan alto vuelo no pudo prosperar por la
oposición de sórdidos intereses coligados que, entonces como ahora, presentan
una resistencia irreductible. Corresponde a las generaciones presentes y futuras
cumplir la misión que les legó Sarmiento, asegurando el desarrollo social por
medio de la reforma agraria y de la acción pedagógica.
Hemos visto más arriba que los remedios preconizados por Sarmiento para
atacar nuestros males sociales eran la educación pública, el trabajo y la
inmigración europea. La aplicación de este último remedio provocaría, junto
con la regeneración de la primitiva sangre hispano-indígena, una saludable
asimilación de la cultura y la productividad de las naciones europeas más
civilizadas.
No escapó, sin embargo, a su aguda observación que el ansiado
movimiento inmigratorio podía traer como consecuencia la sustitución de la
sociedad tradicional por una sociedad adventicia, “haciendo lentamente
descender a las últimas condiciones de la sociedad, a los que no se hallen
preparados por la educación de su capacidad intelectual e industrial, la
impulsión de progreso y la transformación que experimentará la sociedad; de
donde es fácil vaticinar a millares de padres de familia que hoy disfrutan de
una posición social aventajada, la posibilidad de que con la acción de nuevos
hombres y con su mayor capacidad de adquirir, sus hijos en no muy larga serie de
años desciendan a las últimas clases de la sociedad”. Además de la
necesidad de resolver nuestros males sociales, surgía, pues, el grave problema
de la posible pérdida de nuestra fisonomía nacional. Ya veremos en seguida cómo
este nuevo peligro quedó neutralizado por la escuela de Sarmiento.
A la escuela primaria la designaba con el nombre de “educación
nacional”, porque la grandeza y el porvenir del país, tanto como la salvación
de los valores tradicionales, dependen de la mayor suma de instrucción que
pueda impartirse al mayor número de ciudadanos en el menor tiempo posible,
mediante la acción combinada del Estado y de los padres de familia. He aquí la
razón de su preferencia por este nivel de la enseñanza antes que por la
educación superior. Ello no significaba el desconocimiento del valor de los
estudios secundarios y superiores, en la medida en que el sistema de enseñanza
en su conjunto contribuía a desarrollar la prosperidad general, elevando la
moral del pueblo. Mas la instrucción primaria impartida por el Estado a todo niño
en edad escolar, sin discriminación social, económica, política o religiosa,
era la más firme garantía de la unidad nacional. Precursor de la pedagogía social
En ciertas ocasiones, Sarmiento se decía socialista. Obviamente, empleó
el término socialismo por oposición a individualismo, puesto que creía en el
progreso social, fundado en la libertad del espíritu.
Para ser más exactos, diremos que Sarmiento elaboró —sin pretensión
sistemática— una pedagogía política, de carácter social, anticipándose así
a la concepción pedagógica fundamentada filosóficamente por Durkheim y Natorp.
Concebía la escuela como un factor dinámico que opera sobre la sociedad,
transformándola en todos sus aspectos. Fundamentalmente, le asignaba la tarea
de estructurar la democracia. La educación era un derecho del pueblo, al mismo
tiempo que un deber del Estado y de la sociedad. Sus objetivos eran: aumentar la
instrucción de todos los individuos capacitados para las funciones sociales,
erradicar la tiranía y asegurar la igualdad. Todo esto configura una pedagogía
política implícita en Educación popular y en otras obras que la siguen y
complementan. Se advierte así una política pedagógica, de neta orientación
social y progresista, enunciada por medio de normas prácticas y soluciones
concretas en los mismos libros y cumplida durante su mandato de estadista. La
preocupación de Sarmiento por los problemas educativos, ciertamente, no podía
quedar satisfecha con la difusión teórica de su doctrina pedagógica, por lo
cual, uniendo el dicho al hecho, materializó las ideas en proyectos y obras de
auténtico carácter social.
Las palabras dirigidas a Mansilla en vísperas de asumir la Presidencia
de la República: “prometo que levantaré la piedra y la subiré a la montaña”,
fueron cumplidas en todo el curso de su vida. La acción de Sarmiento no conoció
el descanso. Sus obras, sus creaciones se sucedieron una tras otra, venciendo la
indiferencia o la insidia de los dirigentes y la resistencia derivada del bajo
desarrollo social. Para ello, especialmente en materia de educación, luchó por
formar una conciencia pública favorable, en la que basó la feliz concreción
de sus esfuerzos. La ley sobre la enseñanza primaria universal, obligatoria,
gratuita y laica, fue promulgada gracias a su tenacidad y a sus grandes dotes de
persuasión. He aquí como la escuela primaria llegó a estimular la colaboración
de la comunidad, la cual ve en ese instituto pedagógico el mayor multiplicador
económico y social. Fue esta convicción generalizada, mantenida con pasión,
la que hizo posible el desarrollo alcanzado entre nosotros por la educación
popular. “La instrucción común —sostenía Sarmiento— parte del corazón
de los vecinos, y sin sus simpatías, sin su anhelo, será siempre planta raquítica,
cultivada en suelo ingrato e incapaz de propagarse”.
