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EL  VALOR DE LA LENGUA Y DE LOS SIMBOLOS PATRIOS

 

por Salvador Diego Navas *            

 

            En momentos en que los valores están tan confundidos, en que el grito prevalece sobre la razón y la mera figuración parece ser el objetivo más buscado, la creación de una cátedra de Tradición y Costumbres merece tener el mayor de los éxitos. También merece tener un grupo de expositores compenetrados de su finalidad, de modo que podamos apreciar nuestros valores reales y entender las raíces nacionales como un gran sentimiento, firme por dentro y ajeno a cualquier odio al exterior. Calmo y sin estridencias pero tampoco callado, para no dar lugar a algo parecido a este diálogo familiar. Papá, ¿me querés mucho? -Pero hijita, ¿cómo se te ocurre preguntarme eso? -Yo lo sé, papá, pero me gusta que lo digas de vez en cuando. El diálogo es real; lo sostuve con mi hija. Los símbolos patrios ocuparán la segunda mitad de esta charla. Comenzaremos ahora con la lengua.

            En la clase inaugural los amigos Landriscina y Simón describieron a los españoles con una frase "Se llevaron todo y dejaron la lengua". Creo que es cierto, pero entiendo que pagamos barato por esta lengua que prolijamente empaquetada regaló Nebrija a la reina Isabel, al dedicarle la primera gramática escrita de una lengua viva. Por lo demás, Sánchez Albornoz atribuye la preeminencia de Castilla a la posesión de la más poderosa de las armas, su lengua, con la cual pudo fabricar una Nación a su imagen y semejanza.

            Piensen en ésto; España nos regaló su lengua. Algo maravilloso, que nos permite estudiar, enseñar, deleitarnos y principalmente compartir con otros cualquier idea, o el sentimientos más íntimo. Por eso será que quien no puede hablar, el perro, llegó a desarrollar una mirada tan expresiva y sin parangón.

            La lengua nos llegó con el habla de la tripulación de Colón y las siguientes; hombres toscos, quizá ignorantes, pero no importa. Un idioma se construye a diario, en los altos cenáculos y en la calle. En Universidades y en el subeterráneo. Los académicos solamente recogen y dan partida de nacimiento a las más logradas, de mejor sentido. Tampoco hay obituario para las que se utilizan poco o nada; quedan en el limbo en espera de un milagroso rescate. La lucha entre ellas es constante y no es cierto que duermen en un diccionario. Son como las personas, algunas tan fuertes que parecen eternas y otras débiles; las hay fértiles, llenas de acepciones, y también estériles. Algunas infelices condenadas por mala conformación natal, como can que debió claudicar ante perro al no tener femenino ni diminutivo (la cana no es una perrra, y canita está más cerca de un policía joven que de un cachorro). Apenas quedaron los derivados canalla y cínico que siempre critiqué y que felizmente también crítica Unamuno a través del perro protagonista de su novela NIEBLA.

            Finalmente en ese ir y venir de acepciones algunas palabras han girado 180 grados y se oponen a sí mismas, como parva, entendida como algo grande, y en sus inicios lo pequeño, por eso el párvulo.

            Todo eso nos dio España. Y en reciprocidad, ¿qué le dimos? Debe haber habido una primera palabra que España tomó de América. Sí que la hubo, y está asentada en el diario de a bordo del Almirante cuando en octubre de 1492 dice "entonces ví a los nativos acercarse en unos pequeños botes hechos de tronco ahuecado que llaman canoa". Los regalos se retribuyen, y éste fue el primero que hicimos a la madre patria.

            Lo mismo pasó luego con los aborígenes y sus lenguas. Los obligamos a plegarse a nuestro incipiente español, pero les tomamos sus palabras más significativas.

            Unas pocas del quechua: yapa, agregado, añadidura, de ya = unión y pa = que se hace. En Buenos Aires se conocía como yapa al pequeño regalo que el vendedor daba al cliente agradeciendo su compra. En el campo define la parte gruesa del lazo que remata en argolla, y además, según Saubidet se usa como remate de frase, "y de yapa le habló mal de su mujer". Pucho: lo que sobra, lo poco que queda. Lo usaron Ascasubi y Hernández, y Rufino Cuervo señala como argentinismos "pucho de cigarro" y "no vale un pucho".

