|
|
||||||
|
|
||||||
|
|
||||||
|
ERNESTO ANGEL QUESADA
Ernesto Angel Quesada nació en Buenos Aires el 1 de junio de 1858, siendo sus padres el doctor Vicente Gregorio Quesada y doña Elvira Medina. En ese entonces el doctor Vicente Gregorio Quesada efectuaba muy frecuentes viajes entre Buenos Aires y Corrientes, reelegido diputado en 1855 al Congreso Nacional y colaborador de Pujol. Publicó entonces el doctor Vicente LA PROVINCIA DE CORRIENTES, y dadas las circunstancias llevó a su familia al trópico, hecho que cavó hondo en la sensibilidad del niño Ernesto. Más tarde diría el escritor: "...mi más tierna infancia fue arrullada con ese dulce acento guaraní que parece vivir eternamente herido de amor, si bien confieso que me avergüenzo de haber olvidado hasta tal punto aquella hermosísima lengua". Nostalgioso comentaba entre amigos, de una amplia casa de extensos patios junto a la iglesia de la Merced. Un paisaje de palmeras apoyaba ese ayer, de aguas que avanzaban costaneras, de lavanderas y aguadoras que sostenían cántaros sobre sus cabezas: "...alegres y cantando, en cadencioso movimiento, desnudos los pies, levantados los vestidos...". Y recordaba las tertulias de Gallino, o al paseo de la Batería para oír las conversaciones que su padre mantenía con el fraile Alegre, un franciscano de atractivo capuchón y pata al suelo. El niño regresará a Buenos Aires; producida la caída de Derqui, aquí pudo ver el primer número de la revista de BUENOS AIRES que su padre publicaría con Miguel Navarro Viola y, ya adolescente, leyó las colaboraciones de su progenitor en EL INVALIDO ARGENTINO. Fue testigo del regreso de las tropas del Paraguay, de las fogatas callejeras para espantar el cólera en las que participó. Vio el horror de la peste amarilla y las revoluciones. El vigor de la pluma de Ernesto Quesada se manifiesta en descripciones de los sucedidos del tiempo que exaltan su memoria. "...el resabio que la larguísima guerra del Paraguay dejó por mucho tiempo en nuestras costumbres, con sus oficiales y soldados melenudos y barbudos, las levitas militares con pollerines el kepí cantor echado a un lado sobre la oreja y luciendo a lo compadrito, la aceitada cabellera con jopo, que era orgullo de su feliz poseedor el cual, se balanceaba al andar, escupiendo por el colmillo como si hiciera puntería en blanco fijo: rasgos todos que caracterizaron, no ciertamente a la cultísima oficialidad superior pero sí a no poca subalterna y a gran parte de la tropa, confirmando las excepciones a la regla general. Agréguese a ésto que Buenos Aires era entonces una verdadera aldea criolla, cuasi sin el menor ribete de extranjerismo en hombres y cosas, tanto que acaba poco antes de combatir ingenuamente el cólera morbo del 68 con aquellas fogatas que se hacían en las esquinas de las calles y en las que todos participaban, grandes y chicos, participábamos entusiastas porque los médicos de entonces pretendían que el humo espeso ahuyentara la peste. Poco después en el horripilante desastre de la fiebre amarilla del 71, se transformó en un vasto cementerio del cual me queda en la retina la visión del brutal recuerdo de los cadáveres transportados en carros, sin cajones, porque no había tiempo para hacerlos ni para organizar convoyes fúnebres separados. Y, al poco andar, después de la revolución mitrista de setiembre, popular y militar a la vez, viene la tejedorista". El talentoso Ernesto Quesada se educó en Buenos Aires, Colegio San José, 1860 hasta 1872; su padre había sido designado Director de la Biblioteca Nacional Pública, de Buenos Aires, al fallecer José Mármol. Recorría el estudiante estudioso los ámbitos de esos estadios cultos y se orientaba a un destino único siguiendo las huellas paternas. Tiempo después, en un discurso, expresa: "Hace casi medio siglo entré al colegio como alumno...Cinco lustros después, como el corazón saca de la boca las palabras, tocóme dejar hecha, aquí mismo una larga y copiosa exhortación conmemorando el aniversario de la fundación de la Academia San José. Y hoy, ya en el último tercio