Con el calor popular y el trabajo de un magisterio abnegado, de cuya formación
fue responsable, Sarmiento puso en obra su doctrina social, erigida para siempre
en fundamento y garantía del desarrollo nacional. La escuela pública argentina
es la expresión suprema de su concepción política y la manifestación más
notable del cumplimiento de una promesa por parte de un hombre que ambicionó el
poder para realizar sus principios, hoy compartidos por toda la nación. Por
ello, la consigna de acción implícita en la política educativa de Sarmiento
constituirá siempre un mandato para los representantes del pueblo: gobernar es
educar. Notas 1. Héctor Félix Bravo (Argentina). Licenciado en filosofía,
derecho y ciencias de la educación por la Universidad de Buenos Aires. Ha sido
inspector de enseñanza secundaria, director de información pedagógica en el
Ministerio de Educación, responsable de investigación en el Centro de
Investigaciones en Ciencias de la Educación. Parlamentario y presidente de la
Comisión de Educación (1963-1966). Profesor honorario de la Universidad de
Buenos Aires, miembro de la Academia de Educación. Autor de numerosos artículos
y publicaciones entre las que destacaremos: Sarmiento, pedagogo social y
Estudios sarmientinos. Referencias
y bibliografía - Anderson Imbert, E. 1967. Genio y figura de Sarmiento. Buenos Aires, EUDEBA, - Bravo, H. F. 1965. Sarmiento: pedagogo social. Buenos Aires, EUDEBA. - Bunge, C. O. 1926. Sarmiento. Estudio biográfico y crítico Madrid, Espasa-Calpe. - Bunkley, A. W. 1966.Vida de Sarmiento. Buenos Aires, EUDEBA Cassani, J. E. 1938.Doctrinas pedagógicas de Sarmiento. Humanidades, Vol.
XXVI, La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad
Nacional de La Plata. - Fernandez, J. R. 1936.Sarmiento. Semblanza e iconografía. Buenos Aires, Librería del Colegio. -
Galvez, M. 1945. Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad. Buenos
Aires, Emecé. - Ghioldi, A. 1944. Sarmiento, fundador de la escuela popular. Buenos Aires, Asociación Liberal Adelante, Editorial - Araunjo, G. J. 1901.Sarmiento. Su vida y sus obras. Santiago de Chile, Imprenta Elzeveriana. -
Guerrero, L. J. 1945. Tres temas de filosofía argentina en las
entrañas del “Facundo”. La Plata, Universidad Nacional de La Plata,
Imprenta López, (Centenario del “Facundo”) - Ingenieros, J. 1915. Las ideas sociológicas de Sarmiento.
Conflicto y armonías de las razas en América. Buenos Aires, La Cultura
Argentina. - Levene, R. 1938. Sarmiento sociólogo de la realidad americana y argentina. En: Humanidades. Vol. XXVI, La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata. - Lugones, L. 1945. Historia de Sarmiento. Buenos Aires, Comisión Argentina de Fomento Interamericano. -
Mantovani, J. 1950. Epocas y hombres de la educación argentina.
Buenos Aires, El Ateneo. ——. et al. 1963. Sarmiento, educador, sociólogo,
escritor, político. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. - Martínez Estrada, E. 1956. Sarmiento. Buenos Aires, Edit. Argos.
- Ocampo, V., et al. 1977. Sarmiento, aproximaciones. En: Sur (Buenos Aires), julio-diciembre. - Orgaz, R. A. 1940. Sarmiento y el naturalismo histórico. Córdoba, Imprenta Rossi. -
Palcos, A. 1938. Sarmiento. Buenos Aires, El Ateneo. - Ponce, A. 1932.Sarmiento, Constructor de la nueva Argentina.
Bilbao, Espasa-Calpe. - Rojas, R. 1911. Bibliografía de Sarmiento. La Plata/Buenos
Aires, Facultad de Ciencias jurídicas y sociales, Universidad Nacional de La
Plata, Imprenta Coni Hnos. ——. 1915. Noticia preliminar a “Educación popular” de
Sarmiento. Buenos Aires, Biblioteca Argentina, Libreria La Facultad. ——. 1945. El profeta de La Pampa. Vida de Sarmiento. Buenos
Aires, Editorial Losada. Verdevoye, P. 1988. Domingo Faustino Sarmiento, Buenos
Aires, Plus Ultra. Weinberg, F. 1988. Las ideas sociales de Sarmiento. Buenos
Aires, EUDEBA. Obras
de Sarmiento sobre la educación
Las obras de Sarmiento figuran en los 52 volúmenes de las Obras completas,
Santiago de Chile y Buenos Aires, 1886-1903. Tras su publicación, los
investigadores descubrieron otros escritos de este autor, los más interesantes
de los cuales figuran en los volúmenes 4, 5, 7, 11, 12, 13, 28, 30, 38, 44, 47
y 48. El índice alfabético está en el volumen 53. Los textos más notables
son los siguientes: De la educación popular. Vol. 11, Buenos Aires, 1896. Educación común (Memoria). Vol. 12, Buenos Aires, 1896 También son pertinentes los texto siguientes: Bibliotecas populares.Vol. 30, Buenos Aires, 1899. Educar al soberano. Vol. 47, Buenos Aires, 1900. Ideas pedagógicas. Vol. 28, Buenos Aires, 1899. Informes sobre educación. Vol. 44, Buenos Aires, 1900. La escuela ultrapampeana. Vol. 48, Buenos Aires, 1900. Las escuelas, base de la prosperidad y de la república en los Estados Unidos. Vol. 30, Buenos Aires, 1899. Ortografía, instrucción pública. Vol. 4, 1841 to 1854, Buenos Aires, 1886.
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