            Muchas más tomamos de los mapuches, quienes rechazaban el nombre de araucanos que les daban los españoles. Su lengua es descriptivamente fiel, ideal para el lenguaje toponímico. Para comenzar Mapuche, de mapu = tierra y che = gente, los define como los hombres de la tierra, mientras que los puelches, (puel = Este), habla de los hombres del otro lado. Uno sabe de qué están hablando cuando describen a la isla del tigre diciendo Nahuel = jaguar y huapi = isla. Lo mismo Covunco donde co = agua y vunco = caliente, al referirse a las termas. También Cutralco compuesto por Cutral = fuego y Co = agua, el petróleo y la zona donde abundaba. Pero el hombre blanco que se define como el gran civilizaro a veces incorpora los conocimientos y enseñanzas gradualmente, en su justo momento, pero otras decide barrer con el pasado, aniquilarlo y empezar de nuevo. Esto ocurrió en épocas de la campaña al desierto cuando se buscaba una desaparición del aborígen tan absoluta que una circular del gobierno dice textualmente "Habrá que despojarlos hasta del lenguaje nativo como instrumento inútil". (Citado por Esteban Erize en su libro sobre la lengua mapuche). Falto de testimonio escrito y rota la cadena de transmisión oral muchas palabras han desaparecido o nos llegaron deformadas, y así oímos hablar de Curumalal, compuesto de curu = negro y malal = corral, término carente de sentido.

            La palabra precisa es Curamalal, compuesto de cura = piedra y malal, o sea corral de piedra, como fueron los corrales toda la vida hasta la aparición del alambrado.

            Algo pudo conservarse en las estaciones del Ferrocarril, que solían llevar un nombre toponímico, o el de quienes donaban la tierra. Así conocemos estaciones como Quequén (el ancho río) y Chapelco (el agua del chapel, una planta), pero no pretendemos buscar el origen de Mechongué, pues era el sobrenombre de la hija del hacendado Martín de Álzaga.

            También es positivo y fértil el intercambio con otras lenguas, especialmente el protugués a través de Brasil. Vaya como muestra el viejo conocido Bondi, cuya historia nace en Río de Janerio al fundarse en 1876 la Compañía de Transportes Tranviarios, que integra su capital social mediante una emisión de títulos. Esos títulos, o bonds, llevaban un membrete con el nombre de la compañía y el dibujito de un tranvía. El carioca, que graciosamente agrega una "i" a las consonantes finales, como en golfi por golf, en ocasión de comprar los títulos o bonds pedía "UN BONDI", nombre que finalmente quedó aplicado al vehículo.

            Hablando de nuestra propia lengua, de la española, y sin extendernos mucho pues no alcanzaría el día entero, podríamos citar un par de etimologías: una bíblica y la otra "non sancta". Escarbar en el pasado de las palabras y su nacimiento, que eso es la etimología, es tarea que les recomiendo, y estoy seguro que si inician el estudio, nueve de cada diez de ustedes lo continuarán por vida. Vayamos a la primera:

            Petrel. Ave marina de gran envergadura, que además de alimentarse de peces gusta comer del plancton cercano a la superficie en bajo vuelo rozando las aguas. Cuando lo hace no retrae las patas, dando idea que se desliza o camina por sobre la superficie y de allí su nombre Petrel tomado de la Biblia por comparación con Pedro, Petrus, al andar sobre las aguas al llamado de Jesús (Mateo 14-24). En inglés es también Petrel y en alemán petersvogel, o sea ave de Pedro.

            Rufián. Hace años hubiera calibrado la edad de la audiencia para poder decir: vamos a entrar a un mundo prohibido, pero hoy creo que no hace falta.

            Es rufián quien hace el trato infame de mujeres públicas, y por añadidura el hombre sin honor, perverso, despreciable. Sepamos además que el latín ruber significa rojo, por eso el rubor, por eso el rubí, y también el trazo final de la firma, la rúbrica que se hacía en rojo. Como derivado, rufus es el nombre aplicado al pelirrojo. La historia comienza en épocas medievales, cuando las meretrices acostumbraban a adornar sus cabezas con pelucas rubias rojizas, como bien lo cuenta Mujica Láinez en Bomarzo cuando el protagonista visita a una cortesana en Florencia: "Entonces apareció Pantasilea. Su cabellera roja teñida con los reflejos sutiles caros a los venecianos entrelazada con hojas de laureles e hilos de perlas".