de la vida, la dirección de esta "alma parens" inolvidable -discurriendo sin duda, por los conocidos y no conocidos, entre los que vamos acabando la vida- ha ido a buscarme en el encierro de mi biblioteca, sacándome de las pilas de expedientes judiciales y la preparación constante de mis cátedras, para empeñarme en que os dirija la palabra en esta ceremonia, que constituye algo como el coronamiento del histórico Colegio, por lo menos en cuanto a su evolución material, pues le anima, hoy como entonces, el mismo soplo de entusiasmo POR LA REALIZACIÓN DE SU IDEAL EDUCATIVO y la misma fe en el éxito de sus esfuerzos. Quizá se ha creido que la palabra de su antiguo alumno -que vio los comienzos modestos de la institución y contempla ahora la magnificencia de su desenvolvimiento, y que, por otra parte ha conservado incólume el entusiasmo y la fe en el estudio y en el trabajo, a pesar de todos los pesares-, debía embeber en los que recién comienzan, su espíritu y calor, descubriéndoles algunas de las secretas impresiones de la experiencia a que toda vida larga forzosamente pone estatua en el corazón...". Este discurso fue pronunciado por Ernesto Quesada en la Sociedad de ex-alumnos del colegio San José el 9 de octubre de 1915. Su padre recibió el cargo de Director de la Biblioteca el día 23, con la presencia del oficial mayor y el escribano de gobierno, los cuales procedieron a ventilar los salones cerrados durante mucho tiempo con el consiguiente deterioro de los libros y folios que permanecían lacrados desde el fallecimiento de José Mármol. LOS QUESADA VIAJEROS En 1872 ambos historiadores iniciarán el viaje a Europa. Don Vicente ofrecía al gobierno de Buenos Aires el estudio de las bibliotecas europeas, aunque como comisión oficial sólo aceptó la investigación de los archivos y colecciones históricas de España. Desembarcaron en Southampton en febrero de 1873. Aconsejados por amigos comunes resulven hacer una visita a don Juan Manuel de Rosas, residente en la chacra de Swathlihg a dos millas de Southampton. Ernesto acompañó a su padre, quien no gustó comentar la visita porque se le antojaba que la concurrencia al retiro de Rosas respondía a una curiosidad enfermiza, semejante a la manera como se va contemplar las tierras enjauladas. Palabras del visitante: "Rosas era ya octogenario, pero todavía un hombre hermoso y de aspecto imponente, cultísimo en sus maneras, el ambiente más modesto de la casa no amenguaba en nada su aire de gran señor, heredado de sus mayores". Los viajeros pasan por Londres, Colonia... y en Dresden, Enersto queda incorporado al Gimnasio. El padre sigue hasta Bruselas y se instala en París. REGRESO DE ERNESTO QUESADA A BUENOS AIRES Terminado su curso en Europa, el joven regresa a Buenos Aires. Va a incorporarse a la cátedra del Colegio Nacional y a la Facultad de Humanidades, de la Universidad de Buenos Aires. Publicó LA SOCIEDAD ROMANA EN EL PRIMER SIGLO DE NUESTRA ERA ESTUDIO CRÍTICO SOBRE PERSIO Y JUVENAL. El trabajo mencionado no sólo estudia a Aulo Persio Flaco y a Junio Décimo Juvenal. Los ubica en el ambiente en que vivieron en aquella ciudad estraordinaria y mágica, cuna del Derecho. Es difícil separar el trabajo constante de investigación y otros, tanto de don Vicente com del joven Ernesto, quien colabora junto a su padre vinculándolo a la bibliotecas europeas, sumando bibliografías y colaborando en la obra titulada LA PATAGONIA Y LAS TIERRAS AUSTRALES DEL CONTINENTE AMERICANO, que induce a don Vicente a declarar: "Con íntimo placer, reconozco al mismo tiempo la activa colaboración y laboriosa concentración de mi hijo Ernesto Quesada, en las indagaciones bibliográficas, especialmente en alemán e inglés, que me han hecho fácil la terminación de mi trabajo. Es con verdadera satisfacción que le doy este público y espontáneo testimonio de mi aprecio". El joven Quesada desempeñó gratuitamente la función de encargado de la Biblioteca, teniendo en cuenta la situación que atravesaba el país por el antagonismo de los porteños. Carlos Casares, gobernador de la provincia, designó