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Una vida que merezca ser vivida

 

            La Argentina vive una situación de declinación en los indicadores de desarrollo humano que incluye la mortalidad infantil, la desnutrición, la esperanza de vida y otras consecuencias realmente pavorosas para lo que espera en el futuro a esta generación de niños sumergidos en las carencias y la estrechez de sus familias maltratadas por la pobreza.

            Rémoras de la falta de preparación para el trabajo, el desempleo en los jefes de las familias de esos sectores provoca su pauperización y condiciones de vida que limitan sus posibilidades de realización en sus vidas.

            Esta situación de pobreza estructural se instala especialmente en los contextos suburbanos y en los rurales en las provincias menos desarrolladas, con una ostensible manifestación de desarraigo cultural y marginalidad, destrucción del tejido social y consecuentemente de una convivencia igualitaria para todos los habitantes del país.

            Los gobernantes de municipios y provincias, el presidente y sus colaboradores, los candidatos y los dirigentes de todo orden manifiestan su preocupación por el problema cargando en otros las culpas y lanzan y difunden operativos que suelen ser adornados grandilocuentes nombres que tienen mucho que ver con lo enunciativo más que con las acciones que desarrollan y los objetivos que logran.

COMO SI HUBIERA DESPERTADO DE UN LARGO LETARGO, LA SOCIEDAD ARGENTINA HA RECONOCIDO SÚBITAMENTE LA GRAVEDAD DE LA SITUACIÓN DE PROBREZA Y LA AMENAZA QUE ESTA EJERCE SOBRE LOS NIÑOS, LA POBLACIÓN MÁS VULNERABLE ADEMÁS DE LOS ANCIANOS, PONIÉNDOLOS EN NUMEROSOS CASOS EN RIESGO DE MUERTE.

            Muchos especialistas consultados por los medios revelan conocimientos profundos pero solo consiguen despertar un limitado eco para afrontar la cruda realidad de estos niños que, con rostros sufridos, son la patente prueba del flagelo que los asedia.

            En un territorio rico como el nuestro, pródigo en recursos que debería poder sustentar a todos los que viven en él y aún a muchos más, la realidad de tantos niños que no tienen cubiertas las necesidades más básicas, es una condición que nos duele a todos. Ellos pasan a ser blancos innegables del hambre, las enfermedades de la pobreza y hasta la muerte por inanición. Y cuando hablamos de hambre, deberíamos incluir los daños no solo físicos sino intelectuales y emocionales que a él se asocian.

            El mapa de la miseria en la Argentina debería estar más presente en la conciencia nacional, porque es una realidad tangible e insoslayable que parece no ser observada por todos, solo la incansable, solitaria, esforzada y muchas veces olvidada tarea de las organizaciones de la sociedad civil encara acciones realmente efectivas a la hora de llagar hasta los que la sufren.

            En estos tiempos, al comenzar el siglo XXI, seguir conviviendo con la pobreza en el momento en que la humanidad celebra la calidad y la expansión de la vida democrática y de las libertades, el potencial de los mercados y el desarrollo tecnológico, es un crimen. Todos tenemos la responsabilidad moral, cultural y política de dar a cada niño una vida que merezca ser vivida.

 

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Educar - Argentina

webmaster: Marcelo Adrián Fuentes