            Dante y Bocaccio hicieron uso frecuente del término rufiano, aplicado al tratante de dichas mujeres, que literalmente viene a ser "el traficante de prostitutas que usan peluca roja".

            Finalmente, ya que tratamos de no separarnos del pasado, valgan tres palabras demostrativas. Nunca vi a nadie mostrar a un antepasado usurero o tratante de blancas. Pero sí el abuelo hizo algún descubrimiento, o fue ministro de tal cosa, a primera vista debiera advertirse que yo desciendo de "tan rancia estirpe", ya que Estirpe, del latín stirpis, raíz ybase de un árbol, define a las raíces que nos unen a nuestros antepasados, por eso extirpar es sacar algo de raíz.

            Linaje. Es la ascendencia o descendencia de un individuo. Poéticamente el hilo de lino que a ellos nos ata.

            Abolengo. Derivado de avia = abuela y su posterior aviolus = abuelo, es simplemente lo que nos llega de nuestros abuelos. En el Fuero de Castilla eran bienes de abolengo los que de ellos se heredaban. Y para terminar este primer tema hablaré de la muerte, tan citada por Coluccio en la última charla, para recordar a Borges en su milonga de Manuel Flores:

                                        Manuel Flores va morir / eso es moneda corriente

                                        Morir es una costumbre / que sabe tener la gente.

Y la otra:

                                        El ruin será generoso / y el flojo será valiente

                                        No hay cosa como la muerte / Pa mejorar a la gente.

            Y también de Borges, una de sus frases que siempre recuerdo y que tiene relación con esta cátedra:

            Me conmueven las menudas sabidurías que en toda muerte se pierden. Iba a terminar aquí, pero quedan algunos minutos como para contarles el porqué del nombre de un barrio muy cercano a esta universidad, San Telmo.

            La historia comienza allá por el siglo III al sur de Italia, en Gaeta. Un joven llamado Erasmo tima los hábitos y comienza a predicar entre los pescadores con tal buena fortuna que los hace regresar con buena pesca y sin accidentes.

            Su fama se extiende, y de seguro sus horas de trabajo. Finalmente anciano y querido muere. Es propuesto para la santidad, y entonces por un uso de diminutivos fruto del cariño, se va transformando su nombre en Ermo y finalmente en Elmo, de modo que ya santo pasa a ser Sant Elmo. Pero prueben ustedes a pronunciarlo y verán que la "T" se cambia de lugar y termina por pronunciarse San Telmo. Y ahí quedan las cosas en Italia.

            Nueve siglos después, en Palencia nace un niño, Pedro González, que también toma los hábitos. Respetado y confesor de Fernando III es enviado a Galicia a predicar entre los pescadores, iniciando una histoira calcada con el anterior de Gaeta.

            Pescador al que bendecía retornaba colmado de peces, y en las peores tormentas los rayos y los fuegos respetaban a la tripulación. Como el anterior, ya venerado muere y otra vez el proceso de santificación, y otra vez el sobrenombre afectivo que recordando al de Gaeta transforma su nombre en San Pedro González Telmo. Esta es su bandera, que prudentemente trajo al Río de la Plata don Pedro de Mendoza, para desembarcar aquí, frente al actual Parque Lezama y dando nombre al barrio, de San Telmo, por Pedro González Telmo, con una iglesia que no lleva ese nombre sino Nuestra Señora de Belén.

            Ya es momento de pasar a la segunda parte, los símbolos patrios; que deberían estar perfectamente legislados y ser bien conocidos por los educadores, para llegar al conocimiento de todos. Lamentablemente no es así, de modo que veremos ciertos casos interesantes, algunos mal redactados y otros donde la leyenda, simpática y útil cuando rellenamos un vacío en la historia, deba ser reemplazada por la verdad, nacida de posteriores documentos hehacientes.

LOS COLORES DE LA BANDERA

            En 1810 asistimos al pronunciamiento de mayo, que abriría las puertas a la independencia aunque no determina sus símbolos; era prematuro.