ministro a don Vicente. Ernesto, a pesar del recargo que significaba quedar al frente del ejercicio, logra donaciones, organiza canjes, levanta inventarios, mantiene activas correspondencias, aumenta el acervo de la Biblioteca, logra la adquisición de libros al librero Etchepareborda. Clasifica las publicaciones periódicas, con tal prolijidad, que aparta las picarescas, retira cartas olvidadas y crea secciones especiales. El dominio del idioma alemán facilita su contacto con Alemania, organiza las obras para la exposición Universal de París de 1878. LAS INDISPENSABLES VACACIONES En un vaporcito llamado Pingo, Ernesto visitaba la estancia "Las hermanas" propiedad de uno de sus tíos, y que lindaba con el establecimiento "La vuelta de Obligado" perteneciente a los padres de Rafael. En sus recorridas por los jardines y durante las cabalgatas por el extenso predio que invitaban al reposo bajo el ceibal y reforzaban vínculos de amistad y aspiraciones de un futuro promisor. "Castillos en el aire" según el mayordomo inglés de los Quesada, mister Kenyon. Los soñadores inspirados al estilo de la época, Ernesto Quesada y Rafael Obligado, integran un intelectual y distinguido terceto con Adolfo Mitre, y los proyectos crecen como hongos después de la lluvia. Estos tres inseparables publican unos apuntes de Derecho Internacional tomados del curso dictado en 1878 por el doctor Amancio Alcorta. La influencia, la experiencia de don Vicente Quesada está presente en cada uno de los pasos de la vida y los trabajos de estos jóvenes, como así también el empuje de la profundidad del estudio que verá luz más tarde "Derecho internacional latinoamericano" en la Nueva revista de Buenos Aires. Inserto en tan bella época, el círculo literario reunía semanalmente, en la salita elegante de Adolfo Mitre, lo más brillante de la porteñidad. Resonaban allí los ramanticismos y las poses afrancesadas. Música. Y la justa literaria en torno del romanticismo que Obligado y Oyuela publicarían en la Ilustración Argentina. Decía Quesada, el joven, "Cincuenta años después de haberse realizado aquel movimiento literario en Francia, recién repercutía entre nosotros, y se veía el singularísimo espectáculo de apasionarse toda una generación por una lucha que hacía medio siglo había cesado, siendo reemplazada por mil otras evoluciones". El romanticismo más quejumbroso ocurría en la casa de Julio E. Mitre y la concurrencia al teatro de Ernesto y Adolfo, constante, especialmente cuando actuaban la Ristori y Valero, mimada por la sociedad y aparte más que homenajeada por el enamoradizo y bullanguero Domingo Faustino Sarmiento. ERNESTO QUESADA Y SU PADRE D. VICENTE QUESADA. EL TESTAMENTO: Decía el testamento de don Vicente: "Dejo a mi hijo Ernesto todos mis papeles y libros inéditos para que los publique oportunamente, en todo o en parte, según su buen criterio se los indique; esto es una carga que le impongo, sin plazo y si sus recursos y tiempo se lo permiten; también quiero que haga una edición de mis obras completas, incluyendo las ya publicadas en libros y revistas y las inéditas que dejo. Pero, con esa publicación dada la falta de mercado que para tales libros existe en nuestro país, sólo podría hacerse con la ayuda del tesoro público, lo autorizo y aún le impongo, porque sé que en esto violento sus inclinaciones, que solicite, en recuerdo de mi memoria, del honorable Congreso de la Nación, los fondos necesarios para ello, pues entiendo que mis servicios al país sobre todo en las cuestiones de límites, por cuyo trabajo no recibí compensación pecuniaria, me dan derecho para pedirlo, tanto más cuando el Congreso acostumbra acordar liberalmente recursos para costear numerosas publicaciones y que a las veces como en el caso del doctor Vicente Fidel López, ha votado leyes especiales acordando fuertes sumas para la publicación de sus obras y en muchos otros casos que sería pesado recordar". Propone a Ernesto el siguiente plan: "Mis memorias diplomáticas"; "Mis memorias políticas"; "Mis obras de historia colonial". La generosidad del padre excede tal vez las posibilidades de Ernesto. Ahora le propone donaciones diferentes, dado que en la casa lucían muebles valiosos. Había en la antesala un excepcional escritorio renancestista con escudo de armas que fuera de un cardenal, y don Vicente solicita, naturalmente por mediación filial, que el gobierno argentino lo adquiera, como así también las colecciones de objetos para que fueran conservados en museos argentinos y bajo la expresa condición de ostentar el título: Colección Vicente G. Quesada. FRUSTRACIÓN DE ERNESTO QUESADA El Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín, desde 1930 se inició con la donación de una biblioteca de 81.774 libros del Dr. Ernesto Quesada. A este fondo se agregó otro, de 5.000 libros donados por Plutarco Elías Calles, presidente de México. Al morir Ernesto, en 1934, en Spiez, hubo otro envío de documentos. A los libros se sumó el archivo familiar, que incluye inéditos del doctor Vicente Gregorio Quesada. En cumplimiento del testamento del mismo doctor Vicente Gregrorio Quesada, su hijo el doctor Ernesto Quesada, intentó vanamente colocar la biblioteca y las colecciones familiares en nuestro país, a partir de 1921, ya jubilado de sus tareas profesionales y docentes. La Universidad de Buenos Aires no resolvió nada. Pasó el tiempo; Ernesto viajó a Alemania en 1927 y aprovechó su estada para ubicar la biblioteca y formar el Instituto. La Universidad de Berlín fue la destinataria. En carta a Rómulo Zabala, del 6 de XII - 1929, Ernesto explica su fracaso en el país y dice que tiene "la conciencia tranquila". También le cuenta que está revisando los manuscritos de su padre, lo que podría exigirle "15 años de labor". En diciembre de 1932, Iso Scheweide en un artículo publicado en la revista Nosotros, narra el vía crucis de la donación de la Biblioteca y el archivo y revela que los norteamericanos querían comprarlos y que ofrecieron sumas fabulosas. ERNESTO QUESADA EN PARIS Fecunda y extensa es la estada del estudioso joven en Leipzig y Berlín; agregamos a estas valoraciones el sentimiento afrancesado adquirido en el cartier latin y que le perfumó la vida hasta la edad provecta. Ambos Quesada, padre e hijo, tuvieron la fuerza corajuda germanófila en cuanto a lo didáctico, lo hermético que requiere la soledad pensierosa. Pero Ernesto es muy joven y vive en París yel hermetismo se abre y da paso a "la florida edad". Los folletines de esas temporadas aparecen en el diario La Nación, evocadores de los patios de la Sorbona, luego de las clases, andanzas por el cartier, atardeceres vistos desde el Port Michele o a através de los vidrios de Vachette d'Harcourt, o la admiración hacia Madelaine la Nautine degustando amaneceres de soupe de l'oignon. Recordaría mucho más tarde las aventuras románticas de su alquilado cuarto de "en el Boull Mich", que compartía con sus amigos Plou y Moutan. Amanecía promenades a bouquiner en los étalaguistes de los quais. Iban, él y sus amigos, por la rue des Ecoles, revolvían los preciosos escaparates de viejo en las librerías de la rue, y así llegaban al edificio de las tres facultades de Ciencias, de Letras y la Católica. No todo se reducía a pasear, Ernesto asistió a los cursos que dictaban Fustel de Coulanges, Mezzieres, Paul Janet y otros. De Coulanges lo introdujo en el feudalismo y Janet en las evoluciones de la filosofía moderna. Investigador hasta la curiosidad, entra en l'École practique des Hautes Etudes, sólo para ver de qué se trataba cuando el empleado encargado de la Escuela le pregunta si venía a inscribirse. Por no decir No, dice Sí. El viejo empleado le solicita documento y Ernesto presenta un ejemplar de Persio y Juvenal. Le entregó, el viejo empleado, la tarjeta de admisión. Debió ocupar un lugar en torno a la mesa donde ya instalados atendían señores alumnos de "30 a 40" años adustos y serios, pedagogos, maestros. Dictaba sus clases Fagniez, sobre la Francia bajo Enrique IV; Giry, sobre las instituciones municipales de Francia. Conociendo latín, no hacía falta otra disciplina. Ernesto, por