            La historia de la bandera comienza a fines de 1811, cuando un abogado e improvisado coronel, Manuel Belgrano, es enviado a Rosario a comandar el Regimiento Nº 1 de Infantería Patricios.

            Hombre de cumplido pundonor advierte que la roja escarapela de sus tropas era idéntica a la de los realistas, y escribe al triunvirato requiriendo una "que no se equivoque con la de nuestros enemigos". El pedido es atendido y el 18 de febrero de 1812 se decreta una "de los colores blanco y azul celeste, quedando abolida la roja anterior".

            A la semana, sintiendo al gobierno identificado con sus inquietudes, solicita Belgrano una bandera, y sin dar tiempo a una respuesta el día 27 forma a la tropa y a la población, y siendo su propósito enfervorizarlos y necesitando de una bandera, la manda hacer de los colores de la escarapela nacional, según dice textualmente su carta-informe al Triunvirato.

            Esa carta, la respuesta del gobierno y las subsiguientes que se intercambian durante un par de años son conmovedoras y deberían ser de lectura obligada en todos los establecimientos de enseñanza.

            Pero continuemos con lo nuestro, los colores. Primero, es evidente que Belgrano no tuvo que ver con su elección. No cabe duda al respecto ya que simplemente tomó los mismos colores de la escarapela.

            Segundo, ¿por qué los señores Chiclana, Paso y Sarratea, con Rivadavia como secretario decretaron una escarapela de blanco y azulceleste? Es un tema reiteradamente mal explicado.

            En 1812 la situación política no estaba definida y todavía se juraba fidelidad a Fernando, el rey borbón. Por entonces los países no estaban conformados como hoy, y de hecho España no existía como tal, sino era una suma de reinos.

            El rey disponía de dos banderas, una aspada para sus ejércitos de tierra, que daría lugar, después de las invasiones inglesas y como premio a su heroica conducta en la reconquista a la bandera del Regimiento de Patricios (todavía vigente) una cruz aspada con el escudo de la ciudad de la Trinidad, que conocemos como Buenos Aires. Es la primera bandera que en nuestro territorio luce un símbolo que nos pertenece. Además tenía el rey otra bandera para sus navíos de guerra, la rojo y gualda que más tarde sería la de España.

            Finalmente, como borbón de la casa reinante ostentaba los colores propios que lo distinguían, adoptados en 1771 por Carlos III al nacer su primer nieto y sentir asegurada la sucesión de la casa borbónica española, la misma que hoy gobierna. Crea Carlos la Orden de su nombre que pone bajo advocación de la Inmaculada Concepción, y probablemente han visto ustedes los cuadros de Murillo, mostrándola de túnica blanca y capa azul celeste.

            De allí sus colores, que se advierten en la faja que les atraviesa el pecho, primeramente celeste con filete blanco, modificada luego a celeste-blanco-celeste. Valga agregar que hoy la primera es privativa del rey y su hijo, el príncipe heredero.

            Por ese motivo y no otro son los colores blanco y azul celeste, como se advierte en los cuadros de Goya y Aparicio, en la proclamación del actual rey Juan Carlos I, y en las palabras pronunciadas por Unamuno en 1931, al ser invitado al acto de arriada de la bandera rojo y gualda y al izamiento de una nueva, la republicana. Se esperaba su juicio laudatorio, pero Unamuno, hombre de conocida independencia de criterio, dijo:

            ..."Esa bandera que acabáis de arriar sin honores, es la bandera de la Nación española, la única y genuina. No es monárquica ni republicana sino nacional, porque España es lo permanente y lo inmutable, y monarquía y república lo circunstancial y accesorio. Bandera monárquica podéis llamar a la celeste y blanca de los borbones de la casa española, que a su vez son el celeste y blanco de la República Argentina. Habéis izado sin alegría ni gloria una bandra que no se lo que significa, ni quien la inventó, ni de donde salió, ni me molestaré en averiguarlo..." En tres frases un curso completo de educación cívica. Una última acotación. La orden toma sus colores de la virgen, pero aquí no cabe aplicar el carácter transitivo; nosotros los llevamos simplemente porque era la de los borbones, no importa de donde los hayan tomado.