casualidad, ingresó y sin dificultad alguna. Inconvenientes de salud -debe usar gruesos cristales porque aumenta su miopía- le impiden seguir regularmente las clases que no abandona como oyente. ERNESTO QUESADA BUSCA ALIVIO A SU PESAR DE MIOPIA Se siente algo disminuído por los anteojos desmesurados y de color azul que no le combinan con su natural elegancia. Tuvo que disuadirse gravemente y cerrar los libros, dedicarse a oír, mirar y pasear. El joven quieto, movedizo y dicharachero galán anduvo la ciudad luz sin parar. Durante algún tiempo dejó el templo del saber y fue un joven más entre los jóvenes en pos de placeres y euforias. ¿Revancha contra los anteojos que desmedraban su estilo? Tal vez... Frecuentará el teatro de la divina Sarah Bernhardt, los bailes del Eliseo y las reuniones de Montmartre, historias de grisetas y cancionero de Mimí Pinson. Su camarada Carlos Calvo lo agasaja en su famosa casa de la Avenue Friedland; Carlos es un publicista de mérito y otro ladero de correrías, Mariano Balcarce, asiste a las academias, al parlamento y escucha la palabra de Ferry. Así, paso a paso va despreocupándose de los vidrios azules que lo atormentan. Los sábados oía a Flamarión, a Coppée, a Daudet y a Loysosn. Desde lejos nos parece un sueño que alguien de estos pagos gozara la fortuna de aquellos talentos... De los cursos del College de France opinó Ernesto: "...aquel ha sido un foco de la revolución, aquel el centro de donde partían las grandes impulsiones, donde han brillado los grandes genios, cuya figura principal aún anonada". Por admitir a Renan asiste a sus conferencias aunque desconoce los textos en hebreo, caldeo y asirio. Envalado de pura intelectualidad, sigue a Laboulaye, Blanc, Albert y Havet Nourrison sobre los detalles de los atributos de Dios la idea del mal, las teorías leibnitzianas de las antinomias de la libertad o de la presencia divina. ERNESTO QUESADA Y JUAN BAUTISTA ALBERDI Lo visitaba cuando volvía de su retiro de la granja de Normandía. La amistad sellada luego de una lectura de Persio y Juvenal -Quesada se la hizo llegar- fue ininterrumpida. Reproducimos la esquela que Alberdi envía a Quesada: "París, 6 de junio de 1879, 4, Pasaje de la Madelaine. Mi apreciable amigo y compatriota: Por dos días a ratos, me ha tenido encantado la lectura de su libro sobre Persio y Juvenal, estudio interesante y simpático que, a la vez que de Roma la de esos poetas, lo es en cierto modo de nuestra sociedad en un momento de su historia. Raras veces un libro de Sud-América, me ha hecho decir otro tanto, créamelo usted. Me ha dejado deseoso de volver a verle. Quisiera tener la amabilidad de venir a comer conmigo, mañana 7, a las 6? Sin ceremonia, en simplicidad filosófica. Deseándole contínuo progreso en sus estudios, me es grato repetirle mi sincera simpatía por su persona y talento". Luego del ágape, escribe Ernesto "...quedó grabada en mi mente de la desesperación del polemista"; parece ser que Alberdi tomó la palabra y Ernesto reducido a escucha las hizo suyas para darlas a conocer impresionado por su patetismo. Dijo Alberdi: "...tengo la sensación de haber sido deliberada y fríamente asesinado en vida. Mi espíritu está demasiado amargado; mis fuerzas han declinado; como el pelícano he tenido que nutrirme de mis propias sustancias; he degollado mi enfermedad moral a costa de tantas sangrías, que han derramado la casi totalidad de la sangre de mis venas. Ya he dejado de ser, soy una sombra que espera la muerte. El martirio que he sufrido pocos lo comprenderán. Usted mismo no tiene aún la experiencia suficiente para sospecharlo. No conozco entre nosotros hombre alguno a quien sus contemporáneos hayan hecho víctima de igual ferocidad y calculada crueldad. Sólo uno se asemeja de lejos: ¿conoce usted las vicisitudes de la vida de Vicente Fidel López? bien, el tuvo fuerzas y preparación, valor y energía: le tocó el día brillante siendo ministro de su propio padre, pero los odios que desató en las legendarias sesiones legislativas, lo han mantenido alejado de la vida pública durante