LA INDEPENDENCIA Y LA BANDERA

            El Congreso reunido en Tucumán declara el 9 de julio de 1816 la independencia de las Provincias Unidas en Sud-América. No hay error y así lo dice el acta, que para conocimiento de los habitantes de tan vasta región se distribuye en español, en quechua y en aymará.

            El día 25 a pedido de Gascón se decreta la bandera nacional, de los colores "celestes y blanco usados hasta el presente", dándole carácter de menor y disponiendo que al fijarse la forma definitiva de gobierno se le agreguen los jeroglíficos correspondientes a la bandera mayor.

            Año y medio transcurría hasta que fuera determinada. El 25 de febrero de 1818 instalado el congreso en Buenos Aires agrega un sol pintado en medio a la que tendrá carácter de mayor, con una redacción que deja mucho que desear pues para comenzar la llama "bandera de guerra". Quisieron significar que así sería la bandera de nuestras tropas, pero el nombre no está bien aplicado. Bandera de guerra es la bandera alternativa que algunos países disponen para cuando estén en tiempos de guerra, como sucede con el Japón o las Filipinas, que por ejemplo invierte sus franjas azul y rojo poniendo por encima "al belicoso rojo".

            La nuestra la usaban las fuerzas armadas en tiempos de paz y de guerra.

EL COLOR AZUL OSCURO

            La ley de 1818, ya fuese para simplificar, o por error del redactor deja de lado la expresión habitual de azul celeste, y utiliza solamente la palabra "azul", con lo cual algunos supusieron que el color se modificaba, opinión retificada por otros al ver que en los dibujos se lo representaba con rayas horizontales, que heráldicamente corresponden al azul. Como consecuencia durante décadas tuvomos banderas de color azul oscuro, las de Rosas y las del Almirante Brown en sus naves.

            Finalmente en 1871 un estudio del general Mitre, conocido como "El veredicto" aclara que bajo ningún concepto se justifica el tono oscuro, y el azul celeste es el color válido, expresión que desde entonces se utilizó. Observo el reloj, y parece que el tiempo es lo único que el hombre no puede dominar. Quedan varios puntos de sumo interés que habrá que dejar para otra ocasión. Unos no debidamente legislados, como la proporción del pabellón, que luce todas las que puedan imaginar.

            El sol, el mismo de la monedas y la orientación de sus rayos.

            La reglamentación del azul, que debe definirse por códigos internacionales.

            Y otros que constituyen un verdadero tema tabú, como el aplauso y el lavado. Trataremos de aprovechar estos minutos para un último tema que no quiero postergar.

LA EXISTENCIA DE DOS BANDERAS EN EL PAIS

            La existencia de dos banderas, una menor y otra mayor con sol, estuvo justificada en el siglo pasado por una corriente muy en boga por entonces, el destacar la representatividad que ejercitaban las autoridades. Nunca constituyó mi ideal, pero me pareció respetable hasta que hechos posteriores la desvirtuaron complemente.

            Allá por 1950, y en medio de una fiebre de nacionalizaciones, la bandera con sol, además de representar al ejército y a las autoridades, pasó a identificar a cualquier repartición del estado sin importar su carácter, llegándose a situaciones ridículas y francamente inaceptables.

            Una vulgar fábrica de teléfonos, o de ataúdes o trapos de piso por el mero hecho de pertenecer al estado levantaba una bandera con sol, y en cambio no podía hacerlo en su laboratorio el ganador de un premio Nobel. Felizmente la ley 23.208 de agosto de 1985 aclara que la bandera nacional es sólo una, la del sol, y que además puede ser levantada por el gobierno y por todos los habitantes, argentinos o no.

            El texto ofrece una pequeña dificultad. Quien lea esta ley tendrá que adivinar su contenido, pues no tiene un texto completo y nace de la derogación de distintos decretos e incisos que nada dicen por sí mismos.

            No obstante, lo importante es su espíritu, que al disponer que la bandera es sólo una, para todos, y que cualquier habitante sin restricción alguna tiene derecho a levantaría con orgullo, está haciendo honor a los grandes pensamientos que inspiraron nuestra nación.

            

* Clase dictada el 23 de junio de 1998 en la Cátedra "Tradición y Costumbres" en la Universidad del Museo Social Argentino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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webmaster: Marcelo Adrián Fuentes