este cuarto de siglo que ha pasado... El olvido se lo va comiendo...". Dice Quesada: "...me abrió su corazón y engolfado ya en sus reminiscencias... cayó en lo que significaba mi silencio". Paseaba con Alberdi por los Campos Eliseos. Amistad del joven hacia el prócer. Años más tarde Quesada asistiría al "doloroso epílogo del remate de los pocos bienes de Alberdi: su escritorio de París y libros llenos de anotaciones suyas; pero los cajones reclamados por algún heredero no fueron subastados. Y es de esos cajones donde se ha desterrado lo que, para mengua del gran Alberdi, llaman sus escritos póstumos; y se publicaron tres volúmenes incluyendo todo lo regular, lo mediocre, lo incompleto y hasta lo que no es sino apunte para trabajo posterior. NUESTRO HISTORIADOR EN ALEMANIA En 1879, Ernesto Quesada va a Dresde. Es su segundo viaje a Alemania y el reencuentro con sus ex profesores y compañeros. La antigua habitación de estudiante lo espera. Concurre a centros de cultura y bibliotecas, asiste al 50 aniversario de la primera puesta en escena de Fausto, de Goethe. En su carácter de secretario de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, en Bruselas, asiste al Congreso de Americanistas y da lectura a un Resumen de la Memoria de su padre. Su afección ocular no le permite otro esfuerzo. En la gran sala del Palacio de las Academias, se escuchan voces airadas de algunos congresistas: Morros, Peterken, Beauvois y de la Espada. Son voces que aseguran que sólo España pudo hacer hazañas en América. Los señores se han sentido molestos por el fervor americanista de Ernesto, quien les asegura que no fue su intención molestarlos. Al promediar las sesiones, el joven argentino pide la palabra para cumplir con la misión que le encomendara el profesor Forsstemann, de Dresde. Este hecho lo reivindica y hace notar su capacidad y produce un diálogo con Lucien Adam. Crece el interés de los concurrentes por este americano del sur que sabe competir con los viejos señores de la ciencia, nada menos que en Alemania. LAS CENIZAS DEL PADRE DE LA PATRIA, D. JOSE DE SAN MARTIN Y EL VIAJE DE ERNESTO QUESADA Ya es hora de regresar a Buenos Aires y nada menos que en el "Villarino", barco que trasladará los restos de don José de San Martín a las riberas del Plata. Este barco, al mando del comandante Ceferino Ramírez, estaba en el Havre a la espera de órdenes. Era el primer buque de guerra comandado por argentinos; cúpole a nuestro viajero integrar el pasaje y describir el notable destino. Cuando llega a la rada un estremecimiento singular pone fin a uno de los destierros, también más singulares. Ahí está Ernesto Quesada oyendo las arangas de bienvenida pronunciadas por Mitre y Avellaneda. Es un nublado cielo porteño, el 28 de mayo de 1880. Un abrazo de Ernesto con Adolfo Mitre pone fin a tanta aventura.
FUENTES PRINCIPALES Juan Canter. "Bio-bibliografía de Ernesto Quesada" en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, t. XX, Buenos Aires. Dardo Corvalán Mendilaharsu, "Vicente Gregorio Quesada", cap. de Sombra Histórica, Buenos Aires, 1923. Vicente Osvaldo Cutolo, Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, vol. V. Ed. Elche, Buenos Aires, 1978, (Entrada "Vicente G. Quesada"). Fermín Chávez/Aurora Venturini, "El Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín", separata de la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, núm. 37, Buenos Aires, octubre-diciembre de 1994. Hagen, H. B. und H. Oehike, "Bibliographie E. Q." en Ibero Amerikanische Archiv, Jah. 7, 1933-34. Bibliographie (1877-1933), Ibídem, Jah. 8, 1934-35. Ernesto Quesada, "La Sociología Relativista Spengleriana" (Curso Académico de 1921), en Revista de la Universidad de Buenos Aires, t. XLVI, Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires, 1921. Die Q-Bibliotek und das Lateinamerika-Institut, en Iberoamerikanisches Archiv, Berlín, Jahrgang, 4, 1930. Rodolfo Rivarola, Ernesto Quesada, Ibídem, Jah. 7 1933-34. M. Uhle, Ernesto Quesada, Ibíd. Jah. 8, 1934-35.
|
||||||
|
webmaster: Marcelo Adrián Fuentes |
||||||